La cruz tras los paraguas

Publicado: octubre 4, 2014 en Noticias, Reportaje

CRONICA Hablan los cristianos que inspiran en Hong Kong la resistencia pacífica frente a Pekín

  • ‘Si es creyente, rece a la Virgen’, repite el cardenal Zen, la ‘conciencia de Hong Kong’
  • Hablan los cristianos que inspiran la resistencia pacífica frente a Pekín
Manifestante con máscara y paraguas frente a los botes de gases...

Manifestante con máscara y paraguas frente a los botes de gases lacrimógenos de la Policía Xaume Olleros

JAVIER ESPINOSAHong Kong

La veintena de religiosos católicos apareció frente al complejo gubernamental a media noche. Les precedía un chaval portando una gran cruz de madera. Miles de muchachos cercaban a esa hora las oficinas del jefe del ejecutivo, CY Leung Chun-Ying.

El ultimátum para que dimitiera había vencido a las 24:00 del jueves. Los más exaltados intentaron cortar la avenida adyacente sentándose sobre la calzada. La acción suponía bloquear a decenas de vehículos que circulaban todavía a esa hora por la conocida ruta costera. “¡Levantaros, levantaros!”, les reclamaron a voz en grito miles de manifestantes. Otros pedían perdón a los conductores. “Ese es el espíritu de esta protesta. El mismo principio que defendemos los católicos. La resistencia sin violencia. Se trata de construir la sociedad no de destruirla”, aseveró el Lui Ha, uno de los clérigos presentes en el lugar. “Son los dignos herederos de Tiananmen”, agregó.

Un día antes el cardenal Joseph Zen se había paseado por las calles del distrito de Admiralty, abarrotadas de opositores. Los chavales se arremolinaban a su paso. Le saludaban con un enorme respeto. Por algo le apodan “la conciencia de Hong Kong”.

“¡Rezad por Hong Kong!”, les pedía el religioso.

“¿Usted es creyente? Si lo es pídale a la Virgen que proteja a esta ciudad. Que no se vuelva a repetir lo que ocurrió en Tiananmen. Hay muchas similitudes y no quiero que estos chavales acaben como aquellos”, manifestó en una conversación ulterior con Crónica.

La presencia en las sentadas de Hong Kong de religiosos como el grupo de Ha o el mismo Zen no constituye un caso aislado. La minoría cristiana de esta ciudad -que no supera el 13% de la población total- ha adoptado un papel especialmente relevante en la apodada Revolución de los Paraguas. Fundadores de Occupy Central como Benny Tai o el reverendo Chu Yiu-Ming, y líderes estudiantiles como el carismático y jovencísimo Joshua Wong o su amigo Alex Chow, secretario general de la Federación de Estudiantes, pertenecen a esta confesión religiosa, cuyos adeptos y simbología son una imagen recurrente en las protestas.

Decenas de iglesias protestantes y católicas han establecido grupos de apoyo a los opositores, o han abierto sus puertas en las zonas donde se concentran para suministrarles alimentos y espacios para reposar. Los corrillos de cristianos que se reúnen a rezar son legión en áreas como Admiralty.

“Pedimos a Dios que nos de fuerzas para continuar”, explicaba Robert Tui, un chaval de 21 años, que oraba junto a sus amigos este jueves en el parque de Tamar.

Para el clérigo Lui Ha el activismo de los miembros de su fe no resulta extraño: «Podemos ser una minoría pero uno de cada cuatro estudiantes universitarios es cristiano».

Rodeado de sus admiradores y pese a sus 82 años, Joseph Zen es quizás un ejemplo paradigmático de la determinación de esta comunidad. “Los cristianos pertenecemos a la inteligencia de este pueblo y es lógico que estemos aquí, en la calle”, asevera. “La Iglesia ha defendido siempre la ideología de los derechos civiles y de la desobediencia civil. De la no violencia. Y estos chavales lo están poniendo en práctica. Su reacción ha sido admirable. Pese a la violencia de la Policía y a todos esos gases lacrimógenos que les lanzaron se contuvieron. No quemaron ni un coche de Policía”.

Zen asegura que él y otros muchos están dispuestos a «llenar las cárceles» de Hong Kong, en una clara alusión a la famosa campaña de desobediencia civil que preparó Martin Luther King en 1963. «Hay que pagar un precio por la democracia», sentencia.

Ese ideario es una constante en la actitud de los activistas que encabezan las protestas. No resulta raro ver a Joshua Wong y sus correligionarios portando camisetas con frases que recogen la filosofía del citado Luther King o Gandhi. «Una ley injusta es una especie de violencia en sí misma. La desobediencia civil es un derecho inherente a los ciudadanos», se leía en una de esas prendas que vestían hace escasos días.

Los dirigentes cristianos niegan que su activismo tenga una relación directa con la pugna de décadas que mantienen con las autoridades chinas. Pekín, que no reconoce por ejemplo la autoridad del Vaticano, mantiene un estrecho control sobre todas las religiones y ha establecido un sistema de iglesias paralelas al que tienen que someterse protestantes y católicos. La mayoría de las iglesias cristianas de Hong Kong han mantenido un claro distanciamiento de Pekín, incluso antes de 1997, cuando no cesaban de exigir una democracia plena para el instante en el que dejase de ser colonia.

El reverendo Chu Yiu siempre estuvo involucrado en estos movimientos y en especial en el llamado Comité de Cristianos preocupados por la Ley Básica, que intentó presionar para cambiar esa normativa pactada por Londres y Pekín que fijó el futuro político de Hong Kong. “Es cierto que este es un choque de mentalidades diferentes”, asume Lui Ha.

Conocido por sus repetidas críticas a Pekín, Zen admite que existe esa rivalidad pero puntualiza que las actuales protestas se centran en “el futuro de Hong Kong”. “Le prometieron los ingleses que tendríamos democracia y todo era una mentira”, acota.

La participación de los cristianos en las movilizaciones es un claro guiño a la historia, porque muchos de ellos fueron también personajes claves en las redes de apoyo a la sublevación de Tiananmen, un espectro al que aluden de forma reiterada los opositores. “La represión de Tiananmen es algo imborrable para los ciudadanos de Hong Kong, y la (reciente) violencia de la Policía ha reactivado ese miedo”, aclara Albert Ho, secretario general de la Alianza de Apoyo a los Movimientos Democráticos de China.

El reverendo Chu Yiu-Minf, por ejemplo, fue el catalizador de la llamada Operación Pájaro Amarillo, una iniciativa propia de guión de Hollywood que consiguió rescatar a más de 400 activistas de Tiananmen y traerlos a Hong Kong, para después conseguir que recibieran asilo en Occidente. Chu nunca ha querido detallar su papel en aquel operativo. En una reciente entrevista con la agencia Bloomberg se limitó a decir que al conocer lo que estaba ocurriendo en la capital china comenzó a “llorar” y a orar preguntándose: “¿Qué podemos hacer?”.

Su reacción fue organizar una red de asistencia a los que huían, en la que participaron artistas, empresarios, políticos, diplomáticos y también mafiosos. Estos últimos -habituados al contrabando- fueron los que pusieron las lanchas rápidas con las que consiguieron traer de forma ilegal a figuras de ese movimiento tan conocidas como Wue Kaixi, número dos de la lista de los 21 opositores de Tiananmen más buscados por China; Yan Jiaqi, asesor del ex primer ministro; o el periodista Su Xiaokang, a quien las autoridades de Pekín acusaron de alentar la revuelta con un documental.

“Se trataba de preservar la verdad, ellos (los activistas) son los depositarios de lo que realmente ocurrió allí”, dice Albert Ho, que también contribuyó junto a Chu en aquel proyecto.

Tiananmen, como decía Ho, forma parte de la memoria colectiva de esta población, que cada año conmemora el aniversario de la matanza. En abril, la Alianza de Apoyo a los Movimientos Democráticos de China propició la apertura del primer museo dedicado, en territorio chino, a preservar el recuerdo de Tiananmen. El pequeño habitáculo está repleto de fotos, recortes de periódicos e imágenes de vídeos que recuperan la historia de aquella revuelta que duró casi dos meses.

Uno de los murales exhibe una de las pancartas que mostraban los muchachos en aquellas fechas: “Dame la libertad o mátame”. Otro panel está dedicado al famoso «hombre del tanque», el anónimo que se plantó frente a una columna de blindados. Y en una esquina, una reproducción de la Diosa de la democracia, la estatua que erigieron los opositores chinos el 30 de mayo de 1989 y que acabó días más tarde aplastada por un tanque.

Conscientes de la enorme carga metafórica que tienen sus acciones, los estudiantes que iniciaron las concentraciones el 22 de septiembre anunciaron su decisión reunidos en torno a la copia de esa efigie que han instalado en la Universidad local. Robert Sai, un manifestante de 19 años, no piensa que esté «imitando» a los «rebeldes» de 1989, pero sí asume que al igual que entonces, ahora «pelean por la democracia. Es la misma lucha». Albert Ho tampoco opina que las concentraciones actuales sean una réplica de Tiananmen: “Aquí no pretendemos derrocar al Gobierno chino y estamos muy lejos de la capital”.

El legislador y ex presidente del Partido Democrático, otro de los paladines de la Revolución de los Paraguas, cree que el actual hombre fuerte de China, Xi Jiping, no se plantea recurrir a los métodos que usó su homólogo Deng Xiaoping. “El precio a pagar sería muy alto. Ya no pueden disolver a esta multitud recurriendo a gases lacrimógenos. Los chicos no temen a la Policía. Tendrían que usar al ejército y eso destruiría a Hong Kong”

Ahora parece un sarcasmo, pero los universitarios se contaban en la década de los 70 y 80 entre los más fieles aliados de Pekín, en su esfuerzo por recuperar la soberanía, en manos de los británicos. Los alumnos de las dos únicas universidades de la época, la de Hong Kong y la de China, fueron de los primeros que exigieron el final de la colonización, incluso antes de que Pekín y Londres lo firmaran en 1984.

“Era una cuestión de dignidad. No queríamos ser una posesión británica. Somos chinos. Lo único que queremos es que se respete nuestra singularidad y se nos conceda decidir a quien elegimos de forma totalmente democrática”, puntualiza Ho, que fue uno de esos alumnos partidarios de la postura de China en la era de los años 70.

Como recuerda el diario South China Morning Post, en 1984 los dos sindicatos estudiantiles enviaron una misiva al primer ministro de la época, Zhao Ziyang, apoyando el retorno de Hong Kong a China y pidiendo “democracia”. Ziyang replicó que era “justo y adecuado”. Tiananmen acabó con esa relación, al igual que con los devaneos democráticos de Ziyang, expulsado del PC por apoyar a los jóvenes en 1989.

Hayley Wong utiliza su teléfono portátil para sacarle fotos a la granada de gas lacrimógeno que le lanzó la Policía el sábado 27. Según su relato, decenas de agentes cargaron esa noche contra poco más de una veintena de manifestantes sin previo aviso: “Tan sólo estaba allí para decirle a los Policías que tuvieran cuidado, que allí había muchos chiquillos. De repente vi fogonazos en el cielo y explosiones. Todo se llenó de gas. Me ardía la cara. Estaba gritando: ¡Dios mío, Dios mío, me quemo! Fue una violencia totalmente innecesaria. Éramos muy pocos”.

La profesora de 27 años tiene miedo de que se reproduzcan esos incidentes. “Me preocupa que vuelvan para limpiar las calles. Ese es su objetivo. Limpiar esto de manifestantes”, asevera. “Estamos bloqueados. Nadie se puede echar atrás y eso es muy peligroso. No quiero que estos chicos acaben como los de Tiananmen“, afirma el cardenal Zen. “Rece a la Virgen, por favor”.

 

http://www.elmundo.es/cronica/2014/10/05/54300e7b268e3eb6788b4570.html

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comentarios
  1. Eso de ser “cristianos” es muy genérico “rece a la virgen” dice el cardenal Zen, lamento decirle NO PUEDO soy Protestante.

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