La tiranía del poder del dragón

Publicado: enero 31, 2015 en Bíblia, Teología

Todo régimen basado en la fuerza bruta es una bestialidad, al servicio del dragón (Apocalipsis 13:1-4)

dragón

La mención de los diez cuernos, las diademas y los nombres blasfemos nos introduce en un tema que reaparecerá a través de este capítulo: el imperio romano, y todas las bestias parecidas hasta el final de la historia, no se basan en valores morales ni en la razón sino en la fuerza bruta y ciega.[1]

Ese poder imperialista se vuelve aparentemente infinito por la muerte y la resurrección que parodian las del Cordero (13:3). Tal despliegue de poder, que expresa su fuerza irresistible, fascina al mundo entero y los lleva a seguir a la bestia y rendirle culto.

La razón de esa idolatría no es la verdad ni la belleza ni el bien, sino precisamente el poder: “¿Quién como la bestia? ¿Quién puede combatirla?” (13:4). Esta adoración consiste en postrarse ante el poder absoluto de la bestia.[2]

Pablo Richard (1994:134) sugiere que juntos estos aspectos –cuernos, cabezas, diademas, blasfemias– todos describen la complejidad del aparato de dominación del imperio romano (cf. Mounce 1998:245; Osborne 2002:490).

Históricamente, es claro que el imperio romano se basaba en la fuerza bruta, e igual también los imperialismos que le han seguido a través de los siglos, hasta hoy.

Desde Babel (Babilonia), el imperialismo se ha basado en la sujeción por la prepotencia. Y como su dominio total e universal lo lleva a reclamar un poder absoluto, el imperialismo siempre tiende hacia la idolatría.

En su análisis de Apocalipsis 13, Wikenhauser (1981:166) señala también que todos estos detalles son símbolos de poder, porque el poder es la esencia misma de la bestia.

La omnipotencia, sugiere Wilcock (1986:123), es el atributo divino que más envidia y apetece Satanás (cf. Koester 2001:125). Dagoberto Ramírez, en “La idolatría del poder” (RIBLA #4 1989:109-126), analiza con agudeza penetrante esta obsesión con el poder en la dinámica del imperialismo:

Este poder Imperial, para sostenerse, necesitaba alimentarse con más poder, y conseguir la adhesión incondicional de la gente. Es así como apela al recurso religioso de la divinización del imperio… A la gente común no le queda más remedio que someterse y adorar al Poder Imperial, rendirle culto, o morir acusado de ser “ateos”… (p.116)

El poder sólo se alimenta de más poder, y en cuanto más poder alcanza, más despótica es su actuación porque se sustenta en la sumisión total, absoluta e incondicional de sus súbditos…

El poder absoluto es entonces anti-evangélico, porque el único poder pertenece a Dios. El poder de Dios se expresa en la capacidad de engendrar vida, vida eterna y combatir la muerte (Juan 10:10,11).

Por el contrario, el poder absoluto en manos del hombre conduce a la muerte; el uso abusivo del poder genera violencia y la violencia conduce a la muerte.

La violencia ejercida como manera de mantener el poder o ampliarlo genera muerte en todas direcciones. Es decir, no sólo muere la víctima agredida sino que también muere el agresor y la comunidad humana… (p. 121)

El poder despótico genera muerte, violencia y también miedo o temor.

El texto de Apocalipsis 13 se refiere varias veces al poder seductor que ejerce el poder absoluto sobre las gentes… (5 veces en el texto 4,8,12 y 15)… Es decir, todas las gentes han caído bajo el poder seductor del Imperio, pero a causa del miedo que se produce en ellos ante el peligro de perder la vida. No se trata entonces de una adoración que emana de la gratitud sino del miedo a la muerte… (p.122).

Contra esa idolatría del poder y esa patología de la fuerza bruta, el Apocalipsis ofrece, como hemos visto en varias ocasiones, una teología bíblica de la política, del poder, de la justicia y de Shalom. Para la fe judeocristiana, Dios mismo es la única fuente de poder legítimo (Beale 1999:695), el que da a las autoridades su trono y su corona (Ap 4:4,9-11).

El Cordero recibe el misterioso rollo (el futuro, la historia) de manos de Aquel que está sentado en el trono (5:7).

El León de Judá vence a todas las bestias habidas y por haber, pero vence como Cordero inmolado y resucitado (5:5-6).

 

 

[1] Osborne (2002:490) sugiere que la posición anormal de las diademas (dominio, autoridad) sobre los cuernos (fuerza) significa que el imperio se basa en el poderío militar. Charlier (1993:253) distingue el énfasis en 12 sobre la pretensión de soberanía absoluta que caracteriza al dragón, y la dependencia de la fuerza brutal opresora de la bestia (Ap 13).

[2] Como señala Prévost (1987:112), en los capítulos 13 y 17 la bestia reivindica su autoridad nada menos que siete veces, lo que deja clara la centralidad en este relato del tema “poder” y de la legitimación de la autoridad impositiva.

 

http://protestantedigital.com/magacin/35085/La_tirania_del_poder_del_dragon

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