El nuevo símbolo del poder en Nicaragua

Publicado: diciembre 17, 2013 en Ideología

Enormes estructuras de metal, llamados ‘árboles de la vida’, han sido instaladas en el país centroamericano como emblema del régimen que encabeza Daniel Ortega
CARLOS SALINAS MALDONADO Managua

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Dos “árboles de la vida” en Managua, uno con la efigie de Hugo Chávez. Su costo se eleva a los 20.000 dólares. / CARLOS HERRERA / CONFIDENCIAL

Los transeúntes que el pasado jueves caminaban por la céntrica Loma de Tiscapa, en Managua, veían perplejos cómo un inmenso árbol de metal y de color amarillo era erigido por un grupo de obreros a la par de la estatua del héroe nacional de Nicaragua, Augusto C. Sandino. Nadie se explicaba qué hacía justo ahí el artilugio de sólido hierro, el último y más grande de una arboleda metálica que desde julio se ha extendido por las principales vías de la capital nicaragüense. La Loma de Tiscapa es, para los managuas, una especie de santuario: ahí estaban las cárceles de tortura del somocismo, símbolo del terror de la dictadura, y durante décadas ha sido el único refugio histórico de la ciudad. El llamado “árbol de la vida” fue instalado al lado de Sandino por órdenes de Rosario Murillo, primera dama de Nicaragua, como emblema del nuevo poder que se alza en el país.

“Esto es como la tierra de Willy Wonka”, dice un transeúnte

Estos árboles de la vida amarillos son una adaptación del célebre árbol dibujado por el pintor austriaco Gustav Klimt en 1909. La primera dama de Nicaragua —sensible al simbolismo y promotora de una rara doctrina que mezcla catolicismo, misticismo, símbolos prehispánicos y sandinismo— estrenó su adaptación el pasado 19 de julio, día que se conmemoraba la revolución sandinista. Murillo creó una especie de altar, en el que la imagen a adorar era la de Sandino, iluminado por un sol en cuyo centro zigzagueaba una serpiente emplumada. A ambos lados de la imagen estaban los ‘árboles de la vida’. No se sabe si Murillo pidió permiso para hacer esta adaptación de la obra de Klimt, porque el Gobierno no da explicaciones sobre sus decisiones.

Tras aquella ceremonia católico-revolucionaria, los árboles amarillos de metal comenzaron a plantarse por toda la ciudad. Cada árbol cuenta con decenas de lucecitas que titilan durante las noches y son vigilados por una empresa privada que, según la prensa nicaragüense, pertenece a la familia del presidente Daniel Ortega. La revista de investigación y análisis, Confidencial, de Managua, consultó a varios expertos —entre arquitectos, ingenieros eléctricos y urbanistas— que afirmaron que el costo de cada árbol, desde su fabricación hasta su cuidado, asciende a 20.000 dólares. De ser así, se trata de un gasto ingente en un país donde el 47% de la población vive bajo el umbral de la pobreza, según datos oficiales.

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Un “árbol de la vida” junto al monumento a Sandino, héroe nacional nicaragüense. / CARLOS HERRERA / CONFIDENCIAL

Una tarde de finales de noviembre acompañé a un periodista extranjero que visitaba Nicaragua a la Plaza de la Fe, donde se celebró el aniversario de la revolución. En una esquina de la plaza un grupo de obreros trabajaba pintando de amarillo las enormes estructuras de metal, a un lado del obelisco que se erige en honor a Juan Pablo II, una figura que es citada constantemente por Rosario Murillo en sus alocuciones diarias en los canales de televisión que controla la familia Ortega (al menos cuatro, en televisión abierta). Más tarde esos árboles serían instalados por los obreros de la Alcaldía de Managua y la Empresa Nacional de Transmisión Eléctrica (Enatrel) en las principales rotondas de la ciudad. “Es increíble que esto pase en un país occidental”, dijo, abrumado el periodista extranjero, veterano en cobertura de guerras y dictaduras. “Esto no lo he visto ni en los países del extinto bloque soviético”, aseguró mientras caminábamos por la amplísima Avenida Bolívar, a cuyos lados se alzan decenas de árboles amarillos, acompañados de altares a la Virgen María y nacimientos que muestran a un rechoncho Niño Jesús, todo ideado por Murillo. Al final de la avenida, en un gran rotonda, la primera dama ordenó poner un monumento a Hugo Chávez, el gran benefactor del presidente Ortega: el rostro del fallecido comandante, pintado de amarillo, con uniforme de la Fuerza Aérea, sostenido por el sol con la serpiente emplumada y, debajo, un árbol de la vida acostado. Todo adornado por pequeños arbustos de plástico cargados de alegres lucecitas. “Esto es como la tierra de Willy Wonka”, lanzó un transeúnte, que hacía referencia al personaje de ficción de Charlie y la fábrica de chocolate.

Para los críticos de Ortega son la muestra de un poder que pretende ser duro y absoluto

Los nicaragüenses, dados al apasionamiento político pero también a burlarse de sus protagonistas, se han tomado con mofa el hecho de que su capital se llene de esos raros árboles amarillos… hasta el pasado jueves, cuando sorpresivamente vieron que uno de esos árboles, mucho más grande que el resto, se alzaba justo a la par de su héroe Sandino, en el mismo lugar que era el símbolo de la tortura y la ignominia somocista. El rechazo no se hizo esperar en las redes sociales y los diarios críticos del país. El periodista Carlos Fernando Chamorro escribió en su cuenta de Twitter: “Como la estatua de Somoza, los ‘árboles’ de Murillo representan el símbolo de este régimen. ¿Cuánto tiempo le tomará al pueblo derribarlos?”. La también periodista y socióloga Sofía Montenegro escribió: “En esta concepción geomántica, el centro, el ombligo del mundo, es la propia Señora de los Anillos (en alusión a Murillo, dada a usar más de 30 anillos en sus manos); sus arbo-latas amarillas, el emblema del régimen. No otro sentido tiene la pretenciosa instalación en la Loma de Tiscapa, al lado del monumento a Sandino, de un colosal y cegador armatoste que le dobla en altura y domina la ciudad. “Yo conquisté el sitio de poder del somocismo y al propio sandinismo; soy la reina de la colina y mío es el poder” parece decir la grosera copia del refinado trazo de Gustav Klimt, el pintor austriaco “fusilado” en Managua por estos delirios”.

Diciembre es mes de ventiscas en Nicaragua. Las ráfagas levantan nubes de polvo y mecen con fuerza los árboles donde se refugian los loros de la capital, Managua, milagrosamente verde. Pero las estructuras de metal amarillas no se mueven ni con el más fuerte de los vientos decembrinos. Para los críticos de Ortega son la muestra de un poder que pretende ser duro y absoluto: El viejo guerrillero sandinista, que luchó por derrocar una dictadura que duró más de 40 años, reformó la Constitución de Nicaragua para adaptarla a sus caprichos políticos y perpetuarse en el poder… mientras su esposa instauraba en la capital el nuevo símbolo de ese poder: sus árboles de la vida.

 

http://internacional.elpais.com/internacional

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