Archivos para noviembre 29, 2010

Envejecer

Publicado: noviembre 29, 2010 en Meditaciones

por Enric Capó
Meditaciones

Envejecer no es madurar. Madurar es llegar, como persona, a lo más elevado de mis posibilidades humanas. Envejecer, en cambio, es camino de descenso, de renuncias, de pérdidas. Es, por tanto, un camino cargado de nostalgias, de una cierta amargura, de sensaciones de dejar de ser, de no importar, de no servir. Desde lo alto de la cresta de la montaña –como dice un popular canto espiritual- miramos hacia abajo y vemos el río que hemos de atravesar. Sabemos que nunca habrá camino de subida. Nosotros –o la vida misma- nos lo podemos hacer más fácil, podemos crear espacios o tiempos de gozo y de diversión, pero el camino es finalmente inflexible.
Nuestra sociedad no ofrece muchas oportunidades a los ancianos. Apenas les permite convivir con todos los demás. Ya no hay lugar para ellos en los espacios normalmente pequeños donde viven las familias. Se los segrega. Se los aloja en instituciones especializadas. Se les ofrece una cierta comodidad, unas atenciones sanitarias adecuadas, pero los ancianos con los ancianos. Que se lo pasen muy bien entre ellos, pero la presencia de los más jóvenes en su vida se hace cada vez más esporádica. Envejecer es ir quedándose solo. Unos, los amigos, porque van muriendo y nos dejan. Otros, porque se ocupan en otros caminos y desaparecen de la vida de los mayores.

Pero no todo es triste en este período de la vida. Al contrario, puede ser un período hermoso y creativo si lo vivimos, no en la resignación de no poder evitarlo, sino en la ocupación de centrarnos en el valor y las posibilidades de la vida presente y de la del Espíritu. Jesús nunca envejeció. No se lo permitimos. Lo matamos en plena juventud. Pero él nos enseña a vivir en la acción comprometida y en la esperanza de las cosas mejores. Nos introduce en un camino que siempre es de subida y nos invita a vivir cara a la eternidad. Y esto no quiere decir sólo cara al futuro. Quiere decir, sobre todo, cara a las cosas que perduran, que no mueren, que nunca se acaban.

Envejecer, pues, ofrece al creyente la posibilidad de volver a la soledad interior, a la profundidad de la vida, allí donde Cristo se hace presente. Frente a la decadencia del cuerpo, encuentra compensaciones en el cultivo de la vida del Espíritu y en el servicio generoso a los demás. La sensatez que suele acompañar el proceso de envejecer puede darle herramientas suficientes para hacer de este período de la vida una época de crecimiento, al estilo del apóstol Pablo: “aunque este nuestro hombre exterior se va desgastando, el interior no obstante se renueva de día en día” (“ Co 4,16).

La fe ha de ser el elemento clave en esta etapa de la vida. Evita que sucumbamos a la presión negativa de nuestra sociedad que lleva a los ancianos a sentirse inútiles o, ahora que hay pensiones de jubilación aceptables, a ser considerados sólo como consumidores potenciales. Ser cristiano es mantener el valor de la vida y de la esperanza. Es cierto que envejecer es, humanamente, la última etapa de la vida, pero no somos seres derrotados que aguardan el fin inevitable. Somos vencedores que esperan la gran victoria de la vida: volver a la casa del Padre. Y, en esta espera, Jesús da la oportunidad, también a los ancianos, de vivir en esperanza e ilusión. En el horizonte del cristiano no hay una tumba, sino una cuna. Hay una nueva vida que nos espera y que nos invita a continuar aquí y ahora nuestra tarea de dar testimonio y servir.

Copyright © 2010 Iglesia Evangélica Española, una iglesia protestante


Noviembre 29, 2010.


Esta mañana a las 11:30 am. El Dpto. de Inmigraciones de la ciudad de Los Angeles (ICE por sus siglas en Inglés) decidió no deportar a la pastora Margarita Monzalve y conceder más tiempo para estudiar su caso.

La presencia de una delegación numerosa de apoyo, una lista de 2, 000 peticiones y mas 100 cartas de apoyo firmadas por obispos, pastores y líderes denominacionales fue parte del paquete que presentó la defensa de la pastora esta mañana.
Una vez dentro de las instalaciones del ICE solo permitieron a La pastora Margarita estar representado por el abogado Chris Scherer y el pastor Walter Contreras. Quienes entregaron la documentación de la defensa respectiva, preparada por Peter Schey & The Center for Human Rights and Constitucional Law.

El Rev. Contreras manifestó al oficial asignado, sobre el apoyo abrumador y la preocupación de la comunidad religiosa mediante la presentación de las peticiones y la lista de los firmantes. Solo bastaron esperar 15 minutos para que el ICE diera la noticia que se suspendía la deportación y volverían a revisar su caso.

Estamos seguros que el apoyo que recibió la pastora Monzalve de la comunidad de Fé ha sido poderosa y determinante para que se reabra su proceso y se detenga la deportación inminente que se debía cumplir esta mañana.
A la salida de los recintos del ICE, había una atmósfera de alegría y esperanza en toda la delegación.
Gracias a Dios y a la sensible comunidad de Fé que acompaña a la pastora Margarita en estos momentos cruciales de su vida.

Noticias PdD Artículo & Fotografía Samuel Nieva

Shalom: vida en abundancia

Publicado: noviembre 29, 2010 en Iglesia, Misión Integral, Teología

Por René Padilla

“El ladrón no viene más que a robar, y matar y destruir; yo he venido para que tengan vida, y la tengan en abundancia” (Juan 10:10).

La vida “en abundancia” en referencia a la cual Jesús define su misión es la vida que en el Antiguo Testamento se define en términos de shalom, vocablo hebreo cuyo sentido es tan rico que en la antigua traducción griega del Antiguo Testamento (denominada Septuaginta o Versión de los Setenta) se usan más de veinticinco palabras griegas para traducirlo. Shalom es prosperidad, salud integral, bienestar material y espiritual, armonía con Dios, con el prójimo y con la creación. Shalom es plenitud de vida.

Desde este punto de vista, no se justifica la concepción de la vida plena en términos exclusivamente espirituales. La teología según la cual la vida que Cristo ofrece es una vida ultramundana, más allá de la historia, está emparentada con el pensamiento griego con su énfasis en la dicotomía entre la eternidad y el tiempo, el alma y el cuerpo, lo espiritual y lo material. Necesita ser corregida por la visión bíblica, para la cual la esperanza escatológica incluye una nueva creación—”un cielo nuevo y una nueva tierra” (Is 65:17)—y la resurrección del cuerpo.

La vida “en abundancia” o “eterna” es la vida del Reino de Dios que ha irrumpido en la historia en la persona y obra de Jesucristo y que culminará en la segunda venida de Cristo, la Parusía. Es la vida en que, aquí y ahora, todas las cosas son hechas nuevas por el poder de Dios (cf. 2Co 5:17); es vida que deriva su calidad de la relación con Dios y se manifiesta en todas las esferas de la sociedad, en el trabajo, en la familia y en la iglesia.

Los que, en conformidad con la misión de Jesucristo, promueven la plenitud de vida no pueden menos que tomar a pecho las difíciles cuestiones que plantea el sistema económico actual, un sistema que define la vida en términos de tener en lugar en términos de ser. La vida “en abundancia” no es vida en que abundan los bienes materiales. La vida “en abundancia” es la vida en que se cumple cabalmente el propósito para el cual Dios la creó y la sustenta; es la concreción del amor y la justicia del Reino de Dios. Se la fomenta en la medida en que se vive conforme al propósito de Dios, se anuncia el mensaje de la vida en Cristo, se denuncia toda necrofilia, y se actúa en servicio de la vida en todas sus dimensiones.

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`El dinero es dios´ en Wall Street

Publicado: noviembre 29, 2010 en Cine, Teología

JOSÉ DE SEGOVIA

“La ambición es uno de los grandes problemas del ser humano”, dice Oliver Stone. En las dos películas que ha dirigido sobre Wall Street, él cree que la pregunta es la misma: “¿Qué es lo que alguien puede llegar a estar dispuesto a hacer por dinero?” Este es el dilema que tiene que afrontar Gordon Gekko, el poderoso ejecutivo de la bolsa de Nueva York –interpretado por Michael Douglas– que tiene en la avaricia su religión. “La crisis en la que estamos es una consecuencia en definitiva” –para Stone– de que “el dinero es Dios”.

23 años después del film original, el director ha hecho una secuela de Wall Street con el subtítulo: El dinero nunca duerme. Esta extraña continuación hace una crónica del paso del tiempo que ha hecho que esta sociedad considere legal, lo que en los años ochenta llevó a Gekko a la cárcel. Si en 1987 Stone destapaba la corrupción interna del entonces glamoroso y admirado mundo de la bolsa, que consideraba la codicia “buena”, ahora muestra cómo “la codicia es legal”. El abyecto bróker busca su redención por la recuperación del amor perdido de su hija. Un giro sorprendente, que ha hecho que muchos califiquen al film de conservador y convencional, cuando en el fondo resulta tan extraño e imprevisible como el original.

Cuando Stone hace la primera película en 1987, hubo un lunes negro en octubre, en que la bolsa perdió más de quinientos puntos, haciendo tambalear el sistema financiero con el terremoto más intenso desde el crack del 29. El director decidió entonces fechar la acción en 1985, cuando la inestabilidad imperaba en los sistemas bursátiles. Mero oportunismo, pensaron algunos, cuando el realizador le daba vueltas a una película sobre el mundo de las finanzas desde que escribió el guión de El precio del poder para Brian de Palma y Al Pacino en 1983.

HIJO DE UN BRÓKER
El padre de Stone fue bróker en Wall Street toda su vida. Este agente de bolsa judío no era un hombre rico, pero pudo enviar a Oliver a estudiar a Yale, donde fue compañero de Bush. Su carrera muestra la mala conciencia del pensamiento liberal en Estados Unidos. Si su padre era republicano y odiaba a Roosevelt, a sus 64 años, Stone sigue describiendo en una reciente entrevista su enfrentamiento a la ideología paterna como “la batalla de su vida”. Su cine no es la obra de un provocador y oportunista, sino un continuo ejercicio de exorcismo de su mala conciencia –como claramente ha demostrado Marga Durá en su brillante estudio sobre el realizador en Dirigido Por–.

Stone no sólo revisita sus vivencias, sino se pregunta por lo que no vivió y le hubiera gustado experimentar. Si en Platoon (1986) cuenta sus recuerdos de Vietnam, en The Doors (1991) se imagina cómo debería haber sido el verano del amor y las drogas. “El cine se convierte para el autor –dice Durá– en un modo de saldar las deudas pendientes con lo que fue y lo que quiso ser”. Esto hace que sus películas resulten a veces desconcertantes.

Las motivaciones de Stone tienen poco que ver con lo cinematográfico y todo con su realidad vital. Sus muchos detractores le juzgan generalmente por razones ideológicas, cuando en su obra se borra la frágil frontera entre el personaje y su autor. Una de sus excentricidades más curiosas es la forma como se identifica con el protagonista de sus películas. Aunque hay actores del método que se comportan como el personaje que van a interpretar –estilo Pacino–, no hay directores que se metan en la piel de sus personajes, como hace Stone.

Cuando hace Salvador (1986), el director sale de juerga salvaje con el protagonista. En Platoon se comporta como un comandante con los actores. Mientras hace las dos partes de Wall Street, se le puede ver en todas las fotos del rodaje luciendo trajes caros, a la vez que invierte en la bolsa. Al realizar Nacido el 4 de julio (1989) se siente aquejado de muchos males, que los médicos diagnostican como psicosomáticos. En la filmación de The Doors toma peyote y se marcha de los bares de Sunset Boulevard sin pagar. Todo esto resulta grotesco, para una industria que ya no ve el cine más que como un medio de entretenimiento.

EN BUSCA DE REDENCIÓN
Como dice Ángel Sala, la segunda parte de Wall Street es “una reflexión sobre el paso del tiempo”. La frialdad del thriller inicial se convierte ahora en un drama sentimental. Cuando todos esperan un polémico análisis de las causas de la actual crisis económica, Stone muestra al maduro Gekko en busca de redención. En el agrietado rostro de Michael Douglas se puede ver todo lo que ha pasado, hasta el cáncer que todavía no le habían diagnosticado al actor y lo ha convertido probablemente en su última película. El principio no puede ser más prometedor. Gekko sale de la cárcel con su viejo teléfono móvil, extrañado ante la limusina que espera al recluso afroamericano, que acaba de ser liberado con él.

Los nuevos valores de Wall Street son gente sana como el personaje que interpreta Shia LaBeouf. Nada de las fiestas salvajes de los ochenta. No se exhibe la cocaína o la prostitución de lujo. La película se desdibuja cuando la acción se concentra en los jóvenes protagonistas, pero gana fuerza cuando se centra en los personajes más viejos. Veteranos como Frank Langella o Eli Wallach hacen papeles impresionantes. La relación entre maestro y alumno, aprendizaje y redención, está en la clave de este díptico, que busca ahora rehabilitar a Gekko.

No es extraño que el tema de la reconciliación con el padre sea el que despierte los más profundos sentimientos del maduro Stone, buscando reconciliarse con la memoria del padre bróker con el que ha estado luchando toda su vida. Esa es la explicación del carácter melancólico y sensible de una conclusión, que se olvida de las conspiraciones financieras, para hablar de asuntos más íntimos. No son concesiones comerciales, sino ansía de redención, lo que lleva a Stone a buscar el padre que hay en Gekko.

LA AMBICIÓN QUE SIRVE AL DINERO
Fue Nietzsche ya el que observó que la ausencia de Dios en la cultura occidental había sustituido la divinidad por el dinero: “Lo que antes se hacía por amor a Dios, ahora se hace por amor al dinero”. La cultura de la codicia ha dominado este nuevo milenio, donde la avaricia ya es legal. No es sin embargo un problema nuevo. Jesús advierte más sobre el peligro de la codicia, que el del sexo. Lo sorprendente es que nadie parece sentirse culpable por ello.

El Evangelio nos habla de Zaqueo, un recaudador de impuestos (Lucas 19), despreciado por la sociedad. En aquella época Israel era además una nación conquistada. Los romanos oprimían a los judíos con impuestos, utilizando a estos agentes como colaboradores. Todo el mundo los despreciaba. Un “pecador” (v. 7) era alguien marginado. ¿Qué llevaría a un hombre como ese a tener semejante ocupación?, ¿dónde estaba la atracción de traicionar a tu familia y vivir como un paria en tu propia sociedad? La respuesta es clara: el dinero.

El recaudador de impuestos estaba autorizado a sacar beneficio de lo que cobraba. Pedía más dinero de lo que daba al gobierno. Hoy llamaríamos a eso extorsión. Era una actividad enormemente lucrativa. Zaqueo era además un recaudador “principal” (v. 2), que estaba a la cabeza misma del sistema. Era alguien rico, pero odiado.

Pablo dice que la codicia es una forma de idolatría (Colosenses 3:5; Efesios 5:5). Ya que no es sólo amor al dinero, sino algo que produce una increíble ansiedad. Jesús por eso nos advierte que “la vida de un hombre no consiste en la abundancia de los bienes que posee” (Lucas 12:15). Porque la codicia hace que uno se defina por lo que tiene y consume. Basamos nuestra identidad personal en el dinero.

GRACIA LIBERADORA
Los idólatras aman, confían y obedecen a sus ídolos. Si “el dinero es un dios”, como Stone dice, lo podemos amar, confiar y obedecer. Lo amamos, porque nos pasamos el día pensando en nuevas formas de hacer dinero, fantaseando en cosas que comprar y envidiando a los que tienen más que nosotros. Confiamos en él, porque sentimos que nos da control sobre nuestra vida, nos ofrece seguridad y esperanza. Lo obedecemos, porque como Gekko, somos capaces de “vender nuestra alma” por dinero.

Si vivimos para el dinero, somos esclavos del dinero, aunque digamos que servimos a Dios (Lucas 16:13-15). Si decimos que nuestra identidad y seguridad está en Él, no podemos estar dominados por la ambición y la ansiedad. Ya que no podemos servir a dos señores. Jesús ve por eso a mucha gente religiosa tan perdida, como las prostitutas y los corruptos recaudadores de impuestos. Al llamar al avaricioso Zaqueo (Lc. 19:3-7), queriendo no sólo hablar, sino comer con él, Jesús nos muestra que la salvación es por gracia, no por reforma moral o cumplimiento de la ley.

No era Zaqueo, sino Jesús, el que quiso entrar en su vida. Es por gracia que él descubre la generosidad, yendo más allá de lo que la ley exigía, dando cuatro veces más de lo que debía (vv. 8-10). Aquel que no diezmó su vida y su sangre por nosotros, nos hace “deudores a su gracia”, queriendo entregarle nuestra vida. La salvación de Dios no viene en respuesta a una vida cambiada, sino que nuestra vida cambia en respuesta al regalo de su salvación. La pregunta de Zaqueo no es cuánto tengo que dar, sino cuánto puedo dar. ¿Qué puede cambiar nuestro codicioso corazón en verdadera generosidad? ¡Sólo la gracia transformadora de nuestro Señor Jesucristo!

No te tienes que preocupar por el dinero, en la cruz Dios nos muestra que Él cuida de nosotros y nos da seguridad. No necesitamos envidiar el dinero de otros, su amor y salvación nos da una identidad que el dinero no puede darnos. El dinero no puede redimirnos de la tragedia de nuestra vida. Hace falta un amor mayor que el que Gekko siente por su hija, para liberarnos de la tiranía que el dinero tiene sobre nosotros: El amor de Aquel que, siendo rico, se hizo pobre por nosotros (2 Corintios 8:9).

Su gracia es la que nos enriquece, dándonos un tesoro en los cielos (1 Pedro 2:9-10). Porque ¿dónde estará sino tu tesoro, cuando todo te falte? La herencia de Dios es tener a Dios como un Padre eterno. Su amor nunca nos fallará. La satisfacción que Él nos da, no es comparable a nada de lo que el dinero nos puede ofrecer. ¡Él nunca nos decepcionará!

José de Segovia es periodista, teólogo y pastor en Madrid

© J. de Segovia. ProtestanteDigital.com

El pan y la Palabra

Publicado: noviembre 29, 2010 en Iglesia, Misión Integral, Teología

JUAN SIMARRO

La alimentación por parte de Jesús a las multitudes, nos enseña que los cristianos no sólo necesitan compartir la Palabra. Este compartir no siempre es algo preferente. Sin embargo, en muchas ocasiones, los cristianos tienden a hacer del compartir la Palabra un acto único y autosuficiente, con lo cual dejamos el Evangelio mutilado.

Así pensaban también los discípulos en el episodio de la multiplicación de los panes y los peces por parte de Jesús. Jesús está en el desierto rodeado de multitudes que se describen “como ovejas sin pastor”. Tiempo y tiempo con Jesús hasta que se hace tarde. Sus estómagos estaban vacíos. Seguían a Jesús y querían permanecer con él para escucharle… y recibieron su enseñanza. Los discípulos, como muchos de los cristianos hoy, pensaron que ya era suficiente y que había que despedirlos. Ya iban espiritualmente alimentados.

Así, estos discípulos que aún tenían mucho que aprender del Maestro, se dirigen a él y le dicen: “Despídelos para que vayan a los campos y aldeas de alrededor, y compren pan…” Pero Jesús les hace entender que ni él ni los discípulos están solamente para enseñar, para verbalizar el mensaje, sino también para alimentarlos en su hambre física, en sus estómagos vacíos: “Dadles vosotros de comer”. Así, cuando los discípulos habían hablado de comprar, Jesús les hace cambiar su posicionamiento mercantilista y les habla de dar, verbo más adecuado para el “ya” del Reino que irrumpe con la figura de Jesús.

Es la diferencia que hay entre la lógica del mundo y la lógica de Jesús. Los discípulos aún estaban en la lógica mercantilista de este siglo, de los sistemas económicos en los que no se fundamenta el cristianismo. Siguen pensando en que cada hombre debe comprar sus cosas. Y, quizás, si alguien no puede es su problemática. Pero Jesús cambia esta lógica mercantilista por la lógica de la solidaridad de aquellos que le iban a seguir y formar una nueva comunidad. Ni siquiera se trataría de que los más ricos o los mismos discípulos comprasen algo para darles después de manera asistencialista. No debe estar el que puede comprar para dar y el que, en pobreza, recibe. En la lógica del Reino no hay asistencialismos paternalistas. Se ha de mirar lo que se tiene y darlo, repartirlo igualitariamente.

En la lógica de Jesús cada uno tiene que mirar sus despensas, sus cestos o sus bolsillos, ver lo que se tiene y ponerlo a disposición de todos los hambrientos. No debe haber hambre ni tampoco acumuladores en la nueva comunidad de seguidores de Jesús. Así, se da la pregunta de Jesús: “¿Cuántos panes tenéis?” Esta sigue siendo la pregunta de Jesús a sus seguidores en todo el mundo. ¿Cuánto tenéis?, porque hay mucha gente que tiene hambre. No importa que seas un creyente del NORTE rico o del SUR empobrecido. Saca lo que tienes y ponlo en las manos del Señor para que sea distribuido igualitariamente. Esa es la lógica del Reino que irrumpe con el Maestro. Es la única forma de romper con el sistema mercantilista regido por el dios Mammón y entrar en la lógica del Reino de Dios. La lógica del Reino comienza con compartir. Compartir no sólo la Palabra, sino también el pan. Ser cristiano es compartir el Pan y la Palabra. El Reino de Dios se da allí donde ambas cosas se comparten.

La otra cosa que aprenden los discípulos es que, fuera de la lógica del comprar y dentro de la lógica del compartir, los seguidores de Jesús tienen otra función importante. Jesús partió los panes y los entregó a sus discípulos para que los pusiesen delante de los hambrientos. Esto era ya una labor diacónica, una labor de servicio. Deberían convertirse en siervos y poner el pan delante de estos comensales cansados y hambrientos. Por tanto, la lógica del Reino ya no es la lógica del poder económico que todo lo puede comprar, sino la lógica de quien quiera ser el primero, debe ser el servidor de todos. Se trata de una lógica cristiana que no se basa en el destacar ni en el tener dinero o poder, sino en tener capacidad de servicio. Y que nadie se atreva a decir que quiere seguir a Jesús fuera de estas líneas.

Lo importante es creer que esta lógica del Reino es posible. Que se puede dar de comer a una multitud con unos panecillos. Los discípulos también tuvieron que creer y pasar de su pregunta “¿qué es esto para tantos?” a una lógica de confianza y comenzar a recostar a la gente sobre la hierba. Cuando está la disposición de compartir y se cree, todo es posible… hasta vaciar los bolsillos, los cestos y los almacenes cambiando nuestra mentalidad mercantilista y nuestra lógica de este siglo, por la lógica del Reino, del dar y del servicio. Sería el principio de una nueva justicia: la del Reino en donde se da, en donde se comparte el pan y la palabra.

Juan Simarro es Licenciado en Filosofía, escritor y director de Misión Evangélica Urbana de Madrid


© J. Simarro. ProtestanteDigital.com

Cisneros ¿precursor de la Reforma?

Publicado: noviembre 29, 2010 en Historia, Iglesia

CÉSAR VIDAL

De algunos mitos difundidos sobre el protestantismo (IV): En España no hubo Reforma (1)

Durante siglos se ha insistido en la afirmación de que España fue una de las naciones europeas donde no arraigó la Reforma protestante del s. XVI y que era lógico que así fuera porque sus antecedentes la obligaban a optar por el campo de la Contrarreforma de manera inexorable. En otras palabras, no hubo protestantismo como si algo casi genético impidiera a un español ser protestante y cuando se da un caso semejante nos encontremos ante una verdadera rareza. Semejante afirmación sólo puede ser fruto de la ignorancia o de la conveniencia porque la verdad histórica es muy diferente. En España, la Reforma prendió con un éxito notable si se tiene en cuenta el peso de la Inquisición y la política de los Austrias totalmente al servicio de la Contrarreforma. Si, al fin y a la postre, esa Reforma fue extinguida no se debió a otra circunstancia que a la sangre y el fuego expandidos por la Inquisición.

Los siglos XIV y XV estuvieron caracterizados entre otros aspectos de relieve histórico por un sentimiento de creciente y gravísima crisis en el seno de la iglesia católica. Durante aquellos agitados años, la corte papal se trasladó de Roma a Avignon para satisfacer los intereses de los reyes de Francia produciéndose lo que se ha dado en denominar la Cautividad babilónica de la iglesia (1305-1377); se produjo el denominado cisma de Occidente (1378-1417)- en virtud del cual existieron simultáneamente dos papas que se excomulgaban entre si y que se presentaban respectivamente como el único pontífice legítimo-fracasaron los intentos por restaurar la unidad entre el papado y el patriarca de Constantinopla pese a la amenaza turca que terminó aniquilando Bizancio en 1453 y se multiplicaron las voces de aquellos que, como John Wycliffe o Jan Huss, deseaban una reforma en profundidad de la iglesia no sólo en el ámbito moral sino también en el teológico.

El hecho de que además algunos papas fueran, fundamentalmente, príncipes italianos volcados en aumentar sus posesiones o de que Bohemia hubiera sobrevivido con una visión distinta del cristianismo permite afirmar, con el historiador católico Joseph Lortz, que la unidad del cristianismo occidental ya estaba rota antes de la Reforma protestante. Insistamos en el aspecto “occidental” porque la ruptura de la comunión con Oriente ya se había producido durante la Edad Media al plantear el obispo de Roma unas pretensiones que las denominadas iglesias ortodoxas encontraron inaceptables y carentes de base histórica.

No resulta extraño que en un contexto tan crispado como el del s. XV los mejores teólogos de Occidente sostuvieran la tesis de la superioridad del concilio general sobre el papa (¿quién podía asegurar que el papa no podía convertirse en un hereje tras antecedentes en ese sentido como los de los papas Honorio o Vigilio que habían caído en la heterodoxia?) o que se iniciaran los primeros intentos de publicar textos críticos del Nuevo Testamento en su lengua original.

Desde luego, si algo parecía indiscutible a finales del s. XV era que la iglesia occidental necesitaba una reforma, que ésta tenía que operarse en profundidad y que el momento de su inicio no podía verse retrasado indefinidamente. Una posición de ese cariz era defendida por personajes que iban de Lorenzo Valla a Erasmo, de Tomás Moro a Luis Vives. Y no se trataba de una posición alarmista o absurda. Un católico tan fiel y piadoso como Johann Geyler von Kayserberg (1445-1510) afirmaría que “la Cristiandad está destrozada de arriba abajo, desde el papa al sacristán, desde el emperador hasta los pastores”. No exageraba un ápice. Como señalaría ya en el s. XX, el historiador católico J. Lortz, las “fuerzas puras” habían sido borradas y, por otra parte, los intentos de reforma quedaron circunscritos –y aún eso por muy poco tiempo– al seno de las órdenes religiosas.

De manera bien significativa, los primeros pasos para realizar esa indispensable Reforma fueron dados en España. Paradójicamente además, los esfuerzos reformadores comenzaron no en la base -más o menos ilustrada- sino en la cúpula jerárquica. La figura dominante de este período -y no sólo en el área espiritual- fue el cardenal Cisneros. Nacido en 1436, su muerte se produjo en noviembre de 1517, tan sólo ocho días después de que Martín Lutero clavase en las puertas de la iglesia de Wittenberg sus famosas Noventa y cinco tesis sobre las indulgencias. La fecha de su fallecimiento no pudo resultar más significativa cronológicamente porque lo cierto es que coincidió con el final de un ciclo histórico muy concreto y el comienzo de otro totalmente distinto.

Desde buen número de puntos de vista, Cisneros fue un auténtico adelantado a su tiempo. Otorgó, por ejemplo, una enorme importancia a la lengua vernácula en medios religiosos e impulsó incluso la traducción de obras latinas a aquella. De esa forma, antes de que Lutero tradujera el Nuevo Testamento al lenguaje del pueblo, los españoles podían contar con versiones impresas de los Evangelios y de las Epístolas en lengua vulgar. Al mismo tiempo atendió a la reforma de la conducta del clero como se desprende de los sínodos de Alcalá y Talavera de 1497 y 1498. Pese a pertenecer a una orden -la franciscana- en la que la erudición tenía un papel menor en comparación con el que se le concedía en otras, el proyecto que Cisneros acarició con más entusiasmo fue el de fundar una escuela o universidad donde se dar una buena formación al clero proporcionándole antes de los estudios teológicos el conocimiento de otras disciplinas. Merced a esta concepción, un Colegio de Artes Liberales debía formar al estudiante en el conocimiento del latín, del hebreo y de otras lenguas semíticas, y tendría que dar una especial importancia al aprendizaje del griego ya que en esta lengua se había redactado originalmente el texto del Nuevo Testamento.

El sueño de Cisneros se hizo realidad en buena medida gracias a la fundación de la Universidad de Alcalá. El objetivo del cardenal – eminentemente educativo – era ciertamente ambicioso porque además de sacar al clero de su penosa falta de cultura, perseguía realizar una reforma del conjunto de la iglesia mediante sínodos y formar de manera especialmente atenta a la gente del pueblo.

A diferencia de sus sucesores, Cisneros demostró tener una especial habilidad a la hora de abordar temas que supuestamente indicaran la posible existencia de ideas heréticas. Muy abierto, no persiguió jamás a personas que -supuesta o realmente- las defendieran ; estimuló la crítica del texto de las Sagradas Escrituras y propugnó su estudio. Fruto de esta actitud fue la elaboración de la Biblia Políglota Complutense, en hebreo, griego y latín, o las obras de Pedro de Osma, un profesor de teología en la universidad de Salamanca, y de Nebrija, un discípulo del anterior. Los aportes bíblicos y teológicos de estos dos personajes -injustamente olvidados como tantos otros a lo largo de la historia española- sorprenden por su lucidez, rigor y erudición.

Anticipándose a Erasmo y, por supuesto, a Lutero, realizaron importantísimos estudios sobre el texto original del Nuevo Testamento y acerca de la historia católica. Dado que estos últimos no contribuían precisamente a fundamentar las pretensiones del pontífice romano -algo en lo que coincidían otros humanistas extranjeros- las reacciones adversas no se hicieron esperar. Nebrija fue acusado de herejía, pero el propio Cisneros lo protegió de los intentos de acabar con él. En cuanto a Osma, pese a las condenas papales dirigidas contra su persona, pudo ser alabado por el citado Nebrija en su Apología, una obra significativamente dedicada al propio Cisneros.

El impacto de Cisneros tuvo una repercusión considerable no sólo entre el sector más culto de la sociedad sino muy especialmente entre la gente del pueblo que comenzó -décadas antes que los anabautistas suizos, por ejemplo- a reunirse en las casas para estudiar sencilla y libremente los textos del Nuevo Testamento.

Frente a una iglesia oficial que situaba en una segunda posición a aquellos fieles que no pertenecían a estirpe de cristianos viejos, Cisneros había abierto las puertas a una vivencia espiritual integradora en la que lo importante no era la ascendencia genealógica sino el deseo sincero de conocer las Escrituras y vivir de acuerdo a ellas. Precisamente, en ese contexto prendería la Reforma española propiamente dicha.

Continuará…

Artículos anteriores de esta serie:

1 Juan Calvino y la Inquisición
2 Enrique VIII y los protestantes ingleses
3 Inglaterra y María la sanguinaria

César Vidal es escritor, historiador y teólogo

© C. Vidal, Protestante Digital.com


Publicado por:juanstam

Los nicolaítas, igual que los adoradores de Baal en tiempos de Elías, pretendían mezclar la fe en Cristo con la idolatría del sistema en que vivían. La peor idolatría es la idolatría implícita, invisible e inadvertida. Es muy posible ser “cristiano” e idólatra sin darse cuenta.

¿Es posible ser idólatra sin darse cuenta?

(Relectura contextual de Apocalipsis 13)[1]

El mundo entero, fascinado, iba tras la bestia

y adoraba al dragón…

También adoraban a la bestia y decían,

“¿Quién como la bestia?

Quién puede combatirla?”…

A la bestia le adorarán todos los habitantes de la tierra…

(Apocalipsis 13:3-4,8)[2]

Ha quedado bien claro sobre la marcha de la exposición de este capítulo, cuál es su tema central y su propósito pastoral. Su tema central es la idolatría, sobre todo el culto al emperador y al imperio. Su mensaje pastoral consiste en advertir a los creyentes, sobre todo los nicolaítas, que acomodarse a esas prácticas es idolatría, totalmente inaceptable para los que saben que Jesucristo es el único Señor.

Nos resulta muy difícil imaginar que la idolatría puede ser un problema para nosotros hoy. Los nicolaítas tampoco veían ningún peligro, pero Juan les avisó que en realidad era al diablo mismo, la antigua serpiente, a quien estaban adorando. ¿Puede ese mensaje decirnos algo a nosotros en el siglo XXI?[3]

El profeta Oseas denuncia, con mucha ironía, la idolatría de Samaria, por haber puesto su esperanza en Egipto y Asiria (Os 7:8-16). Añade dos veces, “pero él ni cuenta se da” (7:9) y la tercera vez, “pero él no se vuelve al Señor” (7:10). Claro, si no se da cuenta de su idolatría, ¿cómo va a volver al Señor? En tiempos de Juan, los nicolaítas eran idólatras por rendir culto al imperio, “pero ellos ni cuenta se daban” tampoco. Y entonces, viene la pregunta bien difícil: ¿Podría haber idólatras hoy, hasta “evangélicos”, de quienes el profeta tendría que decir igualmente, “pero ellos ni cuenta se dan”?[4]

La idolatría no consiste únicamente ni principalmente en la veneración de imágenes, ni tampoco requiere renunciar abiertamente al Dios verdadero. Para ser idólatra basta tener otros valores supremos al lado de Yahvé.[5] El AT habla de “ir tras dioses extraños”, los ídolos de los pueblos vecinos , pero también denuncia una idolatría más sutil. Según los autores bíblicos, idolatría es también poner su confianza en algo o alguien que no es Dios (Job 31:24-25; Isa 20.5; 30.12).[6] Es idolatría, por ejemplo, esperar la salvación de las riquezas y “poner el corazón en ellas” (Salmo 62:5,8,10; cf. Sal 52.9). Idolatría también es gloriarse en la propia sabiduría, el poder o las riquezas en vez de gloriarse en Dios (Jer 9:23-24; cf. 22:15-16).[7] “La idolatría consiste en caminar no hacia Dios sino detrás de un fetiche” (Gutiérrez 1989:126; Jue 2:12, cf. Ez 33:31).[8]

El primer mandamiento tiene un sentido muy profundo en cuanto al culto que hemos de rendir a Yahvé y no a nada ni a nadie más que a él.[9] Los ídolos son hechos por los humanos y cargados aquí y allá por la gente; ni caminan ni hablan (Isa 44:9-20; Jer 10:1-16; cf. Sal 115:4-8;  Sab 13:10-14:11; 15.14-17). Las imágenes fueron hechas por seres humanos, pero Yahvé es quien los  creó a ellos con sus propias manos y a su propia imagen. Los ídolos ofrecen beneficios pero no pueden exigir nada. La imagen está a la dispoción y servicio del ser humano. Pero Yahvé es soberano, no está disponible para nuestros deseos ni está sujeto a las órdenes de nadie.[10]  Por eso acierta Caravias al comentar que el deuteronomista recuerda a los israelitas que cuando Dios se reveló a ellos,

“ustedes oían el rumor de las palabras y no veían figura alguna; sólo oían una voz” (Dt 4:12) … La imagen no exige nada al hombre. La palabra, en cambio, es comunicación y exigencia. El Dios de la Biblia, percibido esencialmente como exigencia de justicia, deja de ser Dios en el momento en que, objetivado en una representación cualquiera, deja de interpelar. Dios interpela, exigiendo siempre más; el ídolo pide siempre menos: justifica cualquier tipo de medianía, injusticia o desamor. Por ello la presencia de Dios se manifiesta principalmente a través de la Palabra; en cambio, las actitudes idolátricas se manifiestan especialmente a través de imágenes. Lo que se pretende, pues, con la prohibición de imágenes de Dios es cortar la tentación continua de querer achicar o manipular a Dios. (Caravias s.f., p.8)

Esa tradición yahvista-profética y anti-idolátrica, partiendo del encuentro de Moisés con el indefinible “Yo soy el que soy”, reapareció con Elías y los demás profetas hebreos, y sigue, con mucho énfasis, hasta el libro de Apocalipsis.

La idolatría de Israel, en tiempos de Elías y Eliseo, no comenzó con una decisión de rechazar a Yahvé a favor de Baal, sino con el intento de achicar y manipular a Yahvé por medio de una paulatina “baalización del Yahvismo”. No consistió en adorar a Baal en lugar de Yahvé, sino adorar a Baal al lado de Yahvé y además de Yahvé. Poco a poco penetró sutilmente la idea de que no había problema en adorar a ambos dioses, y ambos estarían contentos, para asegurar mejor la prosperidad de la nación. El mismo rey Acab, y su reina Jezabel, creían en Yahvé y dieron nombres yahvistas a sus hijos. Sólo pensaban “suplementar” la fe de Moises, del “Yo soy el que soy”, con otro culto más, el de Baal, y pronto el pueblo de Dios se llenó de “yahvistas baalizados”. Pero como Yahvé es un esposo muy celoso por su esposa (Israel), esa infidelidad provoca su ira. “El celo de Yahvé consiste”, escribe von Rad, “en que él quiere ser el único Dios de Israel y no está dispuesto a compartir su derecho a la reverencia y al amor con ninguna otra potencia divina” (1972 I:267).

En esa coyuntara, cuando Israel prosperaba y Acab ganaba grandes victorias militares, aparece un desconocido del otro lado del río Jordán, que se llamaba Elías. Este profeta rechaza enérgicamente esa idolatría de doble culto como “claudicar entre dos pensamientos” (1 R 18:21 RVR). En seguida Elías plantea una opción totalmente excluyente: “Si Yahvé es Dios, síganlo; o si Baal, síganlo a él”: ¡cualquier de los dos, pero no ambos! En eso estuvo la radicalidad, desconocida en el ambiente, del plantamiento de Elías: Yahvé se niega a ser una mitad de cualquier fórmula de “esto, y también aquello”. Elías fue anticipado por Josué, quien en el pacto de Siquén exhortó al pueblo, “si a ustedes les parece mal servir a Yahvé, elijan ustedes mismos a quiénes van a servir … Por mi parte, mi familia y yo serviremos a Yahvé” (Jos 24:15). La misma disyuntiva ineludible está detrás de la exigencia de Jesús, “O Dios o Mamón, pero no ambos” (Mat 6:24) y la condena de los nicolaítas en el Apocalipsis (Ap 2:6,15: O Cristo es kurios, o César es kurios, pero no ambos).

Después, los profetas escritores añadirán una dimensión totalmente nueva a la polémica contra la idolatría: condenan lo que podríamos llamar “idolatría sin ídolos”, o “idolatría implícita”.[11] En sus escritos, los profetas denuncian lo que Sicre (1979:43) llama “idolatría secular”, que no tiene que ver con cultos y rituales sino con un estilo de vida que pone a otras cosas encima de Dios.[12] Por eso, en los libros proféticos, el tema de la idolatría casi siempre va en estrecha relación con el pecado social. Las dos formas de idolatría oculta que más denuncinan los profetas son la divinización del poder y la divinización de la riqueza.[13]

1) La idolatría como culto al poder: “El poder, según la Biblia”, escribe Caravias (s.f., p.14), “también puede ser un ídolo. Se trata del poder considerado como un valor absoluto, ante el que se depositan todas las esperanzas, ya sea el poder de las grandes potencias o simplemente el poder nacional, regional o aun el local y familiar.”[14] Mientras en toda la tradición extra-bíblica la autoridad estatal se trataba como sagrada, en la tradición profética judía se ve como una tentación idolátrica. Eso puede considerarse la primera vez en la historia humana en que se atreve a cuestionar y relativizar el poder de las autoridades. Si el pueblo de Dios confía en su propio poder, o se gloría en él, no está confiando en Dios y gloriándose en Dios (Jer 9:23-24; cf. Am 2:24).

Al denunciar el culto al emperador, Juan se identifica con una larga tradición judía de denuncia profética contra la idolatría del poder absoluto. En el año 6 d.C. Judas el Galileo sublevó al pueblo cuando Judea fue convertida en provincia romana y se preparó un censo con fines de cobrar impuestos (Jos GJ 2:118,433; 7:253-57; Ant 18:4-10,23-25,102).[15] Judas se opuso a dicho censo porque la tierra pertenecía sólo a Dios y no a los romanos, y porque someterse a César y cooperar con el imperio violaba el primer mandamiento de “no tener otros senores ante mí”.[16] Posteriormente, a inicios de la guerra judía (66-70 d.C.), la “cuarta filosofía” (¿esenios?), según Josefo, pregonaban la consigna, “Ningún señor excepto Dios” (GJ 18.23)[17]. David Rhoads comenta: “Este principio representó una interpretación novedosa del primer mandamiento que clasificaba a toda colaboración con César y los romanos como lealtad idólatra a un señor que no era Dios” (Anchor VI:1046a). Josefo acusa a esta secta de encendiar a las masas y llevar al pueblo judío a la ruina  “por causa de lo novedoso de esta filosofía antes desconocida” (Ant 18.9).

Este tema es central al argumento de todo el Apocalipsis y especialmente del capítulo 13, como es también de crucial importancia para nuestro mundo actual, por lo que merece un análisis más extenso.

2) Trasfondo: la teología bíblica del poder. Esta enseñanza bíblica es tan amplia, que sólo tocaremos algunos aspectos de la enseñanza antiguotestamentario que orienta al mensaje profético.[18] Las escrituras hebreas, desde sus inicios, condenan la prepotencia de “Babel” (Gn 11; Babilonia) y exaltan la gracia y poder de Dios por medio de la debilidad de Abraham y Sara (Gn 12). En el relato de la torre de Babel, escuchamos ecos de la severa critica profética del poder. En la historia de los patriarcas nace la teología bíblica del poder, como teología de la gracia. Lo mismo se destaca en los relatos del éxodo: Israel no fue liberado por sus propias fuerzas sino por la mano poderosa y el brazo extendido de Yahvé (Ex 3:19, Dios los liberará “por la fuerza”; Ex 15:6-7,13,16; Dt 4:34,38 “gran despliegue de fuerza y poder … que desalojó a naciones más grandes y más fuertes que tú”). A fin de cuentas, todo poder es de Dios, y toda la gloria ha de ser para él.

Según esta teología del poder, la autoridad de los gobernantes es delegada, derivada y relativa. Por eso Israel no coronaba a sus reyes, sino los ungía en nombre de Yahvé.[19] Todas la victorias del rey eran logradas por el poder de Dios: “El es quien pone los pueblos a mis pies” (Sal 144:2). Sólo Yahvé es la fortaleza de su pueblo (Sal 28:8; cf. 68:34-35), y sólo él puede ser la ayuda de ellos en todo tiempo (Sal 28:7; 30:10; 37:40; 46:1,5; Isa 41.10).[20] Tan importante era esta convicción, que se plasmaba en nombres compuestos por YeZeR (“ayuda”) junto con “El” o “Yah” (p.ej., Eliezer, Azarel, Azriel, Azariah). La misma raíz aparece en la piedra que colocó Samuel, AeBeN HâYâZeR (Ebenezer: piedra de ayuda, 1 Sm 7:12), interpreteda después como “Hasta aquí nos ayudó Yahvé” (RVR; NBE).

E. Laarman, un pastor reformado de Grand Rapids, Michigan, analiza muy bien la crítica antiguotestamentaria al poder (ISBE III:927). Primero, poseer poder fácilmente debilita la confianza en Dios y su poder, como en el caso del rey Uzías (2 Cr 26:7,15-16; cf. Dt 8:17-18; 1 Sm 2:9 “¡Nadie triunfa por sus propias fuerzas”). Segundo, el poder tiende a volverse injusto y oprimir a los pobres (Sal 10:2,9-11; Ecl 4:1; Job 35:9); con el poder viene la tentación de abusarlo. En tercer lugar, el encanto y el impacto del poder fácilmente le da al poder una prioridad sobre otras virtudes, que no debe tener. “Mejor es la sabiduría que la fuerza… Mejor es la sabiduría que las armas de guerra” (Ecl 9:16,18 RVR, BJ; cf Sal 147:10-11; Prv 16:32; Jer 9:23-24).

Dios es el único dador de poder, tanto a los reyes de su pueblo como a los de otros pueblos, y cualquier gobernante, de la nación que sea, que llega a creerse dueño de su propio poder, con esa soberbia ofende a Dios y termina abusando del pueblo. Del rey Uzías de Jerusalén[21] nos dice el cronista, “con la poderosa ayuda de Dios, Uzzías llegó a ser muy poderoso” (26:15),[22] pero “cuando aumentó su poder, Uzzías se volvió arrogante” (2 Cr 26:7,15-16) y Dios castigó esa presunción con la lepra (26:19-20). El mismo principio se aplica al poder de los reyes gentiles (Isa 10:5-14; Ez 28:2-5). Dios envió a Asiria “contra una nación impía … un pueblo que me enfurece” (Israel), pero en vez de servir a Dios con el poder que les había dado, los asirios dijeron, “Esto lo hizo el poder de mi mano, porque soy inteligente” (Isa 10:5-14). Del rey de Tiro, en el apogeo de su poder, dice Ezequiel, “En la intimidad de tu arrogancia dijiste, ‘Yo soy un dios’ … sentado en un trono de dioses. Pero”, responde el profeta, “tu no eres un dios, aunque te creas que lo eres. ¡Tu eres un simple mortal”. He aquí la tentación luciférica escondida como serpiente dentro de las entrañas del poder, la seducción del poder sobre Luzbel (Babilonia; Isa 14:12-15).

Un ejemplo dramático de este concepto de poder es la historia de Gedeón. Frente a las tropas multitudinarias de los madianitas, Gedeón tenía sólo 32 mil hombres. Pero Yahvé le dijo, “Tienes demasiada gente para que yo entregue a Madián en tus manos” (Jue 7:2). Entonces, “a fin de que Israel no vaya a jactarse contra mí y diga que su propia fuerza lo ha liberado”, Dios le ordenó despedir a todos los temerosos. Se fueron 22,000 soldados y quedaban 10,000. “Pero Yahvé le dijo a Gedeón, ‘Todavía hay demasiada gente'”, y por la famosa prueba de “lamer el agua con la lengua, como los perros” (7:5), Gedeón redujo el contingente a sólo 300 soldados, frente a los madianitas que eran numerosos como langostas, con incontables camellos (7:12), y esa noche Dios entregó a los madianitas en manos de Gedeón (7:9). Es típico del pensamiento hebreo concebir el poder de Dios en proporción inversa a la fuerza humana (cf. 2 Cor 12:7-9).

La misma actitud hacia el poder se expresa en el mensaje que el ángel reveló a Zacarías para Zorobabel y Josué, gobernador y sacerdote respectivamente del pueblo que regresó del cautiverio en Babilonia:

No será por la fuerza

ni por ningún poder,

sino por mi Espíritu

— dice Yahvé

Todopoderoso –.

¿Quién te crees tú,

gigantesca montaña?

¡Ante Zorobabel sólo eres

una llanura …

A partir de esta teología del poder, un profeta como Miqueas hace una crítica acerba de los gobernantes y su abuso de poder:

¡Ay de los que sólo piensan en el mal,

y aun acostados hacen planes malvados.

En cuanto amanece, los llevan a cabo

porque tienen el poder en sus manos (Miq 2:1).

Frente a la absolutización de las autoridades que solía caracterizar las sociedades contemporáneas, en Israel había mucha criticidad ante las autoridades. “El Deuteronomio”, señala Caravias (s.f. p.9), “desconfía sistemáticamente de la monarquía, pues ve en ella el doble peligro de idolatría y la opresión consiguiente del pueblo”. El AT prohibe a los reyes acumuluar poder y riquezas (Dt 17:14-20) y condena los abusos de los gobernantes incumplidos e injustos (1 R 21:16; 2 R 21:1-11,16). Sobre el peligro de la absolutización del poder político, Sicre comenta con mucha percepción que “esta idolatría de los políticos daña los intereses de los ciudadanos bajo capo de un futuro mejor y más seguro… La seguridad de un régimen se compra al precio de la inseguridad del pueblo” (p.84).[23]

Esta teología se resume muy concisamente en la fórmula clásica, “Tuyo es el poder” (Mt 6:13; 1 Cr 29:11; cf. Ap 4:11; 5:12; 19:1; 1 Tm 1:17) y se expresa con majestuoso dramatismo en la visión apocalíptica del gran trono supremo rodeado de veinticuatro tronos súbditos (Ap 4-5).

3) La idolatría como confianza en las superpotencias de turno. Un aspecto de esta teología del poder, muy enfático en los profetas hebreos, es el rechazo tajante de toda alianza con cualquier potencia extranjera. Precisamente porque todo poder pertenece a Yahvé, y Yahvé es la única ayuda de su pueblo, ir a buscar otras ayudas es traicionar a Yahvé.[24] Entre los temas más enfáticos y repetitivos de los profetas preexílicos, es la denuncia de esas alianzas como una divinización del poder de las superpotencias en lugar del poder de Dios. Isaías 20:5-6 describe el resultado:

Los que confían en Etiopía y se enorgullecen de Egipto quedarán aterrados y avergonzados. En aquel día los habitantes de esta costa dirán: Fíjense, ahí tienen a los que eran nuestra esperanza, ¡aquellos a quienes acudíamos en busca de ayuda, para que nos libraran del rey de Asiria! Y ahora, ¿cómo podremos escapar?[25]

Más adelante, el profeta vuelve a condenar las alianzas internacionales y las identifica como idolatría:

¡Ay de los que descienden a Egipto en busca de ayuda, [cf. 30:1-5]

de los que se apoyan en la caballería,

de los que conf’ían en la multitud de sus carros de guerra

y en la gran fuerza de sus jinetes,

pero no toman en cuenta al Santo de Israel,

ni buscan al Señor! …

Los egipcios en cambio son hombres y no dioses,

sus caballos son carne y no espíritu. (Isa 31:1,3)[26]

Oseas se empeña especialmente en denunciar las esperanza que Israel (reino del norte) depositaba en Asiria para defenderlos contra Egipto (8:8-10; Sicre 1979:34-50; cf. 12:1). Para este profeta, al “recurrir a Asiria” (5:13) Israel estaba “empeñado en seguir a los ídolos” (5:11 cf. Lxx). Creían que Asiria podría curar sus heridas (5:13), cosa que sólo Dios puede hacer (6:1; 7:1; 14:4 hebr; supra n.4). Sicre observa acertadamente que aquí “los imperios han ocupado de nuevo el puesto de Dios” (1979:43). Yahvé llama a Israel a arrepentirse y reconocer que “Asiria no podrá salvarnos… Nunca más llamaremos ‘dios nuestro’ a cosas hechas por nuestras manos” (14:1-3).

Jeremías también acusa a esas alianzas de poner a las superpotencias contemporáneas en el lugar de Dios. “¿Qué sacas con ir a Egipto”, pregunta a Israel, “a beber agua del Nilo? ¿Qué sacas con ir a Asiria a beber aguas del Éufrates?” (2:18), cuando sólo Dios es “fuente de agua viva” (2:13). Esas alianzas, que son “cisternas rotas” (2:13), constituyen una infidelidad que Dios castigará (2:19,36-37; cf. 17:5-8). Ezequiel 23 describe esa misma idolatría con un relato muy dramático de la prostitución de dos hermanas, Aholá (la mayor; Israel) y Aholibá (la menor; Judá), por causa de las alianzas que buscaron con otras naciones (los asirios, 23:5,12; los babilonios 23:14-17) en vez de permanecer fieles a Yahvé.[27]

4) La idolatría como confianza en las armas y el poderío militar. Obviamente, el elemento central de la “fornicación” idólatra de Israel con las superpotencias era su confianza en las armas y los pertrechos de guerra de esos aliados. El cronista relata que al principio el rey Uzías “se empeñó en buscar a Yahvé”; “Mientras Uzías buscó a Dios, Dios le dio prosperidad” (2 Cr 26:5) y “Dios le ayudó en su guerra contra los filisteos, contra los árabes…y contra los meunitas” (26:7). Uzías “llegó a tener tanto poder que su fama se difundió hasta la frontera de Egipto” (26:8). Logró fortificar bien a Jerusalén con torres (26:9-10) y contaba con un ejército grande y bien organizado (26:11-13), armado hasta los dientes (26:14). Hasta inventaron unas máquinas de guerra para disparar flechas y piedras (26:15). Pero esa carrera armamentista y militarista fue la ruina de Uzías. Como ya hemos visto, Uzías se sentía dueño de todo ese poder y se enorgulleció de haberlo alcanzado. “Cuando aumentó su poder,”, nos dice el texto bíblico, “Uzzías se volvió arrogante” (2 Cr 26:7,15-16; cf Os. 7:15-16) y Dios le tuvo que castigar con lepra (26:19). ¡Cuán actual parece todo ese relato hoy!

Las fuertes denuncias de Oseas contra las alianzas se concentra también en el aspecto militar de esa idolatría. Las alianzas que el profeta condena eran sobre todo pactos de ayuda militar mutua, en busca de una salvación de las amenazas de otras potencias (una especie de OTAN oriental). Por eso, Yahvé llama a Israel a arrpentirse de haber “montado caballos de guerra” (Os 14:3; probablemete, haber montado sus esperanzas en recursos militares). En la figura del caballo, Oseas y otros profetas sintetizan toda la confianza en armas; el caballo era sobre todo un símbolo de fuerza física y de poderío militar (Job 39:19; 2 R 2:12; 13:14; Is 30:12; Jer 8:16; 12:5), a menudo asociado también con carros de guerra (Ex 15:1,4-5; Is 31.1; Jer 4:13).

El mismo tema aparece, con más detalle, en Isaías. “Pobres de aquellos que bajan a Egipto … Pues confían en la caballería, en los carros de guerra, que son numerosos, y en los jinetes porque son valientes” (Is 31:1), porque “el egipcio es un hombre y no un dios, y sus caballos son carne y no espíritu” (31:3). En cambio, el pueblo de Dios ha de encontrar su fuerza y salvación en Yahvé, no en los instrumentos de guerra (Is 30:15-16): los caballos no servirán ni para huir (30:16). Ezquiel es aun más mordaz. Aholá y Aholibá se dejaron manosear los pechos por “guerreros … oficiales y hábiles jinetes con corceles” (23:3,8,12,21,23) y con carros y carretas, cascos y escudos (23:24). Enloquecidas por el erotismo de la superpotencia de sus amantes (23:20), las dos hermanas se prostituyeron en repetidos proyectos políticos y militares (23:5-10; 16-21). Al fin los amantes se cansaron de ellas (23:10,22,25-26) y cayó sobre ellas el juicio de Dios (23:10,22,27). Las mismas fuerzas armadas y pertrechos de guerra de que se habian enamorado, ahora vienen contra ellas para destuirlas (23:22-24).[28]

Esta antítesis radical entre fe en Yahvé y confianza en la fuerza de las armas se expresa también  en varios salmos:

Unos confían en sus carros de guerra,

y otros confían en sus corceles,

pero nosotros confiamos en el nombre de Yahvé nuestro Dios (20:7).

Vana esperanza de victoria es el caballo,

a pesar de su mucha fuerza no puede salvar.

Pero Yahvé cuida de los que le temen,

de los que esperan en su gran amor;

él los libra de la muerte,

y en épocas de hambre los mantiene con vida (33:17-18)

Yahvé no se deleita en los bríos del caballo,

ni se complace en la agilidad del hombre,

sino que se complace en los que le temen,

en los que confían en su gran amor (147:10-11)

¿Habrá naciones hoy, hasta “cristianas”, que han depositado su fe y esperanza en las armas más que en Dios? ¿Qué dirían los profetas?

5) La idolatría como culto a las riquezas: Las escrituras hebreas nos plantean una teología básica de los bienes materiales, bastante parecida a su teología del poder, vista anteriormente. El principio básico y punto de partida es que el universo entero pertenece a Yahvé, Creador de todo y su único dueño.

De Yahvé es la tierra y todo cuanto hay en ella, [29]

el mundo y cuantos lo habitan;

porque él la afirmó sobre los mares,

lo estableció sobre los ríos (Sal 24:1-2).

La tierra no se venderá a perpetuidad,

porque la tierra es mía

y ustedes no son aquí más que forasteros y huéspedes (Lev 25:23).

Al contrario de cualquier idea de propiedad privada, el concepto bíblico ve la propiedad y todas las posesiones del ser humano como “préstamo” y tenencia delegada con responsabilidad al verdadero dueño, Dios.[30] Ningún ser humano es “dueño” de nada, sino sólo mayordomo. Aun la inteligencia y las fuerzas para acumular bienes son regalos del Creador. “No se te ocurra pensar, Esta riqueza es fruto de mi poder y de la fuerza de mis manos. Recuerda a Yahvé tu Dios, porque es él quien te da el poder para producir esa riqueza” (Dt 8:17-18; cf. 1 Cr 29:12; Jer 9:23-24). El rico no debe confiar en su riqueza ni en sus propios poderes, sino sólo en Dios:[31]

¿Acaso he puesto en el oro mi confianza,

o le he dicho al oro puro, En ti confío’?

¿Me he ufanado de mi gran fortuna,

de las riquezas amasadas con mis manos? (Job 31:24-25)

A partir de estos presupuestos, los profetas hebreos van más allá de la denuncia de abusos de los ricos contra los pobres, a realizar una crítica más profunda de las riquezas en sí. El proceso comenzó con el profeta Amós, con denuncias fuertemente concentradas en las injusticias económicas. Muy consciente de la desigual distribución de los bienes, y con un agudo ojo para las realidades socio-económicas, Amós condenó con mucho detalle los lujos ostentosos de los privilegiados. Los ricos comen corderos selectos y terneros engordados (6:4) y beben vino en tazones (6:6; 5:11; cf.; 2:12). Sus mujeres (“vacas de Basán”) dicen a sus esposos, “¡Traígannos de beber” (4:1). Se perfuman con las esencias más finas y, como les sobra tiempo libre, se entretienen con improvisar canciones e inventrar instrumentos musicales (6:6). Se recuestan en divanes de Damasco (3:12) y duermen en camas incrustadas de marfil (6:4; 3:12).

Lo que provocó la cólera más encendida de Amós eran los lujosos edificios de Samaria, y aun de otras ciudades (Sicre 1979:112).[32] El profeta anuncia el castigo divino sobre “la casa de invierno y el chalet de verano” de los ricos, y sobre sus “casas adornadas de marfil” (3:15) y “casas de piedra labrada” (5:11). Pero lo más detestable para Amós eran los palacios (o mansiones). Amós utiliza la palabra AaRMeNôT (palacios) nada menos que 13 veces, más de un tercio de lo que aparece en el AT (33 veces).[33] Todos los siete oráculos contra las naciones (Am 1:3-2:5) terminan con la misma sentencia de juicio: el fuego consumirá sus palacios (1:4,7,10,12,14, 2:2). En la frase más tajante que se puede imaginar sobre este tema, Amós transmite la ira de Dios: “yo aborrezco sus palacios” (6:8-11), igual que odia sus hipócritas solemnidades religiosas (5:21). En 3:14 Amós vincula este culto al lujo directamente con la idolatría (“los altares de Betel”), lo que Sicre clasifica como “la intuición genial de Amós” (1979:112).

Lo más oprobioso de la conducta de estos ricos fue que vivían “tranquilos en Sión” (6:1) frente a la desigualdad, la injusticia y el sufrimiento ajeno. Disfrutan sus lujos “sin afligirse por la ruina de José” (6:6). Como élite privilegiada, son una verdadera “sociedad de consumo” que viven “el banquete de los holgazanes” (6:7). Viven para llenar sus mansiones de lujos para todo el futuro, pero más bien están llenándolas de violencia, rapiñas, despojos y finalmente, condenación (3:9-11; Sicre 1979:111). Desprecian sin escrúpulo alguno a la imagen del Creador, cuando venden al ser humano como mercancía (2:6-7; 8:5-6). Por eso, sus ceremonias religiosas son una abominación ante Dios (5:21-24; cf. 4:4-5; 5:4-5).

Sicre (1979:110) resume bien el grave pecado de esta élite de Samaria: aunque no ha negado a Dios explícitamente, “se lo ha expulsado de la vida diaria, no se lo tiene en cuenta”, y de eso tiene la culpa “el dinero, que acapara por completo el corazón del hombre”. Según la crítica profética de Amós, “el lujo, la abundancia, la posibilidad de enriquecerse, es la única meta de la clase dominante de Samaria” (1979:110). En otras palabras: ¡el culto al dinero! Los demás profetas refuerzan esta denuncia del materialismo consumista. Cuánto más prosperaba Israel, denuncia Oseas, más se llenaba de ídolos (Os 10:1; cf. Is 2:7-8), que eran sobre todo “los ídolos seculares”: agua, pan, lana, lino, aceite, y demás bienes materiales. Según la “teología de la prosperidad” de ellos, “la orientación fundamental de la vida, el único punto de apoyo, la única meta”, eran las riquezas; eran su verdadero dios (Sicre 1979:101c). Los ricos, según Miqueas, no sólo cometen crímenes sino también, “para colmo, se apoyan en Yahvé, diciendo: `¿No está Yahvé entre nosotros?'” (Miq 3:11; cf. 2:1-5).

El profeta Isaías, con palabras tan pertinents hoy como en el siglo ocho a.C., relaciona los tres temas que hemos visto: riqueza, poder e idolatría:

Su tierra está llena de plata y oro,

sus tesoros no tienen fin [Produco Bruto Interno].

También está su tierra llena de caballos [armas],

y sus carros [tanques] son innumerables.

Además su tierra está llena de ídolos [ideología],

y se han arrodillado ante la obra de sus manos

y ante lo que fabricaron sus dedos (Is 2:7-8).

En la misma línea de pensamiento, Jeremías plantea la disyuntiva radical entre la confianza en la sabiduría, la valentía y la riqueza y el conocimiento de Yahvé (9:23-24):

¡Ay del que edifica su casa

y sus habitaciones superiores

violentando la justicia y el derecho! …

¿Acaso eres rey

sólo para acaparar mucho cedro?

Tu padre [Josías] no sólo comía y bebía,

sino que practicaba el derecho y la justicia …

¿Acaso no es esto conocerme?

— afirma Yahvé —

Pero tus ojos y tu corazón

sólo buscan ganancias deshonestas [cf. Ezq 33:31; 22:13],

sólo buscan derramar sangre inocente

y practicar la opresión  y la violencia (Jer 22:13,15-17).[34]

Jesús, el profeta por excelencia, retoma y radicaliza todo este mensaje antiguotestamentario, especialmente en términos de la disyuntiva radical que planteó Elías (“o Yahvé o Baal, pero no ambos”, 1 R 18:21,39):

Nadie puede servir a dos señores,

pues menospreciará a uno y amará al otro,

o querrá mucho a uno y despreciará al otro.

No se puede servir a la vez a Dios

y a las riquezas (mamôna; Mt 6:24; Lc 16:13).

Un dicho similar que aparece en el Evangelio de Tomás lo expresa muy vívidamente: “No es posible que un hombre monte dos caballos o tense dos arcos” (#47). Al aludir casi verbalmente a una de las exigencias más tajantes del AT, la de Elías, Jesús da a entender que, en su propio tiempo, la tentación a divinizar las riquezas era tan peligrosa, y tan blasfema, como había sido el culto a Baal en tiempos de Elías (Sicre 1979:102).

La palabra mamônas no aparece en el griego clásico ni en la LXX, y sólo tres veces en el NT (Mt 6:24; Lc 16:9,11).[35] Hay algún consenso en que se relaciona con el verbo AâMaN (estar firme, duradero, Köhler y Baumgartner 2001 I:63; Coenen IV:109). En tal caso, el sentido base sería “aquello en lo que se puede confiar” (Bonnard 1976:146; BalzSch II:146). Colin Brown añade una segunda dimensión, “lo que le es confiado a uno” ((NIDNTT II:837a; cf. Fitzmyer 1985 II:1109). En ambos casos, “Mamón” se derivaría de la misma raíz que “Amén”. (¡Interesante! El adorador del dinero dice “Amén” a los bienes materiales; el creyente fiel dice el “Amén” de su entrega incondicional sólo a Dios).

Sabemos que en la antigüedad, algunos esclavos de hecho pertenecían a dos amos, y la tradición hebrea definía las condiciones de obediencia en tales circunstancias (StrB I:433-434). Pero implícita en las palabras de Jesús está la exigencia de una entrega total e incondicional, sea a Mamón (como de hecho la exige) o a Dios, pero nunca a ambos. Eso lo confirman los tres verbos claves del texto: servir (douleuô), odiar/amar (miseô/agapaô), ser leal/despreciar (antéjomai/katafroneô), los que en el contexto implican una opción exclusiva (BalzSch II:146). “Servir” aquí (douleúô) tiene el significado básico de “ser esclavo de” (doulos), “una persona que está completamente supeditada a un superior” (BalzSch I:1062b).[36] En el binomio amar/odiar, el sentido de miseô (odiar), más que “aborrecer” significa “amar menos” o “no amar” (Gn 29:30-31; Dt 21:15-17; Ecl 3:8; cf. Lc 14:26 con Mt 10:37). Igualmente, con dos amos será inevitable adherirse a uno (antejomai; Tito 1:9) pero despreciar (katafroneô; 1 Co 11:22; Ro 2:4 cf. Heb 12:2), traicionar (Prv 25:9; Os 6:7; Hab 1.5; 2.5; Sof 3.4), defraudar (Jer 2:36) y desobedecer  (2 P 2:10; 4 Mac 4:26; Jos Ant 2:207) al otro. Con el mismo verbo, 1 Tm 6:2 exhorta a los esclavos a no faltar respeto (mê katafroneitôsan) a sus amos creyentes.

De Tuya (1977:109) resume fielmente el sentido de todo este texto: “El corazón ha de estar totalizado en Dios”. Si Dios no es todo en nuestra vida, Dios no es nada, porque no sería Dios. Fitzmyer (1985:1107, 1109), comentando Lucas 16:13, acierta al afirmar, “Este dicho de Jesús plantea muy radicalmente la actitud hacia el dinero: ¡o Dios o Mamón! ¿Cuál de esos dos va a gobernar mi vida? Nadie puede servir a ambos. La búsqueda de la riqueza me reduce al esclavo de ella y no puedo servir realmente a Dios. Así el Mamón termina siendo el dios a quien sirvo”.[37]

Jesús intensificó y radicalizó toda la crítica profética del culto a los bienes materiales e hizo explícita su idolatría. Es sorprendente la centralidad de temas económicos en la enseñanza de Jesús y la severidad de su condena de la obsesión con los bienes materiales (que hoy llamaríamos materialismo consumista).[38] Mateo 6 y Lucas 16 se concentran especilamente en la problemática ética de las riquezas. Según Lucas 6:20, Jesús dijo, “¡Ay de ustedes los ricos, porque ya han recibido su consuelo!”; dijo que la seducción de las riquezas no dejan crecer la semilla del evangelio (Mt 3:22) y, con humor irónico, dijo, “¡Qué difícil es para los ricos entrar en el reino de Dios! En realidad, le resulta más fácil a un camello pasar por el ojo de una aguja, que a un rico entrar en el reino de Dios” (Lc 18:24-25).[39]

¿Por qué dedicó Jesús tanta atención a los temas económicos, y sobre todo, por qué escogió el culto a Mamón como la forma de idolatría que más quería denunciar?[40] Sus ataques a la avaricia idólatra son mucho más severos que su condena de los pecados sexuales, la mentira, la borrachera y otros pecados que consideramos escandalosos y que de hecho son también esclavizantes. Es obvio que Jesús conocía toda la corrupción económica de la sociedad judía en que vivía y la pasión ciega de muchos por alcanzar riquezas. Jesús veía esa codicia de ganancias como la tentación más sutil y peligrosa de su época, y por eso concentró su denuncia en esa idolatría.[41]

Por algo también Jesús escogió el término “Mamón” como objeto de esta idolatría, y no sólo “el dinero” o “las riquezas”. Leif Vaage plantea esta interesante pregunta, y sugiere que con ese término poco usual “se hace referencia a todo poder económico que produzca la muerte, dondequiera que sea, en vez de la vida”.[42] Fitzmyer, en su comentario sobre Lucas 16, propone que el interés de Jesús no se limitaba al dinero como tal, sino en lo que el dinero hace a la gente y como afecta la vida de ricos y pobres (1981 I:250). El uso del nombre simbólico en vez de la designación literal destaca su fuerza como poder maligno sobre los seres humanos, que rivaliza con Dios como objeto supremo de adoración.

¿Existe hoy esa misma tentación de ser idólatra sin darnos cuenta? Claude Tresmontant, en su libro La doctrina de Yeshúa de Nazaret (p.60), alega que sí: “para la inmensa mayoría de los hombres, la riqueza es objeto de un culto idólatra, en lo más secreto de sus corazones. La acumulación de riquezas es un esfuerzo por escapar a la angustia de la muerte, a la angustia de la inestabilidad y de la inseguridad, de la dependencia, un esfuerzo por asegurarse contra el riesgo, una búsqueda de consistencia” [43] En otras palabras, avaricia y consumismo son idolatría.

José Luis Caravias (s.f. pp.30-31) llega a la misma conclusión. Su análisis merece una cita larga:

El dios secreto de nuestra sociedad es el crecimiento económico. Y la religión que aboga por el culto a este dios es la religión más poderosa de nuestro mundo. Su liturgia es la publicidad … Al crecimiento económico se sacrifican los hombres, la naturaleza y el futuro. Este gran señor, a través de la pauperización, del desempleo y de la destrucción de la naturaleza, decide sobre la vida o la muerte de los hombres… En la sociedad actual el dinero es la mercancía que sirve como común denominador a todas las otras y en las que todas tienen que transformarse para recibir la confirmación de su valor. El dinero es la medida de valor de todo. … El mundo mercantil piensa y decide por nosotros. El es nuestro dueño, enmarañados, como estamos, en su red de propagandas multicolores, su consumismo y su jerarquía de valores. Por doquier se presenta y se vive el mundo de las mercancías, del dinero y del mercado como un gran objeto de devoción, un mundo pseudodivino, que está por encima de los hombres y les dicta sus leyes. Sólo con una sumisión total al mundo del mercado es posible llegar al “milagro económico”… El libre comercio y la libertad de los precios, ha de dominar por encima de todo y de todos. Negarse a someterse al mercado y sus indicadores es, por tanto, el pecado más grave que se puede cometer, y ello lleva al caos y a la esclavitud… Por eso es necesario reprimir por todos los medios posibles cualquier intento de rebeldía contra este dios, tan planificado y estructurado. Está prohibido soñar o planear otro tipo de sociedad. Esta forma de concebir la vida es idolátrica, precisamente en el mismo sentido en el que es usada esta palabra en la Biblia. Se trata del sometimiento del hombre y de su vida concreta al producto de sus propias manos, con la consiguiente destrucción del hombre mismo. El Dios bíblico es todo lo contrario a este fetiche, pues su voluntad es que el hombre concreto, con sus necesidades concretas, sea el centro de la sociedad y de la historia. El efecto propio de los ídolos se muestra con radical desnudez en el conflicto en torno a la deuda externa de los países del Tercer Mundo. Este gigantesco endeudamiento está poniendo al descubierto las mandíbulas de muerte de la actual economía mundial. Es como una guerra silenciosa, en la que en vez de soldados mueren niños por desnutrición; en vez de miles de heridos hay millones sin trabajo; en la que la principal arma, más mortífera que las bombas nucleares, son los tipos de interés bancario. De hecho, gran parte de las producciones nacionales están destinadas a pagar, como en altar idolátrico, las tasas de interés. En este ritual el Fondo Monetario Internacional es el sumo sacerdote, que decide qué es lo que es bueno hacer y lo que es malo…”

Orígenes, el antiguo padre de la iglesia, captó con profunda percepción la esencia de esta idolatría: “Dios sabe muy bien”, escribió, “qué es lo que uno ama con todo su corazón y alma y fuerza; eso para esa persona es Dios. Que cada uno de nosotros se examine ahora, y silenciosamente en su propio corazón decida cuál es la llama de amor que principalmente y sobre todo está encendida dentro de su ser”.[44] Es posible aun que el verdadero Dios sea uno entre esos “amores”, hasta el mayor entre varios rivales, como era Yahvé junto con Baal para Acab y Jezabel. Esa es la idolatría más común. Pero Yahvé, el verdadero Dios, es celoso y no tolera rivales. Por eso Elías escandaliza al pueblo de Israel con su radical demanda de una lealtad exclusiva: o Yahvé o Baal, pero jamás los dos (1 R 18:21,24,36-37).

Ya en el siglo XVI, Martín Lutero, en su Catecismo Mayor, puso el dedo en la llaga:

“Muchas personas creen que tienen a Dios y todo lo que necesitan, cuando tienen dinero y propiedad; en ellos confían, de ellos se jactan, tan inflexiblemente y con tanta seguridad, que no se preocupan por nadie más. Fíjense, una persona tal tiene también su dios– se llama Mamón, es decir, dinero y posesiones; sobre ellos pone todo su corazón. Es el ídolo más común sobre la faz de la tierra. Quien tiene dinero y posesiones, se siente en total seguridad, está feliz y sin ningún temor, como si estuviera sentado en el mismo paraíso. A la inversa, quien no tiene nada, duda y se deprime, como si no conociera ningún dios… De modo que si alguien se jacta de mucha erudición, sabiduría, poder, prestigio, familia y honor, y confía en esas cosas, esa persona también tiene su dios, pero no el único Dios veradero.”[45]

¿Cuántos “buenos cristianos” hoy depositan su confianza en el dinero, y tienen su corazón puesto en las riquezas? Hoy tendríamos que hablar de una “mamonización del evangelio” (Mat 6:24), en que los buenos cristianos asisten a los cultos y cantan los coritos, pero durante la semana rinden culto al dinero y al poder.[46]

[1]Contextualización redactada para Tomo III del comentario del Apocalipsis.

[2] Podemos entender que el futuro de “adorarán” signifique “seguirán adorando”, ya que va acompañado con verbos en pasado y presente. Es muy poco probable que Juan de repente haya comenzado a hablar del futuro remoto.

[3] Los nicolaítas creían en Jesús y jamás se hubieran considerado idólatras sólo por rendir culto también a César. Ellos se hubieran llamado “cristianos más realistas y razonables, no-fanáticos” o hasta “cristianos patrióticos”. Sicre (1979:145) comenta que ningún judío de los tiempos de los profetas (siglo VIII-VI) se hubiera confesado idólatra, pero “Lo importante no es lo que ellos piensan sino el juicio de Dios”.

[4] De hecho, cuánto más inconsciente la idolatría, y más invisible, más peligrosa es; Satanás sabe bien disfrazase de ángel de luz.

[5] El Catecismo de Heidelberg pregunta “¿Qué es la idolatría?”, y responde: “Es imaginar o poseer, en lugar del único Dios verdadero, revelado en su Palabra, o al lado de Él, otra cosa en que poner nuestra confianza” (Pregunta 95).

[6] Job 32:24-25: “¿Acaso he puesto en el oro mi confianza, o he dicho al oro puro, ‘En ti confío’? ¿Me he ufanado de mi gran fortuna, de las riquezas amasadas con mis manos?” En seguida, Job relaciona esa confianza en las riquezas con la idolatría (32:26-28). Los pasajes de Isaías interpretan la confianza en potencias extranjeras (20:5, Egipto y Nubia; Asiria, Os 5:13) y en la fuerza y las armas (30:12) como idolatría. Oseas 14:1-4 denuncia como idolatría la confianza en Asiria y en las armas, porque desplaza la confianza en Dios, y concluye, “Nunca más llamaremos ‘dios nuestro’ a cosas hechas por nuestras manos”. Todo el tema está magistralmente expuesto por Gutiérrez (1989:111-132). Cualquier “entrega total y cotidiana a quien se considera el absoluto de nuestras vidas” es idolatría (p.123).

[7]  Sobre este texto comenta Gutiérrez, “‘Gloriarse’ es poner su seguridad y su orgullo en esos ídolos eventuales: el saber, el valor militar y la riqueza” (Gutierrez, El Dios de la vida 1989:113).

[8] ) Según Oseas 5:13-6:2, fue idolatría de parte de Israel esperar que Asiria sanara sus llagas y heridas, cuando sólo Dios los puede curar (6:1; 7:1; 14:4, todos con el mismo verbo hebreo, RâFâA). Para los profetas, es idolatría confiar en cualquier otro poder para resolver los problemas nacionales y personales.

[9] El primer mandamiento reza, “No tendrás otros dioses además de mí” (Ex 20:3 NVI). La frase “ante mí” (Hebr. YaL-PâNaYâ, “ante mi rostro”) no significa “antes de mí, mayor que yo” sino “al lado mío”.

[10] Bien comentó Charnock en el siglo XVII, “pretender adorar a Dios y buscar sólo mi ventaja propia es burlarme de Dios en vez de adorarlo. Cuando creemos que nosotros debemos ser satisfechos y no Dios ser glorificado, ponemos a Dios por debajo de nosotros mismos e imaginamos que él debe someter su propio honor a las ventajas nuestras” (The Existence and Attributes of God, Grand Rapids: Baker Books, 1996, p.241).

[11] Algunos manuscritos de Qumran denuncian “los ídolos del corazón” (1QS 2.11; CD 20.9). Muchos pasajes de los profetas aluden a la idolatría sin nombrarla. Un claro ejemplo es Isaías 20:1-6, contra las alianzas con Egipto y Etiopía: “Y los que confían en Etiopía y se enorgullecen de Egipto quedarán aterrados y avergonzados. En aquel día los habitantes de esta costa dirán: Fíjense, ahí tienen a los que eran nuestra esperanza, ¡aquellos a quienes acudíamos en busca de ayuda, para que nos libraran del rey de Asiria” (20:5-6).

[12] Sicre (1979:43) comenta sobre Os 5:12-15: “Precisamente la originalidad de este texto radica en que nos presenta una forma de idolatría ‘secular’. Ya no entran en juego los ‘dioses del cielo’, sino ‘los dioses de la tierra'”. Sicre observa también que los profetas hablaron de la idolatría indirectamente, bajo otros temas, porque no conocían la palabra “idolatría” (Sicre 1979:18). Sicre lo llama también “idolatría política” (p.56, sobre Isa 30:1-5). Para captar estos mensajes anti-idolátricas, es necesario sensibilizarnos a este lenguaje indirecto de sub-códigos referentes al tema.

[13] Este es el plan del libro de Sicre: La divinización de las grandes potencias (pp. 23-100) y “la divinización de los bienes terrenos” (pp. 101-170). Mientras Sicre se limita a los profetas preexílicos, Caravias aplica el mismo esquema a toda la Biblia (incluso los libros deuterocanónicos).

[14] Cf. también Dagoberto Ramírez, “La idolatría del poder”,  RIBLA  #4 1989:109-126.

[15] En 44 d.C. todo Israel, incluso Galilea, fue convertido en provincia romana.

[16] Protestas parecidas fueron promovidos por un tal Simón en Perea y por Atronges en Judea.

[17] Los “cristianos confesantes” bajo Adolfo Hitler (Niemoeller, Bonhoeffer, Barth y otros) afirmaron el mismo principio en su Confesión de Barmen (1934), que sólo Jesucristo puede ser el Señor de nuestra conciencia.

[18] Sobre la comprensión bíblica del poder político, cf. Stam (2004B:109-132).

[19] Es significativo que Dios le comisiona a Elías a ungir a un rey pagano (Jazael de Siria), a un rey de Israel (Jehú) y a un profeta (Eliseo; 1 R 19:15). Según Jer 27:6-7, fue Dios quien entregó a Nabucodonosor todas las naciones de su imperio; cf. Isa 45:1 para Ciro). Para los hebreos, sus autoridades eran básicamente mediadores religiosos con la misión de hacer de Israel un reino de sacerdotes y una nación santa (Léon Dufour 1973:37)

[20] En Génesis 49:25, Yahvé se llama “el Dios de tu padre, que te ayuda” (el “Dios ayudador”). Sal 124:8 afirma que “Nuestra ayuda está en el nombre de Yahvé”. Cf. 1Cr 5.20; Is 44.2 vs Lam4.17). Los rollos de Qumran hablan unas treinta veces de Dios como ayudador.

[21]  Uzías es llamado también Azarías (2 R 14:21; 15.1-8, 17-27, 1 Cr 3:12).

[22] Amós y Oséas profetizaban durante el reinado de Uzías, e Isaías recibió su majestuosa visión de Yahvé “el año que murió el rey Uzías” (Is 6:1).

[23] Eric Fromm observa que “los ídolos de hoy son los líderes, las instituciones — especialmente el Estado — la nación, la producción, la ley y el orden y toda obra fabricada por el hombre” (La revolución de la libertad, México D.F. 1970, citado en Sicre p.17-18).

[24] Sobre el sentido teológico de “ayuda” véase Botterweck XI:12-18 y NIDOTT III:378. Debe notarse que esta actitud tan “cerrada” va contra el sentido común. Cualquier nación debe tener el pleno derecho de buscar las alianzas necesarias para su defensa propia, y cuánto más “ayuda”, mejor debe ser. Pero aquí no se trata de prudencia y cálculos militares sino de fidelidad radical a Yahvé. Según Sicre (1979:53), comentando Isa 20:1-6, lo que era simplemente un error de cálculo para los filisteos (Askalón, Ecron), para el pueblo de Dios era idolatría. Por eso dice Isaías que en esas alianzas, “caerá el ayudador (‘ozer) y caerá el ayudado (‘azur Isa 31:3 RVR).

[25] Como ya hemos señalado, expresiones como “confiar”, “enorgullecerse” y “acudir en busca de ayuda” tienen claras connotaciones de idolatría.

[26] Sicre (1979:58), citando a Huber, comenta que en su lenguaje sobre esas alianzas, Isaías “ha elegido las palabras para cualificar teológicamente esta política … mediante términos que indican la actitud que sólo puede adoptarse ante Yahvé… Egipto ha ocupado el lugar de Dios.”

[27] Muchas traducciones reproducen los nombres como “Oholá” y “Oholibá”. Schökel apunta que este capítulo no denuncia la adoración de dioses ajenos sino “la política cambiante y acomodaticia de pactos con la potencia de turno”. Según Dt 22:21 el castigo de tal conducta debía ser la muerte, lo que subraya “la total indignidad de las jóvenes” ((Ezequiel, Madrid: Cristiandad, 1971, p.151). El profeta condena la política internacional de las dos naciones con el lenguaje más ofensivo posible.

[28] Llama la atención que Ezequiel, en su libro tan lleno de lenguaje agresivo, utiliza los términos más violentos y ofensivos (y crudos) para describir las abominables alianzas político-militares de Israel y Judá.

[29] Esta misma verdad reaparece en el bloque textual del Pentecostés, que “ninguno decía ser suyo propio nada de lo que poseía, sino que tenían todas las cosas en común” (Hch 4:32 RVR).

[30] Pablo VI lo expresó muy bien cuando dijo que toda propiedad privada lleva una hipoteca social.

[31] Cf. 1Qp Hab 8:8-13; 1 En 46:7; 94:8; TJudá 19:1 (cf 17:1; 18:2-6); Filón de spec.leg I:23-25; Sicre 1979:102-103.

[32] La palabra AaRMeNôT puede significar “fortaleza, alcázar” (NVI), pero también “palacio” (mansión, residencia lujosa; BJ, NBE, DHH, RVR; Sicre), que cuadra mejor con el contexto.

[33] En lenguaje novotestamentario, Sicre describe los palacios de Samaria como ” el santuario supremo de Mammón” y agrega, “Al dinero se le puede dar culto en cualquier lugar: en los tribunales de justicia, en el mercado, incluso en el templo y junto a los altares yahvistas (cf. 2:8). Pero el palacio es su residencia habitual, el sitio donde se hace más presente y palpable este nuevo rival de Dios”  (1979:112).

[34] Todos los ídolos tienen algo de Moloc y chupan la sangre de sus víctimas. Eso se ve hoy en las grandes guerras internacionales, cuyo motivo principal suele ser la ganancia (petróleo, comercio, hegemonía del mercado). La disposición de matar a víctimas inocentes es una marca evidente de idolatría. “El dios de la idolatría es un dios asesino. Mucha es la sangre que se derrama por afán de lucro” (Gutiérrez 1989:117). Es aun peor cuando tales homicidios se justifican en el nombre de Dios, o de la justicia y la democracia (Is 8:20).

[35] Despues aparece en 2 Clem 6:1 y Mishná, Abot 2:12, con el significado de “dinero”, y en el Talmúd.

[36] BalzSch (I:11061-2) menciona que en el mundo griego el término era humillante, pero en la Biblia “Ser elegido por Dios, tener la posibilidad de servirle, no humilla a nadie”. En servirle a Dos está nuestra verdadera libertad.

[37] Traducción un poco libre, pero fiel, del original inglés.

[38] Véase “Jesús-economista en el evangelio de Mateo” por Leif E. Vaage en RIBLA #27 1997: 112-129. Debe mencionarse también la aguda crítica del pecado económico que ofrece el Apocalipsis (Stam 2005:326-340).

[39] La figura ridícula de pasar un camello por el ojo de una aguda debe entenderse como una simpática hipérbole; ¡imaginar un camello, con todo y joroba, tratando de pasar por donde sólo con dificultad se logra meter un hilo fino! La expresión no tiene nada que ver con una supuesta puerta pequeña en el muro de Jerusalén, de la que no hay evidencias confiables.

[40] Cf. Sicre 1979:164. Dos veces las epístolas paulinas identifican la avaricia (Ef 5:5; Col 3:5: pleonexia, deseo de tener más) como idolatría. Los avaros aparecen también en las listas de los que quedan excluídos de la comunidad (1 Co 5:11; 6:10) y la avaricia entre las obras de la naturaleza pecaminosa (Ro 1:29; cf. 2 P 2:3,14; 2 Tm 3:2 filárguroi). Según 1 Timoteo 6:10, “el amor al dinero (filarguria) es la raíz de toda clase de males” (cf. 6:17). Cf. Stg 5:1-5; TJudá 19:1.

[41] El Testamento de Judá advierte en el mismo sentido, “Hijos míos, el amor al dinero lleva a la idolatría; porque el dinero los lleva por mal camino y hace que consideren dioses a los que no lo son” (19.1).

[42] Leif Vaage, RIBLA #27 1997:116.

[43] Tresmontant, Barcelona: 1973, citado por Sicre 1979:104.

[44] Orígenes, “Homilía sobre el libro de los Jueces”, citado en Christian Century 9.4.97, p. 371).

[45] Unser Glaube: Die Bekenntnisschriften der evangelisch-lutherischen Kirche (Gütersloh: Gütersloher Verlagshaus 1987 pp 596-597).

[46] En el Apocalipsis tales personas se llaman “nicolaítas” por querer rendir culto a Cristo y a la vez al emperador, una especie de “imperialización” del evangelio.