Cárceles y pobres

Publicado: noviembre 16, 2010 en Iglesia, Misión Integral, Sociedad

JUAN SIMARRO

Cuando se visita un centro penitenciario, lo primero que uno se da cuenta es de la cantidad de pobres que hay dentro. Los que, como yo mismo, estamos acostumbrados a través de nuestros trabajos o ministerios, a contemplar los rostros de la pobreza, no es necesario hablar con los reclusos para saber que provienen de ambientes deprimidos, de focos de pobreza que han dejado las marcas en sus rostros. Pues bien, en los centros penitenciarios no hay que esforzarse mucho para ver, dentro de sus muros y de sus rejas, a una legión de pobres que han sido condenados, por unas circunstancias o por otras, a vivir recluidos en las cárceles como una de las posibilidades de hacerlos invisibles a la sociedad de los normalizados y de los integrados en ella… Y no digo que sean inocentes, sino que sus actos delictivos se podrían haber prevenido en una sociedad más igualitaria y solidaria.

Así, los centros penitenciarios no son ajenos a la lógica de la economía capitalista: muchos de los internos son los fracasados de un sistema competitivo en el que, los más débiles, quedan tirados; son los expulsados de un sistema individualista e insolidario con los que se quedan apaleados al margen del camino; son los excluidos de un sistema que se mueve casi exclusivamente por la búsqueda del beneficio personal, de manera que, los más acumuladores y capaces de competir, son los considerados como triunfadores, aunque su triunfo esté montado sobre el fracaso de los débiles.

La nota más característica de la democracia, es la entronización del dios mercado. Y, en esta religión pagana, será salvo todo aquél que se pueda entronizar en la cúspide del disfrute de lo que oferta la sociedad de consumo. Mientras, los condenados serán aquellos incapaces de competir, los que ya han nacido en focos de pobreza y han sido apartados no solamente del mundo del dinero, sino también del mundo de la cultura y de todo tipo de participación social, incluida, en muchos casos, la participación en el mundo del trabajo. Pues bien, muchos de estos excluidos, son los que acaban internados en los centros penitenciarios de toda España.

No se puede afirmar que la pobreza se criminaliza en sí. Muchos dirían que no, que lo que realmente se penaliza es la delincuencia. Y es verdad que muchos pobres caen en delitos contra la propiedad o en otras pequeñas violencias, pero son violencias que podrían ser atajadas con otras alternativas sociales que no fueran la simple represión carcelaria.

También hay otro tipo de criminalización más light, que es la de considerar que el pobre es el responsable de su propia pobreza, sin estudiar las causas últimas de ésta. Para muchos el pobre lo es porque no ha sabido aprovechar sus oportunidades, pero, en realidad, muchos de ellos han carecido, desde su nacimiento, de las más elementales oportunidades económicas, de formación, culturales o de integración en las propias redes de la sanidad o de los servicios sociales.

Otra forma de criminalizar, es considerar la pobreza como una amenaza para aquellos integrados en las formas de vida normalizadas. Esto hace que los pobres sean objetivo de las inspecciones policiales e, incluso, en ocasiones y aunque parezca extraño, de los servicios sociales que pueden hacer sus denuncias, fundamentalmente en lo que respecta a menores en abandono que puede ser inmediatamente tutelados por las instituciones gubernamentales. Esto hace que, muchos pobres con niños pequeños, no se atrevan a acercarse a las puertas de los servicios sociales de los Ayuntamientos o de las Comunidades Autónomas. En fin, toda una tragedia que no se ataja, como así debiera ser, con medidas de redistribución de fondos, educativas o psicológicas, sino con medidas represivas que dan con los huesos de muchos pobres en los centros penitenciarios de España.

Por eso no es extraño ver como las fuerzas policiales observan a vagabundos, a pobres, a inmigrantes en situaciones de exclusión, a mendigos, a drogodependientes y a gitanos como uno de sus objetivos de control en las calles de las ciudades y pueblos de España.

Pensamos que estos sectores de personas empobrecidas, deberían ser observados más desde políticas sociales y solidarias, desde una mejor redistribución de los bienes que corresponden a todos los españoles, desde la promoción de viviendas gratuitas y de políticas educativas y de ocio para los niños y los jóvenes, más que desde políticas de persecución y represivas que aumentan el número de pobres en los centros penitenciarios de toda España. El destino de los pobres no deben ser las prisiones del mundo, ya que, más que sus delitos, están purgando en ellas sus penas y sus marginaciones.

La pobreza no debe ser percibida como una amenaza social que debe ser criminalizada, sino como una enfermedad social de la que todos somos responsables, una enfermedad curable a base de solidaridad y de una mejor redistribución de los bienes del planeta tierra. Estoy seguro que, si el mundo fuera más igualitario y hubiera más justicia social, no habría tantos presos abarrotando las cárceles. Por tanto, hay que buscar soluciones socioeconómicas y culturales, que son las auténticas medidas preventivas, para que no haya tantos presos provenientes de los sectores empobrecidos de la sociedad en esas prisiones en donde muchos se contagian de otras patologías sociales o se quitan la vida. Hay que buscar otras alternativas a estas consecuencias de la pobreza por vías solidarias.

Y si delinquen, ver también otras alternativas que no sea la del internamiento en centros penitenciarios. Hay centros de deshabituación para alcohólicos y drogodependientes, hay posibilidades de hacer terapias ocupacionales en beneficio de la comunidad, hay posibilidades educativas y de reinserción que no tienen por qué pasar por los centros penitenciarios. Las cárceles deberían quedar exclusivamente para los delitos realmente graves a los que no se les puedan encontrar otras alternativas: Los asesinatos, las violaciones, las grandes apropiaciones y corrupciones, aunque, en muchos casos, los delincuentes sean los que usan el puño de la camisa blanco y limpio.

Nosotros somos partidarios de medidas solidarias, redistributivas, preventivas, que eviten la reincidencia y educativas… Porque somos cristianos, porque Jesús de acordó de los presos, de los oprimidos y de los pobres. Los nombró como destinatarios específicos de su Evangelio. Y, en muchos casos, más que pobres, empobrecidos por el egoísmo de los integrados y de aquellos que, al menos en apariencia, muestran una vida normalizada en la sociedad de consumo, instalados en las comodidades y en los lujos.

Por eso, es posible que la sociedad se confunda cuando ve la amenaza en el pobre que vagabundea por las calles, en lugar de verla en la estulticia del rico acumulador. Quizás por eso, un preso se dirigió a mí cuando salía hacia la calle mientras recorría una larga galería:

-Tenga cuidado al salir -me dijo con cordialidad y preocupación real-, porque aquí estamos los malos, pero fuera pueden estar los peores. -Le di un apretón de manos y unas palabras de agradecimiento. Le hice caso y le pedí a Dios que me librara de la violencia de esos “peores” que andan por las calles en libertad.

Juan Simarro es Licenciado en Filosofía, escritor y director de Misión Evangélica Urbana de Madrid

© J. Simarro. ProtestanteDigital.com  (España).

comentarios
  1. “Una fuente de aguas amargas no puede dar agua dulce”. El analisis del Licenciado J. Simarro respecto de del sistema carcelario español no difiere mucho de la realidad carcelaria de America Latina, si comparamos la España europea y el subdesarrollo latino americano tercermundista diremos “Ni el mucho progreso económico-cultural ni la pobreza tercermundista podrán solucionar el drama humano-pecado” porque los que gobiernan privilegian el poder del dinero en desmedro de las virtudes, dignidad, verdad y fraternidad.Por ello ahora mas que nunca la Palabra de Dios es una necesidad para buscar una verdadera justicia social.
    “Ciegos guias de ciegos ” es el drama humano actual cuando se gobierna sin la sabiduria de la palabra de Dios.

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