Archivos para septiembre 7, 2011


Juan Stam

Cada cultura tiene su propia escala de valores y antivalores. En algunas épocas de la historia de Israel, para muchos judíos guardar el sábado tenía una prioridad destacada, de la máxima gravedad. Por ejemplo, para ellos la fornicación era pecado, sin duda, pero aun peor era el pecado de irrespetar el sábado. También era pecado grave comer cerdo o sentarse en la mesa con gentiles incircuncisos.

Es obvio que nuestra cultura contemporánea concentra sus valoraciones fuertemente en lo sexual, hasta lo obsesivo. Para las personas seculares (“mundanos”, para emplear el término bíblico), el placer sexual parece ser la meta prioritaria de la existencia humana, y una vida de orgasmos sísmicos se considera la summum bonum de todos los valores en la vida. Nuestra cultura está obsesionada con el sexo.

Muchos cristianos, por su parte, también están obsesionados con el sexo y reflejan esta misma concentración pansexista, pero invertida. Para ellos los pecados sexuales son los más graves, a veces los únicos pecados que les preocupan (junto con la borrachera, en un segundo lugar).
Un empresario puede explotar a sus empleados pagándoles sueldos de miseria, pero asiste a la iglesia, ofrenda y no “cae en pecado” (¿cómo que “cae”? ya está en pecado), es un buen cristiano, toma la Santa Cena y a lo mejor puede ser anciano o diácono de la congregación. El presidente de un país “cristiano” puede mentir descaradamente para justificar así matanzas sangrientas, pero si pertenece a una iglesia, reproduce el discurso religioso y no causa escándalos sexuales, sigue siendo “hermano” en la fe.[1]

Se nos olvida muy fácilmente que según el Nuevo Testamento los pecadores sexuales y los boarrachos no son los únicos que “no heredarán el reino de Dios”.[2] Entre los diez grupos de 1 Cor 6:9-10 van incluido los idólatras (¿los hay en nuestas iglesias?)[3], los avaros (¡Los hay, y muchos!), ladrones, estafadores y calumniadores (¡de todos ellos tenemos!). Gal 5:19-21, en su lista de 15 pecados que cierran las puertas del reino, añade brujería, odio, discordia, celo, ira, rivalidades, disensiones, sectarismos y envidia “y otras cosas parecidas”.[4] Entre los seis pecados que según Efesios 5:4-6 excluyen del reino de Dios van incluidos la avaricia, necedades y chistes groseros. La larga lista de 21 pecados vergonzosos en Rom 1:24-31 incluye avaricia, envidia, engaño. chismes y “toda clase de maldad”.[5] Se ve que eran muy rigurosas las exigencias de la comunidad cristiana. ¿Quién de nosotros no sería culpable de por lo menos una o dos de estas ofensas?

Lo que más sorprende en estas listas es la frecuente inclusión de la avaricia, en los mismos términos que la de la borrachera y los pecados sexuales. Si esos pecados escandalosos excluyen del reino de Dios, entonces también la avaricia, en los idénticos términos, excluye de reino de Dios. De hecho en los doce listas de vicios en los escritos paulinos, la avaricia aparece más frecuentemente que la borrachera.[6] Y es más, en dos de las listas San Pablo agrega una frase sumamente grave, cuando escribe “la avaricia, la cual es idolatría” (Ef 5:5; Col 3:5), el más condenable de todos los pecados.[7] Puede algún cristiano o cristiana negar que la avaricia es pecado?

La Real Academia Española define la avaricia en pocas palabras pero de mucho peso, como “Afán desordenado de poseer y adquirir riquezas para atesorarlas”.[8] El Diccionario Cuyás, un poco más sucinto, lo define como “un apego desordenado a las riquezas”. De las varias palabras griegas para la avaricia, dos son especialmente reveladores. La más común, “pleonexia”,se deriva, según Ceslas Spicq (tomo III, p.117), de “pleon” (“más”) y el verbo “ejw” (“tener”). Por eso Louw y Nida, en su léxico griego, lo definen como “un fuerte deseo de adquirir más y más posesiones materiales, o de  poseer más cosas que las que otros tienen… ” (Louw-Nida I:291-2). La avaricia es un deseo insaciable; cuánto más posee, más desee. Otro término para la avaricia es “filarguros”, que significa “amor al dinero”; podríamos decir que son “dinerófilos”,.”enamorados del dinero” (Lc 16:14; 1Tm 6:10; 2Tm 3:2). Esta dinerofilia, según 1Tm 6:10, es “la raíz de toda clase de maldad”.

La avaricia — esta pasión cuasi-erótica por el dinero y por las cosas — muy fácilmente conduce a la idolatría (Isa 2.7-8; Mt 6:24). La persona avara consagra toda su vida al dinero y deposita toda su fe y esperanza en la riqueza. Cree que posee sus bienes, pero pronto es poseído por ellos. A menudo la avaricia termina distanciándolo de su familia, del prójimo y de Dios mismo, por qué ahora está sirviendo a otro dios. “Dios sabe muy bien”, escribió Orígenes, “qué es lo que uno ama con todo su corazón y alma y fuerza; eso para él es su Dios. Que cada
uno de nosotros se examine ahora, y silenciosamente en su propio corazón decida cuál es la llama de amor que principalmente y sobre todo está encendida dentro de su ser”.[9]

La avaricia es relativamente fácil de definir, pero muy difícil de identificar. Rarísimas veces alguien va a decir, “yo reconozco que soy avaro”. Hace poco un amigo me hablaba de un pastor que mostraba muchos síntomas de “prosperidaditis aguditis”, pero el amigo aclaró que “él no es avaro, lo que pasa es que le gustan las cosas lujosas”. Es muy fácil racionalizar la avaricia y justificar la acumulación y los lujos. Parece que sólo la voz del Espíiritu Santo en el corazón del rico le podrá convencer de su avaricia.[10] Por eso dice San Pablo, hablando
del papel de la ley como revelación de Dios, “tampoco hubiera conocido la codicia, si la ley no dijera: no codiciarás” (Rom 7:7).”

Para San Pablo, la avaricia no sólo bloquea la entrada al reino de Dios. sino está también entre los vicios que descalifican para ocupar cualquier oficio en la iglesia (1Tm 3:3,8; Tito 1:7). En el caso de pecados visibles y escandalosos, como borrachera o adulterio, la situación hubiera sido evidentes y relativamente fácil de identificar, pero sospecho que fue muy difícil de aplicar esta restricción en el caso de la avaricia. ¿Quién decide si alguien es avaro o no, con cuáles criterios? ¿En qué punto la prosperidad legítima se convierte en avaricia? En el fondo se trata de una actitud del corazón, de criterios relativos y poco precisos. ¿Cómo habría funcionado eso en el proceso de escogencia de los líderes congregacionales en los tiempos de San Pablo?

Me cuesta imaginar que algún rico, al ser considerado para el liderazgo, hubiera dicho, “Me disculpan, hermanos y hermanas, pero no puedo ocupar ningún puesto porque soy avaro, lo tengo que reconocer”.  ¡Más fácil que pase un camello por el ojo de una aguja!!

Me imagino más bien que otra persona, a lo mejor un líder de la congregación, tendría que señalar al avaro con su dedo y confrontar, como Natán ante David, este pecado en
la comunidad. “Lo siento mucho, hermano, y me da mucha pena, pero usted no puede ocupar ninguna carga en la iglesia de nuestro Señor, porque usted es un avaro.”

Me imagino la respuésta:

¿Quíen es un avaro?  ¡¡¡Yo no!!!

Todos tenemos que hacernos la pregunta, ¿Qué clase de mayordomo soy de los bienes que mi Señor me ha confiado?,

Examíname, oh Dios, y sondea mi
corazón

Ponne a prueba y sondea mis
pensamientos,

Fíjate si voy por mal
camino,

y guíame por el camino
eterno.

(Sal 139:23-24)

Bibliografia:

Louw Johannes y Rugene Nida, Greek-English Lexicon of the New Testament
(NY: United Bible Society 1989)

Spicq, Ceslas, Theological Lexicon of the New
Testa,emt
(Peabody:Henderson 1994)


[1] Es notorio en muchos países latinoamericanos que los congresistas evangélicos/as se especializan en los temas sexuales pero no tienen nada que decir sobre la corrupción, la pobreza y
hasta asesinatos políticos.

[2] Otros textos que hablan de exclusión del reino de Dios son Mt 5.20; 7:21-22; 18:3 y Jn 3:3,5.

[3] Véase “¿Es posible ser idólatra sin darse cuenta?”. juanstam,com, 7 de enero de 2007.

[4] Según las listas de Apoc 21:8 y 21:25, no podrán entrar en la Nueva Jerusalén los cobardes, los incrédulos y los mentirosos 9CF. 22:15).

[5] La lista en !Tm 1:9-10, de pecadores ante la ley de Dios, incluye los irreverentes, los que maltratan a sus padres y los traficantes de esclavos. Col 3:5 incluye avaricia junto con cuatro
pecados sexuales.

[6] La borrachera se menciona en las listas de 1Cor 5:10; 6:10 y Gal 5;21; la avaricia en Rom 1:29; 1Cor 5:11; 6:10; Ef 5:3,5, más la lista de Mr 7:22.

[7] Esa frase corresponde al dicho de Jesús, “nadie puede servir a Dios y a la riqueza” (Mt 6:24; Lc 16:13). Es muy significativo que para su reformulación de la disyuntiva radical de Elías, “O Yahveh o Baal, pero no los dos” (1R 18:21), Jesús opta por poner a “Mamón” como equivalente de “Baal” . Parece implicar que “servir a las rquezas” era (y es) la idolatría más sutil y peligrosa de todas y que es totalmente irreconciliable con la fe en Dios.

[8]  La Academia define “codicia” como como Afán excesivo de riqueza; Deseo vehemente de algunas cosas buenas; apetito sexual”…..

[9] Orígenes, Homilía sobre el libro de los Jueces, citado en Christian Century 9.4.97, p. 371).

[10] Entiendo bien que los ricos no son los únicos avaros, pero creo que la Biblia está pensando principalmente en ellos cuando haba de avaricia.

http://www.juanstam.com/


Juan Simarro Fernández
Retazos del evangelio a los pobres (XXXVI)
Latrocinios y trasfondos traidores“… a los pobres siempre los tendréis con vosotros”.Juan 12:8. Texto completo en Juan 12:1-8.
Jesús, el gran defensor de los pobres y de los sufrientes del mundo, el que era capaz de decir a uno de los ricos de este mundo: “Si quieres ser perfecto, anda, vende lo que tienes, y dalo a los pobres, y tendrás tesoro en el cielo; y ven y sígueme”, parece que cambia su discurso en este relato del Evangelio de San Juan. Lo hizo como crítica y denuncia de la traición y del deseo de robo de uno de sus discípulos: Judas. Corazón traidor. El cuadro que contemplamos es el de Lázaro resucitado de los muertos y sentado a la mesa con Jesús. Allí estaban Marta y María. La primera, prototipo del servicio y la segunda, de la escucha y la adoración. María se separa del servicio para hacer un acto de adoración. Quería ungir los pies de Jesús y enjugarlos con sus cabellos.  María realizó su acto de adoración. La casa se llenó del olor del perfume, olor que llegó a la nariz de Judas, el ladrón y traidor. Su mente, la de Judas, comenzó a trabajar. Ese perfume valía mucho dinero. Podría haber caído en la bolsa que él portaba y, así, podría sustraer, robar, algo del valor de aquel precioso perfume.  De ahí viene su frase hipócrita, traidora, infame, infiel al Maestro y a sus compañeros los discípulos: “¿Por qué no fue este perfume vendido por trescientos denarios, y dado a los pobres?”. El traidor, ladrón, tomó el nombre de los pobres en vano. Fue un desprecio a los pobres del mundo, los quiso utilizar para sus fines traidores y de latrocinio. Quería aprovecharse de los pobres, robar usando el nombre de los pobres para su propio disfrute, el disfrute amargo de todo ladrón.

 Jesús no podía ponerse en línea con Judas , conociendo su corazón engañoso y traidor. En este caso Jesús no podía decir, tiene razón Judas, se podría haber vendido este perfume y dado a los pobres… porque se trataba de un engaño, de una traición. Jesús le dice a Judas un imperativo: “Déjala”. No perturbes a esta mujer usando el nombre de los pobres para tu propio latrocinio. “Déjala; para el día de mi sepultura ha guardado esto”, dijo Jesús al discípulo traidor.

 Jesús debió sufrir mucho en ese contexto de robo tomando el nombre de los pobres en vano, en ese contexto de traición, de mentira, de dureza del corazón, de perversión por conseguir riquezas , de adoración de uno de sus discípulos al dios Mamón, al dios de las riquezas.

Jesús estaba ante un icono traidor de los que después se repetirían muchos en el mundo. Ladrones y despojadores de palabras dulces para con los pobres, pero palabras mentirosas y falsas. Jesús estaba contemplando algo que, después, y a lo largo del tiempo, se repetiría en la historia de la humanidad. Los ladrones que guardan en sus bolsas lo que pertenece a los pobres. Bolsas de injustos, acumuladores y desequilibradores del mundo.

Jesús ante esa imagen de un Judas que se repetiría en la historia, ante la dureza del corazón del hombre que es capaz de acumular mintiendo y dejando en la estacada a tantos robados de bienes y de dignidad, se dio cuenta de lo que ocurriría cuando Él se marchara, cuando dejara solos a sus discípulos. Los valores del Reino que “ya” estaban entre nosotros, como dijo Jesús, tardarían en cambiar la historia, los corazones de los ladrones, despojadores y traidores. Nos deberíamos mover en el “ya” pero también el “todavía no” del Reino hasta que éste se estableciera en plenitud.

El corazón de Jesús se quedó triste ante el gesto ladrón de Judas, ante su hipocresía y traición, prototipo de los Judas que después deberían deambular por la tierra. La traición, la hipocresía, el robo, el corazón duro y la falta de solidaridad y de amor para con los pobres, hacen que Jesús acepte ese perfume derramado a sus pies. Antes esto que la traición y el robo en nombre de los pobres. Jesús no quería contraponer el gesto de María gastando ese perfume para ungirle con lo que se debería haber gastado para ayudar a los pobres. Pensamiento traidor de la mente de Judas que, ni por asomo, estaba pensando en ayudar a sus prójimos empobrecidos.

La tristeza de Jesús llega a lo sumo, conociendo el corazón de Judas. Dice el Evangelio, ante la frase de Judas de que se podría haber vendido este perfume y dado a los pobres: “Pero dijo esto, no porque se preocupara de los pobres, sino porque era ladrón, y teniendo la bolsa, sustraía de lo que se echaba en ella”. Esto lo veía Jesús. Jesús sufría. Su mente ya se prolongaba también a lo largo de la historia contemplando a los futuros Judas del mundo, los futuros traidores a Dios y a los pobres, los hipócritas acumuladores y despojadores de haciendas y de dignidad.

Probablemente un halo de tristeza inundó el rostro de Jesús. Su corazón permanecía encogido ante la traición del hombre contra el hombre, ante ese icono del robo y el despojo que era Judas. Su voz, como si sonara a algo tremendo, terriblemente grave e inevitable por los corazones judas que poblaban e iban a seguir poblando la tierra, exclamó: “A los pobres siempre los tendréis con vosotros”. Es el resultado de la traición y del robo, de la dureza y falsedad de tantos corazones judas que han de poblar el mundo.

 Algunos dicen que Jesús instituyó con esta frase la pobreza en el mundo. Nada más incierto e incorrecto. Esta frase simboliza la traición del hombre contra el hombre, el despojo de los fuertes sobre los débiles, un escándalo y vergüenza humana inevitable por ese corazón traidor y ladrón de Judas que era el símbolo, el incono y la viva imagen de tantos  corazones judas  que habrían de poblar la tierra.

Los resultados de los corazones judas y traidores que pueblan el mundo, se ven hoy claramente en una humanidad en la que el ochenta por ciento está en la pobreza. Les han robado, traicionado y dejado tirados al lado del camino.

Señor, nosotros queremos sentir contigo, entender tu tristeza y sufrimiento… pero queremos ser tus seguidores que, a pesar del “todavía no” del Reino, vayamos ganando parcelas a los traidores judas de nuestra historia y liberando a personas de la sinrazón de la pobreza y el despojo. Ayuda a tu pueblo para que, apartados de ese corazón traidor, se entreguen al servicio de los pobres y clamen por justicias… hasta que tú vengas y los valores del Reino sean implantados en plenitud.

Autores: Juan Simarro Fernández

©Protestante Digital 2011


César Vidal Manzanares
La Reforma indispensable (17)
Lutero y la práctica de las indulgencias
Se ha señalado que fue el 31 de octubre de 1517 Lutero fijó las 95 tesis sobre las indulgencias.

 

Lo hizo en las puertas de la iglesia del castillo de Wittenberg y  en buen número de casos se afirma que fue como un desafío dirigido contra la iglesia católica. Semejante versión es insostenible históricamente.

En realidad,  Lutero actuaba impulsado por preocupación pastoral y la raíz del problema no se hallaba en él –que distaba mucho de desear una ruptura- sino en las prácticas económicas de ciertas jerarquías eclesiásticas  sin excluir al papa.

 ALBERTO DE BRANDEBURGO
En 1513, el príncipe Alberto de Brandeburgo, de tan sólo veintitrés años de edad, se convirtió en arzobispo de Magdeburgo y administrador de la diócesis de Halberstadt. Al año siguiente, obtuvo el arzobispado de Maguncia y el primado de Alemania.

Es más que dudoso que Alberto contara con la capacidad suficiente como para atender de la manera debida a esas obligaciones pastorales y, por si fuera poco, la acumulación de obispados era de dudosa legalidad.

Sin embargo,  en aquella época, los cargos episcopales no sólo implicaban las lógicas obligaciones pastorales sino que llevaban anejos unos beneficios políticos y económicos extraordinarios  hasta tal punto que buen número de ellos eran cubiertos por miembros de la nobleza que contaban así con bienes y poder más que suficientes para competir con otros títulos.

El arzobispado de Maguncia era uno de los puestos más ambicionados no sólo por las rentas inherentes al mismo sino también porque permitía participar en la elección del emperador de Alemania, un privilegio limitado a un número muy reducido de personas, y susceptible de convertir a su detentador en receptor de abundantes sobornos.

Al acceder a esta sede, Alberto de Brandeburgo ya acumulaba, sin embargo, una extraordinaria cantidad de beneficios y por ello se le hacía necesaria una dispensa papal, dispensa que el papa estaba dispuesto a conceder a cambio del abono de una cantidad proporcional al favor concedido. En este caso exigió de Alberto la suma de 24.000 ducados, una cifra fabulosa imposible de entregar al contado.

Como una manera de ayudarle a cubrirla,  el papa ofreció a Alberto la concesión del permiso para la predicación de las indulgencias en sus territorios. De esta acción todavía iban a lucrarse más personas.  Por un lado, por supuesto, Alberto lograría pagar al papa la dispensa para ocupar su codiciado arzobispado, pero además la banca de los Fugger recibiría dinero a cambio de adelantar parte de los futuros ingresos de la venta de las indulgencias, el emperador Maximiliano obtendría parte de los derechos y, sobre todo, el papa se embolsaría el cincuenta por cien de la recaudación que pensaba destinar a concluir la construcción de la basílica de san Pedro en Roma. El negocio era notable e indiscutible y la solución arbitrada satisfacía, sin duda, a todas las partes. Cuestión bien diferente era la mentalidad que se hallaba por debajo de aquella práctica.

 Para comprender lo que implicaba la venta de indulgencias hay que situarse en la mentalidad de la Europa del Bajo Medievo.

Autores: César Vidal Manzanares

©Protestante Digital 2011


Por Mike Breen

La semana pasada, Steve Jobs renunció como CEO de Apple y entregó las riendas a su ex director de operaciones. Ese día, el stock se redujo en 5%. En todo el mundo digital todos hablan  si Apple puede mantener su racha de victorias sin su líder visionario  de administrar en todo el mundo día a día de su compañia. He aquí por qué creo que no sólo va a capear el temporal, pero si siguen en:

Éstos que son los valores centrales de Apple:

Creemos que estamos sobre la faz de la tierra para hacer grandes productos.
Creemos en lo simple, no en lo complejo.
Creemos que tenemos que posesión y control de las principales tecnologías detrás de los productos que fabricamos.
Nosotros participamos solamente en mercados en los que se puede hacer una contribución significativa.
Creemos en decir no a los miles de proyectos para que realmente pueda centrarse en las pocas que son realmente importantes y significativos para nosotros.
Creemos en la colaboración profunda y la polinización cruzada de nuestros grupos, lo que nos permite innovar de una manera que otros no pueden.
No nos conformamos con nada a menos que no sea la excelencia en cada grupo en la empresa, y tenemos la honestidad consigo mismo para admitir cuando nos equivocamos y el coraje para cambiar.
Lo que Apple ha hecho es crear una cultura de innovación, el diseño y la colaboración. No hay duda de que Jobs es un genio y es responsable de la subida meteórica de Apple. Sin embargo, lo que ha hecho más que cualquier otra cosa (y probablemente no recibirá crédito hasta en este momento) es crear una cultura que siempre puede producir productos y servicios que han encantado a la gente en todo el mundo. Este empleo del ADN, es a través y por medio, en la vida de esa cultura.
Me pregunto si nosotros,  los líderes de nuestras comunidades eclesiales, estamos tratando de hacer el mismo tipo de cosas. ¿Estamos tratando de crear una cultura donde todo el mundo es un productor, donde la cultura de la comunidad es lo que nos sobrevivirá? El empleo del ADN del discipulado y la misión tiene una especie de media-vida que nace en el corazón y el alma de nuestro pueblo y nuestras comunidades para que tenga una vida  “propia”.
¿Estamos tratando de crear ese tipo de cultura?

by Mike Breen

Last week Steve Jobs stepped down as CEO of Apple and handed the reigns over to his former COO. That day, the stock dropped by 5%. The talk around the digital world is whether Apple can keep up their winning streak without their visionary leader manning the day-to-day world of the company. Here’s why I think they’ll not only weather the storm, but continue on:

Here are Apple’s core values:

  • We believe that we’re on the face of the Earth to make great products.
  • We believe in the simple, not the complex.
  • We believe that we need to own and control the primary technologies behind the products we make.
  • We participate only in markets where we can make a significant contribution.
  • We believe in saying no to thousands of projects so that we can really focus on the few that are truly important and meaningful to us.
  • We believe in deep collaboration and cross-pollination of our groups, which allow us to innovate in a way that others cannot.
  • We don’t settle for anything less than excellence in every group in the company, and we have the self-honesty to admit when we’re wrong and the courage to change.
What Apple has done is created a CULTURE of innovation, design and collaboration. There is no doubt that Jobs is a genius and is responsible for Apple’s meteoric rise. However, what he has done more than anything else (and probably won’t get credit for until now) is created a culture that can consistently produce products and services that have enchanted people the world over. It’s Jobs DNA, through and through, in the life of that culture.
It makes me wonder if we, we leaders in our church communities, are seeking to do the same kind of thing. Are we seeking to create a culture where everyone is a producer, where the culture of the community will far outlast us? Where the DNA of discipleship and mission has a kind of half-life that is born into the heart and soul of our people and our communities so that it takes on a life of its’ own.
Are we seeking to create that kind of culture?

ebooks are officially here!

Publicado: septiembre 7, 2011 en Noticias

SEPTEMBER 6, 2011
by Mike Breen

My friends, ebooks of our core content are finally here! You can download all three books at Amazon (Kindle or ipad), ibooks (ipad) or Barnes and Noble (nook). It’s a big day, no?!


Building a Discipling Culture:
How to launch a missional movement
by discipling people like Jesus did

There is a discipleship crisis in the Western church. Many Christians may come to a worship service, join a small group or even tithe, but few have the kind of transformed lives we read about in Scripture. If we made disciples like Jesus made them, we wouldn’t have a problem finding leaders or seeing new people come to faith. Building a Discipling Culture is the product of 25+ years of hands-on discipleship practice — developed in a post-Christian context, tackling how to make the types of missional disciples Jesus spoke of.
Launching Missional Communities: A Field Guide (award winner)
Among church practitioners, “Missional Communities” have become one of
the most discussed tools of the past 20 years. This is a book about where they came from, how they developed and how your community can begin launching and multiplying them to see those who don’t know Jesus begin the journey of discipleship. It is a practical, insider’s look, giving you the tools to make MCs come alive in your church.

It includes:

  • The theory and theology behind MCs
  • The key, driving concepts we learned in the past 20 years
  • A simple, flexible process for beginning MCs in your church
  • An in-depth look at MC life (from teaching to teenagers and from children’s ministry to multiplication)
  • Case studies on U.S. churches across denomination, size and context that have used MCs and the results of their efforts

Covenant and Kingdom: The DNA of the Bible
For many, Scripture falls into the same category as Shakespeare: valued and enjoyed, but seldom understood. Scripture is not, however, out of reach. The ability to identify the main themes of any passage is a skill you can learn, even as you seek to apply its truth to your own life. Covenant and Kingdom: The DNA of the Bible provides guidance for the path it will take to develop, to the fullest, your own individual relationship with God.


by BEN STERNKE on SEPTEMBER 6, 2011

Post image for No Mission Without the Gospel of the KingdomEarly on in my explorations of missional theology, I remember thinking that this stuff was so brilliant that all people really needed was permission to do it, and it would take off. I figured all this missional energy was just bottled up inside everyone and they were just waiting for someone to release them and bless them in it. I thought the reason people weren’t doing it was because they didn’t know they were allowed to.You probably know what’s coming. Excitedly I began giving people permission to live missionally, explaining why it made sense, illustrating the possibilities. And people basically nodded in agreement. Some even got excited with me. But nothing changed (including me). Even people who wanted to couldn’t find their way into a way of life that was naturally joining God in the renewal of all things as a matter of course. A deeper problem was manifesting itself, one that I was just beginning to understand.

As I’ve read and prayed and pondered and worked with people and discussed with others, I think I see more clearly now what the underlying issue is. I’ve boiled it down to a little axiom that I want to offer and explain. Here’s the axiom:

No mission without formation.
No formation without discipleship.
No discipleship without the gospel of the kingdom.

I think this gets to the heart of why mobilizing Christians and churches for everyday mission seems to take so long and be so difficult. Here’s why.

No mission without formation
Underneath the issue of mission was formation. As Dave Fitch has said, “missional people do not fall out of trees,” they have to be formed. More properly, they have to be transformed (“changed from one form to another”). The reason we weren’t seeing any sense of “everyday mission” was because people hadn’t been formed significantly into the image of Christ.

No formation without discipleship
But why hadn’t they been formed in this way? These were people who attended church services regularly, led small groups, taught Sunday school,worked in the nursery, even! Why wasn’t all this activity and service resulting in spiritual formation in the likeness of Christ? Because they had never fully intended to follow Jesus as his disciple, learning from him how to be like him. This gets to the heart of why some of the most beautiful and theologically-rich liturgies can sometimes produce some of the meanest people you’ll ever meet: event the practices, in and of themselves, don’t magically make us like Jesus. We must “enroll in the school,” as Dallas Willard says. I’ve written previously about how we do this. The truth is that we will not be significantly formed to look like Jesus unless we do so.

No discipleship without the gospel of the kingdom
So why don’t people become disciples of Jesus? Short answer: because they’ve never been ravished by a vision of the kingdom of God. In other words, they haven’t really understood or received the gospel of the kingdom. The “gospel” we’ve been predominantly preaching is a truncated version of the full vision of life in God’s kingdom that Jesus talked about (as did Paul and the rest of the New Testament writers).

The gospel is not primarily about dealing with our “sin issue,” it is about theinvitation to live with God in his kingdom right now. If this is the gospel we are responding to, then all the rest of the dominoes fall easily into place:

Responding to the gospel of the kingdom naturally leads to discipleship,because we very quickly learn that we don’t know how to live with God in his kingdom, but Jesus does. This is a very different way of life that we mustlearn from Someone who knew how to do it well: Jesus. We are with him, learning from him how to be like him.

This kind of discipleship to Jesus naturally leads to significant spiritual formation, because the Spirit transforms us as we follow Jesus in kingdom living. We start thinking and speaking and acting and loving like Jesus. His life gets “into” us more and more.

Our formation as disciples then naturally leads to everyday mission,because ultimately this kingdom life we are invited into is simply a matter of being involved in what God is doing in the world, joining with him in the renewal of all things.

So ultimately it seems to me that if we want to cultivate a movement of people and communities joining with God in the renewal of all things, we must begin by preaching the gospel of the kingdom: giving people a brilliant picture of life in God’s kingdom (both in our words and lives), and telling them the shocking news that they can step into the kingdom right now.

Any additional thoughts? Does this axiom seem to hold true for you in your situation?

Woody Allen y la insatisfacción de la vida

Publicado: septiembre 7, 2011 en Cine

José de Segovia Barrón
Woody Allen y la insatisfacción de la vidaSi los primeros capítulos de Eclesiastés se pudieran encarnar en alguien, sería como el personaje Gil de Midnight in Paris, insatisfecho con lo que la vida le ha ofrecido hasta ahora.

 

 Casi cuatro meses lleva ya la última película de Woody Allen en cartel  – Midnight in Paris – , considerada durante todo el verano como la preferida por la crítica. No hay duda que, a sus 75 años, el director cree todavía en la magia del cine. Sin imágenes de ordenador, o pirotecnia de efectos especiales, hace que el neurótico Gil nos traslade a la era del jazz en el París de los años veinte, con sólo el sonido de unas campanas y la aparición de un viejo coche. Nos encontramos así en medio de una fiesta con Cole Porter cantando al piano y los Fitzgerald llevándonos a un café, donde conocemos a Hemingway.

Para este guionista de Hollywood, que es Gil –insatisfecho con su trabajo, y dudando si de verdad se ve casado con la práctica Inez, en una lujosa mansión de Malibú–, París no es la fiesta que se imaginaba en sus sueños de nostalgia por un pasado desconocido.  Allen ha encontrado por fin su mejor trasunto en este frustrado novelista que interpreta un Owen Wilson, que ha dejado de intentar ser un joven Robert Redford, para encarnar al maniático cineasta de Brooklyn, en su deseo de escapar de una realidad que no le gusta, en un mundo que le aburre y entristece .

“La vida está llena de soledad, de miseria, de sufrimiento y de infelicidad” –dice el genial Alvy Singer en la película que desvela el genio de Woody Allen,  Annie Hall  (1976) – “y además termina demasiado pronto”. En su exilio europeo, el director neoyorquino continúa conjugando su pesimismo, bien en clave realista, al estilo de un nuevo Dostoievski ,  o con piezas cómicas de descuidado divertimento. En su magistral definición de comedia, el romanticismo de  Midnight in Paris  es tragedia más tiempo.

 La historia del cine está llena de viajes en el tiempo y relatos de nostalgia por un pasado perdido. A veces la idea es corregir los “errores” de la Historia, para que “subsanando” el pasado, desemboquemos irremisiblemente en un presente, que por ende nos lleve a un futuro mejor. En otras ocasiones el viaje nos hace descubrir que el pasado no era, como pensábamos, mejor que el presente. Esta es la experiencia del protagonista de la última película de Woody Allen, Gil, cuando se fuga a un tiempo y un lugar pretendidamente más feliz.

 ¿ERA PARÍS UNA FIESTA?
 Las deliciosas memorias de Hemingway, que convirtieron París en una fiesta continua, son evocadas por Gil en su fuga al consuelo de un tiempo perdido de plenitud idílica y ferviente creatividad. Cuando se nos presenta a esta pareja de prometidos, paseando por los jardines de Luxemburgo, nos sorprende la frase con la que comienza la película, al decirle ella: “Tú estás enamorado de una fantasía”. El romanticismo de Gil (Wilson) choca continuamente con el realismo de Inez (Rachel McAdams), que se encuentra con su antiguo amor, el pedante Paul (Michael Sheen).

 Ese centro neurálgico de la bohemia, que ha pretendido ser siempre París, como centro de la vanguardia artística, atrajo a la llamada generación perdida estadounidense a los cafés y fiestas, donde encontraron a españoles como Buñuel, Belmonte o Dalí.  En ese parque temático de la Edad de Oro, aparece también el único personaje que no es histórico de esa época, la encantadora Adriana –Marion Collard–, musa ficticia de Picaso, Braque y Modigliani. Ella cree en otra Edad de Oro, la de la Belle Époque, donde les lleva una carroza, directamente al Maxim´s, para conocer a Toulouse-Lautrec, Gauguin, o Degas. La sorpresa es que ellos también encuentran su presente mediocre, y suspiran por haber vivido en el Renacimiento…

 ¿Es real ese mundo soñado, al otro lado del opaco espejo de nuestra existencia?, ¿o nos enfrentamos ante una ilusión? La nostalgia está en la raíz de muchos de los problemas contemporáneos. Si algunos sueñan con la independencia de siglos pasados, otros suspiran por la libertad de los sesenta, mientras hay quien añora todavía los valores familiares de los cincuenta. La película de Woody Allen nos muestra la futilidad de todo ello. Nunca ha habido una Edad de Oro, sólo una vida llena de insatisfacciones, como tenemos ahora. Todos suspiramos por un tiempo mejor. Da igual el tiempo y el lugar donde vivamos.

 LA FUERZA DE LA NOSTALGIA
 “El recuerdo es hambre”, dice Hemingway. Nuestros más cálidos recuerdos de tiempos que hemos vivido, o que nos hubiera gustado vivir, apuntan a un deseo profundo por una vida mejor. Ese anhelo apunta a la verdad del cristianismo, decía Lewis. Esa nostalgia por un mundo mejor, él la identificaba con el Cielo, el gran “norte” que podía ver en el inmenso cielo, encima de él, que relacionaba con el cambio de estaciones, los recuerdos de la infancia y la experiencia del hogar.

En el último de los libros de Narnia, C. S. Lewis nos da su particular visión del fin. No es una huída de la creación, o una fuga al pasado. Es una Narnia más “real”, que la antigua Narnia, de la que esta no es más que una sombra. La vida en la actual Narnia tiene un final, pero no es el fin. Nos prepara para la vida en una nueva Narnia, donde nuestros anhelos de un hogar son satisfechos, y se extienden hasta la eternidad.

Cuando llegamos a cierta edad, supongo que es inevitable verse a veces dominado por la nostalgia. Aunque sabemos que es una ilusión, intentamos huir de esa manera de una realidad que nos resulta molesta, gris o dolorosa. ¿Quién no se ha preguntado alguna vez qué hubiera sido de su vida si se hubiera casado con otra persona, hecho otro trabajo, o estado en otro lugar?

 VANIDAD DE VANIDADES
 Si los primeros capítulos de  Eclesiastés  se pudieran encarnar en alguien, sería como este Gil, insatisfecho con lo que la vida le ha ofrecido hasta ahora. Como en la definición de comedia de Woody Allen, el predicador parece ver la vida como el resultado de tragedia más tiempo:
 Me fijé que en esta vida la carrera no la ganan los más veloces, ni ganan la batalla los más valientes; que tampoco los sabios tienen qué comer, ni los inteligentes abundan en dinero, ni los instruidos gozan de simpatía, sino que a todos les llegan buenos y malos tiempos”  ( 9:11 ).

 La ironía de aceptar esa realidad insatisfactoria es que nos libera para vivir nuestras actuales circunstancias. Si no podemos alcanzar un mundo ideal, podemos aceptar nuestro lugar en la vida. Dejar de pensar en “lo que hubiera sido si…”, nos abre los ojos a lo que está ocurriendo a nuestro alrededor. Y nos da una mayor razón para esperar.

 ¿FINAL FELIZ?
 Una película rara vez te cuenta toda la historia. Puede ser que la decisión de Gil de quedarse en Paris, simplemente pospone algo más su infelicidad última, y pronto buscará satisfacción en otro lugar. Eso sería tan real como la vida misma, pero no es necesariamente una buena historia.

Los finales felices de las películas suenan un poco falsos, porque hay un montón de cosas que pueden ir mal. La hermosa francesa con la que Gil se queda al final, puede ser una loca, que le haga la vida imposible. O puede perder la novela que ha estado escribiendo durante tanto tiempo. Podemos ver los finales felices como totalmente engañosos, que ocultan una inevitable tragedia en un futuro cercano, o verlos como indicadores de que el corazón humano necesita una resolución.

 Un final feliz es siempre en ese sentido escatológico. Aunque reconocemos que todavía no ha llegado esa Edad de Oro, cada vez que un héroe cabalga a la puesta del sol, o una pareja encuentra el amor, justo antes de los créditos finales, es como si la creación tartamudeando dijera: “¡Ven, Señor Jesús!”.  Es un anhelo de esperanza, que nos susurra sobre el día en que nuestras historias encuentren la conclusión satisfactoria del gozo final.

 Cuando miramos al pasado, anhelando el paraíso, olvidamos que es mirando al futuro, como todo deseo será satisfecho , para alabanza de la gloriosa gracia de Dios.

Autores: José de Segovia Barrón

©Protestante Digital 2011