El escándalo de las palabras hueras

Publicado: mayo 8, 2012 en Misión Integral

 

Juan Simarro Fernández

Y se escandalizaban de Él (V)

La crítica, queja o lamento contra las palabras hueras de los que practican una espiritualidad cristiana mutilada.

 

 Jesús critica fuertemente a los que dicen, pero no hacen. Si hoy nosotros criticásemos así a los religiosos, sería un escándalo . Éstos, en la parábola de los dos cimientos, son como los necios que edifican su casa sobre la arena, sin cimientos firmes. En el Evangelio de Mateo nos dice que tengamos cuidado de no imitarlos “porque dicen y no hacen”, “ponen cargas, pero ni con un dedo quieren moverlas”. Son inactivos, no son hacedores de la Palabra, como se dice en otros contextos bíblicos.

 Esta palabrería inactiva también es aplicable a la acción social, al compromiso con los pobres, a las responsabilidades cristianas en busca de justicia… aunque algunos se escandalicen.  No consiste en hablar solamente de los pobres de vez en cuando, sino de ponerse en acción buscando la misericordia y la justicia social con una mejor redistribución de los bienes del planeta.

No consiste en acordarnos de los pobres cuando vamos a comer, como ocurre en la mayoría de las oraciones por los alimentos en las casas de las familias cristianas, sino en actuar, compartir, buscar mejor reparto, denunciar… dar ejemplo de vida sencilla, de estilos de vida y prioridades siguiendo las líneas de Jesús. Esto no debe escandalizar a nadie.

Hay veces que hablar ya es como actuar, cuando hablamos siendo la voz de los que no la tienen, cuando hablamos para poner de relieve la injusticia, cuando hablamos buscando la liberación de los pobres y oprimidos de la tierra. Normalmente, los que usan la voz como acción, son personas que también dan ejemplo de ser movidos a misericordia manchándose las manos como buenos samaritanos con los que, apaleados y despojados, han quedado tirados al lado del camino. El gran escándalo es que un porcentaje tan alto de personas en el mundo esté en esta situación ante el silencio de muchos cristianos.

 La crítica o acusación de decir y no hacer, la queja o el lamento de que hay personas que dicen, pero no hacen, está dirigida a los religiosos y, fundamentalmente, a los religiosos que ocupan cargos de responsabilidad . Este lamento crítico está dirigido a los que “ensanchan sus filacterias, y extienden los flecos de sus mantos; y aman los primeros asientos en las cenas, y las primeras sillas en las sinagogas, y las salutaciones en las plazas y que los hombres les llamen: Rabí, Rabí”. O sea, a los líderes religiosos, a los que hoy conocemos como pastores, sacerdotes, ancianos, obispos… ¡Qué gran responsabilidad tienen éstos! Este lamento crítico no nos debe escandalizar, sino ponernos en marcha.

 Parece que este no es uno de los temas que se tratan en los seminarios, parece que éstos enseñan más a hablar que a actuar, a decir que hacer…  Esto sí que puede ser un tanto escandaloso. No es de extrañar que luego digan, pero no hagan y que contaminen a la iglesia para que ésta sea una voz insolidaria, inconsecuente, necia como los edificadores de casas sobre la arena… No se enseña mucho el ser “hacedor de la Palabra”. Por eso, el “dicen, pero no hacen”, es una crítica o acusación que, desgraciadamente, se puede hacer de forma muy general, aunque no total, a la iglesia de Dios en la tierra. ¡Qué escándalo!

Cuando esto ocurre, tanto los cargos eclesiásticos, como las iglesias o congregaciones en general, corren el riesgo de dejar de ser líderes o iglesias del Reino. Cuando falta la acción comprometida con los débiles del mundo, se convierten en pastores, líderes y congregaciones del antirreino, porque los valores del Reino de Dios buscan justicia y acción comprometida. No hay más que leer las parábolas del Reino. A los líderes habría que aplicarles la frase de Jesús, frase que es extensible a todos los que quieren seguir al Señor: “El primero entre vosotros será vuestro servidor”. Frase también sumamente escandalosa.

 Esta idea de “servidor”, de servicio, es la que va dando coherencia a la palabra, a lo que decimos.  Esta idea de “servidor” o de servicio es la que pone el fundamento de toda la acción social cristiana, la que da sentido a la búsqueda de justicia, la que apoya el hecho de que hay que clamar contra los acumuladores del mundo buscando una mejor redistribución de los bienes del planeta entre todos.

Sin servicio no hay evangelio, sin servicio no hay coherencia en lo que hablamos, si decimos pero no hacemos estamos construyendo la iglesia sobre cimientos de arenas que amenazan ruina, estamos formando fieles que no serán nunca hacedores de la Palabra, no serán nunca movidos a misericordia como buenos samaritanos, como buenos prójimos. Sin servicio sólo hay escándalo.

 No hay que seguir nunca a los que hablan de justicia y están al margen de lo justo… aunque sea por omisión de la ayuda. El pecado de omisión no está suficientemente predicado en las iglesias, no se enseña con la intensidad que hay que enseñarlo.  El que es inactivo, se hace cómplice de los verdugos que hacen sufrir a tantas víctimas en el mundo. Se une al gran escándalo del mundo de la pobreza.

Hay que desconfiar de aquellos que proclaman una revolución de valores en el mundo, pero que no mueven un dedo para transformar este mundo, para desafiar las estructuras injustas de poder que marginan y oprimen a más de media humanidad… así, no se entiende el concepto de projimidad que nos dejó Jesús: “Dicen, pero no hacen”.

Hoy en día sobran predicadores que, con palabras hermosas se dirigen a las gentes en las iglesias, incluso en las plazas y en los amplios recintos… faltan los que hablan con su conducta, con su acción, con su ejemplo, con su ser movidos a misericordia. Más que maestros de palabras bonitas, necesitamos maestros de vida comprometida, maestros de vida que se comprometen hasta no importarles perderla. Maestros de vida, de vida comprometida que den ejemplo claro con sus opciones y prioridades, que hablen con su forma de vivir y de pararse al lado de los caminos tendiendo sus manos de ayuda.

 “Dicen, pero no hacen”. ¡Qué triste expresión! ¡Qué escándalo! Es la expresión de la antivida , del no ser de la iglesia ni del compromiso cristiano… de la muerte. El hablar, pero no actuar, nos incapacita para vivir una vida más humana, para el seguimiento al Maestro, aunque nos vistamos de ropajes religiosos y martiricemos nuestros cuerpos con ayunos y largas oraciones. Todo quedará en un lamento que surge de los labios del Señor: “Dicen, pero no hacen”… Levadura de la antivida, del no ser de la marginación y pobreza del mundo, del pecado de omisión que nos convierte en cómplices de los opresores y acumuladores del mundo.

 La doctrina se viene abajo cuando somos inconsecuentes en la acción. ¿Será que sólo en la acción está la verdad? Es posible que sólo en la acción esté el camino. Que sólo en la acción esté la vida. Con las palabras que no se convierten en acciones diacónicas, en compromisos con el mundo, en misericordia activa para con el prójimo, nos estamos apartando de la vida. Nos convertimos en predicadores de muerte, en anunciadores de la nada. La nada que no nos habilita para ser agentes del Reino para servir, para actuar en humildad… o sea, para ser los primeros.

Autores: Juan Simarro Fernández

©Protestante Digital 2012

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