El Pentecostés y la Multiculturalidad del Evangelio

Publicado: mayo 22, 2012 en Iglesia, Teología

Juan Stam

Fotografía: Samuel Nieva                                                                    CLADE III- Quito, Ecuador

Conocí al hermano Mitchell cuando lo invitamos, creo que en los años 60, a darnos unas charlas en el viejo Seminario Bíblico Latinoamericano. Nos habló sobre la antropología y la etnología de los pueblos peruanos originarios, los quechuas y los aymaras. Nos explicó los conceptos indígenas del mundo y la geografía, de su ética y sus valores y de su método de enseñanza por medio de historias. Esas charlas fueron un despertar para mí y cambiaron mi manera de pensar en muchos aspectos. Debo mucho a esa breve visita hace años, y ahora tengo el placer de dedicarle a “Bill”, con mucho aprecio y agradecimiento, este breve escrito.

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La interpretación del día de Pentecostés ha sido muy parcializada. Se ha concentrado casi exclusivamente en la experiencia del don de lenguas, sin dar igual importancia al profundo sermón de Pedro (Hch 2:14-41) y la radical comunidad que nació ese día (2:42-47). De la experiencia pentecostal, se ha concentrado casi exclusivamente en los fenómenos mismos y no en su significado. Y se ha olvidado casi por completo un tema central del relato: la naturaleza multicultural con que nació la iglesia aquel día. Este tema está presente, explícita o implícitamente, en cada uno de los tres momentos del relato.

Los impresionantes fenómenos de Hechos 2:1-13 no eran meros espectáculos, un sensacionalismo sin sentido. En la descripción, cada frase viene cargada de rico sentido bíblico-teológico. Los apóstoles, saturados desde su niñez de las escrituras hebreas, hubieran captado intuitivamente el mensaje que Dios les estaba comunicando. El primer fenómeno, “un ruido como el de una violenta ráfaga de viento” (2:2) , traería recuerdos del relato de la creación de Adán, donde se emplea el mismo sustantivo (pnoê, viento, aliento de vida, Gen 2:7; 7:22) y del viento que había de soplar sobre los huesos secos (Ezq 37:5-10; cf. Jn 20:22). Sugeriría para ellos el nacimiento de la iglesia, por el soplo divino, como cuerpo del segundo Adán. El adjetivo feromenês (arrastrador, de ferô) se usaba para describir un huracán o un torbellino (Isa 17:12; 28:15; 29:6). ¡Sin lugar a dudas el Espíritu viene, hoy como ayer, con toda la fuerza de un huracán!

La siguiente frase es paradójica: ese viento “llenó toda la casa donde estaban sentadas”. Un viento puede sacudir una casa, o hasta tumbarla, pero ¿cómo puede un viento “llenar” una casa? La frase alude a una serie de textos sobre la consagración del tabernáculo, (Ex 40:34-25) o el templo (1 R 8:10; 2 Cr 7:1-2 cf. Isa 6:1; del templo escatológico Ezq 10:4; 43:2-5), cuando una nube de gloria “llenó toda la casa”. En cambio, en el Pentecostés toda la casa se llenó no de nube sino del viento poderoso del Espíritu. Este detalle, junto con el siguiente, marca a la iglesia como el templo del Espíritu del Señor.

El relato de la dedicación del templo de Salomón en 2 Cron 7:1 yuxtapone los mismos dos elementos del día de Pentecostés: “Cuando Salomón terminó de orar, descendió fuego del cielo y consumió el holocausto y los sacrificios, y la gloria de Yahvé llenó la casa”. De igual manera, al inaugurar los sacrificios del tabernáculo, se manifestó la gloria de Dios y “de la presencia de Yahvé salió un fuego, que consumió el holocausto…” (Lev 9:24). Con fuego del cielo Dios confirmó también el sacrificio de Elías en el monte Carmelo (1 R 18:24,38), y quizá también el de Abel (Gén 4:4). Todo ese trasfondo bíblico enriquece al mismo simbolismo en Hechos 2: el Pentecostés es la solemne consagración del Nuevo Templo. Desde el Pentecostés, el fuego de Dios cae sobre el altar de nuestras vidas.

En este contexto, tan rico con un profundo significado bíblico-teológico para cada detalle, es de esperar que el don de lenguas también sea un mensaje que marque la naturaleza de la naciente iglesia. Podemos estar seguros de que no fue simple exhibicionismo o sensacionalismo (un “show”). Entonces es crucial la pregunta, ¿por que optó Dios por manifestarse precisamente por este don de lenguajes en el día de Pentecostés?

Pedro mismo, en su sermón, explica un aspecto de la lógica teológica del don de lenguas en aquel día: Jesús había prometido enviar el Espíritu después de su resurrección y ascensión. Ahora, afirma Pedro, “exaltado por el poder de Dios, y habiendo recibido del Padre el Espíritu prometido, ha derramado esto que ustedes ahora ven y oyen” (2:33). Es sencillo y contundente el argumento: sabemos que Jesús ha llegado a la diestra de Dios, porque desde ahí nos ha enviado el Espíritu, como ustedes han visto.

Pero eso no explica todo el fenómeno. ¿Por qué lenguas? ¿No era suficiente el poderoso sermón de Pedro, en que afirma claramente el hecho del don del Espíritu? ¿Por qué no hubiera sido un culto masivo de sanidades o de revelación profética de secretos de los presentes? Si Pedro les predicó en una lengua franca, a lo mejor griego (o arameo), y miles se convirtieron, ¿para qué hizo falta otra modalidad de comunicación verbal anterior?

Aquí es necesaria otra aclaración. En las epístolas paulinas, y en la práctica de glosolalía hoy, se trata normalmente de un hablar extático, en un elevado estado espiritual y síquico, que no corresponde a ningún idioma de ningún pueblo real. En cambio, las lenguas del día de Pentecostés fueron lenguajes humanos existentes. Y tenemos que preguntar, ¿Por qué eso? ¿No hubiera tenido igual efecto un don de lenguas extáticas, sin que fueran los idiomas que hablaban los presentes? Y otra pregunta: ¿Qué sentido tiene la inclusión de una larga lista de pueblos de los presentes (2:9-11)? Si fueran lenguas extáticas, ese recuento geográfico y étnico no tendría nada que ver con el tema.

Creo que tres frases en el relato del Pentecostés nos revelan el significado más profundo, y la razón de ser, de este don pentecostal:

“Cada uno los escuchaba hablar en su propio idioma” (2:6, dialektos).

“Cada uno de nosotros los oye hablar en su propia lengua en que había nacido” (2:8, idia dialektô hemôn en hê eggenêthêmen).

“todos por igual los oímos proclamar en nuestras lenguas (en tais hemeterais glôssais) las maravillas de Dios” (2:10)

En este pasaje, Lucas emplea dos palabras que significan “idioma”. La primera, glôssa, es el término más común para algún idioma humano. Literalmente se refiere a la lengua como órgano físico, pero muy comúnmente significa lenguaje o idioma. Es el origen de la descripción del don de lenguas como “glosolalia”. El otro término, dialektos, es un sinónimo generalmente equivalente, pero a veces puede tener un sentido más específico como “el lenguaje de una nación o una región” (Danker, A Greek-English Lexicon, p.232). Ese sentido se subraya por la frase “en que hemos nacido” (2:8), o sea, la lengua materna. . No bastaba escuchar la buena nueva en un idioma extranjero, aunque se lo podía entender; todos tenían que oír “las maravillas de Dios” en los tonos específicos de su propia lengua materna, en que habían nacido.

Esas evidencias no dejan lugar a dudas con respecto al suceso. ¡Los apóstoles, en la plenitud del Espíritu, de repente comenzaban a hablar en los idiomas de todos los presentes, idiomas que ellos mismos no conocían! F.F. Bruce y otros han sugerido que al ir hablando los apóstoles, comenzaban a incorporar frases y oraciones en otros idiomas, pero que los oyentes sí podían reconocer como sus propias lenguas y entender el mensaje (“las maravillas de Dios” (2:11). La sugerencia parece convincente.

Entre los judíos el Pentecostés se entendía también como celebración de la comunicación de la ley en el monte Sión. Según una tradición rabínica, “los diez mandamientos se promulgaron con una sola voz, pero dice, ‘todo el pueblo percibió sus voces’ (Ex 20:18), lo cual muestra que cuando la voz emergió, se dividió en siete voces y después en setenta idiomas, y cada pueblo recibió la ley en su propio idioma” (Midr. Tanchuma 26c). El impresionante paralelismo con Hechos 2, incluso la referencia a “unas lenguas como de fuego que se repartieron y se posaron sobre cada uno de ellos”, refuerza el sentido multicultural del Pentecostés.

La importancia central de este tema queda todavía más clara cuando tomamos en cuenta el largo registro de naciones en 2:9-10, que interrumpe abrupto al relato narrativo. Si el don de lenguas ese día hubiera sido un simple hablar en éxtasis, sin relación a idiomas existentes, ¿qué posible sentido podría tener esta lista? La única razón de esta lista, aparentemente superflua y un poco aburrida al leer el capítulo, es que Juan quiso subrayar de esa manera, de nuevo, la multiculturalidad del evangelio. La lista simplemente especifica geográficamente lo que significaba “todas las naciones bajo el sol” (2:5). El evangelio respeta todas las lenguas y todas las culturas, para encarnarse auténticamente en ellas.

Ahora nos queda muy clara la razón y el sentido teológico del don de lenguas en el día de Pentecostés. No hubiera bastado escuchar, en un idioma extranjero para todos, el elocuente sermón de Pedro, en alguna lengua franca, aunque lo hubieran entendido bien. Cada pueblo, sin excepción alguna, tiene que escuchar la Palabra de Dios en los acentos más auténticos de su lengua materna, de su propia cultura, de su propia manera de vivir la realidad. Eso tenía que demostrarse desde un puro principio, en el día del nacimiento de la iglesia. La primera acción misionera de la iglesia, antes de predicar el primer sermón, fue dejar a todos escuchar “las maravillas de Dios” con toda la cadencia y la sonoridad, y las resonancias sentimentales, de la lengua materna.

El Pentecostés significa que el evangelio no tiene idioma oficial; ni el hebreo ni el griego (mucho menos el latín ni el inglés) pueden definir las categorías y las configuraciones culturales de nuestra fe. El idioma del evangelio es la lengua materna de cada creyente: cakchiquel, quechua, aymara, la que sea. Es la lengua en que tu madre te cantaba las canciones de cuna y te contaba las primeras historias que escuchaste. Sólo así el evangelio podrá expresarse y vivirse en los acentos auténticos de cada comunidad de fe. En el día del Pentecostés, el evangelio nació con auténtica identidad multicultural en cada sociedad evangelizada y por evangelizarse.

Cuando el evangelio llega a un pueblo, la única cultura a que pertenece debe ser la misma cultura del pueblo que recibe el mensaje. El evangelio puede encarnarse con fidelidad sólo en la auténtica idiosincrasia de cada pueblo. Por eso, ser pentecostal significa ser contextual y autóctono. Imponer algún lenguaje extraño o patrones cultures extranjeros es anti-pentecostal.

Esto significa que la persona maya o quechua, al convertirse al evangelio, no va a dejar de ser maya o quechua sino va a ser más maya o más quechua que nadie. En Cristo, va a descubrir nuevas dimensiones de su identidad étnica, nuevas y mejores formas de expresar la identidad de su cultura, cualquiera que sea. En Cristo la cultura no se destruye sino que se perfecciona. Cuando el mestizo o el indígena americano pierde su cultura al aceptar el evangelio, se está violando la voluntad del Señor y Redentor de todas las culturas. Eso se ve aun más dramáticamente en el lejano oriente, donde el “hindú” de la india pierde hasta el nombre de su cultura (es “hindú”, no “indio” aunque es de la India). Los primeros misioneros denunciaban toda la cultura de la India como paganismo, en vez de buscar equivalentes funcionales para las fiestas, las tradiciones y las costumbres que constituían el meollo de la cultura nacional.

Pablo, en sus viajes misioneros, practicó también el principio de la identidad cultural. Frente a los judaizantes, Pablo rechazó el requisito de hacerse judío antes de poder hacerse cristiano para promover una nueva encarnación del evangelio en términos netamente gentiles (cf. 1 Cor 9:20-15). Después, cuando el Espíritu Santo le prohibió ir a Bitinia y le llamó a entrar al continente europeo (Hch 16:6-10), hacia el centro estratégico del mundo mediterráneo, comenzó un largo proceso de nuevas expresiones de la fe de acuerdo con las diferentes culturas de los que abrazaron el evangelio. Con el tiempo, el evangelio se contextualizó profundamente como un evangelio europeo, y después norteamericano, imponiendo lo euro-atlántico encima del mensaje original del evangelio. Un ejemplo de eso es la manera de hacer teología, muy racionalista pero totalmente ajeno al pensamiento de un aymara del Perú o de cualquier persona de la China o la India. La ortodoxia occidental nor-atlántica se identifica con el evangelio mismo y se pretende imponerla sobre los convertidos de otras culturas.

Esto ha producido una situación doblemente anti-cultural en muchos países. Tomemos a modo de ejemplo a Guatemala. Un misionero europeo o norteamericano llega a la capital con el evangelio (y gracias a Dios por ese tesoro), pero junto con el evangelio trae muchos kilos de “equipaje” agregado, ajeno a la cultura “chapina” y hasta contradictorio a ella. Se forma una sub-cultura europeizada o norteamericanizada, que ya no habla con los acentos del pueblo, como hablaban los apóstoles en el día de Pentecostés. Es una isla dentro de la cultura guatemalteca, una especie de quiste, que ya no es ni auténticamente guatemalteca ni auténticamente evangélica.

Después el mismo misionero norteamericano, o un hermano “ladino” de la capital, con su evangelio desnaturalizado, norteamericanizado y “ladinizado”, llega a Chimaltenango, centro vital de la cultural cakchiquel, para evangelizar a los indígenas que no son “ladinos”. Resulta entonces una misión doblemente alienante. Tal situación no puede ser la voluntad de Dios ni es la misión de la iglesia. En el caso de los cakchiqueles, a Dios gracias, ellos han rechazado esta doble imposición cultural y están luchando por encarnar el mensaje bíblico en los auténticos términos de su propio pueblo indígena.

Conclusión: Podemos afirmar para concluir que el Apocalipsis da una última expresión del mensaje bíblico de la multiculturalidad del evangelio. Llama la atención la mucha importancia que este libro dedica a la gran variedad de culturas y etnias en toda la tierra. Cristo, el Señor del universo y de todas las naciones (12:5; 15:4), nos “ha redimido con su sangre de todo linaje y lengua y pueblo y nación” (5:9). La multitud de los redimidos será de “todas las naciones, tribus, pueblos, lenguas” (7:9). Cuando la vocación profética de Juan se renueva, entre la sexta y la séptima trompetas, se le ordena profetizar otra vez sobre “muchos pueblos, naciones, lenguas y reyes” (10.11). Según 14:6 un ángel predica “el evangelio eterno a…toda nación, tribu, lengua y pueblo”.

La importancia que Juan da a esta fórmula puede verse como índice del significado de las realidades étnicas, sociales y lingüísticas para él. Más allá de un simple concepto abstracto de “universal”, estas expresiones señalan la preservación escatalógica de las diversidades que marcan nuestra historia; Juan parece concebir “la vida perdurable” como caracterizada por las mismas identidades culturales de ahora. Al final del capítulo 21 Juan afirma que “las naciones andarán a la luz de ella [la nueva Jerusalén]; y los reyes de la tierra traerán su gloria y riqueza a ella…Y llevarán la gloria y la riqueza de las naciones a ella” (21:24,26). La mención de “naciones” y “reyes” en 21:24,26 parece indicar que Juan no está pensando simplemente en “los gentiles”, como conglomerado abstracto, sino en entidades que son de alguna naturaleza socio-políticas. La nacionalidad no es algún agregado accidental al ser humano, para ser superada y dejada atrás en la vida eterna, sino pertenece a cada uno esencial y eternamente.

El mensaje del Pentecostés, como el de Pablo y del Apocalipsis, afirma con vigor el valor de las culturas humanas. Esta multiculturalidad se anunció ya en el día de Pentecostés por medio del don de lenguas. Por eso, irrespetar a otras culturas, querer imponer nuestra cultura sobre otras, e identificar el evangelio con una sola cultura, es profundamente anti-pentecostal. El evangelio de nuestro Señor y Salvador, el “Logos” del universo entero, florece en cada cultura según los valores y la hermosura de ella. En el jardín de Dios, se cultiva cada flor según su propia belleza cuando encarna al evangelio en su propia cultura.

NOTAS:

La traducción de esta frase por RVR, “un viento recio que soplaba”, es tanto inexacto como curioso. ¿Cómo sería un viento que no soplara?
Algunos afirman que fue el estruendo, y no el viento, que llenó la casa. La gramática y el simbolismo, como también los antecedentes bíblicos, indican que el viento es el sujeto del verbo.
A diferencia de esa nube de gloria, en Ap 15:8, antes de derramarse las copas de ira, el templo se llena de humo.
En seguida el texto relato que cuando Nadab y Abiú, los hijos de Aarón, “ofrecieron ante Yahvé un fuego que no tenían por qué ofrecer”, salió de la presencia de Yahvé un fuego que los consumió” (Lev 10:1-3). En Num 3:4 y 26:61 se describe como “fuego profano” o “fuego extraño”.
Algunos han argumentado que el único milagro fuera un milagro de escuchar, de cada receptor en su propio idioma, en vez de un milagro de hablar, de parte de los apóstoles, pero el argumento carece de bases sólidas. Es probable que Pablo se refería a las dos modalidades del don de lenguas con su frase, “lenguas humanas y angelicales” (1 Cor 13.1).
Algunos autores han sugerido que en los largos años entre su conversión y su primer viaje misionero, Pablo se dedicó a asimilar la cultura de los gentiles, a los que iba a dedicar su vida como misionero. Antes de convertir a los gentiles, él mismo se convirtió a la cultura greco-romana. Eso puede verse en las referencias a la literatura griega que cita Pablo, en la nomenclatura que introduce para las congregaciones y los líderes (ekklêsia, episkopos), en el lenguaje que a veces usa (“adopción” en sentido romano; “jugar el todo por el todo” paraboleúomai Fil 2.30) y en sus referencias a los deportes helenísticos (1 Cor 9:24-27). Siendo judío, aprendió a pensar y actuar como gentil para llevar las buenas nuevas a los gentiles. ¡Hasta se hizo fanático de los deportes!
Aquí me refiero a la iglesia guatemalteca como simple ejemplo, no como juicio a una iglesia que merece mi mayor respeto.

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comentarios
  1. UN RECUERDO GRATO DE MI INFANCIA ES ALLA EN TARMA -PERU CIUDAD ANDINA CONOCIDA COMO LA “PERLA DE LOS ANDES” LOS MISIONEROS INGLESES QUE CONOCÍ (SPEED, SHERMANN,CRUICKSHANK ETC.) VERDADEROS HEROES DE LA FE NOS ENSEÑARON LA PALABRA DE DIOS RESPETANDO NUESTRA IDIOSINCRACIA MAS NO EL PAGANISMO REGIONAL APRENDIMOS HIMNOS EN CASTELLANO, QUECHUA E INGLES SABIAN PERFECTAMENTE QUE LA BIBLIA ERA PARA TODAS LAS NACIONES.
    SOBRE EL DIA DEL PENTECOSTES Y EL DON DE “LENGUAS” ME LLAMA PODEROSAMENTE LA ATENCION “CADA UNO ESCUCHABA EN SU PROPIO IDIOMA” O SEA ERA ENTENDIBLE LO QUE ESCUCHABAN DE LOS APOSTOLES ¿SI NO HUBIERAN ENTENDIDO LO QUE ESCUCHABAN SERIA IGUAL “DON DE LENGUAS”?

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