Mujeres sin techo construyen sus propios hogares en Brasil

Publicado: julio 4, 2011 en Noticias, Sociedad

Sandra Ferreira de Souza trabaja en la construcción. | Panos LondonSandra Ferreira de Souza trabaja en la construcción. | Panos London

Ana Aranha (Panos London) | Sao Paulo

Cuando comienza el día en la fábrica de ladrillos, lo primero que hace Sandra Ferreira de Souza es subirse a la mezcladora de tierra y, utilizando todo el peso de su delgado cuerpo, empuja la dura palanca que pone en marcha la máquina. Esta es una de las muchas maniobras que esta mujer de 27 años ha aprendido a hacer para adaptarse a un trabajo pensado para hombres.

Sin embargo, lo del mezclador de arena y su pesada palanca es una de las cosas más sencillas que debe manejar. Nada que ver con la resistencia que ve entre los albañiles varones en los edificios en los que trabaja levantando muros y poniendo suelos.

De cuerpo más pequeño que la media, Sandra tiene un rostro delicado y una larga cabellera peinada en trenzas que adorna con lazos de color púrpura. En el trabajo, recoge su cabello y lo protege de la arena para que no le queden “como rastas”. Se maquilla ligeramente y luce pendientes de plata. Habla en voz baja y sus sarcasmos son sutiles. Cuando alguno de los trabajadores de la obra bromea sobre sus largas uñas, Sandra le espeta que “estas manos trabajan igual que las tuyas y, a menudo, mejor”. Y es que ella se siente orgullosa de haber construido su propia casa, donde vive con sus tres hijos.

Sandra es una de las 20 mujeres que aprendieron los fundamentos de la construcción, gracias a Lua Nova, una organización sin ánimo de lucro que ayuda a mujeres embarazadas en situación de riesgo: sin hogar, víctimas de la violencia doméstica y de las drogas.

Creció mendigando en las calles de Sao Paulo, la ciudad más rica y más poblada de Brasil. Su madre abandonó a la familia después de que su hermana más pequeña muriera, a los cuatro años, por una infección estomacal. Sandra se trasladó a casa de una tía que le obligaba a pedir limosna y que la golpeaba si regresaba con las manos vacías.

La primera vez que Sandra quedó embarazada tenía 19 años y nadie la ayudó a cuidar de su hijo. Ahora ya tiene tres, y cuando le preguntan por los padres responde que “uno está muerto, uno está en chirona, uno es drogadicto”.

La dueña de la casa en la que trabajaba como empleada doméstica fue quien se dio cuenta de los moretones y de los constantes dolores que aquejaban a Sandra. Decidió llamar a una amiga que trabajaba en Lua Nova y le contó la historia: los primos de Sandra la habían pateado, echado agua hirviendo en su vientre y obligado a tomar Cytotec, un fármaco utilizado ilegalmente en Brasil para provocar el aborto, que en el país sólo está permitido en casos de violación o en los que se compruebe que la vida de la madre corre peligro.

Sandra tenía 20 años cuando llegó a Lua Nova en busca de una habitación, una cuna, pañales, comida y todo lo básico para sus niños.

Un nuevo oficio

La historia de Sandra no es peor que la de la mayoría de las 60 mujeres que han recibido ayuda de Lua Nova (Luna Nueva), en referencia al invisible potencial de estas madres. Mientras las mujeres están encinta, la asociación les ofrece refugio en el campo, cerca de Sorocaba, una ciudad de medio millón de habitantes a 94 kilómetros de Sao Paulo.

Veintiséis mujeres viven en la actualidad en el refugio, y otras 34 están fuera del complejo y siguen trabajando en proyectos para la generación de ingresos que impulsa esta asociación. Tras dar a luz, las mujeres participan en clases para la generación de ingresos que imparte la asociación.

En Lua Nova, Sandra se matriculó en el curso de construcción en 2006. Los primeros pasos no fueron fáciles. Los profesores, todos varones, trabajaban para una reputada escuela de oficios brasileña. De entrada, se negaron a participar en el programa argumentando que las mujeres no podían aprender el oficio.

Raquel Barros, la psicóloga que fundó Lua Nova, consiguió convencer a la escuela de oficios para que les dieran la oportunidad a las mujeres. Durante las primeras semanas, los maestros se pasaron el tiempo bromeando y flirteando con las mujeres.

Las mujeres no sólo encontraron resistencia por tratar de entrar en un mercado laboral predominantemente dominado por los hombres, sino quese enfrentaron al estigma social de ser madres solterasaprendiendo un oficio tradicionalmente masculino en una ciudad latinoamericana de fuerte influencia católica.

“En sus cabezas siempre seremos unas marginadas”, suspira Sandra. Y se lamenta de que “los maestros eran, al principio, muy impúdicos, pero ahora ya sabemos como enfrentarnos a ellos”. Cuando les hacen proposiciones sexuales, Sandra reacciona de la misma manera como lo haría en la calle: “Cuando un hombre desagradable me ofrece dinero por sexo siempre le doy la misma respuesta: si quisiera, lo haría gratis, pero no es el caso”.

A pesar de todos los obstáculos, la asociación insistió en los cursos. En dos años, las veinte mujeres inscritas aprendieron diferentes técnicas de construcción, plomería, pintura, instalación eléctrica o alicatados, entre otras especialidades. Y mientras estudiaban, Raquel impulsó el proyecto de construcción de una fábrica de ladrillos.

Un porcentaje de los beneficios

En la fábrica, las mujeres comenzaron a producir los ladrillos para sus futuros hogares y para vender el excedente con que comprar otros materiales. Una vez ya tuvieron los necesarios, 16 mujeres se unieron para levantar 20 casas. Si bien los ingresos por la venta de ladrillos ayudaron, la mayoría de los costes de las casas se financió a través de la asociación. Ahora que la fábrica ya cuenta con nueva maquinaria para acelerar la producción, la idea es que las mujeres los vendan y ganen un porcentaje de los beneficios. Ya tienen cinco encargos por un total de 60.000 unidades.

Hasta ahora, cuatro mujeres se dedican a tiempo completo a la albañilería. Y lo hacen unas veces trabajando por cuenta de otros, y otras por cuenta propia. “Al principio había muchos prejuicios contra ellas en este mercado laboral”, dice Raquel. “Se las contrataba por compasión y les pagaban sueldos más bajos. Ahora, se las recomienda porque son meticulosas, extremadamente cuidadosas con los acabados y mejor organizadas que los hombres“.

En la casa de Sandra, los niños tienen la habitación más grande, que también es la sala familiar de televisión. Hay un camastro y unos colchones. Cuando llega al hogar después de trabajar en la fábrica de ladrillos, a Sandra le gusta llamar a su amiga para que venga con la hija que ésta tiene y se reúnen para ver películas en la habitación de los niños. Ella ha comenzado a pensar en los próximos pasos de su vida: “Cuando llegué aquí, pensé que Lua Nova era un paraíso. En aquel entonces, todo lo que necesitaba era una casa. A veces me planteó en ir a Sao Paulo y reunir a todas esas familias que viven en las calles. Pienso que podría cambiar sus historias igual que Raquel cambió la mía“.

 

http://www.elmundo.es

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