Archivos para noviembre 24, 2010


JUAN SIMARRO

La globalización es la manera en que el capitalismo liberal se hace presente en todo el mundo, habiéndosele quedado pequeño los marcos de sus mercados nacionales e intentando la gran invasión de toda la actividad económica a nivel mundial. La informática y las telecomunicaciones han hecho posible la movilidad de los capitales y el mundo entero se ha convertido en un mercado al alcance de todos los que detentan el poder económico, como si este mismo mundo se hubiera empequeñecido y dado lugar a la llamada aldea global.

Pero la globalización no es sólo económica, sino que afecta a todos los ámbitos de la vida: los valores, la cultura, la forma de pensar, de vestirse, de entretenerse… En la globalización hay una interdependencia entre los países, pero esta interdependencia no es igualitaria ni paritaria: Hay unos bloques de países, la mayoría, cuya interdependencia se basa en una sumisión y aceptación de las líneas impuestas por otro grupo de países, minorías ricas, que son los que imponen sus propias líneas en busca de su propio beneficio económico, imponiendo, además, pautas culturales, costumbres y formas de tener una concepción del mundo.

Y yo creo que los cristianos tendríamos algo que decir aquí, porque los países dominantes, a través de sus multinacionales y sus instituciones políticas, buscan más el rendimiento económico, el llenar la bolsa o las cuentas corrientes de un reducido grupo de acumuladores de la tierra que repercute negativamente en la imposibilidad de tener acceso a una cesta de alimentos de muchos pobres del mundo. Y el cristianismo que tiene ejemplos y parábolas condenatorias de la acumulación, que tiene textos donde la Biblia habla de las consecuencias de esta acumulación que pone la escasez del pobre sobre las mesas de los ricos, no deberíamos pasar mudos ante el panorama del sometimiento de los pobres ante las pautas de los poderosos que desean incrementar sus riquezas.

El estilo de vida de los cristianos y la vivencia de una auténtica espiritualidad cristiana, no permite que los cristianos se paseen con indiferencia entre los resultados de la globalización económica que, quizás, no prescinde totalmente de los pobres y los marginados, pues entre ellos están las mujeres, los niños trabajadores, ancianos porteadores que trabajan de sol a sol para poder llevar algo de alimento a sus casas y otros tipos de personas explotadas y oprimidas. Pero sí prescinde de esa especie de sobrante humano que no encaja ni siquiera en las categorías de explotados, oprimidos y pobres dominados por el sistema, sino que son los que conforman el grupo de los excluidos sociales con los que nadie cuenta.

Millones de personas de los que se puede prescindir sin ningún sentimiento de culpabilidad por parte de los ciudadanos excluyentes, personas excluidas que ni siquiera pueden llegar a ser consumidores rentables para mantener todo el sistema de la globalización. Es el mundo de los excluidos que se da en tantos países del mundo pobre, aunque también se mueven dentro de las grandes ciudades del mundo rico conformando el llamado “Cuarto Mundo Urbano”. Son los excluidos en el seno de las grandes ciudades que también deberían ser una llamada de emergencia para la puesta en marcha de la Misión Diacónica de la Iglesia.

Pero si ni la Iglesia ni los cristianos respondemos, sino que pasamos de largo de forma indiferente, preocupados por los servicios religiosos de nuestros templos o iglesias, estamos cayendo en el ejemplo de malos prójimos como ocurrió en la parábola de Buen Samaritano narrada por Jesús mismo. Es verdad que no es fácil cambiar las situaciones de injusticia del mundo globalizado. Es verdad que, a veces, damos por perdida la batalla y pasamos al conformismo. Pero no ese el ejemplo de vida de los cristianos que han de ser inconformistas no conformándose a este mundo y sus valores, sino transformándose siguiendo cierto inconformismo cristiano que nos convierte en personas que deben ir contracorriente con estas tendencias marginadoras y excluyentes, y en contracultura con estas formas de conseguir ganancias usando valores que son antibíblicos.

Yo creo que el cristianismo debe ser una mano tendida de liberación, de apoyo a los débiles, de agentes del Reino que quieren llevar éste y sus valores a los excluidos del mundo. Si seguimos a Jesús y valoramos y apoyamos su programa expuesto en Lucas 4 siguiendo la línea profética, no podemos ser personas sumisas y que se conforman a este mundo siguiendo las corrientes de este siglo. Hay que tener la renovación que Dios demanda de nosotros para que el mundo llegue a tener un mayor equilibrio en la redistribución de bienes para ir devolviendo la dignidad a los excluidos, pobres y oprimidos del mundo, incluyendo a tantos niños que son presa del sistema que marca la globalización capitalista neoliberal. Sólo así nosotros también seremos libres. Libres en la verdad que nos hace libres y libres también en una sociedad que quiere someternos al más cruel conformismo.

Juan Simarro es Licenciado en Filosofía, escritor y director de Misión Evangélica Urbana de Madrid
© J. Simarro. ProtestanteDigital.com

Enfermar

Publicado: noviembre 24, 2010 en Meditaciones

Enric Capó
Meditaciones

Yo también, como los demás, enfermo. Como todos los demás. De la misma forma. Ser cristiano no me ha proporcionado ningún privilegio. El azote de la enfermedad que hiere a todos por igual me llega y siendo su dolor y su angustia. Nunca he sido objeto de un milagro objetivo que me haya devuelto la salud. Soy escéptico en lo que se refiere a las curaciones milagrosas, a pesar de que en ningún momento las niego, pero nunca he participado en una de ellas. Siento que la vida es la vida y la enfermedad forma parte de ella. La he de sufrir.

Pero nunca he pensado que la enfermedad sea voluntad de Dios. Ni tampoco que era consecuencia de un pecado que había cometido. Estoy muy lejos de los amigos de Job que lo querían convencer de su culpa en la situación extrema en que se encontraba. Sé que Dios no quiere la enfermedad, ni la desgracia, ni la muerte. Es el Dios de la vida y de la plenitud. Y cuando me habla, por medio de su Palabra, me invita a mirar hacia arriba, hacia el Reino de Dios, donde no hay clamor, ni llantos, ni dolores. Pero no podemos evitar la situación presente, provocada, de forma que ahora no podemos comprender, por la realidad del pecado. Es nuestra situación. Se nos escapan las razones que justifiquen la presencia del mal y del dolor. Simplemente, están ahí. Y nuestra tarea no es tanto tratar de comprender el por qué, sino como luchar para minimizar sus efectos.

Orar, cuando estoy enfermo, es la esperanza. No sé si entonces espero que el Señor me cure. Nunca estoy seguro. Pero sé que poner mis cosas en sus manos me hace bien, me ayuda, me fortalece, Estoy en las manos de Alguien que lo controla todo y no hay nada que me pueda dañar de forma definitiva. Mi oración es siempre un grito de auxilio, la mayoría de las veces inarticulado, pero sé que El me escucha y me contesta.

De todas formas, en Dios no busco tanto la solución a todos mis problemas, como la fuerza para confrontarlos. Eso también lo aplico a la enfermedad. No pretendo estar exento de sufrirla. Sé que una y otra vez llamará a mi puerta y no tengo derecho a ser diferente de los demás. Tampoco tengo caminos alternativos. Soy uno más en la rueda de la vida y me toca lo que me toca. Lo que entonces busco y encuentro es la fuerza del Espíritu, la seguridad de no haber sido olvidado, la certidumbre de su presencia y la fuerza interior para seguir adelante sin hundirme, sin permitir que aquella situación cierre las puertas a la esperanza y me conduzca a una ruina moral y espiritual. Y en esto reside mi gozo y mi privilegio.

He aprendido que en cualquier situación, por trágica y dolorosa que sea, siempre hay una luz. Es la presencia de Dios. Donde El está, todo puede pasar, nada es imposible. Eso me da fuerzas e ilumina mi camino. No estoy solo. No me ha abandonado. Continúa siendo el Dios de la luz, incluso en las situaciones extremas de enfermedades terminales. Incluso cuando el médico ya ha cerrado todas las puertas humanas. Entonces es el momento apropiado para decir con el salmista: “Y ahora, Señor, ¿qué esperaré? Mi esperanza está en ti”(Sl 39,7).

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Una manera fresca de hacer teología

Publicado: noviembre 24, 2010 en Iglesia

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