Lutero y los campesinos (1)

Publicado: febrero 16, 2013 en Iglesia, Luteranismo

Emilio Monjo Bellido

57360_N_17-02-13-1-24-40Integrando a Lutero en su contexto.

“Lutero el extraño” es el título de un apartado del capítulo II de la biografía del reformador que realizó Heiko A. Oberman (traducida al castellano en 1992). Este investigador mostró al personaje con referencia a su percepción del tiempo en que vivía, y Lutero se pintó a sí mismo en la lucha de un estadio final de la Historia. Si ese plano es de necesidad complejo, el personaje que quiera verse, además, como pieza clave en su desarrollo, lo será también. Como el cuadro donde se pinta no tiene lienzo certero, su retrato adolece de esa falta de encaje histórico. Y proponer esto de un personaje que parece tan cercano, tan conocido, cuyo nombre evoca un modo de ser, para el que no caben dudas sobre su bondad (para unos) o de su perversidad (para otros), es algo que asimismo puede parecer extraño.

Lutero se vivió a sí mismo como uno que está luchando, con la cruz de Cristo, entre Dios y el diablo al final de los tiempos. (No sabría yo decir qué idea exacta tenía Lutero de esos “últimos tiempos”). Él, como siervo de Cristo, se encuentra en pelea a muerte con el Anticristo, que ha descubierto que es el papado. Cómo se expresará alguien luchando a brazo partido en una pelea final, a muerte, puede ayudarnos a comprender el lenguaje del reformador, en muchos casos grueso y desproporcionado. No se trata de “reformar” la Iglesia, sino de liquidar al diablo; es algo final, luego vendrá otro tiempo (que, reitero, no sé cómo lo veía Lutero). No está “arreglando” el redil o proporcionando cobertizo a las ovejas, sino matando al lobo, y el “arreglo” vendrá después, pero por intervención divina.

El mismo autor citado (H. A. Oberman), en un ensayo en 1988, presentaba una certera imagen de Lutero: “Eschatology and Scatology in the ‘Old’ Luther”, con referencia a lo grueso de su discurso en algunas ocasiones, pero justificando su empleo por la vivencia cierta de Lutero como enfrentado a muerte con el diablo, el “señor de los excrementos”, de todo lo sucio (no hace falta imaginar qué podía decir de su hijo predilecto, el papa).

Lo grueso de su discurso (en muchos casos, inaceptable) no es por falta de pericia en el manejo del lenguaje, todo lo contrario. Es un maestro, como demuestra su traducción al alemán de la Biblia. Aún si trataba un tema teológico, y sabía que se leería por el pueblo, escribía con el ojo puesto en los lectores y usaba un lenguaje para ser entendido, en muchos casos, “gráficamente” entendible.

Viene al caso esto por el tema que tratamos la semana anterior, con eso de “peca, y peca fuerte”. Al respecto, creo que es de gran utilidad conservar la traducción de la frase que hace el catedrático de latín Francisco Ruiz de Pablos, y su explicación de la misma. Si se hubiera realizado una adecuada traducción, se habría evitado tanta tergiversada divulgación. Efectivamente, si Lutero hubiera siquiera imaginado que su frase se leería en todas partes (además, fraccionada), por todo tipo de gente, seguro que emplea otro lenguaje; pero asume que solo su amigo, conocedor de tal nivel lingüístico, la tendrá en sus manos. ¿Imaginamos que Melancthon no habría reclamado de Lutero alguna explicación o rectificación si la hubiera “entendido” según las modalidades que luego se han dado a la frase?

El verse en un estadio al final de la Historia no era nuevo. El “crear” un mapa para ese final, tampoco. Recordemos la trama ofrecida por el abad Joaquín de Fiore. Trama sobre un espacio previo de cercanía al tiempo señalado, para algunos de simple pasar hojas del almanaque: los 1260 años. Pues esa cifra así dictada (por ejemplo, Apocalipsis 12:6), o como los 42 meses, o como tiempo, tiempos y la mitad de un tiempo (tres años y medio). Esto no era tema menor, la gente vivía con este mapa, y actuaba en consecuencia. Los unitarios, como Servet, empezaban a sumar esos 1260 años a partir del inicio de la “apostasía” (Nicea con su trinidad, 325), les salía las cuentas para la época de la Reforma, donde vivían con esa esperanza. Isaac Newton contaba desde el año 800, con la coronación papal de Carlomagno; sale el final para la segunda mitad de nuestro siglo. No les doy otros caminos de especulación, pero hay modo de contar con el que estaríamos a las puertas, ya mismo.

Existen incluso filosofías políticas que han secularizado este milenarismo, y lo toman como plano donde encajar los movimientos revolucionarios. De todos modos, la persona y el personaje de Lutero deben verse en ese espacio, en esa cosmovisión. Y ahí lo contemplamos en su confrontación (por decirlo con alguna frase genérica) con los campesinos, cuyos líderes les anunciaban igualmente el final de los tiempos, pero con otro mapa. Episodio tan usado y divulgado, tan confuso en sus explicaciones. ¿Por qué, pues, tratar un asunto así? Pues porque vivimos tiempos donde la fe debe caminar, y el camino de la fe es muy complejo también; no se trata de simple gusto por algo de historia, sino de algo “actual”, aunque tengamos que “traerlo” de forma trabajosa.

Con Lutero se siente (bueno, es mi caso) una condición extraña. Por un lado, su experiencia de conversión, su comunión con la cruz, su “teología” de la cruz, su Dios como “persona”, como “padre” (que otros ya proclamaron, pero que él divulga), te hacen cercano. Le das un abrazo de comunión. Pero cómo vive esa fe Lutero, cómo la pone a caminar, hace que, en muchos casos, te sueltes y salgas corriendo. Y como esas dos cosas no se pueden separar, pues ahí está la extraña situación.

Lutero fabricó un mapa donde vivir su fe. (Eso nos pasa a todos en alguna medida, pero creo que debemos tener la prevención de estar alerta y rechazar.) Y se complicó por no admitir que la fe pudiese vivirse en otro sitio. “Su” fe, “su” Evangelio, “su” Cristo; eso es peligroso. Llegó a considerar que cualquiera que rechazase algo de “su” mapa, era ya alguien al servicio del diablo. (Así pensaba incluso de otros reformadores.) La pelea final se tenía que producir en “su” paisaje, en “su” lienzo. (La propia Biblia tenía que “plegarse” a ese modelo, por eso, durante un momento no encontró encaje de algunos libros, como Santiago.) Y no fue así. Terminó, pues, bastante desorientado, y algo amargado, aunque bromeara tanto.

Ese es el contexto de sus confrontaciones con los campesinos (que seguiremos mirando, d. v., la próxima semana). ¿Por qué le han tenido que consultar a él, cuyo ministerio no corresponde con esos asuntos? Como “predicador” tiene que enseñar su evangelio de salvación, lo cual hace en esos escritos, pero los asuntos seculares, esos derechos que unos y otros reclaman, eso es secular y corresponde a los portavoces de su esfera propia, de ese “reino” particular: deben ser los juristas de las universidades, no los pastores del púlpito.

Se ve “obligado” a pintar un sector del lienzo que no le corresponde, ése no es su cuadro. Además, se le ha colado una situación no prevista; pensó que su lucha era contra el papado, ahí está el Anticristo, ésa es su pelea a muerte, pero ahora tiene que extender esa conciencia a los profetas exaltados, a los hijos del diablo, que están en su propio campo. La lucha es la misma, pero con contendiente no previsto. (Esa es también la explicación, que no aceptación, de sus condenas finales contra los judíos; se han incorporado a la pelea, son igual que el papado, y deben ser aniquilados; es la pelea final, no son asuntos personales, es algo cósmico.)

La confusión está servida. Lutero trata el tema de la rebelión de los campesinos con el lenguaje de “su” evangelio, como algo de “salvación”, donde el cristiano tiene un lugar determinado. Pero el asunto es civil, social; no están preguntado o reclamando algo de su alma, de su salvación, sino de vida concreta, aunque tenga que ver con lo eclesiástico (como reclamar que cada parroquia eligiese a su párroco), de diezmos, de caza, de labranza, etc.

Lutero escribe contra ellos, de ahí su grueso lenguaje, en la experiencia de su lucha contra el diablo: escribe contra el diablo mismo, tanto en los señores como en los campesinos está el diablo. ¿Qué hacemos con ese Lutero? Pues que se quede son “su” evangelio y con “su” mapa. Eso no es el Evangelio de la Biblia. Que nuestro Señor no vino a mediar en asuntos de herencias terrenas, claro que sí, pero no escribe que un hermano le corte la cabeza al otro por reclamársela.

Esto se ha complicado. Seguramente convendrá mirar el asunto en más de una semana.

Autores: Emilio Monjo Bellido
©Protestante Digital 2013

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