Archivos para noviembre 4, 2010


Danza litúrgica en la clausura de Lausana 3 en Cape Town, Sudáfrica 2010

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Panorámica de día de la clausura del evento de Evangelización Mundial 2010

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El Compromiso de Ciudad del Cabo
PREÁMBULO

Como miembros de la iglesia de Jesucristo en todo el mundo, afirmamos con alegría nuestro compromiso con el Dios vivo y Sus propósitos de salvación a través del Señor Jesucristo. Por Él, renovamos nuestro compromiso con la visión y las metas de El Movimiento de Lausana.
Esto significa dos cosas:
Primero, que seguimos comprometidos con la tarea de dar en todo el mundo testimonio de Jesucristo y de todas Sus enseñanzas. El Primer Congreso de Lausana (1974) fue convocado para la tarea de la evangelización mundial. Algunos de los principales bienes que dio a la iglesia mundial fueron: El Pacto de Lausana, una nueva conciencia de la cantidad de pueblos no alcanzados y un fresco descubrimiento de la naturaleza holística del evangelio bíblico y de la misión cristiana. El Segundo Congreso de Lausana, en Manila (1989), dio a luz más de 300 asociaciones estratégicas en la evangelización mundial, incluyendo muchas que involucraban cooperaciones entre naciones en todas partes del globo.
Segundo, que seguimos comprometidos con los principales documentos del Movimiento: el Pacto de Lausana(1974) y el Manifiesto de Manila (1989). Estos documentos expresan claramente verdades medulares del evangelio bíblico y las aplican a nuestra misión práctica de formas que siguen siendo pertinentes y desafiantes. Confesamos que no hemos sido fieles a los compromisos hechos en esos documentos. Pero los recomendamos y apoyamos, al buscar discernir cómo debemos expresar y aplicar la verdad eterna del evangelio en el mundo siempre cambiante de nuestra propia generación.

Las realidades del cambio
Casi todo lo que tiene que ver con la forma en que vivimos, pensamos y nos relacionamos está cambiando, cada vez más rápido. Para bien o para mal, sentimos el impacto de la globalización, la revolución digital y el cambiante equilibrio del poder económico y político en el mundo. Algunas de las cosas que enfrentamos nos causan congoja y ansiedad: pobreza global, guerras, enfermedades, la crisis ecológica y el cambio climático. Pero hay un gran cambio en nuestro mundo que es motivo de regocijo: el crecimiento de la iglesia global de Cristo.
El hecho de que el Tercer Congreso de Lausana se haya realizado en África es evidencia de esto. Por lo menos las tres cuartas partes de todos los cristianos del mundo viven ahora en los continentes del Sur y el Este globales. La composición de nuestro Congreso de Ciudad del Cabo refleja este enorme cambio en el cristianismo mundial en el siglo transcurrido desde la conferencia misionera de Edimburgo, en 1910. Nos regocijamos por el asombroso crecimiento de la iglesia en África, y nos regocijamos de que nuestros hermanos y hermanas en Cristo africanos hayan sido los anfitriones de este Congreso.

Debemos responder en la misión cristiana a las realidades de nuestra propia generación. También debemos aprender de aquella mezcla de sabiduría y error que heredamos de generaciones previas. Honramos el pasado y nos involucramos en el futuro.
Realidades que no han cambiado
Pero, en nuestro mundo cambiante, algunas cosas siguen sin cambios. Estas grandes verdades brindan la fundamentación bíblica para nuestra participación misional.
 Los seres humanos están perdidos. La difícil situación humana subyacente sigue siendo como lo describe la Biblia: nos encontramos bajo el juicio justo de Dios en nuestro pecado y rebelión, y sin Cristo no tenemos esperanzas.
 El evangelio es buenas nuevas. El evangelio no es un concepto que requiere ideas frescas, sino una historia que necesita ser contada de una manera fresca. Es la historia que no ha cambiado acerca de lo que Dios ha hecho para salvar al mundo, especialmente en los sucesos históricos de la vida, la muerte, la resurrección y el reinado de Jesucristo. En Cristo hay esperanza.
 La misión de la iglesia continúa. La misión de Dios continúa hasta los confines de la tierra y hasta el fin del mundo. Llegará el día cuando los reinos del mundo pasarán a ser el reino de nuestro Dios y de Su Cristo, y Dios reinará con Su humanidad redimida en la nueva creación. Hasta ese día, la participación de la iglesia en la misión de Dios continúa, en una gozosa urgencia, y con frescas y emocionantes oportunidades en cada generación, incluyendo la nuestra.

La pasión de nuestro amor
Esta Declaración está enmarcada en el idioma del amor. El amor es el idioma del pacto. Los pactos bíblicos, viejos y nuevos, son la expresión del amor y la gracia redentores de Dios que buscan a la humanidad perdida y a la creación arruinada. Exigen nuestro amor a cambio. Nuestro amor se demuestra en la confianza, en la obediencia y en un compromiso apasionado con nuestro Señor del pacto. El Pacto de Lausana definía la evangelización como“toda la iglesia llevando todo el evangelio a todo el mundo”. Esa sigue siendo nuestra pasión. Así que renovamos ese pacto afirmando nuevamente:
 Nuestro amor por todo el evangelio como las gloriosas buenas nuevas de Dios en Cristo para todas las dimensiones de Su creación, porque ha sido toda asolada por el pecado y el mal.
 Nuestro amor por toda la iglesia como el pueblo de Dios, redimido por Cristo de cada nación en la tierra y cada era de la historia para compartir la misión de Dios en esta era y glorificarlo para siempre en la era venidera.
 Nuestro amor por todo el mundo, tan alejado de Dios pero tan cerca de Su corazón; el mundo que Dios amó tanto que entregó a Su único Hijo para su salvación.

Instados por este triple amor, nos comprometemos nuevamente a ser toda la iglesia, a creer, obedecer y compartirtodo el evangelio, y a ir a todo el mundo para hacer discípulos a todas las naciones.

PRIMERA PARTE
PARA EL SEÑOR QUE AMAMOS:
NUESTRO COMPROMISO DE FE
1. Amamos porque Dios nos amó primero
La misión de Dios deriva del amor de Dios. La misión del pueblo de Dios deriva de nuestro amor por Dios y por todo lo que Dios ama. La evangelización del mundo es la proyección del amor de Dios hacia nosotros y a través de nosotros. Afirmamos la primacía de la gracia de Dios y luego respondemos a esa gracia por fe, demostrada a través de la obediencia del amor. Amamos porque Dios nos amó primero y envió a Su Hijo para ser la propiciación por nuestros pecados.[1]
a) El amor por Dios y el amor por el prójimo constituyen los primeros y mayores mandamientos de los cuales penden toda la ley y los profetas. El amor es el cumplimiento de la ley y el primer fruto del Espíritu que se nombra. El amor es la evidencia de que hemos nacido de nuevo, la seguridad de que conocemos a Dios y la evidencia de que Dios mora dentro de nosotros. El amor es el nuevo mandamiento de Cristo, quien dijo a Sus discípulos que sólo en la medida que obedecieran este mandamiento, la misión de ellos sería visible y creíble. El amor cristiano de unos por otros es la forma en que el Dios invisible, que se hizo visible a través de Su Hijo encarnado, sigue haciéndose visible al mundo. El amor fue una de las primeras cosas que Pablo observaba y elogiaba entre los nuevos creyentes, junto con la fe y la esperanza. Pero el amor es lo más grande, porque el amor nunca cesa.[2]
b) Esta clase de amor no es débil ni sentimental. El amor de Dios es –conforme a Su pacto– fiel, comprometido, generoso, sacrificial, fuerte y santo. Dado que Dios es amor, el amor permea todo Su ser y todas Sus acciones, Su justicia y también Su compasión. El amor de Dios se extiende sobre toda Su creación. Se nos ordena amar de formas que reflejen el amor de Dios en todas esas mismas dimensiones. Eso es lo que significa andar en el camino del Señor.[3]
c) Así que, al enmarcar nuestras convicciones y nuestros compromisos en términos del amor, asumimos el desafío bíblico más básico y exigente de todos:
 amar al Señor nuestro Dios con todo nuestro corazón, alma, mente y fuerzas,
 amar a nuestro prójimo (incluyendo al extranjero y al enemigo) como a nosotros mismos,
 amarnos unos a otros como Dios nos ha amado en Cristo, y
 amar al mundo con el amor de Aquel que dio a Su único Hijo para que el mundo sea salvo a través de Él.[4]

d) Esta clase de amor es el don de Dios derramado en nuestros corazones, pero es también el mandato de Dios que requiere la obediencia de nuestra voluntad. Esta clase de amor significa ser como Cristo mismo: fuerte en la entereza, pero amable en la humildad, firme en la resistencia contra mal, pero tierno en la compasión por los que sufren, valiente en el sufrimiento y fiel hasta la muerte. Esta clase de amor fue ejemplificado por Cristo en la tierra y es supervisado por el Cristo resucitado en la gloria.[5]
Afirmamos que esta clase de amor bíblico integral debe ser la identidad y marca distintiva de los discípulos de Jesús. En respuesta a la oración y el mandato de Jesús, anhelamos que se cumpla en nosotros. Tristemente, confesamos que con demasiada frecuencia no es así. Por lo tanto, volvemos a comprometernos a hacer el máximo esfuerzo por vivir, pensar, hablar y comportarnos de formas que expresen lo que significa andar en amor; amor por Dios, amor unos por otros y amor por el mundo.

2. Amamos al Dios vivo
Nuestro Dios, a quien amamos, se revela en la Biblia como el Dios único, eterno y vivo, que gobierna todas las cosas según Su voluntad soberana y para Su propósito salvador. En la unidad del Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, únicamente Dios es el Creador, Gobernador, Juez y Salvador del mundo.[6] Así que amamos a Dios, con agradecimiento gozoso por nuestro lugar en la creación, con sumisión a Su providencia soberana, con confianza en Su justicia y con alabanza eterna por la salvación que logró para nosotros.
a) Amamos a Dios por sobre todos los rivales. Se nos ordena amar y adorar únicamente al Dios vivo. Pero, como el Israel del Antiguo Testamento, permitimos que nuestro amor por Dios se vea adulterado al ir tras los dioses de este mundo, los dioses de las personas que nos rodean.[7] Caemos en el sincretismo, seducidos por los ídolos de la avaricia, el poder y el éxito, sirviendo a Mammón antes que a Dios. Aceptamos las ideologías políticas y económicas dominantes, sin hacer una crítica bíblica. Nos vemos tentados a transigir en nuestra creencia en la singularidad de Cristo bajo la presión del pluralismo religioso. Como Israel, necesitamos oír el llamado de los profetas y de Jesús mismo a arrepentirnos, a abandonar a todos estos rivales y a volver al amor obediente y a la adoración de Dios solamente.
b) Amamos a Dios con pasión por Su gloria. La mayor motivación para nuestra misión es la misma que impulsa la misión de Dios: que el único Dios vivo sea conocido y glorificado en toda Su creación. Esta es la meta última de Dios y debería ser nuestro mayor gozo.
“Si Dios desea que toda rodilla se doble ante Jesús y toda lengua lo confiese, también debemos desearlo nosotros. Debemos ser ‘celosos’ (como lo expresa la Biblia a veces) por la honra de Su nombre: preocupados cuando no es conocido, dolidos cuando es ignorado, indignados cuando es blasfemado, y en todo momento ansiosos y decididos a que reciba la honra y la gloria que le corresponden. El más elevado de los motivos misioneros no es ni la obediencia a la gran comisión (por importante que sea), ni el amor por los pecadores que están alienados y están pereciendo (por fuerte que sea ese incentivo, especialmente cuando tomamos en cuenta la ira de Dios), sino más bien el celo –celo ardiente y apasionado– por la gloria de Jesucristo. […] Ante esta meta suprema de la misión cristiana, todos los motivos indignos se marchitan y mueren”.[8] (John Stott)

Debería ser nuestro mayor dolor que en nuestro mundo el Dios vivo no sea glorificado. El Dios vivo es negado en el ateísmo agresivo. El único Dios verdadero es reemplazado o distorsionado en la práctica de las religiones del mundo. Nuestro Señor Jesucristo es abusado y tergiversado en algunas culturas populares. Y el rostro del Dios de la revelación bíblica es oscurecido por el nominalismo cristiano, el sincretismo y la hipocresía.
Amar a Dios en medio de un mundo que lo rechaza o distorsiona requiere de un testimonio osado pero humilde de nuestro Dios, una defensa firme pero amable de la verdad del evangelio de Cristo, el Hijo de Dios, y una confianza a través de la oración en la obra de convicción y convencimiento de Su Espíritu Santo. Nos comprometemos a este testimonio, porque si decimos que amamos a Dios debemos compartir la mayor prioridad de Dios, la cual es que Su nombre y Su palabra sean exaltados por sobre todas las cosas.[9]

3. Amamos a Dios el Padre
A través de Jesucristo, el Hijo de Dios –y a través de Él únicamente, como el Camino, la Verdad y la Vida– llegamos a conocer y amar a Dios como Padre. Al testificar el Espíritu Santo con nuestro espíritu de que somos hijos de Dios, pronunciamos las palabras que Jesús oró: “Abba, Padre”, y oramos la oración que Jesús enseñó: “Padre nuestro”. Nuestro amor por Jesús, demostrado al obedecerlo, se encuentra con el amor del Padre por nosotros cuando el Padre y el Hijo hacen morada en nosotros con un amor mutuo que da y recibe.[10] Esta relación íntima tiene profundos fundamentos bíblicos.
a) Amamos a Dios como el Padre de Su pueblo. El Israel del Antiguo Testamento conocía a Dios como Padre, como el que les dio existencia, los llevó y los disciplinó, exigió su obediencia, anheló su amor y ejerció un perdón compasivo y un amor duradero y paciente.[11] Todo esto sigue teniendo aplicación para nosotros como pueblo de Dios en Cristo, en nuestra relación con nuestro Padre Dios.
b) Amamos a Dios como el Padre que amó tanto al mundo que dio a Su Hijo único para nuestra salvación. ¡Cuán grande es el amor del Padre por nosotros al hacer que seamos llamados los hijos de Dios! ¡Cuán inconmensurable el amor del Padre que no escatimó a Su único Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros! Este amor del Padre al entregar a Su Hijo se vio reflejado en el amor abnegado del Hijo. Hubo completa armonía de voluntad en la obra de expiación que el Padre y el Hijo realizaron en la cruz, a través del Espíritu eterno. El Padre amó al mundo y dio a Su Hijo; el “[…] Hijo de Dios […] me amó y se entregó a sí mismo por mí”. Esta unidad de Padre e Hijo, que Jesús mismo afirmó tanto, aparece en el saludo más repetido de Pablo: “Gracia y paz sean a vosotros, de Dios el Padre y de nuestro Señor Jesucristo, el cual se dio a sí mismo por nuestros pecados […], conforme a la voluntad de nuestro Dios y Padre, a quien sea la gloria por los siglos de los siglos. Amén”.[12]
c) Amamos a Dios como el Padre cuyo carácter reflejamos y en cuyo cuidado confiamos. En el Sermón del monte, Jesús señala repetidamente a nuestro Padre celestial como el modelo o el foco para nuestra acción. Debemos ser pacificadores, como hijos de Dios. Debemos hacer buenas obras, para que nuestro Padre reciba la alabanza. Debemos amar a nuestros enemigos como reflejo del amor paternal de Dios. Debemos dar, orar y ayunar sólo para los ojos de nuestro Padre. Debemos perdonar a los demás como nuestro Padre nos perdona a nosotros. No debemos tener ninguna ansiedad sino que debemos confiar en la provisión de nuestro Padre. Cuando este comportamiento fluye del carácter cristiano, hacemos la voluntad de nuestro Padre en el cielo, dentro del reino de Dios.[13]
Confesamos que a menudo hemos descuidado la verdad de la paternidad de Dios y nos hemos privado de las riquezas de nuestra relación con Él. Nos comprometemos nuevamente a ir al Padre a través de Jesús el Hijo, a recibir Su amor paternal y responder a él, a vivir en obediencia bajo Su disciplina paternal, a reflejar Su carácter paternal en todo nuestro comportamiento y actitudes, y a confiar en Su provisión paternal cualesquiera que sean las circunstancias en las que Él nos guíe.

4. Amamos a Dios el Hijo
Dios ordenó a Israel que amara al Señor Dios con lealtad exclusiva. Del mismo modo para nosotros, amar al Señor Jesucristo significa que afirmamos firmemente que sólo Él es Salvador, Señor y Dios. La Biblia enseña que Jesús realiza las mismas acciones soberanas que únicamente Dios realiza. Cristo es el Creador del universo, el Gobernador de la historia, el Juez de todas las naciones y el Salvador de todos los que se vuelven a Dios.[14] Él comparte la identidad de Dios en la divina igualdad y unidad del Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Así como Dios llamó a Israel a amarlo con fe, obediencia y testimonio de siervo fundamentados en Su pacto, nosotros afirmamos nuestro amor por Jesucristo confiando en Él, obedeciéndolo y haciéndolo conocer.
a) Confiamos en Cristo. Creemos el testimonio de los Evangelios de que Jesús de Nazaret es el Mesías, el que fue designado y enviado por Dios para cumplir la misión singular del Israel del Antiguo Testamento, que es traer la bendición de la salvación de Dios a todas las naciones, como Dios prometió a Abraham.
 En el nacimiento de Jesús, Dios asumió nuestra carne humana y vivió entre nosotros, totalmente Dios y totalmente humano.
 En Su vida, Jesús caminó en perfecta fidelidad y obediencia a Dios. Anunció y enseñó el reino de Dios y ejemplificó cómo debían vivir Sus discípulos bajo el reino de Dios.
 En Su ministerio y Sus milagros, Jesús anunció y demostró la victoria del reino de Dios sobre el mal y los poderes malignos.
 En Su muerte en la cruz, Jesús tomó nuestro pecado sobre Él en nuestro lugar, cargando con todo el costo, la penalidad y la vergüenza, derrotó la muerte y los poderes del mal, y logró la reconciliación y redención de toda la creación.
 En Su resurrección corporal, Jesús fue reivindicado y exaltado por Dios y se convirtió en el precursor de la humanidad redimida y la creación restaurada.
 Desde Su ascensión, Jesús está reinando como Señor sobre toda la historia y la creación.
 Cuando vuelva, Jesús ejecutará el juicio de Dios, destruirá a Satanás, el mal y la muerte, y establecerá el reino universal de Dios.
b) Obedecemos a Cristo. Jesús nos llama al discipulado, a tomar nuestra cruz y seguirlo en la senda de la abnegación, el servicio y la obediencia. “Si me amáis, guardad mis mandamientos”, dijo. “¿Por qué me llamáis, Señor, Señor, y no hacéis lo que yo digo?”. Somos llamados a vivir como Cristo vivió y a amar como Cristo amó. Profesar a Cristo mientras ignoramos Sus mandamientos es una necedad peligrosa. Jesús nos advierte que negará conocer a muchos que hablan en Su nombre con ministerios espectaculares y milagrosos, y los considerará hacedores de maldad.[15] Prestamos atención a la advertencia de Cristo, porque ninguno de nosotros es inmune a un peligro tan terrible.
c) Proclamamos a Cristo. En Cristo únicamente, Dios se ha revelado en forma total y definitiva, y sólo a través de Cristo Dios ha alcanzado la salvación para el mundo. Por lo tanto, nos arrodillamos como discípulos a los pies de Jesús de Nazaret y le decimos, junto con Pedro: “Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente”, y con Tomás: “¡Señor mío, y Dios mío!”. Aunque no lo hemos visto, lo amamos. Y nos regocijamos con esperanza anhelando el día de Su retorno, cuando “le veremos tal como él es”. Hasta ese día, nos unimos a Pedro y a Juan para proclamar que “en ningún otro hay salvación; porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos”.[16]
Nos comprometemos nuevamente a dar testimonio de Jesucristo y de toda Su enseñanza, en todo el mundo, sabiendo que podemos dar tal testimonio sólo si nosotros mismos estamos viviendo en obediencia a Su enseñanza.

5. Amamos a Dios el Espíritu Santo
Amamos al Espíritu Santo dentro de la unidad de la Trinidad, con Dios el Padre que lo envía y con Jesucristo, de quien da testimonio. Él es el Espíritu misionero del Padre misionero y el Hijo misionero, infundiendo vida y poder a la iglesia misionera de Dios. Amamos al Espíritu Santo y oramos por Su presencia, porque sin el testimonio del Espíritu de Cristo, nuestro propio testimonio es estéril. Sin la obra de convicción del Espíritu, nuestra predicación es en vano. Sin el poder del Espíritu, nuestra misión es mero esfuerzo humano. Y, sin el fruto del Espíritu, nuestra vida poco atractiva no puede reflejar la belleza del evangelio.

a) En el Antiguo Testamento vemos al Espíritu de Dios activo en la creación, en obras de liberación y justicia, y llenando e invistiendo de poder a personas para toda clase de servicios. Los profetas llenos del Espíritu esperaban al rey y siervo venidero cuya persona y obra estarían dotadas del Espíritu de Dios, y esperaban la era venidera que estaría marcada por el derramamiento de Su Espíritu, que traería nueva vida y una fresca obediencia al pueblo de Dios.[17]
b) En Pentecostés, Dios derramó Su Espíritu Santo según lo prometido por los profetas y por Jesús. El Espíritu santificador produce Su fruto en la vida de los creyentes, y el primer fruto siempre es el amor. El Espíritu llena a la iglesia con Sus dones y con el poder para la misión y para la gran variedad de obras de servicio. El Espíritu nos permite proclamar y demostrar el evangelio, discernir la verdad, orar eficazmente y prevalecer sobre las fuerzas de oscuridad. El Espíritu fortalece y consuela a los discípulos que son perseguidos o sometidos a juicio por su testimonio de Cristo.[18]
c) Nuestra participación en la misión, entonces, no tiene sentido ni fruto sin la presencia y el poder del Espíritu Santo. Esto ocurre con la misión en todas sus dimensiones: evangelismo, testimonio de la verdad, discipulado, pacificación, involucramiento social, transformación ética, cuidado de la creación, victoria sobre los poderes malignos, expulsión de espíritus demoníacos, sanación de enfermos, sufrimiento y el soportar bajo la persecución. Todo lo que hacemos en el nombre de Cristo debe ser con el poder del Espíritu Santo. El Nuevo Testamento deja en claro esto en la vida de la iglesia primitiva y en la enseñanza de los apóstoles. Está siendo demostrado hoy en el fruto y el crecimiento de iglesias donde los seguidores de Jesús actúan confiadamente con el poder del Espíritu Santo, con dependencia y expectativa.
No existe ningún evangelio verdadero ni completo, y ninguna auténtica misión bíblica, sin la Persona, la obra y el poder del Espíritu Santo. Oramos por un mayor despertar a esta verdad bíblica y para que su experiencia sea una realidad en todas partes del cuerpo de Cristo en todo el mundo. Sin embargo, somos conscientes de los muchos abusos que se esconden bajo el nombre del Espíritu Santo, las muchas formas en que (como ejemplifica también el Nuevo Testamento) se practican y elogian toda clase de fenómenos que llevan las marcas de otros espíritus y no del Espíritu Santo. Existe mucha necesidad de un discernimiento más profundo, de claras advertencias contra el engaño, de la puesta en evidencia de manipuladores fraudulentos y que trabajan para ventaja propia, los cuales abusan del poder espiritual para su propio enriquecimiento impío. Sobre todo, existe una gran necesidad de una sostenida enseñanza y predicación bíblicas, impregnadas de oración humilde, que capaciten a creyentes comunes y corrientes para entender el verdadero evangelio y regocijarse en él, reconociendo y rechazando los falsos evangelios.

6. Amamos la Palabra de Dios
Amamos la Palabra de Dios en las Escrituras del Antiguo Testamento y el Nuevo Testamento, haciendo eco del gozoso deleite del salmista en la Torá: “He amado tus mandamientos más que el oro”. “¡Oh, cuánto amo yo tu ley!”. Recibimos toda la Biblia como la palabra de Dios, inspirada por el Espíritu de Dios, hablada y escrita a través de autores humanos. Nos sometemos a ella como un libro suprema y singularmente autoritativo, que rige nuestra creencia y nuestro comportamiento. Testificamos del poder de la palabra de Dios para lograr Su propósito de salvación. Afirmamos que la Biblia es la Palabra escrita final de Dios, que no es superada por ninguna otra revelación, pero también nos regocijamos porque el Espíritu Santo ilumina la mente de los hijos de Dios para que la Biblia continúe hablando la verdad de Dios de formas frescas a las personas de cada cultura”. [19]

La Persona que la Biblia revela. Amamos la Biblia como una esposa ama las cartas de su esposo, no por los papeles que son, sino por la persona que habla a través de ellas. La Biblia nos da la propia revelación de Dios de Su identidad, carácter, propósitos y acciones. Es el principal testigo del Señor Jesucristo. Al leerla, lo encontramos a Él a través de Su Espíritu con gran gozo. Nuestro amor por la Biblia es una expresión de nuestro amor a Dios.
a) La historia que la Biblia cuenta. La Biblia cuenta la historia universal de la creación, la caída, la redención en la historia y la nueva creación. Esta narración abarcadora brinda una cosmovisión bíblica coherente y da forma a nuestra teología. En el centro de esta historia se encuentran los eventos salvíficos culminantes de la cruz y la resurrección de Cristo, que constituyen el corazón del evangelio. Es esta historia (en el Antiguo Testamento y en el Nuevo Testamento) la que nos dice quiénes somos, para qué estamos aquí y hacia dónde vamos. Esta historia de la misión de Dios define nuestra identidad, impulsa nuestra misión y nos asegura que el final está en las manos de Dios. Esta historia debe dar forma a la memoria y la esperanza del pueblo de Dios y determinar el contenido de su testimonio evangélico, al transmitirse de generación en generación. Debemos hacer conocer la Biblia por todos los medios posibles, ya que su mensaje es para todos los pueblos de la tierra. Volvemos a comprometernos, por lo tanto, con la tarea continua de traducir, difundir y enseñar la Biblia en cada cultura e idioma, incluyendo aquellos que son predominantemente orales o no literarios.
b) La verdad que la Biblia enseña. Toda la Biblia nos enseña todo el consejo de Dios, la verdad que Dios quiere que conozcamos. Nos sometemos a ella como verdadera y confiable en todo lo que afirma, ya que es la palabra del Dios que no puede mentir y que no fallará. Es clara y suficiente para revelar el camino de la salvación. Es el fundamento para explorar y entender todas las dimensiones de la verdad de Dios.
Sin embargo, vivimos en un mundo lleno de mentiras y de rechazo de la verdad. Muchas culturas exhiben un relativismo dominante que niega que exista o que pueda ser conocida verdad absoluta alguna. Si amamos la Biblia, entonces debemos levantarnos para defender sus afirmaciones de verdad. Debemos encontrar formas frescas de expresar la autoridad bíblica en todas las culturas. Nos comprometemos nuevamente a luchar por la verdad de la revelación de Dios como parte de nuestro trabajo de amor por la Palabra de Dios.
c) La vida que la Biblia requiere. “Muy cerca de ti está la palabra, en tu boca y en tu corazón, para que la cumplas”. Jesús y Santiago nos llaman a ser hacedores de la palabra, y no sólo oidores.[20] La Biblia retrata una calidad de vida que debería caracterizar al creyente y a la comunidad de los creyentes. Por medio de Abraham, de Moisés, de los salmistas, de los profetas y de los libros de sabiduría de Israel, de Jesús y de los apóstoles, aprendemos que este estilo de vida bíblico incluye la justicia, la compasión, la humildad, la integridad, la sinceridad, la veracidad, la castidad sexual, la generosidad, la amabilidad, la abnegación, la hospitalidad, la pacificación, el no tomar represalias, el hacer el bien, el perdón, el gozo, el contentamiento y el amor, todos combinados en una vida de adoración, alabanza y fidelidad a Dios.

Confesamos que livianamente decimos amar la Biblia, sin amar la vida que enseña: la vida de obediencia práctica y costosa a Dios a través de Cristo. Sin embargo, “No hay nada que con mayor elocuencia respalde al evangelio que una vida transformada, ni nada que lo desacredite tanto [como] una vida inconsistente con el mismo. Se nos ha ordenado comportarnos de una manera digna del evangelio de Cristo y aun a ‘adornarlo’ resaltando su belleza por medio de vidas [santas]”.[21] Por el bien del evangelio de Cristo, por lo tanto, volvemos a comprometernos a demostrar nuestro amor por la Palabra de Dios, creyéndola y también obedeciéndola. No hay misión bíblica sin una vida bíblica.

7. Amamos el mundo de Dios
Compartimos la pasión de Dios por Su mundo, amando todo lo que Dios ha hecho, regocijándonos en la providencia y la justicia de Dios en toda Su creación, proclamando las buenas nuevas a toda la creación y a todas las naciones, y anhelando el día en que la tierra será llena del conocimiento de la gloria de Jehová, como las aguas cubren el mar.[22]
a) Amamos el mundo de la creación de Dios. Este amor no es un mero afecto sentimental por la naturaleza (que la Biblia no ordena en ninguna parte), y menos aún la adoración panteísta de la naturaleza (que la Biblia prohíbe expresamente). Por el contrario, es el resultado lógico de nuestro amor por Dios, cuidando lo que le pertenece. “De Jehová es la tierra y su plenitud”. La tierra es la propiedad del Dios que decimos amar y obedecer. Cuidamos de la tierra, muy sencillamente, porque pertenece a quien llamamos Señor.[23]
La tierra ha sido creada y redimida por Cristo y es sustentada por Él.[24] No podemos decir que amamos a Dios mientras abusamos de lo que pertenece a Cristo por derecho de creación, de redención y de herencia. Cuidamos de la tierra, no según los fundamentos del mundo secular sino por amor al Señor. Si Jesús es Señor de toda la tierra, no podemos separar nuestra relación con Cristo de la forma en que actuamos con relación a la tierra. Porque proclamar el evangelio que dice “Jesús es Señor” es proclamar el evangelio que incluye la tierra, ya que el señorío de Cristo es sobre toda la creación. El cuidado de la creación es, por lo tanto, un tema del evangelio dentro del señorío de Cristo.
Esta clase de amor por la creación de Dios exige que nos arrepintamos de nuestra parte en la destrucción, dilapidación y contaminación de los recursos de la tierra y nuestra complicidad en la tóxica idolatría del consumismo. En cambio, nos comprometemos a una urgente y profética responsabilidad ecológica, y a brindar apoyo a cristianos cuyos llamado misional específico es a la defensa y la acción ambiental. Nos recordamos que la Biblia declara el propósito redentor de Dios para la creación misma. La misión integral significa discernir, proclamar y vivir la verdad bíblica que el evangelio es la buena nueva de Dios, a través de la cruz y la resurrección de Jesucristo, para las personas individualmente, y también para la sociedad, y también para la creación. Los tres están quebrados y están sufriendo por causa del pecado; los tres están incluidos en el amor y la misión redentores de Dios; los tres deben formar parte de la misión integral del pueblo de Dios.

b) Amamos el mundo de naciones y culturas. “De un solo hombre hizo él todas las naciones, para que vivan en toda la tierra” (DHH). La diversidad étnica es el don de Dios en la creación y será preservada en la nueva creación, cuando será liberada de nuestras divisiones y rivalidades producto de nuestra condición caída. Nuestro amor por todos los pueblos refleja la promesa de Dios de bendecir a todas las naciones de la tierra y la misión de Dios de crear para Sí un pueblo tomado de cada tribu, lengua, nación y pueblo. Debemos amar todo lo que Dios ha escogido bendecir, lo cual incluye todas las culturas. Históricamente, la misión cristiana ha desempeñado un papel decisivo en la protección y preservación de culturas autóctonas y sus idiomas. Sin embargo, el amor piadoso también incluye el discernimiento crítico, porque todas las culturas muestran no sólo evidencia positiva de la imagen de Dios en las vidas humanas, sino también las huellas digitales negativas de Satanás y el pecado. Anhelamos ver el evangelio encarnado y arraigado en todas las culturas, redimiéndolas desde adentro para que puedan exhibir la gloria de Dios y la radiante plenitud de Cristo. Esperamos el momento en que la riqueza, la gloria y el esplendor de todas las culturas entren a la ciudad de Dios, redimidas y purgadas de todo pecado, enriqueciendo la nueva creación.[25]
Esta clase de amor por todos los pueblos exige que rechacemos los males del racismo y del etnocentrismo, y que tratemos a cada grupo étnico y cultural con dignidad y respeto, sobre la base de su valor para Dios en la creación y la redención.[26]
Esta clase de amor también exige que tratemos de hacer conocer el evangelio entre todos los pueblos y culturas, en todas partes. Ninguna nación, judía o gentil, queda fuera del alcance de la gran comisión. El evangelismo es lo que sale de corazones que están llenos del amor de Dios por quienes aún no lo conocen. Confesamos con vergüenza que todavía hay muchos pueblos en el mundo que nunca han escuchado el mensaje del amor de Dios en Jesucristo. Renovamos el compromiso que inspiró el Movimiento de Lausana desde su inicio, de usar todos los medios posibles para alcanzar a todos los pueblos con el evangelio.
c) Amamos a los pobres y a los que sufren en el mundo. La Biblia nos dice que el Señor ama todo lo que ha hecho, defiende la causa de los oprimidos, ama al extranjero, alimenta a los hambrientos y sostiene al huérfano y a la viuda.[27] La Biblia también muestra que Dios quiere hacer estas cosas a través de seres humanos dedicados a esta clase de acciones. Dios hace responsables especialmente a los que han sido designados para el liderazgo político o judicial en la sociedad,[28] pero todo el pueblo de Dios tiene el mandato –por la ley y los profetas, los Salmos y los libros de sabiduría, por Jesús y Pablo, por Santiago y Juan– de reflejar el amor y la justicia de Dios en amor práctico y justicia para los necesitados.[29]

Esta clase de amor por los pobres exige que no sólo amemos la misericordia y las acciones de compasión, sino que también hagamos justicia poniendo en descubierto y oponiéndonos a todo lo que oprime y explota a los pobres. “No debemos temer denunciar el mal y la injusticia dondequiera existan”.[30] Confesamos con vergüenza que en esta cuestión no compartimos la pasión de Dios, no encarnamos el amor de Dios, no reflejamos el carácter de Dios y no hacemos la voluntad de Dios. Nos dedicamos renovadamente a la promoción de la justicia, incluyendo la solidaridad y la defensa de los marginados y oprimidos. Reconocemos esta lucha contra el mal como una dimensión de la guerra espiritual que sólo puede encararse a través de la victoria de la cruz y la resurrección, con el poder del Espíritu Santo y con oración constante.
d) Amamos a nuestros prójimos como a nosotros mismos. Jesús llamó a Sus discípulos a obedecer este mandamiento como el segundo mayor de la ley; pero luego profundizó radicalmente la demanda, al llevarla de “amarás a tu prójimo como a ti mismo” a “amad a vuestros enemigos”.[31]
Esta clase de amor por nuestros prójimos exige que respondamos a todas las personas desde el corazón del evangelio, en obediencia al mandato de Cristo y siguiendo el ejemplo de Cristo. Esta clase de amor por el prójimo abraza a las personas de otras creencias religiosas y se extiende a quienes nos odian, nos calumnian y nos persiguen, y aun a los que nos matan. Jesús nos enseñó a responder a las mentiras con la verdad, a los que hacen el mal con actos de bondad, misericordia y perdón, a la violencia y el asesinato contra Sus discípulos con la abnegación, a fin de atraer a las personas hacia Él y romper la cadena de maldad. Rechazamos enfáticamente el camino de la violencia en la difusión del evangelio y renunciamos a la tentación de la represalia y la venganza contra quienes nos agravian. Esta clase de desobediencia es incompatible con el ejemplo y la enseñanza de Cristo y del Nuevo Testamento.[32] Al mismo tiempo, nuestra tarea de amor hacia nuestros prójimos que sufren nos exige que busquemos justicia en beneficio de ellos a través de las apelaciones adecuadas a las autoridades legales y estatales que funcionan como siervos de Dios para castigar a los que hacen lo malo.[33]
e) El mundo que no amamos. El mundo de la buena creación de Dios se ha convertido en el mundo de la rebelión humana y satánica contra Dios. Se nos ordena no amar ese mundo de deseos pecaminosos, de avaricia y de orgullo humano. Confesamos con pena que precisamente esas marcas de mundanalidad desfiguran muchas veces nuestra presencia cristiana y niegan nuestro testimonio del evangelio.[34]

Nos comprometemos nuevamente a no coquetear con el mundo caído y sus pasiones transitorias, sino a amar a todo el mundo como Dios lo ama. Así que amamos al mundo con un santo anhelo de ver la redención y renovación de toda la creación y de todas las culturas en Cristo, la reunión del pueblo de Dios de todas las naciones hasta los confines de la tierra y la finalización de toda destrucción, pobreza y enemistad.

8. Amamos el evangelio de Dios
Como discípulos de Jesús, somos un pueblo del evangelio. El núcleo de nuestra identidad es nuestra pasión por las buenas nuevas bíblicas de la obra salvadora de Dios a través de Jesucristo. Estamos unidos por nuestra experiencia de la gracia de Dios en el evangelio y por nuestra motivación de hacer conocer ese evangelio de la gracia hasta los confines de la tierra mediante todos los medios posibles.
a) Amamos las buenas nuevas en un mundo de malas nuevas. El evangelio aborda los efectos funestos del pecado, el fracaso y la necesidad humanos. Los seres humanos se rebelaron contra Dios, rechazaron la autoridad de Dios y desobedecieron la Palabra de Dios. En este estado pecaminoso, estamos alienados de Dios, unos de otros y del orden creado. El pecado merece la condena de Dios. Quienes se rehúsan a arrepentirse y no “[…] obedecen el evangelio de nuestro Señor Jesucristo […] sufrirán pena de eterna perdición, excluidos de la presencia del Señor […]”.[35] Los efectos del pecado y el poder del mal han corrompido cada dimensión de la persona humana (espiritual, física, intelectual y relacional). Han permeado la vida cultural, económica, social, política y religiosa en todas las culturas y en todas las generaciones de la historia. Han causado incalculable tristeza a la raza humana y daño a la creación de Dios. Contra este trasfondo sombrío, el evangelio bíblico ciertamente es muy buenas nuevas.
b) Amamos la historia que el evangelio cuenta. El evangelio anuncia como buenas nuevas los sucesos históricos de la vida, muerte y resurrección de Jesús de Nazaret. Como el hijo de David, el Mesías Rey prometido, Jesús es el único a través de quien Dios estableció Su reino y actuó para la salvación del mundo, permitiendo que todas las naciones del mundo sean bendecidas, como prometió a Abraham. Pablo define el evangelio cuando dice que “Cristo murió por nuestros pecados, conforme a las Escrituras; y que fue sepultado, y que resucitó al tercer día, conforme a las Escrituras; y que apareció a Cefas, y después a los doce”. El evangelio declara que, en la cruz de Cristo, Dios tomó sobre Sí, en la persona de Su Hijo y en nuestro lugar, el juicio que merece nuestro pecado. En el mismo gran acto de salvación Dios ganó la victoria decisiva sobre Satanás, la muerte y todos los poderes del mal, nos liberó del poder y el temor de ellos y aseguró su destrucción final. Logró la reconciliación de los creyentes con Dios y entre sí cruzando todas las fronteras y enemistades. A través de la cruz, también, Dios logró Su propósito de la reconciliación última de toda la creación, y en la resurrección corporal de Jesús nos ha dado las primicias de la nueva creación. “Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo”.[36] ¡Cuánto amamos la historia del evangelio!

c) Amamos la certeza que el evangelio trae. Únicamente como resultado de confiar sólo en Cristo, estamos unidos con Él a través del Espíritu Santo y somos considerados justos en Cristo ante Dios. Al estar justificados por fe, tenemos paz con Dios y ya no enfrentamos la condenación. Recibimos el perdón de nuestros pecados. Nacemos de nuevo a una esperanza viva al compartir la vida resucitada de Cristo. Somos adoptados como coherederos con Cristo. Nos convertimos en ciudadanos del pueblo del pacto de Dios, en miembros de la familia de Dios y en el lugar donde Dios mora. Así que, al confiar en Cristo, tenemos plena certeza de la salvación y la vida eterna, porque nuestra salvación depende, en última instancia, no de nosotros sino de la obra de Cristo y la promesa de Dios. “[…] ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro”.[37] ¡Cuánto amamos la promesa del evangelio!
d) Amamos la transformación que el evangelio produce. El evangelio es el poder transformador de vidas de Dios obrando en el mundo. “Es [el] poder de Dios para salvación a todo aquel que cree”.[38] Únicamente la fe es el medio por el cual se reciben las bendiciones y la seguridad del evangelio. Sin embargo, la fe salvadora nunca permanece sola, sino que se muestra necesariamente en la obediencia. La obediencia cristiana es la “fe que obra por el amor”.[39] No somos salvados por las buenas obras pero, habiendo sido salvados por gracia, fuimos “creados en Cristo Jesús para buenas obras”.[40] “La fe, si no tiene obras, es muerta en sí misma”.[41] Pablo vio la transformación ética que produce el evangelio como la obra de la gracia de Dios, una gracia que logró nuestra salvación en la primera venida de Cristo, y una gracia que nos enseña a vivir éticamente a la luz de Su segunda venida.[42] Para Pablo, “obedecer el evangelio” significaba tanto confiar en la gracia como luego ser enseñado por la gracia.[43] La meta misional de Pablo era generar “la obediencia a la fe en todas las naciones”.[44] Esta terminología muy relacionada con el pacto nos recuerda a Abraham. Abraham creyó en la promesa de Dios, lo que le fue acreditado por justicia, y luego obedeció el mandato de Dios demostrando su fe. “Por la fe Abraham […] obedeció […]”.[45] El arrepentimiento y la fe en Jesucristo son los primeros actos de obediencia que exige el evangelio; la obediencia continua a los mandamientos de Dios es la forma de vida que la fe del evangelio activa en nosotros, a través del Espíritu Santo santificador.[46] Por lo tanto, la obediencia es la evidencia viva de la fe salvadora y el fruto vivo de ella. La obediencia es también la prueba de nuestro amor por Jesús. “El que tiene mis mandamientos, y los guarda, ése es el que me ama”.[47] “Y en esto sabemos que nosotros le conocemos, si guardamos sus mandamientos”.[48] ¡Cuánto amamos el poder del evangelio!

9. Amamos al pueblo de Dios

El pueblo de Dios son las personas de todas las edades y de todas las naciones a las cuales Dios, en Cristo, ha amado, escogido, llamado, salvado y santificado como un pueblo para Su propia posesión, para participar de la gloria de Cristo como ciudadanos de la nueva creación. En consecuencia, como personas que Dios ha amado de eternidad a eternidad y a lo largo de toda nuestra historia turbulenta y rebelde, se nos ordena amarnos unos a otros. Porque “[…] si Dios nos ha amado así, debemos también nosotros amarnos unos a otros”; en consecuencia, “Ustedes, como hijos amados de Dios, procuren imitarlo. Traten a todos con amor, de la misma manera que Cristo nos amó y se entregó por nosotros” (DHH). El amor unos por otros en la familia de Dios no es meramente una opción deseable sino un mandamiento ineludible. Esta clase de amor es la primera evidencia de la obediencia al evangelio, y un potente motor para la misión mundial.[49]
a) El amor exige unidad. El mandamiento de Jesús en cuanto a que Sus discípulos se amaran unos a otros está vinculado con Su oración de que fueran uno. Tanto el mandamiento como la oración son misionales: “En esto conocerán todos que sois mis discípulos […]” y “[…] para que el mundo crea que tú [el Padre] me enviaste”.[50] Una marca sumamente convincente de la verdad del evangelio es cuando los creyentes cristianos están unidos en amor, traspasando las barreras de las divisiones crónicas del mundo: barreras de raza, color, clase social, privilegio económico o alineamiento político. Sin embargo, hay pocas cosas que destruyen tanto nuestro testimonio que el ver a los cristianos reflejar y amplificar las mismas divisiones entre ellos.
Confesamos que no hemos dejado de lado todo lo que nos divide. Entre dichas barreras, estamos profundamente preocupados por los extremos escandalosos de desigualdad económica dentro del cuerpo global de Cristo. Esta desigualdad niega las instrucciones y el deseo de Pablo de que hubiera mutualidad y cantidad suficiente para todos.[51] Condenamos la competitividad y la rivalidad que a veces contaminan aun nuestro celo por la misión. Deploramos el desequilibrio de los recursos disponibles para la misión en diferentes partes de la iglesia mundial. Buscamos urgentemente un nuevo equilibrio global arraigado en un profundo amor mutuo y una asociación humilde dentro del cuerpo de Cristo en todos los continentes. Y buscamos esto no sólo a fin de amarnos unos a otros por encima de las meras palabras, sino también por causa del nombre de Cristo y de la misión de Dios en todo el mundo.
b) El amor exige sinceridad. El amor habla la verdad con gracia. Nadie amó al pueblo de Dios más que los profetas de Israel y que Jesús mismo. Sin embargo, nadie los confrontó más sinceramente con la verdad de su fracaso, idolatría y rebelión contra su Señor del pacto. Y, al hacerlo, llamaron al pueblo de Dios a arrepentirse, para que pudieran ser perdonados y restaurados al servicio de la misión de Dios. La misma voz de amor profético debe oírse hoy, por la misma razón.

Esta clase de sinceridad amorosa requiere que volvamos en arrepentimiento a los caminos piadosos de la humildad, la integridad y la simplicidad sacrificial. Debemos renunciar a las idolatrías de la arrogancia, el éxito manipulado y la avaricia consumista que seducen a tantos de nosotros y a nuestros líderes. Nuestro amor por la iglesia de Dios sufre dolorosamente por la fealdad entre nosotros que tanto desfigura el rostro de nuestro querido Señor Jesucristo y oculta Su belleza de la vista del mundo; ese mundo que tan desesperadamente necesita ser atraído a Él.
c) El amor exige solidaridad. Amarnos unos a otros incluye especialmente cuidar de los que son perseguidos y encarcelados por su fe y su testimonio. Si una parte del cuerpo sufre, todas las partes sufren con ella. Somos todos, como Juan, copartícipes “[…] en la tribulación, en el reino y la paciencia de Jesucristo […]”.[52]
Confesamos que no siempre hemos demostrado una solidaridad tan amorosa con nuestros hermanos y hermanas perseguidos y que hemos estado más preocupados por nuestra propia seguridad. Nos comprometemos a compartir el sufrimiento de los miembros del cuerpo de Cristo en todo el mundo a través de la información, la oración, la defensoría y otros medios de apoyo. Sin embargo, vemos este compartir no como un mero ejercicio de lástima, sino también como un anhelo de aprender lo que la iglesia sufriente puede enseñar y dar a aquellas partes del cuerpo de Cristo que no están sufriendo de la misma forma. Hemos sido advertidos de que la iglesia que se siente cómoda con su riqueza y autosuficiencia puede, como la de Laodicea, ser la iglesia que Jesús considera más ciega a su propia pobreza y con respecto a la cual Él mismo se siente un extraño fuera de la puerta.[53]
Jesús convoca a todos Sus discípulos a ser una familia entre las naciones, una comunidad reconciliada en la que todas las barreras pecaminosas se derriban a través de Su gracia reconciliadora. Esta iglesia es una comunidad de gracia, obediencia y amor en la comunión del Espíritu Santo, en la cual se ven reflejados los gloriosos atributos de Dios y las características de gracia de Cristo, y se manifiesta la sabiduría multicolor de Dios. Como la expresión más vívida del reino de Dios, la iglesia es la comunidad de los reconciliados que ya no viven para sí mismos sino para el Salvador que los amó y se entregó por ellos.

10. Amamos la misión de Dios
Estamos comprometidos con la misión mundial, porque es central para nuestra comprensión de Dios, de la Biblia, de la iglesia, de la historia humana y del futuro último. Toda la Biblia revela la misión de Dios de llevar todas las cosas en el cielo y en la tierra a la unidad bajo Cristo, reconciliándolas por medio de la sangre de Su cruz. Al cumplir Su misión, Dios transformará la creación quebrada por el pecado y el mal en la nueva creación en la que no hay más pecado ni maldición. Por medio del evangelio de Jesús, el Mesías, la simiente de Abraham, Dios cumplirá Su promesa hecha a Abraham de bendecir a todas las naciones de la tierra. Dios transformará el mundo fracturado de naciones que están dispersas y bajo el juicio de Dios en la nueva humanidad que, de toda tribu, nación, lengua e idioma, será redimida por la sangre de Cristo y será reunida para adorar a nuestro Dios y Salvador. Dios destruirá el reino de la muerte, la corrupción y la violencia cuando Cristo vuelva para establecer Su reino eterno de vida, justicia y paz. Luego Dios, Emanuel, morará con nosotros, y el reino del mundo pasará a ser el reino de nuestro Señor y de Su Cristo, y Él reinará por siempre jamás.[54]

a) Nuestra participación en la misión de Dios. Dios llama a Su pueblo a compartir Su misión. La iglesia de todas las naciones es, a través del Mesías Jesús, una continuidad del pueblo de Dios en el Antiguo Testamento. Con ellos hemos sido llamados a través de Abraham y comisionados para ser una bendición y una luz para las naciones. Con ellos, debemos ser modelados y enseñados por medio de la ley y los profetas para ser una comunidad de santidad, de compasión y de justicia en un mundo de pecado y sufrimiento. Hemos sido redimidos a través de la cruz y la resurrección de Jesucristo e investidos de poder por el Espíritu Santo para dar testimonio de lo que Dios ha hecho en Él. La iglesia existe para adorar y glorificar a Dios por toda la eternidad y para participar en la misión transformadora de Dios dentro de la historia. Nuestra misión se deriva completamente de la misión de Dios, aborda toda la creación de Dios y tiene como fundamentación central la victoria redentora de la cruz. Este es el pueblo al cual pertenecemos, cuya fe confesamos y cuya misión compartimos.
b) El costo de nuestra misión. Jesús ejemplificó lo que enseñó, que el mayor amor es que uno ponga su vida por sus amigos.[55] Dijo de Sí mismo y de Sus discípulos que: “[…] si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda solo; pero si muere, lleva mucho fruto”.[56] La mayoría de nosotros no seremos llamados a poner nuestra vida por amor a Cristo, pero el sufrimiento es una forma de nuestra participación misionera como testigos de Cristo, como lo fue para Sus apóstoles y para los profetas del Antiguo Testamento.[57] Estar dispuestos a sufrir es una prueba de fuego de la autenticidad de nuestra misión. Dios puede usar el sufrimiento, la persecución y el martirio para promover Su misión. “El martirio es una forma de testimonio que Cristo especialmente ha prometido honrar”.[58]
c) La integridad de nuestra misión. La fuente de toda nuestra misión es lo que Dios ha hecho en Cristo para la redención de todo el mundo, según lo revela la Biblia. Nuestra tarea evangelística es hacer conocer las buenas nuevas a todas las naciones. El contexto de toda nuestra misión es el mundo donde vivimos, el mundo de pecado, sufrimiento, injusticia y desorden creacional al cual Dios nos envía, para amarlo y servirlo por la causa de Cristo. Por lo tanto, toda nuestra misión debe reflejar la integración del evangelismo y la participación comprometida en el mundo, ambos ordenados e impulsados por toda la revelación bíblica del evangelio de Dios.
“[…] la evangelización es la proclamación misma del Cristo histórico y bíblico como Salvador y Señor, con el fin de persuadir a las gentes a venir a El personalmente y reconciliarse con Dios. […] Los resultados de la evangelización incluyen la obediencia a Cristo, la incorporación en Su iglesia y el servicio responsable en el mundo. […], afirmamos que la evangelización y la acción social y política son parte de nuestro deber cristiano. Ambas son expresiones necesarias de nuestra doctrina de Dios y del hombre, de nuestro amor al prójimo y de nuestra obediencia a Jesucristo. […] La salvación que decimos tener, debe transformarnos en la totalidad de nuestras responsabilidades, personales y sociales. La fe sin obras es muerta”.[59]

“La misión integral es la proclamación y demostración del evangelio. No se trata simplemente de que el evangelismo y la participación social deban ser realizados codo con codo. Más bien, en la misión integral nuestra proclamación tiene consecuencias sociales, al llamar a las personas al amor y al arrepentimiento en todas las áreas de la vida. Y nuestra participación social tiene consecuencias evangelísticas al dar nuestro testimonio de la gracia transformadora de Jesucristo. Si ignoramos el mundo, traicionamos la palabra de Dios que nos envía a servir al mundo. Si ignoramos la palabra de Dios, no tenemos nada que llevarle al mundo”.[60]
Nos comprometemos al ejercicio integral y dinámico de todas las dimensiones de la misión a la cual Dios llama a Su iglesia.
 Dios nos manda hacer conocer a todas las naciones la verdad de la revelación de Dios y el evangelio de la gracia salvadora de Dios por medio de Jesucristo, llamando a todas las personas al arrepentimiento, a la fe, al bautismo y al discipulado obediente.
 Dios nos manda reflejar el carácter de Él a través del cuidado compasivo de los necesitados, y a demostrar los valores y el poder del reino del Dios al luchar por la justicia y la paz y al cuidar de la creación de Dios.
En respuesta al amor ilimitado de Dios por nosotros en Cristo y debido a nuestro desbordante amor por Él, nos volvemos a consagrar, con la ayuda del Espíritu Santo, a obedecer plenamente todo lo que Dios ordena, con humildad abnegada, gozo y valentía. Renovamos este pacto con el Señor que amamos porque Él nos amó primero.

SEGUNDA PARTE
PARA EL MUNDO QUE SERVIMOS:
NUESTRO COMPROMISO con LA ACCIÓN
Esta segunda parte de El Compromiso de Ciudad del Cabo incluirá llamados y resoluciones específicos generados por el Congreso y sus participantes en GlobaLink.
La declaración de dos partes completada será publicada al fin de noviembre. Estará disponible en ocho idiomas del Congreso, como una descarga gratuita en el sitio web de Lausana, en http://www.lausanne.org y en el sitio web de la Alianza Evangélica Mundial, en http://www.worldevangelicals.org. La versión final podrá ser usada en forma impresa o digital por cualquier agencia o iglesia. No se requiere ningún permiso. Agradecemos que incluya como copyright: El Movimiento de Lausana.
Además, será publicado a partir de fines de enero de 2011 en la serie The Didasko Files, disponible con descuentos por cantidad para iglesias.
Vaya a http://www.lausanne.org/books para detalles para distribuidores y a http://www.didaskofiles.com para ver el formato de esta edición y los derechos de publicación.
Ciudad del Cabo
Octubre 2010
Sinclair Ferguson (UK/USA) Chairman
Rose Dowsett (UK)
Ajith Fernando (Sri Lanka)
Atef Gendy (Egypt)
Manfred Grellert (Brazil)
Peter Kuzmic (Croatia/USA)
Archbishop Peter Jensen (Australia)
Esther Mombo (Kenya)
Victor Nakah (Zimbabwe)
Las Newman (Jamaica)
John Piper (USA)
Yusufu Turaki (Nigeria)
Chris Wright (UK) Chief Recorder
Carver Yu (Hong Kong)
Senior representatives from the World Evangelical Alliance (WEA), and from the Congress Programme Committee, the Communications Working Group and the Strategy Working Group were in attendance.
Chris Wright was invited by this group to bring the statement to completion, working with a smaller team. To this team of Rose Dowsett, Ajith Fernando, Victor Nakah and Las Newman were added Valdir Steuernagel (Brazil), Rosalee Velloso Ewell (Brazil), Greg Parsons (USA) and Tormod Engelsviken (Norway).


Publicado por:juanstam

Ningún pasaje del Nuevo Testamento presenta la figura tradicional del “Anticristo”

El Anticristo: ¿Qué dice la Biblia?

Exégesis y tradición en la profecía predictiva[1]

(1 Juan 2:18,22; 4:3; 2 Juan 7)

En la tradición profética del protestantismo, ocupa un lugar central la figura del Anticristo.[2] A decir verdad, a veces se le da más atención que al mismo Cristo, de quien es rival y remedo. En la tradición es una figura bien definida, con sólo variantes menores. Es un ser humano poseído por Satanás, de quien es agente incondicional. Hará milagros y engañará a todo el mundo. Acaparará todo el poder para establecer un gobierno mundial totalitario. Perseguirá a Israel y/o la Iglesia durante “la Gran Tribulación”, que durará siete años (o tres y medio).[3] Su aparición en el escenario histórico será la última y final expresión de toda la maldad. Al fin de la Gran Tribulación vendrá Cristo para derrotar a este Anticristo en el Armagedón, juzgarlo y establecer para siempre el reino de Dios.

Nuestra pregunta ahora es: ¿Cuán bíblica es esta conceptualización del Anticristo? Vamos a comenzar con los únicos textos que nombran al Anticristo, que son primera y segunda de Juan:[4]

El anticristo de las epístolas juaninas. Nos ayudará tener a la mano los textos correspondientes, de la versión NVI con base en el texto original:

1Jn 2:18s   Queridos hijos, ésta es la hora final,

y así como ustedes oyeron que anticristo vendría [griego, sin artículo],

muchos son los anticristos que han surgido ya.

Por eso nos damos cuenta de que ésta es la hora final.

Aunque salieron de entre nosotros, en realidad no eran de los nuestros…

1Jn 2:22  ¿Quién es el mentiroso sino el que niega que Jesús es el Cristo?

Es el anticristo, el que niega al Padre y al Hijo.

1Jn 4:2-3   En esto pueden discernir quien tiene el Espíritu de Dios:

todo profeta que reconoce que Jesucristo ha venido en cuerpo humano [en sarkí, en carne],

es de Dios;

todo profeta que no reconoce a Jesús,

no es de Dios sino del anticristo.

2Jn 7         Es que han salido por el mundo muchos engañadores,

que no reconocen que Jesucristo ha venido en cuerpo humano.

El que así actúa es el engañador [ho planos] y el anticristo [ho antijristos].

Estos pasajes no sólo son los únicos del Nuevo Testamento que mencionan explícitamente al anticristo, sino es más: son las primeras referencias al término en toda la literatura antigua conocida. Algunos expertos sugieren que Juan mismo acuñó el término en su enseñanza oral a la comunidad. Entonces estos textos deben ser el punto de referencia decisiva sobre el tema del anticristo.

Dada toda esa importancia de estos textos, su contenido es muy sorprendente. (1) Por ahí del año 95 d.C., el autor repite dos veces que ya era “la última hora”, y (2) el anticristo de estos textos no se parece para nada a la figura del Anticristo de la tradición que hemos conocido. Además (3), el texto afirma que para esas fechas, a finales del primer siglo, habían surgido ya muchos anticristos. Comentemos un poco estas tres sorpresas.

(1) Que la última hora de la historia ya había comenzado hace diecinueve siglos nos puede extrañar mucho, pero es una enseñanza central del Nuevo Testamento. Según Hebreos 1:2, “en estos días finales [Dios] nos ha hablado por medio de su Hijo”. “Cristo, a quien Dios escogió antes de la creación del mundo, se ha manifestado en estos últimos tiempos” en la cruz (1P 1:19-20). “A nosotros nos ha llegado el fin de los tiempos” (1Cor 10:11). No se puede presuponer que estos términos signifiquen siempre algo todavía futuro para nosotros; eso tiene que determinarse exegéticamente en cada caso. (Ver el artículo “‘Los últimos tiempos’ y la tradición escatológica” en este blog).

(2) Este anticristo ni establece un reino mundial ni persigue a nadie. Al contrario, es claro de estos pasajes que “el anticristo” (con artículo) es cualquiera que niegue que Jesús es el Mesías (2:22) y sobre todo que Jesucristo ha venido en cuerpo humano (4:2-3; 2Jn 7). Estos no sólo son inspirados por el espíritu del anticristo (4:2-3); ellos mismos son el anticristo (2:22; 2Jn 7). Es posible, como afirman algunos, que 2:22 incluya una negación de la deidad de Cristo, aunque el título “Cristo” (“Ungido”) expresa más bien su identidad mesiánica. Entre los cuatro pasajes, lo más claro y enfático es que el autor identifica al anticristo con la negación de la plena humanidad de Jesús.

Esa herejía, incipiente en tiempos de Juan, se conoce como “docetismo”, del verbo griego dokeô, “parecer” (a menudo asociado con el gnosticismo).[5] Afirmaba que Cristo sólo parecía ser humano; sólo fingía tener hambre, estar cansado o hacer preguntas; su vida era un simulacro de humanidad. Éstos herejes, a los que alude 1 Juan, no negaban que Jesús era Dios (¡en eso eran ortodoxos!) sino que era realmente humano, como si eso fuera indigno del Hijo de Dios. Dada la gravedad de ese error, que Juan identifica como anticristo, nos incumbe preguntar si nosotros realmente creemos en la plena humanidad de Jesús, “el Dios que suda en la calle, el Dios de rostro curtido”, un Cristo plenamente divino y plenamente humano. Esto nos debe llamar a mucha reflexión. Durante los siglos, y también hoy, muchos cristianos “ortodoxos” han estado negando de hecho la realidad de la humanidad de Jesús, aun cuando profesan en teoría creer en ella. ¿Existen “docetas evangélicos” hoy?

El texto no aclara cómo, cuándo o de quién los lectores habían oído que “anticristo viene” (sin artículo) ni cómo lo entendían. Aunque el término “anticristo” en este versículo es una novedad, desde la antigüedad existían muchas tradiciones quizá relacionadas, que podríamos llamar del “Antagonista demoníaco” o del “Antagonista escatológico”. Con posibles raíces en Babilonia (Tiamat) o Ras Shamra (Mot), esta figura aparece bajo infinidad de nombres: Leviatán, Behemot, Rahab, Gog, Belial, la serpiente tortuosa (Isa 27:1), las cuatro bestias y el cuernito de Daniel 7, etc. A veces ciertos personajes históricos parecen encarnar estos demonios: Senaquerib, Nabucodonosor, Antíoco Epífanes (“el desolador”, Mr 13:14), Calígula, Nerón o Domiciano. Por supuesto, ninguno de ellos negaba la humanidad de Cristo.

Indudablemente, tanto Juan como sus lectores/as conocían estas antiguas tradiciones, aunque no parecen figurar muy significativamente en estas epístolas. Podría ser que Juan acuña el término independientemente, para significar anti-Mesías y anti-encarnación. Si el término “anticristo” en la frase “ustedes oyeron que anticristo viene” tiene el mismo sentido que en todos estos textos de 1 y 2 Juan, entonces significa que vendrían personas que negarían la humanidad de Jesús (anti-encarnación). En cambio, si esa frase alude al conocimiento previo que tenían ellos de la tradición del Antagonista escatológico, entonces la relación parecería ser de contradicción o corrección: el anticristo ha venido y vendrá, pero no como ustedes lo imaginaban.[6] Dejen, les dice Juan entonces, de especulaciones apocalípticos y fíjense en los peligros que los rodean ahora.

(3) A la luz de ese sentido de “anticristo”, es fácil entender en qué sentido habían surgido ya muchos “anticristos”. El “anticristo personal”, en este caso, no es un monstruo apocalíptico sino un falso maestro o falso profeta (2:22; 2Jn 7). En 2:19 también Juan identifica a estos “muchos anticristos”: con herejes cristológicos que salieron de la comunidad (¡anticristos que habían estado en el seno de la congregación!) por negar la humanidad de Jesús y así deshumanizar al Salvador.

Esto lo confirma la historia del término y del concepto “anticristo”. Los primeros escritores cristianos después del Nuevo Testamento, conocidos como los padres apostólicos y los apologistas, emplean el término sólo en el mismo sentido juanino de negar la humanidad de Jesús (Ign Fil 7:1). Aun los pasajes que describen un Adversario al final de la historia, como Didajé 16:4 y Bernabé 4:1-5, no lo llaman “anticristo”.[7] Ireneo interpreta el “666” como el imperio romano, pero lo atribuye a la bestia, no al anticristo. La doctrina tradicional aparece por primera vez en Hipólito de Roma, De Cristo y Anticristo (ca. 220 d.C.). Sin embargo, la tradición siguió siendo muy flexible y el anticristo no era siempre personal, como tampoco lo es en 1 Juan. En el siglo V el anticristo se identificó con al arianismo y en la edad media y la Reforma con el papado.

Conclusión sobre las epístolas juaninas: Para ser fieles a este texto, sería mejor limitar el término “anticristo” a su sentido bíblico, de negación del Cristo humano, y no confundirlo con otros términos como el Malvado, la Bestia etc. Con eso evitaríamos la conflación simplista de títulos de significados distintos. Así libraríamos el término “anticristo” de los sobretonos y resonancias terroríficos que ha llegado a connotar y le devolveríamos su auténtico sentido cristológico. Nos ayudaría también a concentrarnos en los “anticristos” presentes, en nuestro tiempo y espacio, y no fijar la vista sólo en un “Anticristo” final de quien este pasaje no habla.

El “anticristo” en el Apocalipsis, ¿dónde está? Casi todos los comentaristas de 1 Juan o del tema “anticristo”, frente a las extrañas ambigüedades de los textos juaninos, terminan con la misma salida: “El anticristo es idéntico con la bestia del Apocalipsis y el Malvado de 2 Tesalonicenses” y nos remiten a esos pasajes. Pero no basta afirmar esa correlación de textos a priori; esas supuestas correlaciones tienen que examinarse y probarse. Ahora nos toca, entonces, esta pregunta: ¿Son realmente idénticos el anticristo de las epístolas juaninas, la bestia del Apocalipsis y el Malvado de 2 Tesalonicenses? ¿Se refieren todos realmente a un mismo “Anticristo” personal?

A primera vista parecería que no son idénticos, pues el único anticristo que presenta el Nuevo Testamento no establece un reino mundial ni persigue a la iglesia, y ni la bestia ni el Malvado niegan la humanidad de Jesús. Pero veamos estos textos con más cuidado para aclarar más este tema.

La segunda mitad del libro del Apocalipsis gira alrededor de un largo drama, que podemos llamar “el drama del dragón” (Ap 12-13; 17-20). Este emocionante relato, con impresionantes cualidades teatrales, sólo puede entenderse bien mediante un análisis narrativo, pues enseña verdades por medio de un relato. Por eso, sólo después de analizarlo narrativamente, como historia que es, debemos preguntarnos por posibles referentes externos al relato mismo. Algunos de estos últimos son obvios y ayudan a entender el relato, pero la identidad de la mayoría de los detalles narrativos no es obvia. Una concentración de atención en los referentes externos no debe interrumpir el fluir narrativo de esta historia simbólica.

En el capítulo 12 una mujer majestuosa, parturienta, aparece frente a un dragón (la antigua serpiente) que espera con el agua en la boca para devorar al niño apenas nazca. Pero al instante de nacer, el niño (el Mesías) es arrebatado al cielo, al trono a la derecha de Dios. Frustrado, el dragón trata de capturar al niño, pero el arcángel Miguel le sale al encuentro, le administra una tremenda derrota y lo lanza a la tierra. ¡Segundo fracaso! Entonces el dragón intenta vengarse con la mujer, madre del niño, pero a ella le salen unas alas y se va volando, fuera del alcance del dragón. ¡Tercera derrota! Entonces, furioso, el dragón abre su boca y vomita un gran río de veneno para tratar de ahogar a la mujer, pero la tierra abre la boca suya, traga ese río de veneno y la mujer queda ilesa. ¡Cuarta derrota! ¡Pobre diablo!

El dragón no acepta su derrota y fragua una nueva estrategia, formándose un equipo de trabajo. Del mar evoca una bestia con siete cabezas (13:1-10), que simbolizan a siete montes y siete reyes (17:9-10). A esta bestia el dragón le da su trono y gran autoridad (13:3), por lo que la gente adora a la bestia, y así al dragón que la puso en el trono (13:4). Esta bestia habla blasfemias y hace guerra contra los santos. Después el dragón saca de la tierra otra bestia, con cara de cordero, que hace milagros y promueve la adoración de la primera bestia.

Cae la cortina y cuando se levanta aparece una ramera que está borracha con la sangre de sus víctimas (17:6) y a su vez ella emborracha al mundo entero con sus lujos y su poder (17:2). Su nombre es Babilonia y simboliza la ciudad que está reinando sobre toda la tierra en ese tiempo (17:18, obviamente Roma). Pero sus propios aliados se vuelven contra ella, la desnudan y la queman (17:16), de modo que la última figura en entrar es la primera en salir del escenario. Después de una larga celebración de la caída de esa ciudad corrupta (18:1-19:8), sigue la gran batalla final, conocida como Armagedón (16:16), en que el dragón pierde a sus dos aliados, las bestias que organizó para ser su equipo de desgobierno (cap.13), y Dios las lanza al lago de azufre y fuego (19:20). De ese modo, los segundo y tercero en entrar lo son también en salir. Ahora el dragón está sólo, igual que al final del capítulo 12, pero Dios, en vez de echarlo también al lago de azufre y fuego, le da una larga sentencia de prisión preventiva (20:2-3). Terminada la sentencia, Dios suelta al dragón y éste sale de nuevo a engañar a las naciones y provocar otra guerra, ahora con sus nuevos aliados, Gog y Magog. Marchan hacia el campamento de los justos, pero cae fuego sobre todos ellos (20:7-9). El dragón y todos sus aliados son echados al lago de fuego y azufre, donde ya estaban las dos bestias (20:10). Cae el telón y ha terminado el drama. ¡El Fin!

¿Está el Anticristo en el Apocalipsis? El anticristo nunca se menciona en este libro, y menos en el sentido que tiene en las epístolas juaninas. ¿Pero podría uno de los cuatro personajes de este drama corresponder a la figura tradicional del Anticristo? Esa es la correlación que se suele hacer. Sin embargo, no puede ser el dragón quien cumpla el papel de Anticristo, porque éste se identifica como Satanás mismo, el diablo, la antigua serpiente (12:9). La primera bestia, con sus siete cabezas, que son siete montes y siete reyes, no es una persona; simboliza a un sistema, que con toda probabilidad es el imperio romano, mientras el Anticristo tradicional se concibe como personal, no como un sistema o un imperio. La segunda bestia, conocida en adelante como el falso profeta, tiene algunas características del Anticristo (hace milagros, engaña y oprime), pero él no se cree Dios sino promueve la adoración a la primera bestia. En último lugar, la ramera (alias Babilonia) no puede ser el Anticristo porque es una ciudad (17:5,18).

Además, es necesario tomar muy en cuenta el contexto histórico del Apocalipsis. Juan de Patmos es pastor de siete congregaciones, y algunos están fuertemente tentados a participar en el culto al emperador. Por eso, los cuatro personajes del drama tienen un carácter mucho más político y económico (anti-imperialista) que el anticristo de primera de Juan o de la tradición escatológica. Podemos concluir que el anticristo, tanto según primera de Juan como según la tradición teológica, no aparece en el Apocalipsis. Por eso debemos ser fieles al lenguaje propio del Apocalipsis mismo y no de otras fuentes, y hablar de la bestia y su ministro de propaganda (el falso profeta), de la ramera que prostituye con injusticia el poder y la riqueza, de los jinetes de los cuatro caballos, etc, pero no del Anticristo, porque él no está (ni con minúscula ni con mayúscula) en el Apocalipsis.

El Anticristo y el Malvado de 2 Tesalonicenses 2:1-12: Este es el pasaje del Nuevo Testamento que más se acerca al concepto del Anticristo de la tradición. De nuevo es importante el contexto. Algunos tesalonicenses estaban creyendo y enseñando, hasta con profecías, que la venida de Cristo estaba inmediata. Pablo les exhorta a “no perder la cabeza” (2:2) y explica que antes de venir el Señor tiene que aparecer “el hombre de Maldad” (2:3). El texto reza como sigue:

Ahora bien, hermanos, en cuanto a la venida de nuestro Señor Jesucristo

y a nuestra reunión con él,

les pedimos que no pierdan la cabeza

ni se alarman por ciertas profecías,

ni por mensajes orales o escritos supuestamente nuestros,

que digan, “¡Ya llegó el día del Señor!”.

No se dejen engañar de ninguna manera,

porque primero tiene que venir la rebelión contra Dios

y manifestarse el hombre de maldad [ho anthôpos tês anomias],

el destructor por naturaleza  [hijo de ruina, apôleia].

Éste se opone y se levanta contra todo lo que lleva el nombre de Dios

o es objeto de adoración,

hasta el punto de adueñarse del templo de Dios [sentarse en el templo]

y pretender ser Dios.

¿No recuerdan que ya les hablaba de esto cuando estaba con ustedes?

Bien saben que hay algo que detiene a este hombre,

a fin de que él se manifieste a su debido tiempo.

Es cierto que el misterio de la maldad [tês anomias] ya está ejerciendo su poder;

pero falta que sea quitado de en medio el que ahora lo detiene.

Entonces se manifestará aquel malvado [ho anomos, “el Sin-ley”]

a quien el Señor Jesús derrocará con el soplo de su boca

y destruirá con el esplendor de su venida [epifaneia tês parousias autou].

cuya venida [parousia] es por obra de Satanás,

con toda clase de milagros, señales y prodigios falsos.

Con toda perversidad engañará a los que se pierden por haberse negado a amar la verdad

y así ser salvos…

Este texto tiene dos conceptos en común con 1 Juan 2:18: en ambos casos el autor recuerda a los lectores de enseñanzas previas y ambos pasajes destacan la realidad de la acción presente, no sólo futuro, de la fuerza maligna. Todo lo demás es radicalmente distinto. El contexto y propósito de este pasaje no se parece al de 1 Juan. Para refutar a los falsos maestros que anunciaban una venida pronta de Cristo, este pasaje insiste en la anterioridad de la parousía del Malvado a la parousía de Cristo. Este tema, fatal para el dispensacionalismo pre-tribulacionista, no aparece en 1 Juan ni tendría sentido en ese contexto. Además, el Malvado de 2 Tesalonicenses se opone a Dios mismo más que a Cristo; estrictamente no es antijristos sino antitheos (cf. 2:3, “la apostasía contra Dios”). A diferencia de los “muchos anticristos” de 1 de Juan, el Malvado aquí es único y parece ser personal.

El Malvado de este pasaje tiene tres títulos, pero “Anticristo” no es ninguno de ellos. Uno es “el hombre de maldad” (2:3, ho anthôpos tês anomias) o más escuetamente “el Malvado” (ho anomos, “el Sin-ley”). Él encarna la rebelión contra Dios y su ley. Además es “el hijo de destrucción” (ho huios tês apôleias, ruina). Este ttítulo puede significar que es “el destructor por naturaleza” (NVI) o que está destinado para destrucción (cf. el término similar, “hijos de ira”).

Un simple desglose de las actividades del Malvado subrayará la gran diferencia entre este Malvado y el Anticristo de la tradición. El Sin-Ley promueve la apostasía, una rebelión contra Dios. Él mismo se opone en todo contra Dios (2:4); se sienta en el mismo templo y se hace pasar por Dios (2:4).[8] Se manifestará a su debido tiempo, pero hay algo y alguien que retienen su venida (2:6-7).[9] No obstante, la fuerza del misterio de su maldad está ya presente y activa (energeitai) en milagros y señales falsos que realiza, con los que engañará a los que no aman a la verdad. Pero al final vendrá Cristo y destruirá al Malvado con el soplo de su boca y el esplendor de su gloriosa parousía.

¿Hay base exegética para identificar a este Malvado con el Anticristo tradicional? No aparece ese título en 2 Tesalonicenses (ni ningún otro pasaje) y las acciones y pecados de los dos son muy distintos. El pasaje parece tener algunas referencias a autoridades romanas de la época (especialmente Calígula y quizá Nerón como un segundo Calígula) y detalles inexplicables que hoy no se pueden entender. Pero faltan elementos indispensables del perfil del Anticristo de la tradición escatológica: este Malvado no organiza un gobierno mundial, tema central de esa tradición, ni persigue a nadie (ni a judíos/as ni a cristianos/as, según una lectura cuidadosa del texto). El relato de la destrucción del Malvado por el soplo y el esplendor de la venida de Cristo tiene también ciertas incongruencias con los relatos de una batalla final (Armagedón) en el Apocalipsis (14:20; 16:13-16; 19:11-21; cf. 17:16; 20:7-9), que dificulta también el intento de homologar a este Malvado con el Anticristo.

Conclusión: ningún pasaje del Nuevo Testamento presenta el cuadro tradicional del Anticristo, y mucho menos el único texto que emplea el término “anticristo”. Más bien, ese cuadro se arma arbitrariamente, según el gusto de cada persona que interprete el tema, sacando diferentes detalles de su contexto bíblico y juntándolos en un mosaico que no corresponde a ningún pasaje bíblico específico. Es cierto que la Biblia enseña que la historia es conflictiva, como lucha entre el bien y el mal, y que habrá una confrontación final, pero la versión tradicional del “Anticristo'” distorsiona ese tema. El efecto básico es de presentar el Anticristo como una figura aterrorizadora y amenazante con un simplismo esquematizado que carece de base en los textos.

En la interpretación del Apocalipsis, debe quedar totalmente excluida toda referencia al Anticristo, ya que éste no aparece en todo el libro. En la exposición de los demás pasajes, debemos emplear el lenguaje de cada texto, dentro de su propio contexto y según la intención de cada autor.

Y en general, nos haría mucho bien hablar más de Cristo y menos del “Anticristo”.

[1] La profecía como tal es mucho más que predicciones del futuro, pero en este ensayo entenderemos por “profecía” el anuncio revelado de las cosas finales, que estrictamente debe llamarse “profecía predictiva”, conocido también como escatología (cosas finales) , “postrimerías” o “novísimos”.

[2] Escribiremos “Anticristo” con mayúscula cuando nos estamos refiriendo a la figura de la tradición escatológica y con minúscula en su sentido estrictamente bíblico.

[3] Según un amplio sector cristiano, Jesús vendrá antes de la Gran Tribulación” para arrebatar a la iglesia. En ese caso, la persecución sería de los judíos y/o de cristianos convertidos durante el mismo período.

[4] El término pseudojristos en Mt 24:24 y Mr 13:22 se refiere a falsos mesías, muy activos en la guerra judía de 64-70, y no tienen que ver con el antijristos de los textos juaninos.

[5] Es importante recordar que Éfeso era el segundo centro intelectual más destacado del imperio romano, a la par de Atenas. En Éfeso se desarrolló después la escuela del platonismo medio y del neoplatonismo (Plotino, Porfirio, Jámblico). Esto nos ayuda a entender también el prólogo al cuarto evangelio.

[6] Sobre este problema ver Schillebeeckx, El Cristo y F.F. Bruce, I Tesalonicenses.

[7] Lo más próximo es Did 16.4: “entonces aparecerá como hijo de Dios el extraviador del mundo”, hará milagros, la tierra será entregada en sus manos, y cometerá crímenes “como jamás desde los siglos”, hasta que venga Cristo a derrotarlo. Pero el texto no lo llama “Anticristo”.

[8] Este lenguaje no es necesariamente literal, ni implica una reconstrucción del templo de Jerusalén en el futuro.

[9]Los lectores entendían esta referencia a lo que detiene, pero hoy día nadie lo explica convincentemente. Para Cullmann es la proclamación del evangelio como tarea aun no cumplida, y la referencia personal alude a Pablo mismo. Para otros es el imperio romano como garante de ley y orden y quizá el emperador Claudio, mientras Nerón crecía en el palacio. Hay muchas otras explicaciones.

=”M�ra��6`@4”margin-left: 0.5in; “>                  El que así actúa es el engañador [ho planos] y el anticristo [ho antijristos].

Estos pasajes no sólo son los únicos del Nuevo Testamento que mencionan explícitamente al anticristo, sino es más: son las primeras referencias al término en toda la literatura antigua conocida. Algunos expertos sugieren que Juan mismo acuñó el término en su enseñanza oral a la comunidad. Entonces estos textos deben ser el punto de referencia decisiva sobre el tema del anticristo.

Dada toda esa importancia de estos textos, su contenido es muy sorprendente. (1) Por ahí del año 95 d.C., el autor repite dos veces que ya era “la última hora”, y (2) el anticristo de estos textos no se parece para nada a la figura del Anticristo de la tradición que hemos conocido. Además (3), el texto afirma que para esas fechas, a finales del primer siglo, habían surgido ya muchos anticristos. Comentemos un poco estas tres sorpresas.

(1) Que la última hora de la historia ya había comenzado hace diecinueve siglos nos puede extrañar mucho, pero es una enseñanza central del Nuevo Testamento. Según Hebreos 1:2, “en estos días finales [Dios] nos ha hablado por medio de su Hijo”. “Cristo, a quien Dios escogió antes de la creación del mundo, se ha manifestado en estos últimos tiempos” en la cruz (1P 1:19-20). “A nosotros nos ha llegado el fin de los tiempos” (1Cor 10:11). No se puede presuponer que estos términos signifiquen siempre algo todavía futuro para nosotros; eso tiene que determinarse exegéticamente en cada caso. (Ver el artículo “‘Los últimos tiempos’ y la tradición escatológica” en este blog).

(2) Este anticristo ni establece un reino mundial ni persigue a nadie. Al contrario, es claro de estos pasajes que “el anticristo” (con artículo) es cualquiera que niegue que Jesús es el Mesías (2:22) y sobre todo que Jesucristo ha venido en cuerpo humano (4:2-3; 2Jn 7). Estos no sólo son inspirados por el espíritu del anticristo (4:2-3); ellos mismos son el anticristo (2:22; 2Jn 7). Es posible, como afirman algunos, que 2:22 incluya una negación de la deidad de Cristo, aunque el título “Cristo” (“Ungido”) expresa más bien su identidad mesiánica. Entre los cuatro pasajes, lo más claro y enfático es que el autor identifica al anticristo con la negación de la plena humanidad de Jesús.

Esa herejía, incipiente en tiempos de Juan, se conoce como “docetismo”, del verbo griego dokeô, “parecer” (a menudo asociado con el gnosticismo).[5] Afirmaba que Cristo sólo parecía ser humano; sólo fingía tener hambre, estar cansado o hacer preguntas; su vida era un simulacro de humanidad. Éstos herejes, a los que alude 1 Juan, no negaban que Jesús era Dios (¡en eso eran ortodoxos!) sino que era realmente humano, como si eso fuera indigno del Hijo de Dios. Dada la gravedad de ese error, que Juan identifica como anticristo, nos incumbe preguntar si nosotros realmente creemos en la plena humanidad de Jesús, “el Dios que suda en la calle, el Dios de rostro curtido”, un Cristo plenamente divino y plenamente humano. Esto nos debe llamar a mucha reflexión. Durante los siglos, y también hoy, muchos cristianos “ortodoxos” han estado negando de hecho la realidad de la humanidad de Jesús, aun cuando profesan en teoría creer en ella. ¿Existen “docetas evangélicos” hoy?

El texto no aclara cómo, cuándo o de quién los lectores habían oído que “anticristo viene” (sin artículo) ni cómo lo entendían. Aunque el término “anticristo” en este versículo es una novedad, desde la antigüedad existían muchas tradiciones quizá relacionadas, que podríamos llamar del “Antagonista demoníaco” o del “Antagonista escatológico”. Con posibles raíces en Babilonia (Tiamat) o Ras Shamra (Mot), esta figura aparece bajo infinidad de nombres: Leviatán, Behemot, Rahab, Gog, Belial, la serpiente tortuosa (Isa 27:1), las cuatro bestias y el cuernito de Daniel 7, etc. A veces ciertos personajes históricos parecen encarnar estos demonios: Senaquerib, Nabucodonosor, Antíoco Epífanes (“el desolador”, Mr 13:14), Calígula, Nerón o Domiciano. Por supuesto, ninguno de ellos negaba la humanidad de Cristo.

Indudablemente, tanto Juan como sus lectores/as conocían estas antiguas tradiciones, aunque no parecen figurar muy significativamente en estas epístolas. Podría ser que Juan acuña el término independientemente, para significar anti-Mesías y anti-encarnación. Si el término “anticristo” en la frase “ustedes oyeron que anticristo viene” tiene el mismo sentido que en todos estos textos de 1 y 2 Juan, entonces significa que vendrían personas que negarían la humanidad de Jesús (anti-encarnación). En cambio, si esa frase alude al conocimiento previo que tenían ellos de la tradición del Antagonista escatológico, entonces la relación parecería ser de contradicción o corrección: el anticristo ha venido y vendrá, pero no como ustedes lo imaginaban.[6] Dejen, les dice Juan entonces, de especulaciones apocalípticos y fíjense en los peligros que los rodean ahora.

(3) A la luz de ese sentido de “anticristo”, es fácil entender en qué sentido habían surgido ya muchos “anticristos”. El “anticristo personal”, en este caso, no es un monstruo apocalíptico sino un falso maestro o falso profeta (2:22; 2Jn 7). En 2:19 también Juan identifica a estos “muchos anticristos”: con herejes cristológicos que salieron de la comunidad (¡anticristos que habían estado en el seno de la congregación!) por negar la humanidad de Jesús y así deshumanizar al Salvador.

Esto lo confirma la historia del término y del concepto “anticristo”. Los primeros escritores cristianos después del Nuevo Testamento, conocidos como los padres apostólicos y los apologistas, emplean el término sólo en el mismo sentido juanino de negar la humanidad de Jesús (Ign Fil 7:1). Aun los pasajes que describen un Adversario al final de la historia, como Didajé 16:4 y Bernabé 4:1-5, no lo llaman “anticristo”.[7] Ireneo interpreta el “666” como el imperio romano, pero lo atribuye a la bestia, no al anticristo. La doctrina tradicional aparece por primera vez en Hipólito de Roma, De Cristo y Anticristo(ca. 220 d.C.). Sin embargo, la tradición siguió siendo muy flexible y el anticristo no era siempre personal, como tampoco lo es en 1 Juan. En el siglo V el anticristo se identificó con al arianismo y en la edad media y la Reforma con el papado.

Conclusión sobre las epístolas juaninas: Para ser fieles a este texto, sería mejor limitar el término “anticristo” a su sentido bíblico, de negación del Cristo humano, y no confundirlo con otros términos como el Malvado, la Bestia etc. Con eso evitaríamos la conflación simplista de títulos de significados distintos. Así libraríamos el término “anticristo” de los sobretonos y resonancias terroríficos que ha llegado a connotar y le devolveríamos su auténtico sentido cristológico. Nos ayudaría también a concentrarnos en los “anticristos” presentes, en nuestro tiempo y espacio, y no fijar la vista sólo en un “Anticristo” final de quien este pasaje no habla.

El “anticristo” en el Apocalipsis, ¿dónde está? Casi todos los comentaristas de 1 Juan o del tema “anticristo”, frente a las extrañas ambigüedades de los textos juaninos, terminan con la misma salida: “El anticristo es idéntico con la bestia del Apocalipsis y el Malvado de 2 Tesalonicenses” y nos remiten a esos pasajes. Pero no basta afirmar esa correlación de textos a priori; esas supuestas correlaciones tienen que examinarse y probarse. Ahora nos toca, entonces, esta pregunta: ¿Son realmente idénticos el anticristo de las epístolas juaninas, la bestia del Apocalipsis y el Malvado de 2 Tesalonicenses? ¿Se refieren todos realmente a un mismo “Anticristo” personal?

A primera vista parecería que no son idénticos, pues el único anticristo que presenta el Nuevo Testamento no establece un reino mundial ni persigue a la iglesia, y ni la bestia ni el Malvado niegan la humanidad de Jesús. Pero veamos estos textos con más cuidado para aclarar más este tema.

La segunda mitad del libro del Apocalipsis gira alrededor de un largo drama, que podemos llamar “el drama del dragón” (Ap 12-13; 17-20). Este emocionante relato, con impresionantes cualidades teatrales, sólo puede entenderse bien mediante un análisis narrativo, pues enseña verdades por medio de un relato. Por eso, sólo después de analizarlo narrativamente, como historia que es, debemos preguntarnos por posibles referentes externos al relato mismo. Algunos de estos últimos son obvios y ayudan a entender el relato, pero la identidad de la mayoría de los detalles narrativos no es obvia. Una concentración de atención en los referentes externos no debe interrumpir el fluir narrativo de esta historia simbólica.

En el capítulo 12 una mujer majestuosa, parturienta, aparece frente a un dragón (la antigua serpiente) que espera con el agua en la boca para devorar al niño apenas nazca. Pero al instante de nacer, el niño (el Mesías) es arrebatado al cielo, al trono a la derecha de Dios. Frustrado, el dragón trata de capturar al niño, pero el arcángel Miguel le sale al encuentro, le administra una tremenda derrota y lo lanza a la tierra. ¡Segundo fracaso! Entonces el dragón intenta vengarse con la mujer, madre del niño, pero a ella le salen unas alas y se va volando, fuera del alcance del dragón. ¡Tercera derrota! Entonces, furioso, el dragón abre su boca y vomita un gran río de veneno para tratar de ahogar a la mujer, pero la tierra abre la boca suya, traga ese río de veneno y la mujer queda ilesa. ¡Cuarta derrota! ¡Pobre diablo!

El dragón no acepta su derrota y fragua una nueva estrategia, formándose un equipo de trabajo. Del mar evoca una bestia con siete cabezas (13:1-10), que simbolizan a siete montes y siete reyes (17:9-10). A esta bestia el dragón le da su trono y gran autoridad (13:3), por lo que la gente adora a la bestia, y así al dragón que la puso en el trono (13:4). Esta bestia habla blasfemias y hace guerra contra los santos. Después el dragón saca de la tierra otra bestia, con cara de cordero, que hace milagros y promueve la adoración de la primera bestia.

Cae la cortina y cuando se levanta aparece una ramera que está borracha con la sangre de sus víctimas (17:6) y a su vez ella emborracha al mundo entero con sus lujos y su poder (17:2). Su nombre es Babilonia y simboliza la ciudad que está reinando sobre toda la tierra en ese tiempo (17:18, obviamente Roma). Pero sus propios aliados se vuelven contra ella, la desnudan y la queman (17:16), de modo que la última figura en entrar es la primera en salir del escenario. Después de una larga celebración de la caída de esa ciudad corrupta (18:1-19:8), sigue la gran batalla final, conocida como Armagedón (16:16), en que el dragón pierde a sus dos aliados, las bestias que organizó para ser su equipo de desgobierno (cap.13), y Dios las lanza al lago de azufre y fuego (19:20). De ese modo, los segundo y tercero en entrar lo son también en salir. Ahora el dragón está sólo, igual que al final del capítulo 12, pero Dios, en vez de echarlo también al lago de azufre y fuego, le da una larga sentencia de prisión preventiva (20:2-3). Terminada la sentencia, Dios suelta al dragón y éste sale de nuevo a engañar a las naciones y provocar otra guerra, ahora con sus nuevos aliados, Gog y Magog. Marchan hacia el campamento de los justos, pero cae fuego sobre todos ellos (20:7-9). El dragón y todos sus aliados son echados al lago de fuego y azufre, donde ya estaban las dos bestias (20:10). Cae el telón y ha terminado el drama. ¡El Fin!

¿Está el Anticristo en el Apocalipsis? El anticristo nunca se menciona en este libro, y menos en el sentido que tiene en las epístolas juaninas. ¿Pero podría uno de los cuatro personajes de este drama corresponder a la figura tradicional del Anticristo? Esa es la correlación que se suele hacer. Sin embargo, no puede ser el dragón quien cumpla el papel de Anticristo, porque éste se identifica como Satanás mismo, el diablo, la antigua serpiente (12:9). La primera bestia, con sus siete cabezas, que son siete montes y siete reyes, no es una persona; simboliza a un sistema, que con toda probabilidad es el imperio romano, mientras el Anticristo tradicional se concibe como personal, no como un sistema o un imperio. La segunda bestia, conocida en adelante como el falso profeta, tiene algunas características del Anticristo (hace milagros, engaña y oprime), pero él no se cree Dios sino promueve la adoración a la primera bestia. En último lugar, la ramera (alias Babilonia) no puede ser el Anticristo porque es una ciudad (17:5,18).

Además, es necesario tomar muy en cuenta el contexto histórico del Apocalipsis. Juan de Patmos es pastor de siete congregaciones, y algunos están fuertemente tentados a participar en el culto al emperador. Por eso, los cuatro personajes del drama tienen un carácter mucho más político y económico (anti-imperialista) que el anticristo de primera de Juan o de la tradición escatológica. Podemos concluir que el anticristo, tanto según primera de Juan como según la tradición teológica, no aparece en el Apocalipsis. Por eso debemos ser fieles al lenguaje propio del Apocalipsis mismo y no de otras fuentes, y hablar de la bestia y su ministro de propaganda (el falso profeta), de la ramera que prostituye con injusticia el poder y la riqueza, de los jinetes de los cuatro caballos, etc, pero no del Anticristo, porque él no está (ni con minúscula ni con mayúscula) en el Apocalipsis.

El Anticristo y el Malvado de 2 Tesalonicenses 2:1-12: Este es el pasaje del Nuevo Testamento que más se acerca al concepto del Anticristo de la tradición. De nuevo es importante el contexto. Algunos tesalonicenses estaban creyendo y enseñando, hasta con profecías, que la venida de Cristo estaba inmediata. Pablo les exhorta a “no perder la cabeza” (2:2) y explica que antes de venir el Señor tiene que aparecer “el hombre de Maldad” (2:3). El texto reza como sigue:

Ahora bien, hermanos, en cuanto a la venida de nuestro Señor Jesucristo

y a nuestra reunión con él,

les pedimos que no pierdan la cabeza

ni se alarman por ciertas profecías,

ni por mensajes orales o escritos supuestamente nuestros,

que digan, “¡Ya llegó el día del Señor!”.

No se dejen engañar de ninguna manera,

porque primero tiene que venir la rebelión contra Dios

y manifestarse el hombre de maldad [ho anthôpos tês anomias],

el destructor por naturaleza  [hijo de ruina, apôleia].

Éste se opone y se levanta contra todo lo que lleva el nombre de Dios

o es objeto de adoración,

hasta el punto de adueñarse del templo de Dios [sentarse en el templo]

y pretender ser Dios.

¿No recuerdan que ya les hablaba de esto cuando estaba con ustedes?

Bien saben que hay algo que detiene a este hombre,

a fin de que él se manifieste a su debido tiempo.

Es cierto que el misterio de la maldad [tês anomias] ya está ejerciendo su poder;

pero falta que sea quitado de en medio el que ahora lo detiene.

Entonces se manifestará aquel malvado [ho anomos, “el Sin-ley”]

a quien el Señor Jesús derrocará con el soplo de su boca

y destruirá con el esplendor de su venida [epifaneia tês parousias autou].

cuya venida [parousia] es por obra de Satanás,

con toda clase de milagros, señales y prodigios falsos.

Con toda perversidad engañará a los que se pierden por haberse negado a amar la verdad

y así ser salvos…

Este texto tiene dos conceptos en común con 1 Juan 2:18: en ambos casos el autor recuerda a los lectores de enseñanzas previas y ambos pasajes destacan la realidad de la acción presente, no sólo futuro, de la fuerza maligna. Todo lo demás es radicalmente distinto. El contexto y propósito de este pasaje no se parece al de 1 Juan. Para refutar a los falsos maestros que anunciaban una venida pronta de Cristo, este pasaje insiste en la anterioridad de la parousía del Malvado a la parousía de Cristo. Este tema, fatal para el dispensacionalismo pre-tribulacionista, no aparece en 1 Juan ni tendría sentido en ese contexto. Además, el Malvado de 2 Tesalonicenses se opone a Dios mismo más que a Cristo; estrictamente no es antijristos sino antitheos (cf. 2:3, “la apostasía contra Dios”). A diferencia de los “muchos anticristos” de 1 de Juan, el Malvado aquí es único y parece ser personal.

El Malvado de este pasaje tiene tres títulos, pero “Anticristo” no es ninguno de ellos. Uno es “el hombre de maldad” (2:3, ho anthôpos tês anomias) o más escuetamente “el Malvado” (ho anomos, “el Sin-ley”). Él encarna la rebelión contra Dios y su ley. Además es “el hijo de destrucción” (ho huios tês apôleias, ruina). Este ttítulo puede significar que es “el destructor por naturaleza” (NVI) o que está destinado para destrucción (cf. el término similar, “hijos de ira”).

Un simple desglose de las actividades del Malvado subrayará la gran diferencia entre este Malvado y el Anticristo de la tradición. El Sin-Ley promueve la apostasía, una rebelión contra Dios. Él mismo se opone en todo contra Dios (2:4); se sienta en el mismo templo y se hace pasar por Dios (2:4).[8] Se manifestará a su debido tiempo, pero hay algo y alguien que retienen su venida (2:6-7).[9] No obstante, la fuerza del misterio de su maldad está ya presente y activa (energeitai) en milagros y señales falsos que realiza, con los que engañará a los que no aman a la verdad. Pero al final vendrá Cristo y destruirá al Malvado con el soplo de su boca y el esplendor de su gloriosa parousía.

¿Hay base exegética para identificar a este Malvado con el Anticristo tradicional? No aparece ese título en 2 Tesalonicenses (ni ningún otro pasaje) y las acciones y pecados de los dos son muy distintos. El pasaje parece tener algunas referencias a autoridades romanas de la época (especialmente Calígula y quizá Nerón como un segundo Calígula) y detalles inexplicables que hoy no se pueden entender. Pero faltan elementos indispensables del perfil del Anticristo de la tradición escatológica: este Malvado no organiza un gobierno mundial, tema central de esa tradición, ni persigue a nadie (ni a judíos/as ni a cristianos/as, según una lectura cuidadosa del texto). El relato de la destrucción del Malvado por el soplo y el esplendor de la venida de Cristo tiene también ciertas incongruencias con los relatos de una batalla final (Armagedón) en el Apocalipsis (14:20; 16:13-16; 19:11-21; cf. 17:16; 20:7-9), que dificulta también el intento de homologar a este Malvado con el Anticristo.

Conclusión: ningún pasaje del Nuevo Testamento presenta el cuadro tradicional del Anticristo, y mucho menos el único texto que emplea el término “anticristo”. Más bien, ese cuadro se arma arbitrariamente, según el gusto de cada persona que interprete el tema, sacando diferentes detalles de su contexto bíblico y juntándolos en un mosaico que no corresponde a ningún pasaje bíblico específico. Es cierto que la Biblia enseña que la historia es conflictiva, como lucha entre el bien y el mal, y que habrá una confrontación final, pero la versión tradicional del “Anticristo'” distorsiona ese tema. El efecto básico es de presentar el Anticristo como una figura aterrorizadora y amenazante con un simplismo esquematizado que carece de base en los textos.

En la interpretación del Apocalipsis, debe quedar totalmente excluida toda referencia al Anticristo, ya que éste no aparece en todo el libro. En la exposición de los demás pasajes, debemos emplear el lenguaje de cada texto, dentro de su propio contexto y según la intención de cada autor.

Y en general, nos haría mucho bien hablar más de Cristo y menos del “Anticristo”.


[1] La profecía como tal es mucho más que predicciones del futuro, pero en este ensayo entenderemos por “profecía” el anuncio revelado de las cosas finales, que estrictamente debe llamarse “profecía predictiva”, conocido también como escatología (cosas finales) , “postrimerías” o “novísimos”.

[2] Escribiremos “Anticristo” con mayúscula cuando nos estamos refiriendo a la figura de la tradición escatológica y con minúscula en su sentido estrictamente bíblico.

[3] Según un amplio sector cristiano, Jesús vendrá antes de la Gran Tribulación” para arrebatar a la iglesia. En ese caso, la persecución sería de los judíos y/o de cristianos convertidos durante el mismo período.

[4] El término pseudojristos en Mt 24:24 y Mr 13:22 se refiere a falsos mesías, muy activos en la guerra judía de 64-70, y no tienen que ver con el antijristos de los textos juaninos.

[5] Es importante recordar que Éfeso era el segundo centro intelectual más destacado del imperio romano, a la par de Atenas. En Éfeso se desarrolló después la escuela del platonismo medio y del neoplatonismo (Plotino, Porfirio, Jámblico). Esto nos ayuda a entender también el prólogo al cuarto evangelio.

[6] Sobre este problema ver Schillebeeckx, El Cristo y F.F. Bruce, I Tesalonicenses.

[7] Lo más próximo es Did 16.4: “entonces aparecerá como hijo de Dios el extraviador del mundo”, hará milagros, la tierra será entregada en sus manos, y cometerá crímenes “como jamás desde los siglos”, hasta que venga Cristo a derrotarlo. Pero el texto no lo llama “Anticristo”.

[8] Este lenguaje no es necesariamente literal, ni implica una reconstrucción del templo de Jerusalén en el futuro.

[9]Los lectores entendían esta referencia a lo que detiene, pero hoy día nadie lo explica convincentemente. Para Cullmann es la proclamación del evangelio como tarea aun no cumplida, y la referencia personal alude a Pablo mismo. Para otros es el imperio romano como garante de ley y orden y quizá el emperador Claudio, mientras Nerón crecía en el palacio. Hay muchas otras explicaciones.


C. René Padilla

Las cifras relacionadas con el Tercer Congreso Internacional de Evangelización Mundial que se llevó a cabo en Ciudad del Cabo, Sudáfrica, del 17 al 24 de octubre bajo el lema “En Cristo, Dios estaba reconciliando al mundo consigo mismo” (2Co 5:19) son impresionantes. Estuvieron presentes más de 4.000 participantes de 198 países. Además, hubo unos 650 sitios de internet conectados con el Congreso en 91 países y 100.000 “visitas” de 185 países. Esto significa que muchos miles de personas de todo el mundo pudieron asistir a las sesiones por medio de internet. Doug Birdsall, el Presidente Ejecutivo del Movimiento de Lausana, probablemente tiene razón al afirmar que Ciudad del Cabo 2010 fue “la asamblea evangélica  global más representativa de la historia”.  Sin duda, este logro fue en gran medida el resultado de su esfuerzo de mucho tiempo para que eso sucediera.

Igualmente impresionantes fueron los muchos arreglos prácticos que se hicieron antes del Congreso. Además del difícil proceso de selección de los oradores para el plenario y para los “multiplexes” (seminarios electivos) y las sesiones de diálogo, los traductores y los participantes de cada país representado, había dos tareas que deben haber involucrado muchísimo trabajo antes del Congreso: la Conversación Global de Lausana para posibilitar que mucha gente alrededor del mundo hiciera sus comentarios e interactuara con otros aprovechando los avances tecnológicos contemporáneos, y la redacción de la primera parte (la teológica) del Compromiso de Ciudad del Cabo redactado por el Grupo de Trabajo Teológico de Lausana bajo la dirección de Christopher Wright.

Una evaluación positiva de Lausana III

La mejor manera de comprobar el valor de una conferencia como Lausana III es analizar los resultados concretos que ella produce posteriormente en relación con la vida y misión de la iglesia. Por esta razón, la presente evaluación de la conferencia que acaba de realizarse en Ciudad del Cabo tiene que considerarse nada más que como una evaluación preliminar.

Cada uno de los seis días del programa (con un día libre entre el tercero y el cuarto) tenía un tema:

1)    Lunes: Verdad: comprobar la verdad de Cristo en un mundo pluralista globalizado.

2)    Martes: Reconciliación: construir la paz de Cristo en nuestro mundo dividido y quebrantado.

3)    Miércoles: Religiones mundiales: dar testimonio del amor de Cristo a personas de otras religiones.

4)    Viernes: Prioridades: discernir la voluntad de Dios para la evangelización en nuestro siglo.

5)    Sábado: Integridad: llamar a la iglesia a regresar a la humildad, la integridad y la sencillez.

6)    Domingo: Coparticipación: coparticipar en el Cuerpo de Cristo con miras a un nuevo equilibrio global.

Cada uno de estos temas clave, calificados como “los mayores desafíos a la iglesia en la siguiente década”, era el tema del estudio bíblico y la reflexión teológica cada día por la mañana. El texto bíblico que se usaba en la serie intitulada “Celebración de la Biblia” era la carta a los Efesios. Uno de los aspectos más positivos del programa fue el estudio inductivo del pasaje del día en grupos, cada uno formado por seis miembros sentados alrededor de una mesa. Esto proveyó a los miembros del grupo la oportunidad de aprender juntos y de orar el uno por el otro, desarrollar nuevas amistades y construir alianzas para el futuro. Al estudio bíblico en grupos le seguía la exposición del pasaje de Efesios seleccionado para ese día. Sin minimizar la importancia de la música, el drama, las artes visuales, los relatos y las presentaciones de “multimedia”, un alto porcentaje de los participantes sintieron que el tiempo dedicado a “Celebrar las artes” podría haberse reducido para dar más tiempo a “Celebrar la Biblia”, una actividad que apreciaron muchísimo.

Cabe hacer mención especial de varios de los testimonios que dieron en sesiones del plenario por la mañana ciertas personas cuya experiencia de vida ilustraba claramente el tema del día. ¿Quién que haya estado allí podrá olvidar, por ejemplo, a la joven palestina y al joven judío que hablaron juntos sobre el significado de la reconciliación en Cristo por encima de las barreras raciales? ¿O a la misionera estadounidense que habló sobre testificar del amor de Cristo con personas de otras religiones, y contó cómo varios cristianos, incluyendo a su esposo, médico de profesión, fueron asesinados por musulmanes mientras regresaban de un pueblo aislado donde habían estado sirviendo movidos por la compasión cristiana en Afganistán?

En los multiplexes y las sesiones de diálogo de cada día por la tarde se exploraban en profundidad las implicaciones prácticas del estudio bíblico y la reflexión bíblica de la mañana. Por cierto, el debate más relevante sobre los diferentes temas no se realizaba necesariamente dentro de los límites de tiempo asignados en el programa sino en las conversaciones informales fuera del programa oficial. De todos modos, es un hecho que mucha de la reflexión más rica sobre asuntos relacionados con problemas globales contemporáneos se daba en las sesiones de la tarde. Estas sesiones participativas, en las que se tomaban muy en cuenta la comprensión de la diversidad de perspectivas representadas, la contextualización de ideas, modelos, contactos y materiales, y el compromiso para articular planes de acción, serán la base para la segunda parte del Compromiso de Ciudad del Cabo. El plan es publicar el documento de dos partes (la teológica y la práctica) con una guía de estudio a fines de noviembre.

De los veintidós multiplexes que se ofrecieron durante el Congreso, hubo especialmente tres que enfocaban asuntos que podrían considerarse como los más críticos para el hemisferio Sur: la globalización, la crisis ambiental, y la riqueza vs. pobreza. Estos tres factores están vinculados íntimamente entre sí y, en vista del enorme impacto que producen en millones de personas en el mundo de las grandes mayorías, merecen mucha más atención que la que han recibido hasta el momento por parte del movimiento evangélico.

Serias deficiencias

Según la definición oficial de su misión, el Movimiento de Lausana existe para “fortalecer, inspirar y equipar a la Iglesia para la evangelización mundial en nuestra generación, y exhortar a los cristianos sobre su deber de participar en asuntos de  interés público y social”. Un análisis detenido de esta definición refleja la dicotomía que ha influido en un gran segmento del movimiento evangélico especialmente en el mundo occidental: la dicotomía entre evangelización y responsabilidad social. A causa de esa dicotomía, relacionada estrechamente con la dicotomía entre lo secular y lo sagrado, el Movimiento de Lausana se propone “fortalecer, inspirar y equipar a la Iglesia para la evangelización” pero  sólo “exhortar a los cristianos” respecto a su responsabilidad social. El presupuesto implícito es que la misión prioritaria de la iglesia es la evangelización concebida en términos de comunicación oral del Evangelio, en tanto que la participación en asuntos de interés público y social—las buenas obras por medio de las cuales los cristianos cumplen su vocación como “luz del mundo” para la gloria de Dios (Mateo 5:16) — son un deber secundario para el cual los cristianos no necesitan ser fortalecidos, inspirados y equipados, sino sólo exhortados.

En la exposición bíblica del martes basada en Efesios 2 (el segundo día del Congreso) se aclaró, a partir del texto bíblico, que Jesucristo es nuestra paz (v. 14), hizo nuestra paz (v. 15) y predicó paz (v. 17). En otras palabras, en Cristo el ser, el hacer y el proclamar paz (shalom, vida en abundancia) son inseparables. La iglesia es fiel al propósito de Dios en la medida en que ella prolonga la misión de Jesucristo en la historia manifestando la realidad del Evangelio concretamente no sólo por lo que dice sino también por lo que es y por lo que hace. La misión integral de la iglesia está enraizada en la misión de Dios en Jesucristo, misión que involucra a toda la persona en comunidad, a la totalidad de la creación y cada aspecto de la vida.

La exposición bíblica basada en Efesios 3 al día siguiente puso en relieve la urgente necesidad que tiene el Movimiento de Lausana de aclarar teológicamente el contenido de la misión del pueblo de Dios. En contraste con lo que se había dicho el día anterior, el predicador designado para el miércoles afirmó que, si bien la iglesia se preocupa respecto a toda forma de sufrimiento humano, ella se preocupa especialmente por el sufrimiento eterno  y consecuentemente está llamada a dar prioridad a la evangelización de los perdidos.

Una seria deficiencia de Lausana III fue no dar tiempo para la reflexión seria sobre el compromiso que Dios espera de su pueblo en relación con su misión. Lamentablemente, no hubo tiempo para dialogar sobre el Compromiso de Ciudad del Cabo, sobre el cual el Grupo de Trabajo Teológico dirigido por Christopher Wright había trabajado por un año con la intención de circularlo a comienzos del Congreso. Se repartió el documento apenas el viernes por la noche y no se tomaron medidas para que los participantes por lo menos escribieran sus comentarios personales sobre él antes del cierre de la conferencia en respuesta a preguntas específicas. Según el Comité Ejecutivo, ¡no había tiempo para eso! La postura negativa asumida por los organizadores del programa respecto a la recomendación de un grupo de participantes ancianos interesados en lograr que todos los participantes vieran el documento como algo suyo propio no sólo conspira contra ese propósito. Es también una señal que el Movimiento de Lausana está todavía muy lejos de alcanzar la coparticipación sin la cual no tiene base para considerarse un movimiento global.

En contraste con el tratamiento que recibió el documento producido por el Grupo de Trabajo Teológico, el miércoles se dedicó una sesión plenaria completa a la estrategia para la evangelización del mundo en esta generación —una estrategia elaborada en los Estados Unidos sobre la base de una lista de “grupos de gente no alcanzados” preparada por el Grupo de Trabajo Estratégico de Lausana. Tal estrategia reflejaba la obsesión por los números, típica de la mentalidad de mercado que caracteriza a un sector del movimiento evangélico de los Estados Unidos. Por otra parte, según muchos de los participantes del Congreso que conocen de primera mano las necesidades de sus respectivos países en relación con la evangelización, la lista de grupos de gente no alcanzados no hacía justicia a la situación real. ¡Curiosamente, en la lista no constaba ningún grupo no alcanzado en los Estados Unidos!

Otra deficiencia de Lausana III fue que, como señaló el Grupo de Interés en la Reconciliación ya hacia el final del Congreso, no se hizo ninguna mención oficial del hecho que éste estaba realizándose en un país que hasta hace pocos años estaba dominado por el apartheid y todavía sufre la injusticia social resultante de esa política. En efecto, el Congreso se realizó en el Centro Internacional de Convenciones que se construyó sobre tierra que se le reclamó al mar con los escombros del Distrito Sur de la Ciudad del Cabo cuando, en 1950, ese distrito fue declarado zona para gente blanca exclusivamente. En consecuencia, unos 60.000 habitantes negros fueron expulsados del área a la fuerza y sus hogares fueron arrasados por completo. Sin embargo, los organizadores de Ciudad del Cabo 2010  hicieron oídos sordos al pedido del Grupo de Interés en la Reconciliación que el Congreso, rechazara oficialmente “las herejías teológicas que dieron sustento al apartheid” y lamentara “el sufrimiento socioeconómico que es el presente legado del apartheid”. Uno se pregunta cuán serios son los líderes del Movimiento de Lausana en su compromiso con el Pacto de Lausana, según el cual “el mensaje de salvación encierra también el mensaje de juicio de toda forma de alienación, opresión y discriminación, y no debemos temer el denunciar el mal y la injusticia dondequiera que éstos existan” (párrafo 5).

La coparticipación en la misión y el futuro del Movimiento de Lausana

Un hecho que hoy reconocen y mencionan con frecuencia quienes tienen interés en la vida y misión de la iglesia a nivel global es que en las últimas décadas el centro de gravedad del cristianismo se ha desplazado del Norte y el Occidente al Sur y el Oriente. A pesar de eso, con demasiada frecuencia los líderes cristianos en el Norte y el Occidente, especialmente en los Estados Unidos, continúan dando por sentado que ellos son los encargados de diseñar la estrategia para la evangelización de todo el mundo. Como se afirma en la página sobre el “Día Seis – Coparticipación” del libro que contiene la descripción detallada del programa del Congreso, “la base del liderazgo organizacional, el control de los recursos financieros y el poder de decisión de la estrategia tiende a permanecer en el norte y el occidente”.

Tristemente, el mayor obstáculo para implementar una verdadera coparticipación en la misión es la riqueza del Norte y el Occidente; la riqueza que Jonathan Bonk, en su importante libro sobre Missions and Money (Misiones y dinero), ha descrito como “un problema misionero occidental”. Si esto es así, y si el Movimiento de Lausana va a contribuir significativamente al cumplimiento de la misión de Dios por medio de su pueblo, ha llegado el momento de que la fuerza misionera conectada con este movimiento, incluyendo a sus estrategas, renuncie al poder del dinero y modele la vida misionera en la encarnación, el ministerio terrenal y la cruz de Jesucristo.

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