Archivos para mayo 25, 2011


Por Jorge Magallon|Corresponsal de Christian Post

El Presidente de la red evangélica de Veracruz, México, Guillermo Trujillo Álvarez, manifestó su sentir sobre  el aumento de muertes de jóvenes por el abuso del alcohol.

Trujillo Álvarez planteo la creación de espacios recreativos que propongan alternativas para los jóvenes expuestos al libre y desconsiderado consumo de embriagantes, además de que las causas deben ser atendidas en el seno familiar.

El aumento de muertes a causa del alcohol alarma a organizaciones Evangélicas que proponen  soluciones para confrontar la causa de muerte en los jóvenes de la región Mexicana; las propuestas que emite el Presidente y vocero de las Iglesias al gobierno refieren que la creación de espacios sanos de desarrollo podrían ser una buena forma de lograr la diferencia, los jóvenes optan por formas no sanas de diversión, la creación de espacios culturales y deportivos abre puertas a nuevas formas de crecimiento.

Refirió que el combate al problema es labor de todos los medios, tales como la familia, la sociedad y el gobierno como parte fundamental de crecimiento social.

En las soluciones, Trujillo propone al gobierno espacios educativos, culturales y deportivos para que los jóvenes tengan diferentes enfoques en su pensamiento, los jóvenes ven como única fuente de diversión los eventos relacionados con el consumo de alcohol.

Resaltó las causas, “Estamos realmente preocupados, considero que hacen falta la creación de más espacios deportivos, culturales, educativos, para que los jóvenes no piensen que la diversión nada más está en el alcohol, en los antros, hay otras maneras más sanas de divertirse, creo que todos tenemos nuestra responsabilidad, principalmente los padres; creemos que la muerte de jóvenes por el consumo de bebidas alcohólicas a deshoras de la noche no es más que el descuido de nosotros como padres”.

El alcoholismo como parte aguas a otras formas de alteración social, “En el mayor de los casos, desde niños los mal educamos en lugar de educarlos. Hay jóvenes que se exceden en el consumo del alcohol y ese es el peor comienzo para la conformación de pandillas que dañan a la sociedad, y pues lamentablemente estas son las consecuencias de la desatención de los padres”, apuntó Trujillo Álvarez.

El alcoholismo genera diversos problemas que afectan emocionalmente a los consumidores, dando a luz problemas que generan pérdidas, tales como accidentes viales, maltrato familiar, riñas callejeras, pandillerismo, etc.

ChristianPost.com

Lourdes, ¿historia de un milagro?

Publicado: mayo 25, 2011 en Cine

José de Segovia

Lourdes, ¿historia de un milagro?Cerca de un millón de peregrinos visitan Lourdes cada año buscando curación para todo tipo de males, desde que una niña aseguró haber visto a la Virgen en este lugar. La película de la austriaca Jessica Haussner, Lourdes, retrata pausadamente toda la parafernalia que rodea este santuario católico. Es más, se pregunta sobre el sentido del milagro en un mundo lleno de dolor y enfermedad. ¿No hay algo en el fondo arbitrario e injusto, en que una persona se sane y otra no?, se pregunta la joven.

En medio de los chirriantes y fuertes colores de películas como  Avatar , los suaves tonos de un film como  Lourdes  tienen un efecto balsámico para los irritados ojos del espectador. Desde el hipnótico plano que inicia la película, Haussner nos acerca a una visión despojada y austera de las vicisitudes de un grupo de peregrinos que acude a este enclave de apariciones marianas al sur de Francia.

Desde una imagen en ángulo superior vemos cómo el grupo de enfermos, que ha llegado en autocar, va entrando en el comedor de la residencia donde se alojan, muy lentamente. Allí son atendidos por voluntarios de la Orden de Malta uniformados, que les acompañarán durante toda su estancia en Lourdes.  Nos encontramos así con la triste mirada de Christine (Sylvie Testud), una joven que lleva más de media vida sentada en una silla de ruedas, a causa de la esclerosis múltiple. Veremos todo a partir de ahora, a la altura de sus ojos…

Por medio de la observación ritual de los distintos personajes, la directora trata de mantener la objetividad y el rigor de un documental. Aunque se trata de una ficción, su verosimilitud es irrefutable. Nos sentimos como uno más del grupo de peregrinos. Observamos con ellos a los voluntarios: Cécile en su enfermo fervor religioso, Kuno en su inmadurez emocional y María en su inconsciencia adolescente. Vemos al ser humano tal y como es, capaz de la mayor entrega y generosidad en un minuto, para mostrarse terriblemente egoísta e insensible a continuación.

LA BÚSQUEDA DE LA FELICIDAD

La brillante directora de Viena se revela una vez más como una maestra de la sutileza. La admiración y la envidia se unen en esta historia, donde cada personaje busca salir del aislamiento, para encontrar la efímera experiencia de la felicidad.  Porque en Lourdes, el milagro que busca Christine es la esperanza de la mejoría. Su deseo de curarse es el anhelo de alcanzar la felicidad.

La amarga sorpresa es que, cuando está mejoría llega, no trae más que un período corto de ilusión. Sus proyectos de retomar sus estudios, crear una familia y aprender a tocar el piano, se estrellan ante la brevedad de la alegría. Para la autora de  Lourdes , “la felicidad es algo muy frágil”, puesto que “la mayoría de las veces es más una fantasía que algo que realmente se alcanza”.

Jessica piensa que “la esperanza te traiciona, porque hace que pienses que hay soluciones o incluso salvación en el sentido cristiano, donde no las hay”. Su intención no es por lo tanto religiosa. “Lo que tenía en mente era hacer una parábola sobre el deseo de felicidad y la pérdida de ésta”.  Lourdes  trata por eso “sobre los esfuerzos que hace la gente para alcanzar una vida satisfactoria en contraste con un destino que parece ser arbitrario y algunas veces, incluso, brutal”.

¿POR QUÉ NO YO?

“El milagro es fundamentalmente injusto”, para Haussner, “¿por qué una persona se cura y otra no?”  A la autora de  Lourdes , los milagros le parecen “arbitrarios, sin lógica ni razón aparente”. Los creyentes dicen que un milagro es un acto de gracia, pero el cura de Lourdes habla de la necesidad de tener una cierta actitud para poder recibirlo. ¿Qué hay que hacer entonces?

“¿Rezar, como la madre de la joven apática de la película?”, se pregunta la directora, “¿escoger la humildad como Cécile, o por el contrario, no hacer nada, como Christine?” Cuando comprende que su felicidad puede acabar en cualquier momento, la protagonista se plantea si tendría que hacer alguna cosa especial para ser digna de su curación.

¿Qué es entonces un milagro? La película mantiene una evidente ambigüedad sobre la realidad o no del milagro. Su perspectiva es típicamente postmoderna. La prueba es que ganó el premio de la asociación católica SIGNIS, a la vez que el Brian, que otorga la Unión de Ateos y Agnósticos Racionalistas. La fe convive aquí con el escepticismo, como suele ocurrir en este tiempo.

De hecho, vivimos en una época en que los representantes de la fe –como son los teólogos–, son los primeros en negar la realidad de los milagros. Aunque no faltan milagreros –tanto entre los católicos, como ente los evangélicos–, tenemos que tener en cuenta al hablar de Lourdes, que la Iglesia de Roma tampoco es especialmente crédula ante ellos…

UN POCO DE HISTORIA

A partir del 11 de febrero de 1858, Bernardette Soubirous pretende haber visto a la Virgen dieciocho veces en la gruta de Massabielle en Lourdes. La decima vez, Catherine Latapie se recuperó inexplicablemente de una parálisis en el brazo. Desde 1859 un profesor agregado a la Facultad de Medicina de Montepellier, Vergez, se encargó del control de las supuestas curaciones. Confirmaron siete los primeros cuatro años, que fueron reconocidas por el obispo de Tarbes y Lourdes.

A partir de 1905 hay una oficina permanente con un médico en Lourdes, para controlar regularmente las declaraciones de curación. Es éste quien decide si se pone en marcha el expediente de autentificación, que inicia el proceso de reconocimiento de un milagro en la Iglesia de Roma. El Comité Médico Internacional de Lourdes cuenta en la actualidad con veinte especialistas, que examinan los casos declarados espontáneamente en la oficina.

Como se ve en la película, el fundamento científico se basa en un examen médico anterior y posterior a la supuesta curación. Se consideran las probabilidades estadísticas y las terapias obtenidas, hasta llevar el caso a una reunión anual en la que se examina y reconoce completamente al paciente. Para hacerse una idea de las cifras, basta decir que el 2008 se presentaron sesenta personas en la oficina, pero sólo cinco se consideraron en la reunión anual. De las siete mil declaraciones que se han hecho en la oficina desde su creación, la Iglesia de Roma sólo ha reconocido 66.

EL MILAGRO COMO PARADOJA

“Los milagros representan una paradoja” para Haussner, “una fisura en la lógica que nos conduce hacia la muerte”. Para ella, “esperar un milagro es en cierto modo la esperanza de que todo va a terminar bien y de que hay alguien que vela por nosotros”. Por eso en la película “Dios significa destino”, dice la autora de  Lourdes . “Y el destino es obviamente injusto e impredecible”.

Con honestidad y sin el menor rastro de cinismo,  Lourdes  nos acerca a las miserias de la enfermedad y la infelicidad, común a todo ser humano. Puesto que aquí el auténtico milagro es encontrar sentido a nuestra dura existencia, donde apenas se vislumbra la sombra de la Providencia. Como en la novela de Zola,  Lourdes  ofrece “el delicioso pan de la esperanza, por el que la humanidad tiene un hambre que nada puede saciar”. Puesto que se trata del “insaciable anhelo humano de felicidad”.

UN SOLO MEDIADOR

Para aquellos que creemos en Dios como se ha revelado en la Escritura, pero no en una Madre de Dios que nos sirva de mediadora y reciba nuestra veneración ( hiperdulía , según Roma), no hay otro mediador entre Dios y los hombres que Cristo Jesús (1 Timoteo 2:5). Él es el Pan de Vida que puede saciar todos nuestros anhelos.

“El que a mí viene, nunca tendrá hambre”, dice Jesús (Juan 6:35). Porque el que cree en Él, tiene vida eterna (v. 47), no sólo en tiempo, sino en calidad. La esperanza de “una vida plena, feliz y que tenga sentido”, que está detrás de la búsqueda del milagro –como dice Haussner–, no se puede alcanzar más que por Aquel que es la Vida misma.

Si Dios en  Lourdes  no es más que otro nombre para el Destino, no hace falta esperar al final de la Historia para ver esa salvación de la que habla la directora austriaca. Ha venido por Cristo Jesús, al resucitar de los muertos. Él es la “esperanza viva” (1 Pedro 1:3), cierta y segura de lo que ha de venir. Quien tiene al Hijo, tiene la vida.

Autores: José de Segovia © Protestante Digital 2011

En la mesa compartida

Publicado: mayo 25, 2011 en Iglesia, Misión Integral

Juan Simarro Férnandez
“Y los escribas y fariseos, viéndole comer con los publicanos y con los pecadores, dijeron a los discípulos: ¿Qué es esto que él come y bebe con los publicanos y pecadores?”. Marcos, 2:16. Texto completo en Marcos 2:13-17.
Se trata de un pasaje bíblico en el que  Jesús llama como discípulo a un publicano, Leví, a un despreciado como ladrón y pecador. Come con él y con otros muchos pecadores que se le acercan.  Visto desde nuestra perspectiva, este pasaje no es tan escandaloso como lo fue en tiempos de Jesús, en el contexto social y religioso de aquella época en la que la comida con otros, comunitaria, tenía unas normas muy estrictas que vamos a analizar brevemente unas líneas más abajo. Es un pasaje lleno de fuerza y, desde el contexto de la época, escandaloso. Jesús se acerca a aquellos a los que la sociedad rechazaba, marginaba, tenía como proscritos, como pecadores y malditos. Esta es una de las líneas del Evangelio a los pobres. Esta línea es: todo ser humano merece acogida.  Nadie debe ser rechazado ni marginado. Toda persona merece respeto independientemente de su situación. Nadie debe ser dado de lado ni rechazado. La acogida de Jesús es para todos, pero también se muestra parcial con aquellos que son objeto de un rechazo generalizado, sea por pobreza o cualquier otra circunstancia. No existe el grupo de los limpios y el grupo de los manchados. Esas divisiones sólo las hacen los hombres autoconsiderados limpios, los que considerándose sanos, no tienen necesidad de médico y, por tanto rechazan la oferta de Jesús.Esta afirmación de que todo ser humano merece respeto y acogida es una idea central del Evangelio y uno de los cimientos o columnas en donde se sustenta el concepto de Jesús del Evangelio a los pobres. Es un concepto central que hoy no deberíamos olvidar en un mundo en donde tantas personas se mueven en diferentes situaciones y de diferentes países dando lugar al fenómeno de las migraciones internacionales. Hoy, a nuestro concepto de pobreza en nuestras grandes ciudades, a través de la inmigración, se unen personas de los cuatro vientos de la tierra, muchas de las cuales caen en pobreza o son presa del racismo, la xenofobia, la opresión y el maltrato a los trabajadores.

Jesús no se somete a las normas sociales que muchos tenían por intocables. Es un hombre libre que no se deja esclavizar por leyes y costumbres sociales que marginaban a muchos.  No se deja arrastrar por las divisiones que hacían los religiosos y autoconsiderados puros entre ricos y pobres, justos y pecadores, los considerados prójimos y los alejados como no prójimos. Su forma de enfrentarse a todas estas normas creadas por los religiosos de la época, lo convierten en un liberador que rompe tabúes y normativas que agobiaban a los hombres. Así, su acogida es incondicional, se hace a todos, a todos se acerca y puede comer con los proscritos, pobres y pecadores.Por tanto, una de las líneas del Evangelio a los pobres es que Jesús se acerca por igual a los pobres, a los proscritos y desclasados, a todos aquellos considerados pecadores que eran marginados de la religión, al igual que pueden existir marginados por la sociedad. Practicando este tipo de acogida, esta forma de mesa compartida con los proscritos y pecadores, Jesús se está exponiendo a la crítica y al conflicto agrio con los religiosos de la época. Sin embargo Él, como hombre libre y liberador, no puede hacerse esclavo de las leyes, conductas y normas que marginaban a los más débiles.Jesús, en esa su faceta de hombre libre y liberador, se acerca y acoge a aquellos a los que nadie acogía, a los rechazados, a los impregnados por la mala fama, a los apestados por ladrones, como era el caso de los publicanos, a los pobres, desclasados y proscritos. Y, entrando de lleno en el tema de este artículo, no solamente se acerca a ellos y les acoge, sino que come con ellos rompiendo los prejuicios de los religiosos y liberando a los estigmatizados, rompe las convenciones sociales marginantes y rompe las barreras entre puros e impuros, ricos y pobres… todos son acogidos y dignos de sentarse a la mesa con el Maestro. Los religiosos no podían o no querían comer con los impuros, pobres y proscritos… Jesús sí pudo y queda como ejemplo a todos sus seguidores.

 A Jesús no le preocupó el conflicto con los religiosos.  Deseaba desmontar sus normas y leyes excluyentes y marginantes. Por eso, el cuadro que representa a Jesús comiendo con los proscritos y pecadores, que es un objeto de dura crítica de los religiosos hacia él, no le preocupa. No rehúye el conflicto y lo que quiere es transmitir un mensaje de liberación integral. Con su acogida está rompiendo todo tipo de ataduras y tabúes que marginan y excluyen a muchos hombres.

Dicen los comentaristas de la época que sólo se podía contraer matrimonio con aquellas personas con las que se podía comer. Por tanto, compartir la mesa era como compartir la vida.  Jesús compartía su vida con los proscritos y marginados del mundo. Es por eso que yo una serie que escribí sobre evangelización, la titule “Evangelizar: Compartir la vida, el pan y la Palabra”. Los seguidores de Jesús hoy deberían ser imitadores del Maestro en estas formas liberadoras y destructoras de todo tipo de división o muro creado entre los hombres.  Para ello hay que estar dispuesto a compartir la vida, el pan y la palabra con aquellos marginados, pobres, desclasados y proscritos del mundo. Hay que seguir las líneas dignificadotas y liberadoras del Evangelio a los pobres.

Autores: Juan Simarro Fernández

© Protestante Digital 2011


César Vidal Manzanares
Papado y crisis espiritualLa necesidad de la Reforma (3): la crisis espiritual (I))
Las vísperas de la Reforma no sólo transcurrieron sobre un deterioro considerable de las estructuras eclesiales sino sobre un panorama de profunda crisis espiritual que ha sido negada una y otra vez por autores católicos de manera totalmente infructuosa ya que aparece, de manera insistente e innegable, en las fuentes históricas.

No se trataba sólo de que la iglesia católica hubiera pasado por episodios de terrible desunión como el papado de Aviñón o el Gran cisma de Occidente.  La tremenda crisis institucional del papado constituía un síntoma innegable de una no menos profunda crisis espiritual.  A decir verdad, la necesidad de Reforma era palpable hacía ya trescientos años como había propuesto Inocencio III en el IV concilio de Letrán..

 En primer lugar, se encontraba el cuestionamiento de un poder papal  cuya imagen había quedado muy erosionada como consecuencia del Cautiverio de Aviñón o del Gran Cisma de Occidente. Quizá esa imagen hubiera podido mejorar – Martín V se esforzó, sin duda, por conseguirlo – si los papas del Renacimiento se hubieran esforzado por ser pastores ocupados por el rebaño y se hubieran entregado a los cuidados espirituales que necesitaba el pueblo de Dios. Desgraciadamente, ésa constituyó, en realidad, una de las épocas más negras del papado.

La  potestas  papal se dirigió de manera preeminente hacia las cuestiones temporales y, para remate, suele estar infectada por la corrupción y el nepotismo. Como ha reconocido apropiadamente el católico Lortz, “desde Calixto III y, sobre todo, desde Sixto IV, los Papas son en gran medida representantes de su familia. El papado se ha convertido en una continuación de las generaciones dinásticas, el Patrimonium Petri es un Estado italiano; sus rentas son sacadas en gran parte de los asuntos generales de la Iglesia y entregadas a la familia o a los favoritos del portador de la tierra… la Iglesia se ha metido en una amplia corriente de simonía y, en relación con la nueva cultura del Renacimiento, había penetrado en ella un deseo de placer que tuvo como consecuencia las múltiples faltas de espiritualidad y moralidad” (1).

 Por supuesto, no todo resultó negativo en los pontificados de los papas renacentistas.  Sin duda, respaldaron la actividad de no pocos humanistas; se convirtieron en mecenas difícilmente superables; intentaron ocasionalmente aglutinar a los príncipes cristianos en la defensa de Occidente frente a las agresiones islámicas; aprovecharon las oportunidades de ampliar los territorios pontificios e incluso estuvieron a punto, como nunca antes, de someter bajo la sede romana a las iglesias de Oriente. Sin embargo, sus historias distaron mucho de resultar ejemplares.

Con la existencia simultánea de dos papas –  Félix V  (5 de noviembre de 1439 – 7 de abril de 1449) y  Nicolás V  (6 de marzo de 1447 – 24 de marzo de 1455) – se produjo un nuevo cisma que pudo ser conjurado gracias a que el primer pontífice aceptó abandonar su trono a cambio de ser creado cardenal de Santa Sabina (un cargo notablemente lucrativo) y también vicario y legado papal de Saboya y diócesis adyacentes.

Nicolás V no actuó corruptamente – a decir verdad, quizá fue el único pontífice del Renacimiento al que se puede eximir de esa acusación – pero ni logró convencer a los príncipes occidentales de la necesidad de apoyar a Bizancio contra la amenaza turca ni pudo evitar sufrir durante años sus últimos tiempo el temor de ser asesinado en cualquier momento.

 Calixto III  (8 de abril de 1455-6 de agosto de 1458), un valenciano de la familia Borja, fue acusado repetidamente de comportamiento nepotista y corrupto ya que nombró para el cardenalato y otros cargos importantes a diversos familiares. No deja de ser significativo que el mismo día de su muerte se produjera una sublevación en Roma contra aquellos a los que la población llamaba los “odiosos catalanes”, es decir, el sector más odiado de las tropas y los funcionarios españoles con que el papa había sustituido a los italianos.

Su sucesor  Pío II  (19 de agosto de 1458 – 15 de agosto de 1464) era un humanista importante, el famoso Eneas Silvio Piccolomini. Aunque en el pasado había defendido las tesis de la superioridad del concilio sobre el papa, tal y como queda reflejado en sus memorias, condenó mediante la bula  Execrabilis  de 18 de enero de 1460 la práctica de apelar al concilio general. Al igual que  Pablo II  (30 de agosto de 1464 – 26 de julio de 1471), su sucesor y que  Sixto IV  (9 de agosto de 1471 – 12 de agosto de 1484), fracasó en el intento de organizar una cruzada.

Este último papa fue un verdadero paradigma de la situación de crisis por la que atravesaba la iglesia católica. Nacido en Celle de padres pobres, fue educado por los franciscanos. En 1464, fue elegido general de esta orden gracias a los sobornos repartidos por el duque de Milán. Tras el fracaso de su proyecto de cruzada contra los turcos, se volcó en los asuntos italianos y en la promoción de su familia relegando los asuntos espirituales a una consideración muy secundaria. De hecho, de los treinta y cuatro cardenales que creó la mayoría carecía de cualidades espirituales y, por añadidura, seis eran sobrinos suyos. Su nepotismo acabó creando una grave situación financiera a la Santa Sede que intentó solucionar mediante la agravación de la fiscalidad en el seno de la iglesia católica y un aumento del tráfico de indulgencias.

Le sucedió  Inocencio VIII  (29 de agosto de 1484 – 25 de julio de 1492), un papa que respaldó la expulsión de los judíos llevada a cabo en España por los Reyes Católicos en 1492 y que tuvo que enfrentarse a la desastrosa situación financiera heredada de su antecesor. El método elegido al respecto – la venta de cargos eclesiásticos – resulta bien revelador de la crisis espiritual por la que atravesaba la iglesia católica, en general, y la Santa Sede, en particular. A pesar de todo – y, ciertamente, la situación distaba mucho de ser aceptable – ninguno de los papas anteriores incurrió en los excesos de sus sucesores  Alejandro VI – Pío III  reinó solo diez días – y Julio II.

Alejandro VI (11 de agosto de 1492 – 18 de agosto de 1503) pertenecía también a la familia española de los Borja (Borgia en italiano). Protagonista de una brillantísima carrera eclesial, en 1457 comenzó a desempeñar las funciones de vicecanciller de la Santa Sede. Aprovechando ese puesto, Rodrigo Borja reunió una fortuna extraordinaria que le convirtió en el segundo cardenal más acaudalado del orbe. Por añadidura, esa riqueza le permitió pagar los sobornos suficientes como para lograr su elección como papa. Con seguridad, hay que descartar los rumores de que mantuvo relaciones sexuales con su hija Lucrecia – cuestión distinta es el hecho de que tuviera distintas amantes tanto en su etapa como cardenal como en la que fue papa – pero sí resulta innegable que su pontificado estuvo marcado por razones políticas de carácter familiar entre las que descolló el deseo de favorecer a su hijo César. Así, el papa Borgia utilizó las cuantiosas sumas procedentes de la venta de indulgencias por el año santo (1500) para financiar las aventuras militares de César. Inmoral y nepotista, pero hábil político y generoso mecenas artístico, Alejandro VI encontró la muerte de manera bien significativa. Fue envenenado por error al suministrársele en el curso de una cena la ponzoña que estaba destinada a un cardenal que era su invitado.

Por lo que se refiere a Giuliano della Rovere – el futuro  Julio II  (1 de noviembre de 1503 – 21 de febrero de 1513) – procedía de una familia pobre que había pensado dedicarlo al comercio. Sin embargo, la ayuda de su tío le permitió adquirir una educación y tomar las órdenes sagradas. Al convertirse su tío en el papa  Sixto IV , fue creado obispo de Carpentras y poco después cardenal. Al morir Pío III, tras un pontificado de sólo veintiséis días, consiguió mediante sobornos y promesas ser elegido papa derrotando al denominado partido español.

Julio II – y constituye uno de los grandes méritos de su pontificado – fue un mecenas de considerable importancia, que protegió a artistas como Miguel Ángel, Bramante y Rafael, y que en 1506 colocó la primera piedra de la nueva basílica de san Pedro. Sin embargo, este papa destacó, por encima de todo, como un hábil diplomático y un terrible militar – lo que provocó las burlas más aceradas de algunos de sus contemporáneos como Erasmo – que convirtió en principal objetivo de su reinado el aumento del territorio de los Estados pontificios. Tras derrotar a la familia Borgia, en 1511 formó la Santa Liga, en unión de España y Venecia, con la finalidad de defender el papado y logró expulsar a los franceses de Italia. Apodado – no sin razón – “Il terribile”, su muerte fue recibida con pena por los italianos que lo consideraban un verdadero libertador de la opresión extranjera.

 El panorama resulta – no se insistirá lo suficiente en ello – obvio e imposible de discutir. Los papas eran diplomáticos, mecenas, incluso guerreros, pero, en el ámbito espiritual, dejaban mucho que desear.  No se trataba sólo de que sus vidas estuvieran manchadas por el nepotismo, la corrupción, la belicosidad, la sensualidad o la inmoralidad sexual, sino de que el enfoque de sus reinados se encontraba más orientado a aumentar sus territorios y a dejar memoria propia como si fueran reyes meramente temporales que a atender las obligaciones propias de un pastor de almas. Y, sin embargo, a pesar de todo, seguramente el papado no era la parte de la iglesia católica que sufría la crisis peor. Aún más grave era la que atravesaban la Curia y los obispos.

 CONTINUARÁ  (próximo capítulo: La necesidad de la Reforma (3): la crisis espiritual (II)): los pastores)


1) J. Lortz, Reforma…, p. 91.

Autores: César Vidal Manzanares

© Protestante Digital 2011


Lidia Martín Torralba

Cuando la estupidez se hace ideología

Hace unos días se hacía pública la noticia de que la Junta de Andalucía estaba dando amparo y patrocinio a un programa de supuesta “Educación Sexual” en los centros educativos de esa Comunidad.

En el mismo  se animaba, entre otras “brillantes ideas”, a que los menores se hicieran con material pornográfico para “analizarlo” en casa , algunos simplemente no dábamos crédito. Yo, particularmente, pensaba “He debido oír mal”. Pero a medida que escuchaba a los contertulios del programa que informaba de la noticia participar dando sus propias opiniones al respecto, llegaba a la triste conclusión de que el problema no eran mis oídos, en este caso, sino que la noticia no había por dónde cogerla. El más vehemente de los participantes a la mesa no dudó en emitir como juicio la frase con la que yo he titulado la reflexión de hoy:  el problema de fondo es que la estupidez de algunos se ha terminado convirtiendo prácticamente en ideología . Y cuando eso pasa, ¿qué?

Que vivimos en una sociedad cada vez más liberal asumo que no pasa desapercibido para nadie.  A ninguno se le escapa que hay una nueva moral que nos mueve. Una que no todos suscribimos, obviamente, pero que se destila permanentemente en todo lo que nos rodea.  Que esa nueva manera de vivir la vida estuviera al margen de todo principio que sonara mínimamente a cristiano o religioso tampoco es noticia. Lo sabemos porque bastantes esfuerzos ha hecho esta sociedad absolutamente anticlerical, más que laica, porque así fuera.  Pero el fenómeno ante el que estamos en estos momentos es mucho más que esto, particularmente en el terreno de la sexualidad, en que no sólo se descarta lo moral porque tiene tintes religiosos, sino que se ha caído en el terreno de la estupidez descartando a la vez cualquier atisbo de sentido común y buscando un único principio como objetivo y es que, respecto a este tema, no haya ningún tipo de límite. Dicho de otra manera, la norma es que no hay normas.

Pareciera que, a la luz de lo que se plantea desde los medios, en ciertas instituciones o, incluso, en los propios partidos políticos, especialmente cuando toca campaña electoral, como ahora mismo, la sociedad estuviera demandando esa plena y absoluta libertad sexual sin límite alguno por la cual ni siquiera nos damos cuenta de que lo que se está promoviendo es una absoluta tontería, por no decir una salida de tono o una salvajada directamente. Pero esto no es así, de hecho queda bien lejos de la realidad, y si no, pregunten a las familias, que alguna que otra sorpresa se llevarán. Y  lo peor de todo es que este tipo de actividades que, como digo, vienen muchas veces avaladas por las instituciones que nos gobiernan, forman parte del programa lectivo del centro, se dan en horario oficial de clase, muchas veces sin informar previamente a los padres y, por supuesto, sin ningún tipo de autorización para que los chicos participen de esas actividades. Eso si, si te niegas, doy por hecho que se te tachará de moralista desfasado, de retrógrado o directamente del adjetivo estrella: intolerante.

¿Dónde queda el derecho legítimo a que seamos los padres los que nos encarguemos de educar en cuestiones de moralidad y valores, creencias y fe a nuestros hijos como creamos conveniente? Porque a la vista está que, si vives en un país que se autoproclama laico por encima de todo, que renuncia a su historia y a sus raíces cristianas y en el que la clase política está más por la labor de salvar sus muebles, su ideología, aunque ésta linde o se meta de lleno con la más absoluta y flagrante estupidez, ya sea en temas de economía o sexualidad, estamos vendidos a lo que la pandilla de necios reinante quiera decidir en algo tan absolutamente vital como es la educación de nuestros hijos. ¿O quizá no es la sociedad la que clama por estos contenidos, sino que nos vienen de arriba, de otras instancias, poniendo deseos en nuestros labios que nunca hemos expresado? Quizá convendría que nos respondiéramos a alguna que otra pregunta en esta línea.

Pues sencillamente, la que les escribe se niega a dar por buenos estos programas “educativos”. Me revuelvo ante la imposición para mí o para mis hijos de una obligatoriedad en aceptar una “ideología” o una moral que no respeta valores o principios que, además de ser cristianos, nos proporcionan una solidez, una estabilidad y una dignidad que no son sustituibles por ningún principio de los que estos programas de “educación” híper-tolerante promueven.  Sigo posicionándome por un saber elegir lo bueno, lo que nos enriquece, lo que nos dignifique, lo que nos lleve más y más a ser personas, menos y menos a ser simples animales que se aparean según la necesidad les apriete. Y si los demás no quieren, en su libertad, asumir los principios cristianos, no tengo ningún problema. Pero, por favor, no me obliguen a mí por imposición rastrera a prescindir de ellos, o me hagan un adelantamiento ilegal por la derecha accediendo con su ideología a mis hijos inculcando sus principios como si contuvieran la verdad absoluta.

La sexualidad humana es un ámbito lo suficientemente importante, rico y precioso como para que nuestros hijos puedan ser educados en ella desde principios que no resten, sino sumen. La pena es que, para la sociedad híper-laica que nos rodea, a la que tanto le cuesta distinguir, todo lo que signifique tener algún tipo de límites (y más si son morales y basados en el cristianismo) le parece que le resta. ¡Craso error! ¡Tremendo peligro! Porque lo que vivimos hoy en día, los problemas que nos aquejan y que más nos preocupan, tienen su buena parte de raíz precisamente en que desde hace cierto tiempo aquí hemos prescindido de todo tipo de límite que pueda estrecharnos mínimamente el absoluto ejercicio de nuestro libre albedrío.

 Libertad sin límites no es libertad, es libertinaje. Eso deberíamos saberlo. Es una lección que no ha de darse sólo a los jóvenes. Los mayores tampoco lo tenemos nada claro. Queremos hacer lo que nos dé la gana, al margen de normas, al margen de principios, al margen de Dios, por supuesto, y que eso no tenga consecuencias para nosotros. Pues la mala noticia es que una libertad no regulada invade las libertades y los derechos de otros e, insisto, no suma, sino resta de manera permanente desviándonos de lo que podríamos ser y condenándonos a mucho menos de lo que ya somos.

¿Qué tipo de valores, principios o ideales sostiene una sociedad que, al margen de cuál sea el nivel educativo de las nuevas generaciones que vienen, al margen de atender los problemas reales que le aquejan como comunidad, al margen de procurar un avance y no un constante retroceso en cuanto a cosas que deberíamos tener ya superadas, sólo se preocupa en ir de “progre” y dotar a sus hijos de una nueva moral sexual que sea tan dudosa y cuestionable que parezca justificar todas las demás carencias? Pareciera, a veces, que nos conformamos con que, en esta área al menos, hayamos superado nuestros complejos y nuestros fantasmas, al margen de que les estemos proporcionando en otras áreas una educación, si no nula, al menos más que deficiente.

¿Por qué tanto miedo a los valores cristianos? ¿Somos conscientes de que lo que rechaza la sociedad laica híper-extremista no es ni siquiera a Dios o a Su moralidad, sino a la tradición o a las instituciones que han impuesto tantas veces moralidades inventadas de forma partidista, opresiva, culpabilizadora?  La sociedad de hoy en muchas ocasiones no rechaza a Dios y Su moral respecto a la sexualidad porque no están de acuerdo. Simplemente lo hacen porque no la conocen en su total envergadura , de la misma manera forma que no conocen a Dios mismo porque han rechazado siquiera atender a lo que Él tiene que decir al respecto. No conocen el mensaje bíblico. Tampoco los objetivos y fines con los que la sexualidad fue creada y cómo es un reflejo de Dios mismo en nosotros, aunque muchos, insisto, no lo sepan.  Dios no aborrece la sexualidad. La creó para nuestro disfrute, pero dentro de unos parámetros sanos y de dignidad, no inserta en un circo absurdo en el que cada cual hace con ella lo que quiere  para ir de liberal y anticlerical por la vida.

 Si el progreso tiene que ver con avanzar y, por ende, progresista es el que tiende a ese avance, al progreso, a ir cada vez hacia un estado mejor por ser capaz incuso de ir contracorriente y superando obstáculos, explíquenme, por favor, en qué sentido estamos yendo hacia delante, ganando en derechos, dignidad y solidez a través de estos dudosos programas de educación sexual que nos ocupan (que, por cierto, no son los únicos, porque cada cierto tiempo, desgraciadamente, nos vamos encontrando con noticias parecidas que siguen poniéndonos la carne de gallina, por no hablar de los muchos casos en que ciertos profesores hacen uso de su puesto de trabajo y su posición para aleccionar a sus alumnos respecto a su ideología política o posición moral). ¿Somos realmente progresistas o somos “progres de pacotilla”, de los que convierten la estupidez en ideología y les dan a las masas simplemente lo que supuestamente quieren oír o lo que satisface sus deseos más inmediatos, aunque a largo plazo les estemos literalmente destrozando?

 Quizá a los que promueven y diseñan estos programas les llamaría la atención conocer cuánto desagrado y rechazo generan en muchos padres que, lejos de estar relacionados con nada que tenga que ver con religión o moralismos tradicionales, muestran su preocupación por los cauces que están tomando las cosas. Ninguno de los padres con los que trabajo se muestran tranquilos por esto. Muy por el contrario, se dan cuenta de que sus hijos están recibiendo estas influencias al margen, incluso, de su propio conocimiento, y simplemente, no están de acuerdo, pero para cuando se enteran, les llega la información como hechos consumados. Si la familia media española no está de acuerdo con estas salidas de tono, ¿para quién, entonces, van destinados estos programas? Porque cualquier padre preocupado por sus hijos adolescentes quiere que los programas de educación sexual sean de todo menos esperpentos de liberalidad que en nada educan, sino que degradan y convierten algo íntimo y complejo como el sexo en algo comercial, barato y superficial, como si de animales se tratara. ¿Todo vale en aras de una supuesta ideología, aunque ésta sea vacía y sin fundamentos?

 Jesús mismo fue un progresista de Su tiempo. Si alguien trascendió los imperativos de su época, los tradicionalismos vacíos, los fariseísmos hipócritas, fue Él. Su trato no discriminaba a nadie, abogaba por los derechos sociales como nunca antes se había hecho, suplía las necesidades primarias pero también más profundas de cada persona que se acercaba a Él y nunca rechazó a nadie por su condición social o personal. Su trato era con publicanos, con prostitutas y mujeres pecadoras, con personas de alta posición, con autoridades religiosas de Su tiempo… pero a cada uno de ellos supo verles desde el prisma necesario para enriquecerles, para darles, nunca restarles. Aunque para ello nunca prescindió de un mensaje completo, claro, directo, pero principalmente sujeto al Padre y a Sus principios de conducta en todas las esferas de la vida, también en la sexualidad.

 Su mensaje no fue siempre bien recibido, no era un demagogo ni buscaba las masas. Lo que buscaba era agradar a Su Padre, a Quien se debía, y eso le llevó hasta la muerte y muerte de Cruz. Pero nadie como Él ha hecho trascender esos, Sus principios, hasta el día de hoy con la riqueza que Él nos los ha hecho llegar a nosotros.  Los valores cristianos siguen siendo hoy signo de crecimiento, de sabiduría y de progreso para quienes se guían por ellos, aunque no siempre sean bien recibidos.  Jesús ya nos avisó de eso. Pero principalmente, esa cruz nos ha aportado una salvación sólida y estable, una que no varía con los tiempos ni se vende a “progresismos”. El cambio que Jesús trae a través de Su vida y Su muerte es un cambio profundo, tanto, que incluye cielos nuevos y tierra nueva, y que cambiará toda cosa vieja para hacerla nueva. Cuando Su reino venga y sea completamente establecido, para los que le aman y han depositado su confianza en Él, ya no habrá más llanto ni dolor, ni enfermedad que nos aqueje. Los que no habíamos conocido nos será revelado y entenderemos, en Su gracia, lo que hoy no alcanzamos a comprender.

Autores: Lidia Martín Torralba
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