Archivos para diciembre 4, 2011


Juan Stam

Un clásico de la himnología cristiana, que por décadas ha inspirado a millones de creyentes en muchos países e idiomas, es “Oh tu Fidelidad”:

Oh Dios eterno, tu misericordia

ni una sombre de duda tendrá.

Tu compasión y bondad nunca fallan

y por los siglos el mismo serás.

¡Oh tu fidelidad! ¡Oh tu fidelidad!

Cada momento la veo en mí.

Nada me falta, pues todo provees.

¡Grande, Señor, es tu fidelidad.

La noche oscura, el sol y la luna,

las estaciones del año también,

unen sus voces cual fieles criaturas,

porque eres bueno por siempre eres fiel.

Tu me perdonas, me impartes el gozo,

tierno me guías por sendas de paz.

Eres mi fuerza, mi fe, mi reposo,

y por los siglos mi Padre serás.

Tomás Chisholm, autor de esa incomparable celebración de la fidelidad de Dios, era de Nueva Jersey, nuestro estado natal. Algo paradójico de este cantor de la fe es que pasó toda la vida en pobreza, y fue desde esa pobreza que alababa al Señor por su fidelidad. Una vez nuestro papá supo que Chisholm estaba en gran necesidad económica y le envió un cheque. Resulta que en ese momento Chisholm estaba sin dinero, sin comida, y lo peor, se acababa la medicina de que dependía la vida de su muy enferma esposa. Cuando recibió el cheque, fue a su casa a escribir otro himno. Papá nunca nos contó nada del caso, pero nuestra hermana María lo encontró en un himnario, con la historia. Aquí transcibo una traducción algo literal de esa alabanza que en medio de esa pobreza surgió del corazón de este gran siervo del Señor:

¡Las misericordias de Dios! ¡qué tema para mi cántico!

¡Oh! Jamás las podría contar.

Son más que las estrellas en la bóveda celestial,

O que las arenas de las playas del mar.

Por misericordias tan grandes,

¿Qué respuesta podré dar,

Por misericordias tan constantes y seguras?

Lo amaré con todo mi ser

cuánto tiempo que dure mi vida.

Me esperan en la mañana cuando me despierto del sueño,

Y alegran mi corazón al mediodía;

Me siguen hasta las sombras de la noche

Cuando el día con sus faenas termina.

Sus ángeles de misericordia me rodean

dondequiera que conduzca mi senda;

Cada vuelta del camino revela alguna prueba nueva,

¡Oh! mi vida de veras es bendecida.

Su bondad y misericordia me seguirán aun

hasta el final de mi camino,

Tengo su firme promesa que no puede fallar,

porque su misericordia durará por los siglos.

Great is Thy faithfulness  (NOTAS3)

Oh God, my Father,

There is no shadow of turning with Thee.

Thou changest not,

Thy compassions, they fail not,

As Thou hast been

Thou forever wilt be.

Great is Thy faithfulness,

Great is Thy faithfulness,

Morning by morning new mercies I see.

All I have needed Thy hand has provided,

Great is Thy faithfulness, Lord, unto me.

Summer and winter and springtime and harvest,

Sun, moon, and stars in their courses above,

Join with all nature in manifold witness

To Thy great faithfulness, mercy and love.

Pardon for sin and a peace that endureth,

Thine own dear presence to cheer and to guide,

Strength for today and bright hope for tomorrow,

Blessings all mine with ten thousand beside.

 

The Mercies of God

The mercies of God! what a theme for my song,

Oh! I never could number them o’er,

They’re more than the stars in the heavenly dome,

Or the sands of the wave-beaten shore.

For mercies so great,

What return can I make?

For mercies so constant and sure?

I’ll love Him, I’ll serve Him

with all that I have

As long as my life shall endure

They greet me at morn when I waken from sleep,

And they gladden my heart at the noon;

They follow me on into shades of the night

When the day with its labor is done.

-His angels of mercy encompass me ‘round,

Wheresoever my pathway may lead;

Each turn of the road some new token reveals–

Oh! for me life is blessed indeed.

-His goodness and mercy will follow me still,

Even on to the end of the way,

I have His sure promise and that cannot fail,

That His mercy endureth for aye.     Thomas Chisholm

http://juanstam.com


Osías Segura
No hay nada que haga más daño a nuestro liderazgo cristiano que vivir bajo un “falso yo.” Esto se muestra en como nuestros pastores hoy experimentan una enorme presión por ser líderes de éxito. Este “éxito” significa tener grandes iglesias, lucir prósperos y con mucha salud, una familia ejemplar, hacer milagros, tener facilidad de palabra, y una personalidad espiritual perfecta. No es de sorprenderse que los superapóstoles, y falsos profetas vivan bajo estos principios. Lo interesante es que esas definiciones de éxito vienen del mundo de los negocios; pues en las Escrituras somos llamados a ser fieles, no a ser exitosos. ¡Nuestra fidelidad a Dios es un llamado a la integridad de nuestro ser! Es el Espíritu quien edifica la iglesia no nuestras habilidades empresariales—aunque estas herramientas proveen ayuda al liderazgo cristiano. En otras palabras, a nuestros pastores se les presiona que se vistan de la armadura del éxito; pero dentro de esta armadura hay un niño quebrantado que clama por ayuda, mientras se hunde en sus heridas—su “falso yo.” Detrás del prometer prosperidad, lucir prospero y casi perfecto, entre otras cualidades ya mencionadas, existe un individuo queriendo llenar un vacío espiritual.
Thomas Merton, Henri Nouwen, y Anselmo Grün nos hablaban de una polaridad espiritual: el “falso yo” vis-a-vis el “verdadero yo.” Ellos nos recuerdan que fuimos creados a la imagen de Dios, y esta imagen es el “verdadero yo.” Los humanos tenemos desde la concepción esa chispa divina, cual es nuestra identidad con Dios. Sin embargo, el pecado original nos invadió manchando nuestra identidad original, creando una falsa en nosotros (i.e., falso yo). De esta manera es como el pecado nos confunde y se nos hace difícil encontrar nuestro camino hacia Dios. Estamos alienados de nosotros mismos, y queriendo hacer lo bueno terminamos haciendo lo malo. La única manera de salir adelante de esta confusión espiritual, en la que el pecado nos ha sumergido, es desenmascarando el “falso yo.” Es decir, encarando nuestras heridas, temores, miedos, problemas, y debilidades; así es como empezamos a vencer el “falso yo.”

Este desenmascaramiento es todo un proceso de toda la vida, y no se puede alcanzar en un retiro espiritual, o en una imposición de manos apostólica. ¡Crecimiento espiritualidad en una pastilla no existe! Solamente el trabajo constante del Espíritu Santo en nosotros y con nosotros es la solución. Ahora, nuestra edificada comunidad de creyentes, directores espirituales, y aun terapia sicológica resultan fuentes importantes y complementarias para orientarnos hacia Cristo el autor de nuestra fe. Así que descubrir nuestro “verdadero yo” lleva tiempo, y solo se puede hacer bajo la dirección del Espíritu desde la conversión.

Nuestro “verdadero yo” es la suma de nuestra razón, emociones, deseos, valores, pasiones; o bien podríamos resumirlas como la voluntad o el corazón humano en Cristo. Lo que el pecado hace en nosotros es quebrantarnos, dividiendo nuestro ser en digamos múltiples archivos. Entre más dividido este nuestro ser, más confundidos nos vamos a encontrar, y más difícil es actuar como hijos o hijas de Dios. Pues en algunas áreas de nuestra vida con alguna facilidad se las sometemos al Espíritu, pero otras áreas las seguimos controlando nosotros. ¡Es como si sirviéramos a dos señores! Por otro lado, lo que la santidad (i.e., el trabajo del Espíritu en nosotros) hace es integrar nuestro ser en un solo ser, en un “verdadero yo.” Dios desea que sometamos nuestro ser completo a Su voluntad. Esa integración, sin embargo, conlleva el encarar nuestras heridas, pasiones, y deseos.
Desenmascarar ese “falso yo” implica el encarar esas heridas, pasiones, deseos, y debilidades que bajo la dirección del pecado hemos utilizado mal contra nosotros mismos, contra otros, y las instituciones sociales han impactado contra nosotros. Es más simple esconder, o ignorar esas heridas que encararlas; y encararlas requiere de coraje. Sin embargo, cuando empezamos a caminar en Cristo, cuando el Espíritu nos apunta a no ignorar nuestra condición dividida y rota. Debemos vencer esa negación de ignorar nuestras heridas; pues entre más profundas esas heridas, más fuerte nuestra negación hacia ellas. Algunos buscan esconder o ignorar sus heridas por medio de sedativos espirituales o vistiendo una armadura: como el enfocarnos en el éxito, prosperar en las finanzas por medio del trueque con Dios, buscar crecer espiritualmente con retiros espirituales que prometen rápidos resultados, o la imposición mágica de manos de falsos ungidos que prometen limpieza espiritual.
En cambio,    para encarar nuestro “falso yo” debemos reconocer nuestra impotencia para transformarlo con nuestras propias fuerzas, y estar deseosos de participar en una manera activo-pasiva con el Espíritu en su trabajo de transformación en nosotros. El “falso yo” ignora las heridas, y fragmenta nuestro ser, alimentando cada vez más y más el pecado en nosotros.
Para Nouwen, Merton, y Grün hay que encarar nuestro “falso yo” por medio de un acercamiento al dolor que han causado nuestras heridas, temores y pasiones. Esto implica sufrir, pero sabemos que en medio de ese sufrimiento Dios está activo en nuestra sanidad. Es necesario llamar a las heridas por su nombre, y hacernos amigos de ellas para encontrar la sanidad. La clave está en llegar al punto de hacernos dueños de ese dolor, y no ver las heridas como algo extraño. Pues el ignorar el dolor es permitir que nos sigamos haciendo daño, y el hacer daño a otros.
Anselmo Grün bien lo ilustra diciendo:

Muchas veces huimos de nosotros mismos, nos da pánico mirarnos al interior por miedo de ver allí un peligroso perro [i.e., pasiones, heridas, temores, deseos]. Pero cuanto más encadenemos los perros tanto más furiosos se vuelven. Se trata, por tanto, de armarse de valor y penetrar en la torre allí, en paz, dialogar confiadamente con ellos. Pronto nos descubrirán el secreto del tesoro que guardan. Ese tesoro puede ser un nuevo impulso de vida, un nuevo estilo de autenticidad personal, la nueva manera de ser yo mismo hasta completar la imagen que Dios se ha formado en mí.[1]

Entonces tenemos que encarar nuestro “falso yo” nos llevaría a sufrir pues tendríamos que abrazar aquellas heridas, temores, y pasiones de las que hemos huido, o escondido por vergüenza, por mucho tiempo. Al abrazar esas heridas de la vida, con la ayuda del Espíritu, inicia una sanidad y el sufrimiento se torna más manejable. La sanidad es presente como futura (i.e., escatológica). No se trata de quedarnos atrapados en el dolor, pues no debe ser un estadio permanente. De pronto nos damos cuenta que nuestro dolor es el dolor de muchos en el mundo, y al empezar a acercarnos y descubrir nuestro “verdadero yo” nos convertimos en lo que Nouwen llama sanadores heridos. Esta es una manera de vivir nuestra salvación en Cristo: experimentando y compartiendo el shalom de Dios. Así es como comprendemos el sufrimiento en el mundo, y en el mismo Cristo, pues experimentamos dolor en nosotros mismos; pero después de la muerte viene la resurrección como nuevas criaturas en Cristo. Solo así, como nuevas criaturas en Cristo bajo un “verdadero yo”, es cómo podemos ministrar a un mundo quebrantado y en dolor. Necesitamos de nuestras heridas, y estas convirtiéndose en cicatrices para participar de un ministerio autentico de sanidad en Cristo.
Para concluir retomemos lo anteriormente dicho. El mundo ha imprimido su identidad en nosotros; una identidad quebrantada por el pecado y sus consecuencias. Esa identidad quebrantada no nos permite disfrutar de la presencia de Dios en nosotros, pues unas áreas de la vida están bajo Cristo, y otras no. Allí es cuando debemos tener el coraje para enfrentar nuestras heridas y temores, en el poder del Espíritu. Al abrazar esos temores y heridas enfrentamos nuestros sufrimientos, y el proceso de sanidad inicia. No podemos hacer ministerio efectivo con una armadura sobre nosotros. Debemos ser íntegros, y desenmascarar nuestro ser. Es por medio de nuestra experiencia del enfrentar nuestro “falso yo”; y nuestra vulnerabilidad al compartir las cicatrices, como otros empiezan a encontrar a Cristo por medio de nuestro ejemplo. Nuestro quebrantamiento (i.e., heridas, etc.) no tiene nunca la última palabra en nosotros, sino la integración de nuestro ser, el “verdadero yo.” Así es como en Cristo descubrimos nuestra verdadera naturaleza, el “verdadero yo.” ¡Esta es la manera como somos fieles a Dios, siendo íntegros en nuestro ser!
[1] (Grun y Dufner, 2005, 63)
El Dr. Osías Segura es un misionólogo costarricense. Osías, después de cinco años de enseñanza en el Seminario ESEPA en Costa Rica, se trasladó a California; hoy está radicado en Pasadena donde es profesor asociado, en inglés y español, del Seminario Teológico Fuller

Hacia CLADE V (segunda parte)

Publicado: diciembre 4, 2011 en Iglesia

Carlos Martínez García

Hacia CLADE V (segunda parte)A Samuel Escobar, por su ministerio docente y pastoral.

 Concuerdo con el tono general del documento preparatorio del Quinto Congreso Latinoamericano de Evangelización . No se va por el lado de concluir que la vitalidad del cristianismo evangélico en América Latina se demuestra con los millones de creyentes que se agrupan en sus filas, ni ostenta las miles de conversiones diarias como sinónimo de una expansión sana del protestantismo amerindio.Después de interrogar acerca de las imágenes de Cristo que más se divulgan en el evangelicalismo latinoamericano, y otra vertiente que llamo post evangelicalismo (que no está conceptualizada así en el documento, pero que parece dominar el escenario antes ocupado por las iglesias protestantes históricas), y llevarnos a cuestionarnos sobre el reduccionismo de esas imágenes si las comparamos con la riqueza de la cristología bíblica, los autores y autoras del escrito ponen delante de los lectores el tema de la conversión.

 Una de las características del cristianismo evangélico es la búsqueda de conversos . La historia del enraizamiento de esta fe en tierras latinoamericanas está llena de narraciones de conversión. Los colportores del siglo XIX que distribuían la Biblia, y porciones de ella, buscaron poner Las Escrituras en manos de tantas personas como les fuese posible hacerlo. No nada más para impulsar la alfabetización, aunque ese era uno de sus objetivos, sino sobre todo dar a conocer la Palabra a pueblos que la habían tenido vedada por siglos en su lengua materna. Esos esforzados distribuidores consideraban que la sola lectura de la Biblia abriría las mentes y corazones de quienes en sus páginas descubrirían el mensaje del Evangelio, y posteriormente tendrían disposición para unirse a la naciente minoría que iba a contra corriente de la religiosidad tradicional y mayoritaria.

Después, ya cuando en los distintos países de América Latina se consolidaban las iglesias evangélicas, la prensa forjada en ellas, los materiales educativos, la himnología, la predicación y primeras instituciones tuvieron una acendrada inclinación evangelizadora. De manera espontánea sencillos creyentes evangélicos fueron los principales promotores de su nueva fe. Las reconstrucciones históricas permiten hoy asegurar que del norte al sur de América y Latina y el Caribe la expansión del protestantismo evangélico fue obra del pueblo evangélico, y menos de esfuerzos misioneros exógenos respaldados por considerables recursos financieros.

 El punto de cambio, en cuanto a crecimiento numérico sostenido y ascendente, lo representó el asentamiento del pentecostalismo . Primero visto con reticencia y sospecha por el protestantismo histórico, después aceptado un tanto a regañadientes, para más tarde tenerle como nuevo paradigma a reproducir, el pentecostalismo es hoy, y todo indica que lo será en el futuro, el rostro predominante del evangelicalismo latinoamericano.

 Somos conscientes de que no podemos hablar de pentecostalismo en singular, sino de pentecostalismos en plural . Aunque tal vez, como ha propuesto desde hace una década y media Bernardo Campos,  debiéramos reconocer la realidad eclesial evangélica contemporánea como resultado de una línea de cierta continuidad con la Reforma protestante, pero al mismo tiempo con una evidente ruptura consistente en afirmar enseñanzas y prácticas divergentes de las sostenidas por los reformadores magisteriales . Las líneas de continuidad y de ruptura definen no tanto la pentecostalización de las iglesias protestantes, sino más bien su pentecostalidad, nos dice Campos ( De la Reforma protestante a la pentecostalidad de la Iglesia. Debate sobre el pentecostalismo en América Latina , CLAI, 1997).

En todas las grandes y medianas urbes de Latinoamérica se localizan enormes congregaciones evangélicas/post evangélicas, que ofrecen soluciones instantáneas en cada área de carencia de ávidos asistentes a sus tecnologizadas reuniones.  Todo, o casi todo, se centra en el carisma de los líderes que ofrecen infinidad de privilegios por convertirse, sin que a sus oyentes se les hable de responsabilidades de lo que significa el encuentro con el Evangelio de Cristo .

Si de algo  no  hay que convencer a las distintas expresiones del protestantismo evangélico es de evangelizar, de buscar impulsivamente nuevos conversos.  Es aquí donde tenemos que preguntarnos sobre en qué consiste la conversión que se promueve. ¿No es, acaso, más una invitación al éxito personal en el que está ausente el servicio a los otros y otras?  ¿El conversionismo no reduce a punto de llegada lo que debiera ser un punto de partida? ¿No es el encuentro con Jesús el inicio para redefinir las relaciones del nuevo seguidor con todos y cada uno de los órdenes de la vida, con base en lo enseñado por Él?

 Frente a una conversión espiritualista (que no espiritual en el sentido bíblico) el documento de estudio para los asistentes a CLADE V le contrapone una transformación integral de la persona:

 La vida cristiana se debe caracterizar por la conversión, que incluye el arrepentimiento de los pecados personales y sociales, la justificación por la fe, el nuevo nacimiento y un cambio de mentalidad y de normas de vida. Esa conversión o transformación radical de toda la existencia, si reclama una raíz y un contenido bíblico específicos, tiene que expresarse visiblemente en la adopción de un estilo de vida distinto del estilo de vida que impera en la sociedad circundante. En consecuencia, no se puede separar en planos irreconciliables la vida privada de la vida pública, la santidad personal de la santidad social, la justificación por la fe de la lucha por la justicia social aquí y ahora, la esperanza cristiana de una preocupación por todas las necesidades humanas, el amor al prójimo de la defensa de la dignidad humana. En otras palabras, se requiere una comprensión más bíblica del seguimiento de Jesús, entendiendo que el propósito de Dios apunta a la reconciliación de todas las cosas.

El párrafo citado nos llama a una conversión integral, en sintonía con el llamado de Jesús. Estoy de acuerdo, pero no entiendo bien qué se quiso decir con eso de llamar a la “santidad social”. Percibo que tal vez se trate de que las sociedades promuevan las relaciones justas entre los ciudadanos, que las instituciones sean transparentes en su ejercicio del poder, pero ¿no sería más adecuado decir que la santidad personal y comunitaria de los creyentes tenga repercusiones sociales? Porque la promoción de la “santidad social” pudiese prestarse a programas impositivos por parte de quienes desde las estructuras del Estado buscan generalizar al conjunto de la ciudadanía una agenda particular. Este punto requiere más precisión, sobre todo en tiempos en los cuales la tentación constantiniana es creciente.

La cita textual que hemos hecho del documento preparatoria es muy rica, tiene implícitos varios pasajes bíblicos, ¿por qué no hacerlos explícitos? Tal vez los autores no quisieron incurrir en un  biblicismo  que llena de versículos bíblicos sin ton ni son lo escrito. Porque si bien es cierto que pululan los que en otras partes ofrecen amplios ramilletes de citas de la Palabra, frecuentemente traicionando el sentido contextual de los versículos y haciéndoles decir lo que originalmente no dicen, hacer lo contrario (evitar citar la Biblia) es cuestionable porque lo mejor del protestantismo evangélico está en hacer visible el fundamento de su ser, la Biblia.

 El apartado sobre el seguimiento concluye con las siguientes líneas, que buscan recuperar el poder interpelante, que nos reta y cuestiona, de Jesús y la imposibilidad de su domesticación : “Seguir a Jesús de Nazaret por el camino de la vida demanda decirle un no categórico, comunitario y público a todos los caminos de muerte, a todas esas formas de violencia contra la dignidad humana que en más de una ocasión se han justificado ‘teológicamente’, desde los púlpitos y desde las cátedras, para complacer a los señores temporales de turno en nuestros países”. Sí, porque sólo las palabras de Jesús son espíritu y vida ( Juan 6:63 ).

Autores: Carlos Martínez García
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