Archivos para mayo 18, 2011


Esta canción resume perfectamente cual es nuestra situación ante Dios. La razón por la que lo necesitamos. Ninguno somos perfectos, estamos en el camino y fallamos continuamente a Jesús. Pero la actitud correcta es acercarnos con sinceridad y decirle cuánto nos arrepentimos de haberle fallado.

La buena noticia es que Jesús no nos recrimina cuando vamos con corazones sinceros delante de él. Sino que nos da una razón para vivir y todavía más, nos ayuda a cambiar para quitar todo aquello que estorba en nuestra relación. Nos ofrece un motivo para comenzar de nuevo. Es fantástico saber que Dios es así, fiel, cercano, dispuesto a perdonar. Esto no quiere decir que tenemos licencia para vivir como queramos, nuestro deseo es agradarle por tanto amor derrochado.

Jesús es el motivo de nuestra existencia. El motivo de nuestra fuerza, de nuestra ilusión, alegría y energía. Él es el motor que hace mover aquellas cosas que parecen estancadas en nuestra alma, en nuestro interior. El nos cambia, nos transforma, nos hace nuevas criaturas. Solamente por reconocer que le fallamos y ponemos la confianza totalmente en él. Aunque todos los días tenemos que luchar con nuestro propio egoísmo, poco a poco nos vamos acercando a Jesús como nuestro modelo de persona. Esa es La RAZÓN con mayúsculas de nuestro caminar.

Pero ahora, aparte de la ley, Dios ha dado a conocer de qué manera nos hace justos, lo cual se comprueba por los libros de la ley y los profetas: Dios, por medio de la fe en Jesucristo, hace justos a todos los que creen. Pues no hay diferencia, porque todos han pecado y están lejos de la presencia gloriosa de Dios. Pero Dios, en su bondad y gratuitamente, los hace justos mediante la liberación realizada por Cristo Jesús. Dios hizo que Cristo, al derramar su sangre, fuera el instrumento del perdón. Este perdón se alcanza por la fe. Así quiso Dios demostrar su justicia, y mostrar que si pasó por alto los pecados de otro tiempo fue solo por su paciencia, y que él, siendo justo, también en el tiempo presente hace justos a quienes creen en Jesús. (Romanos 3.21-26)

No le des más vueltas, ser humildes y reconocer nuestra condición es la llave para el cambio. Dios sigue siendo paciente.

JPCclips.

El Cisma de Occidente

Publicado: mayo 18, 2011 en Historia, Iglesia, Luteranismo

César Vidal Manzanares
La necesidad de la Reforma (2): la Reforma indispensable (II)

En mi anterior entrega, me detuve en la manera en que el papado se convirtió en punto menos que el departamento de asuntos religiosos de la monarquía francesa. Cuando tras siete décadas, concluyó la Cautividad babilónica de la iglesia en Avinón, la iglesia católica no recuperó la unidad. Por el contrario, se vio sumida en un Cisma que se prolongaría durante décadas.

A la muerte de Gregorio XI, el pueblo de Roma – que temía la elección de un papa francés y el regreso de la Santa Sede a Aviñón – exigió que el nuevo pontífice fuera “romano o al menos italiano”. Aterrorizados, ante la posibilidad de que se produjera un derramamiento de sangre, los cardenales votaron casi unánimemente a Prignano que subió al trono papal con el nombre de Urbano VI.  Una vez más, cuestiones meramente políticas tuvieron consecuencias espiritualmente trágicas.

Al anunciar Urbano VI que tenía el propósito de crear nuevos cardenales para contar con una mayoría italiana en el Sagrado colegio,  los cardenales franceses proclamaron la nulidad de su elección y eligieron a Clemente VII  en su lugar. De esta manera comenzó el Gran Cisma o Cisma de Occidente. Aunque Urbano VI respondió ejecutando a cinco cardenales por conspiración y sometiendo a otros seis a tortura, murió sin conseguir que su pontificado fuera aceptado por toda la cristiandad católica.

En 1389,  a la muerte de Urbano VI, fue elegido el nuevo pontífice – Bonifacio IX  – por catorce cardenales romanos. Su propósito era alcanzar una solución de compromiso que permitiera solventar el Cisma de Occidente.

Desgraciadamente no fue así y  Bonifacio XI fue excomulgado por el papa de Aviñón Clemente VII. La muerte de este pontífice hubiera podido significar el final del Cisma. Sin embargo, los cardenales de Aviñón optaron por elegir a un nuevo pontífice, el aragonés Pedro de Luna, que accedió al trono papal con el nombre de Benedicto XIII.  Una vez más, el papa de Aviñón se negó a ceder ante la sede romana perpetuando así la división de la iglesia católica en dos bandos.

El drama que implicaba semejante situación – una unidad eclesial rota en la cúspide por dos papas que se anatematizaban recíprocamente – llevó a distintas instancias políticas a intentar una mediación que llevara a Benedicto XIII a abdicar y permitiera la continuación de la línea papal a través de un pontífice con sede en Roma. Así, en 1395, Carlos VI de Francia le instó infructuosamente para que abdicara y no mejor resultado obtuvieron una legación anglo-francesa en 1397 y otra alemana en 1398. Cuando en ese mismo año, Francia se apartó de la obediencia a Benedicto, Navarra y Castilla dieron el mismo paso situándolo en una posición muy delicada. Benedicto XIII llegó incluso a ser confinado en su palacio.

Sin embargo, en 1403 logró escapar disfrazado y esa muestra de audacia se tradujo en la recuperación de la obediencia de sus cardenales así como de la de Francia y Castilla.  En 1404, Benedicto XIII propuso llegar a un acuerdo con el pontífice romano, pero el proyecto fracasó. Finalmente, en virtud del tratado de Marsella de 21 de abril de 1407, Gregorio XII de Roma y Benedicto XIII de Aviñón acordaron entrevistarse en Savona para concluir el cisma. El encuentro no tuvo nunca lugar y, al año siguiente, la corona francesa – la primera interesada en mantener el papado de Aviñón – volvió a apartarse de la obediencia a Benedicto XIII e incluso ordenó su detención.

A esas alturas, la tesis de que un concilio tenía autoridad y legitimidad suficiente para deponer al papa se había impuesto siquiera por la vía del pragmatismo ya que no se percibía otra salida para una crisis institucional y espiritualmente escandalosa. Así, Benedicto XIII, que había huido a Perpiñán, tuvo allí noticia de que el concilio de Pisa de 1409 le había depuesto tanto a él como al papa Gregorio. A los pocos días,  Alejandro V fue elegido como nuevo – y, supuestamente, definitivo y legítimo – papa.

En teoría, la solución conciliarista, es decir la deposición de los pontífices y su sustitución resuelta por un concilio superior a ellos, debía haber acabado con el Cisma de Occidente. Desgraciadamente, a corto plazo, sólo sirvió para complicarlo aún más. Apoyándose en los reinos hispánicos y en Escocia, Benedicto XIII excomulgó a sus opositores y mantuvo sus pretensiones de ser el pontífice legítimo.  La existencia de tres papas – un hecho sin precedentes – fortaleció las tesis de los partidarios del conciliarismo que ahora contaban con el respaldo imperial para intentar acabar con el Cisma.  Así, el emperador alemán Segismundo acudió a Perpiñán para instar a abdicar a Benedicto XIII. No lo consiguió. De hecho, Benedicto XIII se mantuvo en su posición – en sus trece – hasta su fallecimiento en el castillo de Peñíscola en 1423.

Sin embargo, si el papa aragonés pasaría a la Historia como un paradigma de la testarudez, no más ejemplar resultó la conducta de Baldassare Costa. Nacido en Nápoles de familia aristocrática, Costa fue pirata en su juventud, pero en 1402, fue creado cardenal por Bonifacio IX y nombrado legado en Romaña y Bolonia. Empedernido mujeriego – de él se contaba que había seducido a más de doscientas mujeres mientras desempeñaba estas funciones – Costa rompió con Gregorio XII y se unió a los cardenales de Benedicto XIII que lo habían abandonado y en el curso del concilio de Pisa (marzo-agosto de 1409) votó a favor de la deposición de Gregorio XII y de Benedicto XIII, y de la elección de Alejandro V. Cuando éste murió, envenenado, al parecer, por órdenes del propio Baldassare Costa, éste logró ser elegido sucesor suyo.

 Costa – que tomó el nombre de Juan XXIII – consiguió disfrutar de un amplio respaldo en Francia, Inglaterra y varios estados italianos y alemanes. Decidido a acabar con la crisis por la que atravesaba el pontificado, condenó la enseñanza de los reformadores John Wycliffe y Jan Huss, y en 1414, convocó el concilio de Constanza con la intención de que se confirmara la deposición de Gregorio XII y Benedicto XIII.  La propuesta era sensata, pero, a esas alturas, la tesis de la superioridad del concilio sobre el papa estaba tan afianzada que en febrero de 1415, el concilio decidió que también Juan XXIII debía abdicar.

Ante aquella iniciativa, Juan XXIII decidió huir convencido de que con ese acto concluiría el concilio, pero no fue así. En sus sesiones IV y V (30 de marzo y 6 de abril de 1415), el concilio proclamó su superioridad sobre el papa y, tras detener a Juan XXIII, lo depuso en la sesión duodécima (29 de mayo) acusándolo de simonía, perjurio e inmoralidad. La respuesta de Juan XXIII fue declarar que el concilio era infalible y renunciar a cualquier derecho que pudiera tener al papado.

 Después de que el concilio de Constanza depusiera a Juan XXIII y a Benedicto XIII y recibiera la abdicación de Gregorio XII, en el curso de un cónclave que tan sólo duró tres días se eligió papa al cardenal Oddo Colonna que tomó el nombre de Martín V.

El cisma aún perduraría hasta el pontificado de Clemente VIII, sucesor de Benedicto XIII, pero ya con escasos católicos que no reconocieran como pontífice legítimo a Martín V. A partir de 1418, en un intento de fortalecer su autoridad y de recuperar el prestigio de la Santa Sede, Martín V comenzó a negociar concordatos con Alemania, Francia, Italia, España e Inglaterra, y en 1420, volvió a residir en Roma, pese a las presiones para establecerse en Alemania o Aviñón.

 El Cisma de Occidente había dejado de manifiesto hasta qué punto la unidad de la Cristiandad occidental resultaba frágil y cómo para recuperarla había resultado forzoso arbitrar medidas que colocaban la autoridad del concilio por encima de la de los pontífices. Sin embargo, no significó la recuperación de la unidad.  Durante los años siguientes, quedó de manifiesto esa desunión en episodios como los oídos sordos prestados por las diversas naciones a los llamados papales para socorrer a Constantinopla – que cayó ante los turcos en 1453 – y, sobre todo, en la separación de Bohemia de Roma siguiendo las tesis teológicas de Juan Huss, un teólogo quemado en la hoguera durante el concilio de Constanza.

La Reforma del s. XVI provocó – a su pesar – una ruptura, pero no en una iglesia impolutamente unida, sino en una que se había mostrado dividida durante décadas en los siglos anteriores y que además ya había perdido alguna región de Europa seguidora de una interpretación de las Escrituras diferente de la propugnada por la Santa Sede. La razón de esa ruptura fue espiritual, pero de eso hablaremos en siguientes entregas.

 Continuará. Próximo capítulo: La necesidad de la reforma (3): la Reforma indispensable (III): La crisis espiritual


Autores: César Vidal Manzanares

© Protestante Digital 2011


Juan Simarro Fernández
Retazos del evangelio de los pobres (XX)
“Aconteció que estando Jesús a la mesa en casa de Leví, muchos publicanos y pecadores estaban también a la mesa juntamente con Jesús y sus discípulos…”. Marcos 2: 15. Texto completo en Marcos 2:13-17.
 La mesa compartida, además de tener todas las características muy especiales en aquella época, va mucho más allá del hecho necesario y solidario de dar de comer o el hecho de la acogida incondicional  sin establecer divisiones entre puros e impuros, ricos y pobres, integrados o desclasados. Jesús también es ese pan que se ofrece para ser compartido en cualquier situación, en los focos de conflicto, en medio de los hambrientos del mundo, fuera del templo, en las casas, en las fábricas, allí donde los hombres son oprimidos, excluidos y despojados de su dignidad.Por eso el tema de la mesa compartida va mucho más allá del hecho del deber de compartir el pan con los excluidos o estigmatizados, con los pobres y los que son rechazados como impuros. Jesús es el Mesías del pan compartido . Hay una trascendencia que nos lleva a considerar la búsqueda de la justicia en el mundo, el trabajo por una mejor redistribución de los bienes del planeta tierra, la dignificación de las personas y la acción social cristiana, la Diaconía, como temas impregnados de unos valores transcendentes. Es por eso que se puede hablar de la Teología de la Acción Social, la Teología de la búsqueda de la justicia, la Teología de la liberación de los oprimidos, la Teología de dar de comer a los hambrientos.

En el ejemplo de Jesús, en el ejemplo de su mesa compartida, hay pan para todos a la vez que Él mismo se ofrece como pan compartido. Su milagro no consiste solamente en la multiplicación de los panes y los peces, sino que también, en sus comidas compartidas, nos deja los retazos de lo que debe ser la vida cristiana, los retazos del Evangelio a los pobres. Multiplica el pan y acoge en su mesa, a la vez que, ofreciéndose como pan compartido, rompe todo tipo de ataduras que hace que unos hombres sean esclavos de otros. Jesús con sus comidas es liberador. Hace pedazos las normas y las leyes de pureza de los judíos religiosos que, considerándose puros, excluían a los más débiles haciendo divisiones sociales entre puros e impuros, integrados y excluidos.

 Cuando Jesús reúne a las personas en torno a su mesa, cuando se ofrece como pan compartido, rompe toda barrera que separa a los hombres  y que les clasifica entre dignos e indignos. En la mesa compartida, nadie se queda fuera ni pasa hambre, pero, a su vez, se encuentra con la figura de Jesús como pan compartido en una especie de banquete de encuentro humano en donde no se distingue el rico del pobre, porque en su presencia no puede hacerse divisiones entre ricos y pobres, entre proscritos e integrados, entre oprimidos y opresores. El pan es para todos, se da de forma gratuita. En la figura de Jesús como pan compartido, se muestra el Mesías de la acogida universal en donde se acogen a los últimos y excluidos y se les pone como los primeros, como los integrados y acogidos en los brazos del Maestro.

 Cuando no redistribuimos los bienes de la tierra con equidad, estamos apartando de nosotros al Mesías del pan compartido , no le seguimos aunque estemos visitando su templo día tras día; cuando estamos haciendo grupos y separaciones entre grupos humanos, dejando a muchos en la estacada, tirados al lado del camino, no lo estamos haciendo como seguidores del Jesús de la mesa compartida; cuando estamos considerando como exitosos a los acumuladores del mundo y rindiendo pleitesía a los que adoran al dios de las riquezas, envidiando sus éxitos, estamos olvidando al Jesús de la mesa comunitaria; cuando pasamos de largo ante el grito de los pobres, hambrientos y marginados del mundo, nos estamos autoexcluyendo como invitados al banquete del Reino.

Sólo cumpliendo nuestros deberes de projimidad, de atención al prójimo apaleado y tirado al lado del camino, podremos entender y seguir al Mesías del pan compartido, de la comida universal, del banquete del Reino. Siguiendo a este Jesús es la única manera de que nosotros también aprendamos a multiplicar el pan, a no hacer divisiones entre grupos, a ser solidarios y serviciales con el prójimo necesitado, buscadores de justicia y agentes de liberación de un Reino que nos necesita para expandir sus valores en un mundo desigual e injusto. Sólo siguiendo a este Jesús como el pan compartido, podremos nosotros también formar nuestra mesa comunitaria en la tierra en donde nadie debe ser excluido, donde nadie debe ser marginado.

 En la mesa compartida, el que tiene debe dar al que no tiene. El que sigue al Maestro debe ser como un promotor de justicia, de una humanidad más justa y con una mejor redistribución de los bienes del planeta tierra, debe ser acogedor del otro, del que está en una situación de rechazo, pobreza o exclusión.  El Jesús del pan compartido se nos muestra como modelo a seguir, como ejemplo de acogida, transmisor del modelo que debe seguir todo discípulo del Maestro: el del pan y la mesa compartida en la que también se comparte la palabra y el amor que debe reinar entre todos los hombres de la tierra.


Autores: Juan Simarro Fernández

© Protestante Digital 2011

Toy Story 3: juguetes abandonados

Publicado: mayo 18, 2011 en Cine

 José de Segovia Barrón

Toy Story 3 :  juguetes abandonados

¿Quién no se ha sentido alguna vez despreciado y abandonado?

17 de mayo de 2011

   Incluso el creyente puede llegar a dudar si realmente Dios le ama. Los personajes de la tercera entrega de Toy Story –ahora disponible en DVD– están devastados, porque Andy es ahora mayor y no quiere jugar ya con ellos.

Un sentimiento de tristeza, pérdida y desesperanza llena los primeros minutos de esta historia de juguetes destinados a la basura. Nunca se había visto un rostro animado con tal desolación, como cuando los personajes de  Toy Story 3,  se enfrentan al fuego de la destrucción de su propia mortalidad.

No es extraño que esta película no sólo hayaconseguido la mayor recaudación de taquilla en todo el mundo, para un film de animación, sino que sea considerada por muchos críticos como una de la obras cumbres del séptimo arte. Es un secreto a voces que los trabajos de  Pixar  son una de las pocas cosas interesantes que ha producido la industria norteamericana, desde que los grandes estudios se estancaran en los años ochenta en continuos  remakes  de cualquier película realizada hasta entonces.

 EL GENIO DE  PIXAR
 El creador de  Pixar,  John Lasseter –ahora director creativo de  Disney –intenta recuperar el tiempo perdido, dando prioridad a las historias sobre los estudios de mercado. Se incorporó a finales de los setenta al estudio del ratón Mickey, cuando todavía estaban allí muchos de los grandes animadores de la época de oro. Cuando la empresa está a punto de desaparecer en 1984 –por una OPA hostil del tiburón de Wall Street, Saul Weinberg–, Lasseter se muda al norte de California para trabajar con el creador de  Star Wars,  George Lucas, en el comienzo de la animación digital.

La compañía de Lucas fue adquirida en 1986 por Steve Jobs de  Apple,  convirtiéndose en  Pixar. Tras unos años haciendo cortos, se atreven con el primer largometraje en 1995 – Toy Story –, que fue distribuido por  Disney  –entonces en manos de Jeffrey Katzenberg, que impone una narración clásica–. Todo cambia con  Los increíbles  (2005) de Brad Bird. Esta historia crepuscular de superhéroes parece más propia del mundo del cómic adulto de  Watchmen  que de un producto infantil.

 Pixar  hace desde ese momento unas películas, que tienen diversos niveles de lectura, dependiendo del público que se pone delante de la pantalla. Para Lasseter, lo principal es el argumento. La tecnología está al servicio de la historia. Según él, “los ejecutivos de  marketing no deberían influenciar en las decisiones artísticas”. Porque “¿qué te puede decir esa gente sobre lo que te gustaría ver en el cine? Algo como lo que vieron la última vez que fueron a ver una película”. El creador de  Toy Story  cree que sus éxitosno se basan en los estudios de mercado, sino en historias tan inusuales como la de una rata que quiere ser  chef  en el mejor restaurante de París ( Ratatouille ).

 NOSTALGIA DE LA INFANCIA PERDIDA
 Si hay un tema recurrente en el cine de  Pixar,  esa es la melancólica tristeza con la que se recuerda la época en que fuimos niños. En  Ratatouille  (2007), el personaje más negativo es humanizado, con el salto a la infancia del crítico culinario Anton Ego.  En  WALL-E (2007), un robot pierde la memoria, tras sacrificarse para salvar a la humanidad. En  Up  (2009) se resume maravillosamente, en sus once primeros minutos, toda la trayectoria vital de una pareja. Y  ahora en  Toy Story  3 (2010), el joven dueño de los juguetes protagonistas, Andy, renuncia a sus recuerdos de infancia.

 Si en la primera entrega hay una llamada al conformismo (cuando  Buzz Lightyear tiene que descubrir, a la fuerza, que no es más que un juguete) y en la segunda a la resignación (los juguetes descubren que a medida que Andy se va haciendo mayor, los irá arrinconando, para dedicarse a otros juegos más acordes a su edad), en la tercera nos enfrentamos a nuestra propia mortalidad. Los juguetes protagonistas se ven en la encrucijada de ir a parar al desván (retiro y jubilación), o a la bolsa de basura (la muerte). Ya que Andy se hace universitario y ya no quiere, no puede, o no debe, jugar a cosas de niños.

A pesar de nuestros mayores esfuerzos, nadie vive para siempre. Llega el momento en que nos tenemos que enfrentar a la muerte que nos espera. Como dice la productora, Darla Anderson, “la historia refleja cómo debemos enfrentarnos a cambios en nuestra vida, que son inevitables”. Como la mayor parte de las películas de  Pixar,  “puede ser tan profunda como uno quiera”. Trata sobre transiciones como crecer, dejar tu casa, ser dejado atrás, o incluso un tema tan serio como qué pasará al final con nosotros.

 ¿A QUIÉN PERTENECEMOS?
Andy no es el único que ha crecido a lo largo de estas historias. En la primera, el entrañable y egocéntrico Woody odiaba a Buzz por robarle la atención de Andy. Y en la segunda se veía inmortalizado en un museo. Ahora descubre que “ya no se trata de que jueguen contigo, sino de estar allí, cuando Andy te necesita”. Aunque él es todavía el favorito. El chico decide llevárselo a la universidad, pero todos los demás acaban en una guardería.

En el irónicamente llamado  Centro de Atención de Día Soleado  ( Sunnyside ), encuentran docenas de juguetes abandonados. Su jefe es un enorme oso de peluche con olor a fresa, llamado Lotso, que encubre a un ser malvado y resentido con la vida. El tirano dueño de la guardería tiene una historia trágica. Su dueña le perdió y compraron otro oso igual, en su lugar. Se sintió “perdido, despreciado, no amado, ni querido”.

 Lotso se intenta convencer a sí mismo, que cuando uno “no tiene dueño, no se te rompe el corazón”. Cree que todos los juguetes estarían mejor si fuera “dueños de si mismos”. Su filosofía no sólo domina la guardería, sino la sociedad en que vivimos. A pesar de su luminoso nombre, no hay comunidad, ni libertad en  Sunnyside . El deseo de autonomía ha corrompido este mundo, donde hemos cambiado nuestro legítimo Dueño por la tiranía de una esclavitud que nos aprisiona, dándonos una falsa seguridad.

 HASTA EL INFINITO Y MÁS ALLÁ
 Lotso trata a los demás juguetes como se ve él a sí mismo: “somos simple basura, esperando a que nos tiren”. Uno de los que utiliza es un Ken, que ve las cosas de otra manera, al enamorarse de una Barbie. Lotso se ríe de él diciendo: “¿te crees que eres especial? ¡Eres sólo un pedazo de plástico!, hecho para tirar; ella, una muñeca Barbie, como hay cientos de millones”.  La película nos hace preguntarnos sobre el propósito de la vida: ¿para qué fuimos hechos?, ¿somos especiales?, ¿para quién?

 Para Woody, el sentido de la vida está intrínsecamente unido a nuestro Dueño. El se define a sí mismo por Andy. Todos deseamos pertenecer a alguien . Este anhelo es más fuerte aún que nuestro instinto a evitar el dolor del rechazo. La Biblia dice que ese deseo se hace pleno en la confianza, por la que nos sentimos propiedad de Dios, aunque experimentemos dolor y soledad.

En el siglo primero, Pedro escribe a una gente que sufre, y a pesar de ello son “un pueblo escogido, una comunidad diferente, posesión misma de Dios”. Como resultado, “pueden mostrar a otros la bondad de Dios, porque Él les llamó de la oscuridad a su luz admirable”. Es cierto que “antes no tenían esa identidad de comunidad; pero ahora son pueblo de Dios”. Aunque “un tiempo no tuvieron misericordia” de ellos, ahora han recibido la misericordia de Dios” ( 1  Pedro 2:9-10 ).

 Nosotros, como ellos, podemos encontrar nuestra identidad en Dios; saber que somos especiales, porque somos suyos. Ser propiedad de Dios, no es como estar bajo la tiranía de Lotso. Es más como la exuberante amistad del primer Andy. Su amor trae libertad, propósito y comunidad. Más aún, Dios será fiel a nosotros, “hasta el infinito y más allá”.

Autores: José de Segovia Barrón

© Protestante Digital 2011

¿Qué significa “unción”?

Publicado: mayo 18, 2011 en Teología

Juan Stam

Una frase muy popular en ciertos círculos es “la unción” o más frecuentemente, “una unción”, seguida por adjetivos superlativos como “muy especial”, “muy poderosa”, etc. “Dios derramó una unción de lo alto” se oye a menudo, o aun por anticipado, “habrá una unción divina muy especial”, “una unción muy especial está cayendo del cielo” o “Fulano es un predicador muy ungido”. Es impresionante como en cada maratónica de Enlace se oye la misma frase: “se siente una tremenda unción aquí, es un poderoso mover del Espíritu ” o “hay una tremenda atmósfera de milagros aquí” (¿qué sería una maratónica sin este “tremendismo” retórico?). ¿Creerán esos hermanos y hermanas que se puede programar al Espíritu Santo? ¿O será que sin darse cuenta ellos mismos están manufacturando artificialmente esos sentimientos, que no serían entonces exactamente “de lo alto”? Parecen haber olvidado que “el Espíritu sopla donde él quiere”, no como nosotros le programamos y lo manejamos.

¡Qué refrescante sería escuchar alguna vez una confesión sincera, “Hoy el ambiente no sentimos ninguna unción, vamos a suspender la maratónica para este mes”. Por lo menos sería lindo no tener escuchar esas pretenciosas frases rimbombantes de siempre.  Por supuesto, eso es impensable, pero ese silencio, aunque una sola vez, sería una buena señal de autenticidad.

La Academia Real capta bien el uso popular de estas palabras: “3. Gracia y comunicación especial del Espíritu Santo, que excita y mueve al alma a la virtud y perfección; 4. Devoción, recogimiento y perfección con que el ánimo se entrega a la exposición de una idea, a la realización de una obra, etc.”; Untuosidad [santurronería]. Un diccionario ingles define su uso religioso como “3a: fervor religioso o espiritual; 3b: una intensa seriedad exagerada, asumida o superficial, en lenguaje o conducta” (Meriam Webster).

Eso corresponde de cerca al uso del término hoy, pero no corresponde para nada a su sentido bíblico. Veamos como la Biblia emplea estos términos, comenzando con el Antiguo Testamento:

En el hebreo el verbo “ungir” significaba “echar un líquido (especialmente aceite) sobre una persona u objeto, o untarlo con dicho líquido”. Se usaba para pintar una casa (Jer 22.14; cf. Ezq 23.14) o de perfumar el cuerpo (2Sm 12:20; Ezq 16.9; Am 6:6; Sal 92:10; cf. Mt 6:17). En ese uso, expresa alegría y bienestar (Sal 23:5; 92:10). Pero se uso más típico era para el ungimiento de un nuevo rey, equivalente funcional de la coronación. La típica construcción gramatical en hebreo, con LeMeLeK (“a ser rey”), con el sentido “ungir como rey” (al puesto de rey) muestra que se refiere a un cambio de status de la persona (Botterweck Tomo IX p.45), no a alguna experiencia religiosa especial. El Antiguo Testamento narra el ungimiento de nueve reyes, dos de ellos paganos (Azael de Damasco y Ciro de Persia). Relata también la unción de los sacerdotes y algunos profetas, que los “santifica” a ellos (los separa para el servicio de Dios), como también al “evangelista” escatológico de Isaías 61. A veces es Dios mismo quien los unge (1Sm 10:1).

El Nuevo Testamento afirma que Dios ungió a Jesús (Lc 4:18; Hch 4:27; 10:38; Heb 1:9) pero a ningún otro individuo particular. Más bien, San Pablo afirma que Dios nos ha ungido a todos: “Dios nos ungió, nos selló como propiedad suya y puso su Espíritu en nuestro corazón, como garantía [arras] de sus promesas” (2Co 1:21). ¡La unción del Espíritu, igual que el sello y las arras, son de todo creyente desde el momento en que cree (Ef 1:13-14; 4:30; 2Co 5:5; cf. el bautismo por el Espíritu, 1Co 12:13). Estos dones del Espíritu son aspectos propios de la misma salvación. El N.T. nunca nos exhorta a buscar la unción, ni habla de que alguien lo perdiera, ni que disminuyera y aumentara. Dios nos unge con el don de su Espíritu que mora en todos nosotros desde nuestro nacimiento como hijos e hijas de Dios.

El sustantivo “unción” (jrisma) aparece sólo tres veces en el Nuevo Testamento, en las sorprendentes palabras de 1Jn 2:20,27:

Todos ustedes, en cambio, han recibido unción del Santo,

de manera que conocen la verdad.

No les escribo porque ignoren la verdad,

sino porque la conocen

y porque ninguna mentira procede de la verdad…

En cuanto a ustedes,

la unción que de él recibieron permanece en ustedes,

y no necesitan que nadie les enseñe.

Esta unción es auténtica — no es falsa —

y les enseña todas las cosas.

Este texto — el único en el N.T. que habla de “unción” — afirma dos veces que la unción del Santo pertenece a todos los creyentes, sin excepción. De esa manera la enseñanza paulina sobre el tema se reafirma con aun mayor énfasis en una epístola juanina. En segundo lugar, la unción tiene que ver con conocimiento y sana doctrina; no tiene nada que ver con miradas piadosas, gritos y susurros, historietas sacalágrimas, música de trasfondo a veces dulce, a veces estridente; en fin, unción y emocionalismo no tienen nada en común. En tercer lugar, como conclusión: los fieles cristianos y cristianas no necesitan maestros, pues no tienen nada que aprender de las vanas especulaciones de los presuntos “sabios” que inventan novedades en vez de escudriñar fielmente la Palabra, de la mano del pueblo de Dios, que son todos “carismáticos”, portadores del Espíritu. (Este último punto significa que los pastores y maestros no deben ser autoritarios ni reprimir la sana criticidad en el pueblo).

Es obvio que nuestro uso del término “unción” dista mucho del sentido bíblico. Pero no quiero que se malinterprete este argumento. Mi crítica del abuso de una palabra, y de todo intento de poner fuego artificial en el altar de Yahvéh, no significa que no necesitemos “un mover del Señor” y que Dios no quiera derramar su Espíritu sobre su pueblo. Pero eso tiene que ser un mover de Dios en su libertad divina, no un esfuerzo nuestro de “mover” a Dios. Ni debe ser esa malentendida “unción” la meta de nuestra labor, ni aun el enfoque de nuestra atención. No son lo mismo emoción y emocionalismo, pero fácilmente nos confundimos y se nos olvida esa diferencia.

Termino con un homenaje póstumo a un predicador del evangelio, fallecido recientemente, con quien no siempre estuve de acuerdo pero a quién admiré y quien me edificó con su ministerio. Me refiero al hermano David Wilkerson. Era uno de los predicadores más emocionales de nuestro tiempo, pero su emoción era genuina y profunda, un dejarse mover por el Espíritu de Dios hasta las fibras más sensibles de su ser. Sus mensajes tenían sólido contenido bíblico. Era emocional pero no emocionalista. Era capaz de llorar largos minutos de sollozo ante el Señor en medio sermón, pero nunca capaz, creo yo, de simular emociones que no nacían al pie del trono divino, en la presencia del Señor de señores. Y jamás hubiera pretendido ser un “ungido”; más bien decía que él no era “profeta” — pero eso sí, tenía una profunda palabra profética para el pueblo de Dios.

¡Gracias buen Dios por nuestro hermano, tu siervo, David Wilkerson!

JuanStamBlog.


C. René Padilla

La matanza de Osama Bin Laden por disposición del Presidente Barrack  Obama  se ha convertido en el tema más debatido en los últimos tiempos  a nivel global. Tan pronto como el 2 de mayo pasado Obama anunció que el Comando Navy Seals había matado al jefe máximo de Al Qaeda, en los Estados Unidos se desató una efervescencia colectiva comparable a la que los amantes del fútbol en el Brasil o la Argentina celebran ante un triunfo que define a su equipo como campeón mundial después de una larga contienda.

Miles de ciudadanos estadounidenses se volcaron a la Times Square en Nueva York y a la Casa Blanca en Washington D.C. al grito de “¡USA! ¡Lo atrapamos!”. Para esa gente, con la muerte de Bin Laden concluía una etapa de casi diez años de buscar la manera de darle su merecido al autor intelectual del atentado terrorista del 11 de septiembre de 2001 —el atentado contra las Torres Gemelas y el Pentágono— que dejó un saldo de 3.000 muertos y provocó la “Guerra contra el terrorismo” declarada por el Presidente George W. Bush. Para los celebrantes de la muerte de Bin Laden, y probablemente para muchos otros, no cabe la menor duda que, como afirmó Obama en su discurso del 2 de mayo, “se ha hecho justicia”.

Tal interpretación de la justicia, sin embargo, es inadmisible desde varios puntos de vista. Para empezar, la muerte de Osama no fue en cumplimiento de una sentencia emitida por un tribunal de justicia al final de un proceso judicial: fue un asesinato político en venganza por sus crímenes. El Presidente de los Estados Unidos es abogado y conoce la ley; sabe, por lo tanto, que el requisito mínimo para aplicar la pena capital es que el criminal sea juzgado formalmente por una corte y sentenciado a muerte oficialmente. Así procedieron los países aliados al final de la II Guerra Mundial en relación con veinticuatro criminales de guerra nazis cautivos. Aunque hubieran podido ejecutarlos sin mayor dilación, optaron por enjuiciarlos y demostrar así su respeto por la ley. En su discurso de iniciación del Juicio de Nueremberg, el juez Robert Jackson, fiscal jefe del Tribunal, dijo:

El privilegio de abrir el primer juicio en la historia por crímenes cometidos contra la paz del mundo impone una seria responsabilidad. Los delitos que tratamos de condenar y castigar han sido tan calculados, tan malévolos y tan devastadores que no permiten ser olvidados porque no es posible que se repitan. Que cuatro grandes naciones victoriosas y heridas se abstengan de vengarse y voluntariamente sometan a sus enemigos cautivos al juicio de la ley es uno de los tributos más significativos que el Poder ha rendido a la Razón.

Como resultado del Juicio de Nueremberg, todos los criminales fueron castigados, once de ellos condenados a muerte y tres a prisión perpetua. Es obvio que en el caso de Osama Bin Laden no hubo la menor intención de capturarlo para juzgarlo y hacer justicia: la consigna del Comando Navy Seals era matarlo, y se cumplió. No se hizo justicia, se ejecutó venganza. No triunfó la Razón sino el Poder.

Y el triunfo del Poder sobre la Razón no augura la eliminación del terrorismo en el mundo. Por el contrario, incrementa el odio y la violencia. Prueba de ello son las renovadas amenazas de Al Qaeda, de vengar la muerte de su líder. Osama ha muerto, pero Al Qaeda continúa con su odio exacerbado por el reciente asesinato cometido en nombre de la justicia.

En noviembre de 2001, un grupo de personas, entre ellas varios familiares de víctimas del atentado del 11 de septiembre contra las Torres Gemelas, realizaron una caminata desde Nueva York a Washington D. C, portando una pancarta que decía: “Nuestro dolor no es un Grito de Guerra”. Al finalizar formaron un grupo denominado “Familias para un Mañana Pacífico” para expresar su convicción de que la seguridad que todos anhelamos no se basa en la violencia y la venganza. Quienes nos confesamos seguidores de Jesús de Nazaret, el Príncipe de Paz, no podemos menos que estar de acuerdo con esa convicción, dispuestos a renunciar a toda forma de violencia y a tomar en serio nuestra vocación de trabajar por la paz mediante la práctica de la justicia.

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Edificios demolidos o reutilizado

Cada vez se cierran más iglesias católicas y protestantes en Holanda

Actualmente hay 4.200 iglesias en Holanda, de las que unas 1.400 serán clausuradas antes de 2020. 900 iglesias fueron abandonadas desde 1970.

18 de mayo de 2011, HOLANDA

Según el profesor Peter Nissen, de la Universidad de Nimega, un tercio de esas 900 iglesias que dejaron de utilizarse, fue demolido. Otro tercio fue asimilado por otras religiones y el resto fue destinado por los nuevos propietarios a funciones como oficinas, restaurantes, bares y apartamentos.

Un ejemplo que ilustra bien la situación es el de la Vredekerk, en Bussum, cuya torre se divisa desde lejos. Construida en 1914, esta iglesia protestante se encuentra en el centro de la ciudad, no lejos de la estación central de trenes. Pero al llegar a la entrada se descubre que, a pesar de la torre, las grandes puertas de madera y su ubicación central, el edificio ya no funciona como iglesia. En lugar de los avisos de horarios de culto, encontramos el intercomunicador y los buzones de correo para los 18 apartamentos que ocupan actualmente el edificio.

La iglesia Vredekerk, que contaba con una escasa asistencia de fieles, fue vendida en 2005, renovada y convertida en un edificio residencial. El destino de la Vredekerk, por extraño que parezca, es algo común en Holanda.

 MENOS FIELES
 Este fenómeno, explica el profesor Nissen, refleja el estado actual de las iglesias católicas y protestantes en Holanda: la creciente disminución del número de fieles y la consecuente pérdida de ingresos. “Alrededor de 1960, el setenta por ciento de los católicos holandeses asistía a la misa del domingo. Actualmente sólo lo hace el 7 por ciento. Las iglesias, así como la sociedad holandesa y todos aquellos interesados en estos edificios por su valor como monumentos, se enfrentan al problema de que ya no se los necesita para servicios religiosos. ¿Es posible darles otra función? ¿Y quién cubriría los gastos? Ese es el mayor problema”, señala el profesor.

El mantenimiento de una iglesia puede ser un asunto costoso. Con espacios más amplios que otros edificios, las iglesias suelen estar emplazadas en sitios privilegiados y demandan altas inversiones en calefacción y electricidad. Por otra parte, no cualquiera está en condiciones de comprar una iglesia, especialmente las católicas. Según el departamento de arquitectura de la Diócesis de Haarlem, la venta de una iglesia puede ser un proceso de 5 a 10 años.

La diócesis católicas tiene algunas reglas para impedir que lo que para ellas el un espacio sagrado se transforme en algo que no corresponde con los valores cristianos. Aún así es posible encontrar iglesias convertidas en night-clubs, escuelas de buceo y alpinismo, e incluso sex-shops. Señala el profesor Nissen que aunque algunas fueron templos católicos la mayoría de estos edificios habían sido iglesias protestantes. “Para los católicos, la iglesia es la ‘casa del Señor’, mientras que para los protestantes es meramente un lugar físico de encuentro, sin ese carácter sagrado”, interpreta.

La única manera de evitar la demolición de una iglesia es convertirla en un monumento nacional. Ese es el caso de la Heilig Hartkerk (Iglesia del Sagrado Corazón) en Haarlem, construida en 1902 y reabierta en 1998 como pensión estudiantil y salón de belleza.

 UNA PELUQUERIA ESPECIAL
Jan Dortmundt, propietario del salón que ocupa la antigua capilla católica, asegura ser el único peluquero que trabaja en el interior de una iglesia en Holanda. El salón muestra varias referencias religiosas. El logo recuerda al Sagrado Corazón y la decoración incluye varias imágenes de santos. Jan Dortmundt ha reservado un espacio para encender velas encima del cual cuelga una imagen invertida del papa Benedicto XVI. Un gesto de ironía, asegura Dortmundt, desde una base de respeto.

Cuando el estilista se mudó a la nueva dirección, perdió algunos clientes que no estaban de acuerdo con la idea de instalar un salón de belleza en una antigua capilla. Pero esta pérdida fue compensada con nuevos clientes interesados en el sitio. Los objetos de decoración, así como las velas, suelen ser un aporte de los clientes. “Se sienten relajados en este lugar, que les inspira paz, y realmente es relajado trabajar aquí. Creo que eso es lo que hace especial estar en una iglesia”, afirma el peluquero.

 ACTITUD RESPETUOSA
También Francesca van Raab, que vive en el apartamento A1 de la antigua iglesia protestante Vredekerk, cree que el trasfondo religioso del edificio influye en sus actuales habitantes.

Desde el interior, su casa no se parece en nada a una iglesia. Las únicas señales de la antigua iglesia son el alto cielorraso y las puertas ovaladas. En el hall de entrada, una pesada campana de bronce sirve como objeto de decoración y también se conservó la piedra angular en una de las paredes.

Francesca asegura que la antigua función del edificio ejerce una influencia en su actitud hacia él. ‘No soy una persona religiosa en el sentido de creer en Dios, pero creo que algo debe haber. Cuando me mudé a este lugar, lo hice con una actitud de respeto hacia cualquier persona que haya practicado su fe en este recinto. Creo que es necesario sentir ese respeto para poder habitar en una iglesia’, opina.

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