Iglesia: baja de las nubes

Publicado: marzo 14, 2014 en Misión Integral
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Juan Simarro Fernández

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Torre de iglesia / Nick Bramhall (Flickr – CC BY SA 2.0)

Baja al aquí y al ahora y mánchate las manos, si es necesario, en la ayuda al prójimo apaleado y tirado al lado del camino.

 

Baja de las nubes, Iglesia. Desciende a la tierra, a los focos de conflicto allí donde sufren los hombres. Muchas veces nos acostumbramos a la idea de que la iglesia es una comunidad de fe espiritualizada y un tanto desencarnada del mundo si nos referimos al conjunto de miembros y, desde la perspectiva de su ubicación física en un lugar, la consideramos como el lugar de cultos, el espacio donde tiene lugar la práctica del ritual. Pero la iglesia, como consecuencia de ser una comunidad de fe, es también una comunidad de amor, ya que la fe, como diría el Apóstol Pablo, actúa a través del amor. En ese sentido de la iglesia con una misión de amor al hombre, debe bajar de las nubes.

Iglesia, desciende y encárnate en la realidad de un mundo injusto. Trabaja para que la fe actúe por el amor en medio de la tierra, del asfalto de las ciudades y del polvo del campo y de los caminos. Haz realidad un amor referido tanto a Dios como a la práctica de la projimidad, pues ambas relaciones las consideró Jesús como semejantes.

No caigas en el error de elevarte demasiado y querer tratar sólo con los ángeles. Sí. El error es que muchas veces intentamos buscar el amor de Dios, desde planos excesivamente místicos y espiritualistas, mientras nos olvidamos de los gritos del prójimo abandonado y sufriente. Así, la iglesia se desvanece y es entonces cuando la iglesia deja de ser iglesia del Reino. Intenta nutrirse de un gozo celestial que en el hondón del alma de sus feligreses les deja un vacío: es el vacío de la espiritualidad vivida en insolidaridad.

Baja al aquí y al ahora y mánchate las manos, si es necesario, en la ayuda al prójimo apaleado y tirado al lado del camino. Cuando consideramos que una dimensión esencial y vital de la iglesia es su responsabilidad con el hombre, con el prójimo inserto en un mundo injusto, complejo y problematizado, vemos que la preocupación por el prójimo nos lleva a la preocupación por el aquí y el ahora del mundo en el que vivimos. Ahí se debe insertar y encarnas la iglesia.

Encárnate, iglesia, siguiendo al Maestro. La iglesia tiene que practicar la verdad, pero una verdad que no es la de un silogismo abstracto y perfecto desde el punto de vista de la forma o de la sana doctrina, sino una verdad encarnada que debe permear todas las estructuras injustas y de poder político o económico que se dan en el mundo. En ese sentido es en el que tenemos que ser luz del mundo y sal de la tierra y no una luz que nos proyecta hacia el cielo de forma insolidaria.

Desciende, iglesia, desciende para comunicar salvación. La razón de ser de la iglesia es para muchos la comunicación de la obra de salvación realizada por Jesucristo. Y es verdad. Pero esa obra de salvación, si nos fijamos en la obra del Jesús encarnado que anduvo entre los hombres haciendo bienes, no predicó solamente salvación para el más allá, sino que trabajó y luchó, dando ejemplo para lo que debería ser la labor diacónica de la iglesia, andando por el mundo haciendo bienes, sanando, alimentando, liberando y dignificando como signos del acercamiento de un Reino que, si bien aún no está en su plenitud, sí está ya entre nosotros. Esa es la iglesia encarnada que desciende hasta los abismos y focos de conflicto donde los hombres sufren.

Baja tus ojos y encárnate, iglesia. Y con esto tampoco queremos decir que la Misión de la iglesia deba circunscribirse al orden social, al político y al económico. Lo que pasa es que de la vivencia de la espiritualidad cristiana que está a la base de todo, se desprenden líneas de acción espiritual o religiosa que deben ser fundamento también para el establecimiento y la consolidación en justicia de las relaciones entre los hombres, de la comunidad de todos los seres humanos. El reino de Dios y la comunicación de la posibilidad de salvación comienzan en nuestro aquí y nuestro ahora encarnándose y esparciéndose entre los empobrecidos y oprimidos.

No te eleves hacia lo vano y descarnado. Busca tu lugar sagrado por excelencia que es el hombre. Desciende a la arena de la realidad para no caer en un espiritualismo vano, desencarnado y mutilado. No yerres mutilando la vivencia del Evangelio… pero ¡cuidado!, porque si caemos en un humanismo temporal desligado de la vivencia de la fe cristiana, también estaremos errando y mutilando la vivencia preciosa de la espiritualidad cristiana.

Sí, iglesia, baja y párate al lado de los apaleados en los márgenes de los caminos, pero recuerda:El cristianismo no es sólo un espiritualismo, pero tampoco un temporalismo alicortado y sin visión de trascendencia y eternidad. Si desde la mirada de Dios se ve un lugar sagrado por excelencia que es el hombre mismo, para el hombre hay dos lugares sagrados: Dios y el mismo hombre. Este último se debe convertir en nuestro prójimo.

Iglesia y ayudaEncárnate iglesia y enseña que estas dos líneas amorosas son semejantes. Dos líneas que implican a la iglesia en la práctica del culto y de la alabanza y en la práctica de ser una comunidad de amor preocupada por el hombre y por el mundo en el cual éste se desenvuelve. El Reino de Dios que ya está entre nosotros, si leemos los Evangelios, traza dos líneas de responsabilidad igualmente claras: el anuncio de salvación para la eternidad y la práctica de la salvación del hombre dentro de su realidad concreta en forma de dignificación y de ordenamiento del orden social y temporal, que implica necesariamente la denuncia y la condena de las estructuras injustas que marginan y sumen en sufrimiento al hombre creado por Dios a su imagen y semejanza. La iglesia debe enseñar simultáneamente a asumir los valores de las parábolas del reino y a hacer que los últimos pasen a ser los primeros. Para ello hay que encarnarse y practicar la solidaridad.

Baja tus ojos iglesia, desciende a la cruda arena de la realidad donde sufren los hombres. La iglesia no es solamente una realidad que sólo mira al cielo, simplemente porque todos sus miembros y los seres objeto de su evangelización no son seres celestes, sino hombres de carne y hueso encarnados en una realidad social que les afecta, influye e intenta moldear y determinar.

El Evangelio de Dios es libertad que debe de romper también, a través del servicio cristiano y la misión diacónica de la iglesia, las cadenas sociales que roban la dignidad a tantos hombres y que les hace sufrir. De ahí que el Evangelio esté llamado a restaurar también el mundo en su temporalidad, en su aquí y su ahora. De ahí que la iglesia deba bajar de las nubes y encarnarse en medio del pueblo sufriente. Es así como se saca a Dios de los templos para que su reino se acerque a los sufrientes del mundo. Iglesia: Baja de las nubes.

Autores: Juan Simarro Fernández

©Protestante Digital 2014

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