Archivos para febrero 9, 2012


Una exposición descubre la obra del fotógrafo estadounidense Lewis Hine, pionero del documentalismo social

‘Medianoche en el puente de Brooklyn’, 1906. ©Colección George Eastman House, 2012. / LEWIS HINE

Fue uno de los pioneros en entender que el arte es un instrumento perfecto para cambiar la realidad. El trabajo infantil, la emigración y las terribles condiciones de vida de los obreros en Estados Unidos a comienzos del siglo XX fueron permanente motivo de inspiración de Lewis Hine (Wisconsin, 1874-Nueva York, 1940), fotógrafo estadounidense y pionero del documentalismo social. La fundación Mapfre dedica al artista una retrospectiva con 170 imágenes que a partir de mañana se puede visitar en su sede madrileña.

Maestro y sociólogo de profesión, la fotografía no fue su vocación inicial. Él quería cambiar el mundo y buscaba pruebas sobre las que armar sus argumentos. Con un grupo de estudiantes se adentró en las condiciones de vida de los niños durante el cambio de siglo. El escenario era la isla de Ellis, el centro de recepción de inmigrantes en Manhattan.

Allí retrató la llegada de embarcaciones cargadas de exhaustas familias europeas que huían del hambre de sus países de origen, hombres y mujeres de mirada aturdida, grupos de italianos sentados sobre sus petates a la espera de destino, mujeres dormitando y niños, muchos niños, con marcas de mugre en la cara y tristeza infinita en la mirada. Esas primeras imágenes le convencieron de la fuerza que la fotografía para influir en la opinión pública. Ya nunca soltaría la cámara.

Capturó la llegada y quiso seguirles hacia los lugares en los que hacinaban, en los que comían y en los que trabajaban. Aspiró a denunciar el rechazo de la población americana que les recriminaba el no conocer su idioma, sus costumbres, sus familias numerosas con mujeres siempre preñadas y cargadas de hijos…Es un patrón de comportamiento que, como recuerda la comisaria, Alison Nordström, repetimos los países ricos ante la llegada de inmigrantes del tercer mundo.

Los niños trabajadores en Estados Unidos, entre 1903 y 1913, fue su segunda serie importante, aunque el tema no lo abandonaría nunca. Retrató numerosos niños y niñas con expresión de adultos que trabajaban 14 horas en las fábricas, como repartidores, lustrando zapatos o colocando bolos para que otros jugaran. Lejos de ir a la escuela, les contrataban para los trabajos más penosos por menos dinero que a los adultos y, al igual que los mayores, los pequeños sufrían accidentes por los que terminaban con las piernas o los brazos amputados y condenados a la mendicidad de por vida. Con estas fotos Lewis Hine luchó y logró grandes avances para mejorar las viviendas de los extranjeros y erradicar los talleres de explotación infantil.

A finales de la primera Guerra Mundial, Hine viajo a Europa y, empotrado en la Cruz Roja Americana, pudo seguir a los niños, las grandes víctimas también en las guerras.

La construcción del Empire State en Nueva York (1930-1931) le dio las oportunidad de denunciar las condiciones de peligrosidad en las que trabajaban los obreros de la construcción. Hay hombres que parecen volar entre las grúas, otros que se refugian de los cascotes que caen o aguantan el viento paleta en mano.

Lewis Hine empezaba a vivir de la fotografía cuando murió de una complicación posoperatoria en un hospital neoyorkino. Había recibido encargos de Life o Fortune pero no le pagaron suficiente para evitar el desahucio de su casa. Murió solo y pobre, sin saber que se convertiría en el maestro de la fotografía documental.

Familia italiana buscando equipaje perdido, isla de Ellis, 1905. Colección George Eastman House, 2012

‘Hilandera en una fábrica de Nueva Inglaterra’, 1913. Colección George Eastman House, 2012.

‘Niño que perdió un brazo manejando una sierra en una fábrica de cajas’, ca. 1909. Colección George Eastman House, 2012.

‘Esperando a que abra el dispensario. Distrito de Hull House, Chicago’, 1910. Colección George Eastman House, 2012.

 

 

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El joven huyó del país ante la multitud de llamadas a su ejecución

Los clérigos saudíes piden su cabeza por insultar al profeta

 

El periodista saudí Hamza Kashgari.

Un periodista de Arabia Saudí ha sido detenido en Malasia tras huir de su país por la oleada de críticas y llamadas a su ejecución que provocaron algunos de sus mensajes en Twitter. El columnista, de 23 años, mostró sus dudas acerca de Mahoma en sus tuits, lo que generó unas 30.000 respuestas en la red y las críticas de algunos clérigos sauditas que piden que se le castigue con la pena de muerte.

“El arresto -a su llegada al aeropuerto- forma parte de una operación de la Interpol a petición de las autoridades saudíes”, ha asegurado un portavoz de la policía malasia, que no ha dado más detalles ni ha avanzado si el reportero, Hamza Kashgari, será extraditado a Arabia Saudí.

Kashgari subió sus mensajes a la red social el pasado sábado, el mismo día en que se celebra el cumpleaños del profeta Mahoma. Aunque ya es imposible localizar los mensajes, porque él mismo los borró de su cuenta tras la polémica generada, los medios de comunicación locales informan de que en ellos el periodista refleja su visión contradictoria sobre el profeta. Según a agencia AFP, el joven escribió: “He amado cosas sobre ti y he odiado otra. Hay muchas cosas tuyas que no entiendo. No voy a orar por ti”.

La blasfemia es un crimen castigado con la ejecución en Arabia Saudí, según su estricta interpretación de la ley islámica, pero no lo es en Malasia.

Malasia y Arabia Saudí no tiene un tratado formal de extradición, pero un portavoz del Ministerio del Interior de Malasia, que pidió no ser identificado, explicó que Kashgari podría ser extraditado en virtud de otros acuerdos bilaterales de seguridad.

 

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La cumbre eclesiástica sobre la pederastia declara a las víctimas como prioridad

La jerarquía prepara un plan de acción para atajar el problema

El cardenal Reinhard Marx espera al inicio de la conferencia de prensa de clausura del simposio sobre abusos sexuales celebrado en Roma. / GREGORIO BORGIA (AP)

No son fáciles los cambios en una organización sólida y boyante con más de 20 siglos de antigüedad, cuya directiva está formada por un consejo de ancianos y cuyo jefe máximo —en la tierra— solo tiene que dar cuentas a Dios de sus decisiones infalibles. Tal vez solo así se pueda explicar la reacción tardía y errática de la Iglesia católica ante los miles de abusos a menores cometidos por clérigos en todo el mundo. Y tal vez solo así se pueda entender hasta qué punto el simposio sobre esta cuestión, organizado por el Vaticano y clausurado el jueves en Roma, ha supuesto un giro copernicano en su política. No solo porque por primera vez —en directo, con luz y taquígrafos— representantes de 110 conferencias episcopales y superiores de 30 órdenes hayan escuchado de viva voz el testimonio de una de “sus” víctimas, sino también porque el mensaje, rubricado con el sello papal, es nítido y contundente: “Las víctimas son nuestra prioridad. Los curas, ante el juez”.

La Iglesia puede estar callada durante décadas —incluso con un silencio cómplice—, pero cuando habla lo hace midiendo muy bien el mensaje, los tiempos, la escenografía. Desde el lunes hasta el jueves, Roma ha sido la sede de un simposio milimétricamente organizado por el Vaticano, a través de la Pontificia Universidad Gregoriana, para lanzar un mensaje muy claro al orbe cristiano resumido en tres reflexiones del Papa y una cuarta pronunciada por el obispo Charles Scicluna, promotor de justicia del Vaticano. Las frases de Benedicto XVI son: “La pederastia es una tragedia. Las víctimas tienen que ser nuestra preocupación prioritaria. La Iglesia necesita una profunda renovación”. La cuarta reflexión, la del obispo Scicluna, es la consecuencia lógica de las tres anteriores y supone, de hecho, un gran salto adelante: “Es erróneo e injusto aplicar la ley del silencio ante los casos de pederastia. El abuso sexual de menores no es solo un delito canónico, sino también un delito perseguido por el Derecho Civil. Por tanto, es esencial cooperar con las autoridades”. El cardenal de Múnich (Alemania), Reinhard Marx, vino a decir lo mismo en el cierre de la cumbre, aunque de otra manera: “La legislación estatal no se puede ver como una injerencia en los asuntos de la Iglesia”.

Representantes de la curia han mostrado su preocupación por lo que pueda estar sucediendo aún en Asia o en África

Cualquiera, con un mínimo punto crítico, puede responder que las valoraciones antes expuestas son un rosario de obviedades. Y es cierto. Pero son un rosario de obviedades que, hasta hace poco, la Iglesia tenía sepultadas bajo las siete llaves de los ojos cerrados, de la negación, de la estigmatización de las víctimas, de la protección —casi delictiva— de los culpables… Teniendo en cuenta estos antecedentes es cuando adquiere valor el simposio. No solo por lo dicho, sino por la forma de decirlo.

El encuentro ha sido en realidad una ceremonia en la que, de forma pública, se ha representado el sacramento de la Penitencia. El Papa, en su mensaje inaugural, aportaba la necesaria dosis de arrepentimiento al reconocer la gran deuda de la Iglesia con las inocentes víctimas de sus pastores. Enseguida, los participantes conocieron el testimonio desgarrador de Marie Collins, la mujer irlandesa de 65 años que, cuando tenía 13 y se encontraba sola y enferma en un hospital, fue agredida sexualmente por un capellán: “Las mismas manos que abusaban de mí me daban la comunión”. Sus palabras ante los sacerdotes y obispos reunidos en Roma —para que ya nadie en el seno de la Iglesia pueda decir nunca que no se enteró, que no sabía— fueron dadas a conocer inmediatamente a la opinión pública, en un mensaje muy nítido de que ya se acabó el tiempo del silencio. El testimonio de Collins —su agresión, la forma en que el sacerdote le inoculó la culpa, la estrategia de la jerarquía para protegerlo— representó de una forma muy gráfica la actitud de la Iglesia durante décadas. Estos días la Iglesia ha reconocido, ante sí y ante el mundo, el más feo de sus pecados.

La penitencia impuesta —más de 2.000 millones de dólares (1.507 millones de euros) pagados en indemnizaciones y una bruma de sospecha que envuelve también a los inocentes— deberá desembocar ahora en un eficaz propósito de enmienda. Los participantes en el simposio, que pidieron perdón públicamente a las víctimas, tendrán que elaborar antes de mediados de mayo una serie de propuestas para intentar atajar un problema cuyas dimensiones aún no se conocen. De hecho, algunos representantes de la curia han mostrado su preocupación por lo que pueda estar sucediendo en Asia o en África, de donde prácticamente no llegan denuncias.

Pese al largo camino por recorrer, el representante en el simposio del episcopado italiano, el cardenal Lorenzo Ghizzoni, asegura que estas jornadas han supuesto “un cambio de mentalidad” total: “La determinación de poner en primer lugar a las víctimas es un verdadero giro copernicano para la Iglesia”.

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María Garzón sacó la cara por su padre, quien ha sido inhabilitado por 11 años. El polémico juez fue quien logró detener a Pinochet

Jueves 09 de febrero de 2012 – 08:24 pm
Baltasar Garzón
Una mujer se solidariza con el juez Baltasar Garzón. (AP)

Madrid (EFE). María Garzón Molina, hija del magistrado Baltasar Garzón, ha contestado este jueves a todos aquellos que se han alegrado por la inhabilitación de su padre y que “brindarán con champán“, que ni ella ni su familia bajarán la cabeza ni derramarán una lágrima por su culpa.

A todos ustedes les diré que jamás nos harán bajar la cabeza, que nunca derramaremos una sola lágrima por su culpa, no les daremos ese gusto”, ha asegurado María Garzón en una carta enviada a los medios de comunicación después de que el Tribunal Supremo haya condenado a su padre a 11 años de inhabilitación en su carrera profesional.

La hija del magistrado dirige su misiva a todos los que “durante años han vertido insultos y mentiras” y a los que “por fin hoy han alcanzado su meta, conseguido su trofeo”.

“NOS HAN TOCADO PERO NO HUNDIDO”
“Nos han tocado, pero no hundido, y lejos de hacernos perder la fe en esta sociedad nos han dado más fuerza para seguir luchando por un mundo en el que la Justicia sea auténtica, sin sectarismos, sin estar guiada por envidias, por acuerdos de pasillo”, escribe la joven.

En su carta aboga por una Justicia que “respeta a las víctimas, que aplica la ley sin miedo a las represalias”, por una “Justicia de verdad”, en la que, según ella, le han enseñado a creer desde que nació.

En esa Justicia en la que, según María Garzón, le han enseñado a creer desde que nació y la que desea que su hija, “que hoy corretea ajena a todo, conozca y aprenda a querer”.

A pesar de que con la sentencia a su padre, la Justicia a la que se refiere su hija ha sido, según ella, “mermada”, María Garzón confía en que “este golpe” no se vuelva en contra de la sociedad “por las graves consecuencias que la jurisprudencia sembrada pueda tener”.

“Ustedes hoy brindarán con champán, pero nosotros lo haremos juntos, cada noche, porque sabemos que mi padre es inocente y que nuestra conciencia SÍ está tranquila”, concluye María Garzón.

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