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‘El vuelo’: ¿quién está al control?

Publicado: agosto 11, 2013 en Cine

José de Segovia Barrón

61564_N_07-08-13-0-21-39El clímax es el interrogatorio de Whip ante la comisión que investiga la catástrofe. Es una película sobre la verdad. Su protagonista vive en la mentira constante de una doble vida.

 

Cuando ocurre una tragedia, necesitamos respuestas. No basta saber que ha habido un accidente, queremos saber quién es el responsable. Como el conductor del tren siniestrado en Galicia, Denzel Washington es el comandante de “El vuelo”, cuyo desastre supone pérdidas humanas en la película que ahora aparece en DVD. Como él, es un hombre reconocido y apreciado, que cuesta ver como culpable de semejante catástrofe. El comité de investigación se enfrenta a tantas presiones, que parece imposible que pueda dar a conocer la verdad.
Las similitudes del film de Robert Zemeckis con lo ocurrido recientemente en Santiago, me han hecho imaginar a este hombre en el hospital, justo después del accidente, dándose cuenta que ha cometido un error que nunca podrá perdonarse. ¿Quién puede vivir con ese peso sobre sus espaldas? El viaje de esta película no es saber lo que realmente ocurrió –lo vemos desde la primera escena–, sino cómo se enfrenta una persona a la realidad de su vida.
Los primeros tres minutos de “El vuelo” ahuyentarán al espectador que busque en esta película los valores de los que tanto habla el público cristiano hoy. A pesar de que el actor protagonista es hijo de un pastor pentecostal y miembro comprometido de una iglesia, muchos se preguntarán cómo alguien que lee la Biblia todos los días y busca la dirección de Dios para su vida, puede hacer esta escena de desnudos, abuso de drogas y lenguaje ofensivo. Así de diferentes son los criterios hoy de los cristianos ante el cine.
“Oramos sobre todo, cada día”, dice Washington. Acaba de leer, hace poco, por tercera vez la Biblia entera, aunque lleva treinta años en una Iglesia de Dios al oeste de Los Ángeles. Dice que le ha llamado la atención un pasaje sobre la sabiduría en Proverbios 4, que le hizo reflexionar sobre la vida. La ha hecho ahora su oración. “Intento darle la vuelta a mis personajes, –dice–, incluso los peores, como el de “Día del entrenamiento”. Lo primero que escribí en el guión fue: La paga del pecado es muerte”. ( Romanos  6:23)
Yo creo que esta secuencia es fundamental para entender esta historia. No podemos confundir a un actor con sus personajes. Esta no es una película familiar. Es un film para adultos, que requiere discernimiento, algo de lo que parecen carecer muchos espectadores hoy. Lejos de ser una escena gratuita, es la clave para comprender quién es la persona que se esconde detrás de esas gafas oscuras.
TOCANDO FONDO El capitán Whip Whitaker se despierta en una habitación de un hotel de Florida. Acaba una cerveza, que hay al lado de un cenicero lleno, al lado de la cama, rodeada de botellas vacías, donde está con una mujer. Él tiene unos cincuenta años, pero ella parece más joven. La vemos totalmente desnuda. Es una azafata con la que tiene que volar enseguida. Suena el teléfono móvil y es su ex mujer. Por el tono de la conversación, adivinamos que tienen la típica mala relación de muchos divorciados. Ella le pide dinero para la nueva escuela de su hijo adolescente.
 Como observa Tomás Fernández Valentí, la mayor parte de la secuencia está filmada mediante planos generales abiertos, lo que en combinación con el formato panorámico permite que el espectador vea tanto a Whip hablando por teléfono en la cama como a la joven que pulula alrededor mientras se va vistiendo. El comandante inhala una raya de cocaína como estimulante y se marcha al aeropuerto, donde es saludado con simpatía y respeto, pero a nosotros ya no nos engaña su respetable imagen. Sabemos lo que hay detrás de la máscara.
Whip va a volar como ha hecho una decena de veces los últimos tres días, pero hoy va a ser diferente. Hace mal tiempo. El avión logra despegar de Orlando, camino de Atlanta, pero los motores empiezan a fallar. La excelente secuencia de la catástrofe aérea está planificada manteniendo el punto de vista subjetivo desde el interior del avión siniestrado, aunque se inserten planos del exterior del aparato cuando es necesario.
Esta película supone el retorno del realizador Robert Zemeckis al cine de “imagen real”, tras unos años trabajando con la técnica de la “captura de movimiento”. El director de películas como “Regreso al futuro”, “Forrest Gump”, o “Náufrago”, ha hecho “un buen film –como dice el coordinador de la revista Dirigido Por– a ratos brillante, algo desigual, como consecuencia de algunas irregularidades del guión, así como cierto exceso de metraje”, pero es “un trabajo en su conjunto relativamente sobrio y contenido”.
Washington intenta, sobre todo, no excederse en sus escenas de borrachera y drogadicción. Ya que este es un film que gira en torno a los peligrosos estragos causados por el alcohol y las drogas en el comandante de un avión de pasajeros. Para Fernández Valentí, “no es un thriller de catástrofes, sino un melodrama sobre el alcoholismo”. Puesto que “Whip tiene un serio problema con la bebida y las drogas, por más que hasta el último momento se esfuerza en negarlo ante los demás y, sobre todo, en negárselo a sí mismo, con vistas a guardar esas apariencias respetables para librarse de la cárcel y no tener que admitir que ha fracasado como esposo, padre y piloto”.
¿QUIÉN CONTROLA A QUIÉN? “El vuelo” es el viaje del protagonista a asumir que no controla el alcohol y la cocaína, sino que son estos los que le controlan a él. Como es habitual en Zemeckis, el contraste es con otros personajes tan solitarios y marginados como él, que por lo menos no disimulan su desgracia. Whip encuentra así una joven drogadicta de la que se enamora, Nicole, que tiene una función de “espejo”, para reflejar su propia vergüenza. Los dos conocen a un enfermo terminal de cáncer, en el hospital donde están los tres ingresados, que hace frente a la inminencia de su muerte. El diálogo de los tres en el rellano de la escalera, a donde han ido de noche a fumar, es uno de los momentos más logrados de la película.
Whip es alguien roto, estropeado y tan lleno de orgullo, que no admite sus problemas. Así es como la Biblia describe al hombre caído en el pecado, una condición de la que no podemos curarnos nosotros mismos. Nos lleva a la soberbia y a la arrogancia. Hasta que no admitamos nuestra necesidad, no podemos hacer nada para cambiar nuestra situación. Somos incapaces, pero “lo que es imposible para los hombres, es posible para Dios” (Lucas 18:27).   Cuando el ebrio capitán está al borde del desastre, el co-piloto ora en voz alta al “Señor Jesús”. El aterrizaje forzoso lo hace en un prado al lado de una iglesia pentecostal, donde hay unos bautismos, junto a una cruz. Vemos a los cristianos con túnicas blancas intentar salvar a los pasajeros. Es una escena que no hemos visto nunca antes en el cine. En un sentido se ha producido un milagro.
Este vuelo no es sólo el de un avión, sino de una persona que está a punto de estrellarse en la vida. Vemos su miseria moral al acercarse a una azafata en el funeral de su amante, para intentarle convencer de que declaren a su favor ante la comisión de investigación. Lo mismo hace cuando visita en el hospital a su co-piloto malherido, que es un verdadero creyente. El y su esposa están convencidos de que “nada ocurre en el Reino de nuestro Señor que sea por error”. Creen que “Jesús, nuestro Salvador”, guió las manos de Whip. Ellos esperan en Dios como “un juez más alto”.
El clímax del relato es el interrogatorio de Whip ante la comisión de investigación de la catástrofe. Esta es una película sobre la verdad. Su protagonista, como muchos de nosotros, vive en la mentira constante de una doble vida. Aquellos que presumen de ser libres, son en realidad esclavos, dice Jesús: “esclavos del pecado” ( Juan  8:34). Y sólo “la verdad nos hará libres” (v. 32).
ALGUIEN ESTÁ EN LA TORRE DE CONTROL Cuando Whip oye que el accidente es “un acto de Dios” –una frase que se repite varias veces a lo largo de la película–, se pregunta: “¿qué Dios haría esto?”. El enfermo terminal que encuentran Nicole y él en el hospital, cree que Dios lo ha escogido para tener cáncer. Eso le da una sensación de paz y libertad que quisiera haber tenido antes. Cuando el capitán entra en el avión, se ríe de una azafata diciendo que espera llevarla a tiempo a Atlanta para la reunión de oración con “Jesucristo Superstar”. Ella le corrige explicándole que la iglesia bautista a la que asiste se llama Cristo Rey y le invita a ir con ella.   Dios está alrededor de esta historia, todo el tiempo, de principio a fin. Lo percibimos desde las torres de la iglesia, cruces y oraciones que marcan toda la película. Tanta iconografía religiosa no puede ser por casualidad. Dios está en todas partes. Parece que el juicio es a Él, tanto como al capitán Whittaker. Ante semejante crisis, siempre hay dos puntos de vista: los que piensan que Dios no tiene nada que ver con esto y los que le reconocen, incluso en medio de la tragedia. Lo curioso es que hasta los que no creen en Él, hablan de si podría haber hecho algo para evitarlo. ¿Tiene Él la culpa?, ¿dónde está Dios en medio de todo ello?
No sé cómo actúa Dios en un accidente, o en un desenlace milagroso, pero cosas así ocurren todos los días. La cuestión no es dónde está Él en medio de esos sucesos y circunstancias, sino dónde está Él en tu vida. Nos preguntamos por qué no hace algo, cuando Él estará preguntándose lo mismo sobre nosotros: ¿por qué no hacemos algo con lo que Él ha hecho? Su Hijo murió en la cruz y resucitó de los muertos, para darnos la seguridad de la libertad del pecado y la vida eterna. Eso no responde a todas las cuestiones de la vida, pero contesta a “la gran pregunta”.
¿Qué ocurre cuando esta vida se acaba? Sea por accidente, enfermedad, o a una edad avanzada. ¿Sabemos que va a ser de nosotros, cuando llegue la muerte? Al final de “El vuelo”, aunque Whip ha dado algunos pasos en la dirección correcta, está todavía buscando la respuesta. Lo duro de ver una película así, es que estás deseando que los personajes encuentren ayuda y esperanza, pero ellos no pueden conseguirlo por si mismos, ni ven cuál es la solución.
La historia apunta dónde podría estar, pero no nos da la respuesta. Para eso no hay que ver una película, sino leer el Libro, que Denzel consulta cada mañana, para encontrar dirección en esta vida llena de caos y confusión.

Autores:  José de Segovia Barrón

©Protestante Digital 2013

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Francisco Boix, es el único español que declaró contra importantes miembros del gobierno nazi en el Proceso de Nuremberg. El documental nos narra la vida de este fotógrafo, que al exiliarse tras la Guerra Civil Española, acabó en el campo de concentración de Mauthausen.

Destinado en el laboratorio fotográfico del campo, consiguió sacar los negativos de unas 2.000 fotos que posteriormente servirían de prueba acusatoria en el famoso Juicio.


Hitler in Colour (documentary movie)

Publicado: diciembre 28, 2012 en Cine

‘El Hobbit’: la vida es un viaje inesperado

Publicado: diciembre 23, 2012 en Cine

José de Segovia Barrón

55965_N_18-12-12-23-33-19El anillo nos arrastra al reino del Señor Oscuro, pero renunciar a él es imposible sin ayuda “externa”. Y ésta es siempre inesperada. Lo que los cristianos llamamos gracia.

 

 Al ver la pequeña mesa en que se escribió  El hobbit  –que está en la universidad evangélica norteamericana de Wheaton–, difícilmente se podría imaginar la pasión que continúa produciendo esta historia, ochenta años después. Para los que hemos leído este libro –incluso antes de que se publicara por primera vez en España en 1982, como es mi caso–, este no es un producto más para vender vídeo-juegos y atraer al gran público a las salas de cine –sea en dos dimensiones, tres, o ahora 48 fotogramas por segundo–. El viaje de  El hobbit  es la vida misma.

Once días después de que se publicara el libro en 1937, C. S. Lewis explicó en el suplemento literario del  Times  que esto es “porque hay que comprender que  El hobbit  es un libro infantil sólo en el sentido de que la primera de las muchas lecturas que merece puede llevarse a cabo en el cuarto de los niños”, pero “sólo años después, en una décima o vigésima lectura, comenzarán a percatarse de qué copiosa erudición y profundas reflexiones consiguen que todo sea tan maduro, tan familiar y, a su manera, tan cierto”.

Lewis podía decir eso porque fue su primer lector, a principios de los años treinta. Tolkien le había dejado el manuscrito, tras mostrarle su incapacidad imaginativa para aceptar la realidad de los evangelios, en una conversación nocturna por el paseo Addison de Magdalen College en Oxford. Fue aquel recién convertido al cristianismo, quien le empujó a publicar  El hobbit. Muchas lecturas después, se atreve así a decir, cuando se publica, que aunque: “predecir es arriesgado, en mi opinión, es posible que  El hobbit  se convierta en un clásico”.

 
   UN AGUJERO EN EL SUELO

 Corregir exámenes de colegio era un trabajo tedioso para Tolkien, pero era una forma de aumentar el salario que recibía como profesor universitario en los años treinta , cuando tenía una esposa y cuatro hijos que mantener. Esos días de verano, se sentaba en la mesa con su pipa y una enorme pila de papeles, para leer las aburridas respuestas de aquellos alumnos de diecisiete años.  En un momento de cansancio, levantó la vista y se quedó mirando en torno suyo, hasta fijarse en la alfombra. Notó que había un agujero en la tela. Se quedó ensimismado y escribió en un papel en blanco: “En un agujero en el suelo vivía un hobbit”…

Todo el mundo sabe lo que es un enano, pero ¿qué es un  hobbit ?  Los nombres de los enanos de esta historia vienen de la mitología nórdica  –que tanto entusiasmaba a Lewis y a Tolkien–, pero ¿de dónde vienen los hobbits? “Un pueblo sencillo y muy antiguo”, que dice, en el prólogo de  El señor de los anillos , “están más cerca de nosotros que de los elfos, y aún que los mismos enanos”. Cuando sus libros se hicieron famosos, Tolkien no tuvo problema en decir qué era un  hobbit.  El escritor desconfiaba e incluso despreciaba los avances modernos. No le interesaba la tecnología, ni la política contemporánea. El mundo de los negocios le era totalmente ajeno. Vivía sin coche, televisión o móvil –como yo–.

 Si algunos nos identificamos tanto con el universo de Tolkien, no es porque vivamos en otro mundo. Es que no nos gusta éste . No es fácil saber a dónde perteneces en un tiempo como éste, en continuo movimiento. La inmigración hace que las personas se trasladen hoy, por diferentes razones, grandes distancias. Ya no vivimos en La Comarca de nuestra pequeña esquina del mundo. Es por eso que muchos se sienten sin raíces e inseguros. Hay otro sentido, sin embargo, en que nos sentimos como los enanos de esta historia, extraños en este mundo.

 ALLÍ Y DE VUELTA OTRA VEZ
 El subtítulo original de  El hobbit  es  Allí y de vuelta otra vez  –que se anuncia como el título de la tercera película de esta nueva trilogía de Peter Jackson, traducida como  Partida y regreso –. Es un viaje de búsqueda, pero también una vuelta a casa. Porque todos sabemos en el fondo de nuestro corazón que nuestra vida no es un mero tránsito de la cuna a la tumba, sino la búsqueda de algo, un esquivo tesoro, que nuestra imaginación sitúa más allá de los límites de lo conocido y evidente. Es la nostalgia de un paraíso perdido, que anhelamos ver restaurado y consumado .

 Uno se llega a veces a sentir incluso “extranjero de si mismo”. Bastan unos minutos de  El hobbit , para ver que hay dos lados en Bilbo: uno aventurado como los Tuk y otro, casero como los Bolsón. Este último había estado gobernando y controlando su vida demasiado tiempo. Necesita liberarse de su excesivo apego a lo cómodo, seguro y predecible. Es el sentido de propósito con el que el Dios de Abraham, nos llama a emprender un viaje ( Génesis  12:1), que no sabemos dónde nos llevará ( Hebreos  11:8).

El Monte de Destino está lejos, oscurecido por montañas, árboles y valles. No sabes cuándo llegarás. A veces te parece cerca, otras, lejos. Colinas y valles se suceden, uno después de otro, llenos de peligros y amenazas. Subes a un monte, que parece como cualquier otro, cuando de repente vislumbras tu destino en la distancia. La fe mira de lejos realidades que deseamos, pero todavía no hemos alcanzado, por las que somos “extranjeros y peregrinos sobre la tierra” ( Hebreos  11:13).


 ALGO MÁS QUE SUERTE
 Como dice el profesor Devin Brown en  El mundo cristiano de El Hobbit,  hay un sentido de providencia en la obra de Tolkien, por el que su historia está llena de supuestas casualidades . Es así como Bilbo encuentra el anillo. “Era difícil de creer que hallara uno realmente por accidente”, dice el narrador. Al mirar atrás, uno se da cuenta de que fue algo más que suerte. Gandalf dice a Frodo en  La comunidad del anillo,  que “estaba destinado a encontrarlo”.

El mayor erudito sobre la obra de Tolkien –el profesor de literatura medieval, Tom Shippey– dice que la “casualidad no era la palabra que expresaba mejor sus ideas sobre el azar y el propósito”, sino “suerte”. Una expresión que se repite una y otra vez en  El hobbit y El señor de los anillos,  llena de sentido y propósito. Aunque es al final de esta historia, cuando descubrimos que “la suerte” de Bilbo no es suerte en modo alguno.

 El anillo adquirido por él de Gollum, es el Anillo Único, perdido hace mucho tiempo, que forjó el Señor Oscuro en el fuego del Monte del Destino. Aunque su significado cambia, incluso de una edición a otra de  El hobbit,  su poder mágico resulta finalmente maligno  –como demuestra la deformación y corrupción de Gollum por su “tesoro precioso”–. Lo que es al principio como un “ecualizador” –según la terminología de Shippey–, que compensa las carencias del  hobbit,  haciéndole invisible, se convierte en un “amplificador psíquico” de los deseos de su corazón.  Su efecto adictivo tiene un poder, que hace que aunque uno quiera usarlo para los mejores fines, finalmente el anillo te corrompe. Debe ser por lo tanto destruido .

 AYUDA INESPERADA 
 La riqueza y el poder corrompen la Tierra Media, pero “un anillo gobierna sobre todos ellos”. Es por eso que muchos, conociendo la fe de Tolkien, han visto el anillo como un símbolo del pecado.

 Esta es una historia sobre el mal, no lo olvidemos. Tal vez esa es la razón por la que no les gusta a muchos cristianos, que encuentran no sólo la película, sino el universo de Tolkien, demasiado oscuro. Para mí, está ahí sin embargo la enorme fuerza de esta obra, frente a tantos relatos moralizantes que nos dejan indiferentes .

Es porque el anillo es una amenaza, que su siguiente relato ya no es una búsqueda para encontrar un tesoro, sino para perderlo, en el fuego del Monte del Destino, allí donde fue creado.

El mal ha de ser enfrentado y vencido. Gollum representa la debilidad y maldad que nos acecha. El anillo nos arrastra al reino del Señor Oscuro, pero renunciar a él es imposible sin ayuda “externa”. Y ésta es siempre inesperada. Lo que los cristianos llamamos gracia.

 No podemos ver esta historia como una alegoría cristiana, pero hay en ella “destellos del Evangelio”. En nuestro mundo hay una batalla entre la luz y las tinieblas. Alguien tiene que adentrarse en el mismo corazón del reino enemigo, para derrotarlo .

La sorpresa es que la liberación no viene por la fuerza del poder de este mundo, sino por la debilidad del sacrificio. Es así como Dios vence a la oscuridad en la cruz y sigue mostrando su poder en nuestra debilidad.

 Son “los mansos, los que herederán la tierra” ( Mateo  5:5). El hobbit carece del poder y el valor de los enanos. “No soy un héroe, ni un guerrero, ni un saqueador –confiesa Bilbo a Thorin Es una ayuda inesperada, la que hace que él y sus compañeros se salven, una y otra vez. Y es así como espera llegar algún día a casa. Ya que “donde pertenezco, ese es mi hogar”, dice Bilbo.

Autores: José de Segovia Barrón

©Protestante Digital 2012

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Babette y el festín de la Gracia

Publicado: diciembre 6, 2012 en Cine

José de Segovia Barrón

Babette y el festín de la Gracia
La historia nos presenta una comunidad luterana de rasgos pietistas –el término puritano se usa más bien en el mundo anglosajón y no es lo mismo que pietista–.

05 DE DICIEMBRE DE 2012

 Hay cosas que uno no las entiende, hasta mucho tiempo después. Puede saber de lo que tratan, a lo que se refieren, pero en realidad no ha comprendido nada. Así ocurre con algunas historias, como  El festín de Babette  –el film danés, basado en un cuento de Karen Blixen,   que ganó un Oscar hace veinticinco años y vuelve ahora a los cines en una versión restaurada–. Vi la película, cuando se estrenó en 1988 en los cines Alphaville de Madrid y la he vuelto a ver en algún pase de televisión, pero no la había entendido hasta ahora.

Me temo que eso es lo que les pasa a los que ven este relato como un clásico de la gastronomía en el cine. Disfrutan de ver a Stéphane Audran cocinando –la actriz francesa presentó la copia en el festival de San Sebastián, donde recrearon incluso sus platos–, pero no ven su dimensión de parábola. Lo mismo les pasa, por otro lado, a los católicos que se empeñan en ver el misterio de la transustanciación en la historia de esta escritora de origen luterano –que firmaba con el seudónimo de Isak Dinesen y murió ahora hace medio siglo–.

Es cierto que con  El festín de Babette  el veterano realizador danés Gabriel Axel –nació en 1918 y trabajaba en la televisión desde los años cincuenta–, se coloca en la mejor tradición de directores nórdicos –como Bergman o Dreyer–, que han tratado el tema de la fe. Aunque si esta obra es ya un clásico contemporáneo, es porque nos interroga cada vez que nos acercamos a ella. A algunos les habla del valor del arte o la alegría de la vida, pero a otros del asombro de la gracia y el amor perdido.

 LEJOS DE ÁFRICA
 Como muchos lectores, conocí a Blixen por sus Memorias de África  –maravillosamente llevadas al cine por Sydney Pollack en 1985, donde Meryl Streep interpreta a la escritora y Robert Redford a su amado cazador inglés Denys Finch Hatton– . El libro me llevó a otros textos –como sus  Cuentos góticos – ,  a medida que crecía mi curiosidad por una figura tan admirada por autores como Javier Marías –que tradujo su  Ehrengard –. Sus fotos en los años cincuenta con Ernest Hemingway, o Arthur Miller y Marilyn Monroe, muestran la popularidad que tenía la delgada baronesa, cuando escribió  El festín de Babette. 

Aunque nació en Dinamarca en 1886, Karen se casó con un primo lejano, que era barón –de ahí lo de baronesa–, estableciendo una plantación de café en Kenia. El matrimonio tuvo tantos problemas, que se separó a los seis años. Ella tiene entonces una relación apasionada, pero llena de altibajos, con un aristócrata británico, cazador de leones, que muere en un accidente de aviación en 1931. Se dedica a partir de ese momento a escribir –primero en inglés, luego en danés–, mientras se encarga de la granja, hasta que se ve forzada a venderla y regresar a su país, tras la segunda guerra mundial.

La película de Axel traduce fielmente el relato –que atribuye a Blixen, aunque lo firma como Dinesen–. Lo sitúa en Jutlandia, en vez de Noruega –como la novela original–, pero sigue al píe de la letra muchas de sus descripciones. Se toma la libertad de doblar el espacio temporal –para convertir a las hermanas protagonistas en dos ancianas– y difumina el pasado revolucionario de Babette –las  pétroleuses  eran mujeres acusadas de quemar gran parte de París durante la Comuna, donde perdió a su marido y su hijo–, pero es una fiel adaptación del libro.

 AMBIENTE PIETISTA
 La historia nos presenta una comunidad de origen luterano de claros rasgos pietistas –el termino puritano se usa más bien en el mundo anglosajón y no es exactamente lo mismo que pietista–. El padre de estas dos hermanas se ve claramente que es pastor de la iglesia luterana –que mantiene a veces este tipo de grupos dentro de sus parroquias–.  Sus hijas se llaman Martine y Philippa, en homenaje a Martin Lutero y Philip Melanchton. Son personas piadosas, pero también caritativas –emplean sus pequeñas rentas en obras de beneficencia–, pero todo en esta comunidad tiene un aire oscuro y austero. Piensan todo el tiempo en la Nueva Jerusalén, a la que cantan como su verdadero hogar.

 Como en muchas comunidades pequeñas, la vida de la familia gira en torno a la iglesia.  La virtud y el sacrificio no son cosas que se dicen, sino que se viven. Estas chicas no van a bailes, ni a fiestas. Los jóvenes que quieren verlas, tienen que ir a la iglesia. En el rebaño de este sonriente pastor, se nos dice que el matrimonio tiene poco valor, puesto que al amor se le quita todo contenido romántico. Su belleza se convierte en algo etéreo, que no tiene nada que ver con lo físico.

Te llama la atención cómo el pastor ve natural que estas hijas dulces y buenas se queden solteras, para cuidar de él. Su misión en la vida es continuar la labor del padre, manteniendo su veneración. Pierden la ilusión y el futuro, renunciando al amor, tanto de un oficial de caballería como de un cantante de ópera. El padre no rechaza, de entrada, a ninguno de ellos –aunque el segundo fuera “papista”–, sino que ellas mismas están tan condicionadas, que no hace falta que se les prohíba directamente nada.

 AMORES PERDIDOS
El teniente Lorens Loewenhielm es un aficionado al juego, que al ser mandado con su piadosa tía, ansía una vida “más elevada y pura” con Martine, “sin secretos ni remordimientos molestos de conciencia”. Como él nunca se ha considerado “espiritual”, ve problemático compaginar su amor con sus aspiraciones. Así que se despide, para conocer otras cosas, puesto que “se ha dado cuenta que la vida es despiadada y algunas cosas son imposibles”.

Achille Papin es una estrella de Paris, que le enseña a cantar a Phillipa un aria del  Don Giovanni  de Mozart –en contraste con los himnos que se usan constantemente como medio de escape, en los momentos de tensión–. Ante el menor atisbo de atracción, la chica rechaza esos sentimientos, convencida de que actúa correctamente. El padre no le prohíbe nada. Es ella la que le dice que no quiere recibir más clases. No hace falta que le pregunte nada, para indagar en los motivos de su renuncia. Ella ha elegido, según se le ha enseñado. Otra cosa le hubiera parecido pecado. Consciente, el padre comunica su decisión lo antes posible.

 Se quedan así haciendo punto, mientras su padre lee la Biblia. A su muerte, mantienen su herencia viva. Quince años después, aparece en la puerta una frágil y pálida mujer, Babette, que huye de París en medio de la guerra civil . La envía, como sirvienta, el cantante de ópera, que ahora “célibe y canoso, espera que en el Paraíso pueda volver a oír su voz, sin temores ni escrúpulos, como Dios quería que cantara”. Aunque las hermanas no tienen medios para pagarla, ella accede a trabajar para ellas, gratis.

 INVITADOS A UN BANQUETE
 Durante doce años, el único contacto que Babette mantiene con Francia es un billete de lotería que recibe como regalo. Sirve así a las hermanas y a la comunidad en sus austeras costumbres . Los hermanos se han vuelto cada vez más irritables, teniendo continuos choques. Uno cree haber sido estafado por otro, dos mujeres llevan una década sin hablarse y se descubre un adulterio ocurrido hace treinta años entre dos miembros de la comunidad. “La intolerancia y el desacuerdo reinan entre nosotros”, dicen las hermanas. Se reúnen fielmente para cantar himnos, pero la Palabra brilla por su ausencia y dudan si serán perdonados por sus infidelidades.

 La noticia de que Babette ha ganado la lotería coincide con las preparaciones de la celebración del centenario del pastor, para intentar que vuelva la armonía y la comunión fraternal. Cuando ella les dice que quiere preparar una cena francesa, las hermanas se resisten  – ¿no comen los franceses ranas? –. Como es lo único que les ha pedido en todos estos años, acceden a sus deseos, pero descubren con horror la llegada de codornices y una tortuga viva, además de una cabeza de vaca, acompañada de cajas de vino y champán, que les producen auténticas pesadillas. Ven con temor cómo van a ser “expuestas a fuerzas peligrosas”, en un “aquelarre de brujas”.

 En su espiritualidad, piden “que el cuerpo sea esclavo del alma” y se proponen “no saborear nada”. Ya que, según su peculiar interpretación del Evangelio, “como en las bodas de Caná, la comida no tiene importancia”. Babette organiza así todo un festín, para gente que no valora en nada sus manjares ni delicadezas . Como tantos evangélicos, prefieren el agua al amontillado y el champán les parece “una especie de gaseosa”.

Sólo hay una excepción, el ahora general Lowenhielm ha podido venir a la fiesta, ya que está visitando a su tía. Es él quien reconoce en uno de sus platos la especialidad exquisita de una mujer que fue chef en uno de los más reputado restaurantes de París, que no es otra que Babette.

 SORPRENDIDOS POR LA GRACIA
 Aunque nadie habla de la comida y la bebida, el ambiente se hace más cálido. Uno confiesa que “era un perdido juerguista hasta que conoció al pastor y escuchó su primer sermón”. Otro hermano confiesa a un tercero que realmente le estafó y las dos mujeres que no se hablaban, se encuentran en animada conversación. Ante el eructo de otra hermana, uno prorrumpe: “¡Aleluya! Es entonces cuando el general se levanta para hablar con un discurso, donde está la clave de la historia. Sus palabras giran en torno al salmo favorito del pastor. Su mensaje es el descubrimiento de la gracia. 

“El hombre en su debilidad y miopía, cree que tiene que tomar decisiones en la vida. Temblamos ante las opciones que tenemos que tomar en la vida. Y después de haber elegido, tememos habernos equivocado. Pero llega el momento cuando se nos abren los ojos y nos damos cuenta de que la gracia es infinita. Sólo tenemos que esperarla con confianza y recibirla con gratitud. La misericordia no impone condiciones. Todo lo que hemos elegido, nos es concedido, pero todo lo que hemos rechazado también nos es dado. Sí, incluso aquello que hemos rechazado. Porque la misericordia y la verdad se encontraron; la justicia y la paz se besaron” ( Salmo  85:10).

 La gracia es libre e incondicional, pero tiene un precio. No es una gracia barata. Descubrimos al final que la fiesta le ha costado todo a Babette. No podemos comprar la dicha, pero alguien ha pagado por ella: Cristo Jesús . Es en la cruz donde “la misericordia y la verdad se encontraron; la paz y la justicia se besaron”. El general se da cuenta entonces de que “todo es posible”.

La cena acaba con los hermanos cantando un himno evangélico alemán, antes de salir unidos de la mano, en un baile bajo el cielo estrellado:

 El que deja actuar al amado Dios
 Y siempre espera en Él
 Será guardado de manera milagrosa
 En medio de necesidad y tristeza.
 Quien confía en el Dios altísimo
 No ha construido sobre arena.

 Que guarde silencio, esperando,
 Y se regocije en su interior
 Cómo la gracia soberana de nuestro Dios
 Y su omnisciencia le son propicias.
 Dios, que nos ha escogido para sí,
 Sabe muy bien lo que nos falta.

Autores: José de Segovia Barrón

©Protestante Digital 2012

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