Archivos para enero 19, 2012


JUAN STAM

“Te pondrá Jehová por cabeza y no por cola”

Foto: Eliverto Scherer

(pero hacen falta también las colas)

En nuestra finquita tenemos cinco perros, todos con cola, ¡a Dios gracias! Con sus colas ellos nos expresan su alegría y su amor. Para los perros, la cola es como una segunda lengua para expresarse.

No soy biólogo ni tengo la menor idea de la función del rabo en los animales, pero no quiero que nadie me los quite. ¿Quién puede imaginar un mundo en que ningún animal tenga cola?  ¡Que nuestro buen Dios no lo permita! ¿Cómo nos hablarían nuestros perros si no tuvieran cola? Y aun peor, ¿cómo sería si los animales fuesen toda cabeza, sin más cuerpo que eso?

Por supuesto, los humanos no llevamos cola; nuestro texto es una analogía del mundo animal. Una versión antropomórfica del texto podría ser, “Te pondré Jehová por cabeza y no por dedo gordo del pie izquierdo”. Y de nuevo el problema. ¿Cómo sería una sociedad, o una iglesia, en qué todos son cabeza y no existen los demás órganos y miembros, incluso el dedo gordo del pie izquierdo?  ¿Podría ser eso la voluntad de Dios?

El texto arriba citado, tomado fuera de contexto por los predicadores de la prosperidad, parece ser la cita de un dicho popular. El pasaje aparece al final de la lista de condiciones y bendiciones del pacto (Dt. 28:1-14), antes de expresar, con mucho más detalle, las consecuencias de la desobediencia (28:15-68). El versículo entero reza: “Te pondrá Jehová por cabeza, y no por cola; estarás encima solamente, y no estarás debajo, si obedecieres los mandamientos de Jehová” (Dt 28.13).

Uno de los vicios de nuestra mentalidad moderna es nuestro individualismo egocéntrico, que ve la sociedad sólo como un conglomerado matemático de individuos atómicamente aislados. Ese individualismo es un fenómeno moderno relativamente reciente. En el pensamiento bíblico no se concebía al individuo fuera de la comunidad, ni una comunidad despersonalizada y despersonalizadora. Por eso todo este texto se dirige al pueblo como pueblo (Dt. 27:11), y lo individual (partos, lactancia, cosechas, etc) aparece como aspectos de la vida comunitaria, en una relación integral de persona y comunidad.

En el contexto de este versículo, es obvio que se refiere a la nación, personificada como un “tú”, y no a individuos puestos encima de otros individuos. La frase anterior, “prestarás a muchas naciones y tú no pedirás prestado” (28:12), en el contexto antiguo no se refiere a las finanzas personales sino a la economía nacional: serás una nación acreedora y no deudora. (Las mismas frases en 28:43-44 se aplican específicamente al extranjero). En el mismo sentido, en el terreno internacional Israel será como cabeza, arriba y no abajo. Lo mismo se aplica a la promesa en 28:7, que Dios derrotará a los enemigos de su pueblo, texto que no debe aplicarse a los enemigos personales, como hacen algunos predicadores.  Por eso dice el pasaje, “te confirmará Jehová por pueblo santo suyo” (v.9) y “verán todos los pueblos de la tierra que el nombre de Jehová es invocado sobre ti, y te temerán” (v.10).

Si este versículo se aplicara a individuos y no a Israel como nación, produciría un escenario realmente ridículo, en que todos son cabezas (o si no son cabeza, es por su pecado o falta de fe). Un ejército de puros comandantes sin soldados rasos; un pueblo de puros caciques sin indios, como dice el refrán. La verdad es que en la iglesia sobran “cabezas” y hacen falta más y mejores “colas”.

Con la interpretación individualista de este texto salen otras preguntas: ¿cabeza de qué? Aquí cabe el refrán “mejor cabeza de ratón que cola de león”, pero también, mejor ser una buena cola que una mala cabeza (como las hay tantas). Y también, si voy a estar encima, entonces ¿encima de quién? Hace poco un predicador puso a todos a repetir juntos, “Fui hecho para estar arriba”. ¡Cómo los valores paganos de nuestra sociedad infiltran a la iglesia! ¡La competencia es la ley de la vida! Si estoy yo arriba, no importa que otros tengan que estar abajo.  ¿Es eso la voluntad de Dios para ellos?

Esta promesa, que en su época se dirigía al pueblo teocrático de Israel, tampoco debe aplicarse hoy a ninguna nación moderna. Hace poco escuché por radio una canción que decía, “Bendice a Costa Rica y sus siete provincias, bendice a sus pescadores y agricultores, porque Dios te ha escogido… Oye las promesas que Dios te ha hecho, te pondré encima de todas las naciones”. ¡Costa Rica es el nuevo Israel, el pueblo escogido de Dios! ¿Y qué de Nicaragua y las demás naciones?  Ya la historia ha demostrado los resultados funestos de naciones  mesiánicas que creen tener un destino manifiesto de salvar al mundo.

Un último comentario sobre Deut 28:13. Esta promesa, como muestra el versículo siguiente, traía una condición crucial: no “ir tras dioses ajenos y servirlos” (28:14). La promesa es premio por la fidelidad al único Dios y el rechazo de toda tentación idólatra. Por eso dijo Jesús, “No podéis servir a Dios y a las riquezas” (Mt 6:24; Lc 16:13) y San Pablo condenó “la avaricia, la cual es idolatría” (Col 3:5). Estos predicadores, en vez de estar fomentando la avaricia, deben de amonestar al pueblo contra las muchas idolatrías de nuestra sociedad contemporánea.

La mala interpretación con que estos predicadores manipulan un texto fuera de contexto va contra la enseñanza central de la Biblia, especialmente la de Jesús. El modelo social del pueblo hebreo, como muestra el año sabático y el Jubileo, era la igualdad (ver tres artículos anteriores, 11.18.08, 4.6.08; cf. 8.5.09). En el reino de Dios, todos somos reyes; nadie más rey que otro, nadie menos rey. Jesús mismo vino como un siervo (Lc 22:25-27; Jn 13), no para estar encima de nadie. Por eso dijo Jesús que los primeros serán postreros y los postreros primeros (Mt 19:30; 20:16; Mr 10:31; Lc 13.30). Según Jesús, a quien acepta ser cola, Dios lo tendrá por cabeza. ¡Cuanto más pequeño, tanto más grande! Para ser cabeza, hay que ser siervo de todos.

Un texto de San Pablo aplica una analogía fisiológica muy parecida al adagio de Deut 28:13, pero con un enfoque muy distinto:

Además, el cuerpo no es un solo miembro sino muchos.

Si dijere el pie: Porque no soy mano, no soy del cuerpo, ¿por eso no será del cuerpo?

Y si dijera la oreja: Porque no soy ojo,  no soy del cuerpo, ¿por eso no será del cuerpo?

Si todo el cuerpo fuese ojo, ¿dónde estaría el oído?

Si todo fuese oído, ¿dónde estaría el olfato?

Más Dios ha colocado los miembros cada uno de ellos en el cuerpo, como él quiso…

Ni el ojo puede decir a la mano: No te necesito,

ni tampoco la cabeza a los pies: No tengo necesidad de vosotros.

Antes bien los miembros del cuerpo que parecen más débiles, son los más necesarios;

y a aquellos que nos parecen menos dignos,

a éstos vestimos más dignamente;

y los que en nosotros son menos decorosos,

se tratan con más decoro.

Porque los que en nosotros son más decorosos, no tienen necesidad;

pero Dios ordenó el cuerpo, dándole más honor al que le faltaba…

(1 Cor 12:14-24)

¡Más claro no canta el’ gallo!

 

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El periodista Jon Sistiaga relata en un reportaje para Canal + su viaje a bordo del tren que lleva inmigrantes ilegales desde México con destino a EEUU
Jon Sistiaga-México

¿Por qué los inmigrantes suben a La Bestia y se juegan la vida? / Mario Lastra

“Usted no parece un indocumentado”, me dice altivo el jefe de la estación de tren de Ixtepex, en Oaxaca, México. “No lo soy”, le respondo. “¿Entonces por qué se va a subir a la Bestia y jugarse la vida?”, me pregunta. Cuando le digo que estoy haciendo un documental sobre los emigrantes ilegales que se suben a ese tren de carga para llegar a Estados Unidos me vuelve a mirar con recelo. “La Bestia”, “El tren de la muerte”, “El devoramigrantes”, son muchos los nombres que le han puesto a ese tren que cruza México de sur a norte y en el que los migrantes son robados, violados, secuestrados o asesinados. Y son muchos los que creen que maquinistas y encargados de los cambios de vías están compinchados con las Maras y los narcos que los asaltan. Que ellos son los que bajan la velocidad del tren en determinados tramos o avisan de los horarios de salida de los convoyes.
Llevo varios días esperando a que salga la Bestia y visitando albergues católicos que hospedan gratuitamente a esos hombres y mujeres que no tienen ni para pagarse un billete de autobús con el que atravesar México. Son vulnerables, débiles, y tienen miedo. Para los narcos y las mafias son un objetivo fácil. Ilegales en un tren de carga, es decir, mercancía a la que robar o secuestrar para extorsionar a las familias. ¿Quién los va a reclamar si los matan y los tiran del tren en marcha? ¡Si la mayoría de ellos no lleva ni documentación para evitar ser deportados si los detienen!. Serían un cadáver más en una fosa común más, como las muchas que hay en México. Sin embargo le caigo bien al jefe de estación: “Súbete en los remolques de cemento, que tienen un pequeño espacio entre vagón y vagón que te protege del viento” —me sugiere—, “¡ah!, y toma esto por si acaso…”, y me da dos garrotes de madera. “Para que tengas algo para defenderte por si las Maras suben esta noche a la Bestia”.
Suenan dos silbidos largos y agónicos. Son las tres de la mañana. El tren de carga que hace la ruta hasta Medias Aguas inicia su camino. Corremos con nuestras cámaras y nuestros garrotes porque hay que subirse en marcha. Correr un poco hasta ponerte a la misma velocidad que el tren y entonces saltar a la escalerilla del vagón procurando que la inercia que provocan las ruedas de acero no te succione. Decenas de migrantes han fallecido o han sido amputados de esa manera. He visto a algunos de ellos. Me han contado como se cayeron, o se resbalaron, o fueron empujados durante un asalto. Es el tributo que se cobra la Bestia. Para que pasen muchos de ellos, se tiene que quedar con alguno. Y lo que mas me sorprende es que, efectivamente, a pesar del peligro no dejan de subirse a ese tren que les lleva hacia el sueño americano. El corredor México – EE UU es el más importante del mundo según la Organización Internacional para las Migraciones (OIM).
Elijo un vagón de la compañía cementera Cemex. Mala suerte. El hueco está lleno. Hay tres hombres jóvenes cubiertos con gorras de béisbol y vestidos con sudaderas. No hay demasiado sitio. El espacio del centro es el mas codiciado porque es el mas protegido del viento y el frío. Les saludo y encendemos el foco de la cámara. Se sorprenden. Si son emigrantes seremos compañeros de un viaje incierto, si son halcones, emigrantes que trabajan para los narcos localizando a las víctimas mas débiles, se sentirán cohibidos. “Somos de Guatemala”, me dicen los jóvenes.
Los tres han cruzado a México ilegalmente a través del río Suchiate. Estuve allí hace un par de días. Es una de las fronteras mas porosas del mundo. Frente al puente internacional que delimita las aduanas de ambos países, decenas de pequeñas balsas hechas con neumáticos de camión pasan todos los días, a todas horas, todo tipo de mercancía. Refrescos, tabaco, azúcar, tuercas, ordenadores, droga, armas, personas… Es un río de apenas doscientos metros de ancho que no tiene profundidad. Un cartel gigante en en lado mexicano dice que esa ruta ilegal de contrabandistas se llama “Paso del coyote”. Un nombre muy apropiado, porque así es como se les llama aquí a los traficantes de personas.
“Este es un mal necesario porque los impuestos de las aduanas son muy caros y así hacemos un favor a la gente”, me explica Milton Aguilar, uno de los balseros. Tiene una extraña filosofía existencial construida durante toda una vida viviendo en los márgenes de la ley. Cuando le pregunto si le puedo llamar traficante o contrabandista me responde que no, que él es “una persona legal que se gana la vida honradamente haciendo un contrabando ilegal”. Una curiosa distorsión de su trabajo, le digo, y le pregunto si me pasaría ilegalmente a Guatemala y después me devolvería a México. “Son 20 pesos” (poco más de un euro), me dice… Y me monto en su balsa.
Cada año 140.000 ilegales cruzan los casi 600 kilómetros de frontera con Guatemala para entrar en el país azteca y se estima que unos 50.000 de ellos pasan por aquí. Miro a mi alrededor. Se les distingue perfectamente. Llevan una mochila con algo de ropa y comida, una mochila pequeña, por si tienen que salir huyendo de los controles de migración. Pero sobre todo llevan en el rostro la incertidumbre de un viaje largo, peligroso e incierto. Van cabizbajos, como queriendo pasar desapercibidos. O quizás están perdidos en sus propias dudas. Muchos de ellos no llegarán a su destino. Se los tragará la Bestia, o acabarán trabajando a las órdenes de los narcos, o serán explotadas por las redes de tratas de blancas que las moverán de prostíbulo en prostíbulo. Ninguno sonríe. Están serios. Más bien tristes. Es lo que los psicólogos llaman el “Síndrome de Ulises”, el estrés crónico y múltiple que sufren casi todos los emigrantes.
Cuando estoy a mitad de río, mirándoles, me doy cuenta de que me he olvidado el pasaporte en el coche. Que realmente estoy cruzando como un ilegal. En la playa que hay en el lado guatemalteco, junto a la ciudad de Tecun Umán, en un improvisado mercado, los mayoristas alquilan las barcas para pasar su mercancía sin pagar impuestos. “Si me cogen los federales mexicanos me quedo sin nada, pero si no paso la aduana me ahorro mucha plata en tasas”, se justifica uno de los dueños de la carga. Un coche de Policía se pasea por la zona saludando a todo el mundo. Milton me dice que no me inquiete, que son amigos, pero por si acaso le pido que volvamos a la balsa y regresemos a México.
Cuando vuelvo a pisar Chiapas alguien me dice: “Bienvenido a México, ahorita le toca subirse a la Bestia”. Y aquí estoy. En la Bestia. En ese tren que es una picadora de migrantes. Con estos compañeros de vagón que me han ofrecido un plátano y que yo he comido cortándolo en rodajas con mi navaja para que vean que, si no son lo que parecen e intentan asaltarnos, lo van a tener difícil. Todavía no me fío. Las sacudidas de los vagones nos mueven de un lado a otro. Hay que agarrarse a cualquier manivela, tuerca o saliente que encuentres. El tren aúlla y coge velocidad. Saltar o caerte es morir. Muchos migrantes han fallecido al quedarse dormidos. Son las cuatro de la mañana. Nos quedan cinco horas de viaje hasta la siguiente estación y anoto en mi cuaderno “No te duermas, Jon, sobre todo no te duermas…”.

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Juan Simarro Fernández

Retazos del evangelio a los pobres (LI)

“Y perdónanos nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores”. Texto completo en Mateo 6:9-15.

 

Este texto,  “perdónanos nuestras deudas como nosotros perdonamos a nuestros deudores” , interpretado desde los parámetros del Evangelio a los pobres, tiene hoy una significación muy específica y muy especial.  El mundo rico tiene a los pobres como deudores.  Los pobres, con su sacrificio, están financiando al mundo rico en concepto de una deuda contraída que se les exige que devuelvan. Duras políticas de ajustes para que esa deuda pueda ir siendo saldada, hace que muchos niños pasen hambre y, en su caso mueran. El mundo rico, una minoría en la opulencia y entre ellos muchos denominados cristianos, tiene al mundo pobre, al ochenta por ciento de la humanidad, como deudor… y siguen orando o rezando en las iglesias o en sus casas:  “perdónanos como nosotros perdonamos” . Esto es un atentado contra el Evangelio. Más aún, si pensamos en el Evangelio a los pobres.

 Esta quinta petición del Padre nuestro, me recuerda a la parábola de los dos deudores : el rico que había sido perdonado, los instalados en la sociedad a los que, no sé quién, les ha perdonado una gran deuda con la humanidad debido a sus acumulaciones injustas que nadie reclama ni condena, agarran por el cuello al deudor pobre y lo pone en aprietos de muerte, usa como esclavos a su familia y a sus hijos, hasta que acabe pagando la deuda… No hay misericordia. El pobre es considerado como deudor y se le aprieta hasta que ya no puede más. Hoy este texto clama y grita alrededor de un tema vital para muchos pobres: la deuda externa.

 Aquí hay un tema importante, si quisiéramos, como cristianos, poder orar esta petición a nuestro Padre, si fuéramos coherentes con la Biblia y con nuestra fe, deberíamos estar clamando por perdón al mundo pobre.  Muchos cristianos han tomado como base el tema del jubileo que aparece en las Escrituras. Debería clamarse por un jubileo universal y luchar por ello en busca de una mayor justicia en el mundo, para que nosotros, los cristianos, pudiéramos orar con tranquilidad y coherencia en la línea que nos marca esta quita petición:  “perdónanos como nosotros perdonamos” . Si no, los valores bíblicos, los valores que estamos viendo del Evangelio a los pobres, nos están condenando por nuestra falta de capacidad para perdonar.

Los cristianos deberíamos usar nuestra voz y nuestras fuerzas, nuestra capacidad de influencia y de denuncia, para que se fueran dando pasos en la dirección de la condonación de la deuda. Quizás así tendría sentido el que pidiéramos a Dios el ser perdonados así como nosotros perdonamos a los que nos deben, a nuestros deudores.

 Es verdad que el tema de la petición de perdón en la línea de esta petición del Padre nuestro, no se reduce al tema de esta deuda que los ricos reclaman de los pobres. Esta petición se puede aplicar en todos los órdenes de la vida , en las relaciones entre los hombres en general, entre los creyentes en el seno de las iglesias, en las relaciones de vecinos o de trabajo…, pero en este contexto que estamos tratando de los valores y las líneas del Evangelio a los pobres, encaja de una manera tal, que el mundo rico se siente interpelado por esta petición del Padre nuestro.

Se da en la situación del mundo un contrasentido, una esquizofrenia en la humanidad. Los países ricos que son deudores para con los países pobres por sus despojos, sus acumulaciones y gastos de energías, alimentos y bienes y servicios sin límite ante un Lázaro agonizante como es el inmenso mundo pobre, llaman deudores a los despojados y excluidos. ¿Quién es, realmente, el deudor y cuál es la cuantía de la deuda de cada uno? Por eso esta quinta petición del Padre nuestro me recuerda a aquella parábola tan llamativa de los dos deudores. Una parábola trágica y sangrienta, escandalosa y vergonzosa para el género humano.

 A los deudores ricos, el mundo les perdona y les rinde pleitesía. Con los deudores pobres se sigue la línea de la parábola: Se les tiene agarrados por el cuello hasta que paguen el último céntimo.  Así, la petición  “perdónanos como somos perdonados” , afecta al mundo en el que vivimos. Nos pone en evidencia ante el mundo pobre que pidió unos créditos que se ofertaban en épocas de crisis por gran liquidez, mientras que olvidamos al gran deudor, al deudor real, al deudor con respecto a las vidas y haciendas de los pobres del mundo.

Recordemos la historia de las conquistas, analicemos el trabajo de las multinacionales en el mundo hoy, analicemos las políticas de ajuste que se hacen para el mundo pobre hoy, por donde van y a quién pertenecen los flujos de dinero que circulan por el mundo intentando multiplicarse a costa de los más débiles del sistema.

Se podría afirmar con rotundidad: El mundo rico es deudor en grandísimas cuantías y no es capaz de personar la insignificante deuda de su hermano en el mundo pobre. Así, esta quinta petición del Padre nuestro resuena en el mundo hoy como una llamada de atención desde lo alto, como una llamada de atención de Jesús al perdón entre los hombres, a la reconciliación.

 El perdón no sólo debemos practicarlo entre los hermanos miembros de una misma iglesia, no sólo hemos de practicarlos en el seno de la familia, sino en el seno de esa gran familia que es el mundo entero . Yo creo que pocos en el mundo hoy se atreven a orar pidiendo al Señor que le perdone en la misma manera que él perdona. Así, muchas veces nos avergonzamos ante esta petición y la rezamos automática y repetitivamente sin fijarnos en lo que pedimos ni en la trascendencia de nuestra petición.

Tenemos que volvernos a Dios y pedirle que nos ayude a vivir de manera que podamos hacer esta petición de forma consecuente y sin tener que avergonzarnos.

Señor, no te pido que no nos perdones si no perdonamos. No me atrevo. Sí te pido que nos ayudes a poner en orden nuestra vida para poder ser consecuentes con esta petición, que afecta tanto al mundo, en la línea del Evangelio a los pobres.

Autores: Juan Simarro Fernández

©Protestante Digital 2011

La duda y el secreto de El topo

Publicado: enero 19, 2012 en Arte, Cine

José Segovia Barrón
¿Cómo hablar de la verdad a una generación a la que ya no le interesa la solución a los enigmas, sino en quién poder confiar?

 

 La mejor película británica del año –según algunos críticos– está hecha por un sueco, Tomas Alfredson. El director de  Déjame entrar  ha sorprendido a los ingleses con una fiel adaptación de la novela de espías de John Le Carré,  El topo.  Convertida en una serie de televisión a finales de los setenta –protagonizada por Alec Guiness–, el film recupera prodigiosamente el ambiente de aquella época. Lo que a Le Carré le interesa sin embargo de la Guerra Fría, no es el conflicto ideológico, sino la duda que produce la desconfianza, que nos muestra al ser humano como alguien solo y vulnerable.

Un topo es un agente doble, que actúa infiltrado en este caso en el servicio secreto británico –donde trabajó Le Carré–, a favor de los rusos. La novela fue publicada en inglés con el título de un juego infantil – Tinker, tailor, soldier, spy – en 1974, una década después de que se descubriera que Kim Philby y otros altos oficiales del M16 estaban dando información a los soviéticos. Es evidente que el escritor, que era ya conocido por su tercera novela – El espía que surgió del frío  (1963), adaptada al cine dos años después, bastante correctamente por Martin Ritt y Richard Burton–, pensaba en su antiguo colega, Philby, como  el topo.

La película cuenta con la colaboración del octogenario novelista, que proporcionó detalles sobre muchos aspectos del funcionamiento del M15 y M16. El estilo frío pero melancólico del cineasta sueco se adapta como un guante a este thriller cerebral, donde cada gesto está estudiado. La matizada interpretación que hace Oldman de Smiley –el antihéroe que protagoniza muchos de los libros de Le Carré–, recuerda a Guiness, no sólo en las gafas y corte de pelo, sino en su soledad, introversión y elegancia. El personaje transmite una extraña sensación de abatimiento controlado, con la mirada taciturna e inquietante, que acompaña su dicción pausada.

 LOS DISFRACES DE LA TRAICIÓN
 El envejecido John Hurt –jefe de la cúpula del M16, conocido por el nombre de Control– advierte que “no se fíe de nadie”, a un joven agente de confianza, que envía en una misión a Hungría –Checoslovaquia en la novela, que leí de adolescente–, para descubrir al  topo .  Algo falla inesperadamente y Control es expulsado de la cúpula, junto a su lugarteniente Smiley, que es llamado de nuevo para desenmascarar al agente doble.

El número de sospechosos se reduce a cinco: el ambicioso personaje interpretado por Toby Jones (“el calderero” del título original), el elegante galán Colin Firth (“el sastre”), el implacable Ciaran Hinds (“el soldado”), el solícito David Dencik (“el pobre”), y para su sorpresa, Control incluía también en su investigación al propio Smiley (“el espía”), que tiene como ayudante a Benedict Cumberbatch (el peculiar actor que interpreta ahora la sorprendente serie que ha hecho la BBC de Sherlock Holmes).

La sutil música del español Alberto Iglesias acompaña la intrigante trama de conspiración y traición, que desarrollan unos lacónicos diálogos, conformando un ambiente de sospecha y ansiedad realmente enervante. Todo en torno a Smiley resulta falso: la información que supuestamente Jones ha descubierto, la pretendida lealtad al país de uno de ellos, y la fidelidad de una esposa, que le engaña continuamente. No hay nada genuino. Esto provoca la aflicción que demuestra su lúgubre rostro.

 EL PESO DEL DESENCANTO
En el libro de conversaciones con John Le Carré de la Universidad de Mississippi, el escritor dice que “Smiley es alguien entregado a la duda, en ese sentido, una figura totalmente contemporánea”. Esa es la explicación por la que una película así, sobre el final de la Guerra Fría en 1973, fascina a tantos, todavía hoy. Su intriga complicada y turbia nos presenta un héroe realmente postmoderno. A Smiley no le interesan las ideologías. Le preocupa más la confianza que la verdad.

 Esta excelente película, densa, compleja y sutil, revela la autenticidad encubierta tras la impostura de los disfraces de la traición . Es un film básicamente atmosférico, donde más que resolver misterios y desvelar identidades ocultas, lo que importa es sentir el peso del desencanto. Ya que el cansancio de Smiley nace de un hastío vital.

 En una sociedad donde disponer de más información no equivale a conocer mejor a las personas, todo se rige por el principio de la incertidumbre. ¿Cómo hablar de la verdad a una generación a la que ya no le interesa la solución a los enigmas, sino en quién podemos confiar? El cristianismo presume de conocer la verdad absoluta, pero carece de la confianza que haga que muchos estén dispuestos a escucharla.

 ¿VERDAD O CONFIANZA?
 La verdad que debemos presentar al mundo no es quiénes somos los cristianos, sino quién es Aquel, cuya verdad nos hace libres ( Juan 8:32 ). La imagen que muchos tienen del cristianismo hoy es terriblemente narcisista, tan ocupado en lo que hace, en sus logros espirituales y morales, totalmente absorto en sí mismo . La mirada que nos libera, sin embargo, es la que nos aparta de nosotros mismos, para ver al “Autor y consumador de la fe” ( Hebreos 12:2 ). Es Él quien merece toda nuestra confianza.

La principal diferencia entre el efecto práctico que produce la traición que la Biblia llama pecado, y la buena noticia del Evangelio, es que uno nos hace mirar hacia dentro, y otro hacía fuera. Cuando pensamos en nosotros mismos, nuestros errores y logros, buenas o malas obras, fuerza o debilidad, lealtad o traición, nuestra confianza flaquea, como la de Smiley. La fe viene cuando “ponemos nuestros ojos en Cristo”.

 La introspección que nos hace centrarnos en nosotros mismos no es el autoexamen que fomenta la Biblia. La Ley nos hace ver la realidad de lo que somos, pero el Evangelio nos hace confiar en Cristo . No es en nosotros que encontramos valor, fuerzas y capacidad. Es en Jesús, que encontramos seguridad.

 LA GRACIA DE OLVIDARSE DE UNO MISMO
 Pablo se veía al final de su vida como “el menor de los santos” ( Efesios 3:8 ) y “el mayor de los pecadores” ( 1  Timoteo  1:15 ). Su crecimiento espiritual consistía en una mayor dependencia de Cristo y su misericordia . Porque el objetivo de la vida cristiana no es que podamos llegar al momento en que necesitemos menos a Cristo, porque seamos ya mejores. Es poder decir como aquel viejo pastor en su lecho de muerte: “estoy seguro que voy al cielo, porque ya no recuerdo ninguna buena obra que haya hecho”. Conocer la gracia de Dios es olvidarse de uno mismo.

El énfasis en la Biblia no es en la obra de los redimidos, sino en la obra del Redentor. Ese el mensaje que tenemos que anunciar al mundo: no lo que hacemos los cristianos, sino lo que Cristo hace. Esa es la esperanza que nuestra sociedad necesita, la verdad que merece toda confianza.

Los cristianos también necesitamos esa seguridad, para enfrentarnos a nuestras dudas secretas: la confianza que no viene de nuestra fidelidad, sino de la fe en Cristo Jesús.  El creyente es el que ya no se mira a sí mismo, piensa en lo que era antes y lo que es ahora, como resultado de sus esfuerzos, sino que ve a Jesús y su obra, descansando sólo en ella. Esa es la verdad que nos libera: Aquel en quien podemos confiar, y olvidarnos de nosotros mismos.

Autores: José de Segovia Barrón

©Protestante Digital 2011


César Vidal Manzanares

La Reforma indispensable (30)

Meses antes de la disputa de Leipzig, Eck era un defensor del poder papal, mientras que Lutero estaba cerca de considerar la Iglesia católico-romana una entidad perversa.
La política de acercamiento del pontífice al elector Federico se puso claramente de manifiesto en la misión que llevó a cabo el agente papal Carlos von Miltitz. Dotado de una notable ambición diplomática y de un elevado concepto de si mismo, von Miltitz era un alemán italianizado que, en apariencia, estaba especialmente bien dotado para su comisión. Miltitz llegó a la corte del Elector cargado de regalos papales.  De entrada, varios hijos bastardos de Federico iban a ser legitimados en virtud de sendas dispensas papales. Además, el pontífice le otorgaba la Rosa de oro, una distinción verdaderamente extraordinaria. Por si fuera poco, von Miltitz aseguró al elector que tanto el papa como el cardenal Accolti habían emitido algunas opiniones bastante negativas acerca de Tetzel y de Prierias, enemigos ambos de Lutero. A cambio de aquel despliegue de halagos papales, se esperaba que el elector respaldara la política del papa en relación con el sucesor del emperador Maximiliano. En otras palabras, los asuntos espirituales podían esperar frente a la situación política del papado.

 Lutero se entrevistó varias veces con Miltitz  en Altenburg, pero no se dejó engañar por el estilo de su interlocutor. Sin embargo,  aceptó la idea de mantenerse apartado de cualquier controversia siempre que sus oponentes actuaran de la misma manera . Miltitz prometió entonces lograr la intervención de un mediador más imparcial como el arzobispo de Salzburgo o el obispo de Tréveris.

En un intento de facilitar la correcta comprensión de sus opiniones, Lutero redactó una breve declaración donde salía al paso de las acusaciones de que la enseñanza de la justificación por la fe era un llamamiento a olvidar las buenas obras. El texto incluía un párrafo bien revelador: “No he pasado por alto las buenas obras. Sólo he afirmado que, al igual que el árbol ha de ser bueno antes de poder dar buen fruto, de la misma manera el hombre ha de ser hecho bueno por la gracia de Dios, antes de hacer lo bueno”.

 Y entonces, intervino un teólogo llamado Juan Eck.

 LA DISPUTA DELEIPZIG: LOS PRELIMINARES
Cuando todavía corría el año 1517,  Juan Eck,  un antiguo amigo de Lutero, vano, violento y amigo de la bebida,  hizo circular un virulento ataque contra las Noventa y cinco tesis.  El agustino se sintió profundamente herido por el episodio, pero no respondió. En realidad,  quien salió en su defensa fue Carlstadt, uno de los seguidores de Lutero.  En respuesta, Eck lo desafió a una disputa pública, aunque lo cierto es que deseaba enfrentarse con Lutero. Así, durante los meses siguientes, en que se preparaba el encuentro que sería conocido como la disputa de Leipzig, se desencadenó un enfrentamiento por escrito de enormes consecuencias.

Hasta aquel entonces, la línea de argumentación de Lutero se había sustentado de manera esencial en las Escrituras y se había centrado en las doctrinas de la gracia y en determinados problemas pastorales. Sin embargo, a esos aspectos se iban a sumar otros. De una manera casi casual,  en sus Resoluciones, Lutero había sugerido que en la época de Gregorio I, la iglesia romana no estaba por encima de las otras iglesias  ( non erat super alias ecclesias ).  Eck aprovechó esta declaración ciertamente de pasada para formular la duodécima de una serie de tesis que publicó contra Lutero y Carldstadt  y que afirmaba: “Negamos que la iglesia romana no fuera superior a las otras iglesias en la época de Silvestre, sino que reconocemos que aquel que tiene la sede y la fe del bienaventurado Pedro siempre ha sido el sucesor de Pedro y el Vicario de Cristo”.

 Aquella afirmación provocó que Lutero se lanzara a un estudio intensivo de la Historia de la Iglesia y del derecho canónico  cuyos resultados no se hicieron esperar. No mucho después afirmaba:

“Que la iglesia romana es superior a todas las iglesias está ciertamente demostrado por los decretos promulgados por los pontífices romanos durante los últimos cuatrocientos años. Pero este dogma eclesiástico es contrario a las Historias comprobadas de 1100 años, a la enseñanza sencilla de la Divina escritura y al decreto del concilio de Nicea, el más sagrado de los concilios”.

 Según Lutero, ciertamente, el desarrollo del poder papal había sido excepcional en los últimos cuatro siglos, pero la Biblia no hacía referencia alguna a la iglesia de Roma más allá de  la carta enviada por Pablo y el decreto del concilio de Nicea dejaba de manifiesto que el papel del papa había sido mínimo en el mismo a diferencia de lo sucedido con los obispos orientales. Sin embargo, aquello era sólo el comienzo.

 Durante la Edad Media, había sido habitual fundamentar el poder papal en una serie de documentos falsos a los que se denomina convencionalmente como “fraudes píos”.  Esos textos incluían desde las pseudos-decretales a la Donación de Constantino, un texto en el que, supuestamente, el emperador entregaba al obispo de Roma los territorios pontificios, pero, que, en realidad, era un falsificación. El inicio del estudio histórico-crítico durante el Renacimiento había puesto de manifiesto la falta de autenticidad de estos textos canónicos lo que se había traducido, entre otras circunstancias, en un cuestionamiento del poder papal. Lutero había sido ajeno hasta ese entonces a estos aspectos históricos, pero ahora descubrió, por ejemplo, la obra del humanista Lorenzo Valla que, en 1440, había demostrado definitivamente que la  Donatio Constatini  era una falsificación.

En la actualidad, esa circunstancia no reviste especial relevancia, primero, porque casi nadie sabe qué es la  Donatio ; segundo, porque el papa ha abandonado los planes mantenidos durante siglos de ampliar territorialmente los Estados pontificios y, tercero, porque el católico medio tiene una capacidad de metabolizar la Historia de su iglesia verdaderamente prodigiosa. Sin embargo, a finales del s. XV e inicios del s. XVI, el descubrimiento del fraude tuvo consecuencias fáciles de entender en la medida en que indicaba que la Santa Sede no había tenido escrúpulo alguno en perpetuar un engaño con la única finalidad de legitimar su poder político. El descubrimiento afectó también a Lutero.

El 13 de marzo, cuando se hallaba inmerso en el estudio de las decretales, llegó a escribir:“Y, dicho sea entre nosotros, no sé si el papa es el Anticristo mismo o tan sólo su apóstol, por la manera tan terrible en que Cristo, i. e., la Verdad es maltratado y crucificado por él en las decretales”.

 Por lo tanto, meses antes de que tuviera lugar la disputa de Leipzig, las posiciones estaban claramente definidas. Eck era un indudable defensor del poder papal, mientras que, en el caso de Lutero, las dudas sobre la institución habían avanzado extraordinariamente hasta hallarse cerca de considerarla una entidad verdaderamente perversa.

 CONTINUARÁ: La Disputa de Leipzig y sus consecuencias

Autores: César Vidal Manzanares

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