Sumérgete en la utopía

Publicado: julio 23, 2013 en Misión Integral, Misión Urbana

Juan Simarro Fernández

Derechos humanos, los cristianos y los pobres (5)

54134_N_01-10-12-23-34-40Sólo la utopía nos puede ayudar a trabajar por la plenitud del Reino en justicia y paz, justicia y paz en plenitud y verdad. Los cristianos debemos ser utópicos.

Hay que ser utópicos en la búsqueda de una justicia y una paz completas, en la búsqueda del Reino de Dios en plenitud. Nos movemos en el “todavía no” del Reino, pero hemos de trabajar buscando un mundo más justo como si ya, en nuestro aquí y nuestro ahora, pudiéramos instaurar el “ya” el Reino de Dios en completa justicia y paz.
Es verdad que existe el “todavía no” del “ya” del Reino, pero nosotros debemos trabajar, desde la utopía, como si pudiéramos conseguir su plenitud… porque esa plenitud llegará aunque nosotros ya hayamos muerto.
Sólo la utopía nos puede ayudar a trabajar por la plenitud del Reino en justicia y paz, justicia y paz en plenitud y verdad. Los cristianos debemos ser utópicos.
Los Derechos Humanos siguen retando a los hombres. Así, en su artículo 1 sigue repitiéndonos que los seres humanos  “dotados como están de razón y conciencia, deben comportarse fraternalmente los unos con los otros”.  Asumamos ese reto desde la utopía de poder llegar a un mundo totalmente justo y con completa paz.
Los cristianos debemos ser creadores de conciencia en un mundo en donde hay tantos injustos que parecen no tenerla. Es verdad que todos estamos dotados de conciencia y razón, pero muchos la tienen endurecida para no sentirse interpelados por el sufrimiento de los otros, miran para otro lado, pasan de largo incapaces de ser movidos a misericordia. Para trabajar en estas áreas, siendo creadores de conciencia, hay que ser un tanto utópicos. Desde el punto de vista del “todavía no”, podemos hablar de la utopía del Reino. Si no, desfalleceremos ante tanta injusticia y ante la constatación de nuestra debilidad.
No basta exponer como hemos hecho en el artículo anterior unas reflexiones críticas, sino que nos debemos hacer esta pregunta: ¿Cómo asumir nuestra responsabilidad ante el artículo 1 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos en donde se establece que todos los seres humanos,  “dotados como están de razón y conciencia, deben comportarse fraternalmente los unos con los otros”?La respuesta nos puede llevar por caminos de utopía, pero de una utopía que nos puede hacer avanzar en líneas de búsqueda de justicia, de transformación de conciencias.
Hay que ser utópicos pensando en que somos alternativaa un mundo real existente lleno de injusticias y opresiones. Vivir en la utopía del Reino, que, estando “ya” entre nosotros, sabemos que llegará en su plenitud y que lo viviremos en la nueva Jerusalén, nos ayuda a que, además de denunciar, trabajemos, actuemos, seamos agentes de liberación. Anunciar que la paz y la justicia en el mundo en su total plenitud debe ser objetivo de los cristianos, sólo se puede hacer desde la vivencia de una sana y creadora utopía, la utopía del Reino.
Tenemos que trabajar siendo realistas, pero no pesimistas, y debemos estar abiertos a la utopía de un mundo mejor que dé total sentido a nuestras vidas, un mundo totalmente solidario y justo.
Son precisamente los cristianos los que están cualificados para aplicar los Derechos Humanos en el mundo, porque conocemos unos valores más utópicos aún, que hemos de poner en marcha como contracultura a muchos de los valores vigentes. Pensando en la plenitud del Reino, pero desde el “ya” de ese Reino asumiendo el “!todavía no” sin que nos paralice.
Aunque sepamos que llegar a la plenitud de estos valores de justicia y paz sea imposible, y tengamos que esperar la realidad de la nueva Jerusalén, se puede trabajar por la plenitud de estos valores desde la utopía, porque el hecho de que llegar a la plenitud de estos valores sea utópico, no implica que al trabajar sobre ellos desde la utopía no se vayan ganando parcelas al mal destruyéndolas con el bien. La marcha tras la utopía abre siempre caminos hacia una mayor conciencia humana eliminando lo inhumano y potenciando los comportamientos fraternales.
Nos recuerda la Declaración de los Derechos Humanos que tenemos razón y conciencia. Por tanto, comportémonos fraternalmente. Esto implica trabajar por un mundo en donde reine el amor total, el amor completo, el amor absoluto. Esto es caminar apoyados en esa utopía.  “Si nos amamos unos a otros, Dios permanece en nosotros…”  (1ª Jn. 4:12), base bíblica de este artículo de los Derechos Humanos en donde dice que nos comportemos fraternalmente los unos con los otros. Sólo así hacemos a Dios visible en el mundo. Es la forma de cumplir con este primer artículo de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, de con seguir un comportamiento fraternal los unos para con los otros.
Además, en la lucha tras la utopía evangelizamos, hacemos visible al Invisible que algún día llevará a su compleción y perfección el Reino de Dios. Esto ocurre cuando en nuestro comportamiento fraternal, nuestro amor en acción, alcanzamos también, y de manera especial, a todos los oprimidos e injustamente tratados. Por eso la evangelización debe ser denunciadora de injusticias y anunciadora y promotora de la justicia y el amor en el mundo. Un mundo que lo queremos en completa justicia y paz mirándolo desde esa sana utopía.
Así, la evangelización también debería ser utópica pensando que el Evangelio llegará a todo el mundo y lo cambiará. Por eso nunca desmayaremos en una evangelización hecha desde los parámetros de Jesús: desde los más pobres y en solidaridad con ellos. La evangelización debe ser creadora de comportamientos fraternales entre los hombres. Es parte del evangelio del amor hasta su radicalidad: ¡Vende! ¡Comparte! ¡Sígueme! La promoción de la justicia en el mundo ya es amor, es parte del evangelio del amor. Es comportamiento fraternal.
Muchas veces los cristianos nos enzarzamos en controversias y en luchas teológicas y olvidamos al hombre… olvidando la utopía del Reino. Olvidamos todas las recomendaciones bíblicas para con el prójimo, olvidamos el cumplimiento de los Derechos Humanos. ¡Terrible error!, pues el hombre, inmerso en su realidad histórica, con sus sufrimientos en su aquí y en su ahora, era el objetivo directo del Reino de Dios que irrumpe en nuestra historia con Jesús mismo.
Los Derechos Humanos no están lejos de las recomendaciones o mandamientos bíblicos. Debemos trabajar por el cumplimiento total de los Derechos Humanos desde la utopía. El trabajar por que en el mundo haya un cumplimiento total de los Derechos Humanos ayuda a la lucha de los valores del Reino contra el antirreino, a la lucha y reducción de las fuerzas del mal, la batalla contra aquello que se opone a la vida…
Mirad los países empobrecidos, observad los campos de marginación, los focos de pobreza, la vida y la muerte de los pobres y oprimidos, los lugares de torturas, de muerte… ¡Hay tantas cosas que se oponen a la vida de los hombres, tantas opresiones y tantas marginaciones, que es un escándalo que no nos lancemos en lucha abierta contra las fuerzas del antirreino y en liberación de los hombres! Desde la visión utópica podríamos decir: hasta la liberación total de los hombres en justicia y paz.
¡Atención!, nos dice la Declaración de los Derechos Humanos: Todos los seres humanos  “están dotados de razón y conciencia…  deben comportarse fraternalmente los unos con los otros”.  Y la Biblia nos lo confirma y nos dice: Y los amarás como a ti mismo. ¿Este mandamiento se debe perseguir también desde la utopía?

Autores:  Juan Simarro Fernández

©Protestante Digital 2013

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comentarios
  1. otros, que el elemento diferenciador sería que, mientras las tres primeras generaciones se refieren al ser humano como miembro de la sociedad, los derechos de la cuarta harían referencia al ser humano en tanto que especie . Tal idea había quedado acordada en la Carta de las Naciones Unidas (ver punto 5) cuando en su preámbulo se escribió, “nosotros los Pueblos de las Naciones Unidas resueltos … a reafirmar la fe en los derechos fundamentales del hombre, en la dignidad y el valor de la persona humana, en la igualdad de derechos de hombres y mujeres y de las naciones grandes y pequeñas… hemos decidido sumar nuestros esfuerzos para realizar estos designios” y luego de manera más explícita, cuando expresaron entre sus propósitos el siguiente: “realizar la cooperación internacional en la solución de problemas internacionales de carácter económico, social, cultural o humanitario, y en el desarrollo y estímulo del respeto de los derechos humanos y a las libertades fundamentales de todos, sin hacer distinción por motivos de raza, sexo, idioma, religión”. Para el cumplimiento de tal propósito inicialmente se continuaba concibiendo como agente inmediato al Estado, a cuya custodia la tradición occidental había confiado cierto número de garantías al ciudadano, a partir de las revoluciones inglesas, norteamericanas y francesas. Mas el precario desarrollo de la democracia en el mundo, la amarga experiencia de la Segunda Guerra Mundial y la caótica situación política creada por sus consecuencias en muchas naciones demostraba la consagración de los derechos humanos en constituciones y leyes internas que no eran suficientes para asegurar su protección y respeto por parte de los gobiernos. En numerosos Estados, por factores diversos, la protección del derecho nacional resultaba eliminada, suspendida, inoperante o abiertamente conculcada por gobiernos de fuerza o de careta jurídica.

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