La música en el Apocalipsis

Publicado: julio 27, 2011 en Teología

Juan Stam

¡Cuando aparece el Cordero, nace la música!

(Ap 14:2-3; 15:2-4)

No nos debe sorprender el que en los capítulos 12 y 13 no sonaba ni una nota de música. La bestia puede imponer, por la fuerza, una uniformidad monótona y una sumisión servil, pero no puede llenar la vida humana de armonía y melodía. No es casualidad que en los pasajes sobre el dragón y sus colegas, nunca oímos música.

Apenas aparece el Cordero, y suena de nuevo la música: Juan vio al Cordero y sus seguidores, y en seguida están tocando arpas y entonando un cántico nuevo.[1] Y debemos notar que esa música venía de la misma presencia de Dios. ¡Qué maravilloso cuando podemos decir, “Oí un sonido que venía del cielo” (14:2)! Con una bellísima frase, el capítulo siguiente elabora esa sencilla declaración: estos músicos tocan “arpas de Dios” (15:2, katharas tou theou; “las arpas que Dios les había dado” NVI). Es Dios quien pone la música en el corazón de los músicos y pone el arpa (o una guitarra) en sus manos. En esa expresión encontramos una intuición fundamental para toda la estética cristiana. Todos los dones artísticos, musicales y visuales y demás, son regalos de la gracia de Dios (cf. Ex 31:1-6; 35:30-36:1).[2]

Lo que distingue a los 144 mil, como señala Michaels (1997:168; cf. BalzSch II:149), es su capacidad para aprender una canción. Los sellados de Dios se conocen por su música. Tienen un oído musical para las melodías del cielo. La bestia apaga toda la musicalidad de la vida; el evangelio nos pone a cantar. Ahora nuestro estilo de vida es el de vivir “cantando con gracia en nuestros corazones al Señor” (Col 3:16 RVR; cf. Ef 5:19). Una gratitud evangélica (eujaristia) pone en nuestras vida la música del cielo, el “nuevo cántico” de la salvación.

Ramsey Michaels (1997:168b) hace una aplicación práctica de este pasaje. Se puede cantar un himno, observa, con todas las palabras correctas, pero desentonar tristemente con la música. “Las palabras son teológicamente correctas, ¿pero dónde está la melodía?”, pregunta Michaels. El mensaje evangélico, y la vida cristiana, traen una musicalidad muy especial, que demuestra su autenticidad. Es la música de la salvación por gracia y del reino de Dios y su justicia. El evangelio debe dar el tono musical para toda nuestra existencia.

Pablo Richard (1994:147-148) interpreta el “cántico nuevo” como la canción de protesta, resistencia y esperanza de la comunidad de fe en la tierra, en consonancia y sintonía con los coros celestiales.[3] Para Richard, los 144 mil son los mártires ya glorificados. El cántico “representa la conciencia, la identidad y la espiritualidad de este pueblo organizado en la tierra que resiste a la Bestia. Para resistir necesita aprender este cántico…”. Es “un secreto que ellos descubren en el cielo… Los que resisten a la Bestia en la tierra necesitan cantar el cántico de los mártires en el cielo”. En cambio, los adoradores de la Bestia “entregan su subjetividad a ésta y son transformados en objetos marcados”. Los 144 mil pueden cantar, porque son sujetos…” (p.147).

Aquí tenemos dos comunidades contrapuestas, marcadas por dos sellos distintos y marchando hacia dos destinos totalmente opuestos. Apocalipsis 18:22-23 describe la condición final en que terminará Babilonia:

Jamás volverá a oírse en ti

la música de los cantantes

y de arpas, flautas y trompetas.

Jamás volverá a hallarse en ti

ningún tipo de artesano…

Jamás volverá a brillar en ti

la luz de ninguna lámpara.

Jamás volverá a oírse en ti

la voz del novio y de la novia,

Porque tus mercaderes

eran los grandes de la tierra…

Babilonia, la ciudad sin música, ha terminado siendo un cementerio de todo lo humano, la ciudad de la muerte, la ciudad sin amor y romance, sin trabajo y creatividad, sin cantantes y músicos. En eso termina el camino de los que aceptan la marca de la bestia.

¡Qué diferente el destino final de los que siguen al Cordero! Los cánticos de 14:3 y 15:2-4 son esa música del cielo que será nuestro deleite eternamente, y que Dios nos permite escuchar por anticipado.[4] Desde el monte Sión, el Cordero anuncia la venida de la Ciudad de la vida y de la luz, de la eterna creatividad, del amor y, sobre todo, de la música. Habrá guitarras además de violines y, como ha insistido Karl Barth, escucharemos no sólo a Bach sino a Mozart, y por qué no, a “Cielito Lindo” y “las Mañanitas”, ¡y un buen mariachi mexicano! Esa es la bella ciudad, armoniosa y melodiosa, que describirán los capítulos finales del Apocalipsis.

Las verdades más grandes

sólo se pueden expresar cantando

 

(Ap 11:15-18 y el Aleluya de Händel)

 

 

   Impresiona mucho la musicalidad del libro del Apocalipsis. A cada paso, y especialmente en sus pasajes de clímax, el libro se vuelve lírico y se pone a cantar. Son frecuentes los instrumentos musicales, sobre todo trompetas y arpas. En la liturgia de apertura, los cuatro seres vivientes se unen con los veinticuatro ancianos, todos con sus arpas, para dedicar su cántico nuevo al Cordero de Dios (5:8-10). Algunos pasajes, aunque no usan el verbo “cantar” (adô) o el sustantivo “cántico” (ôdên), son tan métricos y melodiosos que lo más natural es leerlos como cantados (11:15-18; 12:10-12). En 14:1-5 escuchamos un coro de 144,000 voces, “como arpistas que tocaban sus arpas”, cantando el cántico nuevo (14:2-3). En seguida suena un dúo vocal, de Moisés y del Cordero (15:3-4). Y para dar un ejemplo más, en capítulo 18 la caída de Babilonia se celebra con canciones de protesta (18:9-19; Stam 1978:367-371). Es el cántico que inspira y anima al pueblo de Dios en su larga lucha.

Antes de volverse una disciplina analítica y a veces seca, la teología nació cantando. Muchos pasajes clásicos de la teología sistemática nacieron como himnos que cantaba la comunidad (Fil 2:5-11; Col 1:15-20). Los primeros credos suelen mostrar una estructura métrica e hímnica (Ro 10:9-10; Col 3:16; 1 Tm 3:16; Tit 3:4-7).[5] El ser humano, que al ser creado recibió el soplo divino, fue hecho para adorar a Dios con todo su ser y proclamar su grandeza. La tarea del teólogo es la de articular para la comunidad las armonías y las melodías de la fe.

Por eso, ¡no hay mejor entrada al sentir y al sentido de este pasaje, que escuchar con el oído interior el “Aleluya” del Mesías de Jorge Frederico Haendel!

Sin música y perfume

no hay cielo!

(Ap 5:8-10)

Para apreciar plenamente la belleza de Ap 4-5, uno tiene que activar todos sus sentidos de percepción física.  Las palabras escritas deben evocar una serie de impresiones sensuales que nos hacen sentir la incomparable hermosura de la presencia divina.  En estos pocos versículos se acumulan una serie de sensaciones muy variadas y cumulativamente impactantes.

Como en todo el libro, se ejerce la vista: Juan ve al Cordero, los cuatro vivientes y los 24 ancianos, con sus veintiocho cítaras y resplandecientes copas de oro.[6]  El pasaje apela a la acción litúrgica: el Cordero pasa solemnemente al trono a tomar el libro, los vivientes y ancianos se postran ante el Cordero.  El pasaje evoca también impresiones auditivas: cuando el lector realmente se involucra en el pasaje, comienzan a resonar en su mente las armonías del coro unido y su acompañamiento instrumental.  Y por medio de nuestro olfato imaginativo sentimos que el incienso baña todo el escenario en sus fragantes aromas.

Hablando de las arpas del Apoc, José Míguez Bonino señala el gran significado de la música para la existencia humana (1975:65). Después de lamentar la facilidad con que se suele puerilizar las arpas celestiales, Míguez ofrece bellísimos comentarios sobre el extraordinario significado de la música en la vida humana:

La música y el canto son posiblemente la actividad humana en la que más profundamente podemos experimentar la unidad de trabajo y placer, tarea y creación, disciplina y libertad, experiencia personal y unidad comunitaria.  Cuando se hace música, incluso dentro de nuestras limitaciones, parecería como si la distancia que hay siempre entre el esfuerzo y el gozo se eliminara, se aúna en la armonía común: somos a la vez activos y pasivos, a la vez yo mismo y el coro o la orquesta.  Hay fugaces momentos en la vida en que el trabajo es rescatado de su peso y transformado en expresión plena de mi ser…

La vida futura se presenta, en esta imagen, como la clase de vida en la que el esfuerzo, el trabajo, el servicio es a la vez alegría, reposo, y la alegría es creación, servicio, tarea…Todo esto ocurre “delante de Dios”, evidentemente ofrecido a él como culto, como reconocimiento.

En ese sentido, la música puede verse como una reminiscencia o una nostalgia del paraíso perdido y un anticipo de la nueva creación.[7]

A la idea del cielo como música, con todo y arpas, estamos muy acostumbrados, pero para la LitApoc era muy importante también el cielo como fragancia.  Cuando Enoc llega al trono de Dios lo encuentra “rodeado por árboles aromáticos” (1En 24.3).  Sigue la visión del árbol de la vida:

Entre ellos había un árbol como nunca he olido, y ninguno era como él.  Exhalaba un perfume superior a todos; sus hojas, flores y madera nunca se ajaban, y su fruto era hermoso, parecido al racimo de la palmera… Entonces me respondió Miguel: “Este árbol aromático ningún ser humano tiene potestad para tocarlo hasta el gran juicio … Entonces este árbol será dado a los justos y humildes. Vida se dará a los elegidos por sus frutos…Entonces se alegrarán con júbilo y se regocijarán; en el lugar santo entrarán con su aroma en sus huesos y vivirán sobre la tierra una larga vida…” (24.4-25.6)[8]

Ya hemos visto también la promesa de 2Bar 29.8 de que, junto con la fecunidad milagrosa de la tierra, en tiempos escatológicos “vientos saldrán de delante de mí a llevar cada mañana fragancia de frutas aromáticas, y a final del día nubes destilarán el rocío de salud.”[9]  Con la nueva creación, los malos olores habrán terminado para siempre y todo estará bañado de una fragancia infinitamente agradable.

 

La dimensión estética es fundamental en las dos partes de la visión de Ap 4-5.  Antes de poder confrontar las realidades a veces grotescas de la historia, le era indispensable a Juan ver la hermosura de Dios y del Cordero.  La visión del Trono y del Cordero reafirma para Juan las bases estéticas del universo.  Aunque el pecado logra afear a veces la vida y la historia (!nunca más que en la Cruz del Calvario!), lo feo no podrá ser la última palabra.  La realidad final es “la hermosura de la santidad” (Sal 27.4; 29.2) en que toda la creación adora al Artista divino que les ha formado.


[1] Lo mismo pasó en 5:4-14; ni aun en capítulo 4, donde la corte celestial adoraba al Creador, dice que cantaban. Juan mismo, antes de ver al Cordero, lloraba (5:4), pero después de aparecer el Cordero, todo el universo se convirtió en un concierto musical (5:6-14)

[2] Como veremos más adelante, el capítulo 15 aclara también los contenidos del cántico nuevo, como celebración de la liberación del pueblo de Dios (Ap 15:3-4; cf. Ex 15:1-21).

[3] Estas expresiones son paráfrasis del argumento de Richards, no cita verbal.

[4] Véase Stam 1999A:214-216 (2006:230-232), “¡Sin música y perfume no hay cielo” (Ap 5:8-10) y Tomo II 2003:360-361 “Sorprendidos por la música”.

[5] ) Cf, Ethelbert Stauffer, New Testament Theology (NY: Macmillan, 1955), p.200; y p.303 n.585.

[6]) Si sólo los ancianos tienen las arpas y copas, serían 24.

[7]) En términos similares, Marx planteó la meta de la historia como “la patria de la libertad” en la que el trabajo dejaría de estar alienado y donde uno podría cultivar la tierra por la mañana, componer una sinfonía por la tarde y visitar con sus amigos en la noche.

[8]) DíezM 4:60s. Cf 2En 22.8s (9.20-22 en DíezM 4:172).

[9]) ver arriba, Ap 2.17; texto en Charlesworth 1:630.

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