Archivos para junio 17, 2013


Juan Stam

OXYGEN Volume 10

El punto de partida para la teología evangélica

 

De Tales de Mileto, uno de los siete sabios de Grecia (c.624-546 a.C.), considerado por muchos como fundador de la filosofía occidental, Platón cuenta que una noche estaba observando las estrellas y quedó tan absorto que se cayo en un pozo. Esta anécdota, bastante graciosa y probablemente apócrifa, encierra una gran verdad: en los inicios del pensamiento occidental había unna nota de asombro, de maravilla, hasta una cierta actitud de reverencia humilde ante la creación y ante la verdad.

 

Creo que lo mismo puede decirse para la reflexión teológica. La buena teología nace del asombro, del sentido de maravilla ante Dios, su palabra y su verdad. Nace de la adoración, y en adoración. La teología yahvista, del gran “Yo soy”, nació cuando un pastor de ovejas quedó estupefacto, con gran asombro, ante una zarza que ardía sin consumirse. El profeta Isaías cuenta su propia experiencia asombrosa, el año que murió el rey Uzías, cuando “vio a Dios excelso y sublime, sentado en un trono” y su gloria llenaba el Templo. Saulo de Tarso, por su parte, vio al Cristo Resucitado rodeado por una gran luz cegadora y deslumbrante. Esa visión lo sacó de su caballo y lo tiró al suelo. Hoy también la teología debe comenzar con un encuentro con el Señor.

 

En el pensamiento occidental, vino un cambio radical con la filosofía de René Descartes (1596 –1650), pionero de la modernidad. Descartes enseñó a la filosofía moderna a comenzar con la duda y proceder con “la duda metódica”. De ahí su famosa fórmula, como fundamento firme de su pensar, “cogito, ergo sum” (“Pienso, por lo tanto soy”). Aun si dudo que existo, ahí estoy dudando y por lo tanto existiendo. Descartes priorizó una especie de racionalismo crítico y escéptico, cuyo punto de partida era la duda para llegar desde ella al conocimiento. Esa revolución cartesiana nos afecta a todos, tanto positiva como negativamente.

 

La sana teología nace de la revelación divina y es, en primer término, reflexión sobre ella. “A Dios nadie lo ha visto nunca”, concluye el prólogo del cuarto evangelio; “el Hijo unigénito… nos lo ha dado a conocer” (Jn 1:18).  “Nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo quiere revelarlo” (Mt 11:27; cf. 1Co 2:10; Ef 3:5). Según Karl Barth, siguiendo a Calvino, sólo Dios conoce a Dios y sólo por su auto-revelación podemos conocerlo. Por eso, dice Barth, cuando Dios se descubre (se revela) siempre se encubre a la vez (se vela), porque no se agotó en su revelación.

 

Pero Dios se ha revelado y puede ser conocido. Toda teología sana comienza con el “auditus fidei”, el escuchar en fe a la palabra de Dios en Cristo y en las escrituras. Dios se revela en Cristo, atestiguado normativamente por las escrituras. La creación (Sal 19), la conciencia (Rom 2:14-15) y la experiencia también pueden revelar a Dios (cf. el cuadrilátero wesleyano).

 

La sana teología parte de la fe y se mueve en ella “de fe en fe”. Esto se expresa en la famosa frase, Credo ut intelligam (“Creo para poder entender”). San Agustin (354-430), en uno de sus sermones, dialoga con los oyentes: “Tú decías: ‘entienda yo y creeré’. Yo, en cambio, decía: ‘cree para entender’. ((crede, ut intelligas) …’Entienda yo, dices, y creeré’. Cree, digo yo, para entender’. Responde el profeta: ‘Si no creyereis, no entenderéis’. (San Agustín, Sermón XLIII; que repite la idea seis veces; cf. Tract. Ev. Jo., 29.6). Para Agustín el conocimiento no era meramente racional y académíca sino integral; el verdadero conocimiento de Dios involucraba para él las pasiones y la voluntad además del intelecto. El verdadero teólogo, como el verdadero filósofo, es un enamorado de Dios (verus philosophus amator dei est). La fe no depende de evidencias y pruebas externas a ella misma, sino de la firme convicción del corazón.[1]

 

Esta orientación teológica era muy enfática en San Anselmo (1033-1109). En el primer capítulo de Proslogio se expresa muy elocuentemente:

 

No intento, Señor, penetrar tu profundidad, porque de ninguna manera puedo comparar con ella mi inteligencia; pero deseo comprender tu verdad, aunque sea imperfectamente, esa verdad que mi corazón cree y ama. Porque no busco comprender para creer, sino que creo para llegar a comprender. [Neque enim quaero intelligere ut credam, sed credo ut intelligam] Creo, en efecto, porque, si no creyera, no llegaría a comprender.

 

Con este punto de partida, el quehacer teológico se entenderá como fides quaerens intellectum (“la fe en busca del entendimiento”, que fue el título original del Proslogio de Anselmo). La teología es “la inteligencia de la fe” que no parte de la fe, no del mero raciocinio, como si Dios no se hubiera revelado. Este mismo enfoque fue adoptado por los reformadores protestantes en el siglo XVI y por Karl Barth en el XX.[2] José Míguez Bonino, en su libro La fe en busca de eficacia, asume el mismo enfoque pero lleva el intellectus un paso más adelante hacia la praxis, en que el conocimiento no es un fin en sí. La tesis de Míguez podría formularse como “la fe en busca de inteligencia, en aras de la transformación de la realidad” (cf. la onceava tesis de Marx contra Feuerbach).

 

La posición contraria, de “entiendo para poder creer” (intellego ut credam) caracterizaba el pensamiento de Santo Tomás de Aquino y la tradición aristotélica. En la modernidad, con la duda metódica de Descartes y la inspiración de Schleiermacher, esta escuela teológica ha tendido a ser más escéptica y negativa.[3] Aunque la razón tiene que funcionar, y funcionar bien, en la comprensión original del evangelio (como noticia y como exigencia,notitia fiducia), la conversión a Cristo no nace de una serie de pruebas que la razón pueda aceptar, sino del encuentro con el Dios viviente y el acto de fe en el Dios que se ha revelado. A partir de esa experiencia y esa actitud, la duda constructiva ayudará a convertir las opiniones doctrinales en firmes convicciones existenciales.

 

Juan Stam B.

marzo 2013


[1] Con esto concuerda el concepto neotestamentario de “misterio” como algo antes desconocido pero ya revelado, que no hubiéramos conocido con esa revelación.

[2] Sobre este tema en Pascal, Kierkegaard y Barth, véanse los pasajes correspondientes en Hans Küng, ¿Existe Dios? (Cristiandad 1979).

[3] Ver nuestro ensayo, en este blog, “La teología evangélica: ubicación histórica” (juanstam,com, 3 de agosto de 2012)


 Por Joana Ortega Raya

Puede que María de Nazaret –más conocida en nuestra cultura mediterránea como la Virgen María o la Madre de Dios- haya sido una de las mujeres más maltratadas y malentendidas por la historia de la iglesia. Virgen y madre al mismo tiempo, algo absolutamente inverosímil, se ha utilizado como una justificación de los deseos más ocultos de los hombres y como coartada para reprimir, dominar y controlar el cuerpo y la sexualidad de las mujeres.

Si bien es cierto que el testimonio de los cuatro evangelios podría conducirnos a entender el personaje de María tal y como la historia de la iglesia nos lo ha transmitido, también es cierto que podemos encontrar algunos detalles que contradicen una tradición cristina que ha querido hacernos creer que nuestro cuerpo y nuestra sexualidad debe responder a los ideales esperpénticos de una mujer inexistente, no en el sentido histórico, claro, sino más bien en el aspecto simbólico.

María, víctima de las tradiciones y de las convenciones de una religión y de una cultura basadas en el honor y la vergüenza social, tuvo que enfrentarse, siendo casi una niña, a un embarazo no deseado, poniendo en peligro la reputación de su familia y, lo que es más grave, su propia vida.

Creo que la tradición cristiana a endulzado demasiado la historia de María de Nazaret. Esta tradición no ha mostrado ninguna sensibilidad hacia una niña embarazada enfrentada a todas las convenciones de su entorno. Nos la ha mostrado como si fuera una diosa, por encima del bien y del mal, ajena a los errores, a los desastres y a las miserias que, sin duda, sufrimos todos los seres humanos.

En mi opinión, María de Nazaret sufrió las contradicciones y los excesos del sistema patriarcal; experimentó en su propia carne y en su propia historia lo que Ayaan Hirsi Ali llama “la jaula de la virginidad”, primero en su contexto religioso y después en la tradición de una iglesia que le ha negado lo más importante para una persona: su humanidad.

Me gusta pensar, y de hecho así lo creo, que la tradición protestante le ha devuelto a María de Nazaret su derecho a seguir siendo humana: ella no es la Madre de Dios, es la madre de Jesús de Nazaret, una mujer que pensaba como mujer, que amaba como mujer, que sufría y se preocupaba por sus hijos e hijas como mujer, y que tenía una comprensión muy particular, adecuada y perspicaz de Dios, tal y como se refleja en el Magnificat: “Ha hecho proezas con su brazo; ha esparcido a los que eran soberbios en los pensamientos de su corazón, ha quitado a los poderosos de su trono y ha exaltado a los humildes. A los hambrientos ha colmado de bienes y ha despedido a los ricos con las manos vacías.” (Lc. 1,51-53).

Quede su ejemplo para todas y todos nosotros como un testimonio de la bienaventuranza de Dios hacia las personas que deciden obedecer su voluntad sin tener que negarse a sí mismas.


Sobre la autora: 
Joana Ortega-Raya es directora de Lupa Protestante.  Licenciada en Teología (SETECA), en Filosofía y Ciencias de la Educación (Universitat de Barcelona), Doctora en Filosofía (Universitat de Barcelona) y Master Duoda en Diferencia Sexual (Universitat de Barcelona). Durante muchos años ejerció como profesora de Filosofía, Biblia y Griego en una institución teológica protestante en Cataluña. Es miembro de la Església Evangélica de Catalunya – Iglesia Evangélica Española (metodista y presbiteriana)