Stuart Park: Jesús, el amigo perfecto

Publicado: diciembre 21, 2014 en Conciencia, Historia, Iglesia, Missio Dei, Teología

¿Por qué vino Jesús como un ciudadano de a pie, “sin casa ni cuna”? Para conquistar el corazón de hombres y mujeres como nosotros, sin alarde ni pretensión-

Stuart Park

Se acerca la Navidad y ya las calles se llenan de luces, de júbilo, villancicos, bellos escaparates mostrándonos el regalo ideal… Pequeños y mayores están ansiosos por unirse a esta tradicional y bella celebración, ya que en estos días se recuerda un cumpleaños. Pero nos preguntamos si todos sabemos qué estamos celebrando realmente y quién es el homenajeado. Es por ello que hoy decidimos entrevistar al escritor Stuart Park para hablar con él de Jesús, el Hijo de Dios, el Verbo que se hizo carne y vivió entre nosotros con la misión de buscar y salvar lo que se había perdido. Park además es pastor de la Iglesia de la calle Olmedo 38 en Valladolid y dirige Ediciones Camino Viejo. Sus últimos libros son “La vida breve (El libro de Qohélet)” y “Siete palabras”.

 

Pregunta.- Si hoy Jesús le preguntara, ¿quién crees que soy yo? ¿Qué le respondería?

Respuesta.- Le respondería con las palabras del apóstol Pedro: “Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente”. Es algo que no he dudado nunca, y Él lo sabe. En Jesús, como dijo el anciano Zacarías “nos visitó de lo alto la aurora, / Para dar luz a los que habitan en tinieblas y en sombra de muerte; / Para encaminar nuestros pies por camino de paz” (Lc. 1:78-79). La presencia de Cristo se extiende como la luz de la aurora que va en aumento, como escribió el sabio Salomón, y mi conocimiento de Él ha crecido a lo largo de los años, aun en medio de tiempos de fuerte desazón.

 

P.- ¿Cómo y cuándo le conoció? ¿Es para Ud. un amigo?

R.- Nací en el seno de un hogar cristiano y no tuve una “conversión” dramática. Sí recuerdo haber orado a Jesús por la noche de niño al acostarme en la cama, pidiéndole que entrara en mi corazón. Repetía la misma oración noche tras noche, por si no la hubiera expresado con suficiente convicción, o por si no hubiera quedado claro que realmente quería que entrase en mi vida. Y así me quedaba dormido. Creo que Él entendió perfectamente mi ansiedad, y la ha entendido hasta hoy. Jesús es el amigo perfecto, que siempre está allí, y que no necesita anunciar su presencia o imponerse.

 

P.- ¿Hay evidencias históricas del paso de Jesús por la tierra? ¿Podemos los cristianos hablar de un Jesús histórico?

R.- Jesús de Nazaret es el personaje más acreditado de la Historia, pero no porque podamos encontrar sus huellas en la arena, los clavos de su cruz o los lienzos de su tumba. Las evidencias de Cristo son de otra índole. El testimonio de la Escritura contiene su propio poder de convicción, y la transformación de los discípulos tras la muerte y resurrección del Señor constituye una evidencia histórica insoslayable de su veracidad. Para mí, el Jesús histórico y el Cristo de la fe son una y la misma Persona.

 

P.- ¿Por qué decimos los cristianos que Jesús es nuestro Salvador personal?

R.- La obra redentora de Cristo tiene un alcance cósmico, universal. Involucra a toda la Creación, alcanza a gentes “de todo linaje y lengua y pueblo y nación” (Apoc. 5:9), y abarca la Historia humana desde sus orígenes hasta la consumación final. Al mismo tiempo, cada ser humano es para Él de infinito valor. Jesús nos llama por nuestro nombre. Es el buen Pastor que conoce a sus ovejas, y dijo: “Yo soy la puerta; el que por mí entrare, será salvo; y entrará, y saldrá, y hallará pastos” (Jn. 10:9).

 

P.- ¿Cómo puedo explicarle a una persona que no le conoce, que Jesús fue enviado por Dios para salvarle?

R.- En primer lugar, nuestra vida tiene que ser coherente con la fe que profesamos. Si no, no pasaremos nunca de la discusión polémica o la dialéctica meramente intelectual. El poder de persuasión de los propios Evangelios resulta imprescindible para llevar a nuestros amigos a la fe. El Jesús que dialoga con los hombres y mujeres de su tiempo en el Evangelio según San Juan, por ejemplo, es una Persona sublime que vencerá la resistencia de cualquier interlocutor sincero, y alumbrará su horizonte espiritual.

 

P.- ¿Qué es la Vida Eterna?

R.- Creo que la mejor respuesta que puedo dar es la que dio su propio Autor: “Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado” (Jn. 17:3). Prefiero no ampliarla, sino invitar a la reflexión.

 

P.- En las Escrituras se dice que Jesús es el intermediario entre Dios y los hombres. ¿Por qué piensa que muchos cristianos buscan otros intermediarios dejándole de lado?

R.- No puedo responder por otros, Jacqueline. Seguramente quienes así actúan, piensan que no están dejando de lado a Cristo, y actúan con sinceridad y fe. Ahora bien, el apóstol Pablo es muy claro: “Porque hay un solo Dios, y un solo mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre” (1 Tim. 2:5); y el propio Señor Jesucristo dijo: “Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí” (Jn. 14:6). Si el Hijo tiene acceso directo a su Padre, pensándolo bien, ¿no sería deshonroso, además de inútil, intentar acceder por otra vía?

 

P.- ¿Cuál fue la misión que se le encomendó al bajar a este mundo?

R.- En la sinagoga de Nazaret Jesús leyó este texto: “El Espíritu del Señor está sobre mí, / Por cuanto me ha ungido para dar buenas nuevas a los pobres; / Me ha enviado a sanar a los quebrantados de corazón; / A pregonar libertad a los cautivos, / Y vista a los ciegos; / A poner en libertad a los oprimidos; / A predicar el año agradable del Señor”. Y dijo: Hoy se ha cumplido esta Escritura delante de vosotros” (Lc. 4:18-21). El Señor descendió no para hacer su propia voluntad, sino la voluntad del que le envió (Jn. 6:38), y dijo: “Y esta es la voluntad del Padre, el que me envió: Que todo aquel que ve al Hijo, y cree en él, tenga vida eterna; y yo le resucitaré en el día postrero” (Jn. 6:40).

 

Escena de ‘La Natividad’ (2006)

P.- ¿Por qué cree que Dios le envió como si fuera cualquier ciudadano de a pie? Se esperaba a un rey poderoso que acabara con el yugo romano…

R.- Jesús no vino para instalar una teocracia, ni sentarse en el trono del César, ni ocupar el gobierno de ningún reino terrenal. “Mi reino no es de este mundo” –dijo−. El malhechor arrepentido, al leer las palabras clavadas en la cabecera de la Cruz, y observar el regio comportamiento del Crucificado, lo vio con claridad: “Acuérdate de mí cuando vengas en tu reino. Entonces Jesús le dijo: De cierto te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso” (Lc. 23:42-43). ¿Por qué vino como un ciudadano de a pie, “sin casa ni cuna”? Para conquistar el corazón de hombres y mujeres como nosotros, sin alarde ni pretensión.

 

P.- Jesús deja el hogar y la familia y adopta otra conformada por sus seguidores. Cualquiera diría que es un mal ejemplo. ¿Cómo podríamos explicar este hecho?

R.- Es propio de la secta o grupo manipulador sacar a las personas fuera de su círculo íntimo, y destruir, si es posible, el núcleo familiar. Jesús no lo hizo nunca. Invitó a hombres y mujeres a seguirle, a veces a costa de la comodidad personal, y a veces a con el rechazo de su familia por causa de Cristo. Jesús amaba el hogar de Marta, María y Lázaro en Betania, y disfrutó de la hospitalidad de los discípulos de Emaús. Honró las bodas de Caná, donde transformó el agua en vino, y dijo: “He aquí, yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él, y cenaré con él, y él conmigo” (Apoc. 3:20). El hogar y la familia simbolizan la más sagrada relación.

 

P.- ¿Por qué Jesús se coloca como un marginado? Come y bebe con pecadores, no tiene dónde recostar la cabeza, es un eunuco por causa del reino de los cielos. En fin, se sale de los cánones…

R.- Jesús disfrutó durante 30 años de la intimidad de un hogar modesto, piadoso y trabajador. Durante su ministerio público, en cambio, dependió de la generosidad y hospitalidad de otros. Su renuncia ha sido seguida por muchos discípulos suyos, pero a la mayoría se nos invita a ser testigos en el mundo del trabajo, en medio del vecindario y en la sociedad. Su siervo Pablo ejerció la profesión de fabricante de tiendas cuando pudo, y contó con la benevolencia de otros cuando era menester. Dijo: “Sé vivir humildemente, y sé tener abundancia; en todo y por todo estoy enseñado, así para estar saciado como para tener hambre, así para tener abundancia como para padecer necesidad” (Fil. 4:12). Jesús era amigo de publicanos y pecadores “Porque el Hijo del Hombre vino a buscar y a salvar lo que se había perdido” (Lc. 19:10). Preguntado por su “estilo de vida” tan poco ortodoxo, contestó que “la sabiduría es justificada por sus hijos” (Mt. 11:19). El que tiene oídos para oír, oiga. Es preciso ser sabio en todo momento y en cada situación.

 

P.- Mucha gente piensa que esa actitud choca con las situaciones injustas que se suceden en el mundo: pobreza, llanto, violencia, corrupción, desastres ecológicos… ¿Qué podemos decirles?

R.- Se nos insta a orar por nuestros gobernantes y colaborar en todo lo posible para mejorar el estado del mundo. Piénsese en el papel del parlamentario William Wilberforce en la abolición de la esclavitud en el imperio británico, por ejemplo, y de los incontables hombres y mujeres que, sean creyentes en Cristo, o no, se han esforzado en la medicina, la ciencia, la educación o la política en favor del bien común. Ahora bien, el cristiano es llamado también a ministrar  las necesidades del espíritu y el dolor del corazón. Esto es a lo que Jesús se refirió en la sinagoga de Nazaret.

 

P.- ¿Qué significan las Bienaventuranzas pronunciadas por Jesús? ¿Quién es el hombre citado en las mismas?

R.- Creo que las Bienaventuranzas caracterizan a todos los que son de Cristo: “pobres en espíritu”, porque no cabe en ellos el afán de protagonismo tan prevalente en nuestros días; “lloran” porque el cristiano no es un triunfalista ajeno a los problemas del mundo; “son mansos”, porque la fe cristiana no es compatible con la arrogancia o lucha de poder; “tienen hambre y sed de justicia”, porque lo material no satisface nunca; “son misericordiosos”, porque se saben pecadores; “son de limpio corazón”, porque sus móviles no son egoístas; “pacificadores”, porque aman la paz y huyen de la violencia o el conflicto; “padecen persecución por causa de la justicia”, porque el siervo no es mayor que su Señor; y así también todos los vituperados y perseguidos, que siguen en las pisadas de los profetas del Señor. El ejemplo supremo, Jacqueline, es Jesús.

 

P.- ¿Cómo podemos vivir las Bienaventuranzas aquí y ahora?

R.- Procurando ajustar nuestra conducta a la de Cristo, aun cuando fallamos a menudo, y fracasamos con estrépito, a veces. Cuando Jesús descendió del Monte de las Bienaventuranzas se encontró con un pobre leproso que se postró ante Él, diciendo: “Señor, si quieres, puedes limpiarme”. Me identifico con él, y con la respuesta que le dio el Señor (Mt. 8:3).

 

P.- ¿Se comprometió Jesús con la realidad que le tocó vivir?

R.- Se comprometió de manera total. “Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros” (Jn. 1:14). Se acercó a los necesitados y sanó a los enfermos. Lloró ante la tumba de Lázaro y gimió en Getsemaní donde “estando en agonía, oraba más intensamente; y era su sudor como grandes gotas de sangre que caían hasta la tierra” (Lc. 22:44). No transigió ante las autoridades religiosas que buscaban su destrucción, ni claudicó ante el poder imperial de Roma. Desde la Cruz intercedió a favor de los que le daban muerte, pronunció palabras de salvación al malhechor arrepentido, e hizo provisión para su propia madre. Fue “tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado” (He. 4:15). Nadie se ha comprometido con nuestra condición como Él.

 

P.- ¿Fue una estrategia el renunciar al poder que poseía? ¿Cuál fue su alternativa al dominio y poder de este mundo?

R.- Más que una estrategia, fue una necesidad. Si Jesús hubiese entrado en el mundo con un fogonazo de luz como en el día de la Creación, o hecho tambalear los cimientos de la Tierra con su poder, habría provocado la sumisión involuntaria de sus criaturas y sembrado el terror. Lo que hizo fue sentarse en una barca y hablar a las gentes del pueblo por parábolas. Quiso ganarnos por el poder persuasivo de su amor, aunque le costó la Cruz.

 

P.- ¿Cómo encaja en lo anterior su muerte y posterior resurrección?

R.- Con su muerte y resurrección Cristo burló a los poderes humanos y a las potestades espirituales, que se juntaron para darle muerte. Sorprendió, incluso, a los suyos, que tardaron en comprender el significado de su obra de redención. Murió para salvarnos del pecado, y resucitó para nuestra justificación.

 

P.- ¿Podemos concluir que el hombre es de suma importancia para Jesús, el Hijo, y para el Padre que le envió? ¿Cómo debe ser el papel de la iglesia frente al hombre y todas sus necesidades?

R.- La conclusión es acertada. Escribió S. Juan: “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna” (3:16). En cuanto al papel de la iglesia, recordemos las palabras de Jesús a sus discípulos después de la Resurrección: “Como me envió el Padre, así también yo os envío”. Recuerdo un mensaje sobre este texto del australiano Stacey Woods, veterano de la obra entre universitarios, en La Granja de San Ildefonso, y no lo he olvidado nunca. Aquí, en esencia, está resumida la misión de la iglesia hoy.

 

P.- ¿Cuál debe ser la respuesta del hombre?

R.- S. Juan, a lo largo de su Evangelio, plantea las pretensiones de Cristo en términos de un juicio (que culminaría en la farsa judicial ante las autoridades religiosas del Sanedrín). En los capítulos 5 y 6 Jesús, el Acusado, reúne a sus testigos: Moisés, dador de la Ley; las Escrituras; las obras que hacía; el testimonio de su Padre y su propio testimonio. Luego invierte los términos. No tardamos en ver que en realidad Jesús es quien interroga a sus enemigos y detractores, y que Él será su Juez. Exige una respuesta y cada hombre debe decidir. He aquí el veredicto anticipado del Juez: “El que oye mi palabra, y cree al que me envió, tiene vida eterna; y no vendrá a juicio (así literalmente), mas ha pasado de muerte a vida” (Jn. 5:24).

 

P.- Se acerca la Navidad… Veo grandes preparativos. ¿Hemos entendido su verdadero significado?

R.- Me gusta mucho la Navidad, la fiesta, los regalos, el ambiente familiar. En medio de las imágenes de los horrores de la guerra, la violencia, el abuso y la corrupción que nos asaltan a diario en los medios, es bueno tener momentos de celebración y regocijo, si lo permite la ocasión. Pero el mundo sigue impertérrito su curso. No nos engañemos. Debemos tener presente la realidad de Cristo todos los días de nuestra vida. Son de admirar las iniciativas a favor de los pobres y marginados que se llevan a cabo en estas fechas, reflejo del amor de Dios. Nos lo recuerdas tú, Jacqueline, con tu encomiable implicación social. En este mismo medio nos lo recuerda fielmente semana a semana Juan Simarro, en su columna De par en par, y Alfredo en sus agudas reflexiones bajo el lema El sol de los ciegos. El verdadero significado de la Navidad lo conoce la conciencia de cada cual.

 

P.- ¿Cómo se vive la Navidad en su casa?

R. Se vive con alegría, en familia. Mis primeros recuerdos de la infancia son de una expectación desbordante. Despertábamos a nuestros padres a las 4 de la madrugada para enseñarles los regalos que ellos mismos habían colocado al pie de la cama un par de horas antes, y este ambiente se ha vuelto a vivir primero con nuestros hijos, y ahora con nuestros seis nietos. Solemos disfrutar de un desayuno especial de sopa de avena con crema y azúcar moreno alrededor de la chimenea, antes de pasar a la ceremonia de la entrega de regalos al pie del árbol de Navidad. Ver la alegría de los pequeños no tiene precio y compensa todo el ajetreo de estas fechas. La comida consiste en pavo relleno con coles de Bruselas, salsa de arándano, puré de patatas y verduras, seguido de Christmas pudding (budín de Navidad debidamente flambeado) y dulces. No puede faltar la música (mi padre solía poner el Mesías de Händel, una costumbre que intentamos conservar, aunque no siempre con éxito). Ante todo, es un tiempo de recuerdos, y de gratitud.

 

Finaliza la entrevista. Gracias, Stuart, por aceptar colaborar con esta entrevista, hablando de alguien muy especial para los cristianos, como lo es Jesús, nuestro amigo más fiel. No hay otro como él. Esperamos que muchos quieran conocerle también. ¡Feliz Navidad!

 

http://protestantedigital.com/magacin/34670/Stuart_Park_Jesus_el_amigo_perfecto

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