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“Volvió el Papa, volvió el Papa”

Publicado: febrero 16, 2013 en Iglesia

Harold Segura

Memorias personales sin pretensiones de pontificar

“Volvió el Papa, volvió el Papa”

 Tiempo tendremos para seguir escuchando explicaciones y conocer detalles de las intimidades de la decisión. Mientras tanto, se avecina una avalancha noticiosa sobre quién será el sucesor.

 

Angelo Giuseppe Roncalli, el papa Juan XXIII, murió el lunes 3 de junio de 1963. Yo era un niño de 6 años y cuando escuché la noticia salí corriendo por el vecindario y a grandes gritos comencé a anunciar: «Se murió el Papa, se murió el Papa» decía, mientras corría con afán. Mi mamá, entre sollozos, salió a buscarme y me reclamó por qué anunciaba la tragedia como si se tratara del campeonato de mi equipo de futbol, el Deportivo Cali. «Un Papa no se muere todos los días, ni su muerte se anuncia con ese bullicio», replicó indignada. 

De su antecesor, el Papa Pio XII, no guardo recuerdos; murió cuando yo tenía apenas un año de edad.

A Juan XXIII, conocido como  el Papa bueno , le sucedió Giovanni Battista Enrico Antonio Maria Montini, Pablo VI, quien fue coronado (último de los papas en ser coronado) el 21 de junio de 1963, tan sólo 18 días después de la muerte de su antecesor. Ocupó la silla de san Pedro hasta el día de su muerte, el 6 de agosto de 1978. Fue Papa por 15 años. Mis recuerdos del exarzobispo de Milán se mantienen frescos, sobre todo su visita a Colombia en agosto de 1968. Yo iba a cumplir 11 años de edad y, en aquel tiempo, como católico devoto me arrodillé junto a mi mamá frente al televisor en blanco y negro cuando el Papa impartió la bendición antes de regresar a Roma.

El siguiente Papa fue Juan Pablo I, el llamado Papa de la sonrisa, quien solo duró 33 días en su cargo. Su pontificado fue uno de los más breves de la historia.

Y después de Juan Pablo I, Juan Pablo II, quien permaneció como Papa y jefe de Estado de la Ciudad del Vaticano por 27 años; desde octubre de 1978 hasta el 2005. Durante su pontificado viví mi juventud, estudié en la universidad, comencé mi labor pastoral, contraje matrimonio… y muchas cosas más. 27 años son mucho tiempo; tantos como para que muchos llegáramos a creer que sólo ese Papa había existido y nunca veríamos otro más. Cuando él visitó mi ciudad (Cali, Colombia), ofició una misa campal el 4 de junio de 1986, a pocas cuadras de la Iglesia Bautista de San Fernando donde yo servía como pastor. Era un miércoles y, antes de ir a la iglesia para cumplir con mi responsabilidad pastoral, esperé a que pasara en el Papamóvil por la Autopista Sur. Cumplido mi deseo de verlo, aunque fuera de lejos, me dirigí a mi iglesia para ofrecer la conferencia que había anunciado sobre la historia del papado y nuestras diferencias evangélicas sobre la doctrina católica de la infalibilidad. Mientras el Papa hablaba ante más de medio millón de personas, yo le predicaba a mi comunidad de fe que no llegaba ni a medio millar.

Juan Pablo II murió el 2 de abril de 2005 y para aquel entonces yo había cumplido más de 25 años de ejercicio pastoral y teológico. Tenía la suficiente madurez, eso creo, para celebrar como protestante las bondades de este Papa (sin por ellas olvidar sus desaciertos), para reconocer su templanza pastoral, su talante moral y su arrojo político. Entonces, siendo ya Director de Relaciones Eclesiásticas de  World Vision  para América Latina, llamé a mis colegas y demás compañeros y compañeras de labores a una celebración ecuménica que oficié en memoria de su vida. No cabía duda: había muerto uno de los más grandes de la larga y sinuosa historia de los obispos de Roma.

Y después de Juan Pablo II ¿quién podía ser el próximo Papa? En mis fallidas hipótesis, podía ser cualquiera, menos el que fue: Joseph Ratzinger. Él no podía ser, decía yo haciendo gala de mis suposiciones. No era posible que la Iglesia católica, en ese momento de su historia y frente a los enormes desafíos del nuevo siglo nombrara a un teólogo académico (con poco talento administrativo), de escasas habilidades sociales (a diferencia del carismático Papa polaco) y con numerosos antagonistas teológicos, sobre todo en América Latina, el continente donde se aloja 39% del total de católicos del mundo. Ratzinger había sido encargado por Juan Pablo II como responsable de la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe (heredera de la Sagrada Congregación del Santo Oficio) en la que sirvió como custodio irrestricto de la ortodoxia romana. No había razones dentro de ninguna lógica institucional para que él fuera el próximo Papa… pero lo fue.

El 19 de abril de 2005, día de la elección, seguí con interés los acontecimientos a la espera del humo blanco. Llegado el momento apareció Joseph Ratzinger en el balcón central de la Basílica de San Pedro, con sus brazos dirigidos hacia la multitud reunida en la plaza después de que el Cardenal chileno, Jorge Medina, anunciara la noticia. Entonces, golpee mi escritorio y dije sin medir mis diplomacias ecuménicas y para la sorpresa de quienes me acompañaban: «¡No puede ser; no puede ser!» y me paré desconcertado.

Para los católicos del ala progresista de la Iglesia (que son muchos) esta no fue una buena noticia; tampoco lo fue para quienes abrazamos convicciones ecuménicas (¡cómo podíamos olvidar su Declaración  Dominus Iesus  del año 2000!). Sobraban razones para la desconfianza.

Han pasado siete años desde su elección. En la silla de Pedro ha estado un teólogo del más alto calibre académico; un alemán introvertido que gozó del pleno respaldo del Colegio Cardenalicio (hecho a imagen y semejanza de Juan Pablo II y del mismo Benedicto XVI), un experto conocedor de las minucias vaticanas y a quien le correspondió administrar uno de los períodos más cruciales en la vida del catolicismo mundial.

Esta semana, estando lejos de mi casa por razones de trabajo, escuché la noticia de la renuncia del Papa a través de una emisora colombiana(soy radiófilo empedernido). De inmediato me fui a buscar a mi colega y buen amigo polaco Tadeusz Mich, encargado en  World Vision Internacional  de las relaciones con el Vaticano. Ni él ni los demás colegas a los que les conté la noticia la querían creer. Algunos pensaron que era culpa de mi pésimo inglés que no lograba expresarles lo que estaba pasando. Ni en buen español ni en lamentable inglés parecía ser una noticia creíble.

Lo que sabemos es que los Papas mueren siendo Papas (solo cuatro de ellos han renunciado). La última renuncia —de las cuatro que ha habido— sucedió hace seis siglos. Por eso nos resulta impensable la figura de un exPapa, como lo será Benedicto XVI a partir del 28 de febrero.

Las razones de esa renuncia son pan que alimenta las especulaciones periodísticasÉstas van desde quienes piensan que el Papa está enfermo y cansado, hasta quienes intuyen enmarañadas razones institucionales ante presiones que incluyen, entre otras, crisis económicas, razones teológicas y deslealtades internas. Entre estas últimas opiniones están las de los españoles Miguel Mora y Juan G. Bedoya en el diario El País, quienes dicen que «El ortodoxo cardenal alemán de alma tridentina ha sido durante su mandato un Papa solo, intelectual, débil y arrepentido por los pecados, la suciedad y los delitos —él empleó estas dos palabras por primera vez— de la Iglesia, y rodeado de lobos ávidos de riqueza, poder e inmunidad. La Curia forjada en tiempos de Wojtyla era una reunión atrabiliaria de lo peor de cada diócesis, desde evasores fiscales hasta abogados de pederastas, pasando por contrarrevolucionarios latinoamericanos y por integristas de la peor especie. Esa Curia digna de El Padrino III siempre vio con malos ojos los intentos de Ratzinger de hacer una limpieza a fondo, mientras los movimientos más pujantes y rentables, como los Legionarios, el Opus Dei y Comunión y Liberación, torpedeaban a conciencia cualquier atisbo de regeneración» [1] .

Tiempo tendremos para seguir escuchando otras explicaciones y conocer detalles de las intimidades de la decisión. Mientras tanto, se avecina una nueva avalancha noticiosa acerca de quién será el sucesor. 

Ahora, como hace siete años, se vuelve a especular de qué lugar del mundo será el próximo Papa. Que será africano, dicen unos y mencionan nombres como los del cardenal de Ghana Peter Turkson; que será canadiense, dicen otros y nombran a Marc Oullet; que será iberoamericano, opinan otros y citan los nombres de Odilio Pedro Scherer, arzobispo de São Paulo (a quien tuve el privilegio de conocer en Aparecida, Brasil, en el 2007), João Braz de Avis, también brasileño, o el argentino Leonardo Sandri. Y la lista sigue. Cuesta creerlo, pero varias casas de apuestas ya han hecho de esta elección un negocio.

También hay quienes opinan que el papado regresará a Italia; en fin, que será de aquí o de allá, que será negro o blanco, que será joven (menos de 70 años) o que pasará de los 70 (menos joven). Pero la verdad inquietante es que nadie discute el enfoque teológico o el acento político que traerá… porque el actual Colegio cardenalicio se caracteriza por su pasmosa uniformidad. En la actualidad está conformado por 209 cardenales, 118 electores y 91 no electores. De los 118 con posibilidades papales 62 son europeos, de los cuales 28 son italianos, mientras 19 provienen de América del Sur, 14 de América del Norte, 11 de África y 11 de Asia, y uno solo de Oceanía. Todos fueron nombrados bajo los pontificados de Juan Pablo II y Benedicto XVI; sólo dos por Pablo VI, pero no son candidatos por ser mayores de 80 años de edad. De los electores, 51 fueron nombrados por Juan Pablo II y 67 por Benedicto XVI [2] .

Quizá esta uniformidad sea en este momento tanto una de «las mayores conquistas» de los dos últimos Papas —según la perspectiva de la institucionalidad católica— como también uno de los hechos más lamentables para esa misma institucionalidad. Lamentable, opino yo, porque la disidencia es un valor que se cultiva en toda institución que aspiran a ser saludable y relevante; sobre todo si se trata de Iglesia que es, en el concepto paulino, el Cuerpo de Cristo cuya armonía se explica a partir de su rica diversidad.

Bueno, los próximos serán días de mucha actividad en los pasillos del Vaticano; además, serán plato jugoso para los periodistas, en especial los que se especializan en los asuntos de la Iglesia católica(John L. Allen Jr. entre los mejores) y despertarán el interés de quienes sin ser especialistas (ni tampoco católicos) seguiremos el proceso por reconocer su innegable trascendencia espiritual, social y política.

En lo personal (esta no ha sido más que una nota personal) vivo este momento con profundo respeto y esperanza. Lo acompaño en oración. Una esperanza terca que cree en que aún es posible ver en estos años por venir un catolicismo diferente: amante de la unidad, comprometido con los empobrecidos, respetuoso de las diferencias, participativo en sus decisiones, profético ante el poder, libre para amar a los despreciados del mundo y humilde ante la verdad.

El cardenal jesuita Carlos María Martini, arzobispo emérito de Milán, dijo meses antes de su muerte: «Antes tenía sueños sobre la Iglesia. Soñaba con una Iglesia que recorre su camino en la pobreza y en la humildad, que no depende de los poderes de este mundo; en la cual se extirpara de raíz la desconfianza; que diera espacio a la gente que piensa con más amplitud; que diera ánimos, en especial, a aquellos que se sienten pequeños o pecadores. Soñaba con una Iglesia joven». Y agregó con frustración: «Hoy ya no tengo más esos sueños».

Y el cardenal Martini falleció el 31 de agosto de 2012 sin ver sus sueños cumplidos. Pero quienes lo sobrevivimos podemos soñar (¿ingenuidad?). «Para el que tiene fe, todo es posible» (Marcos 9:23), enseñó Jesús.

Fe en que es posible lo imposible: que los lineamientos del Concilio Vaticano II reorienten los rumbos de la Iglesia y ella se abra al mundo, para que, entonces, el mundo la tenga en cuenta a ella. Les aseguro que cuando eso pase, volveré a abrir la puerta de mi casa, como cuando tenía 6 años, y saldré corriendo para decirles a mis vecinos que Juan XXIII ha regresado. «Volvió el Papa, volvió el Papa». Les aseguro que lo haré.

 


   [1]  Citado por Leopoldo Cervantes-Ortiz,  L a renuncia-abdicación de Ratzinger , Agencia Latinoamericana de Noticias, febrero de 2013:

Autores: Harold Segura
©Protestante Digital 2013

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¿Mirando al Sur o al Norte?

Publicado: febrero 16, 2013 en Iglesia

Juan Francisco Martínez

¿Mirando al Sur o al Norte?

 El centro demográfico de las iglesias cristianas está en el sur, aunque el poder, el dinero y las estructuras están en el norte.

La renuncia del Papa Benedicto XVI tomó a muchos por sorpresa. Hacía 600 años que no había renunciado un papa y en esa ocasión renunció para resolver un cisma en la Iglesia Católica Romana. Sin embargo, al nombrar al nuevo papa los cardenales tendrán que lidiar con una división grande en la vida de la Iglesia Católica. Tendrán que decidir si escogen un Papa que afronte las varias crisis que están afectando al catolicismo en Occidente o uno que se enfoque en las creciente comunidades católicas del Sur.

Muchas personas de occidente, seamos protestantes o católicos, asumimos que los cardenales necesitan enfocar las crisis financieras y de abuso sexual.

También hay muchos en Europa y Norteamérica que argumentan que la Iglesia Católica Romana tiene que “modernizarse” y permitir que se casen los sacerdotes, que mujeres sean sacerdotisas y darle espacio a las minorías sexuales.

La secularización de occidente ha creado una crisis en muchas de las instituciones religiosas de Europa y Norte América y muchas personas dicen que las iglesias tienen que cambiar a la luz de las normas sociales cambiantes.

Los supuestos implícitos detrás de ese llamado son que 1) las iglesias no tienen futuro a no ser que se parezcan a la sociedad de su alrededor y 2) en el futuro el resto del mundo se secularizará al igual que Europa y EEUU. (En otras palabras “nosotros” en el norte somos el futuro.)

Sin embargo, las iglesias, tanto protestantes como católicas, están creciendo rápidamente en el sur.

Por ejemplo, para el año 2025 casi la mitad de todos los católicos en el mundo vivirán en América Latina y los dos lugares donde más crecerá el catolicismo serán África y Asia.

El catolicismo en Europa sigue decreciendo y en EEUU crece a un nivel pequeño. Pero todo el crecimiento en EEUU se debe a los grupos minoritarios y los inmigrantes. Y son los inmigrantes los que están sosteniendo que el decrecimiento europeo no sea mayor. En 1920 Hilaire Belloc afirmó que “Europa es la Iglesia y la Iglesia es Europa” (en  Europe and the Faith ). Claramente eso ya no es verdad.

El centro demográfico de las iglesias cristianas está en el sur, aunque el poder, el dinero y las estructuras están en el norteLa tentación que tenemos los que estamos en el norte es creer que nuestras agendas deben regirnos al planificar para el futuro.

Muchas denominaciones protestantes en EEUU y Europa están decreciendo, mientras sus iglesias hermanas en el sur están creciendo rápidamente. Sin embargo, las iglesias protestantes del norte asumen que sus agendas son las más importantes y que el futuro se parecerá más a ellos que a las iglesias hermanas más dinámicas del sur.

Las necesidades de las iglesias crecientes son muy diferentes a las de las iglesias que están declinando. También quisiera sugerir que ellas tienen mucho que enseñarnos sobre la espiritualidad y dinamismo de una fe viva. Sin embargo, a los de EEUU y Europa nos costará mucho aceptar que los del sur tengan algo profundo que enseñarnos sobre la fe y la vida. También nos será difícil escuchar sus voces al pensar en los temas candentes que están enfrentando nuestras iglesias.

Sin embargo, el crecimiento de las iglesias del sur nos obliga a lidiar con muchas preguntas difíciles.

¿Cuál será nuestra brújula al desarrollar la visión y el liderazgo que necesitan las iglesias en el futuro, las crisis del norte o el crecimiento del sur (y los retos que presentan esos cristianos)?

La mayoría de los cardenales de la Iglesia Católica Romana son del norte, así que ellos tendrán que enfrentar ese asunto a su manera. Pero quisiera sugerir que las iglesias evangélicas enfrentamos una situación similar. ¿Nos dejaremos guiar por lo que Dios está haciendo en el sur o insistiremos en seguir orientándonos por lo que “fue” en EEUU y Europa?

Autores: Juan Francisco Martínez
©Protestante Digital 2013

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Lutero y los campesinos (1)

Publicado: febrero 16, 2013 en Iglesia, Luteranismo

Emilio Monjo Bellido

57360_N_17-02-13-1-24-40Integrando a Lutero en su contexto.

“Lutero el extraño” es el título de un apartado del capítulo II de la biografía del reformador que realizó Heiko A. Oberman (traducida al castellano en 1992). Este investigador mostró al personaje con referencia a su percepción del tiempo en que vivía, y Lutero se pintó a sí mismo en la lucha de un estadio final de la Historia. Si ese plano es de necesidad complejo, el personaje que quiera verse, además, como pieza clave en su desarrollo, lo será también. Como el cuadro donde se pinta no tiene lienzo certero, su retrato adolece de esa falta de encaje histórico. Y proponer esto de un personaje que parece tan cercano, tan conocido, cuyo nombre evoca un modo de ser, para el que no caben dudas sobre su bondad (para unos) o de su perversidad (para otros), es algo que asimismo puede parecer extraño.

Lutero se vivió a sí mismo como uno que está luchando, con la cruz de Cristo, entre Dios y el diablo al final de los tiempos. (No sabría yo decir qué idea exacta tenía Lutero de esos “últimos tiempos”). Él, como siervo de Cristo, se encuentra en pelea a muerte con el Anticristo, que ha descubierto que es el papado. Cómo se expresará alguien luchando a brazo partido en una pelea final, a muerte, puede ayudarnos a comprender el lenguaje del reformador, en muchos casos grueso y desproporcionado. No se trata de “reformar” la Iglesia, sino de liquidar al diablo; es algo final, luego vendrá otro tiempo (que, reitero, no sé cómo lo veía Lutero). No está “arreglando” el redil o proporcionando cobertizo a las ovejas, sino matando al lobo, y el “arreglo” vendrá después, pero por intervención divina.

El mismo autor citado (H. A. Oberman), en un ensayo en 1988, presentaba una certera imagen de Lutero: “Eschatology and Scatology in the ‘Old’ Luther”, con referencia a lo grueso de su discurso en algunas ocasiones, pero justificando su empleo por la vivencia cierta de Lutero como enfrentado a muerte con el diablo, el “señor de los excrementos”, de todo lo sucio (no hace falta imaginar qué podía decir de su hijo predilecto, el papa).

Lo grueso de su discurso (en muchos casos, inaceptable) no es por falta de pericia en el manejo del lenguaje, todo lo contrario. Es un maestro, como demuestra su traducción al alemán de la Biblia. Aún si trataba un tema teológico, y sabía que se leería por el pueblo, escribía con el ojo puesto en los lectores y usaba un lenguaje para ser entendido, en muchos casos, “gráficamente” entendible.

Viene al caso esto por el tema que tratamos la semana anterior, con eso de “peca, y peca fuerte”. Al respecto, creo que es de gran utilidad conservar la traducción de la frase que hace el catedrático de latín Francisco Ruiz de Pablos, y su explicación de la misma. Si se hubiera realizado una adecuada traducción, se habría evitado tanta tergiversada divulgación. Efectivamente, si Lutero hubiera siquiera imaginado que su frase se leería en todas partes (además, fraccionada), por todo tipo de gente, seguro que emplea otro lenguaje; pero asume que solo su amigo, conocedor de tal nivel lingüístico, la tendrá en sus manos. ¿Imaginamos que Melancthon no habría reclamado de Lutero alguna explicación o rectificación si la hubiera “entendido” según las modalidades que luego se han dado a la frase?

El verse en un estadio al final de la Historia no era nuevo. El “crear” un mapa para ese final, tampoco. Recordemos la trama ofrecida por el abad Joaquín de Fiore. Trama sobre un espacio previo de cercanía al tiempo señalado, para algunos de simple pasar hojas del almanaque: los 1260 años. Pues esa cifra así dictada (por ejemplo, Apocalipsis 12:6), o como los 42 meses, o como tiempo, tiempos y la mitad de un tiempo (tres años y medio). Esto no era tema menor, la gente vivía con este mapa, y actuaba en consecuencia. Los unitarios, como Servet, empezaban a sumar esos 1260 años a partir del inicio de la “apostasía” (Nicea con su trinidad, 325), les salía las cuentas para la época de la Reforma, donde vivían con esa esperanza. Isaac Newton contaba desde el año 800, con la coronación papal de Carlomagno; sale el final para la segunda mitad de nuestro siglo. No les doy otros caminos de especulación, pero hay modo de contar con el que estaríamos a las puertas, ya mismo.

Existen incluso filosofías políticas que han secularizado este milenarismo, y lo toman como plano donde encajar los movimientos revolucionarios. De todos modos, la persona y el personaje de Lutero deben verse en ese espacio, en esa cosmovisión. Y ahí lo contemplamos en su confrontación (por decirlo con alguna frase genérica) con los campesinos, cuyos líderes les anunciaban igualmente el final de los tiempos, pero con otro mapa. Episodio tan usado y divulgado, tan confuso en sus explicaciones. ¿Por qué, pues, tratar un asunto así? Pues porque vivimos tiempos donde la fe debe caminar, y el camino de la fe es muy complejo también; no se trata de simple gusto por algo de historia, sino de algo “actual”, aunque tengamos que “traerlo” de forma trabajosa.

Con Lutero se siente (bueno, es mi caso) una condición extraña. Por un lado, su experiencia de conversión, su comunión con la cruz, su “teología” de la cruz, su Dios como “persona”, como “padre” (que otros ya proclamaron, pero que él divulga), te hacen cercano. Le das un abrazo de comunión. Pero cómo vive esa fe Lutero, cómo la pone a caminar, hace que, en muchos casos, te sueltes y salgas corriendo. Y como esas dos cosas no se pueden separar, pues ahí está la extraña situación.

Lutero fabricó un mapa donde vivir su fe. (Eso nos pasa a todos en alguna medida, pero creo que debemos tener la prevención de estar alerta y rechazar.) Y se complicó por no admitir que la fe pudiese vivirse en otro sitio. “Su” fe, “su” Evangelio, “su” Cristo; eso es peligroso. Llegó a considerar que cualquiera que rechazase algo de “su” mapa, era ya alguien al servicio del diablo. (Así pensaba incluso de otros reformadores.) La pelea final se tenía que producir en “su” paisaje, en “su” lienzo. (La propia Biblia tenía que “plegarse” a ese modelo, por eso, durante un momento no encontró encaje de algunos libros, como Santiago.) Y no fue así. Terminó, pues, bastante desorientado, y algo amargado, aunque bromeara tanto.

Ese es el contexto de sus confrontaciones con los campesinos (que seguiremos mirando, d. v., la próxima semana). ¿Por qué le han tenido que consultar a él, cuyo ministerio no corresponde con esos asuntos? Como “predicador” tiene que enseñar su evangelio de salvación, lo cual hace en esos escritos, pero los asuntos seculares, esos derechos que unos y otros reclaman, eso es secular y corresponde a los portavoces de su esfera propia, de ese “reino” particular: deben ser los juristas de las universidades, no los pastores del púlpito.

Se ve “obligado” a pintar un sector del lienzo que no le corresponde, ése no es su cuadro. Además, se le ha colado una situación no prevista; pensó que su lucha era contra el papado, ahí está el Anticristo, ésa es su pelea a muerte, pero ahora tiene que extender esa conciencia a los profetas exaltados, a los hijos del diablo, que están en su propio campo. La lucha es la misma, pero con contendiente no previsto. (Esa es también la explicación, que no aceptación, de sus condenas finales contra los judíos; se han incorporado a la pelea, son igual que el papado, y deben ser aniquilados; es la pelea final, no son asuntos personales, es algo cósmico.)

La confusión está servida. Lutero trata el tema de la rebelión de los campesinos con el lenguaje de “su” evangelio, como algo de “salvación”, donde el cristiano tiene un lugar determinado. Pero el asunto es civil, social; no están preguntado o reclamando algo de su alma, de su salvación, sino de vida concreta, aunque tenga que ver con lo eclesiástico (como reclamar que cada parroquia eligiese a su párroco), de diezmos, de caza, de labranza, etc.

Lutero escribe contra ellos, de ahí su grueso lenguaje, en la experiencia de su lucha contra el diablo: escribe contra el diablo mismo, tanto en los señores como en los campesinos está el diablo. ¿Qué hacemos con ese Lutero? Pues que se quede son “su” evangelio y con “su” mapa. Eso no es el Evangelio de la Biblia. Que nuestro Señor no vino a mediar en asuntos de herencias terrenas, claro que sí, pero no escribe que un hermano le corte la cabeza al otro por reclamársela.

Esto se ha complicado. Seguramente convendrá mirar el asunto en más de una semana.

Autores: Emilio Monjo Bellido
©Protestante Digital 2013

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The ELCA is celebrating its silver anniversary under the theme, “Always Being Made New.” Press releases trumpet the very good things the ELCA has been doing and continues to accomplish. But there seems to be an important element missing. And that element is Lutheran theology, specifically its emphasis on repentance and the forgiveness of sins.

Martin Luther began his 95 Theses by declaring, “The entire life of a Christian should be a life of repentance.” We call upon the ELCA to set aside a month for reflection, repentance, and renewal. Lutherans know that we are made new as we return to the promises of God in Holy Baptism, dying to our sins and hearing the Word raise us with Christ to new life. Could October be a month for such an emphasis, culminating in a celebration of the Reformation?

We are not saying that the ELCA is a particularly bad church, but that Lutherans know we live by the forgiveness of sins. We believe in a Theology of the Cross, not a Theology of Glory. And we understand that any good works we may accomplish only are achieved because of God working in and through us.

While the public relations technique of accentuating the positive may work in the world, the reality is that the ELCA needs to take time to stop and reflect, and yes, to repent where necessary. Another twenty-five years of “being made new” like the last twenty five, and there may be no ELCA left.

The recent announcement of the breaking of fellowship by the Ethiopian Evangelical Church Mekane Yesus should initiate deep soul-searching, beyond the feigned shock of the official responses (see report on page 2). Can God teach proud North Americans through faithful African Christians?

Numbers aren’t everything, but every number represents a precious human person for whom Jesus died. The ELCA started with almost 5.3 million members, but now reports barely over 4 million, and statistics on worship attendance give no indication the downward trend is changing. The National Council of Churches Yearbook stated that the ELCA had the “sharpest rate of membership decline” of mainline protestant denominations for 2012.

While the ELCA celebrates the formation of 435 new congregations, this equates to just 17 per year, and roughly twice as many congregations have left the ELCA as were formed by it. We wonder how many of the 435 are the result of splits from congregations that left. Certainly the mission in Hutchinson, Minnesota, highlighted in the most recent mailing from the ELCA, fits this description. Should we pray about how to focus again on our Lord’s Great Commission?

In every level of the ELCA, we need to deal with the matter of the cost of seminary education and the massive debt of too many students, who are then unable to serve at the salaries more and more congregations can afford.

Seminaries themselves are facing financial crises, aggravated by the reality that the ELCA has never come close to the 50% funding from the national church envisioned 25 years ago. Should we pray to the Lord of the harvest to send laborers into His field?

One could address the replacement of “pioneer evangelism” in global missions—which seeks to call people to repentance and faith in Jesus—with an “accompaniment” model in which mission is mostly limited to social services. Do we believe it matters whether people believe in Jesus?

There is a lot of anger and hostility over recent withdrawals from the ELCA. Pastors have been disciplined for providing care to such congregations, and some have been forbidden even to preach in them. The demand to pay back mission funds has hurt the ability to proclaim the Gospel.

Can the ELCA forgive the LCMC and NALC and seek ways to move forward in mission as a partner with them? (And yes, a similar question needs to be asked of NALC and LCMC.)

Lutheran CORE wants to see the ELCA fulfill the great hopes and dreams from its founding. We believe it is God’s will for His Church always to be made new as the Spirit creates repentance and renewal through the Word. As silver is not polished with dainty soaps, a church is made new not by easy slogans and denial of hard realities but by the burnishing of God’s Word of Law and Gospel.

=-So we urge that October or another month of this anniversary year be set aside as a time of heart-felt prayer, reflection, and repentance, as the ELCA seeks to fulfill the wonderful call of God to be made new every day in Christ and in the power of God’s Holy Spirit.

 

Pr. Steve Shipman, director of
Lutheran CORE, can be reached at
sshipman@lutherancore.org or
570-916-7780.