Archivos para septiembre, 2011


Dan un aura romántica “a pasiones pervertidas que hace infeliz a la gente”, refirió la institución

Jueves 29 de septiembre de 2011Gabriel García Márquez, Vsevolod Chaplin
(Reuters / Difusión)

Moscú (AP) . Un alto dignatario de la Iglesia ortodoxa rusa instó el miércoles a las autoridades a investigar y prohibir novelas del Premio Nobel de literaturaGabriel García Márquez y de Vladimir Nabokov por “justificar la *pedofilia*”.

El padre Vsevolod Chaplin, que dirige el departamento de relaciones públicas del Patriarcado de Moscú, discutió las obras “Cien años de soledad”, del colombiano García Márquez, y “Lolita”, del ruso Nabokov, por la radio Ekho Moskvy.

ACUSARON PERVERSIÓN
El religioso dijo que las obras de los dos prominentes autores no deberían ser incluidas en los programas de la escuela secundaria porque dan un aura romántica “a pasiones pervertidas que hace infeliz a la gente”.

“Evidentemente, la popularización de esas novelas en las escuelas no hará a nuestra sociedad moralmente más feliz”, afirmó según la agencia Interfax.

Mijail Shvydkoi, un enviado del Kremlin para la cooperación cultural internacional, adujo que si las autoridades tomaban esa medida dañarían la imagen nacional.

Nabokov, que salió de Rusia poco después de la revolución bolchevique de 1917, publicó “Lolita” en inglés en 1955. Tradujo el libro al ruso en 1967, pero la traducción, junto con el resto de sus escritos, fue prohibida en la Unión Soviética como “pornografía”.

“Cien años de soledad” fue publicada en cambio durante la era soviética, pese a numerosas referencias a incesto y relaciones sexuales con menores.

ORTODOXOS ASPIRAN A MÁS
La Iglesia ortodoxa rusa ha reclamado mayores controles sobre el contenido de la televisión y la radio y dijo que las mujeres rusas debían observar un “código ortodoxo de vestimenta” usando faldas largas y atuendos no reveladores.

Esa iglesia ha experimentado un renacimiento desde que se desintegró la Unión Soviética oficialmente atea en 1991. Ahora dice tener más de 100 millones de fieles en Rusia y decenas de millones en el exterior, aunque las encuestas indican que solamente un 5% de los rusos son practicantes.

La Iglesia y el Estado están oficialmente separados según la Constitución postsoviética, pero los líderes ortodoxos aspiran a un papel más vigoroso para una iglesia que ha servido al Estado durante buena parte de sus mil años de historia.

 

 

http://elcomercio.pe

Outlandish – I Only Ask of God

Publicado: septiembre 28, 2011 en Música


Perú: Conferencia ¡Libres de la Gente!

Publicado: septiembre 28, 2011 en Sociedad

Migración y misión cristiana

Publicado: septiembre 27, 2011 en Misión Integral

Samuel Escobar

Pablo, el primer europeo.  La fe cristiana nació para viajar, es una fe misionera por excelencia, dice Samuel Escobar en una serie sobre Migración y misión cristiana.
La naturaleza de esta religión la impulsa a atravesar fronteras geográficas y culturales, a tal punto que hoy en día no se puede comprender la historia de la humanidad sin referencia a los procesos de expansión de la Iglesia cristiana por el mundo. Esta movilidad propia de la fe cristiana arraiga en sus antecedentes en la fe judía y es así como judaísmo y cristianismo han dejado su marca en las culturas y pueblos por los cuales han pasado.
La historia cultural de Europa no se puede entender sin esta doble referencia, y sin otras referencias como la musulmana. Por ello mismo la historia de la iglesia cristiana está íntimamente vinculada con la historia de las migraciones. Se puede decir que el marco socio-cultural de la expansión misionera cristiana han sido procesos migratorios obligados por circunstancias como el hambre o la persecución, o bien emprendidos en forma intencional por razones vinculadas a la fe. No hace falta optar por una visión imperial de la historia o por un globalismo triunfalista, como el que parece animar a algunos cristianos occidentales de hoy, para reconocer esta movilidad de la fe. Sin embargo, como cristianos hemos de reconocer también las ambigüedades que conlleva el proceso de expansión misionera.

En tiempos recientes se ha profundizado en el estudio de la historia de la Iglesia de los primeros siglos con aportes de las ciencias sociales. Investigaciones interdisciplinares mantienen la convicción de que durante los primeros tres siglos de nuestra era la Iglesia cristiana se extendió por el territorio del Imperio Romano con una rapidez sorprendente. El sociólogo estadounidense Rodney Stark ha resumido información estadística disponible a partir de la obra clásica de Edward Gibbon, con el beneficio de cálculos más recientes, estableciendo que en los años anteriores a la llamada «conversión» de Constantino la tasa de crecimiento de la Iglesia llegó al 40% anual, de manera que para el año 350, de una población total de 60 millones de habitantes en el Imperio, más de 30 millones habían abrazado la fe cristiana.
Hay otros aspectos de esta extensión de la fe cristiana por el mundo, que van más allá de las simples estadísticas. En un libro de la serie «La construcción de Europa», el historiador Peter Brown, de la Universidad de Princeton nos recuerda unos hechos fascinantes, que tienen lugar hacia el año 700 de nuestra era. Se han descubierto planchas de cera sobre madera en el condado de Antrim en Irlanda del Norte, que muestran cómo en la mencionada fecha algunos estudiantes hacían ejercicios basados en los Salmos de David. Por otra parte, en Panjikent, al este de Samarkanda, se han descubierto cascotes de ladrillo de la misma época, que demuestran que también en esa región de Asia central había estudiantes que copiaban versos de los salmos de David. Dice Brown, «Hacia el año 700 estaban produciéndose unos procesos muy similares en ambos confines. Los escolares, cuyas lenguas nativas eran respectivamente el irlandés y el sogdiano, intentaban aprender mediante el laborioso método de la copia de las versiones, latina en un caso y siríaca en otro, de un texto sagrado realmente internacional.»
Hechos como éste atestiguan por un lado que el mensaje cristiano es fundamentalmente un mensaje para ser trasmitido a través de las barreras culturales y lingüísticas, un mensaje que puede traducirse. De hecho, los documentos fundamentales de la fe cristiana, que son los Evangelios, no fueron escritos en la lengua que Jesús usó para ofrecer su enseñanza, es decir hebreo y arameo, sino en el griego popular o koiné, que se hablaba en buena parte del Imperio Romano.
Por otro lado el hecho que mencionábamos arriba demuestra también el impulso expansivo característico de la fe que siete siglos después de su surgimiento es una fe viviente en rincones del planeta muy distantes entre sí. Un tercer aspecto es la capacidad contextual de esta fe que consigue adaptarse a lenguas y culturas muy distintas de aquellas entre las cuales nació.
Por estas mismas razones, podemos decir que la comunidad cristiana en los momentos en que vive más cercana a esa naturaleza expansiva de la fe tiende a ser una comunidad «de frontera», por así decirlo. Es decir, es una comunidad que vive y a veces florece, precisamente en esos espacios donde mundos diferentes se encuentran.
Brown estudia cómo se dieron situaciones fronterizas en la constitución de Europa, en la que juega un papel importante la existencia de fronteras del Imperio romano, fronteras que crearon una cierta mentalidad, un talante en quienes vivían dentro de ellas y una actitud respecto a quienes vivían fuera de ellas. En las zonas fronterizas se daban los encuentros entre unos y otros y Brown llama nuestra atención a «los costes humanos que para muchos supusieron las frágiles sociedades surgidas cuando el lado “romano” y el lado “bárbaro” de una determinada región fronteriza “estallaban”, como aquel que dice, para formar nuevas unidades culturales y sociales.»
Hay quien ha llamado al apóstol Pablo «el primer europeo», en alusión a la forma en que resumía en su persona la herencia espiritual judía, la familiaridad con las formas de pensamiento griego y la ciudadanía romana.
Publicado originalmente en Protestante Digital
Sobre el autor: 
Samuel escobar es un “peruano universal” radicado en Valencia, España. Catedrático emérito de Misiología de “Palmer Baptist Theological Seminary” en Philadelphia, USA y profesor del Seminario Teológico de la UEBE en Madrid.  La Asociación Cultural Jorge Borrow, le ha otorgado recientemente el premio  de difusión bíblica 2011.

Por un mundo sin violencia

Publicado: septiembre 27, 2011 en Sociedad, Teología

Por C. René Padilla

La paz es un bien deseable tanto para los individuos como para las naciones. El corazón humano anhela la paz, y ésta, por lo tanto, se impone como un objetivo político prioritario que ningún gobierno responsable puede descuidar. Sea en el Este o en el Oeste, en el Norte o en el Sur, la visión profética de un mundo en el cual las espadas sean convertidas en arados y las lanzas en hoces suscita una respuesta positiva.
Sin embargo, la paz tiene sus condiciones. A menos que se cumplan, el ideal de la paz no pasa de ser un mero deseo sin posibilidades de realización. ¿Cuáles son las condiciones de la paz?

Isaías 32.7 señala la más importante de ellas: la justicia. «Y el efecto de la justicia será paz; y la labor de la justicia, reposo y seguridad para siempre». La paz se relaciona con la justicia como el fruto con el árbol que lo produce. Donde no hay justicia, no puede haber paz. La injusticia y la paz no pueden coexistir.
Recordemos que el profeta Isaías habla desde una situaci6n de injusticia y opresión. Las clases dirigentes se han corrompido y están usando su poder para explotar a los pobres. Son «rebeldes y amigos de bandidos. Todos se dejan comprar con dinero y buscan que les hagan regalos» (Is 1.23). Su tarea, dada por Dios, es hacer el bien, esforzarse en hacer lo que es justo, ayudar al oprimido, hacer justicia al huérfano, defender los derechos de la viuda (cf. 1.17). En lugar de ello, están ocupados comprando casas y acumulando tierras «hasta no dejar a nadie más… como si fueran los únicos en el país» (Is 5.8). Han reemplazado el respeto a la ley de Dios por asesinatos, y la justicia por gritos de dolor (cf. Is 5.7). Han dictado leyes injustas y decretos intolerables, y «no hacen justicia a los débiles ni reconocen los derechos de los pobres… explotan a las viudas y roban a los huérfanos» (cf. Is 10.1). Y no se puede esperar justicia del sistema judicial, ya que «acusan de crímenes a otros, y ponen trampas al juez, y con engaños niegan justicia al inocente» (Is 29.21).
La injusticia es pan de cada día. Sin embargo, la injusticia no viene sola. Donde hay olvido de la justicia, reina la anarquía. «La situación será tal en el pueblo, que unos a otros, aun entre amigos se atacarán. Los jóvenes la emprenderán contra los viejos, los despreciados contra la gente importante» (Is 3.5). La ley y el orden son esenciales para el bienestar de cualquier sociedad. Pero cuando se los invoca para defender intereses creados, la ilegalidad y el desorden se institucionalizan y, como resultado, se destruyen los fundamentos morales de la sociedad. Como racionalizaciones para justificar a los opresores, la ley y el orden inevitablemente pierden el respecto de parte de los oprimidos, las víctimas del sistema que los invoca. Los valores éticos pierden entonces vigencia y se crea una situación como aquella que el profeta describe cuando dice: «¡Ay de ustedes, que llaman bueno a lo malo, y malo a lo bueno; que convierten la luz en oscuridad, y la oscuridad en luz; que convierten lo amargo en dulce, y lo dulce en amargo!» (Is 5.20). Se pierde toda noción del bien y el mal, y el caos social toma control de la situación.
Para complicar el problema todavía más, en el tiempo de Isaías el pueblo de Israel está satisfecho, inconsciente de su pecado. El mensaje del profeta, por lo tanto, encuentra oídos sordos. A causa de su rebelión —dice el profeta—, Asiria, una nación pagana, será usada como vara de la ira de Dios; por no querer entender, irán al exilio, «todo el pueblo, con sus jefes, morirá de hambre y de sed» (Is 5.13). Su advertencia, sin embargo, es recibida con burla e indiferencia. El sonido de la destrucción está en el aire, pero en lugar de arrepentimiento y lamentación, «lo que hay es diversión y alegría, matar vacas y ovejas, comer carne y beber vino. ‘Comamos y bebamos, que mañana moriremos’, dicen» (Is 22.13). El hedonismo va de la mano con la falsa seguridad.
La falsa seguridad de los líderes de Israel en tiempos de Isaías es una expresión de confianza en el poder militar de Egipto. En vez de arrepentirse y confiar en el Dios de justicia, han hecho alianza con el Faraón, olvidándose que «los egipcios son hombres, no dioses; sus caballos son de carne, no espíritus» (Is 31.3). ¡Qué advertencia para quienes inclusive hoy día buscan la paz y la seguridad por medio de la fuerza bruta, pero no muestran preocupación por la justicia!
El capítulo 32, en que aparece nuestro texto, comienza con la promesa de un reino en el cual «habrá un rey que reinará con rectitud y gobernantes que gobernarán con justicia» (v. 1). En contraste con la situación de violencia institucionalizada que actualmente existe en Jerusalén, en ese reino venidero «la gente no llamará noble al canalla ni tratará al pícaro como persona de importancia»; el hambriento no volverá con las manos vacías o el sediento sin agua, ni los pobres serán perjudicados con mentiras (vv. 5-8). Jerusalén, «la ciudad amiga de las diversiones», va a ser destruida. Las mujeres despreocupadas que la habitan, por lo tanto, son exhortadas a dejar de lado su falsa seguridad y reconocer el juicio que se avecina (vv. 9-13).
Después de esta exhortación, el profeta vuelve sus ojos a los cambios que se van a llevar a cabo cuando el juicio de Dios se cumpla. El Espíritu de Dios —dice— será derramado y surgirá una nueva sociedad y una nueva creación. «La rectitud y la justicia reinarán en todos los lugares del país. El efecto de la justicia será la paz; y la labor de la justicia, reposo y seguridad para siempre. Mi pueblo vivirá en un lugar pacífico, en habitaciones seguras, en residencias tranquilas, aunque el bosque sea talado y humillada la ciudad. Ustedes vivirán felices, con riego abundante para sus sembrados y pastos seguros para el burro y el buey» (vv. 16-20).
Para entender mejor esta visión profética de un mundo de paz hay que verla en contraste con la situación caótica descrita anteriormente. La paz a la cual se hace referencia aquí no es una mera ausencia de guerra, sino shalom, es decir, armonía, bienestar, integridad, abundancia, prosperidad, salud, felicidad, plenitud tanto para los individuos como para la sociedad. Nuestro texto la relaciona con tranquilidad, quietud o reposo (sheket) y con confianza o seguridad (batah). En medio de una situación de injusticia a la vez que de tensión social e inseguridad, el profeta vislumbra una nueva era en la historia de su nación, y la describe en términos que nos recuerdan el Año del Jubileo según Levítico 25: «En este año de liberación todos ustedes volverán a tomar posesión de sus tierras… No abuse nadie de nadie. Muestren reverencia por su Dios, pues yo soy el Señor su Dios. Cumplan mis leyes, pongan en práctica mis decretos. Cúmplanlos y vivirán tranquilos en el país; la tierra dará frutos, y ustedes vivirán tranquilamente en ella y comerán de sus frutos hasta quedar satisfechos» (vv. 13, 17-19). La relación que Isaías ve entre la justicia y la paz, entre la obediencia a la ley de Dios y la seguridad, aparece ya en la antigua revelación dada a Moisés en el Monte Sinaí, según la tradición.
El anhelo de un mundo en que la gente disfrute de la vida en todas sus dimensiones, sin verse amenazados por la violencia o el infortunio, es una característica común de la humanidad. No es de sorprenderse, por lo tanto, que la promesa de paz y seguridad sea frecuentemente un importante elemento de la retórica política en todos los países. Sin embargo, nuestro texto, en línea con la revelaci6n mosaica, coloca la justicia y la paz en una relación de causa y efecto: «el efecto —o resultado— de la justicia será la paz».
La justicia (tzedaká) a que se refiere el profeta no es ni más ni menos que la justicia de Dios: la justicia que Él ama y Él demanda; no meramente una convención social o un valor humano, sino un mandato divino. «No es sólo una relación entre el hombre y su prójimo, es un acto que implica a Dios, una necesidad divina»(1). Y está íntimamente vinculada a la compasión por los oprimidos, los débiles, los marginados. Es una «opción por los pobres». Tiene que ver con la preocupación especial de Dios por los necesitados y desheredados. Porque Él es un Dios de justicia, es pecaminoso permanecer indiferentes hacia quienes sufren por causas ajenas a su propio control.
Tzedaká es una condición esencial para la existencia de shalom. Sin justicia, no hay paz. La justicia y la paz son inseparables; están indisolublemente unidas. En palabras del salmista: «El amor y la verdad se darán cita; la paz y la justicia se besarán» (Sal 85.10).
En ausencia de la justicia sólo es posible una paz espuria. La falsa seguridad de los opresores, basada en la coerción, o la modorra de los oprimidos, resultante del temor, pero no una paz real. La paz de un cementerio, o de un campo de concentración, o de un país bajo ocupación militar, pero no una paz genuina y duradera.
Shalom nunca puede ser la experiencia de una sociedad corrompida, de una sociedad materialista obsesionada por la riqueza e indiferente a la situación de los pobres, de una sociedad hedonista orientada hacia la satisfacción de necesidades creadas artificialmente y ciega al sufrimiento de las masas empobrecidas, de una sociedad de consumo entregada a la idolatría de las modas y dura frente a la miseria de los marginados, de una sociedad de desperdicio puesta al servicio de la ideología del crecimiento económico ilimitado y sin compasión por las multitudes hambrientas.
Tampoco shalom puede ser una realidad en un mundo caracterizado por la injusticia a nivel internacional, un mundo dominado por la ambición de poder político y olvidadizo de los derechos humanos, un mundo en que se arrebata el pan de la boca de los menesterosos a fin de engordar a una elite con problemas de obesidad, un mundo en que las futuras generaciones de las naciones pobres nacen ya hipotecadas por los países ricos.
La única «paz» posible en esta clase de sociedad y esta clase de mundo es la paz impuesta por los gobiernos de seguridad nacional, una paz que depende totalmente de la persecución y el exilio, el arresto arbitrario y la tortura, las desapariciones forzadas, las mutilaciones y los asesinatos, una falsa paz desafiada para una elite privilegiada, comprada con la sangre de los oprimidos, una falsa paz que los pobres aborrecen y los ricos no pueden disfrutar totalmente, una paz que amenaza destruir totalmente la civilización moderna.
Si el fruto de la justicia es la paz, el fruto de la injusticia es la violencia y el caos social, la enemistad y la inseguridad, el odio y el temor. Cada injusticia que se comete contra los pobres lleva en sí la semilla de la subversión. La justicia conduce a la vida, la injusticia desemboca en la muerte. La injusticia no es meramente una violación de los derechos humanos sino también un pecado contra el Dios vivo. Por lo tanto, quienes persisten en la injusticia se colocan bajo el juicio de Dios. «El que se burla del pobre ofende a su Creador; el que se alegra de su desgracia no quedará sin castigo» (Pr 17.5).
La manera más eficiente de trabajar contra la paz es trabajar por la injusticia. Siembra injusticia y cosecharás violencia. En palabras de Robert Kennedy, «quienes imposibilitan la revolución pacífica, hacen inevitable la revolución violenta».
Dondequiera, cuando explota la violencia, la explicación común de parte de quienes son beneficiados por el sistema es que los causantes de los problemas son agitadores ajenos a la situación. La pregunta que debe plantearse a los defensores del statu quo es: ¿Qué lograrían tales agitadores si no fuese porque el terreno está ya abonado por el resentimiento y el odio causados por la injusticia?
América Latina es una buena ilustración del problema. Parecería que, a lo largo de su historia, nuestros países estuvieran atados a un círculo vicioso de empobrecimiento de las masas, seguido por explosión social, seguida por represión, seguida por un mayor empobrecimiento de las masas, seguido por una mayor explosión social, seguida por una mayor represión, y así sucesivamente. Cada vez que se repite el ciclo, aumenta el costo social. ¿Hay salida, especialmente si se toma en cuenta que cada intento de cambio es de inmediato convertido en el blanco de las sospechas de quienes mantienen el control de las estructuras de poder?
La situación se complica todavía más en vista del juego de intereses económicos a nivel internacional. La política externa de los Estados Unidos funciona en base al presupuesto que la democracia y la libertad son valores que deben preservarse a toda costa en todo el mundo. El hecho innegable es, sin embargo, que en tiempos de la Guerra Fría, el gobierno de los Estados Unidos fue siempre compañero de cama de los gobiernos más represivos en la historia de la humanidad.
¿Qué explicación tenia esta espantosa contradicción? Por lo menos parte de la respuesta era que los dictadores latinoamericanos habían aprendido bien cómo funcionaban los mecanismos del poder. Su fórmula era sencilla:
1. Convencer al gobierno de Estados Unidos que ellos también valoraban la democracia y la libertad; que ellos también estaban involucrados en la batalla cósmica contra el marxismo, y que todas las violaciones de los derechos humanos eran sólo una medida temporaria para impedir el avance de los comunistas y evitar que desterraran para siempre a la democracia y la libertad, no sólo de sus respectivos países sino de todo el continente y de todo el mundo.
2. Proteger los intereses económicos de Estados Unidos y, ¡por supuesto!, los intereses privados de los gobernantes locales. ¡De este modo se mantenía feliz al elefante! Por cierto, el elefante quedaba feliz, pero no nos engañemos: ese camino conducía a la destrucción porque dejaba sin resolver el problema de la injusticia, y donde hay injusticia no puede haber paz.
Hoy la situación es otra. Quedó atrás la era de la Guerra Fría. Por lo menos en América Latina, ya no tenemos dictaduras militares. Pero no nos engañemos: hoy más que nunca, el poder económico está concentrado en grandes corporaciones transnacionales al servicio del nefasto sistema neoliberal, un sistema de injusticia que beneficia a una elite —la «clase transnacional»— a costilla de las grandes mayorías. De la era de la Guerra Fría hemos pasado a la era de la Guerra contra el Terrorismo. Cualquiera que esté en desacuerdo con el sistema, ya no es un subversivo o un «cómplice de la subversión» sino que corre el riesgo de ser tildado de terrorista. Y, por supuesto, si queremos que haya paz, ¡tenemos que acabar con los terroristas!
En contraste, la manera más eficiente de trabajar por la paz es luchar contra la injusticia. ¿Anhelas la paz? Entonces, «que fluya como agua la justicia, y la honradez como un manantial inagotable» (Am 5.24). ¿Anhelas «reposo y seguridad para siempre»? Entonces, «¡no más violencia y explotación! ¡Actúen con justicia y rectitud!» (Ez 45.9). ¿Deseas vivir «en un lugar pacífico, en habitaciones seguras, en residencias tranquila» Entonces, «el Señor ya te ha dicho, oh hombre, en qué consiste lo bueno y qué es lo que él espera de ti: que hagas justicia, que seas fiel y leal y que obedezcas humildemente a tu Dios» (Mi 6.8).
Emil Brunner ha observado correctamente que si las naciones no están dispuestas a poner de lado sus intereses egoístas por causa de la justicia, por lo menos podría esperarse que cumplan los requisitos mínimos de la justicia internacional por causa de la paz:
Sería fantástico y utópico contar con la posibilidad de que naciones y estados, que por miles de años en sus relaciones internacionales han sido guiados por el egoísta principio del poder, de pronto se conviertan en convencidos adherentes del principio de la justicia. Pero no es fantástico creer en la posibilidad de que, en vista de los horrores de una guerra total, las naciones y los estados estén dispuestos a hacer sacrificios a fin de preservar la paz, que no den por sentado el egoísta punto de vista del poder sino que, en la distribución de la tierra, de los intereses y beneficios económicos, de la influencia política, dejen espacio para las necesidades y los derechos de otros. Quien condene esta posibilidad como utópica debe darse cuenta que está declarando que la siguiente guerra mundial es inevitable. (2)

Tales palabras mantienen ciertamente su vigencia. El dilema frente al cual se encuentra América Latina no es o el capitalismo y la libertad por un lado, o el socialismo y el totalitarismo por otro lado, como si el capitalismo y el socialismo fuesen realidades últimas. El dilema es, más bien, o la justicia y la paz por un lado, o la injusticia y la violencia por otro lado. Por causa de la paz, rechacemos el mito de que puede haber paz sin justicia, y sigamos a Jesús de Nazaret, que fue ungido para proclamar buenas nuevas a los pobres, libertad a los cautivos, vista a los ciegos y liberación a los oprimidos (cf. Lc 4.16-21). «Y el efecto de la justicia será paz; y la labor de la justicia, reposo y seguridad para siempre».

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(1). Abraham J. Heschel, Los profetas: II. Concepciones históricas y teológicas, Editorial Paidós, Buenos Aires 1973, p. 75.
(2). Justice and the Social Order, Harper and Brothers, New York and London, 1945, p. 238.

Artículo de la Revista Kairós Nro. 22, año 2008.

http://www.kairos.org.ar

La mesa redonda de Jesús

Publicado: septiembre 27, 2011 en Teología

por Lisandro Orlov

Un «código secreto» que es imprescindible aprender a descifrar: cuando Jesús habla, piensa, siente y actúa lo hace en círculos, pero nosotros traducimos su mensaje en rectángulos.
Un día Jesús fue a comer a casa de un notable de los fariseos. Era sábado, así que éstos estaban acechando a Jesús … Al notar cómo los invitados escogían los lugares de honor en la mesa, les contó esta parábola:

 

Cuando alguien te invite a una fiesta de bodas, no te sientes en el lugar de honor, no sea que haya algún invitado más distinguido que tú. Si es así, el que los invitó a los dos vendrá y te dirá: «Cédele tu asiento a este hombre». Entonces, avergonzado, tendrás que ocupar el último asiento. Más bien, cuando te inviten, siéntate en el último lugar, para que cuando venga el que te invitó, te diga: «Amigo, pasa más adelante a un lugar mejor». Así recibirás honor en presencia de todos los demás invitados. Todo el que a sí mismo se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido. También dijo Jesús al que lo había invitado: Cuando des una comida o una cena, no invites a tus amigos, ni a tus hermanos, ni a tus parientes, ni a tus vecinos ricos; no sea que ellos, a su vez, te inviten y así seas recompensado. Más bien, cuando des un banquete, invita a los pobres, a los inválidos, a los cojos y a los ciegos. Entonces serás dichoso, pues aunque ellos no tienen con qué recompensarte, serás recompensado en la resurrección de los justos.
(Lucas 14.1,7-14)

Éste es uno de esos textos bíblicos con los cuales tenemos que pelear y mucho. No solo pelear con el texto sino también con los comentaristas diversos y con la tradición. Me cuesta aceptar que Jesús esté solamente preocupado por cuestiones de protocolo y que se transforme en un asesor de imagen y de comportamiento de etiqueta. Me duele en el alma pensar en Jesús imitando a la hija de un conde ruso que en la televisión argentina nos educa sobre la forma de utilizar los cubiertos en una mesa elegante. Me preocupa pensar en Jesús indicando la forma de tomar la servilleta, sobre las copas que debo utilizar de acuerdo al color del vino, indicando los tenedores que debo utilizar con cada comida y las conversaciones que debo mantener. Me cuesta pensar que el núcleo de este texto bíblico sea simplemente consejos de buena educación o de humildad. Si ser humilde consistiera en eso, simplemente con ocupar los últimos asientos en cada conferencia, iglesia o reunión política ya habríamos tocado el cielo con las manos. Sospecho que en este texto hay algo más recóndito, escondido, que exige que profundicemos para descubrirlo. Estoy seguro que estamos ante un mensaje cifrado, un «código secreto» de Jesús que es imprescindible aprender a descifrar.

Este texto del Evangelio seguramente estaba en la mente de muchos miembros de mi congregación de origen. Cada domingo se sentaban en los últimos bancos de la iglesia porque esa era una regla que hacía visible nuestra «humildad». Algunos osados llegaban a sentarse en los bancos de la mitad del templo para no pecar de soberbios ocupando los primeros. Siempre he tenido la sospecha y la experiencia propia de que aquellos que nos ubicáramos en el último lugar, en algún rinconcito de nuestro corazón teníamos la remota esperanza de que alguien nos viera y nos invitara a pasar a un lugar de honor para dejar con la boca abierta a todos los que queríamos impactar con nuestra «humildad».

Creo que olvidamos varios detalles que aparecen en la lectura de este texto: el caminar junto con las personas y los grupos vulnerables al VIH y al SIDA me ha hecho sumamente sensible a esos detalles.

Tenemos que tener en mente que este párrafo está ubicado en el camino de Jesús hacia Jerusalén, próximo al enfrentamiento final con los que tienen otra interpretación de las Escrituras y con aquellos que se sienten amenazados por su comunión con los estigmatizados. Tengo claro que nadie es condenado a la pena de muerte en una cruz por hacer recomendaciones de etiqueta, buenos modales y reglas de cortesía.

En este episodio tenemos dos clases de mesa. Por un lado, la mesa de la casa de los jefes fariseos donde existe un arriba y un abajo, un adelante y un atrás: así son las mesas que se oponen a la mesa propuesta por Jesús. Lo que este texto bíblico pone en tela de juicio son los modelos de mesa que nos ofrecen la sociedad y aún muchas iglesias. Simplemente basta contemplar los escalones, las divisiones y la ubicación de los asientos en los lugares de reunión de nuestras propias comunidades de fe como para percibir su parecido con la mesa de los jefes fariseos. En muchas de nuestras congregaciones, los escalones diversos y sutiles nos indican que en nuestra teología y concepción de la iglesia aún perdura la idea del arriba y el abajo. Esos escalones son un atentado a nuestra afirmación teológica fundamental sobre el sacerdocio universal de todos los creyentes.

La forma en que colocamos los asientos en nuestras iglesias ― tradicionales, elegantes, pesados, históricos― son un testimonio de que las mesas de los jefes fariseos aún perduran en nuestras prácticas y contradicen nuestra identidad confesional, nuestra igualdad bautismal y nuestra acción pastoral más simple. A los creyentes se los ha colocado de tal forma que han dejado de ser protagonistas de la Cena del Señor para transformarse, por su ubicación espacial, en simples espectadores. Es por ello que actualmente muchas iglesias se sienten tan bien y confortables en viejos cines y teatros. Ésa es una clara opción teológica y no meramente un acontecimiento estético o práctico. La forma en que nos congregamos alrededor de la mesa de Jesús habla más que mil palabras teológicas.

Aquí lo que está en juego es la estructura jerárquica de esta mesa con sus arriba y abajo, con sus adelante y atrás. La mesa de Jesús ya no tiene esas indicaciones sino que, en primer lugar, es una mesa y no una sala de conferencias. La invitación de Jesús es colocarnos alrededor de la mesa de la Palabra de Dios y de la Cena del Señor en la igualdad que nos concede el bautismo y la fe. Hablamos del núcleo de la comunidad cristiana, de su centro, pero no pensamos ni actuamos en redondo; seguimos pensando y actuando, como los jefes fariseos, en rectángulos con sus adelante y atrás. Y para peor, pensamos que hay personas de arriba y de abajo, pensamos que hay hermanos de adelante y de atrás. Vivenciamos nuestras comunidades de fe como se vivencian los aviones de larga distancia: algunos siguen siendo pasajeros de la clase económica o turista (porque siguen siendo extraños a la mesa), pero algunos son pasajeros de la primera clase o business por su ubicación en el espacio de la iglesia. Sin embargo, cuando Jesús habla, piensa, siente y actúa lo hace en círculos, pero nosotros traducimos su mensaje en rectángulos.

En este texto bíblico tenemos indicaciones tanto para el invitado o el huésped como para el anfitrión o el dueño de casa. Muchas de las palabras dirigidas al invitado nos recuerdan el cántico de María, el Magnificat (Lc 1.46-55), donde se nos aseguran los cambios radicales que habrá en la estructura social del reino de Dios. Esa esperanza la compartimos hoy con las personas y los grupos en situación de vulnerabilidad al VIH y al SIDA. Recibimos con mucho gozo, alegría y fuerza la invitación a poner patas para arriba los valores de esta sociedad y aún de muchas iglesias, poner patas para arriba una interpretación de la Biblia propia de los jefes de los fariseos y sus mesas, para encontrar la hermenéutica de Jesús, con su mesa de comunión humana. Esto tiene consecuencias: el vivir y proclamar que los que están atrás son invitados a venir al centro y los que están afuera ahora son parte del núcleo tiene como consecuencia la cruz.
Para aquellos que estamos viviendo la realidad de la epidemia del VIH y el SIDA y el proceso de conversión al cual nos ha sometido la epidemia, las indicaciones de Jesús en este texto bíblico me parecen de una claridad y una fuerza revolucionarias. Cuando celebremos la Cena del Señor no invitemos a nuestros amigos que piensan exactamente como nosotros, que hablan nuestro idioma, que se visten igual a nosotros. Esas tres categorías —amigos, hermanos, y vecinos— se contraponen paradójicamente con la otra serie de tres a quienes debe ir la invitación: pobres, enfermos y ciegos. Que hermosa y misteriosa descripción de las personas y los grupos en situación de vulnerabilidad al VIH y al SIDA que encontramos cada día en nuestro caminar. No habría mejor forma de describirlos: nuestros estigmas y prejuicios les han hecho «pobres» cuando no tienen acceso a los medicamentos que aseguran calidad de vida, les hemos transformado en «lisiados y rengos» porque ponemos tantos requisitos para su ingreso a nuestras iglesias, les hemos transformado en «ciegos» porque ya no pueden ver a Jesús en nuestras vidas ni en nuestras comunidades de fe.

Por gracia y por perdón de Dios, hoy estamos nuevamente llamados y enviados a todos los grupos y personas que viven con VIH y SIDA para pedirles un perdón que va más allá de toda diplomacia, e invitarles a la mesa redonda de Jesús. Sabemos que son ellos la estirpe misteriosa y paradójica que Jesús quiere sentar a su mesa, donde todos somos núcleo de vida junto con él.

Dios de todas las mesas, que por puro amor gratuito nos has creado y nos has regalado también gratuitamente la Vida y la dignidad de ser tus hijos e hijas, danos un corazón grande para amar, fuerte para luchar y generoso para entregarnos nosotros mismos como regalo a quienes no son nuestros amigos, hermanos y vecinos, para entregarnos sin condiciones y sin esperar nada a cambio. Amén.

 

 

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