Archivos para agosto 4, 2011


Juan Stam

Se suele entender “profecía” sólo como vaticinio, predicción de sucesos futuros, olvidando que la profecía era (y es) en primer lugar una palabra viva de Dios, un mensaje al pueblo de Dios para su obediencia fiel.[1]  Era discurso oral, a menudo de plaza pública, estrechamente relacionado con los sucesos de ese tiempo. Claro, incluía el anuncio de eventos futuros, pero no era profecía sólo por predecir, ni la predicción del futuro era su propósito esencial.[2]  La profecía es profecía porque en ella Dios habla directamente al corazón y a la conciencia de su pueblo, exigiéndole rectitud. verdad y justicia. Claridad sobre esto es fundamental a la buena interpretación del mensaje profético de las escrituras hebreas.

No hay principio más fundamental para la interpretación bíblica que la ley del contexto.  Sin embargo, en la tradicional argumentación profética se suele citar docenas de textos aislados sacados del Antiguo Testamento, sin ubicarlos en su contexto histórico. Suelen ser frases sueltas, como caídas del cielo para apoyar argumentos y esquemas inventados en nuestra era moderna. Puede parecer convincente, pero nunca debemos aceptar sin cuestionamiento esos textos de prueba descontextualizados. Mejor un solo texto bien interpretado que una fila de veinte referencias o frases aislados.[3]

En esta breve reflexión intentaré ilustrar estos principios metodológicos con algunos ejemplos de las mismas escrituras hebreas:

Jeremías 31:21-40: Aquí Yahvéh promete hacer un nuevo pacto con la casa de Israel (31-34) y asegura, en términos muy enfáticos, que Israel siempre estará como nación delante de él y que Jerusalén será reconstruida (35-40).[4] El pasaje es parte del “pequeño libro de consolación” (Jer 30-33), un mensaje de esperanza en medio de las denuncias y juicios que predominan en este libro. Israel, con su desobediencia y su idolatría, ha invalidado el gran pacto con Dios (Jer 11.9-11; 31:32), pero Dios en su misericordia hará un nuevo pacto, muy superior al anterior, escribiendo la ley de Dios en cada corazón. Dios ha juzgado a Israel con exilio. pero volverá a bendecirlo como nunca antes.

En el Nuevo Testamento Jesús cita este texto, pero con un sentido muy diferente: “Esta copa es el nuevo pacto en mi sangre” (Lc 22:20; 1Cor 11:25; Mt 26:28; Mr. 14:24; cf. Heb 9:15). Estas palabras de Jesús hubieran sorprendido a Jeremías: primero, porque el pacto se realiza por la sangre de Jesús derramada para la salvación nuestra, y segundo, porque Dios hace el nuevo pacto no con Israel sino con la iglesia, al celebrar la cena de su Señor. También la sorprendente promesa de escribir la ley en el corazón, de modo que no necesiten a mestro alguno (Jer 31:33-34) se cumple explícitamente en la iglesia (1Jn 2:27; Jn 6:45; Heb 10:16-17).[5]

¿Cumplió Dios su promesa a Jeremías? Jeremías esperaba un nuevo pacto “con la casa de Israel y con la casa de Judá”, pero Dios hizo un nuevo pacto con la iglesia como nuevo pueblo suyo.[6] Para Jeremías, el nuevo pacto consistiría en la obediencia espontánea al Señor, desde el corazón, y el conocimiento intuitivo de Dios, sin maestros (Jer 31:33-35). En la versión de Jeremías, el pacto no dependía de la sangre del Mesías ni se trataba de la salvación de los fieles en cambio, se cumplió como pacto de perdón y redención mediante la sangre derramada del Salvador. Dios sí cumplió, en plenitud, pero no como esperaba Jeremías.

¿Por qué no podría Jeremías profetizar el nuevo pacto como de hecho iba a ser? Por qué no pudo decir Jeremías a su pueblo que Dios haría nacer otro pueblo suyo, llamado “iglesia cristiana”, redimida por la sangre del Cordero y reunida de todas las naciones, que celebraría su salvación como  una nueva Pascua llamada “Santa Cena” o “Eucaristía”?

Respuesta: Todo eso no hubiera tenido nada que ver con el contexto histórico de Jeremías y su mensaje de esperanza. El mensaje profético se concentraba en lo que el pueblo necesitaba en ese momento, no en realidades futuras sin pertinencia actual y contextual. Por esa misma razón, los profetas hebreos no tenían por qué hablar de una segunda venida del Mesías, o de una futura “iglesia” después de su primera venida. Dios no tenía por que revelar a sus siervos realidades futuras que no tenían nada que ver con la situación del pueblo de Dios en aquel entonces.

Salmo 2: Este salmo, tan citado en el Nuevo Testamento, no era originalmente profético ni mesiánico, sino político. Fue escrito para celebrar la coronación de un nuevo rey. Como el rey se consideraba “hijo de Dios”. el día de su coronación era como su nacimiento (“hoy te he engendrado”). Además, ya que la transición a un nuevo reinado tendía a ser un tiem de inseguridad e inestabilidad política, en que súbditos y aliados tendían a levantarse contra la nación, el salmo habla de esos levantamientos (2:1-3), el enojo del Rey contra esos rebeldes (2:12) y su victoria aplastante sobre ellos (2:5,9-10).

Mucho más adelante este salmo recibió una interpretación mesiánica, de acuerdo con varios de sus conceptos claves (2:2, su ungido el Rey; 2:7-8, herencia universal, etc).[7] Pero según la antigua manera de citar textos anteriores, no todos los detalles tenían que corresponder a la nueva relectura. La frase, “hoy te he engendrado”, se aplicaba específicamente al Rey en su día de coronación, pero de ninguna manera se aplica al Logos (el Verbo) como Hijo eterno de Dios (de ahí el error de los Testigos de Jehová). Y la ira del Rey (2:12, cf. 2:4) y la destrucción aplastante de sus enemigos tienen un sentido muy distinto cuando el salmo se aplica al Mesías.

Daniel 9:20-27: Este fascinante pasaje se ha prestado para una enorme cantidad de especulación y fantasía apocalíptica pero casi nunca se analiza en su contexto.[8] El autor nos dice que en el primer año del rey Darío (539 a.C.) él estaba leyendo la profecía de Jeremías y quedó profundamente impactado por el pasaje que anuncia que Jerusalén estaría en ruinas durante 70 años (Jer 25:11; 29:10).[9] Por alguna razón no totalmente clara, ese texto conmovió en Daniel una tristeza y un arrepentimiento muy profundos, que se articuló en una muy larga oración (9:4-19).[10] El autor estaba preocupado por la condición de su pueblo, que ;el entendía como consecuencia de sus pecados. Le preocupaba el futuro de su nación y ciudad; nada indica que estuviera pensando en un futuro remoto o en el fin del mundo.

En medio de su ferviente plegaria y confesión de los pecados suyos y de la nación, el ángel Gabriel le interrumpió (9:20) para reinterpretar los 70 años de Jeremías como siete semanas de años, o sea 490 años (Dn 9:23-27). El primer paso para entender estos densos versículos consiste en corregir unas traducciones poco exactas que confunden la interpretación.[11] La palabra “Mesías” en 9:25,26, que sugiere una referencia a Cristo, debe traducirse más bien “el ungido”.[12] La palabra hebrea MâShîaJ aparece 39 veces en el Antiguo Testamento y en ningún otro pasaje significa (o se traduce) “Mesías”. En el Antiguo Testamento ese título no se aplicaba al esperado Salvador sino a los reyes (aun Ciro de Persia, Isa 45:1), sacerdotes y profetas. Para el esperado Salvador había otros títulos — hijo de hombre, hijo de David, Siervo Sufriente etc — pero nunca se llamaba “el Mesías” hasta cerca de 200 a.C.(1 Enoch 48:10). Aunque parezca curioso, en todo el Antiguo Testamento el Mesías no se llamaba “Mesías”.

Otras dos traducciones de Reina-Valera pueden confundir la interpretación. La frase “hasta ungir al Santo de los santos” (9:24 RVR) podría entenderse de la persona de Jesús, pero es más bien una referencia al Lugar Santísimo del templo. La frase alude a la restauración del templo, junto con la de la ciudad, y se traduce mejor “consagrar el lugar santísimo” (NVI). Además, la frase “hasta que venga la consumación” en 9:27 (RVR) parece sugerir el fin del mundo. Se traduce mejor con “hasta que le sobrevenga [al desolador] el desastroso fin que le ha sido decretado” (NVI).[13]

Corregidos estos errores y bien traducido el pasaje, el texto no parece referirse a la venida de Cristo ni (¡mucho menos!) a la gran tribulación al final de la historia. Llama la atención que el Nuevo Testamento no hace la menor referencia a las setenta semanas, ni como profecía de la fecha del nacimiento de Jesús ni como profecía de la crucifixión ni de la gran tribulación,[14] Eso indica que entendían que esa visión ya se había cumplido.  Un amplio consenso de estudiosos, que incluye a muchos evangélicos (p.ej. F.F. Bruce), concuerda en que todo el pasaje describe la tiranía y sacrilegio de Antíoco Epífanes (175-163 a.C.).[15] En el contexto, el propósito del pasaje es el de ayudar a los lectores a interpretar los sufrimientos del pueblo bajo Antíoco Epífanes.

Zacarías 14:1-5: Como último ejemplo, cito un texto dramático favorito de algunos “expertos” en profecía: “Y se afirmarán sus pies en aquel día sobre el monte de los Olivos… y el monte de los Olivos se partirá por en medio” (Zac 14:4). Es sensacional la imagen de un famoso cerro partido en dos, pero surge una primera pregunta: ¿Qué sentido puede tener esa enseñanza, para nosotros hoy y aun más para los lectores originales?Si no tiene un sentido claro, la interpretación es dudosa.

Es un pecado hermenéutico tomar una frase aislada, fuera del contexto del pasaje entero. Pongamos la lupa exegética al pasaje completo:

¡Jerusalén! Viene un día para el Señor [Yahvéh] cuando tus despojos serán repartidos en tus propias calles. Movilizará a todas las naciones para que peleen contra tí. Te conquistarán, saquearán tus casas y violarán a tus mujeres. La mitad de tus habitantes irá al exilio, pero el resto de l pueblo se quedará contigo.

Entonces saldrá el Señor [Yahvéh] y peleará contra aquellas naciones, como cuando pelea en el día de la batalla. En aquel día pondrá el Señor [Yahvéh] sus pies en el monte de los Olivos, que se encuentra al este de Jerusalén, y el monte de los Olivos se partirá en dos de este a oeste, y formará un gran valle, con una mitad del monte desplazándose al norte y la otra mitad al sur. Ustedes huirán por el valle de mi monte, porque se extenderá hasta Asal. Huirán como huyeron del terremoto en los días de Uzías, rey de Judá. Entonces vendrá el Senòr [Yahvéh], acompañado de todos sus fieles (Zac 14:1-5 nvi]

Lo primero que llama la atención en este texto es que no es un pasaje mesiánico (como lo es Zac 9:9-17); el que viene aquí no es el Mesías sino Yahvéh mismo. Es evidente que aquí no se trata de la segunda venida del Señor Jesucristo sino de otra de las intervenciones de Dios mismo para rescatar a su pueblo. A esa situación corresponden los detalles del relato (saqueo de casas, violación de mujeres, exilio masivo), no al Armagedón ni a la parousía de Jesús. Eso es el sentido también de la rajadura del monte de los Olivos, con todos sus detalles geográficos: el propósito es de quitar el cerro, como obstáculo a la fuga, y abrir un camino para la huida rápida de los judíos cuando las naciones enemigas atacan.

Este detalle tampoco debe tomarse literalmente. Es un pasaje paralelo con Isaías 40:3-4:

Preparen en el desierto un camino para Yahvéh,

enderecen en la estepa un sendero para nuestro Dios.

Que se levanten todos los valles,

y se allanen todos los montes y colinas;

que el terreno escabroso se nivele

y se alisen las quebradas.

Estos pasajes no se refieren a fenómenos císmicos ni a milagros de ingeniería, sino a la fidelidad y ternura con que Yahvéh cuida a su pueblo. En los apuros de la vida y las situaciones de peligro, Dios moverá cielo y tierra para salvarnos (1cOR 10:13). Lo expresa muy bien un bello cántico de Marcis Witt:

Sendas Dios hará, donde piensas que no hay;
él obra en maneras que no podemos entender;
me guiará,
a su lado estaré,
amor y fuerza me dará,
un camino hará donde no lo hay.

Si camino en la soledad me guiará
y agua en el desierto encontraré;
la tierra pasará.
su palabra eterna es;
él hará algo nuevo hoy.

Sendas Dios hará, donde piensas que no hay.

¿Cual es más edificante; una predicción sensacionalista de un fenómeno topográfico (¡los pies de Cristo, al tocar tierra, rompen un cerro!) o la promesa de que “Sendas él hará, dónde no las hay?” ¿Cuál era más apropiado y significativo para los primeros receptores, como también para nosotros hoy?  Creo que la respuesta es obvia.

Conclusión: En estos cuatro ejemplos, el error de tomar textos fuera de contexto y de su exégesis específica ha conducido a tergiversaciones muy serias. Cuando traemos a colación textos del Antiguo Testamento para aclarar la escatología cristiana, debemos hacerlo con sumo cuidado y mucha auto-crítica. Cuando otros emplean frases sueltas o meras referencias numéricas a pasajes del Antiguo Testamento, debemos subir el “sospechómetro” al tope y examinar los mismos textos con sumo cuidado.

Creo que estos ejemplos muestran que con liberarnos de interpretaciones falsas o dudosas, nunca perdemos nada excepto nuestros errores.  Encontraremos en lugar de esos errores, un sentido más fiel de la Palabra, ¡y eso será una gran ganancia!

 


[1] La palabra “profecía” debe entenderse en este sentido amplio. Cuando trata del futuro, puede llamarse “profecía predictiva”.

[2] Stuart y Fee, en Lectura eficaz de la Biblia, señalan que no más que 5% de los libros proféticos del AT tiene que ver con sucesos futuros, aunque sean a una o dos décadas; menos de 2% alcanza hasta el tiempo de Jesús y menos de 1% puede ser futuro todavía.  Conviene apuntar también que frases como “el día del Señor”, “los postreros tiempos” etc no siempre se refieren al fin del mundo. Ver “Los últimos tiempos” en juanstam.com, 15 octubre 2010.

[3] Un signo de alerta es cuando un expositor cita versículos en vez de pasajes. Lo saludable es citar un bloque textual y darle una exégesis básica de su verdad central.

[4] Para más de detalle ver Stam, Apocalipsis y profecía (BsAs:Kairós 1995), pp. 51-61.

[5] Además. en el N.T. el término “nación” (cf Jer 31:36-37) se aplica con especial énfasis a la iglesia, con los más altos títulos que antes describían a Israel (pueblo escogido, nación santa, real sacerdocio, etc).

[6] El Nuevo Testamento tampoco habla de otro “Nuevo Pacto” con Israel en alg’ún momento futuro. Según las escrituras cristianas, los cristianos celebramos el Nuevo Pacto cada vez que comamos el pan y bebamps la copavf del Señor.

[7] Sobre el título “Mesías” (Ungido) como referencia al Rey, véase el siguiente comentario sovre Daniel 9.\

[8] La exégesis de este pasaje es compleja, con muchos problemas difíciles y las más variiadas interpretaciones. Sólo pretendemos hacer unas observaciones básicas como orientación inicial al texto  y una alternativa a las opiniones tradicionales.

[9]Aquí tenemos el fenómeno muy especial que un autor bíblico comente un texto de otro autor bíblico, hasta por nombre. Curiosamente Jesús, según los evangelios sinópticos, a su vez comenta la frase de Dan 9:27, “la abominación desoladora”, mencionando también a Daniel por nombre (Mt 24:15 y paralelos).

[10] Es probable que Daniel sentía que a los setenta años del exilio, Jerusalén no estaba restaurada como había esperado y que esa demora sse debía a los pecados de ellos. Por eso, Gabriel reinterpreta los 70 años como 70 semanas de años.

[11] Estos problemas de traducción son de la versión Reina-Valera. Casi todas las nuevas versiones traducen el pasaje más exactamente.

[12]  Es muy probable que el título se refiere al sumo sacerdote Onías III en tiempos de Antíoco Epífanes.

[13] Vale la pena mencionar también que el pasaje no ofrece ninguna base exegética para insertar un largo período de tiempo entre la semana 69 y la 70.

[14] Jesús menciona “la abominación de desolación”, cometida por Antíoco Epífanes, como prefiguración de la profanación y destrucción del temple por los romanos (Mt 24:15-22). Ya que Jesús menciona a Daniel, es tanto más sorprendente que no aluda a las setenta semanas.

[15] Esta conclusión exegética es válida independientemente de la fecha que se le asigna al libro mismo. Si es profecía predicitiva, se cumplió con la tiranía de Antíoco Epífantes.

http://www.juanstam.com



César Vidal Manzanares
Lutero y la necesidad de la Reforma (12)
Lutero: «el justo por la fe vivirá»El estudio de la Escritura confirmó la experiencia personal de Lutero referente a la situación de pecado del hombre.

 

Sin embargo,  en las Escrituras no encontró sólo una afirmación tajante sobre el estado universal de perdición sino, por encima de todo, un mensaje de Buenas Noticias, el de la salvación por la fe en Cristo .

La respuesta de Pablo relativa a la posibilidad de salvación resulta afirmativa en la carta a los Romanos y hunde sus raíces en los textos del Antiguo Testamento que hacen referencia a la muerte de un ser inocente en pago por los pecados de los culpables, en las profecías sobre un mesías que morirá en expiación por las culpas del género humano ( Isaías 53 ) y en la propia predicación de Jesús que se ha presentado como ese mesías-siervo que entregará su vida en rescate por muchos ( Marcos 10:45 ).

 Dios –que no puede ser justo y, a la vez, declarar justo a alguien que es pecador e injusto– ha enviado a alguien para morir en sustitución y en expiación por las faltas del género humano. Esa obra llevada a cabo por Jesús en la cruz no puede ser ni pagada ni adquirida ni merecida. Tan sólo cabe aceptarla a través de la fe o rechazarla.

Los que la aceptan a través de la fe son aquellos a los que Dios declara justos, a los que justifica, no porque sean buenos o justos gracias a sus propios méritos sino porque han aceptado la expiación que Jesús llevó a cabo en la cruz. De esa manera, Dios puede ser justo y, al mismo tiempo, justificar al que no lo es.

De esa manera también queda claro que la salvación es un regalo de Dios, un resultado de su gracia y no de las obras o del esfuerzo humano:  Pero ahora, sin la ley, la justicia de Dios se ha manifestado, testificada por la ley y por los profetas, la justicia de Dios por la fe en Jesús el mesías, para todos los que creen en él: porque no hay diferencia; por cuanto todos pecaron, y están destituídos de la gloria de Dios; siendo justificados gratuitamente por su gracia a través de la redención que hay en el mesías Jesús; al cual Dios ha colocado como propiciación a través de la fe en su sangre, para manifestación de su justicia, pasando por alto, en su paciencia, los pecados pasados, con la finalidad de manifestar su justicia en este tiempo, para ser justo, y, a la vez, el que justifica al que tiene fe en Jesús. ¿Dónde queda, por lo tanto, el orgullo? Se ve excluído. ¿Por qué ley? ¿por las obras? No, sino por la de la fe. Así que llegamos a la conclusión de que el hombre es justificado por fe sin las obras de la ley.  ( Romanos 3:21-28 )

Precisamente, el inicio del capítulo 5 de la epístola a los Romanos constituye un resumen de toda la exposición del camino de salvación expuesto por Pablo:  Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesús el mesías: 2 por el cual también tenemos entrada mediante la fe a esta gracia en la cual estamos firmes y nos gloriamos en la esperanza de la gloria de Dios.  ( Romanos 5:1-2 )

Pero para Pablo no basta con señalar la fe como la vía por la que el hombre al final recibe la salvación de Dios, es declarado justo por Dios, por la que es justificado.

Además quiere dejar claramente de manifiesto que  el origen de todo ese gigantesco y prodigioso drama espiritual se encontraba en el amor de Dios, un amor que no merece el género humano  porque fue derramado sobre él cuando estaba caracterizado por la enemistad con Dios:  Y la esperanza no avergüenza; porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado. 6 Porque el mesías, cuando aún éramos débiles, a su tiempo, murió por los impíos. 7 Es cierto que ya es raro que alguien muera por una persona que sea justa. Sin embargo, es posible que alguien se atreva a morir por alguien bueno. 8 pero Dios deja de manifiesto su amor para con nosotros, porque siendo aún pecadores, el mesías murió por nosotros. 9 Por lo tanto, justificados ahora en su sangre, con mucha más razón seremos salvados por él de la ira. 10 porque si cuando éramos enemigos, fuimos reconciliados con Dios mediante la muerte de su Hijo, mucho más ahora que ya estamos reconciliados, seremos salvados por su vida.  ( Romanos 5:5-10 )

 Sobre ese conjunto de circunstancias claramente establecido por Pablo –el que Dios nos ha amado sin motivo, el que ha enviado a su Hijo a morir por el género humano y el que la salvación es un regalo divino que se recibe no por méritos propios sino a través de la fe– viene a sustentarse el modelo ético del cristianismo al que se referirá a continuación. Se trata, por lo tanto, de una peculiar ética porque no arranca del deseo de garantizar o adquirir la salvación, sino de la gratitud que brota de haber recibido ya esa salvación de manera inmerecida.

Cuando se capta el mensaje de la salvación por gracia a través de la fe que hemos visto en Pablo es cuando comprendemos al Lutero profesor que enseñaba sobre la carta a los Romanos. Se esté o no de acuerdo con la afirmación de los autores que consideran que “de todos los comentarios clásicos sobre esta Epístola, los de Lutero no han sido superados nunca” [1] , lo cierto es que el tiempo que el agustino dedicó a enseñar sobre la epístola a los Romanos (1515-1516) resulta esencial para explicar su caso. De hecho, este curso tuvo lugar apenas un par de años antes de sus tesis sobre las indulgencias y, por añadidura, en él se contiene en no escasa medida su teología posterior.

 Por uno de esos caprichos tan habituales en la Historia, el texto permaneció desconocido y no leído durante cuatrocientos años a pesar de que el documento había sido tratado con sumo cuidado por los herederos de Lutero. En 1582, fue encuadernado en cuero rojo y en las cubiertas se grabó el escudo de armas del Elector, pero en 1594, los hijos de Pablo Lutero, es decir, los nietos del reformador, vendieron todos los manuscritos al Margrave de Brandeburgo, cuya biblioteca fue finalmente incorporada a la Biblioteca Real de Berlín.

 En 1846, el manuscrito fue exhibido con motivo del tercer aniversario de la muerte de Lutero. Sin embargo, el texto no fue objeto de especial interés hasta que el dominico Denifle, un encarnizado anti-protestante, se valió de una copia que había en la Biblioteca del Vaticano como uno de los materiales utilizados para redactar un libro contrario a Lutero.

La obra de Denifle está muy desacreditada en la actualidad incluso en ámbitos católicos, pero debe reconocerse que su insistencia en rescatar el comentario de Lutero sobre la epístola a los Romanos contribuyó no poco a provocar lo que se ha denominado el Renacimiento de Lutero. Desde luego,  el comentario sobre Romanos pone de manifiesto cómo el profesor Lutero había asimilado totalmente el enfoque paulino sobre la justificación por la fe y lo había convertido en el eje sobre el que giraba su teología.

Para Lutero, como para Pablo, resultaba obvio que los propios esfuerzos no podían obtener la justificación, sino que ésta sólo podía venir de Dios: “No podemos ser justificados por nuestros esfuerzos… Nos acercamos a El para que nos haga justos, puesto que confesamos que no estamos en situación de superar el pecado” (WA 56, 221, 15ss)

 Esa incapacidad de obtener la salvación por nuestros propios medios no debería, sin embargo, inducir a la desesperación, sino más bien ser vista como el primer paso en el camino hacia la salvación.  Igual que el enfermo debe contemplar los síntomas de su enfermedad como una señal que le permite conocer su estado y le impulsa a acudir al médico que puede curarle, cuando se comprende que la salvación no deriva de nuestros méritos, la salida lógica está en confiarse a la misericordia de Dios.

Sólo el incrédulo se niega a seguir esa senda indicada en la Biblia:  En tanto que reconozco que no puedo ser justo ante Dios… entonces comienzo a pedirle rectitud. Lo único que se opone a esta idea de la justificación es el orgullo del corazón humano, orgullo que se manifiesta a través de la incredulidad. No cree porque no considera que sea verdadera la Palabra de Dios. No cree que sea verdadera porque considera su entendimiento verdadero. La Palabra de Dios se opone a eso  (WA 56, 226, 7)

La salvación, como había señalado Pablo, no era, por tanto, fruto del esfuerzo humano, sino de una acción de Dios que acude en socorro del pecador:  Aquí reside el error: en creer que este mal puede ser curado a través de nuestras obras. Toda la experiencia demuestra que cualquiera que sea la obra buena que hagamos, queda en él esa concupiscencia que se inclina hacia el mal, y nadie se encuentra libre de ello…  (WA 56, 270, 24 ss)

 No somos justificados por nosotros mismos o por nuestras obras, sino solamente por la justicia de Dios. Su justicia no reside en nosotros ni está a nuestro alcance. Por consiguiente, nuestra justificación no está en nosotros ni en nuestro poder… tu salvación viene de fuera de ti (WA 56, 268-9)

Continuará: Lutero: ¿una salvación «barata»?

 


   [1]  J. Atkinson, Lutero…, p. 118.

Autores: César Vidal Manzanares

©Protestante Digital 2011

Dios pide agua, tiene sed

Publicado: agosto 4, 2011 en Misión Integral

Juan Simarro Fernández
Retazos del evangelio a los pobres (30)
Dios pide agua, tiene sed“Después de esto, sabiendo Jesús que ya todo estaba consumado, dijo para que la Escritura se cumpliese: Tengo sed”. Juan 19:28. Texto completo en Juan 19:17-30.

 

Dios pide agua. Al dolor físico que Jesús tuvo que soportar en la cruz, se le añade el de la sed. La sed es un tormento terrible en situaciones extremas. Situación extrema era la de los crucificados.

Dios pide agua. Algunos tuvieron compasión y le acercaron una esponja con una mezcla de vinagre que Jesús aceptó. No le dieron un agua limpia, pero muchos piensan que esa mezcla les adormecía y evitaba sufrimiento. Lo aceptó como un acto de misericordia a un sufriente, a un torturado, con la boca seca y próximo a la muerte. Quizás lo acepta como aprobación de los actos de misericordia que nosotros debemos de tener para con los sacrificados de la historia, como aprobación y aceptación de los que son movidos a misericordia, como llamada a la solidaridad para con los tantos condenados que se mueven en el mundo hoy.

Dios pide agua. ¡Qué importante debe ser el hombre para Dios cuando Jesús sufre el dolor físico, el tormento de la sed y el derramamiento de sangre a su favor! Tanta sangre perdió que la sed se convirtió en algo insufrible, un tormento inaguantable.

Dios pide agua. Jesús nos pide de beber. Sufre por los sedientos del mundo y nos recuerda  la sed de justicia  que sus seguidores deben de tener. La sed de justicia se debería despertar hoy de una forma inmediata ante la exposición que al mundo se hace a través de los potentes medios de comunicación. Podemos estar comiendo en nuestras casas mientras contemplamos el hambre del mundo.

Dios pide agua. La sed de Jesús, a pesar de la intensidad con que la sufrían los crucificados, va más allá y es más profunda que la sed de agua física. El grito de Jesús: “Tengo sed”, refleja también la preocupación de Jesús por el despojo de los pobres, de los excluidos, de los hambrientos que, a su vez, son sedientos.  No tienen agua potable y limpia y beben de charcas infectas hasta morir . Tienen sed. Mueren uniéndose al grito de Jesús. Jesús tiene sed y se une a los sedientos del mundo, a los hambrientos y sufrientes de nuestra historia.

Dios pide agua. Negamos el agua al Dios sufriente, al Jesús crucificado, cuando se la negamos al hombre empobrecido y despojado. Negamos el agua al hombre y a Dios, cuando nos resistimos a la ayuda a los humillados y dejados en el sin vivir de los márgenes del camino. Negar el agua al hombre es negar el agua a Dios… y viceversa. Cuando Jesús grita su sed, pide nuestra práctica de la projimidad a los sedientos del mundo. Muere por ellos. Es verdad que su muerte tiene una trascendencia que va más allá de las miserias humanas, pero Jesús nunca separó el cielo de la tierra, el amor a Dios y al prójimo en necesidad, lo divino y lo humano, el dar de beber a Dios o el darle al hombre que se muere en el tormento de su sed.

Dios pide agua. Jesús con su grito de sufrimiento extremo por la sed, motivó la compasión de los que le dieron a beber ese vinagre que calmaba y adormecía. Jesús, con su voz forzada para implorar el agua, nos está pidiendo que seamos sensibles ante el dolor humano y ante las carencias que hacen sufrir y que acaban matando. Si alguien reaccionó ante la muerte de Jesús ahogado por la sed, ese grito seco nos pide compromiso con los sufrientes que, siendo coetáneos nuestros, nos lanzan su grito angustioso por ayuda. Tenemos que aceptar la parte que nos corresponde… la parte de culpa que nos toca, que depende también de nosotros mismos.

Dios pide agua. No se trata de sentir una compasión fofa, un contemplar el sufrimiento de forma que pasemos nuestra pena y un sentimiento de compasión pasiva. No se trata de quedarse paralizado ante el dolor ajeno, sea el de Jesús o del hombre, con una especie de resignación paralizadora. Se trata de asumir el reto de una compasión activa que acepta el reto de llevar algo de humedad a unos labios secos, de llevar algo de alimento a los estómagos vacíos.  “Tengo sed”, nos invita a la acción , a que tomemos nuestras esponjas y las empapemos… de agua limpia, pues si el mundo cambiara sus valores, sería posible.

Dios pide agua. “Tengo sed” es la frase que deberían asumir los cristianos no sólo en épocas de celebración de la Semana Santa, sino que la deberíamos asumir como solidaridad con el prójimo empobrecido y sufriente. Es el grito por sed solidaria.

Dios pide agua. Tenemos que gritar, sentir y experimentar el tener sed. Sed de justicia, de solidaridad, de amor al prójimo apaleado, despojado y tirado al lado del camino…  sed de amor que avala toda búsqueda de justicia.  Vivir sin esa sed que nos impele, que nos empuja, que nos lleva irremisiblemente a la solidaridad, es vivir una vida sin sentido, sin dar, sin darse. Vidas egoístas que nunca lograrán la felicidad del clamar por agua por el hecho de estar sediento de justicia para el mundo.

Dios pide agua. Esa expresión “tengo sed”, debe ser una consecuencia de nuestra vivencia de la fe, de la fe activa que actúa a través del amor. Es la sed que reclama nuestra corresponsabilidad en la sed de la víctimas del mundo. Si no actuamos, si no tenemos sed de justicia, estaremos dejando a Jesús con su boca seca, con el terror de la sed de un crucificado por buscar justicia para el mundo, por una justificación para el más allá que, a través de los valores del reino, ya empieza a actuar acercando el Reino de Dios y su justicia a la tierra, a los sedientos de nuestra historia.

Dios pide agua. No hemos de hacer en Semana Santa una exposición de la teología de la cruz como símbolo de ignominia y dolor que nosotros contemplamos pasivamente, sino una teología del dolor que nos anima a mancharnos las manos como buenos samaritanos buscando ayuda y justicia para el mundo de los sufrientes, de los sedientos del mundo, de los hambrientos y despojados de dignidad. Danos esa sed, Señor, de tal manera que clamemos por justicia a favor de los excluidos de los bienes que tú nos dejaste en la tierra. Danos esa sed, Señor, para que clamemos por justicia… para que también hoy calmemos tu sed. Dios pide agua.

Autores: Juan Simarro Fernández

©Protestante Digital 2011

El legado de Stott

Publicado: agosto 4, 2011 en Literatura, opinión

José de Segovia Barrón
El legado de Stott
La noticia de la partida de John Stott me ha llenado de recuerdos del tiempo que pasé en el Instituto de Londres para el Cristianismo Contemporáneo, donde él enseñaba a principios de los años ochenta.

03 DE AGOSTO DE 2011

Había leído ya muchos de sus libros, publicados en castellano.  Creo que fue en los años setenta, cuando le escuché por primera vez predicar, cuando iba con mis padres a su iglesia, All Souls , justo en el centro de la arteria comercial de Oxford Street –que pastoreó durante muchos años, pero donde asistió también ya de niño con su madre–. Su padre era un médico agnóstico, que nunca entendió la conversión de su hijo en el colegio de Rugby, por las actividades de la  Unión Bíblica . Aunque el apasionante primer tomo de la biografía de Timothy Dudley-Smith revela que hubo otra razón de fondo: la objeción de conciencia de Stott en la segunda guerra mundial. Esto causó tal brecha en su relación que no pudo hablar con su padre hasta poco antes de su muerte. De él recibió sin embargo su amor por la naturaleza, que le llevó a desarrollar una auténtica pasión por la observación de los pájaros .

 Tras estudiar francés y teología en Cambridge, es ordenado ministro anglicano el año 1945 , cuando el movimiento evangélico no tenía la importancia que tiene hoy. Era entonces una corriente marginal dentro de la Iglesia de Inglaterra, bastante más radical de lo que es ahora. Prueba de ello es la resistencia que ha tenido siempre Stott a la indumentaria eclesiástica. Solía llevar traje con corbata. Rara vez el collar clerical, que utilizan los pastores que le han sucedido, incluso en su propia iglesia. Todo esto era algo característico del movimiento evangélico anglicano de postguerra.

 ALIANZA EVANGÉLICA
 Los años sesenta son un periodo de ruptura en muchos sentidos. Es una época de división en la Alianza Evangélica con la confrontación entre Lloyd-Jones y Stott, por considerar las iglesias independientes, injustificable la permanencia de los evangélicos en la Iglesia Anglicana. Stott inicia entonces un ministerio internacional, que le aleja de estos conflictos, marcando el pensamiento evangélico del siglo XX con su escritura y predicación.  Su compromiso con la ortodoxia bíblica, la misión global y la unidad del Cuerpo de Cristo, es central a organismos como la Alianza Evangélica, cuya confesión es la base de fe de la mayoría de las organizaciones evangélicas. 

 Fue Stott, de hecho, quien escribió el preámbulo a la constitución de la Alianza Evangélica Mundial en 1951 –que representa a seiscientos millones de evangélicos en ciento veintiocho países– el año en que fue hecho también capellán de la reina Isabel II .

Autor de  más de cuarenta libros  –el más popular ha sido siempre Cristianismo básico , que ha vendido más dos millones de ejemplares–, es redactor también de textos tan importantes como el  Pacto de Lausana  de 1974. Todo esto hizo que fuera considerado el año 2005 por la revista  Time  una de las cien personas más influyentes del mundo.

 CRISTIANISMO GENEROSO
El tío John –como le solíamos llamar todos aquellos que le conocían– partió con el Señor el miércoles pasado en una residencia de ministros anglicanos retirados, a las afueras de Londres. Tenía noventa años.  Se despidió de este mundo leyendo la Biblia y escuchando  El Mesías  de Händel,  acompañado de su secretaria Frances Whitehead y algunos amigos íntimos. Stott era soltero, como otros pastores anglicanos de su generación, que consideraban que tenían un don de celibato. Su familia se extiende sin embargo sobre la faz de la tierra.

 Los estudiantes solíamos ir con frecuencia a la buhardilla que tenía cerca del instituto y la iglesia . Era un lugar increíblemente modesto. Para subir al salón, donde comíamos kebab y veíamos sus diapositivas de pájaros, había que pasar por la pequeña habitación donde tenía su cama. Recuerdo que una noche bajaba la escalera, hablando con él, mientras nos acompañaba para despedirnos, cuando me quedé observando uno de los pocos libros que tenía al lado de la cama, ya que usaba la biblioteca del instituto. Sin dudar un momento, sacó el libro de la estantería, y me lo regaló… ¡así era Stott!

 Ese carácter desprendido, propio de alguien carente de cualquier apego material, fue un ejemplo para muchos dirigentes evangélicos, que siguen los modelos del mundo, en busca de popularidad y éxito. Stott era un hombre extremadamente humilde. Se sentaba siempre en la última fila en las conferencias. Su mansedumbre y sencillez era sólo comparable a su fidelidad al mensaje bíblico y amor al Salvador. Para él, un evangélico era “un cristiano normal” , como dijo en una entrevista el año 2006 a la revista  Christianity Today.  Con su vida nos enseñó a muchos lo que era el cristianismo.

 VERDAD REVELADA
 Stott creía en la verdad del Evangelio, pero supo mostrarla con gracia y confianza a un mundo que veía perdido. Un día el columnista del New York Times,  David Brooks, se preguntó: “¿quién es Stott?”. El periodista judío se extrañaba de que los medios de comunicación escogían “bufones” para representar el cristianismo evangélico, cuando aquí estaba este hombre “amistoso, cortés y natural, humilde y autocrítico, pero a la vez confiado, gozoso y optimista”.

Es interesante que a alguien no cristiano como Brooks, lo que le atraía de Stott era su “reflexiva adhesión a la Escritura”. Observa que “él no cree que la verdad es algo plural, no relativiza el bien y el mal, ni piensa que todas las fes son igualmente validas, ni que la verdad es un logro humano, sino una revelación”.  Esta es la clave para mí del pensamiento de Stott: Dios habla al hombre, y su Palabra es verdad.

El tío John no pretendió nunca ser alguien original. Cuando se levantaba para hablar –nunca lo hacía sentado–, no se movía por la plataforma, sino que abría su pequeño cuaderno, y hablaba con convicción. Enfatizaba las palabras que consideraba importantes –sacrificio, verdad, cruz, mundo, misión, redención–, pero especialmente el nombre de Cristo. No le interesaban las ilustraciones, sino la fidelidad a una fe revelada de “una vez por todas” ( Judas 3 ).

 SU LEGADO 
 ¿Qué legado nos deja entonces? Aparte de la iglesia que formó en el centro de Londres, Stott fundó muchas organizaciones.  La fundación de Langham  – que ahora dirige Chris Wright – , mantiene su visión global de apoyo a la educación, la predicación y la buena literatura en gran parte del mundo. Libros como  Los problemas que los cristianos enfrentamos hoy  o  La cruz de Cristo,  reflejan lo mejor del pensamiento evangélico en una claridad, que no está reñida con la profundidad.

 La búsqueda de un cristianismo equilibrado es central en el pensamiento de Stott. El equilibrio –para Stott–, viene del estudio de la Biblia, que sigue la misión de Cristo. Esa es la motivación con la que recorre el mundo, donde deja muchos amigos. Es interesante –como observa Wright– que “por temperamento natural, él era un introvertido”. Lo que pasa es que “aunque era feliz solo, se dio a muchas personas, recordaba sus nombres, conocía sus familias, escribía cartas, y oraba por ellos”. Era su lista de oración, de hecho, la que hacía que te recordara, después de tanto tiempo.

 Como dice uno de sus discípulos, el teólogo David Wells –convertido por su predicación en 1959–, toda la gente que le conocía observaba siempre dos cosas de él, “que era conocido en todo el mundo, pero era un hombre devoto y humilde”. Su dirección se basa en esa integridad, por la que su vida privada no era diferente a su vida pública . Esa es la autenticidad que muchos echamos en falta en nuestra propia vida. No digamos ya en nuestro ministerio. En ese sentido, Stott aún muerto, todavía nos habla.

Autores: José de Segovia Barrón

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