Archivos para noviembre 1, 2010

Enmanuel, Dios con Nosotros

Publicado: noviembre 1, 2010 en Fotografía

 

“Que os ha nacido hoy , en la ciudad de David, un Salvador,

que es Cristo el Señor” Lucas 2:9

Iglesia Luterana San Marcos. SouthCentral, LA .

Camara: Nikon N90s   Lente: Nikkor zomm AF28-105mm.

Fotógrafo: Samuel Nieva

Give me Jesus

Publicado: noviembre 1, 2010 en Música

Hossana

Publicado: noviembre 1, 2010 en Música

Fuego de Dios

Publicado: noviembre 1, 2010 en Música

No es Justo…

Publicado: noviembre 1, 2010 en Iglesia, Música, Misión Integral

Lutero y la ruptura con Roma

Publicado: noviembre 1, 2010 en Historia, Iglesia, Luteranismo

CÉSAR VIDAL

Lutero y la ruptura con Roma

¿Eran católicas las tesis de Lutero? (IV)

Se ha señalado en buen número de casos que el 31 de octubre de 1517 Lutero fijó las 95 tesis sobre las indulgencias en las puertas de la iglesia del castillo de Wittenberg como un desafío a la Iglesia católica. Semejante versión es insostenible históricamente. En realidad, la raíz del problema no estuvo en Lutero sino en las prácticas económicas de ciertas jerarquías, incluido el Papa.

Ya vimos en el artículo anterior que Lutero consideró que semejante conducta era indigna y decidió comunicarlo en un escrito privado y muy respetuoso a su obispo, el prelado de Brandeburgo, y a Alberto de Maguncia que era el responsable de aquella campaña concreta de venta de indulgencias. Lo hizo además siguiendo el uso propio de los profesores universitarios, es decir, redactando un conjunto de tesis que podían ser discutidas con diversos argumentos a favor o negadas con otros en contra. Así nacieron las noventa y cinco tesis.

En multitud de colectivos rígidamente jerarquizados o donde la personalidad del máximo dirigente es esencial para la cohesión, suele ser común ante los abusos una reacción psicológica consistente en culpar de ellos no a la cabeza sino a los estratos intermedios e incluso pensar que si la cabeza supiera realmente lo que está sucediendo cortaría por lo sano.

LA INOCENCIA DE LUTERO

En este mismo sentido, Lutero –que seguía siendo un fiel hijo de la Iglesia católica– estimaba que el escándalo de las indulgencias no tenía relación con el Papa y que éste lo suprimiría de raíz de saber lo que estaba sucediendo: Hay que enseñar a los cristianos que si el Papa supiera las exacciones cometidas por los predicadores de indulgencias, preferiría que la basílica de san Pedro se viera reducida a cenizas antes que levantarla con el pellejo, la carne y los huesos de sus ovejas (50). Hay que enseñar a los cristianos que el Papa, como es natural, estaría dispuesto, aunque para ello tuviera que vender la basílica de san Pedro, a dar de su propio dinero a aquellos a los que se lo sacan algunos predicadores de indulgencias”.

Para Lutero, que tenía un concepto idealizado del Papa que, francamente, no se correspondía en este caso con la realidad, resultaba obvio que el centro de la vida cristiana, que debía girar en torno a la predicación del Evangelio, no podía verse sustituido por la venta de indulgencias. Ésa era la cuestión fundamental, la de que la misión de la Iglesia era predicar el Evangelio. Al permitir que cuestiones como las indulgencias centraran la atención de las personas lo único que se lograba era que apartaran su vista del verdadero mensaje de salvación.

Precisamente partiendo de estos puntos de vista iniciales –la desvergüenza y la codicia de los predicadores de indulgencias, la convicción de que el Papa no podía estar de acuerdo con aquellos abusos y la importancia central de la predicación del Evangelio– Lutero podía afirmar que las indulgencias en si, pese a su escasa relevancia, no eran malas y que, precisamente por ello, resultaba imperativo que la predicación referida a las mismas se sujetara a unos límites más que desbordados en aquel momento. De lo contrario, la Iglesia católica tendría que exponerse a críticas, no exentas de mala fe y de chacota, pero, a la vez, nutridas de razón que sólo podían hacer daño por la parte mayor o menor de verdad que contenían.

Para Lutero, aquellas objeciones no implicaban mala fe en términos generales. Por el contrario, constituían un grito de preocupación que podía brotar de las gargantas más sinceramente leales al papado y precisamente por ello más angustiadas por lo que estaba sucediendo. La solución, desde su punto de vista, no podía consistir en sofocar aquellos clamores reprimiéndolos, sino en acabar con unos abusos que merecidamente causaban el escándalo de los fieles formados, deformaban las concepciones espirituales de los más sencillos y arrojaban un nada pequeño descrédito sobre la jerarquía: Amordazar estas argumentaciones tan cuidadas de los laicos sólo mediante el poder y no invalidarlas con la razón, es lo mismo que poner en ridículo a la Iglesia y al Papa ante sus enemigos y causar la desventura de los cristianos.

En su conjunto, por lo tanto, las 95 Tesis no sólo no eran un escrito anticatólico, sino profundamente impregnado de una encomiable preocupación por el pueblo de Dios y la imagen de la jerarquía ante éste. Además, en buena medida, lo expuesto por Lutero ya había sido señalado por autores anteriores e incluso cabe decir que con mayor virulencia. Sin embargo, el monje agustino no supo captar que la coyuntura no podía ser humanamente más desfavorable.

LA RUPTURA

Ni el Papa ni los obispos eran tan desinteresados como él creía –a decir verdad eran notablemente corruptos– y en aquellos momentos necesitaban dinero con una fuerza mayor de la que les impulsaba a cubrir su labor pastoral. Quizá de no haber sido ésa la situación, de no haber requerido el Papa sumas tan grandes para concluir la construcción de la basílica de san Pedro en Roma, de no haber necesitado Alberto de Brandeburgo tanto dinero para pagar la dispensa papal, la respuesta hubiera sido comedida y todo hubiera quedado en un mero intercambio de opiniones teológicas que en nada afectaban al edificio eclesial.

Sin embargo, las cosas discurrieron de una manera muy diferente y las 95 Tesis, vistas con la perspectiva del tiempo, pasaron a ser el primer episodio de la Reforma. El juicio de ese desenlace –que no su descripción– es claramente muy distinto según el lugar del que proceda.

Desde un punto de vista católico, sería de lamentar que la corrupción jerárquica fuera enconando cada vez más unas posiciones inicialmente ortodoxas para acabar en un desgarro que llevó a perder a la Santa sede la mitad del continente europeo.

Desde un punto de vista protestante, sin embargo, la inmoralidad de la jerarquía tuvo efectos beneficiosos. Llevó a Lutero a reflexionar sobre la decadencia de la Iglesia católica más allá de un asunto como las indulgencias y, partiendo de ese inicio, comenzó a orientar su teología hacia la Biblia, dando lugar a un proceso de regreso al cristianismo primitivo y de liberación espiritual que cambió muy beneficiosamente el mundo.

Pero, sea cual sea el juicio más acertado, de lo que no cabe duda es de que los caminos del Señor son inescrutables.

 

Con este artículo concluye la serie de cuatro artículos titulada “¿Eran católicas las tesis de Lutero?”

Artículos anteriores de esta serie:

1              Martín Lutero, el monje

2              Lutero y la salvación por la fe

3              Lutero y las bulas

César Vidal es escritor, historiador y teólogo

© C. Vidal, España, Libertad digital (Protestante Digital.com).

© 2003- 2010, Protestante Digital. España.

Lutero y las bulas

Publicado: noviembre 1, 2010 en Historia, Iglesia, Luteranismo

CÉSAR VIDAL

Lutero y las bulas

¿Eran católicas las tesis de Lutero? (III)

Se ha señalado en buen número de casos que el 31 de octubre de 1517 Lutero fijó las 95 tesis sobre las indulgencias en las puertas de la iglesia del castillo de Wittenberg como un desafío a la Iglesia católica. Semejante versión es insostenible históricamente. En realidad, la raíz del problema no estuvo en Lutero sino en las prácticas económicas de ciertas jerarquías, incluido el Papa.

En 1514, Alberto de Brandeburgo, arzobispo de Magdeburgo y administrador de Halberstadt, fue elegido arzobispo de Maguncia. En aquella época, los cargos episcopales no sólo implicaban unas tareas pastorales, sino que llevaban anejos unos beneficios políticos y económicos extraordinarios, hasta tal punto que buen número de ellos eran cubiertos por miembros de la nobleza que contaban así con bienes y poder más que suficientes para competir con otros títulos.

EL NEGOCIO DE LAS BULAS

El arzobispado de Maguncia era uno de los puestos más ambicionados no sólo por las rentas inherentes al mismo sino también porque permitía participar en la elección del Emperador, un privilegio limitado a un número muy reducido de personas, y susceptible de convertir a su detentador en receptor de abundantes sobornos.

Al acceder a esta sede, Alberto de Brandeburgo acumulaba, sin embargo, una extraordinaria cantidad de beneficios y por ello se le hacía necesaria una dispensa papal. La dispensa en si sólo planteaba un problema y era el hecho de que el Papa siempre estaba dispuesto a concederla pero a cambio del abono de una cantidad proporcional al favor concedido. En este caso exigió de Alberto la de 24.000 ducados, una cifra fabulosa imposible de entregar al contado. Como una manera de ayudarle a cubrirla, el Papa ofreció a Alberto la concesión del permiso para la predicación de las indulgencias en sus territorios.

De esta acción todavía iban a lucrarse más personas. Por un lado, por supuesto, se encontraba Alberto que lograría pagar al Papa la dispensa para ocupar su codiciado arzobispado, pero además la banca de los Fugger recibiría dinero a cambio de adelantar parte de los futuros ingresos de la venta de las indulgencias, el Emperador Maximiliano obtendría parte de los derechos y, sobre todo, el Papa se embolsaría el cincuenta por cien de la recaudación, destinándolo a concluir la construcción de la basílica de san Pedro en Roma.

MEDIOEVO E INDULGENCIAS

Para comprender lo que significaba la venta de indulgencias hay que situarse en la mentalidad de la Europa del Bajo Medievo. En esos siglos cobró una enorme importancia la creencia en el Purgatorio. Aunque el dogma no fue definido como tal hasta el s. XV, ya contaba con precedentes de los siglos anteriores y había recibido un inmenso impulso. Inicialmente, la creencia en el purgatorio no había estado ligada a las indulgencias pero no tardó mucho en relacionarse.

Resultaba obvio que si el Papa era el custodio del tesoro de los méritos de Cristo y de los santos podía aplicarlos a los fieles para que, a cambio de ciertas prácticas, éstos sufrieran por menos tiempo en el purgatorio. No pasaron muchos años antes de que semejantes concesiones fueran obtenidas mediante pago y crearan, como en el caso que nos ocupa, un negocio extraordinario.

Como todas las ventas naturalmente, ésta también utilizaba recursos propagandísticos extraordinarios. Sus vendedores afirmaban, por ejemplo, que apenas sonaban en el platillo las monedas con las que se habían comprado las indulgencias, el alma prisionera en el purgatorio volaba libre hasta el cielo. Además, dado que semejante beneficio podía adquirirse no sólo para uno mismo sino también para otros, no pocas familias dedicaban una parte de sus recursos a beneficiar a sus seres queridos ya difuntos y padeciendo en el purgatorio.

LA POSTURA DE LUTERO

Lutero consideró que semejante conducta era indigna y decidió comunicarlo en un escrito privado y muy respetuoso a su obispo, el prelado de Brandeburgo, y a Alberto de Maguncia que era el responsable de aquella campaña concreta de venta de indulgencias. Lo hizo además siguiendo el uso propio de los profesores universitarios, es decir, redactando un conjunto de tesis que podían ser discutidas con diversos argumentos a favor o negadas con otros en contra. Así nacieron las noventa y cinco tesis.

Las primeras tesis de Lutero apuntan al hecho de que Jesucristo ordenó hacer penitencia –literalmente: arrepentíos en el texto del Evangelio– pero que ésta es una actitud de vida que supera el sacramento del mismo nombre. Precisamente por ello, el Papa no podía remitir ninguna pena a menos que previamente lo hubiera hecho Dios o que se tratara de una pena impuesta por sí mismo. De esto se desprendía que afirmar que la compra de las indulgencias sacaba a las almas del purgatorio de manera indiscriminada no era sino mentir, ya que el Papa no disponía de ese poder. En realidad, según Lutero, mediante predicaciones de este tipo, se estaba pasando por alto que Dios perdona a los creyentes en Cristo que se arrepienten y no a los que compran una carta de indulgencia. La clave del perdón divino se halla en que la persona se vuelva a Él con arrepentimiento y no en que se adquieran indulgencias. Con arrepentimiento y sin indulgencias es posible el perdón pero sin arrepentimiento y con indulgencias la condenación es segura.

Por otro lado, había que insistir también en el hecho de que las indulgencias nunca pueden ser superiores a determinadas obras de la vida cristiana. Aún más, el hecho de no ayudar a los pobres para adquirir indulgencias o de privar a la familia de lo necesario para comprarlas era una abominación que debía ser combatida.

Artículos anteriores de esta serie:

1              Martín Lutero, el monje

2              Lutero y la salvación por la fe

César Vidal es escritor, historiador y teólogo

© C. Vidal, España, Libertad digital (Protestante Digital.com).

© 2003- 2010, Protestante Digital. España.


CÉSAR VIDAL

Lutero y la salvación por la fe

¿Eran católicas las tesis de Lutero? (II)

Tras todo un proceso evolutivo personal y espiritual, el monje Martín Lutero dio el gran paso en 1515 cuando enseñaba como teólogo católico la epístola de Pablo a los romanos. Esta epístola es, en buena medida, un desarrollo de la dirigida a los Gálatas. En ella, el apóstol Pablo insiste –de manera más desarrollada y amplia– en el hecho de que la salvación nunca puede derivar de las propias obras, sino que es un regalo que Dios hace al ser humano por su gracia y que éste puede recibir sólo mediante la fe en el sacrificio expiatorio que Cristo realizó en la cruz.

Lutero comenzó a percibir esta nueva luz al llegar al versículo 17 del capítulo primero de la carta a los romanos, donde se indica que el Evangelio es un mensaje de salvación pero de salvación por la fe ya que, como afirma el texto, “el justo por la fe vivirá”.

FE Y OBRAS
En otras palabras, no se es justo mediante “ganar” esa justicia a través de las propias obras, sino que se es porque Dios imputa esa justicia al que cree en Jesús. Lutero confesaría posteriormente que aquel descubrimiento le había llevado a captar el amor de Dios, que no era tanto un juez terrible como Aquel que se había encarnado para morir en la cruz en pago por los pecados del género humano.

Su descubrimiento, sin embargo, no era único. Por esa misma época, tanto Erasmo como el español Juan de Valdés sostenían una tesis similar en sus escritos, algo nada extraño porque, en sentido estricto, no chocaba dogmáticamente con la enseñanza de la iglesia católica.

En los años inmediatamente posteriores a su descubrimiento de la enseñanza bíblica sobre la justificación por la fe, Lutero vivió una época de tranquilidad espiritual, pero no manifestó ninguna oposición al sistema eclesial en el que estaba.
FE Y DINERO
El choque se produjo paradójicamente cuando Lutero cuestionó no tanto las prácticas eclesiales en si como unas conductas que eran enorme (y repulsivamente) lucrativas. La respuesta iba a ser realmente extraordinaria y, en buena medida, sus consecuencias han llegado hasta nuestros días.

Se ha señalado en buen número de casos que el 31 de octubre de 1517 Lutero fijó las 95 tesis sobre las indulgencias en las puertas de la iglesia del castillo de Wittenberg como un desafío a la Iglesia católica. Semejante versión es insostenible históricamente. En realidad, la raíz del problema no estuvo en Lutero sino en las prácticas económicas de ciertas jerarquías, incluido el Papa.

Artículos anteriores de esta serie:
1 Martín Lutero el monje (I)

César Vidal es escritor, historiador y teólogo
© C. Vidal, España, Libertad digital (Protestante Digital.com).
© 2003- 2010, Protestante Digital. España.

Alianza de Dios con Los Pobres

Publicado: noviembre 1, 2010 en Iglesia, Misión Integral

JUAN SIMARRO

Alianza de Dios con los pobres

Yo creo que muchos cristianos hoy aún no se han dado cuenta de la alianza de Dios con los pobres y, por tanto, no han asumido la radicalidad de Jesús en defensa de los débiles. Nos llamamos cristianos, es decir, seguidores de Jesús, pero sin una fe dinámica y actuante que comparte el estilo de vida y el espíritu de aquel Jesús que para muchos podía resultar extraño y escandaloso. Jesús irrumpe en nuestra historia revelando un rostro de Dios Padre que se revela fundamentalmente como Buena Nueva para los pobres, para los proscritos, para los marginados, para los necios según el mundo, para los quebrantados, para los oprimidos, para los tildados de pecadores, de los cuales Jesús mismo se proclama su médico. Y no es que el Evangelio sea sólo para ellos, pero se hace parcial para con ellos, no sólo por opción preferente, sino por una opción necesaria ante la marginación de tantas personas hechas a su imagen y semejanza.

Pero a su vez, Jesús irrumpe en nuestra historia velando el rostro de un Dios Padre y ocultándolo a la sabiduría de los sabios y al poder de los enriquecidos. Así, el Dios que nos revela Jesús se configura como el Dios que se anuncia como Buena Nueva para los pobres y Jesús mismo se nos presenta como el Evangelio de este Dios Padre a los pobres. Así Dios corre el velo y queda al descubierto, como una mano tendida a los pobres y a los proscritos… Pero esto la Iglesia lo olvida muchas veces y, al no ser ya Iglesia del Reino, no puede ser tampoco Buenas Noticias para los pobres.

Así, mientras que Jesús se funde en el destino de la historia, en el aquí y el ahora de cada hombre, en su lucha existencial y en su liberación, además de la salvación para la eternidad, muchas veces la iglesia y los cristianos han hecho teología sin raigambre en los problemas existenciales del hombre, sin lucha por la liberación de los que están siendo explotados y oprimidos… de espaldas al dolor de los hombres. Así, muchas veces los cristianos nos enzarzamos en controversias y en luchas teológicas y olvidamos al hombre. ¡Terrible error!, pues el hombre era el objetivo directo del Reino de Dios que irrumpe en nuestra historia con Jesús mismo. Una implantación del Reino que supone toda una lucha contra el antirreino, con las fuerzas del mal, contra aquello que se opone a la vida… ¡Y hay tantas cosas que se oponen a la vida de los hombres, tantas opresiones y tantas marginaciones, que es un escándalo que no nos lancemos en lucha abierta contra las fuerzas del antirreino y en liberación de los hombres, fundamentalmente de los más débiles, de los pobres, de los oprimidos! Muchas veces vemos el Reino de Dios como algo apocalíptico, metahistórico y del más allá, y nos olvidamos del hombre real de carne y hueso que no necesita solamente salvación para la eternidad, sino también salvación para su aquí y su ahora en forma de liberación.

En Jesús se ve claramente cómo se lanza a desvelarnos al Dios de la vida en contraposición y en lucha abierta contra los dioses de la muerte, acaudillados por el peor de los dioses: Mammón: el dios del dinero, el dios de las riquezas, pues muchos de los avasallamientos de los hombres por parte de las fuerzas del mal, tienen su raíz en Mammón. Así, practicar el Evangelio de Dios a los pobres se configura como una lucha que comienza con el deseo de romper y hacer pedazos las estructuras de pecado sostenidas por el poder del dios Mammón. Porque entre Dios Padre, el Dios de Jesucristo y el dios Mammón, hay toda una antítesis irreconciliable, una antinomia maligna, una lucha de valores. Los valores del Dios Padre de Jesús, son contracultura con los valores mammonistas, los valores encarnados en las potencias del mal del dios Mammón. De ahí que se pueda hablar con propiedad de la alianza de Dios con los pobres de la historia, con los oprimidos, con los injustamente tratados… aliado por necesidad con los débiles del mundo, con los pequeños, con los mínimos.

Es por eso que también la Iglesia, en su misión diacónica y en la asunción que debe hacer de la denuncia profética, debería asumir la lucha a favor de los pobres, de su dignificación, del acercamiento del Reino a los oprimidos y excluidos, asumir la lucha de los pobres como propia, hacerse eco de su voz, ser el megáfono que amplifique la voz de los pobres. Porque no sólo debemos ser “ la voz de los sin voz”, reemplazándolos, sino convertirlos en agentes de su propia liberación, haciendo nosotros de megáfono de su propia voz y de sus propias inquietudes y sufrimientos. Asumir, así, la lucha de los pobres como propia, pero también asumir la lucha por los pobres, a su favor, convirtiéndonos en soldados o agentes del Reino. Sólo así la Iglesia de Dios en la tierra pasará a ser también la Iglesia del Reino, no sea que, por negligencias, por comodidades o por aliarnos con ciertos poderes que corresponden al dios Mammón, solamente teologicemos a la vez que, en vez de ser aliados de los pobres, nos convirtamos en aliados del mammonismo.

Juan Simarro es Licenciado en Filosofía, escritor y director de Misión Evangélica Urbana de Madrid

© J. Simarro. ProtestanteDigital.com, 2010 (España).

© 2003- 2010, Protestante Digital. España.

Algunos evangelios que no son

Publicado: noviembre 1, 2010 en Iglesia, Teología

Escrito por: Juan Stam

En Gal 1:8 San Pablo declara “maldito” el falso evangelio del legalismo. También hoy circulan “evangelios que no son”

Algunos evangelios que no son

(Gálatas 1:6-9)

Me asombra que tan pronto estén dejando ustedes

a quien los llamó por la gracia de Cristo,

para pasarse a otro evangelio.

No es que haya otro evangelio,

sino que ciertos individuos estén sembrando confusion entre ustedes

y quieren tergiversar el evangelio de Cristo.

Pero aun si alguno de nosotros

o un ángel del cielo

predicara un evangelio distinto del que les hemos predicado,

¡que caiga bajo maldición! …

ahora lo repito …

¡que caiga bajo maldición!

Para Pablo las buenas nuevas eran el tesoro más grande de nuestra vida en Cristo, y por lo tanto era un “pecado teológico imperdonable” tergiversar o negar el evangelio, como hacían algunos maestros que habían engañado a los gálatas.  El mismo apóstol que pudo decir, con profunda convicción cristiana, “No me avergüenzo del evangelio”, pudo, con la misma convicción, declarar malditos los predicadores de cualquier “otro evangelio”.

Los gálatas habían aprendido de Pablo el evangelio de la gracia, pero, engañados por algunos cristianos judaizantes, habían recaído en las exigencias de la ley (comidas, circuncisión, nuevas lunas etc).  Con eso, les dice Pablo, han roto con Cristo y han caído de la gracia (5:4); ya “Cristo no les servíra de nada” (5:2). Pablo denuncia ese “evangelio legalista” como un falso evangelio, un “otro evangelio” que “tergiversa el evangelio de Cristo” (1:6-7).

Hace cincuenta años un sector amplísimo de los “evangélicos”, especialmente de los Estados Unidos y de América Latina, era de hecho más legalista que evangélico. Para estar bien con Dios, la fórmula era “No fumar, no tomar, no bailar y no ir al cine” (y para algunos, no jugar futbol ni tocar instrumentos mundanos como la guitarra y la marimba).  Ellos seguían, sin darse cuenta, el “no-evangelio” que denunció Pablo tan vehemente en esta epístola.

Hoy día, a Dios gracias, ese legalismo ha sido mayormente superado y la tentación ahora puede ser más bien el libertinaje.  Sin embargo, han surgido algunos “otros evangelios” que estamos seguros que San Pablo hubiera denunciado en términos igualmente tajantes.  Veamos algunos de ellos:

(1) El evangelio dinero-céntrico[1] Se predica “otro evangelio” no sólo por negar una verdad o enseñar un error, sino también por desenfocar el mensaje.  Muchas herejías parten de algún aspecto de la verdad, pero lo toman aisladamente y lo exageran y distorsionan. A menudo toman algo periférico y secundario, y lo colocan como central y hasta excluyente. El resultado es un “evangelio ex-céntrico”, desbalanceado, que termina siendo “otro evangelio”. Una verdad fuera de proporción y fuera de su enfoque bíblico, fácilmente se convierte en una herejía.

Así es el caso de la teología de la prosperidad.  Parte de enseñanzas bíblicas muy secundarias, las hacen centrales y definitivas, y contradicen (a lo mejor sin darse cuenta) enseñanzas mucho más claras y centrales de las escrituras. Es cierto que el Antiguo Testamento habla de “la bendición de Dios que enriquece”, y cita la prosperidad de Abraham y otros.  Pero todo el énfasis bíblico cae más bien en la justicia y la igualdad, como se puede ver en la legislación social y económica de Israel`. especialmente el año sabático (Lev 25:1-7; Deut 15, cancelación de deudas y leyes de ayuda a los pobres) y el año de jubileo (Lev 25, con reforma agraria y mucha legislación social).

Los predicadores de la prosperidad han inventado una supuesta “ley de la siembra”, malinterpretando 2 Cor 9:10.  Convierten una simple analogía agrícola en una especie de ley natural automática, comparable a la ley de la gravedad o las leyes de la astrofísica.  Pero olvidan que el gran tema central de ese pasaje (2 Cor 8-9), lejos de ser fórmulas mágicas para acumular riquezas, es la invitación a los corintios a demostrar su gratitud a Dios, precisamente ayudando a los pobres de Jeruslén (cf. 1 Cor 9:8-9, el versículo inmediatamente anterior a la analogía agrícola).  El modelo es aquel que “siendo rico se hizo pobre por nosotros” (8:9), no el “testimonio” de algún pobre que se hizo rico o, aun más común, de un rico que se hizo más rico, sin mencionar aquellos que “sembraron” pero nunca salieron de su pobreza. Además, 8:14 insiste dos veces en que Dios quiere la mayor igualdad posible, no el enriquecimiento desproporcionado de algunos pocos.

Fuera del mundo evangélico, la teología de la prosperidad ha sido un escándalo y un tropiezo, una vergüenza para la fe.  Alberto Cañas. renombrado autor costarricense, lo caracterizó como la doctrina que “el rico lo es porque Dios lo premia, y el pobre porque Dios lo castiga.  Ergo, los ricos son los elegidos de Dios” (La República, 4 de julio de 2007).  Esa es la impresión que produce esa teología entre los de afuera.

El evangelio, en cambio, nos llama a entregarnos para que todos tengan lo suficiente, que la brecha entre ricos y pobres sea mínima, y que no haya injusticia.

(2) El evangelio demonio-céntrico, conocido como “guerra espiritual”: Este movimiento ve demonios por todos lados y tiende a enfocarse mucho más en ellos que en Cristo.  Interpretan toda la vida como una lucha contra Satanás y sus huestes. Es cierto que los evangelios presentan numerosos casos de individuos poseídos por demonios, a los que exorcizó Jesús. Es una realidad que no debe negarse, pero no es central en los evangelios ni debe ser central en nuestra experiencia de fe.  Karl Barth dijo una vez que los poderes demoníacos son una realidad, pero no debemos mirarlos más que por el rabo del ojo. Concentrarnos en ellos es darles gusto y darles un poder que de otra manera no tendrían. Por cada mirada hacia ellos, debemos echar diez miradas hacia Cristo.

En las epístolas de San Pablo, lo demoníaco se manifiesta en “principados y poderes, tronos y coronas”, o sea, en fuerzas y estructuras de maldad, no en individuos con espuma en la boca. El Apocalipsis es el libro del Nueva Testamento que más énfasis pone en el diablo y sus aliados, pero lo ve definitivamente en el imperio romano (Apoc 13:2; 17:9-11).  Los militantes de la guerra espiritual ven demonios muchas veces donde no están, pero quedan totalmente ciegos a la presencia diabólica donde realmente está.

Hay una clara veta de belicismo en esta teología; practicarlo es un poco como jugar a guerra con Nintendo o gozarse sádicamente en películas de tortura.  Una vez una hermana evangélica me confesó ingenuamente, “A mi me encanta la guerra espiritual, es muy emocionante”. Por eso, los mismos que practican “liberación” por medio de exorcisimos, no tienen el menor problema en apoyar incondicionalmente el militarismo criminal del Pentágono o los ejércitos y dictadores asesinos de sus propios países.

El diablo es real, y sus huestes son reales, pero en conjunto todos son un enemigo ya vencido por Cristo. No tenemos por que fijarnos obsesivamente en ellos.  Apocalipsis aun se burla un poco del ellos. Al pobre dragón de Apocalipsis 12, absolutamente nada le va bien; es un fracaso total, es de veras un pobre diablo.  Más adelante vemos al dragón y sus aliados no sólo vomitar, sino vomitar ranas; las criaturas más feas que han salido de la mano del Creador salen ahora de las bocas de ellos.  Porque el Apocalipsis sabe que el diablo está derrotado ya, puede reconocer toda su realidad sin temerlo por un segundo ni cederle una pulgada.  Porque ha concentrado toda su mirada en el Cordero, puede mirar al dragón “por el rabo del ojo” mientras celebra el triunfo del Crucificado.

(3) El evangelio milagro-céntrico: No cabe duda de que los milagros son importantes en las escrituras e importantes para nuestra fe, pero nuevamente, una teología cuyo énfasis principal cae en los milagros, como tema casi exclusivo, no es el evangelio que proclama el Nuevo Testamento.  Los milagros son señales, y con cada milagro debemos preguntarnos, “¿Qué nos está diciendo Dios con esta señal?”  Como bien ha dicho Plutarco Bonilla, “Los milagros también son parábolas”.  El milagro no es un fin en sí sino ocurre en función de la historia de la salvación, dónde Dios quiere y cuándo Dios quiere. Durante períodos enteros de la historia bíblica, y en la vida de grandes heroes de la fe, no ocurrieron milagros. Abraham, por ejemplo, o Samuel, David o los profetas bíblicas, no se caracterizaron por poderes milagrosos.  Los milagros son muy legítimos en su lugar, pero su lugar no es en el centro de nuestra fe y vida cristiana.

Originalmente los dones se entendían como la acción de Dios al dar; un don de sanidad, por ejemplo, era básicamente el acto de Dios al darle salud al enfermo, no una fuerza especial que poseyera alguna persona para lograr milagros. Por eso, cuando Dios sanó al cojo por medio de Pedro y Juan, éstos dijeron, “¿Por qué poneís los ojos en nosotros, como si por nuestro poder o piedad hubiésemos hecho andar a éste? El Dios deAbraham … ha glorificado a su Hijo Jesús” (Hech 3:12-13).  Poner los ojos en un “sanador” humano suele ser señal de un evangelio milagro-céntrico.

Gracias a Dios por todos sus dones maravillosos y por su gran poder.  Pero cuando esos milagros ocupan el centro de nuestra fe y nuestras vidas, en vez de Dios y su Hijo Jesucristo, fácilmente termina siendo “otro evangelio” al que correspondería la vehemente denuncia del Apóstol Pabo.

(4) El evangelio rapto-céntrico: Esta es la variante escatológico-profética del evangelio milagro-céntrico.  En este caso, la fe se centra en que Cristo vendrá a “levantar a su iglesia” y llevarla al cielo antes de que comience la gran tribulación. El hecho es que esta ferviente expectativa del rapto de la iglesia domina la fe de millones de evangélicos, y a veces es toda su esperanza.  Hace unos años escuché el testimonio de una persona recién convertida, quien dijo: “Ahora siento un alivio muy grande, pues no sufrirá los terrores de la gran tribulación ni iré al infierno después”.  Un popular predicador televisivo, más charlatán que expositor bíblico, solía preguntar al público, “¿Cuántos esperan la venida de Cristo?”.  A los que levantaban la mano respondía frívolamente, “¡Equivocados! No esperamos a Cristo sino al rapto de la iglesia”.

Cabe un debate serio en cuanto a la enseñaza novotestamentaria sobre la venida de Cristo y el mal llamado “rapto”. A favor del rapto pre-tribulacionist hay argumentos válidos, mayormente inferenciales o cuestionables exegéticamente; creo que de hecho, son mucho más fuertes los argumentos exegéticos en contra de tal interpretación.  Pero en cualquier caso, el rapto es de los temas menos importantes en el Nuevo Testamento y jamás debe ocupar el centro de nuestra fe y esperanza.

La palabra “rapto” nunca aparece en la Biblia sino que se deriva de la Vulgata (traducción al latin). En 1 Tesalonicenses 4:17 “seremos arrebatados” es un verbo pero “al encuentro con el Señor”, en el griego original, es un sustantivo. Ese “encuentro” era un momento importante en las venidas de grandes personajes como el emperador, generales victoriosos y otros, y aquí, la de nuestro Señor Jesucristo. En la interpretación bíblica y la teología, es peligroso cambiar verbos de acción (“arrebatar”) en sustantivos abstractos (“el rapto”).  En el texto de San Pablo, el verbo “seremos arrebatados” no es más que transporte para llevarnos a lo que realmente importa, que es precisamente la gloriosa esperanza de “nuestro encuentro con él”.

El “evangelio rapto-céntrico” no sólo confunde verbos con sustantivos abstractos, sino también confunde lo que es mero “transporte” con lo que es realmente importante, el encontrarnos con aquel que hemos amado sin haberlo visto (1 Pedro 1:8).  Cualquier evangelio rapto-céntrico en vez de Cristo-céntrico es un evangelio falso que recibe la condena del apóstol Pablo.

(5) El evangelio ego-céntrico: Un denominador común de estos “evangelios que no son” es su egocentrismo.  Proclaman un evangelio de ofertas, lo que Dietrich Bonhoffer calificó de “gracia barata”. Te ofrece, sin las exigencias del costoso discipulado, la prosperidad, el poder y la victoria, la sanidad y la profecía y el escape de la gran tribulación y del infierno. Vienen al caso las palabras de José Martí en cuanto a los curas y predicadores de su época:

¿Qué juicio debes de formar de un hombre que dice que te va a hacer un gran bien, que lo tiene en su mano, que sin él te condenas, que de él depende tu salvación, y por unas monedas de plata te niega ese inmenso beneficio? ¿No es ese hombre un malvado, un egoista, un avaricioso? ¿Qué ideas te haces de Dios, si fuera Dios de veras quien enviase semejantes mensajeros?

Ese Dios que regatea, que vende la salvación, que todo lo hace en cambio de dinero, que manda las gentes al infierno si no le pagan, y si le pagan les manda al cielo, ese Dios es una especie de prestamista, de usurero, de tendero. ¡No, amigo mío, hay otro Dios!

¡Cuánta falta nos hace a todos los cristianos hoy meditar seriamente en el soneto anónimo y muy evangélico del siglo XVI:

No me mueve, mi Dios, para quererte
el cielo que me tienes prometido,
ni me mueve el infierno tan temido
para dejar por eso de ofenderte.

Tú me mueves, Señor, muéveme el verte
clavado en una cruz y escarnecido,
muéveme ver tu cuerpo tan herido,
muévenme tus afrentas y tu muerte.

Muéveme, en fin, tu amor, y en tal manera,
que aunque no hubiera cielo, yo te amara,
y aunque no hubiera infierno, te temiera.

No me tienes que dar porque te quiera,
pues aunque lo que espero no esperara,
lo mismo que te quiero te quisiera.

Si no debe ser el cielo que nos motiva a amar a Dios, mucho menos debe ser “la prosperidad o la salud milagrosa que me tienes prometida” (aun cuando esas cosas sean legítimas).  Si el temor al infierno no debe motivar nuestra fe, mucho menos debe ser el temor a los demonios o a “la gran tribulación tan temida, para dejar por eso de ofenderte”. Cualquier “evangelio” que se centra sólo en ofertas, de ganga y baratillo, definitvamente no es el evangelio del Nuevo Testamento.

(6) El evangelio cristo-céntrico es el único evangelio verdadero, que juzga y denuncia, igual que Pablo, a todos los “pseudo-evangelios” ex-céntricos y egocéntricos de nuestro tiempo.  Su único centro inconmovible es Jesucristo, el Verbo hecho carne, en cuya muerte y resurrección está nuestra única salvación.  Llama la atención la ausencia del mensaje de la cruz en los “evangelios” tan populares en estos días. “Me propuse no saber entre vosotros cosa alguna sino a Jesucristo, y a éste crucificado”, porque para nosotros el mensaje de la cruz es “poder de Dios, y sabiduría de Dios” (1 Cor 1:24; 2:2; cf. Fil 3:7-10).

El verdadero evangelio es un mensaje de salvación por la gracia de Dios, pero no por la gracia barata; de justificación por la fe, pero por “la fe que obra mediante el amor eficaz” (Gál 5:6 paráfrasis personal). Jesucristo nos llama a tomar la cruz y seguirlo a él (Mat 16:24), no sólo a ser creyentes o miembros de alguna iglesia.  Nos manda al mundo, no a comerciar con una serie de productos religiosos, ni tan sólo producir simpatizantes “que creen todo lo que os he enseñado”, sino a hacer discípulos, dijo Jesús, “que guarden todas las cosas que os he mandado” (Mat 28:20). Cristo nos llama a todos a la aventura del discipulado radical.

Hay “evangelios” hoy que dan vergüenza al evangelio.  Pero del verdadero evangelio podemos decir con San Pablo,  “No me avergüenzo del evangelio, porque es poder de Dios para salvación a todos … ” (Rom 1:16).


[1] Debo los dos primeros títulos (dinero-céntrico y demonio-céntrico) a un excelente sermón del pastor Ricardo Salazar de la Comunidad Vida Abundante en Coronado, San José de Costa Rica.