Archivos para julio, 2011


Intolerancia religiosa en México

Tzotziles evangélicos denuncian la permanente persecución en Chiapas

Hay 49 evangélicos sin hogar desde hace más de un año, desoyendo a la Comisión Nacional de los Derechos Humanos.

31 DE JULIO DE 2011, MÉXICO

Un grupo de indígenas evangélicos se manifestó para denunciar a los “promotores” de la intolerancia religiosa en Chiapas, como es el diputado del PRI, Nicolás Lorenzo Álvarez.

Con pancartas y mantas, los tzotziles evangélicos se congregaron en torno a la cruz de la plaza de la catedral de San Cristóbal de las Casas, donde denunciaron la “falta de voluntad” y la “poca capacidad” de los funcionarios del gobierno para castigar a los promotores de la intolerancia religiosa.

 UN AÑO SIN HOGAR
Son 49 los evangélicos expulsados que aún no han podido volver a sus hogares. Treinta del poblado Los Llanos, del municipio de San Cristóbal de las Casas, y 19 del poblado San Gregorio, del municipio de Huixtán. Los indígenas protestantes de Los Llanos llevan año y medio fuera de su comunidad, mientras que los de San Gregorio ya cumplieron un año en la misma situación.

Los 49 evangélicos se encuentra refugiados en una casa del centro de San Cristóbal, pero ya se cansaron de estar ahí y lo único que desean es “vivir en su casas y trabajar sus parcelas”. Un año después de haber sido echados de sus casas, los evangélicos están desesperados, “pero no los dejan los caciques” regresar.

 ACABAR CON LA INTOLERANCIA Y LA PERSECUCIÓN
Fue el pastor Esdras Alonso González, en nombre de los evangélicos, quien expresó que piden al secretario de Gobierno, Noé Castañón León, que cumpla con el retorno seguro a sus comunidades, en especial en el caso concreto de las 10 familias que fueron desplazadas de la comunidad Los Llanos de este municipio.

 La Comisión Nacional de los Derechos Humanos (CNDH), emitió una recomendación, pero aún así no han conseguido regresar a sus lugares de origen . Alonso González explicó que la protesta es para que la ciudadanía se de cuenta de la “falta de cumplimento de los acuerdos firmados con la Secretaría de Gobierno y recordarle al gobierno que hay una recomendación de la CNDH y no se ha cumplido. El gobierno ha permitido tanto desorden aún cuando sabe quiénes son los responsables y no debe haber acuerdos políticos para proteger a grupos radicales”, enfatizó el pastor.

 PASIVIDAD DEL GOBIERNO
Por otro lado, añadió, piden la  reparación de daños sufridos en las expulsiones y el castigo a los responsables , ‘queremos que tomen cartas en el asunto, que no nos vacilen, el gobierno ya se va en un año y no queremos que quede así’.

Agregó que ha habido diálogo con el gobierno del Estado de Chiapas a partir de la expulsión de los evangélicos, estableciéndose mesas de trabajo, pero la comisión no ha podido hacer su trabajo. “Solo se le ha dado largas al asunto”, consideró Alonso, “no se ha avanzado en las soluciones, solamente han dialogado pero queremos que retomen el asunto y lo tomen como un asunto prioritario, porque está de por medio el derecho a la libertad’.

Explicó así mismo que la libertad de creencia debe prevalecer en la entidad,  “no se trata de pedir favores al gobierno, sólo estamos exigiendo el cumplimiento de un derecho constitucional”.

Fuentes: Notimex El Universal

© Protestante Digital 2011


by BEN STERNKE

Post image for The Gospel, Evangelism, and Discipleship“Does the gospel I preach naturally lead to people becoming disciples of Jesus?” – Dallas Willard

Put another way: Is becoming a disciple of Jesus the natural way to say ‘Yes’ to the gospel I preach?

This question has been revolutionizing my understanding of the gospel, evangelism, and discipleship. For example, if we see the main message of the gospel as “Your sins can be forgiven,” it does not naturally lead to becoming a disciple of Jesus, because once you’ve got the “forgiveness contract” signed, discipleship seems like an optional extra-curricular activity for people who are into that kind of thing. Gospel-as-forgiveness is an anemic understanding of what the New Testament proclaims.

Here’s the way I am beginning to understand this, and the simple way we are going to be teaching our leaders at Christ Church to practice evangelism. Do you think this adequately captures things? What do you think?

THE GOSPEL
The Gospel is the good news that through Jesus Christ, life in the kingdom of God is available to anyone and everyone. The door has been kicked open by the death and resurrection of Jesus, and whoever wants to can come running in and find the good life in God’s kingdom.

EVANGELISM
Evangelism is the work of proclaiming this gospel; that is, announcing to people that a life in God’s kingdom is available to them right now, and inviting them to move into it by trusting Jesus.

DISCIPLESHIP
Discipleship then flows easily and naturally from this gospel, because theway we enter life in God’s kingdom now is by trusting Jesus. This doesn’t mean simply trusting him to let us into heaven when we die. It means we trust him for everything: our daily needs, abiding joy and peace, and power(through the Spirit) to do the things he said were good and right, to join with him in his action in the world.

Thus trust in and obedience to Jesus are what we are calling people to when we tell them the kingdom of God is available to them. Some will ignore the message, some will mock and attack it, but some will respond with a question like, “What must I do?” The answer is, “Trust Jesus. Join us as we seek to live in relationship and obedience to him. Join us as we seek to be involved in what He’s doing right now in the earth.”

All of this must be done in a relational context. That is, we will seek to establish presence in a context before we move into proclamation, and our proclamation will be conditioned and shaped by our context. If we discern that someone is open to the gospel, one easy way to invite people into the kingdom is to simply say, “I believe God is very close to you, he loves you, is available to you, and wants to work in your life. What would you like to ask him for?” From there you can simply pray with them about that issue, and then walk with them and see what happens.

This way we’re inviting people on a journey of trusting Jesus, where they can take small steps of faith and obedience in relationship to the actual issues of their lives, because these are probably the places the kingdom is seeking to break into their lives anyway.

What are your thoughts on this way of formulating these ideas and practicing evangelism?

 

http://bensternke.com

De camino con John Stott

Publicado: julio 28, 2011 en Noticias

Samuel Escobar
De camino con John Stott
El miércoles 27 de julio por la tarde John Stott pasó a la presencia de Dios en St. Barnabas, la residencia de pastores anglicanos jubilados donde vivía. La noticia de su viaje a la casa del Padre ha tenido repercusión mundial. Porque por todo el mundo hay personas cuyas vidas fueron enriquecidas y bendecidas por el ministerio de predicación, docencia y literatura de este infatigable siervo de Dios.

28 DE JULIO DE 2011

 Hace unas semanas publiqué en Protestante Digital un artículo sobre Stott . Ahora me limito a recordar algunos momentos de una larga amistad.

 Hago memoria de mi primer contacto con Stott  y recuerdo que fue su libro Cristianismo Básico  que acababa de aparecer en inglés, y que mi mentor y amigo Roberto Young me regaló en marzo de 1959. El libro me cautivó, y recuerdo todavía que viajábamos por tierra de Quito, Ecuador, a Ipiales en Colombia, en una carretera no pavimentada. A pesar de los continuos saltos del bus no podía dejar de leer. La claridad, convicción y calidez del estilo no te dejaba soltar el libro.

 Poco más adelante, en Agosto de ese mismo año lo conocí personalmente . Estábamos con René Padilla y otros asesores de la Comunidad Internacional de Estudiantes Evangélicos (CIEE), tomando un curso en Inglaterra. John Stott fue nuestro guía en la visita a la Universidad de Cambridge y lo escuchamos predicar durante el curso. Su figura elegante, su amabilidad, su profunda convicción evangélica, y su piedad sin afectación dejaron en mí una impresión profunda y duradera. De allí en adelante traté de leer cuanto salía de su pluma.

 Mientras estudiaba mi doctorado en la Universidad Complutense de Madrid, fui invitado al Congreso Mundial de Evangelización en Berlín, en noviembre de 1966. Allí volví a ver a Stott . Me saludó por mi nombre y con la mayor naturalidad me dijo que oraba regularmente por quienes trabajábamos con la CIEE en América Latina, y que seguía las noticias de nuestros esfuerzos. En el Congreso, su exposición de la Gran Comisión en el Evangelio de Juan fue impactante para mí porque tocaba una temática que habíamos ido desarrollando con René Padilla en el esfuerzo por ofrecer bases bíblicas para una misión integral. José Grau publicó en 1969 las exposiciones de Stott con el título  La evangelización y la Biblia .

Lo ví luego y  tuve oportunidad de conversar mucho con él en la convención misionera de universitarios celebrada en Urbana, Estados Unidos, en diciembre de 1970 . Ese año la conferencia tuvo que confrontar el inquieto activismo social de los estudiantes agitado en parte por el evangelista afroamericano Tom Skinner. Algunos de los organizadores del evento que congregaba a 8,000 estudiantes se sentían nerviosos. Stott permanecía firme en su postura teológica evangélica pero abierto a la creciente conciencia social que se estaba dando en el proceso que siguió al Congreso de Berlín.

 Tres años más tarde volví a encontrarme con él en la misma convención misionera . Para entonces mi familia y yo habíamos ido a vivir en Toronto, Canadá, donde fui director del movimiento estudiantil evangélico Inter Varsity (1972-1975). Stott vino como orador a algunos eventos y recuerdo que cuando mi esposa Lilly lo conoció y compartió de su amabilidad me comentó: “Este hombre es un santo”. Para entonces él esperaba con expectativa lo que había de ser su primera gira latinoamericana.

 En enero de 1974 Stott y René Padilla realizaron institutos pastorales en México, Perú, Chile y Argentina. Fue la primera visita de Stott a América Latina  y el tema fue “Hacia un cristianismo integral”, por cuenta de la CIEE y la Fraternidad Teológica Latinoamericana (FTL). Para entonces disponíamos de sus libros  Cristianismo básico  y  Creer es también pensar,  en castellano.

 El Congreso de Evangelización de Lausana en 1974 fue una prueba de fuego para la postura de Stott y del grupo de evangelistas, misioneros y pensadores que habían venido forjando una visión de la misión integral . Recuerdo las noches memorables trabajando hasta la madrugada en la redacción del  Pacto de Lausana  . Su dominio del inglés, la claridad de su pensamiento y su capacidad para integrar posiciones aparentemente adversas fue decisivo en aquella difícil empresa, trabajando con tremendas restricciones de tiempo.

 Stott fue persona clave en las conferencias y consultas que siguieron a Lausana  especialmente Willowbank, Barbados sobre “Evangelio y Cultura” (1978) y Grand Rapids, Estados Unidos (1983) sobre “Evangelización y Responsabilidad Social de la Iglesia.” La calidad de los documentos finales de estas conferencias debe mucho a la capacidad editorial de Stott. Pero no sólo a eso sino a su irenismo, su capacidad de escuchar respetuosamente las posturas más diversas y tratar de buscar suficientes puntos comunes como para lograr un acuerdo. Algo nada fácil en reuniones internacionales e inter-denominacionales.

 En junio-julio de 1977 la FTL auspició una nueva serie de institutos pastorales con John Stott y René Padilla  en México, Guatemala, Ecuador y Argentina. Yo estaba entonces de regreso del Canadá y aunque por motivos de salud no pude asistir al instituto, al terminar éste, Stott vino a pasar un par de días en nuestra casa. Mi esposa Lilly se sintió muchas veces halagada por la sincera gratitud que él siempre expresó por la hospitalidad que ella le había ofrecido. Yo tampoco he olvidado ni cesado de agradecer la generosa nota bibliográfica que Stott escribió sobre mi libro  Christian Mission and Social Justice  (1978).

 En 1983 se realizó la Asamblea Mundial de la CIEE en Inglaterra.  Después de ese evento Stott me invitó a presentar unas exposiciones en el Instituto para el Cristianismo Contemporáneo que había fundado en Londres. En aquella oportunidad fuimos huéspedes de Stott en su apartamento en Londres y él tuvo la amabilidad de invitarnos a Lilly y a mi a un picnic en Hyde Park. Fue inolvidable el exquisito cuidado con que nos atendió. Tomamos un té inglés completo que Stott había traido en una hermosa cesta. Él extendió el mantel sobre el césped y fue sacando las tazas, los platos, el té, los sándwiches y los pasteles. Y luego como fin de fiesta nos llevó a un concierto en el famoso teatro Albert Hall.

 En enero de 1985 Stott pasó un mes con el equipo de la CIEE y unos cincuenta líderes estudiantiles evangélicos de toda América Latina, en Qui to, en nuestro Seminario Continental. Su tema sobre hermenéutica y cultura buen muy bien recibido y dio lugar a un diálogo intenso. En esa oportunidad yo dejaba la Secretaría General de la CIEE en América Latina que fue asumida por el economista brasileño Dieter Brepohl. Fue valioso tener a Stott con nosotros en ese momento de transición. Desde entonces nos vimos muchas veces más en diferentes eventos y en diversas partes del mundo

 La última vez que estuvimos juntos fue en Lima, Perú, en el año 2001.  Vino con su sucesor Chris Wright a un seminario-taller para pastores sobre predicación. Se lo veía algo frágil, y por momentos necesitaba ayuda para caminar. Pero cuando llegaba al púlpito era otra vez Stott en lo mejor de su estilo: claro, contundente, pastoral con un tono de voz en el que había al mismo tiempo autoridad y afecto. Un día que paseábamos en Lima, tuvimos que esperar para cruzar una calle de dos carriles de autos. No había semáforo y la fila parecía interminable. Chris estaba a la derecha de Stott y yo a su izquierda. De pronto se abrió un pequeño claro en el flujo de autos y Stott saltó y en dos grandes trancos cruzo la calle. Cuando Chris y yo sorprendidos, alcanzamos a cruzar, Stott con una sonrisita pícara nos dijo: “No se olviden que yo vivo en Londres y allí en la calle sólo hay dos tipos de personas; los veloces y los muertos.”

 Ha sido un privilegio único disfrutar de la amistad de este gran siervo de Dios. Verlo en acción en todas esas reuniones en las que ministraba la Biblia con habilidad singular y también contribuía a edificar el protestantismo evangélico a nivel mundial. Ya se ha encontrado cara a cara con el Señor a quien sirvió de manera ejemplar. Gloria a Dios por su vida y ministerio.

Autores: Samuel Escobar

©Protestante Digital 2011

La música en el Apocalipsis

Publicado: julio 27, 2011 en Teología

Juan Stam

¡Cuando aparece el Cordero, nace la música!

(Ap 14:2-3; 15:2-4)

No nos debe sorprender el que en los capítulos 12 y 13 no sonaba ni una nota de música. La bestia puede imponer, por la fuerza, una uniformidad monótona y una sumisión servil, pero no puede llenar la vida humana de armonía y melodía. No es casualidad que en los pasajes sobre el dragón y sus colegas, nunca oímos música.

Apenas aparece el Cordero, y suena de nuevo la música: Juan vio al Cordero y sus seguidores, y en seguida están tocando arpas y entonando un cántico nuevo.[1] Y debemos notar que esa música venía de la misma presencia de Dios. ¡Qué maravilloso cuando podemos decir, “Oí un sonido que venía del cielo” (14:2)! Con una bellísima frase, el capítulo siguiente elabora esa sencilla declaración: estos músicos tocan “arpas de Dios” (15:2, katharas tou theou; “las arpas que Dios les había dado” NVI). Es Dios quien pone la música en el corazón de los músicos y pone el arpa (o una guitarra) en sus manos. En esa expresión encontramos una intuición fundamental para toda la estética cristiana. Todos los dones artísticos, musicales y visuales y demás, son regalos de la gracia de Dios (cf. Ex 31:1-6; 35:30-36:1).[2]

Lo que distingue a los 144 mil, como señala Michaels (1997:168; cf. BalzSch II:149), es su capacidad para aprender una canción. Los sellados de Dios se conocen por su música. Tienen un oído musical para las melodías del cielo. La bestia apaga toda la musicalidad de la vida; el evangelio nos pone a cantar. Ahora nuestro estilo de vida es el de vivir “cantando con gracia en nuestros corazones al Señor” (Col 3:16 RVR; cf. Ef 5:19). Una gratitud evangélica (eujaristia) pone en nuestras vida la música del cielo, el “nuevo cántico” de la salvación.

Ramsey Michaels (1997:168b) hace una aplicación práctica de este pasaje. Se puede cantar un himno, observa, con todas las palabras correctas, pero desentonar tristemente con la música. “Las palabras son teológicamente correctas, ¿pero dónde está la melodía?”, pregunta Michaels. El mensaje evangélico, y la vida cristiana, traen una musicalidad muy especial, que demuestra su autenticidad. Es la música de la salvación por gracia y del reino de Dios y su justicia. El evangelio debe dar el tono musical para toda nuestra existencia.

Pablo Richard (1994:147-148) interpreta el “cántico nuevo” como la canción de protesta, resistencia y esperanza de la comunidad de fe en la tierra, en consonancia y sintonía con los coros celestiales.[3] Para Richard, los 144 mil son los mártires ya glorificados. El cántico “representa la conciencia, la identidad y la espiritualidad de este pueblo organizado en la tierra que resiste a la Bestia. Para resistir necesita aprender este cántico…”. Es “un secreto que ellos descubren en el cielo… Los que resisten a la Bestia en la tierra necesitan cantar el cántico de los mártires en el cielo”. En cambio, los adoradores de la Bestia “entregan su subjetividad a ésta y son transformados en objetos marcados”. Los 144 mil pueden cantar, porque son sujetos…” (p.147).

Aquí tenemos dos comunidades contrapuestas, marcadas por dos sellos distintos y marchando hacia dos destinos totalmente opuestos. Apocalipsis 18:22-23 describe la condición final en que terminará Babilonia:

Jamás volverá a oírse en ti

la música de los cantantes

y de arpas, flautas y trompetas.

Jamás volverá a hallarse en ti

ningún tipo de artesano…

Jamás volverá a brillar en ti

la luz de ninguna lámpara.

Jamás volverá a oírse en ti

la voz del novio y de la novia,

Porque tus mercaderes

eran los grandes de la tierra…

Babilonia, la ciudad sin música, ha terminado siendo un cementerio de todo lo humano, la ciudad de la muerte, la ciudad sin amor y romance, sin trabajo y creatividad, sin cantantes y músicos. En eso termina el camino de los que aceptan la marca de la bestia.

¡Qué diferente el destino final de los que siguen al Cordero! Los cánticos de 14:3 y 15:2-4 son esa música del cielo que será nuestro deleite eternamente, y que Dios nos permite escuchar por anticipado.[4] Desde el monte Sión, el Cordero anuncia la venida de la Ciudad de la vida y de la luz, de la eterna creatividad, del amor y, sobre todo, de la música. Habrá guitarras además de violines y, como ha insistido Karl Barth, escucharemos no sólo a Bach sino a Mozart, y por qué no, a “Cielito Lindo” y “las Mañanitas”, ¡y un buen mariachi mexicano! Esa es la bella ciudad, armoniosa y melodiosa, que describirán los capítulos finales del Apocalipsis.

Las verdades más grandes

sólo se pueden expresar cantando

 

(Ap 11:15-18 y el Aleluya de Händel)

 

 

   Impresiona mucho la musicalidad del libro del Apocalipsis. A cada paso, y especialmente en sus pasajes de clímax, el libro se vuelve lírico y se pone a cantar. Son frecuentes los instrumentos musicales, sobre todo trompetas y arpas. En la liturgia de apertura, los cuatro seres vivientes se unen con los veinticuatro ancianos, todos con sus arpas, para dedicar su cántico nuevo al Cordero de Dios (5:8-10). Algunos pasajes, aunque no usan el verbo “cantar” (adô) o el sustantivo “cántico” (ôdên), son tan métricos y melodiosos que lo más natural es leerlos como cantados (11:15-18; 12:10-12). En 14:1-5 escuchamos un coro de 144,000 voces, “como arpistas que tocaban sus arpas”, cantando el cántico nuevo (14:2-3). En seguida suena un dúo vocal, de Moisés y del Cordero (15:3-4). Y para dar un ejemplo más, en capítulo 18 la caída de Babilonia se celebra con canciones de protesta (18:9-19; Stam 1978:367-371). Es el cántico que inspira y anima al pueblo de Dios en su larga lucha.

Antes de volverse una disciplina analítica y a veces seca, la teología nació cantando. Muchos pasajes clásicos de la teología sistemática nacieron como himnos que cantaba la comunidad (Fil 2:5-11; Col 1:15-20). Los primeros credos suelen mostrar una estructura métrica e hímnica (Ro 10:9-10; Col 3:16; 1 Tm 3:16; Tit 3:4-7).[5] El ser humano, que al ser creado recibió el soplo divino, fue hecho para adorar a Dios con todo su ser y proclamar su grandeza. La tarea del teólogo es la de articular para la comunidad las armonías y las melodías de la fe.

Por eso, ¡no hay mejor entrada al sentir y al sentido de este pasaje, que escuchar con el oído interior el “Aleluya” del Mesías de Jorge Frederico Haendel!

Sin música y perfume

no hay cielo!

(Ap 5:8-10)

Para apreciar plenamente la belleza de Ap 4-5, uno tiene que activar todos sus sentidos de percepción física.  Las palabras escritas deben evocar una serie de impresiones sensuales que nos hacen sentir la incomparable hermosura de la presencia divina.  En estos pocos versículos se acumulan una serie de sensaciones muy variadas y cumulativamente impactantes.

Como en todo el libro, se ejerce la vista: Juan ve al Cordero, los cuatro vivientes y los 24 ancianos, con sus veintiocho cítaras y resplandecientes copas de oro.[6]  El pasaje apela a la acción litúrgica: el Cordero pasa solemnemente al trono a tomar el libro, los vivientes y ancianos se postran ante el Cordero.  El pasaje evoca también impresiones auditivas: cuando el lector realmente se involucra en el pasaje, comienzan a resonar en su mente las armonías del coro unido y su acompañamiento instrumental.  Y por medio de nuestro olfato imaginativo sentimos que el incienso baña todo el escenario en sus fragantes aromas.

Hablando de las arpas del Apoc, José Míguez Bonino señala el gran significado de la música para la existencia humana (1975:65). Después de lamentar la facilidad con que se suele puerilizar las arpas celestiales, Míguez ofrece bellísimos comentarios sobre el extraordinario significado de la música en la vida humana:

La música y el canto son posiblemente la actividad humana en la que más profundamente podemos experimentar la unidad de trabajo y placer, tarea y creación, disciplina y libertad, experiencia personal y unidad comunitaria.  Cuando se hace música, incluso dentro de nuestras limitaciones, parecería como si la distancia que hay siempre entre el esfuerzo y el gozo se eliminara, se aúna en la armonía común: somos a la vez activos y pasivos, a la vez yo mismo y el coro o la orquesta.  Hay fugaces momentos en la vida en que el trabajo es rescatado de su peso y transformado en expresión plena de mi ser…

La vida futura se presenta, en esta imagen, como la clase de vida en la que el esfuerzo, el trabajo, el servicio es a la vez alegría, reposo, y la alegría es creación, servicio, tarea…Todo esto ocurre “delante de Dios”, evidentemente ofrecido a él como culto, como reconocimiento.

En ese sentido, la música puede verse como una reminiscencia o una nostalgia del paraíso perdido y un anticipo de la nueva creación.[7]

A la idea del cielo como música, con todo y arpas, estamos muy acostumbrados, pero para la LitApoc era muy importante también el cielo como fragancia.  Cuando Enoc llega al trono de Dios lo encuentra “rodeado por árboles aromáticos” (1En 24.3).  Sigue la visión del árbol de la vida:

Entre ellos había un árbol como nunca he olido, y ninguno era como él.  Exhalaba un perfume superior a todos; sus hojas, flores y madera nunca se ajaban, y su fruto era hermoso, parecido al racimo de la palmera… Entonces me respondió Miguel: “Este árbol aromático ningún ser humano tiene potestad para tocarlo hasta el gran juicio … Entonces este árbol será dado a los justos y humildes. Vida se dará a los elegidos por sus frutos…Entonces se alegrarán con júbilo y se regocijarán; en el lugar santo entrarán con su aroma en sus huesos y vivirán sobre la tierra una larga vida…” (24.4-25.6)[8]

Ya hemos visto también la promesa de 2Bar 29.8 de que, junto con la fecunidad milagrosa de la tierra, en tiempos escatológicos “vientos saldrán de delante de mí a llevar cada mañana fragancia de frutas aromáticas, y a final del día nubes destilarán el rocío de salud.”[9]  Con la nueva creación, los malos olores habrán terminado para siempre y todo estará bañado de una fragancia infinitamente agradable.

 

La dimensión estética es fundamental en las dos partes de la visión de Ap 4-5.  Antes de poder confrontar las realidades a veces grotescas de la historia, le era indispensable a Juan ver la hermosura de Dios y del Cordero.  La visión del Trono y del Cordero reafirma para Juan las bases estéticas del universo.  Aunque el pecado logra afear a veces la vida y la historia (!nunca más que en la Cruz del Calvario!), lo feo no podrá ser la última palabra.  La realidad final es “la hermosura de la santidad” (Sal 27.4; 29.2) en que toda la creación adora al Artista divino que les ha formado.


[1] Lo mismo pasó en 5:4-14; ni aun en capítulo 4, donde la corte celestial adoraba al Creador, dice que cantaban. Juan mismo, antes de ver al Cordero, lloraba (5:4), pero después de aparecer el Cordero, todo el universo se convirtió en un concierto musical (5:6-14)

[2] Como veremos más adelante, el capítulo 15 aclara también los contenidos del cántico nuevo, como celebración de la liberación del pueblo de Dios (Ap 15:3-4; cf. Ex 15:1-21).

[3] Estas expresiones son paráfrasis del argumento de Richards, no cita verbal.

[4] Véase Stam 1999A:214-216 (2006:230-232), “¡Sin música y perfume no hay cielo” (Ap 5:8-10) y Tomo II 2003:360-361 “Sorprendidos por la música”.

[5] ) Cf, Ethelbert Stauffer, New Testament Theology (NY: Macmillan, 1955), p.200; y p.303 n.585.

[6]) Si sólo los ancianos tienen las arpas y copas, serían 24.

[7]) En términos similares, Marx planteó la meta de la historia como “la patria de la libertad” en la que el trabajo dejaría de estar alienado y donde uno podría cultivar la tierra por la mañana, componer una sinfonía por la tarde y visitar con sus amigos en la noche.

[8]) DíezM 4:60s. Cf 2En 22.8s (9.20-22 en DíezM 4:172).

[9]) ver arriba, Ap 2.17; texto en Charlesworth 1:630.


Juan Simarro Fernández
Retazos del evangelios a los pobres (30)
Grito, lamento, abandono…“Y a la hora novena Jesús clamó a gran voz, diciendo: Eloi, Eloi, ¿Lama sabactani?” Marcos 15:34. Texto completo en Marcos 15:21-41.
Un pequeño montículo, un cerro, una elevación del terreno. Pudiera parecer bonito, paisaje hermoso, pero no lo era. Ese montículo, ese cerro, tenía la forma de una calavera. Para los judíos era el lugar del horror. Le llamaban el Gólgota. Lo podemos llamar el Calvario. No estaba muy lejos de la ciudad. Nada más cruzar la muralla se podía llegar a este triste lugar. Su forma de calavera recordaba la muerte, aunque los judíos hicieron del lugar algo más triste: el lugar de las ejecuciones de los condenados a muerte. El lugar de la tragedia, de los gritos de dolor , del sufrimiento, de la tortura, del grito, del lamento, del abandono y de la burla… el mejor de los lugares para ejecutar a los condenados a muerte… aunque había errores… se podía ejecutar también a inocentes, a justos, al Dios de la vida.

Jesús estaba allí crucificado ante un montón de curiosos y también de personas más cercanas a Él. El Salvador del mundo no estaba profiriendo quejas. Había pronunciado palabras de perdón: “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen”. Se había preocupado de los ladrones que estaban crucificados a su lado: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”. Se había preocupado de su madre: “Mujer, he ahí tu hijo…”. Su cuerpo se iba debilitando. Una sensación de angustia y de tristeza invadieron al Dios de la vida, humanado, sufriendo como hombre… la cumbre de la pasión. Es el momento del grito, del lamento, del desamparo, del sentimiento de sentirse abandonado.

Habría ruidos. Muchos de estos ruidos eran de los escarnecedores de Jesús, sonidos de burlas, quizás también de los llantos de los que amaban a Jesús. Sin embargo, Jesús debilitado, agotado, casi asfixiado por su propio peso colgando de la cruz, hizo su último milagro: sacar fuerzas de su debilidad, de su situación de asfixia. Encierra un misterio cómo se pudo escuchar ese grito de Jesús, esa invocación al Padre, esa oración desgarrada. Debió sonar fuerte y llena de poder, sonido misteriosos y como proveniente de lo alto. Tanto impactó que la iglesia primitiva lo ha conservado incluso en lengua aramea, en la forma original en la que la pronunció Jesús: “Eloi, Eloi, ¿Lama sabactani?” que traducido es: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”.

 Es el grito de la soledad, del abandono … el que puede ser el grito de los marginados y empobrecidos del mundo, de los que algunos llaman los crucificados de la tierra. Ese grito no ha parado de sonar debido a la gran identificación de Jesús con el grito de los pobres, abandonados y excluidos de este mundo. Por eso, en Mateo 25, cuando habla de socorrer a los pobres y más pequeños de la tierra, dice de una forma también un tanto misteriosa y que cuesta trabajo entender: “Por mí lo hicisteis”.

Hoy, desde el sufrimiento humano, desde las situaciones de pobreza y de opresión, desde las injusticias que el hombre hace contra el hombre, Jesús reactualiza su grito. Jesús, ante el dolor del mundo y la indignidad en la que muchos son hundidos reduciéndolos al no ser de la marginación, a la asfixia del hambre y de la falta de medios, Jesús se convierte hoy en el icono de los sufrientes y revive el Cristo de la pasión, el Cristo roto, el Cristo sufriente… y el grito o el lamento, la invocación o la oración, suena hoy de manera fuerte y terrible con una sensación de soledad y de abandono que afecta a tantos coetáneos nuestros hundidos en la infravida de la miseria: “Eloi, Eloi, ¿Lama sabactani?”. “Dios mío, Dios mío. ¿por qué me has abandonado?”.

 Ante el escándalo y vergüenza humana de la pobreza se puede hablar hoy de la experiencia del abandono. ¿Acaso se da el silencio de Dios? Algunos han hablado hasta de la teología de la muerte de Dios. El Dios ausente. ¿Dónde estaba Dios durante el holocausto de los judíos?, se preguntan algunos incluso de los religiosos de la tierra.  Como si se pudiera dar la ausencia de Dios… quizás lo que se está dando es el silencio del hombre insolidario. El silencio de Dios es sólo aparente. Dios va a responder. La cizaña y el trigo están creciendo juntos, pero llegará el día en que la cizaña sea quemada y aniquilada para siempre en el fuego devorador. Hay esperanza. Si Dios permaneciera callado para siempre y no pudiéramos escuchar nada de su respuesta, estaríamos en el ámbito de la angustia, de la náusea, de la nada… del horror.

Jesús cuando gritó, aunque se sentía abandonado del Padre, aún tenia esos lazos con un Dios que existe, con un Padre al que se puede clamar. No tuvo esa experiencia de un abandono ante la nada. Él, a pesar de esa sensación de abandono, aún le queda un hilo donde agarrarse, puede clamar a Dios, al Padre, sabiendo que Él está ahí a pesar de ese sensación angustiosa de abandono en este trance de angustias de muerte. Dios no ha muerto.

El Padre sufre la muerte junto a su hijo, pero no se da la muerte de Dios dejando todo un vacío de nausea y sinsentido. El grito de Jesús no era de desesperanza total como si ya sólo existiera el reino de la nada, del vacío absoluto. Jesús sabía que el Padre le escuchaba, que estaba con él, aunque lo sintiera lejos en medio de su angustia y sensación de abandono. Dios es el dios de los desvalidos, padre de huérfanos y defensor de viudas.

 El grito, el lamento o la invocación de Jesús, se transforma en un aferrarse al Dios de la vida , en un acogerse a alguien en quien se cree. Nunca se ha dado el vacío de Dios en la historia humana. Nunca se ha dado la muerte de Dios. Sólo del Jesús hombre en nuestro lugar.

¿No estaba dando Jesús un grito de afianzamiento de la fe? Quizás ese grito debiera ser la confesión de fe de los pobres y abandonados de la historia, de nuestra historia. Se grita por abandono, pero con la fe de que Dios aún está ahí, que Dios puede responder a nuestro grito, a nuestro lamento. Hay esperanza.

Esta oración de confesión de fe, la deberían repetir también los integrados de este mundo, los que pueden navegar en medio de las crisis económicas, los que se sienten bendecidos por Dios… repetir esta confesión de fe que nos identifica con los pobres del mundo, con los injustamente tratados. Una confesión de fe que puede lanzarnos a la acción. Nos tenemos que unir al grito y lamento de Jesús para hacernos solidarios con los pobres y sufrientes del mundo. Es un grito que pone de manifiesto que hay prójimos nuestros sufriendo y en el sin vivir de la pobreza y la exclusión. Gritamos por ellos, Señor. “Eloi, Eloi, ¿Lama sabactani?”.

 Será nuestro grito y lamento de Semana Santa uniéndonos a los que sufren a la vez que recordamos el sufrimiento de Jesús en la cruz. En esta Semana Santa… y siempre, nos debemos sentir abandonados con los abandonados y unirnos al grito de fe de Jesús, pues Él estaba aferrado al Padre.  Le sintió lejos, pero pudo invocarle.

Necesitamos gritar “Eloi, Eloi”… porque es imposible entender este mundo sin Dios. Así, invocamos a Dios en esta Semana Santa ante el escándalo de la pobreza en el mundo y, como humanos, nos sentimos avergonzados a la vez que lanzamos nuestras voces de denuncia… y de esperanza. Las lanzamos a ti, Señor: Eloi, Eloi, no nos abandones. No abandones a los pobres, sufrientes y excluidos de la tierra.

Autores: Juan Simarro Fernández

©Protestante Digital 2011


César Vidal Manzanares
Lutero y la necesidad de la Reforma (11)
Lutero y la Carta a los RomanosComo vimos la pasada semana, para Lutero el resumen de la predicación que realiza Pablo al inicio de la carta a los Romanos no podía ser más claro.
La justicia de Dios no se recibía a través de las obras o de los méritos personales –desde luego, nos encontramos la menor mención a algo que se pareciera a buena parte de la existencia que Lutero vivía en el convento- sino por la fe y su consecuencia lógica es que el justo vivirá por la fe.En la carta a los Romanos, Pablo desarrollaba además de manera amplia las bases de su afirmación.

 En primer lugar, dejaba sentado el estado de culpabilidad universal del género humano , una realidad que Lutero conocía –y reconocía– sin paliativos.

 Primero, dictaba esa sentencia en relación con los gentiles , los paganos, los que no pertenecen al pueblo de Israel del que él mismo sí formaba parte, afirmando lo siguiente: “ Porque es manifiesta la ira de Dios del cielo contra toda impiedad e injusticia de los hombres, que detienen la verdad con la injusticia:Porque lo que de Dios se conoce, a ellos es manifiesto; porque Dios se lo manifestó.Porque las cosas que de él son invisibles, su eterno poder y su deidad, se perciben desde la creación del mundo, pudiendo entenderse a partir de las cosas creadas; de manera que no tienen excusa:Porque a pesar de haber conocido a Dios, no le glorificaron como a Dios, ni le dieron gracias; por el contrario, se enredaron en vanos discursos, y su corazón necio se entenebreció.Asegurando que eran sabios, se convirtieron en necios:cambiaron la gloria del Dios incorruptible por una imagen que representaba a un hombre corruptible, y aves, y animales de cuatro patas, y reptiles serpientes.Por eso, Dios los entregó a la inmundicia, a las ansias de sus corazones, de tal manera que contaminaron sus cuerpos entre sí mismos:ya que cambiaron la verdad de Dios por la mentira, honrando y sirviendo a las criaturas antes que al Creador, el cual es bendito por los siglos. Amén.Por esto Dios los entregó a pasiones vergonzosas; pues aun sus mujeres cambiaron el natural uso del cuerpo por el que es contrario a la naturaleza:Y de la misma manera, también los hombres, abandonando el uso natural de las mujeres, se encendieron en pasiones concupiscencias los unos con los otros, realizando cosas vergonzosas hombres con hombres, y recibiendo en sí mismos la paga adecuada a su extravío.Y como no se dignaron reconocer a Dios, Dios los entregó a una mente depravada, que los lleva a hacer indecencias,rebosando de toda iniquidad, de fornicación, de maldad, de avaricia, de perversidad; llenos de envidia, de homicidios, de contiendas, de engaños, de malignidades;murmuradores, detractores, aborrecedores de Dios, injuriosos, soberbios, altivos, inventores de maldades, desobedientes a los padres,ignorantes, desleales, sin afecto natural, despiadados:éstos, aún sabiendo de sobra el juicio de Dios – que los que practican estas cosas merecen la muerte – no sólo las hacen, sino que además respaldan a los que las hacen”.  Romanos 1, 18-31)

 La descripción del mundo pagano que Pablo llevaba a cabo en el texto previo coincidía, en líneas generales, con otros juicios expresados por autores judíos de la Antigüedad y, en menor medida, con filósofos gentiles. La línea argumental resultaba de especial nitidez, desde luego.

De entrada, a juicio de Pablo, la raíz de la degeneración moral del mundo pagano arrancaba de su negativa a reconocer el papel de Dios en la vida de los seres humanos.

Que Dios existe es algo que se desprende de la misma creación, que no ha podido surgir de la nada. Sin embargo, el ser humano ha preferido sustituirlo por el culto a las criaturas. Ha entrado así en un proceso de declive moral en el que, de manera bien significativa, las prácticas homosexuales constituyen un paradigma de perversión en la medida en que significan cometer actos contrarios a lo que la propia Naturaleza dispone.

El volverse de espaldas a Dios tiene como consecuencia primera el rechazo de unas normas morales lo que deriva en prácticas pecaminosas que van de la fornicación a la deslealtad pasando por el homicidio, la mentira o la murmuración. Sin embargo, el proceso de deterioro moral no concluye ahí. Da un paso más allá cuando los que hacen el mal, no se limitan a quebrantar la ley de Dios sino que además se complacen en que otros sigan su camino perverso. Se trata del estadio en el que el adúltero, el ladrón, el desobediente a los padres o el que practica la homosexualidad no sólo deja de considerar que sus prácticas son malas sino que incluso invita a otros a imitarle y obtiene con ello un placer especial.

 En segundo lugar, en Romanos, Pablo indicaba cómo el veredicto de culpa no pesaba únicamente sobre los paganos. Por el contrario, estaba convencido de que, ante Dios, también los judíos, el pueblo que había recibido la ley de Dios, era culpable.

Al respecto, sus palabras no pueden ser más claras:  “ He aquí, tú tienes el sobrenombre de judío, y descansas en la Ley y presumes de Dios,Y conoces su voluntad, y apruebas lo mejor, instruido por la Leyy confías que eres guía de los ciegos, luz de los que están en tinieblas,maestro de los que no saben, educador de niños, que tienes en la Ley la formulación de la ciencia y de la verdad.Tú pues, que enseñas a otro, ¿no te enseñas a ti mismo? ¿Tú, que predicas que no se ha de hurtar, hurtas?¿Tú, que dices que no se ha de cometer adulterio, cometes adulterio? ¿Tú, que abominas los ídolos, robas templos?¿Tú, que te jactas de la Ley, con infracción de la Ley deshonras a Dios?Porque el nombre de Dios es blasfemado por vuestra culpa entre los gentiles, tal y como está escrito.porque la circuncisión en realidad tiene utilidad si guardas la Ley, pero si la desobedeces tu circuncisión se convierte en incircuncisión”. (Romanos 2, 17-25)

 La conclusión a la que llegaba Pablo difícilmente podía ser refutada. Los gentiles podían no conocer la Ley dada por Dios a Moisés, pero eran culpables en la medida en que desobedecían la ley natural que conocían e incluso podían llegar a un proceso de descomposición moral en el que no sólo no se oponían al mal, sino que se complacían en él e incluso impulsaban a otros a entregarse a quebrantar la ley natural. Los gentiles, por lo tanto, eran culpables.

 En el caso de los judíos, su punto de partida era superior siquiera porque habían recibido la Ley, pero su culpa era, como mínimo, semejante. También los judíos quebrantaban la Ley. El veredicto, por lo tanto, era esperable y obvio: “ … ya hemos acusado a judíos y a gentiles, de  que todos están debajo de pecado. Como está escrito: No hay justo, ni siquiera uno. (Romanos 3, 9-10)

El hecho de que, a fin de cuentas, todos los hombres son pecadores y, en mayor o menor medida, han quebrantado la ley natural o la Ley parece que admite poca discusión. De hecho, para Lutero esa realidad resultaba angustiosamente presente y punzante.

 Pero –y aquí se encuentra una de las preguntas correctas que deben formularse- ¿Qué vía ofrecía el apóstol Pablo para salir de esa terrible situación? 

De manera bien significativa,  Pablo conocía las interpretaciones teológicas que afirman que la culpabilidad del pecador podía quedar equilibrada o compensada mediante el cumplimiento, aunque fuera parcial, de la ley de Dios.  En otras palabras, no ignoraba afirmaciones como las de que es cierto que todos somos culpables, pero podríamos salvarnos mediante la obediencia, aunque no sea del todo completa y perfecta, a la ley divina.

 Sin embargo, esa tesis Pablo la refuta de manera contundente al afirmar que la ley no puede salvar :  Porque sabemos que todo lo que la ley dice, se lo dice a los que están bajo la ley lo dice, para que toda boca se tape, y todo el mundo se reconozca culpable ante Dios:Porque por las obras de la ley ninguna carne se justificará delante de él; porque por la ley es el conocimiento del pecado.  (Romanos 3, 19-20)

Pablo contradecía con una lógica aplastante la posible objeción. La ley no puede salvar, porque, en realidad, lo único que deja de manifiesto es que todo el género humano es culpable.  De alguna manera, la ley es como un termómetro que muestra la fiebre que tiene un paciente, pero que no puede hacer nada para curarlo.  Cuando un ser humano es colocado sobre la vara de medir de la ley lo que se descubre es que es culpable ante Dios en mayor o menor medida. La ley incluso puede mostrarle hasta qué punto es pecador, pero nada más.

Eso, por supuesto, lo sabía Lutero, pero,  más allá de las obras propias, de la ley de Dios, de los méritos personales que en nada compensan los pecados propios, ¿existe algún camino de salvación?

Próximo artículo: Lutero: «el justo por la fe vivirá»

Autores: César Vidal Manzanares

©Protestante Digital 2011

El ansia de libertad de Hemingway

Publicado: julio 27, 2011 en Literatura

 José de Segovia Barrón

El ansia de libertad de Hemingway

Hace ahora medio siglo que se voló la cabeza Ernest Hemingway.

26 DE JULIO DE 2011

Fue en su casa de Ketchum (Ohio). Aunque el gran público no se podía creer que el valiente premio Nobel fuera capaz de hacer algo semejante,  la verdad es que no pensaba en otra cosa toda su vida.  La muerte era para Hemingway la liberación de la representación del papel que la vida parecía haberle asignado. Detrás de su imagen de macho, había alguien profundamente autodestructivo. Lo que pasa es que a veces su personaje se confundía con su persona. Todos llevamos máscaras en esta vida para intentar ocultar aquella realidad de nosotros que nos disgusta. Algunos aparentan autosuficiencia, otros buscan compasión. Unos se esconden bajo una supuesta frialdad intelectual, otros bajo un aspecto físico, o una pretendida indiferencia. Y hay quien ha desarrollado tal esquizofrenia que asume diferentes personajes según el lugar o la persona con que se encuentre…

La primera vez que oí de Hemingway, creo que fue en una clase de Juan Simarro –que me enseñó literatura en el Colegio El Porvenir de Madrid en los años setenta–. Me quedé tan fascinado con su unión de literatura y vida, que busqué todos sus libros en la biblioteca. No tardé en escribir un artículo sobre él, que salió en la portada del primer número de una revista literaria –llamada  Aura –. No sé si fue lo primero que publique, pero a partir de ese momento decidí que quería ser escritor y periodista.

 DEL EVANGELIO AL MORALISMO
 En el pueblo de Oak Park –donde nació Hemingway en 1899, cerca de Chicago– había casi tantas iglesias como calles. Todas ellas protestantes. El escritor se crió en una congregacional –o sea independiente–. Cuando era pequeño, en su casa el día comenzaba con la lectura de la Biblia y un libro devocional. Luego todos se ponían de rodillas sobre la alfombra y el abuelo levantaba su voz al cielo, hablando a Dios como un amigo –recordaba el escritor–. El había sido comandante de infantería en un regimiento afroamericano, hasta entrar en un ministerio de jóvenes cristianos en Chicago, donde colaboró con el conocido evangelista Moody.

 El celo evangélico de su abuelo se convirtió sin embargo en un frustrado legalismo con su padre, el doctor Hemingway. Su estricta disciplina probablemente no mostraba más que la inseguridad de alguien que no se consideraba adecuado, ni como esposo, ni como padre. Cuando pegaba a su hijo por haber hecho algo mal, le obligaba luego a pedir perdón a Dios de rodillas. Probablemente era su manera de rogarle misericordia él también, ante su propia conciencia de fracaso.

 El año que nació Hemingway, llega a la iglesia un nuevo pastor –que según la monumental biografía de Kenneth Lynn– era un claro representante del protestantismo liberal: “Un Dios sin ira, que trae a hombres sin pecado, a un reino sin juicio, por la obra de un Cristo sin cruz”. Mucho moralismo por lo tanto, pero ningún Evangelio. No es extraño que uno de sus personajes invocara después a “Nuestro Padre Nada” con las palabras de la oración modelo que nos enseñó Jesús…

 EDUCACIÓN TRAUMATICA
 La madre de Hemingway carecía de la educación puritana de su marido, pero era una mujer tan autoritaria que amargó la vida del escritor , hasta el punto de crearle un auténtico trauma. Su nombre no podía ser menos apropiado: Gracia. Su carácter dominante iba acompañado de sueños de grandeza, porque había querido ser cantante de ópera. La relación íntima con una de sus alumnas, le lleva a construir una casa con ella, donde los biógrafos sospechan que mantenía relaciones lesbianas.

 Cuando comienza a trabajar en un periódico de Kansas City, Hemingway deja de ir a la iglesia , a pesar de las recriminaciones de su madre. Comienza a escribir relatos y disfruta de la pesca, pero está obsesionado con su virilidad –siempre cuestionada por una madre que le viste de niña, como si fuera gemelo de su hermana Marcelline, mientras trata a su marido como un pelele–. El escritor intenta alejarse de ella, pero cuando tiene problemas, vuelve constantemente a buscar su ayuda, como hacía con otras figuras maternales a lo largo de su vida.

 Hemingway se marcha voluntario a Italia con la Cruz Roja en la primera guerra mundial. Allí tiene un desengaño sentimental con una enfermera en un hospital de Milán –como los protagonistas de  Adiós a las armas –, cuando es ingresado por una herida de mortero. En casa es recibido como un héroe, pero acaba exagerando tanto lo que allí pasó, que cuesta ya distinguir las mentiras de la realidad. No tardará en abandonar Oak Park, pero Oak Park nunca le abandonará a él…

 CRISTIANISMO SIN CRUZ
 Dicen que fue ese protestantismo sin cruz el que atrajo en ocasiones a Hemingway al catolicismo. Ya durante la guerra en Italia, conoció a un cura, que decía que le había murmurado unas palabras a modo de bautismo, mientras estaba herido. Lo cierto es que un día de verano de 1920 entró en una iglesia católica con una chica con la que salía –Katy, hermana de su mejor amigo de infancia, que luego se casaría con el escritor Dos Passos– para hacer una oración.

 Fue tras el fracaso de su primer matrimonio que Hemingway vuelve a interesarse por el catolicismo. Aunque se había casado y bautizado a su hijo en una iglesia episcopal –o sea anglicana– de Paris, el escritor no había pisado un lugar de culto hasta conocer a Pauline –su segunda esposa–. Su madre era tan católica que tenían una capilla en casa, aunque ella era periodista de moda cuando conoció al escritor. Le admiraba tanto, que él pronto se encontró dividido entre dos amores.

 La Navidad de 1925, se encuentra tan confuso en Austria, que se propone matarse, si no logra salir de aquella encrucijada sentimental. El escritor busca perdón para su sentimiento de culpa, pero el cristianismo sin cruz del protestantismo liberal con el que se había educado, no podía ofrecérselo. Pauline le alienta entonces a buscar consuelo en la oración católica. Esto se refleja en el protagonista de  Fiesta,  cuandoentra en la catedral de Pamplona para rezar, pero nada ocurre.  Después de visitar varias iglesias católicas en París, el escritor se decepciona finalmente con la religión.

 PROFUNDA DESESPERANZA
 Hemingway cree que la vida carece de toda esperanza; si existe un Dios, es indiferente; y el cosmos es como una máquina que se mueve sin sentido por toda la eternidad.  Según Lynn, cuando se establece en Cuba con su tercera esposa –la periodista Martha Gellhorn, que vive con él la guerra civil española– a finales de los años cuarenta en Finca Vigía, es ya “el principio del fin”.

 Su mundo se viene abajo, el día que su padre saca un revólver del cajón de su escritorio y se vuela la cabeza. Tiene cada vez más problemas de sueño, abusa del alcohol y se recrea en continuas ideas de suicidio. Desde el año 57 hasta que finalmente se mata en 1961, toda su vida y su obra es un largo debate sobre la autodestrucción. Su comportamiento recuerda cada vez más a su padre, pero cree que el suicidio es un acto de cobardía. Le preocupa sobre todo el ejemplo que dará a sus hijos…

El primero John –que llaman Bumby–, lo tiene con su primera esposa–, pero es considerado un bastardo, para poder casarse en la iglesia católica con Pauline. Logra sin embargo formar una familia, aunque una de sus hijas parece que también se suicidó –la actriz Margaux Hemingway, que hizo varias películas míticas de los ochenta, como  Manhattan  de Woody Allen–. Sus siguientes hijos con Pauline –Patrick y Gregory– viven sin embargo intentando emular el ejemplo del padre, dedicándose a safaris. Gregory murió a principios de este siglo en una cárcel de mujeres –porque se había hecho transexual– en Miami, después de casarse con la secretaria de su padre y tener que dejar la medicina por sus problemas con el alcohol.

 VERDADERA LIBERTAD
 Hemingway ansiaba ser libre. En un sentido, todos queremos serlo. El problema es que no nos atrevemos a hacer lo que queramos, porque nos mostraríamos tal y como somos. Y en realidad no nos gusta cómo somos. Ya que hacemos lo que no queremos. Aunque no queremos renunciar a nuestras ilusiones sobre nosotros mismos. Creemos ser libres, pero estamos esclavizados por tantas cosas, que nuestra libertad no es sino la ilusión de querer volar saltando sobre un precipicio.

 Jesús cuenta una historia sobre alguien que deja su casa buscando libertad ( Lucas 15:13 ). Quiere lo que su padre le da, pero sin él. Reclama entonces su herencia para irse lejos. A partir de ese momento es como si su padre hubiera muerto. Cuando un día pierde sin embargo todo lo que tiene, siente hambre y nostalgia de casa ( v.17 )…

Toda nuestra búsqueda en la vida apunta a esa realidad última de una relación profunda y verdadera que nos haga verdaderamente libres. Pero el único que puede dar significado a nuestra vida es Aquel que nos ha creado.  El filosofo ateo Sartre decía: “No puedo dudar que Dios no exista, pero todo mi ser clama al Dios que no puedo negar”.  Al reconocer que estamos perdidos, nos damos cuenta quiénes somos en realidad. Y ese es el primer paso para descubrir la verdad que nos hará libres, de la que nos habla Jesús.

Nadie quiere reconocer su culpa, pero al querer vivir independientemente de las reglas de Dios, no incumplimos una serie de leyes impersonales, sino que ofendemos a Aquel que nos ama tanto que ha dado lo que más quería por nosotros: su propio Hijo. Ese es el misterio de la cruz, algo tan extraño como aquel padre que corre loco de amor y compasión hacia el que ha roto su corazón ( v. 20 ). Sus brazos abiertos de aceptación incondicional nos ofrecen la libertad de no tener que aparentar nunca más lo que somos.

Es así como  el Padre nos acepta en su familia y en su fiesta, cuando nos presentamos ante él tal y como somos.  Y la sorpresa es que El no nos va a hacer entonces pagar por todo lo que hemos hecho –como en una historia parecida que Buda cuenta–, sino que por Cristo nos recibe en su misericordia, dándonos la vida y la justicia que nosotros no tenemos, como un regalo inmerecido.  Nuestra libertad tiene un precio, pero la buena noticia es que Alguien lo ha pagado por nosotros.

Autores: José de Segovia Barrón

©Protestante Digital 2011