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José de Segovia

La mayor parte de la gente no entiende realmente qué es el satanismo, empezando por los propios cristianos.

Crowley
Aleister Crowley, padre del satanismo moderno, se crió en una familia evangélica.

En medio de muchos viajes por Inglaterra, he podido parar unos días en Estbourne. Esta localidad costera tiene fama de ser el lugar más soleado del Reino Unido. Allí acostumbran a retirarse muchos jubilados británicos. Entre ellos está ahora el profesor Paul Wells de Liverpool, que ha estado enseñando teología en Francia, desde que llegó del Seminario de Westminster en Filadelfía, con su melena de “hippy” en los años setenta. Al recogerme en la estación de tren, pasamos por el impresionante colegio privado que ha dado fama a esta ciudad desde el siglo XIX. Su más famoso alumno –me dice Paul–, fue el padre del satanismo moderno, Aleister Crowley (1875-1947), que fue criado en una Asamblea de Hermanos.

El padre de Crowley fue educado en los cuáqueros –como el de Wells, cuya familia viene de la tradición pacifista del socialismo fabiano–, pero tuvo una conversión evangélica con los llamados Hermanos cerrados. Leía un capítulo de la Biblia cada día, a su esposa y a su hijo, después de desayunar. Era un predicador itinerante, cuando murió de cáncer, teniendo Crowley once años. Empezó a tener muchos problemas con su madre, que le mandó interno a varios colegios, donde se rebelaba contra todas las normas. Desesperada, la madre le envió a una familia de la Asamblea de Eastbourne, para que asistiera al famoso colegio, conocido por su estricta disciplina.

Crowley desarrolló aquí dos de sus mayores aficiones, el ajedrez y el alpinismo. Beachy Head es un impresionante acantilado, que no sólo sirvió de referencia a la aviación en la segunda guerra mundial, sino que es conocido por algo mucho más macabro. Es una de los mayores sitios de suicidio que hay en el mundo. Este mismo fin de semana, dos lo han hecho, pero van ya camino de cuarenta, este año. La prensa no dice nada, para no incitar a hacerlo, pero las iglesias de la localidad han organizado una capellanía de voluntarios, para recorrer toda la noche, el precipicio. En el borde mismo, hay una placa con el texto del Salmo 93:4 y las palabras: “Dios es mayor que todos nuestros problemas”.

 

Crowley es el alumno más famoso del prestigioso colegio privado de Eastbourne.

Fue aquí donde Crowley se acabó de distanciar de los Hermanos, ya que se encontró en medio de una disputa de la familia, donde estaba alojado. Una de las hijas se comprometió con un joven que no era de la Asamblea. Para poder casarse, los padres insistieron que tenía que convertirse. Como no podía, se rompió el compromiso. Había tal tensión en la casa, que él dice que incluso fue agredido físicamente, por animar a la chica a escaparse con su novio. Finalmente, ella se quedó, pero a él, le mandaron con sus tíos.

MAGIA SEXUAL

 

Crowley inventó el ritual mágico del satanismo.

La rabia de Crowley contra el cristianismo, le llevó a hacer todo lo contrario que le habían enseñado. Se convirtió en la bestia negra de la sociedad victoriana, por sus continuas provocaciones contra la religión y la moral. En su obsesión por las profecías de la Biblia, llegó a identificarse con la figura del Anticristo, anunciado en el Apocalipsis. En su complicada psicología, todo parece motivado por un odio a su madre. Como para ella, el mayor tabú era la sexualidad, crea una mentalidad enfermiza que busca la perversión sexual, a la que da un sentido mágico.

Al dejar Eastbourne, va a estudiar en Cambridge, donde hace una poesía de estética satánica. al estilo de Baudelaire, cada vez más pornográfica. “Mi propósito no es simplemente escandalizar, sino arrancar brutalmente el sentido de pecado”, dice. En 1898 se une a la Ordén Hermética de la Aurora Dorada, fundada en 1887. Su sistema venía de un libro encontrado por su fundador, Mathers, en una biblioteca de París. No tenía ningún ritual, sólo listas de ángeles y demonios a invocar, así como talismanes para consagrar y obtener todo tipo de poderes. Ya que aunque se dice siempre que hay dos escuelas de magia, la blanca y la negra, éstas fácilmente se entremezclan. Por eso Crowley en Londres tenía dos habitaciones que usaba como templos, una para magia blanca y otra para negra.

Después de romper con Mathers, Crowley se casa y en Egipto pasa una noche en la Gran Pirámide, invocando al dios con cabeza de ibis que representa la sabiduría. Su esposa recibe allí un mensaje de Horus, cuya estatua vieron que tenía en un museo el numéro 666. Así contactan con su Ángel Guardián: Aiwass, un mensajero de Set, dios destructor, que algunos llaman Satán. Este le dicta El Libro de la Ley, cuya máxima es que “no hay otra ley más allá de Ház lo que quieras”. Su misión ahora es enseñar que dios está dentro de nosotros (“no hay dios”) y que el alma o centro del hombre es la Verdadera Voluntad. En el libro presenta una parodia de la Santa Cena, que convertirá en un ritual sexual en la sociedad que origina el satanismo moderno: la Ordo Templi Orientalis.

ORÍGENES DEL SATANISMO MODERNO

 

Quiso hacer todo lo que le habían prohibido en su educación evangélica.

La O.T.O. había sido fundada por masones alemanes en 1902, y propugnaba una sexualidad mágica, adorando un ídolo androgíno, Baphomet, supuestamente relacionado con los templarios. Su fundador, Reuss, había sido de la ejecutiva socialista con la hija de Marx, hasta ser expulsado por su afición al cabaret. Entre ellos estaba Rudolf Steiner, el secretario general de la Sociedad Teosófica, que luego fundaría la Antroposofía. El propósito de su magia no era buscar el placer sexual, sino un poder sacerdotal, que se concretaba también en dinero. Ya que Crowley relacionaba el éxito de estos rituales con la llegada de los donativos que mantenían la secta

Crowley pasó años en Nueva York, donde llega a tener bastante influencia. Allí hace propaganda alemana, hasta que al final de la guerra forma una comuna en Sicilia. Pero tras la muerte de dos de sus miembros, es expulsado por Mussolini, para morir como un heroínomano en Inglaterra. Sus últimas palabras, temblando entre lágrimas, fueron: “estoy perplejo”. Según la compasiva biografía que ha hecho John Symonds, cada cinco minutos se creía alguien diferente. Utiliza cientos de nombres y personalidades, en relación con sus visiones de anteriores reencarnaciones, y piensa que puede controlar la realidad por el pensamiento mágico. Por eso en Berlin se cree invisible en una cafetería, o andando entre la gente. En ese sentido el satanismo tiene algo de fenómeno patológico.

En su mente enferma, Crowley encuentra justificación para todo. Aunque a veces se refugiaba en la idea de que estaba en las manos de un demonio como Aiwass. Nunca admitió ningún error, aunque escribe que en su corazón se sabía culpable. Tuvo una vida de total indulgencia con todo lo que creía que Dios odiaba (magía, sexo y drogas), llegando a ofrecerse a las autoridades revolucionarias rusas para ayudar a destruir el cristianismo. Pero al final de su vida, aquí en Hastings, durante los bombardeos de la segunda guerra mundial, repetía las palabras del Salmo 23, buscando la protección de aquel Dios que había conocido de niño.

ROCK Y SATANISMO

El mito de Crowley está intimamente unido a todo lo que significa la contracultura juvenil de los años sesenta y setenta. Su cara aparece en la portada del disco de los Beatles, Sergeant Pepper. Pero será el guitarrista del grupo Led Zeppelin, Jimmy Page, el mayor responsable de la “crowleymanía” de los setenta. Page leyó “Magia en teoría y práctica” con sólo once años. Colecciona sus manucristos, primeras ediciones, pinturas, túnicas, sombreras, bastones y cartas tarot.

Page compra en 1970 la casa Boleskine, al lado del lago Ness, que Crowley adquirió para ciertos rituales mágicos. Page contrata a un satanista para decorarla con murales que la devuelvan su condición original. Cinco años después financia una librería ocultista en Londres, que lleva su astrólogo, reeditando las obras de Crowley. Y hace inscribir en el vinilo de su tercer disco, el lema de Crowley: “Ház lo que quieras”. El director de cine Kenneth Anger era discípulo de Crowley. Le pidió a Page y a los Rolling Stones, que participaran en su película “La rebelión de Lucifer”, para la que Jagger compone la “Invocación de mi Hermano Demonio”.

 

El guitarrista de Led Zeppelin, Jimmy Page, compró la casa de Crowley en Escocia.

David Bowie hace también referencia a Crowley en su disco “El hombre que vendió el mundo”. Así como Bruce Dickinson del grupo Iron Maiden, que escribió incluso un libro sobre Crowley. Richard Ramírez es el bajista del músico más conocido hoy por sus provocaciones a la religión, Marilyn Manson. El define así el satanismo: “Es un proceso mental de ser tu mismo, de autopreservación. No implica necesariamente adorar al diablo. La palabra satanás simboliza la máxima rebelión”.

LA IGLESIA DE SATANÁS

Anton Szandor LaVey nació en Chicago en 1930, aunque vivió la mayor parte de su vida en San Francisco, donde fué domador de leones, fotógrafo de sucesos y organista profesional, antes de fundar en 1966 la Iglesia de Satán, siendo conocido por sus seguidores como el papa negro. “Los sábados por la noche –recuerda LaVey– podías ver a cantidad de hombres contemplando con lujuria a aquellas muchachas semidesnudas que bailaban en la feria. Cuando al día siguiente, por la mañana, tocaba el órgano en el servicio dominical de los evangelistas, volvía a ver a esos mismos hombres, ahora convertidos en padres de familia, acompañados junto con sus esposas e hijos. Descubrí entonces que la iglesia cristiana se asienta en la hipocresía.”

LaVey escribió una Biblia Satánica en 1969. En los últimos años hizo algunos discos, pero no le gustaba el rock, que no consideraba útil para sus propósitos. Muchos creen que aparece en la película “La semilla del diablo”, pero no tuvo nada que ver con la película de Polanski. En su sepultura, “sólo lamenta las veces que ha sido demasiado amable”. La hija de LaVey, Karla, fue sumosacerdotisa de la iglesia de su padre, pero fundó su propia denominación en San Francisco en 1999.

El Templo de Set es otra división del grupo de LaVey, encabezada por Michael Aquino en 1975. La simbología nazi identifica esta secta. Hoy hay otras muchas que son generalmente escisiones de las anteriores, pero tienen más relación entre sí de lo que parece. La mayor parte están en Europa y EE.UU., agrupadas bajo la Orden Estelar Antigua Mystical-Kindi.

Anton LaVey y Marilyn Manson son admiradores de Crowley.

 

¿QUÉ ES EL SATANISMO?

La mayor parte de la gente no entiende realmente qué es el satanismo, empezando por los propios cristianos, que tienen a veces ideas extrañas sobre el ocultismo. Ya que los satanistas no adoran a Satanás, porque como dicen ellos mismos, “en el satanismo cada uno es su propio dios”. Es algo chocante, ya que el nombre de Satán es onmnipresente en el satanismo, pero hay que darse cuenta que ellos lo entienden “más como un símbolo, que como una entidad sobrenatural”. Filosóficamente, podríamos considerar al satanismo como epicúreo, ya que pretende “gozar de la vida de la manera más intensa posible y convertir la voluntad en la única ley”.

Ese aspecto nihilista del satanismo es el que Julio Caro Baroja observa en las personas que asistían a misas negras en el País Vasco: “Son en general gentes hasta cierto punto sofisticadas, con una pequeña o gran tendencia a la hipertrofia del yo y una curiosidad morbosa por ciertas psicopatías, sexuales sobre todo”. Es gente, para el antropólogo, que “en suma poco tiene que ver desde todos los puntos de vista con las brujas campesinas de la Europa medieval y de los siglos XVI y XVII”.

LA GRAN MENTIRA

El diablo lleva diciendo desde el principio que nos libraremos del mal, si nos entregamos a él, pero en realidad lo que hace es anastesiar nuestra conciencia. Sus palabras suenan bien, y siguen atrayendo a todo aquel que se siente desesperado, al descubrir como Crowley, que no puede dominar sus pasiones. Es por eso que el satanismo nace de la Iglesia, y no del mundo ateo, porque es una expresión de apostasía, no de ignorancia. Es la subversión de la moral cristiana, llamando al dominio propio, pecado, y al abandono, redención. Y como en el Edén, nos lleva a la desintegración moral, la locura, e incluso una muerte temprana.

“Lo que entiendo del sistema de Crowley”, dice el músico Jimmy Page, “es que la represión es la mayor obra del pecado”. Por eso, era tal vez conocido por llevar una colección de látigos en su equipaje para humillar a sus seguidoras, con el mismo placer que mostraba su maestro. “Crowley no tenía una gran opinión de la mujer”, dijo el guitarrista de Led Zeppelin, “y yo creo que no estaba equivocado”. El satanismo se basa en la búsqueda de una “auténtica voluntad”, que deja los instintos libre de toda restricción moral. Las drogas, el alcohol, o los rituales sexuales, son en este sentido medios para conseguir una conciencia de autoliberación.

El hombre toma así el lugar de Dios. Cree que no está sujeto a nadie y se autorrealiza por la obediencia a su voluntad soberana (“no hay más ley que haz lo que quieras”). Pero lo que el satanismo llama “verdadera voluntad” no es sino el auténtico “mensaje de redención” de la serpiente en el Edén (Génesis 3), por el que “siendo como Dios”, estaremos más allá del bien y del mal.

El verdadero Evangelio nos trae, sin embargo, un mensaje de victoria frente al mal, por lo que Cristo ha hecho en la cruz. No se trata por lo tanto de aceptar el mal, sino de librarnos de su poder y su culpa, por la fe en su muerte y su resurrección. Así que “¡ay de los que a lo malo dicen bueno, y a lo bueno malo; que hacen de la luz tinieblas, y de las tinieblas luz” (Isaías 5:20). Pero Jesús dice: “la verdad os hará libres” (Juan 8:32).

 

http://protestantedigital.com/blogs/34381/aleister_crowley_la_bestia_negra


Antonio Cruz Suárez

Grandes mitos sociales del mundo moderno (4)

Maquiavelo, un mito que sigue vivo

 El mito maquiavélico está vivito y coleando en el corazón de la sociedad postcristiana.

En la actualidad millones de criaturas continúan creyendo lo mismo que creía Maquiavelo. Su mito se adhirió a la conciencia del mundo occidental y sigue siendo como una pesada rémora que con los aires postmodernos aumenta de tamaño sin parar.
¡En cuántas situaciones y conflictos actuales los medios se esclavizan y condicionan a los fines!
Casi todo el mundo está a favor de reconocer que el maquiavelismo, o lo maquiavélico, son conceptos de los que es mejor apartarse, sin embargo, ¿quiénes están dispuestos hoy a sacrificar sus deseadas finalidades en aras de unos medios que no son todo lo justos que deberían ser?
No se trata sólo de aquellos políticos corruptos que sacrifican su prestigio y credibilidad inmolándose ante el altar de Mamón, el dios de la riqueza.
Están también los que matan para defender una idea. Los terroristas que disponen a su antojo de la vida ajena o los policías que combaten el terrorismo con métodos ilegales.
El mito maquiavélico está vivito y coleando en el corazón de la sociedad postcristiana.
Quizá donde sea más evidente es en los conflictos armados que de manera endémica vienen sangrando a la humanidad.
Los métodos que tales luchas emplean han creado un nefasto diccionario en el que se definen sin horror términos como “limpieza étnica”, “masacre humana”, “fosas comunes”, “castigo al pueblo”, “hora de la venganza”, “daños colaterales”, “bombardeos indiscriminados sobre la población civil”, “inmunidad para los criminales de guerra” y un largo etcétera de maquiavelismo solapado.
La repercusión de tales conceptos son heridas que nunca acaban de curar porque la paz no es sólo el silencio de las armas.
Dejando de lado la amenaza de los misiles y de los coches bomba, la violencia del mito se descubre también en otros ambientes.
Desde los banqueros que aprendieron a defraudar y se convirtieron de pronto en pedagogos de una sociedad ávida de modelos, sean del cariz que sean, hasta los mafiosos del deporte o de la cocaína, los secuestradores amantes del dinero fácil e, incluso, los maridos que asesinan a sus esposas por considerarlas objetos personales, todos responden al mismo patrón mítico.
La pegajosa tela de araña se extiende asimismo a los empresarios desaprensivos que juegan con la salud pública contaminando alimentos, piensos o bebidas refrescantes.
Y aquellos otros que directa o indirectamente son responsables de los vertidos de petróleo a los océanos, de la contaminación en todas sus facetas, del paro o de la explotación salarial.
¿Qué pensar de ciertas multinacionales de farmacia cuando se niegan a fabricar determinadas vacunas, como la que podría curar la malaria, exclusivamente en base a puros intereses comerciales? ¿o de los modistos prestigiosos que diseñan tallas mínimas sin importarles para nada el futuro de las jóvenes anoréxicas? ¿y las decenas de miles de muchachas inmigrantes que son obligadas a practicar la prostitución para sobrevivir? ¿no es todo esto consecuencia del egoísmo y la maldad humana que subyace en la creencia de que el fin justifica los medios?
El mundo entero rezuma maquiavelismo por todos sus poros.
El mito no está todavía superado, como piensan algunos, sino que subsiste en estado latente, escondido en los más oscuros rincones del alma humana, para manifestarse con toda su virulencia allí donde se le permite.
La semana próxima,  Maquiavelo a la luz del Evangelio

Autores:  Antonio Cruz Suárez

©Protestante Digital 2013


Antonio Cruz Suárez

Grandes mitos sociales del mundo moderno (3)

Maquiavelo: buscando el bien a través del mal

 La lista de máximas inmorales se multiplica a lo largo de El Príncipe hasta concluir en la idea final del majestuoso fin, capaz de justificar toda clase de medios.

  El político florentino creía que el ser humano no era ni bueno ni malo, pero que podía llegar a ser lo uno y lo otro. De manera que no resultaba aconsejable confiar en la buena voluntad de los hombres.

En relación con la virtud de cumplir lo que se promete, o “de qué modo han de guardar los príncipes la palabra dada”, Maquiavelo escribe:

“Estando, por tanto, un príncipe obligado a saber utilizar correctamente la bestia, debe elegir entre ellas la zorra y el león, porque el león no se protege de las trampas ni la zorra de los lobos. Es necesario, por tanto, ser zorra para conocer las trampas y león para amedrentar a los lobos. Los que solamente hacen de león no saben lo que se llevan entre manos. No puede, por tanto, un señor prudente -ni debe- guardar fidelidad a su palabra cuando tal fidelidad se vuelve en contra suya y han desaparecido los motivos que determinaron su promesa. Si los hombres fueran todos buenos, este precepto no sería correcto, pero -puesto que son malos y no te guardarían a ti su palabra- tú tampoco tienes por qué guardarles la tuya” (Maquiavelo,  El Príncipe,  Alianza Editorial, Madrid, 1996: 91).

Es decir, como los hombres pueden llegar a ser malos, los gobernantes tienen también la obligación de ser malos.

El príncipe que se revela contra esta situación de maldad y quiere gobernar honestamente estaría, según nuestro autor, labrando su propia ruina. De ahí la necesidad de “saber entrar en el mal” cuando haga falta; la obligación de “actuar contra la fe, contra la caridad, contra la humanidad o contra la religión” para conservar el Estado; la preferencia que debe tener todo monarca por ser temido antes que amado y, en fin, la convicción de que las injusticias hay que hacerlas todas a la vez para no temer la posible venganza.

Quien propicia el poder de otro estaría socavando su propia destrucción en el futuro, por eso el que conquista nuevos territorios tiene en primer lugar que “extinguir la familia del antiguo príncipe”.

La lista de máximas inmorales se multiplica a lo largo de  El Príncipe  hasta concluir en la idea final del majestuoso fin, capaz de justificar toda clase de medios: “…en las acciones de todos los hombres …, se atiende al fin. Trate, pues, un príncipe de vencer y conservar su Estado, y los medios siempre serán juzgados honrosos y ensalzados por todos, pues el vulgo se deja seducir por las apariencias y por el resultado final de las cosas, y en el mundo no hay más que vulgo” (Maquiavelo, 1996: 92).

Maquiavelo hace una descripción de la realidad social tal como era en su época y no como debería ser. Los análisis que realiza demuestran un gran conocimiento de los impulsos que anidan en el alma humana pero su mito del príncipe nuevo, o de que la moral debe sacrificarse al interés, es ni más ni menos que el reflejo de la desaprensiva época en que vivió.

Es verdad que su obra inauguró la nueva ciencia de la política en los inicios de la modernidad, pero también lo es que la receta recomendada para lograr el buen quehacer gubernativo fue profundamente inmoral.

Si durante la Edad Media los príncipes “cristianos” no consideraban generalmente a sus súbditos como un medio para alcanzar gloria personal, sino como una sociedad a la que había que servir y proteger, ya que el día del juicio final Dios les pediría cuentas de sus acciones, el príncipe nuevo que propone Maquiavelo sólo parece preocuparse de su propia fortuna, de su poder, de su gloria y destino personales. Los ciudadanos sobre los que gobierna se conciben sólo como posesiones o instrumentos para aumentar su influencia.

Es el choque entre dos visiones opuestas del mundo. De una parte la medieval que, a pesar de sus imperfecciones, seguía basándose en la idea de un Dios creador que dirigía la historia y de otra, la concepción humanista de Maquiavelo que contemplaba al gobernante como alguien que había dejado de ser responsable delante del Creador y que ya no tenía la obligación moral de rendirle cuenta de su comportamiento. La sociedad se convertía así en algo ajeno al príncipe que podía ser utilizado para demostrar su ingenio político o afirmar su propio orgullo personal.

El príncipe maquiaveliano, convencido de que la política debe basarse en la maldad y que es menester pecar para conservar la dignidad y el Estado, resulta impensable en cualquier otro lugar que no fuera la Italia de los  condottieri  (aquellos belicosos jefes de tropas mercenarias). La propuesta de combatir el mal con el mal, la violencia con la violencia, el fraude con el fraude o la traición con la traición para gobernar bien, sólo pudo gestarse en un pequeño Estado donde la intriga y las maquinaciones eran el plato de cada día.

En un ambiente así había que confiar en el destino pero también en las maniobras personales. En este sentido, Maquiavelo afirmaba que “vale más ser impetuoso que precavido porque la fortuna es mujer y es necesario, si se quiere tenerla sumisa, castigarla y golpearla” (Maquiavelo,  El Príncipe,  1996: 120). Hoy tal cinismo escandaliza pero, sin embargo, aquel mito arraigó poco a poco en la sociedad moderna, hundiendo sus raíces en la Europa renacentista y haciendo germinar en demasiados ambientes la equivocada idea de que es legítimo servirse del pueblo para conseguir determinados objetivos políticos.

A pesar de que Maquiavelo fue un gran admirador de Moisés y de que creía en Dios, su obra rompió con las antiguas concepciones teocráticas de la vida política.

La tradición cristiana que entendía el poder como una institución divina no encontró apoyo en el pensamiento del primer teórico de la política moderna. En  El Príncipe  escribe: “Y aunque sobre Moisés no sea lícito razonar por haber sido mero ejecutor de las órdenes de Dios, sin embargo, debe ser admirado aunque sólo sea por aquella gracia que lo hacía digno de hablar con Dios.” (Maquiavelo, 1996: 48).

En este texto parece recalcar su respeto por el gran líder hebreo y por el Dios de la Biblia, sin embargo su concepción de la naturaleza humana como sede constante de envidias, ambiciones, impaciencia y deseos de venganza, le llevaron a entender la historia al modo helénico.

La teoría oriental de los ciclos universales, o del eterno retorno, que habían compartido griegos y romanos era aceptada también por Maquiavelo. Entendía la historia de la humanidad como una permanente manifestación de lo mismo. Todo resultaba coincidente. Todo se repetía. Los ciclos vitales de las sociedades eran siempre iguales: un ascenso hacia las cimas de la virtud y perfección para descender después en picado hasta el máximo grado de corrupción, desorden y degeneración.

Lo paradójico de esta creencia es que descartaba a la divinidad. El Dios Creador no intervenía en el mundo de lo social. No existía ningún ser trascendente detrás de los ciclos vitales de la historia. El pensador de Florencia creyó que Dios no se ocupaba en poner o quitar soberanos. Esto sólo lo hacía el hombre con su radical ambivalencia, con su grandeza pero también con su profunda miseria.

Autores: Antonio Cruz Suárez

©Protestante Digital 2013

Maquiavelo: vida y personaje

Publicado: julio 8, 2013 en Conciencia

Antonio Cruz Suárez

Grandes mitos sociales del mundo moderno (2)

 
Maquiavelo: vida y personaje
 

 Nicolas Maquiavelo (1469-1527): el mito del príncipe nuevo o del fin que justifica los medios. 

 

“Porque un hombre que quiera hacer en todos los puntos profesión de bueno, labrará necesariamente su ruina entre tantos que no lo son. Por todo ello es necesario a un príncipe, si se quiere mantener, que aprenda a poder ser no bueno y a usar o no usar de esta capacidad en función de la necesidad.” Maquiavelo,  El Príncipe,  (1996: 83).

¿Fue Maquiavelo la clase de monstruo pérfido que algunos de sus críticos y biógrafos han querido ver? Si nos atenemos a la definición de la  Encyclopaedia Britannica  parece que tal opinión no se corresponde con la realidad.

“Maquiavelo -se afirma- fue un hombre de complexión media, delgado, de rostro huesudo, frente despejada, pelo negro, ojos penetrantes, labios finos que dibujaban una sonrisa enigmática. Fue un hombre honesto, buen ciudadano y excelente padre” (Barincou,  Maquiavelo,  Salvat, Barcelona, 1985: 9). ¿Cómo es posible entonces que sus detractores vieran en él a un ser perverso, egoísta y corrupto? Quizá el dilema se deba a la original radicalidad de su pensamiento político y a las implicaciones que tales ideas iban a tener posteriormente. A veces, los hombres honestos pueden equivocarse también. El mito del maquiavelismo, entendido como la práctica de una política que ignora la dimensión moral y acepta cualquier medio para lograr los objetivos perseguidos, ha arraigado por desgracia en demasiados terrenos baldíos de la historia. Incluso hoy, a aquellos políticos de la democracia que se valen del engaño, la astucia o la maquinación, se les continúa llamando “maquiavélicos”. ¿Cómo se gestó este mito?

Niccolò nació en Florencia, hijo de una familia noble que se había empobrecido. Esta situación le obligó a formarse de manera autodidacta y a leer por su cuenta autores clásicos, como Lucrecio o Tito Livio, que le fueron muy útiles para madurar sus propios puntos de vista sobre la sociedad humana. Desempeñó tareas administrativas como secretario de la segunda cancillería de la República de Florencia, cargo que le permitió adquirir una notable experiencia política. A los 29 años tomó posesión de tal ocupación y poco después contrajo matrimonio con Marietta Corsini, de quien tuvo seis hijos.

Según afirman los biógrafos, Maquiavelo fue feliz en su matrimonio y supo hacer de su vida la mejor de sus obras de arte. En contraste con esta excelente situación familiar, el ambiente político en que vivió dejaba mucho que desear. Durante todo el siglo XV la inestabilidad institucional fue una constante de la República florentina. Los intereses de la aristocracia y de la burguesía mercantil eran las fuerzas predominantes en el delicado equilibrio social. Las divisiones internas y la impotencia militar contribuyeron al descrédito, así como al poco respeto que se tenía por los gobernantes. Italia era un puzzle de pequeños Estados envueltos en frecuentes luchas intestinas. De manera que la existencia de Maquiavelo transcurrió durante uno de los períodos de mayor confusión política de las repúblicas italianas. Fue testigo de numerosas guerras y vio como su Estado era invadido por los ejércitos franceses y españoles.
 
Cuando los Médicis volvieron al poder, Maquiavelo fue destituido de su cargo, encarcelado y torturado. Este sería el final de su vida pública ya que no volvería a ocupar ningún puesto oficial hasta dos años antes de morir.

Después de su liberación se retiró a una heredad familiar que poseía en las inmediaciones de Florencia y allí escribió sus obras más influyentes. Durante algunos meses del año 1513 elaboró  El Príncipe  y lo dedicó a Lorenzo de Médecis (el Magnífico) con el deseo de que sus pensamientos contribuyeran a la creación de un Estado moderno. Su intención fue influir para conseguir un “príncipe nuevo” que fuera política y militarmente eficaz. Un gobernante que restaurara la antigua libertad y la ruina en que habían caído todos los príncipes de Italia. Sin embargo, la obra no alcanzó mucho éxito entre sus contemporáneos ya que su receptor la despreció y circuló en forma de manuscrito hasta la muerte del autor. No obstante, la fama que logró después fue enorme. Se cuenta que Carlos V sabía de memoria capítulos enteros, que Enrique III y Enrique IV no se separaban del libro ni un solo día, que Cristina de Suecia redactó un largo comentario sobre el mismo y que Federico de Prusia escribió también, como príncipe heredero, un  Antimaquiavelo  (Marcu,  Maquiavelo,  Espasa-Calpe, Madrid, 1967).

Hoy Maquiavelo es considerado el fundador de la ciencia política moderna ya que sus ideas rompieron con la concepción religiosa que se tenía de los gobernantes hasta el final de la Edad Media. La profunda desconfianza que sentía hacia los religiosos se manifiesta a través de sus numerosas cartas personales. Estaba convencido de que la Iglesia de su tiempo había contribuido a la decadencia de la sociedad italiana al mezclar lo político con lo religioso y al oponerse a la creación de un principado civil. A pesar de creer que la actitud de la iglesia de Roma y de sus sacerdotes mantenía dividido al país, seguía pensando que las creencias religiosas eran el soporte más necesario de la sociedad ya que proporcionaban cohesión social. Sin embargo, sus razonamientos le llevaron a analizar la política, prescindiendo de cualquier consideración moral o religiosa, e incluso modificando conceptos anteriores.

Maquiavelo afirmó que para conservar el Estado el príncipe debía incurrir en ciertos vicios. Creía que las acciones de los hombres dependían de la perspectiva a través de la cual se mirasen. Había cosas aparentemente buenas que en realidad podían ser malas, así como vicios susceptibles de trastocarse en virtudes.

Propuso que el concepto medieval cristiano de “virtud” fuese cambiado por el de  virtù  política. Es decir, la aplicación de una fría y técnica racionalidad del poder, más preocupada por el éxito de sus logros que por los medios empleados en alcanzarlos. La  virtù  de saber acallar la conciencia cuando el gobierno lo exigiera.

Una auténtica “razón de Estado” que, aunque no fuera mencionada expresamente por Maquiavelo, podía en ocasiones violar las más elementales normas morales. Lo importante debía ser siempre el éxito del gobernante, para lo cual el empleo de la mala fe era a veces necesario. Esta manera de razonar revela un profundo escepticismo hacia la naturaleza humana.

Autores: Antonio Cruz Suárez
©Protestante Digital 2013

 

Antonio Cruz Suárez

Sociología y cristianismo

Grandes mitos sociales del mundo moderno

 La popularidad y prestigio de pensadores como Hegel, Marx, Darwin o Freud se debe más al vigor de sus ideologías y al momento histórico en que las propusieron que a sus aportaciones científicas.

El término “mito” es de origen griego y significa literalmente: “palabra explicada, discurso o narración”.

Según esta definición el mito puede entenderse como la explicación de las relaciones sociales. Aquello que hace posible al hombre encontrar su lugar en el mundo, fortalecer sus lazos con los demás seres humanos y sustentar un determinado sistema de valores, aunque éstos se apoyen sobre algo que nadie ha visto ni comprobado jamás.

Si en los mitos primitivos intervenían actores imaginarios, héroes, semidioses o personajes fantásticos que realizaban proezas asombrosas con el fin de, por ejemplo, traer el fuego a los hombres como en el caso de Prometeo, en los mitos modernos interesa más la hipotética causa social que habría provocado tal o cual aspecto de la vida en comunidad.

Pero en ambas tradiciones se trata siempre de lo mismo, buscar una explicación que procure aclarar el misterio. El problema principal que plantean todos los mitos es precisamente el de su verificación. Los ritos que ciertas civilizaciones repiten periódicamente pueden servir para actualizar el mito, pero nunca para demostrarlo. El acto de fe resulta siempre imprescindible en la fundamentación mítica.

Las ciencias sociales se han elaborado también a partir de unas hipótesis de base que, en determinados casos, constituyen auténticos mitos fundadores.

A lo largo de la historia de la sociología se han aceptado principios indemostrables como si se trataran de verdades fundamentales sobre las que construir el edificio del estudio social.

En este sentido, se dio por descontado que las ideas de Hobbes acerca del contrato social o las de Locke sobre la propiedad privada eran verdaderas y debían ser admitidas sin discusiónLo mismo ocurrió con el mito rousseauniano que afirmaba la responsabilidad de la sociedad sobre la conducta delictiva de los individuos o con el de los tres estadios por los que, según Comte, habría pasado la humanidad en su desarrollo evolutivo.

No obstante, lo cierto es que la popularidad y el prestigio alcanzado por pensadores como Hegel, Marx, Darwin o Freud se debe más al vigor que supieron darle a sus ideologías y al momento histórico en que las propusieron que a sus verdaderas aportaciones científicas (Claval, 1991: 266).

Veremos a lo largo de esta serie algunos de tales mitos sociales propios de la época moderna y las repercusiones que han tenido después en el comportamiento de la humanidad.

Comenzaremos esta serie de diez grandes personajes con Maquiavelo, la semana que viene.

Autores: Antonio Cruz Suárez
©Protestante Digital 2013

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