Archivos para junio 30, 2013


Nancy Landa es la protagonista de un capítulo de Dreamers, el nuevo libro de la periodista mexicana Eileen Truax

Nancy Landa el día de su graduación en California.

Nancy Landa atravesó la playa de Tijuana (México) con nueve años. Aún no estaban los barrotes que ahora se adentran en el mar y su familia aprovechó la madrugada para correr a través del arenal hasta San Diego (California). Veinte años después, en 2009, Nancy volvió al punto de partida. Un autobús del servicio migratorio la abandonó del lado estadounidense de la frontera y los oficiales la obligaron a cruzar. Llegó a México, a un país que apenas recordaba, con un teléfono móvil, 40 dólares y una orden de deportación. Completamente sola.

La periodista mexicana Eileen Truaxha tratado de poner rostro al problema de la migración con su libro Dreamers, en el que cuenta la historia de Nancy y de otros jóvenes indocumentados que aún viven en EE UU y que luchan por regularizar su situación. Se les conoce así (soñadores) por la fallida ley Dream Act, que iba a dar la ciudadanía a los jóvenes indocumentados matriculados en una universidad o alistados en el Ejército. Son jóvenes que llegaron a EE UU siendo niños por decisión de otros. Críos que forjaron su identidad cantando el himno nacional ante una bandera de barras y estrellas en las escuelas estadounidenses y que no conocen más país que ese aunque sus papeles digan otra cosa.

“Son el rostro más vulnerable y el más generoso del proceso de reforma y del grupo de inmigrante indocumentados. Ellos no eligieron su situación ni tuvieron la oportunidad de decidir. EE UU es su único mundo posible. Estas dos características les dan autoridad moral para llevar a cabo las acciones que llevan, para acercarse a las autoridades y exigir”, dice Truax, inmersa estos días en la presentación de su libro.

La periodista Eileen Truax. / RENÉ MIRANDA

La entrevista con estas dos mujeres se produce este jueves, minutos después de la aprobación en el Senado de EE UU del proyecto de ley de reforma migratoria que busca la legalización de 11 millones de ‘sin papeles’. A ninguna de las dos les entusiasma el carácter histórico de la votación. Truax cree que lo más probable es que el Congreso, que ahora tiene el texto en su tejado, “lo modifique sustancialmente o lo deseche y cree un nuevo proyecto. En el proceso de negociación se va a perder parte de lo avanzado en enfocar la reforma hacia un tema de derechos humanos. Hoy la parte dura del Congreso está pidiendo que volvamos a ver la migración como un apéndice de la seguridad nacional y no como un tema de justicia social”.

La periodista dice que incluso aunque el proyecto se aprobara hoy, tal y como está, el plazo más corto para obtener la ciudadanía sería de 13 años. “Obtener la ciudadanía dependerá de cómo haya funcionado el proyecto de seguridad en la frontera, eso es perverso”, dice. La última enmienda incluida en el Senado se basa en una inversión multimillonaria para duplicar a 40.000 el número de agentes fronterizos e instalar tecnología de última generación para evitar la entrada de indocumentados. “No hay presupuesto para ese muro y cuando se acerque la fecha se dirá que la frontera no es segura y que por tanto no les dan la ciudadanía. Alguien con más malicia te diría que su objetivo final es evitar que estas personas voten algún día”.

Para Landa, de 33 años, cualquier reforma llega ya demasiado tarde. Licenciada en Administración de Empresas por la Universidad de California, gracias a los subterfugios de una residencia temporal y a una beca privada del centro educativo, la joven trabajó como voluntaria en laprimera campaña electoral de Barack Obama en 2008. El demócrata le devolvió la ilusión por la política estadounidense, pero duró poco. “Cuando anunciaron la victoria fue muy emotivo. En ese momento pensé que ya no tendría que preocuparme de mi situación pero un año después me deportaron. Sí, me falló”, dice en un español con marcado acento estadounidense.

La joven no entiende el tiempo que ha tardado Obama en impulsar la reforma migratoria (“supongo que no era su prioridad”), pero Truax concede que para el primer presidente negro de la historia de Estados Unidos existía “un riesgo político” en hacerlo en el primer mandato sin que se resolviera la recesión económica, la reforma sanitaria y la salida de tropas. Sin embargo, critica que ese “acomodo de prioridades políticas” haya estado acompañado por una política de deportación “absurda”. “Obama ha deportado 400.000 personas cada año, muchos más que todos los presidentes anteriores incluido George Bush. A Obama se le conoce en EE UU como el commander in chief [comandante en jefe], los latinos de broma ya le dicen el deporter in chief”, dice la periodista, que lleva nueve años viviendo en Los Ángeles.

Recién deportada Landa se instaló en Tijuana. Apenas un mes después de su llegada se le unieron sus padres, ella costurera y él dedicado a la construcción, que corrieron su misma suerte. “Sientes felicidad por estar todos juntos, pero también el dolor de perder todo lo que construiste y de volver al mismo punto del que partiste, sin nada”, explica la joven. “Los primeros años no era yo, solo piensas en sobrevivir. Ahora ya estoy más cómoda, pero aún no siento que es mi casa”. Landa está ultimando los papeles de una beca que le han otorgado para estudiar una maestría en Londres y en un futuro le gustaría trabajar en hacer más fácil la vuelta a México de los deportados.

Truax resume en unas frases lo que trata de mostrar en su libro, algo así como un toque de atención a un lado y a otro de la frontera: “Hay muchas nancys landas, es talento que dejó ir México y ahora deja ir Estados Unidos. Los Dreamers tratan de hacer sensible a la sociedad que ellos no representan un problema sino una oportunidad para el país. Son binacionales, biculturales, son bilingües y tienen ganas de estudiar. Son la generación que va a sostener económicamente a todos estos señores que están sentados en Washington y que mañana estarán retirados”.

 

http://internacional.elpais.com/

Over the rainbow

Publicado: junio 30, 2013 en opinión

Y no hay mayor ironía que ver, al final del arco iris, que aquellos que antaño morían por revolcarse, hoy quieran vivir para casarse.

 Ricardo Vásquez Kunze,Desayuno con diamantes

rvasquez@peru21.com

Esta semana, la Corte Suprema de los EE.UU. declaró inconstitucional la ley DOMA que limitaba el matrimonio a las parejas constituidas entre hombre y mujer, soslayando así el origen para la que fue creada esta institución y dándole un nuevo giro de cariz “revolucionario”. Como ello abre las puertas del matrimonio a parejas del mismo sexo, esta decisión ha sido celebrada ampliamente por la comunidad gay, así como por sectores liberales y progresistas del mundo entero. Son estos mismos colectivos los que han señalado a todos los opositores de este “nuevo matrimonio” como “conservadores”. Pero, ¿lo son?

A principios del siglo pasado, cuando el comunismo se hizo del poder en Rusia, Lenin, el paladín de la “revolución mundial” y sucesor ideológico de Marx y Engels, tenía, como estos, las cosas claras: la familia y el matrimonio –esto es, las células de la sociedad burguesa– debían desaparecer para que la revolución viviera. El “nuevo hombre”, decía la hoy momia exhibida hasta hace unos años para el solaz de las masas histéricas, tenía que ser libre en el amor, sin esas abominables ataduras de clase impuestas a la sociedad por la burguesía y su secuaz, la Iglesia. Muy pronto, sin embargo, ni bien embalsamado el cuerpo de Vladimir Ilich, Stalin y los que lo sucedieron hasta la caída del comunismo no solo se desentendieron de los anatemas revolucionarios contra el matrimonio y la familia, sino que los consideraron como instituciones fundamentales de la sociedad socialista, incorporándolas al Programa del P.C.U.S. La “revolución mundial” se había vuelto conservadora.

history_gld1La posta revolucionaria de aquellos buenos maridos y mejores padres de familia marxistas la tomaron en Occidente, contra el matrimonio y la familia, los liberales. Fueron los turbulentos años sesenta del siglo XX. Fueron los años maravillosos de “haz el amor y no la guerra”. Los años del sexo, drogas y rock and roll. En síntesis, los años de la Revolución Sexual. Una revolución para la que, por supuesto, el matrimonio y la familia sobraban. Y estaban de más por la sencilla razón de que limitaban intolerablemente al sexo, al amor y a la libertad. Uno de los grupos sociales más recalcitrantes y comprometidos con este evangelio liberal contra el matrimonio y la familia fueron los gays. Creían que, desaparecidas aquellas instituciones anacrónicas, no habría muy pronto forma de “discriminarlos” de los heterosexuales, pues ambos se igualarían en su modo de relacionarse en el amor y el sexo.

Pero pasaron los años y la promiscuidad fruto de esa desenfrenada forma de vida saturó espíritus y corazones. Y, hoy, aquellos que defendían a capa y espada la revolución sexual, aquellos que encontraban en ella la única arma para no ser “discriminados”, quieren casarse. Los gays, pues, exigen y consiguen del Estado boda y familia. Pero, ¿no significa acaso esto que, ideológicamente, la revolución sexual ha fracasado? ¿Que, como la marxista, se ha vuelto conservadora?

Por eso no hago más que reírme cuando escucho de boca de gays, “progresistas” y “liberales” acusar a sus opositores de “conservadores”, mientras se rasgan las vestiduras por… ¡el matrimonio! Más aún, ¡por el “matrimonio para todos”! Señores, seamos claros. Cuando los enemigos ideológicos del matrimonio terminan exigiendo a la ley el derecho a casarse y a formar familia, es que estas instituciones C-O-N-S-E-R-V-A-D-O-R-A-S han triunfado en toda regla contra sus verdugos revolucionarios de antaño con la más inapelable de todas las victorias: la conversión.

Kris Perry, center left, and Sandy Stier  wed at San Francisco City Hall.

Y no hay mayor ironía que ver, al final del arco iris, que aquellos que antaño morían por revolcarse, hoy quieran vivir para casarse.

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