Archivos para octubre, 2010

Sola Scriptura

Publicado: octubre 30, 2010 en Fotografía

Una copia de la Biblia Traducida del griego al Alemán por el reformador Martin Lutero. Destaca el ambiente donde usó para trabajar en la traducción de la Biblia en el castillo de Wartburg, Eisenach (Alemania)

Fotógrafo: James L. Amos

Copyright: National Geographic magazine.

 

Ecclesia reformata, semper reformanda

Publicado: octubre 30, 2010 en Fotografía

Cupula de la Iglesa Evangelica Luterana Trinity, Pasadena CA.

Cúpula de la Iglesia Evangélica Luterana TRINIDAD, en Pasadena CA.

Camara: Nikon D90.  Lente: Nikon Zomm AF 70-300mm.

Fotógrafo: Samuel Nieva

Castillo fuerte Es Nuestro Dios

Publicado: octubre 30, 2010 en Música


El Pentecostés y la multiculturalidad del evangelio

Publicado por:juanstam

Varios amigos me han pedido comentarios sobre el don de lenguas en Hch 2. Este ensayo, escrito en homenaje al antropólogo Bill Mitchell, trata del significado del Pentecostés para la misión de la iglesia.

El Pentecostés y la Multiculturalidad del Evangelio

Conocí al hermano Mitchell cuando lo invitamos, creo que en los años 60, a darnos unas charlas en el viejo Seminario Bíblico Latinoamericano. Nos habló sobre la antropología y la etnología de los pueblos peruanos originarios, los quechuas y los aymaras. Nos explicó los conceptos indígenas del mundo y la geografía, de su ética y sus valores y de su método de enseñanza por medio de historias. Esas charlas fueron un despertar para mí y cambiaron mi manera de pensar en muchos aspectos. Debo mucho a esa breve visita hace años, y ahora tengo el placer de dedicarle a “Bill”, con mucho aprecio y agradecimiento, este breve escrito.

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La interpretación del día de Pentecostés ha sido muy parcializada. Se ha concentrado casi exclusivamente en la experiencia del don de lenguas, sin dar igual importancia al profundo sermón de Pedro (Hch 2:14-41) y la radical comunidad que nació ese día (2:42-47). De la experiencia pentecostal, se ha concentrado casi exclusivamente en los fenómenos mismos y no en su significado. Y se ha olvidado casi por completo un tema central del relato: la naturaleza multicultural con que nació la iglesia aquel día. Este tema está presente, explícita o implícitamente, en cada uno de los tres momentos del relato.

Los impresionantes fenómenos de Hechos 2:1-13 no eran meros espectáculos, un sensacionalismo sin sentido. En la descripción, cada frase viene cargada de rico sentido bíblico-teológico. Los apóstoles, saturados desde su niñez de las escrituras hebreas, hubieran captado intuitivamente el mensaje que Dios les estaba comunicando. El primer fenómeno, “un ruido como el de una violenta ráfaga de viento” (2:2)[1], traería recuerdos del relato de la creación de Adán, donde se emplea el mismo sustantivo (pnoê, viento, aliento de vida, Gen 2:7; 7:22) y del viento que había de soplar sobre los huesos secos (Ezq 37:5-10; cf. Jn 20:22). Sugeriría para ellos el nacimiento de la iglesia, por el soplo divino, como cuerpo del segundo Adán. El adjetivo feromenês (arrastrador, de ferô) se usaba para describir un huracán o un torbellino (Isa 17:12; 28:15; 29:6). ¡Sin lugar a dudas el Espíritu viene, hoy como ayer, con toda la fuerza de un huracán!

La siguiente frase es paradójica: ese viento “llenó toda la casa donde estaban sentadas”.[2] Un viento puede sacudir una casa, o hasta tumbarla, pero ¿cómo puede un viento “llenar” una casa? La frase alude a una serie de textos sobre la consagración del tabernáculo, (Ex 40:34-25) o el templo (1 R 8:10; 2 Cr 7:1-2 cf. Isa 6:1; del templo escatológico Ezq 10:4; 43:2-5), cuando una nube de gloria “llenó toda la casa”.[3] En cambio, en el Pentecostés toda la casa se llenó no de nube sino del viento poderoso del Espíritu. Este detalle, junto con el siguiente, marca a la iglesia como el templo del Espíritu del Señor.

El relato de la dedicación del templo de Salomón en 2 Cron 7:1 yuxtapone los mismos dos elementos del día de Pentecostés: “Cuando Salomón terminó de orar, descendió fuego del cielo y consumió el holocausto y los sacrificios, y la gloria de Yahvé llenó la casa”. De igual manera, al inaugurar los sacrificios del tabernáculo, se manifestó la gloria de Dios y “de la presencia de Yahvé salió un fuego, que consumió el holocausto…” (Lev 9:24).[4] Con fuego del cielo Dios confirmó también el sacrificio de Elías en el monte Carmelo (1 R 18:24,38), y quizá también el de Abel (Gén 4:4). Todo ese trasfondo bíblico enriquece al mismo simbolismo en Hechos 2: el Pentecostés es la solemne consagración del Nuevo Templo. Desde el Pentecostés, el fuego de Dios cae sobre el altar de nuestras vidas.

En este contexto, tan rico con un profundo significado bíblico-teológico para cada detalle, es de esperar que el don de lenguas también sea un mensaje que marque la naturaleza de la naciente iglesia. Podemos estar seguros de que no fue simple exhibicionismo o sensacionalismo (un “show”). Entonces es crucial la pregunta, ¿por que optó Dios por manifestarse precisamente por este don de lenguajes en el día de Pentecostés?

Pedro mismo, en su sermón, explica un aspecto de la lógica teológica del don de lenguas en aquel día: Jesús había prometido enviar el Espíritu después de su resurrección y ascensión. Ahora, afirma Pedro, “exaltado por el poder de Dios, y habiendo recibido del Padre el Espíritu prometido, ha derramado esto que ustedes ahora ven y oyen” (2:33). Es sencillo y contundente el argumento: sabemos que Jesús ha llegado a la diestra de Dios, porque desde ahí nos ha enviado el Espíritu, como ustedes han visto.

Pero eso no explica todo el fenómeno. ¿Por qué lenguas? ¿No era suficiente el poderoso sermón de Pedro, en que afirma claramente el hecho del don del Espíritu? ¿Por qué no hubiera sido un culto masivo de sanidades o de revelación profética de secretos de los presentes? Si Pedro les predicó en una lengua franca, a lo mejor griego (o arameo), y miles se convirtieron, ¿para qué hizo falta otra modalidad de comunicación verbal anterior?

Aquí es necesaria otra aclaración. En las epístolas paulinas, y en la práctica de glosolalía hoy, se trata normalmente de un hablar extático, en un elevado estado espiritual y síquico, que no corresponde a ningún idioma de ningún pueblo real. En cambio, las lenguas del día de Pentecostés fueron lenguajes humanos existentes.[5] Y tenemos que preguntar, ¿Por qué eso? ¿No hubiera tenido igual efecto un don de lenguas extáticas, sin que fueran los idiomas que hablaban los presentes? Y otra pregunta: ¿Qué sentido tiene la inclusión de una larga lista de pueblos de los presentes (2:9-11)? Si fueran lenguas extáticas, ese recuento geográfico y étnico no tendría nada que ver con el tema.

Creo que tres frases en el relato del Pentecostés nos revelan el significado más profundo, y la razón de ser, de este don pentecostal:

“Cada uno los escuchaba hablar en su propio idioma” (2:6, dialektos).

“Cada uno de nosotros los oye hablar en su propia lengua en que había nacido” (2:8, idia dialektô hemôn en hê eggenêthêmen).

“todos por igual los oímos proclamar en nuestras lenguas (en tais hemeterais glôssais) las maravillas de Dios” (2:10)

En este pasaje, Lucas emplea dos palabras que significan “idioma”. La primera, glôssa, es el término más común para algún idioma humano. Literalmente se refiere a la lengua como órgano físico, pero muy comúnmente significa lenguaje o idioma. Es el origen de la descripción del don de lenguas como “glosolalia”. El otro término, dialektos, es un sinónimo generalmente equivalente, pero a veces puede tener un sentido más específico como “el lenguaje de una nación o una región” (Danker, A Greek-English Lexicon, p.232). Ese sentido se subraya por la frase “en que hemos nacido” (2:8), o sea, la lengua materna. . No bastaba escuchar la buena nueva en un idioma extranjero, aunque se lo podía entender; todos tenían que oír “las maravillas de Dios” en los tonos específicos de su propia lengua materna, en que habían nacido.

Esas evidencias no dejan lugar a dudas con respecto al suceso. ¡Los apóstoles, en la plenitud del Espíritu, de repente comenzaban a hablar en los idiomas de todos los presentes, idiomas que ellos mismos no conocían! F.F. Bruce y otros han sugerido que al ir hablando los apóstoles, comenzaban a incorporar frases y oraciones en otros idiomas, pero que los oyentes sí podían reconocer como sus propias lenguas y entender el mensaje (“las maravillas de Dios” (2:11). La sugerencia parece convincente.

Entre los judíos el Pentecostés se entendía también como celebración de la comunicación de la ley en el monte Sión. Según una tradición rabínica, “los diez mandamientos se promulgaron con una sola voz, pero dice, ‘todo el pueblo percibió sus voces’ (Ex 20:18), lo cual muestra que cuando la voz emergió, se dividió en siete voces y después en setenta idiomas, y cada pueblo recibió la ley en su propio idioma” (Midr. Tanchuma 26c). El impresionante paralelismo con Hechos 2, incluso la referencia a “unas lenguas como de fuego que se repartieron y se posaron sobre cada uno de ellos”, refuerza el sentido multicultural del Pentecostés.

La importancia central de este tema queda todavía más clara cuando tomamos en cuenta el largo registro de naciones en 2:9-10, que interrumpe abrupto al relato narrativo. Si el don de lenguas ese día hubiera sido un simple hablar en éxtasis, sin relación a idiomas existentes, ¿qué posible sentido podría tener esta lista? La única razón de esta lista, aparentemente superflua y un poco aburrida al leer el capítulo, es que Juan quiso subrayar de esa manera, de nuevo, la multiculturalidad del evangelio. La lista simplemente especifica geográficamente lo que significaba “todas las naciones bajo el sol” (2:5). El evangelio respeta todas las lenguas y todas las culturas, para encarnarse auténticamente en ellas.

Ahora nos queda muy clara la razón y el sentido teológico del don de lenguas en el día de Pentecostés. No hubiera bastado escuchar, en un idioma extranjero para todos, el elocuente sermón de Pedro, en alguna lengua franca, aunque lo hubieran entendido bien. Cada pueblo, sin excepción alguna, tiene que escuchar la Palabra de Dios en los acentos más auténticos de su lengua materna, de su propia cultura, de su propia manera de vivir la realidad. Eso tenía que demostrarse desde un puro principio, en el día del nacimiento de la iglesia. La primera acción misionera de la iglesia, antes de predicar el primer sermón, fue dejar a todos escuchar “las maravillas de Dios” con toda la cadencia y la sonoridad, y las resonancias sentimentales, de la lengua materna.

El Pentecostés significa que el evangelio no tiene idioma oficial; ni el hebreo ni el griego (mucho menos el latín ni el inglés) pueden definir las categorías y las configuraciones culturales de nuestra fe. El idioma del evangelio es la lengua materna de cada creyente: cakchiquel, quechua, aymara, la que sea. Es la lengua en que tu madre te cantaba las canciones de cuna y te contaba las primeras historias que escuchaste. Sólo así el evangelio podrá expresarse y vivirse en los acentos auténticos de cada comunidad de fe. En el día del Pentecostés, el evangelio nació con auténtica identidad multicultural en cada sociedad evangelizada y por evangelizarse.

Cuando el evangelio llega a un pueblo, la única cultura a que pertenece debe ser la misma cultura del pueblo que recibe el mensaje. El evangelio puede encarnarse con fidelidad sólo en la auténtica idiosincrasia de cada pueblo. Por eso, ser pentecostal significa ser contextual y autóctono. Imponer algún lenguaje extraño o patrones cultures extranjeros es anti-pentecostal.

Esto significa que la persona maya o quechua, al convertirse al evangelio, no va a dejar de ser maya o quechua sino va a ser más maya o más quechua que nadie. En Cristo, va a descubrir nuevas dimensiones de su identidad étnica, nuevas y mejores formas de expresar la identidad de su cultura, cualquiera que sea. En Cristo la cultura no se destruye sino que se perfecciona. Cuando el mestizo o el indígena americano pierde su cultura al aceptar el evangelio, se está violando la voluntad del Señor y Redentor de todas las culturas. Eso se ve aun más dramáticamente en el lejano oriente, donde el “hindú” de la india pierde hasta el nombre de su cultura (es “hindú”, no “indio” aunque es de la India). Los primeros misioneros denunciaban toda la cultura de la India como paganismo, en vez de buscar equivalentes funcionales para las fiestas, las tradiciones y las costumbres que constituían el meollo de la cultura nacional.

Pablo, en sus viajes misioneros, practicó también el principio de la identidad cultural. Frente a los judaizantes, Pablo rechazó el requisito de hacerse judío antes de poder hacerse cristiano para promover una nueva encarnación del evangelio en términos netamente gentiles (cf. 1 Cor 9:20-15).[6] Después, cuando el Espíritu Santo le prohibió ir a Bitinia y le llamó a entrar al continente europeo (Hch 16:6-10), hacia el centro estratégico del mundo mediterráneo, comenzó un largo proceso de nuevas expresiones de la fe de acuerdo con las diferentes culturas de los que abrazaron el evangelio. Con el tiempo, el evangelio se contextualizó profundamente como un evangelio europeo, y después norteamericano, imponiendo lo euro-atlántico encima del mensaje original del evangelio. Un ejemplo de eso es la manera de hacer teología, muy racionalista pero totalmente ajeno al pensamiento de un aymara del Perú o de cualquier persona de la China o la India. La ortodoxia occidental nor-atlántica se identifica con el evangelio mismo y se pretende imponerla sobre los convertidos de otras culturas.

Esto ha producido una situación doblemente anti-cultural en muchos países. Tomemos a modo de ejemplo a Guatemala.[7] Un misionero europeo o norteamericano llega a la capital con el evangelio (y gracias a Dios por ese tesoro), pero junto con el evangelio trae muchos kilos de “equipaje” agregado, ajeno a la cultura “chapina” y hasta contradictorio a ella. Se forma una sub-cultura europeizada o norteamericanizada, que ya no habla con los acentos del pueblo, como hablaban los apóstoles en el día de Pentecostés. Es una isla dentro de la cultura guatemalteca, una especie de quiste, que ya no es ni auténticamente guatemalteca ni auténticamente evangélica.

Después el mismo misionero norteamericano, o un hermano “ladino” de la capital, con su evangelio desnaturalizado, norteamericanizado y “ladinizado”, llega a Chimaltenango, centro vital de la cultural cakchiquel, para evangelizar a los indígenas que no son “ladinos”. Resulta entonces una misión doblemente alienante. Tal situación no puede ser la voluntad de Dios ni es la misión de la iglesia. En el caso de los cakchiqueles, a Dios gracias, ellos han rechazado esta doble imposición cultural y están luchando por encarnar el mensaje bíblico en los auténticos términos de su propio pueblo indígena.

Conclusión: Podemos afirmar para concluir que el Apocalipsis da una última expresión del mensaje bíblico de la multiculturalidad del evangelio. Llama la atención la mucha importancia que este libro dedica a la gran variedad de culturas y etnias en toda la tierra. Cristo, el Señor del universo y de todas las naciones (12:5; 15:4), nos “ha redimido con su sangre de todo linaje y lengua y pueblo y nación” (5:9). La multitud de los redimidos será de “todas las naciones, tribus, pueblos, lenguas” (7:9). Cuando la vocación profética de Juan se renueva, entre la sexta y la séptima trompetas, se le ordena profetizar otra vez sobre “muchos pueblos, naciones, lenguas y reyes” (10.11). Según 14:6 un ángel predica “el evangelio eterno a…toda nación, tribu, lengua y pueblo”.

La importancia que Juan da a esta fórmula puede verse como índice del significado de las realidades étnicas, sociales y lingüísticas para él. Más allá de un simple concepto abstracto de “universal”, estas expresiones señalan la preservación escatalógica de las diversidades que marcan nuestra historia; Juan parece concebir “la vida perdurable” como caracterizada por las mismas identidades culturales de ahora. Al final del capítulo 21 Juan afirma que “las naciones andarán a la luz de ella [la nueva Jerusalén]; y los reyes de la tierra traerán su gloria y riqueza a ella…Y llevarán la gloria y la riqueza de las naciones a ella” (21:24,26). La mención de “naciones” y “reyes” en 21:24,26 parece indicar que Juan no está pensando simplemente en “los gentiles”, como conglomerado abstracto, sino en entidades que son de alguna naturaleza socio-políticas. La nacionalidad no es algún agregado accidental al ser humano, para ser superada y dejada atrás en la vida eterna, sino pertenece a cada uno esencial y eternamente.

El mensaje del Pentecostés, como el de Pablo y del Apocalipsis, afirma con vigor el valor de las culturas humanas. Esta multiculturalidad se anunció ya en el día de Pentecostés por medio del don de lenguas. Por eso, irrespetar a otras culturas, querer imponer nuestra cultura sobre otras, e identificar el evangelio con una sola cultura, es profundamente anti-pentecostal. El evangelio de nuestro Señor y Salvador, el “Logos” del universo entero, florece en cada cultura según los valores y la hermosura de ella. En el jardín de Dios, se cultiva cada flor según su particular belleza cuando encarna al evangelio en su propia cultura.

[1] La traducción de esta frase por RVR, “un viento recio que soplaba”, es tanto inexacto como curioso. ¿Cómo sería un viento que no soplara?
[2] Algunos afirman que fue el estruendo, y no el viento, que llenó la casa. La gramática y el simbolismo, como también los antecedentes bíblicos, indican que el viento es el sujeto del verbo.
[3] A diferencia de esa nube de gloria, en Ap 15:8, antes de derramarse las copas de ira, el templo se llena de humo.
[4] En seguida el texto relato que cuando Nadab y Abiú, los hijos de Aarón, “ofrecieron ante Yahvé un fuego que no tenían por qué ofrecer”, salió de la presencia de Yahvé un fuego que los consumió” (Lev 10:1-3). En Num 3:4 y 26:61 se describe como “fuego profano” o “fuego extraño”.
[5] Algunos han argumentado que el único milagro fuera un milagro de escuchar, de cada receptor en su propio idioma, en vez de un milagro de hablar, de parte de los apóstoles, pero el argumento carece de bases sólidas. Es probable que Pablo se refería a las dos modalidades del don de lenguas con su frase, “lenguas humanas y angelicales” (1 Cor 13.1).
[6] Algunos autores han sugerido que en los largos años entre su conversión y su primer viaje misionero, Pablo se dedicó a asimilar la cultura de los gentiles, a los que iba a dedicar su vida como misionero. Antes de convertir a los gentiles, él mismo se convirtió a la cultura greco-romana. Eso puede verse en las referencias a la literatura griega que cita Pablo, en la nomenclatura que introduce para las congregaciones y los líderes (ekklêsia, episkopos), en el lenguaje que a veces usa (“adopción” en sentido romano; “jugar el todo por el todo” paraboleúomai Fil 2.30) y en sus referencias a los deportes helenísticos (1 Cor 9:24-27). Siendo judío, aprendió a pensar y actuar como gentil para llevar las buenas nuevas a los gentiles. ¡Hasta se hizo fanático de los deportes!
[7] Aquí me refiero a la iglesia guatemalteca como simple ejemplo, no como juicio a una iglesia que merece mi mayor respeto.

Martin Lutero El Monje

Publicado: octubre 30, 2010 en Historia, Iglesia, Luteranismo

CÉSAR VIDAL
Martín Lutero, el monje

¿Eran católicas las tesis de Lutero? (I)

Corría un día 31 de octubre cuando un monje agustino llamado Martín Lutero clavó un escrito con noventa y cinco tesis en la puerta de la iglesia de la universidad de Wittenberg. Históricamente, se menciona este episodio como el primer paso de la Reforma protestante y del desgarro que experimentaría la cristiandad occidental durante el siglo XVI pero, ¿verdaderamente eran anticatólicas las noventa y cinco tesis de Lutero?

El siglo XV estuvo caracterizado entre otros aspectos de relieve por un sentimiento de creciente crisis en el seno de la Iglesia católica. Durante aquellas agitadas décadas, la corte papal se trasladó de Roma a Avignon para satisfacer los intereses de los reyes de Francia, se produjo el denominado cisma de Occidente –en virtud del cual existieron simultáneamente dos papas que se excomulgaban entre sí y que se presentaban como el único pontífice legítimo– fracasaron los intentos por restaurar la unidad entre el papado y el patriarca de Constantinopla pese a la amenaza turca que terminó aniquilando Bizancio en 1453 y se multiplicaron las voces de aquellos que, como John Wycliffe o Jan Huss, deseaban una reforma en profundidad de la iglesia no sólo en el ámbito moral sino también en el teológico.

No resulta extraño que en un contexto tan crispado como el del s. XV los mejores teólogos de Occidente sostuvieran la tesis de la superioridad del concilio general sobre el Papa (¿quién podía asegurar que el Papa no podía convertirse en un hereje tras antecedentes en ese sentido como los de Honorio o Vigilio?) o que se iniciaran los primeros intentos de publicar textos críticos del Nuevo Testamento en su lengua original.

Desde luego, si algo parecía indiscutible a finales del s. XV era que la Iglesia necesitaba una reforma, que ésta tenía que operarse en profundidad y que el momento de su inicio no podía verse retrasado indefinidamente. Una posición de ese cariz era defendida por personajes que iban de Lorenzo Valla a Erasmo, de Tomás Moro a Luis Vives, de Cisneros a Isabel la católica.

LA FIGURA DE LUTERO
Sin embargo, la Reforma iba a quedar indisolublemente ligada a la figura de Lutero. Éste nació en 1483 en Eisleben, Alemania. Su padre, de origen campesino, trabajaba en las minas y, según testimonio de Martín, era partidario de una severa educación que, no pocas veces, se traducía en castigos corporales. Esa misma norma, también según los recuerdos de Lutero, se mantuvo en la escuela y, a juzgar por sus propias palabras, debió dejar no escasa huella en su carácter.

Durante el verano de 1505, Martín fue sorprendido por una tormenta y en medio de los rayos, aterrado por la perspectiva de la muerte y del castigo eterno en el infierno, prometió a santa Ana en oración que si lograba escapar con bien de aquel trance se haría monje. Así fue y, como el mismo Lutero confesaría tiempo después, en ello influyó no sólo la promesa formulada a la santa sino también el deseo de escapar de un hogar demasiado riguroso y de los deseos de su padre, que pretendía que cursara los estudios de derecho. Éste se sintió muy contrariado por la decisión del joven, pero no pudo impedirla.

El ambiente que Lutero encontró en el monasterio constituía una acentuación del espíritu católico de la Baja Edad Media. Éste se resumía en un énfasis extraordinario en lo efímero de la vida presente (algo que había quedado más que confirmado mediante episodios como las epidemias de peste o la Guerra de los Cien Años) y en la necesidad de prepararse para el Juicio de Dios, del que podía depender el castigo eterno en el infierno o, aún para aquellos que fueran salvos, los tormentos prolongadísimos del Purgatorio. Esta cosmovisión convertía lógicamente los años presentes en un simple estadio de preparación para la otra vida y contribuía a subrayar la necesidad que cada ser humano tiene de estar a bien con Dios.

Lutero comenzó a padecer las consecuencias de esta perspectiva al poco tiempo de entrar en el monasterio. Tras pronunciar sus votos y ser elegido por sus superiores para que lo ordenaran sacerdote, su primera misa se convirtió en una experiencia aterradora al reflexionar que lo que estaba ofreciendo en ella era al mismo Jesucristo.

Esta sensación se fue agudizando progresivamente a medida que Lutero captaba en profundidad los engranajes del sistema católico de salvación. De acuerdo con éste, la misma estaba asegurada sobre la base de realizar buenas obras y de acudir a la vez al sacramento de la penitencia de tal manera que, tras la confesión, quedaran borrados todos los pecados. Para los católicos de todos los tiempos que no han sentido excesivos escrúpulos de conciencia, tal sistema no tenía porqué presentarse complicado, ya que el concepto de buenas obras resultaba demasiado inconcreto y, por otro lado, la confesión era vista como un lugar en el que podía hacerse borrón y cuenta nueva con Dios.

Sin embargo, para gente más escrupulosa, como era el caso de Lutero, el sistema estaba lleno de agujeros por los que se filtraba la intranquilidad. En primer lugar, se encontraba la cuestión de la confesión. Para que ésta fuera eficaz resultaba indispensable confesar todos y cada uno de los pecados pero, ¿quién podía estar seguro de recordarlos todos?Si alguno era olvidado, de acuerdo con aquella enseñanza, quedaba sin perdonar y si ese pecado era además mortal el resultado no podía ser otro que la condena eterna en el infierno. En segundo lugar, Lutero comprobaba que las malas inclinaciones seguían haciéndose presentes en él pese a que para ahuyentarlas recurría a los métodos enseñados por sus maestros, como podían ser el uso de disciplinas sobre el cuerpo, los ayunos, la frecuencia en la recepción de los sacramentos, etc.

Cuando su director espiritual le recomendó que leyera a los místicos, Lutero encontró un consuelo pasajero pero, finalmente, éste acabó también esfumándose. Fue entonces cuando su superior decidió que quizá la solución podría derivar de un cambio de aires espirituales. El ambiente del monasterio era muy estrecho y podía tener efectos asfixiantes sobre alguien tan escrupuloso como Lutero. Quizá la solución estaría en que dedicara más tiempo al estudio y en que después se dedicara a labores docentes que le pusieran en contacto con un mundo más abierto.

PROFESOR EN WITTENBERG
Así, se le ordenó que se preparara para enseñar Sagrada Escritura en la universidad de Wittenberg. En 1512 Lutero se doctoró en teología y por aquella época debía contar con un conocimiento nada despreciable de la Biblia. Precisamente fue el contacto con el texto sagrado el que empezó a proporcionarle una vía de salida a angustias de los últimos años. Ya en 1513, cuando enseñaba los Salmos con una perspectiva cristológica, se percató de los sufrimientos psicológicos de Cristo y aquel descubrimiento le reportó un notable consuelo en la medida en que podía encontrar una cierta solidaridad entre sus padecimientos y los de Jesús.

Con todo, el gran paso lo dio en 1515 cuando enseñaba como teólogo católico la epístola de Pablo a los romanos. Esta epístola es, en buena medida, un desarrollo de la dirigida a los Gálatas. En ella, el apóstol Pablo insiste –de manera más desarrollada y amplia– en el hecho de que la salvación nunca puede derivar de las propias obras, sino que es un regalo que Dios hace al ser humano por su gracia y que éste puede recibir sólo mediante la fe en el sacrificio expiatorio que Cristo realizó en la cruz.

Pero este aspecto lo veremos en el siguiente artículo de esta serie (que se compone de cuatro artículos en total)

César Vidal es escritor, historiador y teólogo

© C. Vidal, España, Libertad digital (Protestante Digital.com).

© 2003- 2010, Protestante Digital. España.


JUAN SIMARRO
Inmigrantes. Hacia iglesias interculturales

La mayoría de las Iglesias Evangélicas de España, tienen inmigrantes en sus congregaciones. Normalmente tienen buena voluntad en cuanto a sus deseos de ayuda a estos colectivos, pero a veces tienen problemas con el respeto a las diferentes identidades culturales. Suelen observarse muchos miedos y dificultades para aceptar una dinámica de interrelación entre las identidades culturales de cada cual. La tendencia es pedir que los inmigrantes hagan un esfuerzo de adaptación a la cultura y formas eclesiales que hoy tenemos en España, sin dejar espacios a la realidad de iglesias interculturales o pluriculturales, en donde se respetara las identidades culturales particulares de los inmigrantes.

A veces nos obsesionamos por unos ideales de homogeneidad y de purezas de no sé qué tipo, por unos miedos a no sé qué fantasmas, que acabamos rechazando el factor enriquecedor de la diversidad, y se pueden formar guetos culturales dentro de nuestras congregaciones… cuando no caer en actitudes racistas.

El cristiano, como hombre inmerso dentro de una cultura, también se socializa y se hace más humano dentro de ella, pero no necesariamente dentro de una cultura concreta que muchas veces tendemos a imponer como la nuestra . Las diferentes culturas que pueden formar parte de una iglesia debido al tema de la inmigración, deben estar en una interrelación enriquecedora. No como culturas yuxtapuestas, que crean guetos, sino como culturas en relación interactiva, como opuesto a la imposición de un culturalismo esencialista que se quiere imponer a los que vienen con todo un bagaje cultural diferente, pero no menos rico. Son culturas que pueden estar continuamente en diálogo mutuo, lo cual crea un enriquecimiento de la experiencia en el seno de la Iglesia. Los miedos que se tienen ante culturas diferentes o formas diferentes, son paralizadores. Además, si queremos imponer ideales de pureza cultural que van a partir siempre desde nuestra propia cultura, estaremos pecando contra el prójimo y contra Dios mismo.

Alguien me ha comentado que hay iglesias que tienen recelos de que los inmigrantes formen parte del gobierno de la propia iglesia. Quizás por miedo, consciente o inconsciente, de verse enfrentados a otros patrones culturales o a otras formas que, al ser desconocidas, nos hacen sentirnos más inseguros. La inseguridad hace que nos cerremos a la realidad del otro. Nos empobrecemos y nos afianzamos en una identidad que esencializamos produciendo rechazos de la identidad del otro. Irrumpe el otro con su cultura y nos da miedo esa interrelación cultural. Y aunque es verdad que cuando un colectivo humano se encuentra con otro de cultura diferente y entran en diálogo, puede haber transformaciones, siempre van a ser transformaciones enriquecedoras y que hacen que los grupos se mantengan vivos . Cerrarnos en una especie de endogamia cultural y exigir al otro que se adapte a nuestra identidad abandonando sus pautas culturales, puede ser triste y un camino de muerte para toda la realidad eclesial. La identidad cultural de la iglesia debe ser abierta, un sistema abierto que puede entrar en diálogo con otras muchas culturas pertenecientes a otros colectivos que se han sumado al proyecto eclesial.

Tenemos que superar el hecho de esas primeras reacciones que a veces se dan también entre creyentes: el ver las culturas de los inmigrantes como extrañas e inferiores a la nuestra . Tenemos que ser más humildes y ver que nuestra cultura no es el centro del universo, ni tampoco tiene que ser más ricas que las culturas que representan los inmigrantes. Y, si alguien puede entrar en una línea de relación intercultural sin trabas y con plena aceptación, ese debe ser el cristiano.

La Iglesia no puede ser extranjera en ningún lugar o país del mundo. Así, tampoco ningún inmigrante en España debe tener la impresión de estar en una iglesia extranjera. Nadie tiene que sentirse extranjero en la casa de Dios . Las diferentes identidades culturales pueden estar en una interrelación no problemática. Nadie tiene que ser privado por su condición de extranjero, de participar plenamente en la vida de su iglesia, sin que tendamos a eliminar su identidad cultural. Pueden surgir así iglesias pluriculturales en la que todos seamos iguales en niveles de aceptación, deberes y derechos. Privar a un inmigrante de su participación en el gobierno de la Iglesia o en cualquier actividad eclesial por tener formas o pautas culturales diferentes, es un pecado. Así, la Iglesia que acoge a inmigrantes debe estar dispuesta a favorecer cierta pluralidad en el seno eclesial y evitar el fanatismo identitario de ciertas congregaciones.

Nuestros hermanos cristianos inmigrantes, están poniendo en tela de juicio el eurocentrismo del cristianismo. Eurocentrismo que hemos ido imponiendo por el mundo y que, ahora, que recibimos a estos hermanos inmigrantes dentro de nuestras puertas también queremos imponer, impidiendo la interculturalidad que se debe dar en el seno de la iglesia. Así, los inmigrantes nos están invitando a los creyentes españoles a la vivencia de un cristianismo universal, capaz de inculturarse en cualquier cultura . Los inmigrantes nos están invitando a la diversidad cultural enriquecedora de nuestras congregaciones. La iglesia puede y debe ser pluricultural o intercultural. Las inseguridades que nos llevan a fanatismos identitarios deben desaparecer… si queremos ser iglesia del Reino, iglesia universal que no puede ser iglesia extranjera ante ningún colectivo o individuo que se acerca a nosotros trayendo otros bagajes culturales que nos pueden enriquecer.

Juan Simarro es Licenciado en Filosofía, escritor y director de Misión Evangélica Urbana de Madrid

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© 2003- 2010, Protestante Digital. España.

A Mighty Fortress Is Our God (with words)

Publicado: octubre 29, 2010 en Música