El discípulo radical, de John Stott

Publicado: noviembre 14, 2014 en Teología

“¿Es la Iglesia quien ejerce señorío sobre Jesucristo, dándose la libertad de editar, de manipular, y de aceptar lo que le gusta y de rechazar lo que no le agrada? ¿O es Jesucristo nuestro Maestro y Señor, de modo que creemos y obedecemos lo que él nos enseña?”.

John Stott
John Stott, en una imagen de archivo.

Fragmento extraído del libro ‘Discípulo radical’  de John Stott (Andamio, Certeza Unida, 2012). Puede saber más sobre el libro aquí.

NO AL CONFORMISMO

La primera característica del discípulo radical que quiero presentarle es la de ‘no conformidad’. Quisiera explicar por qué. La Iglesia tiene una doble responsabilidad en cuanto al mundo que nos rodea. Por un lado debemos vivir, servir y testificar en el mundo. Por otro lado, debemos evitar que el mundo nos contamine. En consecuencia, no se trata de preservar nuestra santidad escapándonos del mundo y tampoco de sacrificar nuestra santidad conformándonos al mundo.

 

Portada de ‘El discípulo radical’, de John Stott. / Andamio-Certeza Unida

Tanto el escapismo como el conformismo nos están prohibidos. Este es uno de los temas principales en toda la Biblia: Dios está reuniendo a un pueblo para sí, y nos está convocando a ser diferentes del resto de la gente. ‘Sean santos,’ ordena repetidamente a los suyos, ‘porque yo soy santo’ (por ejemplo, Levítico 11.45; 1 Pedro 1.15–16) (…).

¿Cuáles son las tendencias contemporáneas que amenazan con absorbernos, y a las cuales debemos resistir?

Consideraremos cuatro. En primer lugar, el desafío del pluralismo. El pluralismo sostiene que todos los ‘ismos’ tienen su propia validez y el mismo derecho de recibir nuestro respeto. En consecuencia, rechaza la declaración que hace el cristianismo de su condición única y definitiva, y condena como pura arrogancia la pretensión de convertir a una persona (y a todas) a un sistema al que considera simplemente como nuestra opinión.

¿Cómo deberíamos responder al espíritu del pluralismo? Con gran humildad, espero, y sin atisbo alguno de superioridad personal. Pero debemos seguir declarando el carácter único y definitivo de Jesucristo. Él es único en su encarnación (el único y solo Dios–hombre); único en su expiación (sólo él murió por los pecados del mundo); y único en su resurrección (sólo él venció la muerte). Y debido a que en ninguna otra persona sino solamente en Jesús de Nazaret Dios se hizo hombre (en su nacimiento), cargó con nuestros pecados (en su muerte), y finalmente triunfó sobre la muerte (en su resurrección), Jesús es el único competente para salvar a los pecadores. Ninguna otra persona posee esas calificaciones (…).

Una segunda tendencia ampliamente difundida que los discípulos cristianos debemos resistir es la del materialismo (…). El materialismo es una obsesión hacia las cosas materiales, y esto podría sofocar nuestra vida espiritual. Jesús enseñó que no acumuláramos tesoros en la Tierra, y nos advirtió contra la codicia. Lo mismo hizo el apóstol Pablo, alentándonos a desarrollar un estilo de vida caracterizado por la sencillez, la generosidad, y el contentamiento, y se refirió a su propia experiencia de haber aprendido a estar satisfecho en cualquier circunstancia (Filipenses 4.11) (…).

 

John Stott.

La tercera tendencia contemporánea que nos amenaza y ante la cual no debemos rendirnos es el engañoso espíritu del relativismo ético. Por todos lados las pautas morales están debilitándose. Sin duda está ocurriendo en Occidente. La gente está confundida, y no sabe si queda algún valor absoluto en pie. El relativismo ha penetrado en la cultura y está filtrándose en la Iglesia.

El ámbito en el cual el relativismo resulta más obvio es el de la ética sexual, y el de la revolución sexual que ha venido ocurriendo desde 1960 en adelante. Solía aceptarse universalmente (por lo menos en cualquier lugar donde la ética judeocristiana se tomara en serio) que el matrimonio es una unión monógama, heterosexual, de amor, para toda la vida, y el único contexto dado por Dios para la intimidad sexual. Pero ahora, aun en algunas iglesias, se practica ampliamente la convivencia sin el matrimonio, y se deja de lado el compromiso esencial del matrimonio auténtico; además, se acepta y promueve la pareja con personas del mismo género como una alternativa legítima al matrimonio heterosexual.

Jesucristo llama a sus discípulos a resistir estas tendencias, y en cambio obedecer y conformarse a las pautas por él establecidas. A veces se argumenta que Jesús no habló sobre estas cosas. Pero sí lo hizo. Citó Génesis 1.27 (‘Dios creó al ser humano a su imagen … Hombre y mujer los creó’) y Génesis 2.24 (‘El hombre deja a su padre y a su madre, y se une a su mujer, y los dos se funden en un solo ser’), y dio de esa manera una definición bíblica de matrimonio. Después de citar aquellos pasajes, Jesús les dio su respaldo personal al decir: ‘lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre’ (Mateo 19.4–6) (…)

La pregunta esencial que enfrenta la Iglesia es: ¿Quién ejerce el señorío? ¿Es la Iglesia quien ejerce señorío sobre Jesucristo, dándose la libertad de editar, de manipular, y de aceptar lo que le gusta y de rechazar lo que no le agrada? ¿O es Jesucristo nuestro Maestro y Señor, de modo que creemos y obedecemos lo que él nos enseña? (…)

He aquí dos culturas y dos sistemas de valores, dos parámetros y dos estilos de vida. De un lado está el modo del mundo que nos rodea; del otro, está la voluntad de Dios agradable y perfecta que él nos reveló. El discípulo radical tiene pocas dificultades para elegir sus opciones.

Llegamos ahora a la cuarta tendencia contemporánea, el desafío del narcicismo.

En la mitología griega, Narciso era un apuesto joven que percibió su reflejo en una laguna, se enamoró de su propia imagen, y finalmente cayó al agua y se ahogó. El ‘narcicismo’ es el amor excesivo hacia uno mismo, una admiración ilimitada por el propio ser.

En la década de 1970 el narcicismo encontró su máxima expresión en el Movimiento del Potencial Humano, que puso énfasis en la necesidad de la realización personal. En las décadas del ’80 y del ’90, el Movimiento de la Nueva Era se trepó al carro del Movimiento del Potencial Humano. Puede considerarse a Shirley McLaine como su sacerdotisa principal, envanecida de sí misma. Según su concepto, las buenas noticias son las siguientes:

Sé que existo; por lo tanto soy. Sé que existe la fuerza divina; por lo tanto existe. Debido a que soy parte de esa fuerza, soy lo que soy. Esto parece una parodia deliberada de la revelación que Dios le dio de sí mismo a Moisés: ‘Yo soy el que soy’ (Éxodo 3.14).

El Movimiento de la Nueva Era nos convoca a mirar en nuestro interior, a explorar en nosotros mismos por la solución de nuestros problemas. No necesitamos un salvador que venga de otro lugar; podemos salvarnos a nosotros mismos.

Lamentablemente, parte de esta enseñanza ha penetrado en la Iglesia, y algunos cristianos enseñan que no basta con que amemos a Dios y al prójimo sino que debemos amarnos a nosotros mismos. Este es un error, por tres razones.

Primero, Jesús serefirió al ‘primer y gran mandamiento’, y al ‘segundo’, pero no mencionó a un tercero. En segundo lugar, el amor a uno mismo es una de las señales de los últimos tiempos (2 Timoteo 3.2). Y tercero, el significado del amor agape es el sacrificio de uno mismo en servicio a los demás. ¡Sacrificarse uno mismo en servicio a uno mismo sería un total absurdo! ¿Cuál debe ser, entonces, la actitud hacia nosotros mismos? Debe ser una combinación entre la propia aceptación y la propia negación: confirmar en nosotros todo aquello que pertenece a la creación y a la redención, y negar todo aquello que proviene de la caída (…).

Hemos considerado las cuatro tendencias seculares principales que amenazan con envolver a la comunidad cristiana. Ante ellas, se nos llama a practicar un no conformismo radical, en lugar de una mentalidad débil y conformista.

Contra el desafío del pluralismo debemos ser la comunidad que declara la verdad, y defender el carácter único de Jesucristo. Contra el desafío del materialismo, debemos ser una comunidad peregrina que vive con sencillez. Contra el desafío del relativismo, debemos ser una comunidad de obediencia. Contra el desafío del narcicismo, debemos ser una comunidad de amor (…).

¿Qué debemos ser, entonces, los cristianos, si no debemos ser como los juncos, ni como los peces muertos, ni como los camaleones? ¿Es la Palabra de Dios solamente negativa, indicándonos que debemos evitar ser conformados a quienes nos rodean en el mundo? No. Su Palabra es positiva. Debemos ser como Cristo, ‘transformados según la imagen de su Hijo’ (Romanos 8.29).

 

http://protestantedigital.com/cultural/34476/El_discipulo_radical_de_John_Stott

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