Hallelujah – Pentatonix

Publicado: noviembre 1, 2016 en Música



14720504_1287912337906853_6499242419021693282_na

MARTÍN LUTERO
Cautivo de la Palabra de Dios
1517-2017
El próximo año celebramos, todos los cristianos, los 500 años del inicio de la Reforma Protestante. Acontecimiento que cambió el mundo occidental y que fue la transición entre la Edad Media y la Edad Moderna, y todo gracias a un monje alemán llamado Martín Lutero (1483-1546). Precisamente durante sus años de estudio en la Universidad de Erfurt y luego en Wittenberg sufre la agonía de la salvación, ya que sus estudios en las Sagradas Escrituras lo confrontan con el mensaje redentor en Cristo.
Su visita a Roma entre 1510 y 1511 le permite ver de cerca la decadencia moral que vivían los obispos y sacerdotes, así como el sufrimiento de las personas en buscar la salvación y salir de la garras del propio infierno. La venta de indulgencias por parte de las autoridades religiosas de Roma y su propagación en Alemania, confronta a Lutero en dar respuestas a esta falsedad doctrinal. Pensar que la compra de indulgencias le permitiría sacar a tus seres queridos del purgatorio o del propio infierno argumentando que, si uno echa en el arca un dinero por un alma del purgatorio, apenas la moneda cae y suena en el fondo, sale el alma hacia el paraíso. El arca era el famoso cofre del obispo Johann Tetzel.
La venta de indulgencias y el mensaje de Tetzel irritaron tanto a Martín Lutero que, el 31 de octubre de 1517, clavó en la puerta de la Iglesia del Castillo de Wittenberg sus 95 Tesis, en contra de las indulgencias y de la actitud del Papa de permitir tales infamias. Lutero pensó solo en lograr un debate sobre sus tesis ante la academia y entre los estudiantes y profesores de teología, pero las tesis fueron publicadas gracias a la imprenta que se había creado pocos años antes; esto permitió que las tesis fueran distribuidas por toda Alemania y alcanzadas al propio Pontífice Romano.
Lutero es citado por el Papa a Roma el 7 de agosto de 1518, pero el Príncipe Federico de Sajonia lo protege. Lutero publica en 1520 los siguientes importantes textos: Sermón sobre las buenas obras, El Pontificado en Roma, Cautividad de Babilonia y la Libertad del cristiano. Obras que eran críticas al Papado romano y a las doctrinas de la salvación impuestas por concilios y cónclaves en contra de las Sagradas Escrituras.
El 15 de junio de 1520, el Papa León X publica la bula Exsurge Domine (Levántate Señor). Si bien la bula no condena a Lutero demanda que se retracte, dándole un plazo de 60 días para que lo haga; el plazo terminó el 10 de diciembre de 1520, ese mismo día Lutero quema una copia de la bula junto con varios volúmenes de derecho canónico. Pese a ello y al no retractarse, el Papa León X firmó la bula Decet Romanum Pontificem el 3 de enero de 1521, excomulgándole.
Por ser un ciudadano alemán el príncipe Federico apela al Emperador Carlos V para que pueda escuchar a Lutero, quien lo recibe en la Dieta de Worms en abril de 1521, pidiendo que se retracte de todos sus escritos. Frente al Emperador Lutero da su famoso discurso que quedaría perennizado por todos estos siglos: A menos que se me convenza por testimonios bíblicos o por una razón de evidencia (porque no creo ni en el Papa ni en los Concilios solos: es constante que han errado demasiado a menudo y que se han contradicho), estoy ligado por los textos que he aportado; mi conciencia está cautiva en las palabras de Dios. Revocar cualquier cosa, ni lo puedo ni lo quiero. Porque actuar contra la propia conciencia no es ni seguro ni honrado. Que Dios me ayude. Amén.
Con esta frase y con la actitud de rebeldía de Lutero se legitima la Reforma Protestante y con ello el redescubrimiento de las principales doctrinas de la salvación como son: la justificación por la fe, el sacerdocio universal del creyente, la libertad cristiana, la gracia de Dios, entre otras. Dejándonos en los años siguientes las principales máximas de la Reforma como son: solo Fe, solo Cristo, solo Gracia, solo Escritura.
Los años siguientes de Lutero fueron difíciles, después de la Dieta de Worms tuvo que esconderse para huir del Papa y del Emperador. Su vida de proscrito le impidió viajar y expandir sus principios doctrinales y la vuelta a la Palabra de Dios. Pese a ello logra publicar al alemán el Nuevo Testamento en 1522 y en 1534 toda la Biblia.
El legado de Lutero es incalculable, su vuelta a las Escrituras como regla de fe y de práctica, el desarrollo de sus comentarios bíblicos y la labor de exégesis del libro a los Romanos son importantes para todas las congregaciones protestantes del mundo.
Para América Latina la obra de Lutero se puso de manifiesto con la llegada de las primeras misiones evangélicas, sobre todo en la búsqueda de identidad. Para ello desde finales del siglo XIX e inicios del siglo XX, las distintas congregaciones evangélicas celebraban cada 31 de octubre el Día de la Reforma con sermones y cánticos. Sobre todo aquel himno que fue y es parte de la cultura evangélica hoy, Castillo fuerte es nuestro Dios, defensa y buen escudo; Con su poder nos librará. En todo trance agudo. Con furia y con afán. Acósanos Satán, Por armas deja ver, Astucia y gran poder; Cual él no hay en la tierra. Compuesto en 1529 y que es, como dicen algunos, la marsellesa de la Reforma Protestante.
Lutero es y será siempre el punto de unidad de las comunidades evangélicas de América Latina, y el 31 de octubre celebraremos juntos los 500 años de Reforma y agradeceremos a Dios por levantar a sus siervos para que nos hagan volver a la Palabra de Dios y a los principios eternos de la salvación que tenemos por medio de nuestro Señor Jesucristo.
Tomás Gutiérrez Sánchez
Secretario Técnico
Congreso de la República del Perú
Profesor Universidad Seminario Evangélico de Lima


dsc_7494_5_6_tonemapped_snapseedb

Fotografía Samuel Nieva

Por JUAN STAM
Una visión más amplia
y una contextualización

Hoy más que nunca la iglesia tiene que redescubrir su historia.  Una iglesia sin historia es una iglesia sin identidad, sin claridad ni criterios, y se cae fácilmente en el caos. Esa es la condición de gran parte del protestantismo latinoamericano hoy. Por eso felicito a la iglesia metodista el Redentor por su costumbre anual de recordar, con gratitud a Dios, a nuestros abuelos espirituales, los Reformadores.

Es importante recordar que la Reforma del siglo XVI fue multifacética. Además de la Reforma luterana y la Reforma calvinista, fue muy importante la Reforma Radical anabautista, y hubo hasta una reforma católica, representada especialmente por el Concilio de Trenta y la orden jesuita. La ubicación social de cada uno de estos movimientos fue distinto: Lutero se identificó con los príncipes alemanes y el incipiente nacionalismo; Calvino estaba más cerca de las ciudades suizas y una proto-burguesía, mientras los anabautistas se identificaban más con las clases pobres y el naciente proletariado. Pero todos miraban hacia el futuro, que vendría a llamarse “modernidad”, mientras que el Vaticano miraba más al pasado y se aliaba con el Sacro Imperio Romano y muchos aspectos del mundo medieval. Es significativa la repetición de la palabra “naciente”. Los Reformdores eran los parteros del mundo moderno que nacía. Dos siglos después el movimiento wesleyano aportó nuevas dimensiones muy importantes al protestantismo.

Vamos a conversar esta noche en torno a las consignas con que se suele resumir la teología de los Reformadores, pero es importante recordar que su pensamiento era mucho más amplio y profundo que esas consignas. En Lutero, por ejemplo, encontramos un cierto anticipo del existencialismo, en el papel de la experiencia personal en su teología y en su rechazo de toda sistematización; él era “un teólogo irregular”. En Calvino es profunda la admiración por la gloria y santidad de Dios, tanto que se le ha llamado “un hombre ebrio de Dios”. En los anabautistas se juntaban (y se juntan) la pasión por la justicia con el pacifismo. Pero en esta charla, nos vamos a concentrar en las consignas que mejor resumen los denominadores comunes de la Reforma.

I. Sola scriptura

Son famosas las palabras de Lutero en Worms (1521): “Mi conciencia es cautiva de la Palabra sde Dios. Si no se me demuestra por las escrituras y por razones claras (no acepto la autoridad de papas y concilios, pues se contradicen), no puedo ni quiero retractar nada, porque ir contra la conciencia es tan peligroso como errado.  Que Dios me ayude, Amén”.

En esta histórica declaración de Lutero, queda claro que la “sola scriptura” no significa que conocemos la verdad sólo por la Biblia o que todo lo demás no importa. ¿Quién podría entender el éxodo sin saber algo de Egipto, o el exilio de los judíos sin saber algo de Asiria y Babilonia? Un famoso fundamentalista, R.A. Torrey, dijo sabiamente, “Quien conoce sólo la Biblia, no conoce la Biblia”. Por eso, Lutero apela a las escrituras pero también a “razones claras” y a la conciencia. Después una correlación similar iba a ampliarse en “el cuadrilátero wesleyano” (escritura, tradición, razón, experiencia).

La Reforma colocó la Palabra de Dios, en sus varias modalidades, como la máxima autoridad normativa, encima de papas y concilios. Eso implicó a su vez la interpretación seria y crítica de las escrituras, desde los textos originales, transformando conceptos como jaris (gracia), pistis (fe) y metanoia (arrepentimiento). Impulsó también la predicación expositiva, aclarando y aplicando los textos sagrados, acompañada por la predicación del año lectivo, firmemente anclada en la historia de la salvación.

Hoy día amplios sectores de las iglesias evangélicas latinoamericanas han perdido el sentido histórico y predican un mensaje divorciado del pasado, aun del mismo contexto bíblico. ¡Qué increíble que ni las iglesias pentecostales celebran el día de Pentecostés![2] Son escasas tanto la predicación expositiva como la del ciclo litúrgico. Muchos sermones no son más que opinionismo, especulación, “performance” y puro “show”, manipulación del texto y del público.[3] Hay también predicadores fieles, a Dios gracias, pero pareciera que son la excepción.

II. Sola gratia

Karl Barth ha repetido muchas veces que las dos palabras más importantes para la teología son “gracia” (jaris) y “gratitud (eujaristia). El Catecismo de Heidelberg comienza formulando las tres cosas más importantes que el niño debe saber: “Cuán grande es mi pecado, cuán grande es la gracia de Dios, y cuán grande debe ser mi gratitud a Dios”. La Reforma transformó la idea tradicional de la gracia de Dios como una fuerza moral impartida en el bautismo (gratia infusa), en un concepto personal, del amor con que Dios nos acepta sin ningún mérito de parte nuestra, y le dieron un lugar central en su teología de la gracia y la fe personal. Pero esa misma gracia era exigente de frutos de justicia (Efes 2:8-10). No era la gracia barata del “evangelio de ofertas” que se predica hoy.[4]

En muchos círculos evangélicos hoy existe de facto una doctrina de salvación por las obras. Entre los viejos fundamentalistas uno era “salvo” cuando dejaba de fumar, tomar cerveza e ir al cine. En la actualidad, algunas iglesias se especializan en maldiciones y anuncian que si uno no diezma, sus finanzas, y hasta su vida, serán malditas pero si ofrendan bien todo será bendición. Bien se ha observado que los diezmos y los “pactos” son las indulgencias del siglo XXI.

III. Sola fide

Casi todos saben que los Reformadores enseñaron la justificación por la gracia mediante la fe, pero pocos se dan cuenta de que transformaron el concepto de fe, devolviéndole su sentido bíblico. Recuerdo que cuando estuve aprendiendo el español compré el “Manual de Religión” que los colegios costarricenses empleaban como texto. Ese Manual definía la fe como “tener por cierto lo que dice la santa madre iglesia”. Para los Reformadores, la fe es entrega a Cristo y confianza en él (fides est fiducia, otra consigna histórica). Para ellos, la fe sin obras es muerta. Según Calvino, “todo conocimiento verdadero de Dios nace de obediencia”. Ahí está la diferencia importante entre la fe y el fideísmo.

Hoy en día muchas iglesias “evangélicas” confunden la fe con la ortodoxia y predican de hecho una salvación por ortodoxia. Para ellos, la fe consiste en decir Amén a lo que dice el pastor, en vez de ser discípulo radical de Jesucristo en todas las esferas de la vida (eclesial, social, económica, política etc). Por eso, en esas congregación discrepar de la opinión del pastor es el pecado de murmuración, que trae maldición.

La iglesia hoy debe preguntarse si está formando verdaderos discípulos o si está llenando los templos de gente que dice “Señor, señor” pero que no hace la voluntad del Padre (Mat 7:21-23)

IV. La libertad cristiana

Son muy conocidas las tres consignas que ya hemos analizado, pero las cuatro que quedan son olvidadas las más de las veces. Para comenzar, se olvida que, frente a mucha tradición medieval, los Reformadores eran pioneros de una nueva libertad.[5] Hace unos años el recordado filósofo costarricense, Roberto Murillo, publicó un artículo muy interesante sobre el aporte de Lutero a las libertades modernas. Para José Martí, héroe cubano, “todo amante de la libertad debe colgar un retrato de Martín Lutero en la pared de su cuarto”.[6]

En el siglo XVI Europa vivía una crisis de autoridad después del fin de la edad media, cuando mandaban a fin de cuentas el Papa y el Sacro emperador romano. En esa coyuntura el programa teológico de la Reforma era una agenda profundamente liberadora.[7] La justificación por la gracia mediante la fe significaba una liberación del legalismo. La sola scriptura liberó a la iglesia del autoritarismo dogmático, el sacerdocio universal del clericalismo,  el semper reformanda nos libera del tradicionalismo estático y el soli deo gloria del culto a la personalidad.

Hoy día algunas iglesias se están volviendo más autoritarias que nunca. Aunque el viejo legalismo ha perdido fuerza, el principal legalismo ahora es el diezmo. He sabido de iglesias que amenazan con maldición a los que no diezman. En esa salvación por obras, la salvación se gana o se pierde en la hora de la ofrenda. He sabido de otras iglesias donde el pastor quiere controlar toda la vida de los fieles; ¡no se permite ni enamorarse sin el visto bueno del pastor!

Con el movimiento de “apóstoles” y “profetas” el autoritarismo llega a niveles sin precedente. Aunque San Pablo nos manda examinar y juzgar las profecías (1 Tes 5:19-21; 1 Cor 14:29-32), estos profetas pontifican con una cara seria que dice, “que nadie se atreva a cuestionar mi palabra profética”. Por su parte, más de un “apóstol” se permite emitir alguna “declaración apostólica” con la falsa autoridad que presumen tener.

Aquí va también un problema de sola scriptura, de fidelidad bíblica. A menudo han dicho que una “palabra profética” tiene más autoridad que una enseñanza bíblica. Apelan también a la falsa distinción entre logos (palabra bíblica, general) y rhema (palabra profética específica, según ellos), con desprecio de la palabra inspirada como mero logos. De esta manera establecen autoridades paralelas a las escrituras, de forma parecida a los mormones. los Testigos de Jehová y otras sectas.

V  Sacerdocio universal del los y las creyentes (1 P 2:9; Ap 1:6; 5:10)

Frente al rígido clericalismo de la iglesia católica de la época, la Reforma impulsó un proceso de democratización dentro de la iglesia y de la sociedad. Para Lutero, toda la vida es ministerio y todos los creyentes son sacerdotes de Dios. “Una lechera puede ordeñar las vacas para la gloria de Dios… Todos los cristianos son sacerdotes, y todas las mujeres sacerdotisas, jóvenes o viejos, señores o siervos, mujeres o doncellas, letrados o laicos, sin diferencia alguna” (W.A. 6,370; R. García-Villoslada, Martín Lutero, Tomo. I, p.467).

En su época, tanto la Reforma luterana como la Reforma calvinista se quedaron cortos en superar el clericalismo; los anabautistas avanzaron más, como también el movimiento wesleyano después. El siglo pasado, hubo un fuerte movimiento de teología del laicado que puede verse como la maduración de estos avances de la Reforma.

Sin embargo, hoy parece crecer un nuevo clericalismo, de los “super-clérigos”, especialmente los “apóstoles”. En una mesa redonda sobre los “apóstoles” en Quito, Ecuador, un participante declaró, “Antes era suficiente el título de pastor, pero ahora que existen las mega-iglesias, ese título no basta para sus fundadores y deben llamarse con un título mayor”. La verdad es que ha surgido una nueva jerarquía eclesiástica, con los “apóstoles” y los “profetas” en la cumbre de poder y autoridad. En algunas iglesias el pastor es de hecho el C.E.O (ejecutivo mayor de una corporación), inaccesible a los feligreses con necesidades pastorales. Esas iglesias están organizadas según el modelo ejecutivo de las grandes empresas.

VI. Ecclesia reformata semper reformanda secundum Verbum Dei

Esta consigna expresa una realidad: los Reformadores no pretendían tener toda la verdad ni ser dueños de un sistema final de conceptos absolutos. Lutero era un “teólogo irregular” que nunca intentó formular un sistema. Calvino, por supuesto, articuló un sistema doctrinal, pero vivía revisándolo hasta nueve ediciones, alternando entre el latín y el francés. Algunos de los aportes más valiosos aparecen sólo en la novena edición. Si Calvino no hubiera muerto, sin duda hubiera producido una décima edición. Tillich define “el principio protestante”, muy acertadamente, con la frase, “sólo Dios es absoluto”. Karl Barth advierte contra la tentación de tener al “sistema” como la verdad absoluta, lo cual identifica como idolatría.

Lamentablemente, en el siglo XVII, amenazados por el racionalismo escéptico de la época, la teología luterana y la calvinista cayeron en una rígida ortodoxia escolástica. Aunque hicioeron algunos aportes, no lograron “defender” su fe sino que la redujo a un dogmatismo estéril. Curiosamente, luteranos y calvinistas se acusaban mutuamente de ser herejes, cripto-católicos y otros insultos.

El movimiento wesleyano puede verse en parte como una reacción contra esa “ortodoxia muerta” e hizo mucho para rescatar la salud del protestantismo. Pero a inicios del siglo XX la ortodoxia dogmática se resucitó en los Estados Unidos en la forma del fundamentalismo norteamericano.

Hoy día, cuando la tolerancia se ve como el sumo bien, son menos los reductos de ortodoxia cerrada, aunque los hay. Al contrario, en nuestro tiempo casi nada es seguro y todo es posible.  La nueva consigna parece ser, “ecclesia reformata semper deformanda”. La intención de la “semper reformata” era la de corregir errores y ser cada vez más fiel al Señor y su Palabra. Desde el siglo pasado la iglesia vive de fiebre en fiebre, cambiando de modas como los estilos de zapatos (“health and wealth”, “name it, claim it”, evangelio de prosperidad, tumbadera de gente, “apóstoles” y profetas, maldiciones generacionales etc etc ad infinitum). Muchas veces la innovación hoy no es para corregir errores sino de introducir nuevos errores. Muchas veces el fin no es mayor fidelidad sino mayor éxito, mayor fama o mayor dinero.

VII Soli deo gloria

“A Dios, y sólo a Dios, sea toda la gloria” fue una consigna fundamental de la Reforma. La iglesia de la época daba mucha gloria a otros en lugar de sólo a Dios. La Reforma fue una redescubrimiento de Dios, en perspectivas antes desconocidas. Los Reformadores tomaban muy en serio a Dios como el centro de toda su vida. Antes de su gran descubrimiento de la gracia, Lutero temía a Dios con horror y pánico, pero después se deleitaba en el amor del Dios de la gracia. Calvino era un hombre sobrecogido por la maravilla de la gloria de su Señor. La Reforma fue un gran encuentro con Dios. Puso Dios en el centro de su vida y su pensar, y le daba toda la gloria a él. Johann Sebastián Bach escribía las siglas “S.D.G.” al inicio de todas sus partituras.

Hoy nuestra iglesia también tiene que redescubrir esta consigna de la sola gloria de Dios.  Nuestra sociedad está permeada por el culto a la personalidad; hablamos de los “ídolos” de Hollywood y las “estrellas del deporte”, etc.  Las iglesias tienen también sus “estrellas” y a veces “dioses” a quienes adoran: mega-pastores, profetas y sanadores, algunos evangelistas promovidos con publicidad al estilo de Hollywood. En la iglesia del Señor no caben el personalismo y el culto a la personalidad.

Cuando Dios curó al cojo por medio de Pedro y Juan, y la gente los quería reconocer como milagreros, Pedro les contestó, “¿Por qué nos miran a nosotros, como si nosotros, por nuestro propio poder o virtud, hubiéramos hecho caminar a este hombre? El Dios de Abraham, Isaac y Jacob, el Dios de nuestros antepasados, ha glorificado a su siervo Jesús” en sanar a aquel enfermo. Originalmente un “don de sanidad” no significaba algún poder que poseyera alguna persona, sino el acto de Dios de dar salud a un enfermo. A veces se habla de los “sanadores” como si fuesen dueños del poder milagroso; “en estas manos hay poder de sanar”, dijo uno de ellos, mostrando sus manos ante las cámaras. Al contrario, “¿Por qué nos miran a nosotros, como si nosotros hubiéramos hecho algo”, dijeron Pedro y Juan, para dar la gloria al Señor.

Esta consigna significa también que podemos, y debemos, glorificar a Dios en todo lo que hagamos. “Una lechera puede ordeñar las vacas para la gloria de Dios”, dijo Lutero. En todo, nos exhorta San Pablo, “ya sea que coman o beban o hagan cualquier otra cosa, háganlo todo para la gloria de Dios” (1 Cor 10:31).

Conclusión: Nuestro momento histórico se parece dramáticamente al de los Reformadores en el siglo XVI: revolución en las comunicaciones (la imprenta de Gutenberg; hoy teléfono, radio, TV, computadora y hasta iPod); revolución del espacio vital de la humanidad (navegación mejorada; Cristobal Colón 1492; hoy autos, aviones, viajes al espacio); revolución armamentista (el fusil portátil, arcabs y mosqueta; hoy, armas nucleares) y sobre todo, una crisis de autoridad que produce gran confusión.

En esta coyuntura, ¿qué nos traerá el futuro? A como van las cosas, podría salir un protestantismo cultural y poderoso, algo parecido a lo que ha sido el catolicismo en el pasado. Pero gracias a Dios, sigue existiendo un remanente fiel y grandes signos de esperanza. ¿Levantará Dios a otro Lutero? Quizá que no, pero quiera el Señor concedernos un avivamiento de espiritualidad genuina y un movimiento de profunda renovación que sacudirá a la iglesia de pies a cabeza y preparará a la iglesia para responder a los grandes desafíos del nuevo mundo que está naciendo.

Fotografía: Martin Lutero

Publicado: octubre 31, 2016 en Iglesia

dsc_7513

Martin Luther
Lugar: Luther Place Memorial Church
1226 Vermont Ave., NW.
(Thomas Circle) Washington, District of Columbia
Fotografía: Samuel Nieva


58132dc0ce456_switzerland_zurich_grossmunster_zwingli_munch_1935

En un célebre capítulo de su Ética, titulado “Herencia y corrupción”, Dietrich Bonhoeffer rechazaba la interpretación de la Reforma como “liberación del hombre en su conciencia, en su razón, en su cultura, como mera justificación de lo mundano en sí mismo”. Pocos años antes, en la Confesión de Betel, había tenido que rechazar de modo igualmente enfático a quienes no sólo hacían de la Reforma el comienzo de la modernidad, sino el punto de surgimiento del “espíritu germano”. Las razones de este segundo rechazo, sobra decirlo, nos pueden parecer mucho más evidentes.

Pero la urgencia con que había que hacer tales advertencias bajo el régimen nacionalsocialista no quita que se trate de un problema perenne. Las conmemoraciones suelen decir tanto sobre el pasado como sobre el que conmemora. Y ocurre que varias conmemoraciones de la Reforma se han dado en encrucijadas históricas muy peculiares. Pensemos en el primer centenario, el de 1617. ¿Cómo entender que el mundo calvinista aceptara unirse a los luteranos en una celebración común, en medio de las disputas teológicas que los enfrentaban? La explicación no es difícil de encontrar: el año siguiente se iniciaría la guerra de los treinta años, y la cercanía del enfrentamiento bélico a un enemigo en común hacía más fácil quitar el acento a algunas controversias.

No muy distinto es el caso de 1817, cuando se conmemoraba los 300 años de la Reforma. En un contexto post-napoleónico, la gradual unificación alemana se colgaba de la Reforma como elemento aglutinador. No todo lo que ocurre por el impulso de dicho espíritu es negativo: le debemos la Sinfonía de la Reforma, de Mendelssohn, compuesta para el aniversario de la Confesión de Ausburgo en 1830. Pero el hecho más llamativo en la vida de la Iglesia del periodo no es una composición musical, sino el intento prusiano por no solo generar un espíritu de amplio consenso protestante, sino de facto unificar las iglesias reformada y luterana en la Iglesia de la Unión.

Pocas cosas grafican la situación del momento tan claramente como el hecho de que dicha unificación fuese puesta en marcha en septiembre de 1817, precisamente un mes antes del tercer centenario de la Reforma. La unión y la acorde conmemoración buscaban poner al protestantismo al nivel de los tiempos, dejando las divisiones como cuestión de primitivas épocas confesionales. Thomas Howard ha recientemente ofrecido un extraordinario panorama de cómo cada época se ha visto reflejada en el modo en que conmemora la Reforma. Eso no significa que en la mirada al pasado uno esté condenado a meramente reflejar la propia época; pero sí significa que hay que volverse consciente de ese riesgo para poder enfrentarlo.

Capítulos de la historia como el recién mencionado pueden ser livianamente descartados por quienes culparían de la situación a los políticos prusianos tras la operación (quienes literalmente justificaban sus decisiones señalando que había que poner a la religión a la altura del nuevo espíritu de unidad nacional). Todo eso fue horrible, se concederá, pero añadiendo que es parte de la historia del nacionalismo más que del protestantismo. Pero dicha réplica no parece muy persuasiva. En efecto, las particulares circunstancias alemanas no nos deben llevar a perder de vista que éste es también el periodo en que los movimientos de avivamiento transformaron conjunto del protestantismo, y dicha transformación en muchos sentidos produce un espíritu de unidad proyectada hacia el pasado muy similar al que producen las conmemoraciones que hemos descrito.

Fue en dicha época, de hecho, que el mundo evangélico se volvió un movimiento de carácter verdaderamente global, y fue aquí que, simultáneamente, las líneas claramente opuestas entre reforma magisterial y reforma radical se comenzaron a esfumar. Para comprender las diferencias entre los primeros 150 o 200 años del protestantismo, y la historia que ha transcurrido desde entonces, nada parece, en efecto, tan ilustrativo como contemplar la tensión entre reforma magisterial y reforma radical, tensión que en la segunda mitad de esta historia resulta diluida. Los acentos de lado y lado eran en un comienzo marcadamente opuestos. En el primer caso había énfasis en Palabra y sacramento, en el segundo el énfasis en el Espíritu llevaba más bien a una posición antisacramental. En el primer caso había el desarrollo de iglesias casi coextensivas con sus respectivos países; en el segundo, en cambio, el énfasis estaba puesto en la voluntariedad de la pertenencia eclesiástica (bien ilustrado por el bautismo de creyentes en vez del de infantes). En el primer caso había junto al sacerdocio universal un énfasis en la importancia del ministerio ordenado; en el segundo caso había una tal vez más amplia participación de los laicos en la vida de la iglesia, pero menos énfasis en el conjunto de los oficios y profesiones como posibles vocaciones para un cristiano.

A nadie en el siglo XVI o XVII se le habría pasado por la mente entender el conjunto de estos fenómenos como parte de un único “protestantismo”. Si hoy es posible, es precisamente porque la segunda mitad de esta historia ha sido de una aguda contaminación recíproca de los grupos originalmente contrapuestos. Difícilmente puede caber duda de que en dicho desarrollo hay tanto cosas positivas como negativas. Pero no podemos imaginarlo como una simple continuación del temprano protestantismo. Más bien cabría decir que comprender el protestantismo antiguo y comprender el protestantismo de los últimos doscientos años requiere de actititudes intelectuales opuestas: mientras allá hay que acentuar oposiciones, acá hay que mostrar la impresionante unidad que subyace a la visible fragmentación. Y es perfectamente posible desarrollar esas dos habilidades opuestas, pero no si uno está dedicado a conmemorar la Reforma como origen del protestantismo contemporáneo.

¿Pero es éste realmente un problema? Parece natural que el lector se encoja de hombros y considere que estoy escribiendo sobre una nimiedad, que solo a historiadores de la Europa moderna podrían interesarles las diferencias entre el protestantismo de 1650 y el de 1850. Creo que hay al menos dos sentidos en que este problema es significativo. En primer lugar, porque el pasado siempre opera como justificación de la acción presente. Sea que se trate de programas progresistas o conservadores, de quienes quieran reducir la Reforma a liberación o quienes quieren ponerla como origen del evangelicalismo contemporáneo, nadie duda del efecto que tiene el “Lutero estaría con nosotros, ustedes son los que traicionan la Reforma”. Esa simplista mirada al pasado, sea cual sea la versión en que se nos presente, tiene que ser confrontada. Tiene que ser confrontada no solo por la distorsión del pasado que supone, sino también porque así se fuerza a estas tendencias actuales a justificarse por cuenta propia.

En segundo lugar, y tal vez incluso más importante, esta mirada unificadora hacia el pasado debe ser resistida porque nos hace incapaces de aprender del mismo. Carl Trueman lo ha dicho de modo elocuente: cuando durante el próximo año los evangélicos contemporáneos celebren la Reforma, lo que estarán celebrando es su capacidad de construir el pasado a su propia imagen domesticando así las figuras que se quiere incluir en el panteón de héroes. Esas figuras nos dan un aire de arraigo histórico, pero en el proceso las volvemos tan parecidas a nosotros, que no hay ningún sentido importante en el que nos puedan perturbar para que así podamos aprender de ellas.

Sospecho que este es el gran dilema del próximo año. No se trata de que la Reforma sea un modelo impoluto al que debamos volver echando por tierra los siglos que nos separan. Pero sí se trata de captar que si no se las enfrenta adecuadamente, las celebraciones de hitos como éste pueden, por paradójico que parezca, volverse un camino no para un mayor enraizamiento en la historia, sino para desconectarse más aún de ella.

http://protestantedigital.com/magacin/40616/Conmemorar_la_Reforma_comprender_el_protestantismo

Carta abierta a Harold Segura

Publicado: octubre 29, 2016 en Iglesia

OLYMPUS DIGITAL CAMERA

Tu carta a la primera generación de la Fraternidad Teológica Latinoamericana dice que lo único que logró fue que se viese la misión integral como “organizar proyectos de asistencia social”.
ACTUALIDAD AUTOR René Padilla 30 DE OCTUBRE DE 2016 23:00 h

Confieso que no deja de sorprenderme que, en vista de los largos años de la amistad que te une tanto a mi como a Samuel Escobar, Juan Stam, Valdir Steuernagel, Tito Paredes y Pedro Arana, hayas elegido escribirnos una carta abierta sobre un tema escabroso como el que enfocas en ella.

Tildo de “escabroso” a este tema porque tiene que ver con la “mentalidad conservadora y pensamiento político reaccionario” de un importante sector del pueblo evangélico.

De este pueblo al cual amamos, con el cual nos identificamos y al cual queremos servir pastoralmente, a pesar de las duras críticas que nos hace porque no compartimos el conservadurismo político que tanto afecta su comprensión de la misión profética de la iglesia.

¿No hubiera sido mejor invitarnos a dialogar sobre este tema, con miras a encontrar maneras más efectivas de romper la barrera que nos separa de ese sector dominado por “púlpitos amenazantes, sermones manipuladores y predicadores con elocuentes intenciones políticas”?

Si entiendo bien tu carta dirigida a quienes formamos parte de la primera generación de la Fraternidad Teológica Latinoamericana, tu reclamo es que lo único que logró nuestra enseñanza fue que la mayoría de las iglesias creyera que hacer misión integral es “organizar proyectos de asistencia social”.

Como resultado, “la función administrativa y gerencial de la misión integral le ganó la partida a la tarea reflexiva y teológica de la misma. Hay riqueza metodológica, pero pobreza teológica; abundancia de obra social, pero escasez de propuestas sociales de transformación”.

Permíteme hacer tres breves comentarios al respecto, uno en relación a mi propio ministerio, otro en relación a los resultados de nuestra enseñanza sobre misión integral, y otro en relación a otros ministerios en la línea de la misión integral.

En primer lugar, en lo que atañe a mi propio ministerio, reconozco sus debilidades pero creo honestamente que jamás se ha limitado a fomentar proyectos de asistencia social. Tanto en mis escritos como en mis múltiples conferencias públicas me he esforzado por enfocar temas que apuntan a la necesidad de ir más allá del asistencialismo.

He denunciado los males de la globalización del capitalismo neoliberal y he tratado de mostrar la importancia de proyectos que den expresión concreta al hambre y sed de justicia que tenemos como ciudadanos del Reino de Dios en el campo socioeconómico, político y ecológico. Y en mi ministerio pastoral he estimulado a profesionales evangélicos a tomar muy en serio el compromiso de contribuir a la transformación integral mediante el ejercicio de su profesión. ¡El precio que he tenido que pagar por estos énfasis es el ser acusado de marxista o comunista!

En segundo lugar, por la gracia de Dios en toda América Latina han surgido y siguen surgiendo iglesias que no sólo hablan sino practican la misión integral con miras a la transformación social.

No son muchas, pero las hay y se multiplican en número, como lo constaté en el III Congreso de Misión Integral organizado por ALEF, que se llevó a cabo recientemente en Natal, en el Noreste del Brasil, al que fui invitado como orador. Me llamó la atención el número de pastores y líderes que asistieron no sólo de esa región sino de también de otros lugares del país.

En tercer lugar, aunque valoro mucho el trabajo de las ONGs evangélicas dedicadas a servir a los sectores más pobres de la población, pienso que frecuentemente dan mucha más importancia a “la función administrativa y gerencial de la misión integral” que a “la tarea reflexiva y teológica de la misma”.

Consecuentemente, dejan a las iglesias con un lamentable déficit en lo que tiene que ver con la base bíblico-teológica para hacer frente a los embates de la “mentalidad conservadora y pensamiento político reaccionario” con que los medios al servicio de la avaricia bombardean a la sociedad en nuestros países y alrededor del mundo contemporáneo.

No me cabe la menor duda de que esos medios son los que lograron el impeachment de Dilma en el Brasil, el retorno al neoliberalismo con la elección del nuevo gobierno nacional en la Argentina, el triunfo del voto  contra el reciente plebiscito por la paz en Colombia, y los intentos de desestabilizar a otras democracias progresistas como las de Venezuela, Ecuador y Bolivia.

Con el sincero afecto de siempre, un abrazo,

René Padilla

 http://protestantedigital.com/magacin/40632/Carta_abierta_a_Harold_Segura