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Durante 40 años, Martine Rothblatt fue hombre. Hoy es la ejecutiva mejor pagada de Estados Unidos y aspira a a la vida eterna gracias a la Inteligencia Artificial.

Siempre que Martine Rothblatt atisba alguna posibilidad de perder, redobla sus apuestas. Porque, según ella, cuando uno se empeña en arriesgar, ganar es algo casi seguro. Está acostumbrada a vencer obstáculos sociales y económicos, sentimentales y biológicos y ahora, ya encarrilada en el triunfo, se ha propuesto superar a Dios. Esta mujer estadounidense de huesos y cabello largos es una exitosa empresaria farmacéutica, ex emprendedora de las telecomunicaciones, abogada especializada en legislación espacial, doctora en Ética de la Medicina, filósofa existencialista, escritora, jerarca de su propia religión, promotora de la Inteligencia Artificial y multimillonaria. Tiene casi 60 años, pero es mujer sólo desde hace 20.

Se llamaba Martin y fue un chico que creció en un barrio obrero de San Diego (California). Los miembros de su familia eran los únicos judíos en una zona donde la mayoría de los vecinos eran de origen hispano. Por algo como esto y haber sido un lector compulsivo de ciencia ficción y por haber abandonado la prestigiosa UCLA y por decidirse a ser un emprendedor aventurero, entre muchas otras cosas, en todo momento ha estado consciente de que es “un ser diferente”, una característica que representa “muchas ventajas.”

Una noche de 1979 conoció en una discoteca a una chica afroamericana, Bina Aspen, y no descansó hasta conquistarla. Martin y Bina se casaron (ella se convirtió al judaísmo) y, con el paso del tiempo, se convirtieron en unos padres orgullosos de cuatro hijos. Él trabajaba en un bufete de abogados, con gran reputación y muy buen sueldo y, sin embargo, no estaba dispuesto a pasar el resto de su vida entre su despacho y los juzgados. No es que tuviese claustrofobia, pero le apetecía más otro tipo de espacio. Pensó que si los mares y las tierras ya tenían reglas de explotación bien definidas, el espacio exterior, en cambio, tenía un potencial comercial que había que aprovechar. Eran los años ochenta del siglo pasado, Martin se esforzó por convertir la comunicación satelital en un gran negocio y llegó a encabezar importantes compañías del sector, GeoStar y PaAmSat, y a desarrollar la radio satelital con WorldSpace y Sirius. Pero su vida personal y profesional lo llevaría a otra órbita.

Bina y Martine durante una entrevista televisiva.

Cierto día, Bina le confesó a Martin que se había enamorado de una mujer. “No sé por qué no lo había asumido hasta ahora, pero soy lesbiana”, le dijo. Martin no podía creerlo y, sobre todo, no podía resignarse a perder al amor de su vida. Recordó entonces que, cuando era adolescente, había ocasiones en que deseaba con todas sus fuerzas ser una mujer. No le gustaban los hombres. Quería tener el cuerpo de una mujer y tener como pareja a una mujer. ¿Y si cambiaba de sexo? ¿Y si gracias a ello lograba reconquistar a Bina? Pero… ¿cómo se lo tomarían sus hijos? ¿Y el resto de su familia? ¿Y sus amigos y conocidos? Comenzó a hormonarse y a ir al psicoterapeuta y en 1994 se realizó la operación de cambio de sexo. Al comenzar a vestirse de mujer, varios de sus vecinos dejaron de hablarle y sus hijos eran objeto de burlas en el colegio. No obstante, Martin, que ya era Martine, se ganó una vez más el amor de Bina.

Pero el destino traería más inconvenientes y, al mismo tiempo, más oportunidades. Después de varias pruebas y análisis, los médicos les dijeron a Martin y a Bina que su pequeña hija Jenesis padecía Hipertensión Pulmonar y que, desde su punto de vista, a la niña le quedaban tan sólo unos meses de vida, pues se trababa de una enfermedad incurable. La impotencia que sentía la pareja se acrecentaba cuando a Jenesis le faltaba el aire, se le dificultaba caminar, los labios se le volvían azules y, en algunos momentos, no podía hablar. ¿De verdad no había cura para esta enfermedad? “Las farmacéuticas no invierten en ello porque se trata de una enfermedad rara y, como no afecta a muchas personas, no ven la posibilidad de hacer negocio”, les explicó un doctor.

Martine Rothblatt utilizó todos sus recursos económicos y contactos para encontrar una cura. Solicitó propuestas de investigación y ofreció becas. Fundó United Therapeutics, una empresa biotecnológica centrada en la investigación, desarrollo y venta de medicamentos para personas con enfermedades crónicas, cardiovasculares y cáncer y en donde, en estos días, afinan el modo de trasplantar órganos de cerdos a humanos. Al principio, un grupo de expertos logró controlar la enfermedad de Jenesis con un cóctel de siete pastillas, pero la pequeña sufría algunos desmayos. La estabilización llegó después, con una bombilla intravenosa que disminuye la presión arterial pulmonar y evita infecciones. Jenesis tiene ahora 30 años y trabaja en la empresa de su madre. Su enfermedad sigue siendo incurable, pero su esperanza de vida no deja de aumentar.

De forma paralela, esta “ejecutiva con senos de adolescente”, como ella misma se describe, no dejaba de reflexionar sobre su “proceso trans.” En 1995 publicó un manifiesto titulado El apartheid del sexo: “los genitales son tan irrelevantes para el papel de uno en la sociedad como el tono de piel. Por lo tanto, dividir a las personas en hombres y mujeres es tan equivocado como dividirlos en blancos y negros”, afirmaba. Y proponía utilizar Pn., como abreviatura de persona, en lugar de Mr. o Ms. (señor o señora). Y en lugar de catalogar como “transgénero” a alguien como ella, sugería utilizar el concepto “transhumanista.”

También comenzó a interesarse por la Inteligencia Artificial pues, desde su punto de vista, en ella reside la clave para que los seres humanos prolonguemos nuestra vida de manera indefinida. ¿Qué tal si cada uno tuviera un robot a su imagen y semejanza, física pero también espiritual? ¿Quién dijo que las máquinas no pueden tener conciencia? En su Terasem Movement Foundation han creado ya un robot “igual” a Bina. Se llama Bina48 y, después de muchas entrevistas a la Bina de carne y hueso, ha adquirido varias de las “características espirituales”, según Martine. Reconoce la voz de familiares y amigos y “tiene sentimientos hacia ellos.” Todavía le falta mucho para llegar a ser como su esposa, pero cuando lo logre, “Bina jamás morirá. Quizá enterremos a la de carne y hueso, pero jamás al robot”, dice con naturalidad cuando le piden explicar su proyecto.

Pero Terasem es, además, una religión “futurista” que promueve “el respeto a la diversidad, sin sacrificar la unidad.” Cree que el ser humano no es el límite, sino el punto de partida para ir a más. Dice su doctrina: “la vida tiene un propósito; la muerte es opcional; Dios es tecnológico; el amor es esencial.” Por lo pronto tiene 50 seguidores (empleados suyos) y cuatro “templos” (residencias para reunirse una vez al mes y meditar).

En 2013, las acciones de United Therapeutics subieron gracias a que recibió la autorización para comercializar un nuevo medicamento contra Hipertensión Pulmonar en el que llevaban trabajando más de una década. El sueldo anual de la señora a la que sus cuatro hijos siguen llamando papá y sus cuatro nietos le dicen GranMartine, pasó a ser de 38 millones de dólares y se convirtió en la mujer mejor pagada de Estados Unidos (por encima de Marissa Mayer, de Yahoo!, que en ese mismo año cobró 25 millones de dólares). “No puedo decir que lo que he conseguido es equivalente a lo que una mujer ha logrado, ya que en la primera mitad de mi vida yo era varón”, le dijo en un extenso reportaje de portada en septiembre pasado a New York Magazine. La multimillonaria, singular y exitosa Martine tiene casi 60 años y no piensa en su jubilación. Porque aspira a la vida eterna.

 

http://elpais.com/elpais/2014/12/26/icon/1419591490_744332.html


La ciudad de Kobane, en el norte de Siria, protagoniza una resistencia agónica frente al Estado Islámico. Los kurdos son la única esperanza de Occidente para detener el avance del radicalismo en la región.

EDUARDO ESTRADA

Estos días en que Kobane está de actualidad, sencillamente porque la están destruyendo, he recordado cómo en una ocasión, hace algunos años, la ciudad de Kobane entró en cierto modo en mi vida. Fue durante un viaje a las ruinas bizantinas abandonadas del norte de Siria. Fuimos acompañados por un taxista de Alepo. Él nos guió entre los restos de aquellas urbes, cuyo abandono, por parte de sus habitantes, sigue siendo un misterio. El momento culminante de la visita nos condujo a las espléndidas piedras blancas que contemplaron, siglos atrás, la ascética terquedad de Simón el Estilita. No era difícil imaginarse al viejo Simón encaramado a su columna despreciando los bienes mundanos bajo el cielo azul turquesa del atardecer.

Como el territorio recorrido era amplio y el viaje duraba varias horas hubo ocasión de escuchar las explicaciones del taxista. Trabajaba en Alepo pero era de Kobane, una pequeña ciudad perteneciente al propio distrito de Alepo. Así se incorporó, por así decirlo, Kobane a mi vida. El taxista amaba su ciudad natal y siempre que podía viajaba hasta ella para permanecer unos días con su familia. Nos explicó que en un inicio era sólo un poblado y que debía su nombre a la compañía alemana que construía la línea de ferrocarril que tenía que llegar a Bagdad. Pese a ese inicio modesto Kobane tenía un próspero bazar, una docena de mezquitas y tres iglesias armenias. Por lo que contó, los armenios se habían instalado allí escapando del genocidio causado por los turcos. Sin embargo, el taxista era kurdo, como la inmensa mayoría de la población de Kobane.

Esto, naturalmente, acentuó mi interés por aquel personaje de poblado mostacho y maneras delicadas. En alguna que otra ocasión he relatado mi simpatía por los kurdos, pese a haber conocido a pocos de ellos y no haber estado nunca en el Kurdistán propiamente dicho. De hecho, como acostumbra a ocurrir con este tipo de simpatías, su neblinoso origen está anclado en impresiones ocurridas en la infancia o en la adolescencia, a menudo vinculadas a libros o películas. En mi caso esta impresión se desencadenó al asociar un titular de periódico con la secuencia de una película. En ambos casos se trataba del desigual enfrentamiento entre Ejércitos. El titular se refería a una carga de la caballería dirigida por Mustafá Barzani, legendario líder kurdo, contra los tanques turcos, y la secuencia de la película Lawrence de Arabia mostraba al rey Faisal —el actor Alec Guinness— encabezando a un grupo de jinetes a caballo que trataban de combatir desesperadamente contra los aviones enviados por el Imperio Otomano. En mi memoria ambas acciones quedaron asociadas. Con posterioridad, de modo casual, leí la necrológica de Barzani en un diario de Estados Unidos, país en el que acababa de morir, y se incrementó mi curiosidad por el personaje. El fiero caudillo, que en una fotografía aparecía armado hasta los dientes, se había confesado amante de los poetas románticos ingleses, a los que había estudiado en la Universidad de Moscú, en su época de estudiante exiliado, con una preferencia especial por John Keats, de quien, a juzgar por lo que refería la necrológica, recitaba de memoria varios poemas, singularmente Oda a un ruiseñor.

El taxista de Kobane conocía a la perfección los prodigios militares de Mustafá Barzani, al que equiparaba con el gran Saladino, también kurdo al parecer. Sin embargo, reservaba su mayor admiración para los combatientes guerrilleros y por él supe el significado de la expresión peshmerga con la que se los denominaba en la prensa: los que miran a la muerte de cara. Aquella tarde, entre las ruinas de las ciudades bizantinas y bajo la advocación de Simón el Estilita, recibí un curso acelerado de historia kurda.

Los ‘peshmergas’ se enfrentan con armas anticuadas a los modernos arsenales yihadistas

Cuando uno se adentra en ese escenario, al fondo siempre reaparece el arbitrario trazado de fronteras establecido en la Primera Guerra Mundial tras el desmoronamiento del Imperio Otomano. Este estigma de nacimiento, impuesto por las potencias coloniales, ha marcado el destino de Irak, Siria, Jordania, Líbano o Palestina. También, naturalmente, el de los kurdos, la principal etnia sin Estado propio de la zona, con alrededor de 40 millones de personas. Los acuerdos más o menos secretos de 1916 entre los diplomáticos Mark Sykes y François Georges-Picot, en representación de Gran Bretaña y Francia respectivamente, ilustran ahora a la perfección, casi cien años después, la magnitud del desastre que se avecinaba. Algo de esto quizá pudo intuir el coronel Lawrence cuando se opuso a esos tratados por creerlos perjudiciales para la causa árabe. Lo cierto es que después del acuerdo Sykes-Picot Lawrence de Arabia abandonó Oriente Próximo para sumirse en su ostracismo final.

Como ha venido sucediendo desde hace décadas cíclicamente los kurdos han vuelto a asomarse en las páginas de los periódicos y en las pantallas de los informativos. La razón es que los peshmerga son los encargados de detener a las fanáticas milicias del Estado Islámico. Las noticias que nos llegan al respecto, alrededor de la batalla de Kobane, son descorazonadoras aunque, al mismo tiempo, sugieren una repetición del dramático hado que rodea la historia kurda. Los peshmerga, con su valor habitual, se enfrentan con armas anticuadas a los arsenales de los milicianos yihadistas, saturados de armamento moderno, como si se volviera a los tiempos de Mustafá Barzani y sus heroicas cargas de caballería. La composición de lugar es tragicómica: los norteamericanos, escarmentados de sus guerras en tierra, lanzan armas y provisiones desde el aire con el propósito de abastecer a los kurdos aunque abasteciendo, en realidad, al bando contrario; mientras tanto, los dirigentes europeos hacen grandes declaraciones de intenciones que caen en el vacío; de otro lado Turquía, miembro de la OTAN, que simpatiza mucho más con la causa yihadista que con la kurda, procura acorralar a los peshmerga para que éstos queden encajonados entre el acoso de las milicias yihadistas y los tanques que ha alineado a lo largo de la frontera propia. En medio del cerco es improbable que Kobane resista. Su exterminio está casi asegurado.

Combaten en una lucha en la que, tal vez, esté comprometido nuestro entero futuro

La pregunta, una vez más, es: ¿cómo ha podido producirse este decorado? Europeos y norteamericanos, por lo general amnésicos con respecto a los kurdos, ahora parecen fiarlo todo a la valentía de los peshmerga frente a un enemigo abruptamente surgido de la tiniebla como el Estado Islámico. Pero es esa irrupción espectral la que es sospechosa, además de sorprendente. ¿Cómo puede aceptarse que en la época de la información total, cuando nuestras tecnologías nos abruman con datos a cada instante, pudiese pasar inadvertida la rápida maduración del huevo de la serpiente?

He seguido con mucha atención a lo largo de estos últimos tres años las noticias acerca de la contienda de Siria, país que siempre despertó mi fascinación y al que he viajado varias veces. Pese a ese detenimiento no tuve conocimiento del profundo enraizamiento yihadista hasta las fechas recientes en que el califato se ha dado a conocer sangrientamente en aquel país y en Irak. Durante mucho tiempo nuestros medios de comunicación únicamente informaban, de forma genérica, de los “rebeldes sirios”. De pronto, una buena parte de estos “rebeldes”, no sólo en Siria sino también en Irak, resultaron crueles yihadistas que decapitaban a los ciudadanos de los países que habían contribuido a armarlos. La ceremonia de la confusión aumenta cuando Occidente anuncia una cruzada contra el califato terrorista con una movilización fantasmal de fuerzas. Entre tanto error y tanto simulacro lo único que parece real, al seguir las noticias del conflicto, es la determinación de los peshmerga, realzados una vez más para ser relegados, probablemente, con posterioridad.

Al contemplar estos días las imágenes de la devastación de Kobane me he acordado con frecuencia del taxista sirio. Si vive debe hacer mucho tiempo que no puede acompañar a forasteros hasta las hermosas ciudades bizantinas abandonadas. Dada la situación en Alepo es posible que no haya visitado desde hace tiempo su ciudad natal. O quizá esté en ella, combatiendo como tantos voluntarios. En cualquier caso, si vive, puede estar orgulloso del comportamiento de sus hermanos. Ellos combaten en una lucha en la que, tal vez, esté comprometido nuestro entero futuro. Si la modesta Kobane cae, y es devuelta al anonimato de los espacios aniquilado, se confirmará el triunfo de la hipocresía y tendremos un nuevo motivo para la vergüenza.

Rafael Argullol es escritor.

http://elpais.com/elpais/2014/10/31/opinion/1414751165_052045.html


La primera dama de Nicaragua es, de hecho, la ministra más poderosa del país y la ideóloga del nuevo misticismo estatal del Gobierno Sandinista
Carlos Salinas Managua

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Murillo, junto a Ortega en un mitin de 2009. / AFP

El Gallo ennavajado sonaba en los parlantes gigantes instalados en la Plaza de la Fe de Managua. La canción, himno de campaña de Daniel Ortega a finales de los ochenta, servía de fondo para la entrada del exguerrillo sandinista a la Plaza, donde se celebraba el 34 aniversario de la revolución nicaragüense, el pasado 19 de julio. Ortega iba arropado por el presidente del Congreso venezolano, Diosdado Cabello, pero quien marcaba el paso era su omnipresente esposa, Rosario Murillo, que se encargó de montar un espectáculo cargado de mística y fe católica.

“34/19 en bendición, prosperidad, y victorias. 34/19, para dar Gracias a Dios”, arrancó Murillo tras el cese de la tonada que cantaba al “gallo”. “¡Viva Nicaragua Cristiana, Socialista y Solidaria…!”, gritaba la primera dama a la masa que se había congregado en la Plaza, miles de nicaragüenses que habían sido trasladados de todos los puntos del país en autobuses del transporte público de Managua, lo que dejó a la ciudad incomunicada. “Seguimos de frente con el Frente, dándole gracias a Dios que nos da el privilegio de tener conciencia, de estar llenos de fe, de estar llenos de optimismo, de estar llenos de esperanza; de no cargar el veneno del odio”, agregó la mujer a la que en Nicaragua los acólitos del Gobierno llaman “la compañera Rosario”.

Murillo aparecía ante el público con todos los dedos de ambas manos llenos de anillos de piedras turquesas que, según quienes la conocen, usa para espantar la mala suerte, las malas vibraciones y atraer la abundancia. La “compañera” dispuso un escenario espectacular, en el que ocho árboles de la vida de hierro sólido, inspirados en el ya famoso árbol del Génesis bíblico, dominaban la plaza centelleando con miles de lucecitas amarillas. Era el altar dispuesto como para una homilía, con una gigantesca imagen de Sandino, también recubierta de lucecitas amarillas, que cumplía el mismo papel que los santos ocupan en los altares. En Nicaragua, a este discurso oficial que mezcla lo revolucionario con los religioso y lo místico se le llama la “revolución rosa” por el color fucsia elegido por Murillo para pintar edificios, decorar actos oficiales y adornar las instituciones del Estado.

“Para invocar al Altísimo, al Todopoderoso, al Gran Espíritu, al Supremo Hacedor, a la Fuerza que nos mueve, desde la vida, hacia la vida, con nosotros en esta Plaza de la Fe San Juan Pablo II, su Eminencia Reverendísima Cardenal Miguel Obando y Bravo.” Así presentaba Murillo a Obando, el otrora acérrimo enemigo de Daniel Ortega en los ochenta, hoy reconvertido en un aliado fiel. Tras sus palabras, una canción especialmente dispuesta para la entrada de Obando en escena: “Cardenal Miguel, eres esa luz de esperanza y fe. ¡Viva el cardenal, nuestro amigo fiel!”.

La relación entre Ortega, Murillo y Obando comenzó en 2004, cuando Ortega le había pedido perdón públicamente por los “errores del pasado”. Obando usaba sus homilías dominicales para atacar subliminalmente al ex guerrillero, utilizando supuestos pasajes bíblicos en los que comparaba a Ortega con serpientes venenosas. Murillo lo fichó tras el triunfo electoral de 2006 como secretario de la Comisión de Paz y Reconciliación, una entidad cuyas funciones nadie tiene claras en este país. En ese mismo año el caudillo del FSLN, antes férreo enemigo de la Iglesia, hizo un guiño electoral a ésta apoyando una ley que ilegalizaba el aborto terapéutico y condenaba con cárcel a médicos y mujeres que lo practicaran. “Hoy vivimos en paz, y son otras las luchas que protagonizan nuestros jóvenes. Hoy nuestros jóvenes empuñan el arma del amor, de la comprensión, de la solidaridad”, dijo Obando siguiendo el guión dispuesto por la primera dama en la ceremonia del 34 aniversario de la revolución.

El mismo Ortega hilvanó un discurso místico, en el que nombró a Dios trece veces y lo llenó de frases como “gracias a Dios” o “Dios mediante.” “Gracias a Dios que puso a Hugo Chávez en el camino de Nicaragua”, dijo el comandante. “Gracias al milagro del ALBA”, agregó en referencia al bloque de aliados conformado por el ahora fallecido ex mandatario venezolano.

La nueva religiosidad de los otrora ateos ex guerrilleros les choca a muchos en Nicaragua, un país mayoritariamente católico, que tildan de “bruja” a Murillo, pero que responde a una estrategia bien definida por la primera dama: ella ha creado una suerte de evangelio propio, en el que eleva a categoría de santos a los héroes de la revolución, utiliza los actos oficiales como homilías en las que invoca a Dios y la Virgen y reviste de misticismo a su compañero, Daniel Ortega, con quien se casó el 3 de septiembre de 2005 en ceremonia católica ofrecida por Obando, tras décadas de vivir fuera del matrimonio. “Dios” y “Daniel” son palabras comunes en los discursos de Murillo. Ese “evangelio” ha levantado ampollas en la jerarquía de la Iglesia Católica de Nicaragua, cuyos obispos son críticos con el Gobierno de Ortega. Monseñor Silvio Báez, el número dos de la Iglesia, ha catalogado la religiosidad de nueva data de Murillo como una “manipulación que se hace de la religión para humillar y dominar al pueblo”.

Pero las críticas no hacen mella en la primera dama, quien todos los días a la hora de la comida (la hora del Ángelus para los católicos) aparece en la televisión nacional dando un mensaje a los nicaragüenses. Ni Ortega, el presidente, se presenta tanto en los medios como la “compañera Rosario”. El pasado 16 de julio, Murillo apareció en la pantalla chica para recordarle a sus seguidores que era el día de la Virgen del Carmen. Este es “otro día más para honrar nuestra fe cristiana, nuestra devoción a María Reina de Nicaragua en esta advocación, la Virgen del Carmen”, dijo. El 15 de julio habló a sus televidentes de la importancia del Escapulario. “El Escapulario es Sacramental, aprobado por la Iglesia, que nos recuerda nuestra pertenencia a Cristo Jesús”, afirmó. La manipulación de la religión ha sido tal, que el año pasado, durante las elecciones presidenciales que le dieron un nuevo triunfo a Ortega, Murillo catalogó de “milagro” el embarazo y alumbramiento de una niña indígena de doce años que fue violada en un remoto pueblo de Nicaragua.

Gema Santamaría, doctorado en Sociología e Historia por la New School for Social Research, de Nueva York, hizo un análisis político de esta repentina conversión de la primera dama nicaragüense, la “revolución en rosa” de Rosario Murillo. “Es un bloque más en la constitución de un andamiaje político basado en negociaciones clandestinas, intereses particularistas y discursos instrumentales en los que el “Pueblo” es llamado a gobernar un país que ha sido cooptado por una cúpula política cada vez más reducida, exclusiva y excluyente”, escribió Santamaría en un análisis publicado por Foreign Affairs Latinoamérica. Sin hacer caso a las críticas, Murillo mantiene su “evangelio”, apareciendo todos los días a la hora de la comida en las pantallas de los nicaragüenses, como una Gran Hermana orwelliana. “Dios dispone”, dijo Murillo. “Dios Mediante, 35, Dios Mediante, 40. Dios Mediante, 50”, agregó. Se refería a su anhelo de permanecer por muchos años más en la cumbre del poder en Nicaragua.

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El nuevo símbolo del poder en Nicaragua

Publicado: diciembre 17, 2013 en Ideología

Enormes estructuras de metal, llamados ‘árboles de la vida’, han sido instaladas en el país centroamericano como emblema del régimen que encabeza Daniel Ortega
CARLOS SALINAS MALDONADO Managua

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Dos “árboles de la vida” en Managua, uno con la efigie de Hugo Chávez. Su costo se eleva a los 20.000 dólares. / CARLOS HERRERA / CONFIDENCIAL

Los transeúntes que el pasado jueves caminaban por la céntrica Loma de Tiscapa, en Managua, veían perplejos cómo un inmenso árbol de metal y de color amarillo era erigido por un grupo de obreros a la par de la estatua del héroe nacional de Nicaragua, Augusto C. Sandino. Nadie se explicaba qué hacía justo ahí el artilugio de sólido hierro, el último y más grande de una arboleda metálica que desde julio se ha extendido por las principales vías de la capital nicaragüense. La Loma de Tiscapa es, para los managuas, una especie de santuario: ahí estaban las cárceles de tortura del somocismo, símbolo del terror de la dictadura, y durante décadas ha sido el único refugio histórico de la ciudad. El llamado “árbol de la vida” fue instalado al lado de Sandino por órdenes de Rosario Murillo, primera dama de Nicaragua, como emblema del nuevo poder que se alza en el país.

“Esto es como la tierra de Willy Wonka”, dice un transeúnte

Estos árboles de la vida amarillos son una adaptación del célebre árbol dibujado por el pintor austriaco Gustav Klimt en 1909. La primera dama de Nicaragua —sensible al simbolismo y promotora de una rara doctrina que mezcla catolicismo, misticismo, símbolos prehispánicos y sandinismo— estrenó su adaptación el pasado 19 de julio, día que se conmemoraba la revolución sandinista. Murillo creó una especie de altar, en el que la imagen a adorar era la de Sandino, iluminado por un sol en cuyo centro zigzagueaba una serpiente emplumada. A ambos lados de la imagen estaban los ‘árboles de la vida’. No se sabe si Murillo pidió permiso para hacer esta adaptación de la obra de Klimt, porque el Gobierno no da explicaciones sobre sus decisiones.

Tras aquella ceremonia católico-revolucionaria, los árboles amarillos de metal comenzaron a plantarse por toda la ciudad. Cada árbol cuenta con decenas de lucecitas que titilan durante las noches y son vigilados por una empresa privada que, según la prensa nicaragüense, pertenece a la familia del presidente Daniel Ortega. La revista de investigación y análisis, Confidencial, de Managua, consultó a varios expertos —entre arquitectos, ingenieros eléctricos y urbanistas— que afirmaron que el costo de cada árbol, desde su fabricación hasta su cuidado, asciende a 20.000 dólares. De ser así, se trata de un gasto ingente en un país donde el 47% de la población vive bajo el umbral de la pobreza, según datos oficiales.

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Un “árbol de la vida” junto al monumento a Sandino, héroe nacional nicaragüense. / CARLOS HERRERA / CONFIDENCIAL

Una tarde de finales de noviembre acompañé a un periodista extranjero que visitaba Nicaragua a la Plaza de la Fe, donde se celebró el aniversario de la revolución. En una esquina de la plaza un grupo de obreros trabajaba pintando de amarillo las enormes estructuras de metal, a un lado del obelisco que se erige en honor a Juan Pablo II, una figura que es citada constantemente por Rosario Murillo en sus alocuciones diarias en los canales de televisión que controla la familia Ortega (al menos cuatro, en televisión abierta). Más tarde esos árboles serían instalados por los obreros de la Alcaldía de Managua y la Empresa Nacional de Transmisión Eléctrica (Enatrel) en las principales rotondas de la ciudad. “Es increíble que esto pase en un país occidental”, dijo, abrumado el periodista extranjero, veterano en cobertura de guerras y dictaduras. “Esto no lo he visto ni en los países del extinto bloque soviético”, aseguró mientras caminábamos por la amplísima Avenida Bolívar, a cuyos lados se alzan decenas de árboles amarillos, acompañados de altares a la Virgen María y nacimientos que muestran a un rechoncho Niño Jesús, todo ideado por Murillo. Al final de la avenida, en un gran rotonda, la primera dama ordenó poner un monumento a Hugo Chávez, el gran benefactor del presidente Ortega: el rostro del fallecido comandante, pintado de amarillo, con uniforme de la Fuerza Aérea, sostenido por el sol con la serpiente emplumada y, debajo, un árbol de la vida acostado. Todo adornado por pequeños arbustos de plástico cargados de alegres lucecitas. “Esto es como la tierra de Willy Wonka”, lanzó un transeúnte, que hacía referencia al personaje de ficción de Charlie y la fábrica de chocolate.

Para los críticos de Ortega son la muestra de un poder que pretende ser duro y absoluto

Los nicaragüenses, dados al apasionamiento político pero también a burlarse de sus protagonistas, se han tomado con mofa el hecho de que su capital se llene de esos raros árboles amarillos… hasta el pasado jueves, cuando sorpresivamente vieron que uno de esos árboles, mucho más grande que el resto, se alzaba justo a la par de su héroe Sandino, en el mismo lugar que era el símbolo de la tortura y la ignominia somocista. El rechazo no se hizo esperar en las redes sociales y los diarios críticos del país. El periodista Carlos Fernando Chamorro escribió en su cuenta de Twitter: “Como la estatua de Somoza, los ‘árboles’ de Murillo representan el símbolo de este régimen. ¿Cuánto tiempo le tomará al pueblo derribarlos?”. La también periodista y socióloga Sofía Montenegro escribió: “En esta concepción geomántica, el centro, el ombligo del mundo, es la propia Señora de los Anillos (en alusión a Murillo, dada a usar más de 30 anillos en sus manos); sus arbo-latas amarillas, el emblema del régimen. No otro sentido tiene la pretenciosa instalación en la Loma de Tiscapa, al lado del monumento a Sandino, de un colosal y cegador armatoste que le dobla en altura y domina la ciudad. “Yo conquisté el sitio de poder del somocismo y al propio sandinismo; soy la reina de la colina y mío es el poder” parece decir la grosera copia del refinado trazo de Gustav Klimt, el pintor austriaco “fusilado” en Managua por estos delirios”.

Diciembre es mes de ventiscas en Nicaragua. Las ráfagas levantan nubes de polvo y mecen con fuerza los árboles donde se refugian los loros de la capital, Managua, milagrosamente verde. Pero las estructuras de metal amarillas no se mueven ni con el más fuerte de los vientos decembrinos. Para los críticos de Ortega son la muestra de un poder que pretende ser duro y absoluto: El viejo guerrillero sandinista, que luchó por derrocar una dictadura que duró más de 40 años, reformó la Constitución de Nicaragua para adaptarla a sus caprichos políticos y perpetuarse en el poder… mientras su esposa instauraba en la capital el nuevo símbolo de ese poder: sus árboles de la vida.

 

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Antonio Cruz Suárez

Grandes mitos sociales del mundo moderno (4)

Maquiavelo, un mito que sigue vivo

 El mito maquiavélico está vivito y coleando en el corazón de la sociedad postcristiana.

En la actualidad millones de criaturas continúan creyendo lo mismo que creía Maquiavelo. Su mito se adhirió a la conciencia del mundo occidental y sigue siendo como una pesada rémora que con los aires postmodernos aumenta de tamaño sin parar.
¡En cuántas situaciones y conflictos actuales los medios se esclavizan y condicionan a los fines!
Casi todo el mundo está a favor de reconocer que el maquiavelismo, o lo maquiavélico, son conceptos de los que es mejor apartarse, sin embargo, ¿quiénes están dispuestos hoy a sacrificar sus deseadas finalidades en aras de unos medios que no son todo lo justos que deberían ser?
No se trata sólo de aquellos políticos corruptos que sacrifican su prestigio y credibilidad inmolándose ante el altar de Mamón, el dios de la riqueza.
Están también los que matan para defender una idea. Los terroristas que disponen a su antojo de la vida ajena o los policías que combaten el terrorismo con métodos ilegales.
El mito maquiavélico está vivito y coleando en el corazón de la sociedad postcristiana.
Quizá donde sea más evidente es en los conflictos armados que de manera endémica vienen sangrando a la humanidad.
Los métodos que tales luchas emplean han creado un nefasto diccionario en el que se definen sin horror términos como “limpieza étnica”, “masacre humana”, “fosas comunes”, “castigo al pueblo”, “hora de la venganza”, “daños colaterales”, “bombardeos indiscriminados sobre la población civil”, “inmunidad para los criminales de guerra” y un largo etcétera de maquiavelismo solapado.
La repercusión de tales conceptos son heridas que nunca acaban de curar porque la paz no es sólo el silencio de las armas.
Dejando de lado la amenaza de los misiles y de los coches bomba, la violencia del mito se descubre también en otros ambientes.
Desde los banqueros que aprendieron a defraudar y se convirtieron de pronto en pedagogos de una sociedad ávida de modelos, sean del cariz que sean, hasta los mafiosos del deporte o de la cocaína, los secuestradores amantes del dinero fácil e, incluso, los maridos que asesinan a sus esposas por considerarlas objetos personales, todos responden al mismo patrón mítico.
La pegajosa tela de araña se extiende asimismo a los empresarios desaprensivos que juegan con la salud pública contaminando alimentos, piensos o bebidas refrescantes.
Y aquellos otros que directa o indirectamente son responsables de los vertidos de petróleo a los océanos, de la contaminación en todas sus facetas, del paro o de la explotación salarial.
¿Qué pensar de ciertas multinacionales de farmacia cuando se niegan a fabricar determinadas vacunas, como la que podría curar la malaria, exclusivamente en base a puros intereses comerciales? ¿o de los modistos prestigiosos que diseñan tallas mínimas sin importarles para nada el futuro de las jóvenes anoréxicas? ¿y las decenas de miles de muchachas inmigrantes que son obligadas a practicar la prostitución para sobrevivir? ¿no es todo esto consecuencia del egoísmo y la maldad humana que subyace en la creencia de que el fin justifica los medios?
El mundo entero rezuma maquiavelismo por todos sus poros.
El mito no está todavía superado, como piensan algunos, sino que subsiste en estado latente, escondido en los más oscuros rincones del alma humana, para manifestarse con toda su virulencia allí donde se le permite.
La semana próxima,  Maquiavelo a la luz del Evangelio

Autores:  Antonio Cruz Suárez

©Protestante Digital 2013


Antonio Cruz Suárez

Grandes mitos sociales del mundo moderno (3)

Maquiavelo: buscando el bien a través del mal

 La lista de máximas inmorales se multiplica a lo largo de El Príncipe hasta concluir en la idea final del majestuoso fin, capaz de justificar toda clase de medios.

  El político florentino creía que el ser humano no era ni bueno ni malo, pero que podía llegar a ser lo uno y lo otro. De manera que no resultaba aconsejable confiar en la buena voluntad de los hombres.

En relación con la virtud de cumplir lo que se promete, o “de qué modo han de guardar los príncipes la palabra dada”, Maquiavelo escribe:

“Estando, por tanto, un príncipe obligado a saber utilizar correctamente la bestia, debe elegir entre ellas la zorra y el león, porque el león no se protege de las trampas ni la zorra de los lobos. Es necesario, por tanto, ser zorra para conocer las trampas y león para amedrentar a los lobos. Los que solamente hacen de león no saben lo que se llevan entre manos. No puede, por tanto, un señor prudente -ni debe- guardar fidelidad a su palabra cuando tal fidelidad se vuelve en contra suya y han desaparecido los motivos que determinaron su promesa. Si los hombres fueran todos buenos, este precepto no sería correcto, pero -puesto que son malos y no te guardarían a ti su palabra- tú tampoco tienes por qué guardarles la tuya” (Maquiavelo,  El Príncipe,  Alianza Editorial, Madrid, 1996: 91).

Es decir, como los hombres pueden llegar a ser malos, los gobernantes tienen también la obligación de ser malos.

El príncipe que se revela contra esta situación de maldad y quiere gobernar honestamente estaría, según nuestro autor, labrando su propia ruina. De ahí la necesidad de “saber entrar en el mal” cuando haga falta; la obligación de “actuar contra la fe, contra la caridad, contra la humanidad o contra la religión” para conservar el Estado; la preferencia que debe tener todo monarca por ser temido antes que amado y, en fin, la convicción de que las injusticias hay que hacerlas todas a la vez para no temer la posible venganza.

Quien propicia el poder de otro estaría socavando su propia destrucción en el futuro, por eso el que conquista nuevos territorios tiene en primer lugar que “extinguir la familia del antiguo príncipe”.

La lista de máximas inmorales se multiplica a lo largo de  El Príncipe  hasta concluir en la idea final del majestuoso fin, capaz de justificar toda clase de medios: “…en las acciones de todos los hombres …, se atiende al fin. Trate, pues, un príncipe de vencer y conservar su Estado, y los medios siempre serán juzgados honrosos y ensalzados por todos, pues el vulgo se deja seducir por las apariencias y por el resultado final de las cosas, y en el mundo no hay más que vulgo” (Maquiavelo, 1996: 92).

Maquiavelo hace una descripción de la realidad social tal como era en su época y no como debería ser. Los análisis que realiza demuestran un gran conocimiento de los impulsos que anidan en el alma humana pero su mito del príncipe nuevo, o de que la moral debe sacrificarse al interés, es ni más ni menos que el reflejo de la desaprensiva época en que vivió.

Es verdad que su obra inauguró la nueva ciencia de la política en los inicios de la modernidad, pero también lo es que la receta recomendada para lograr el buen quehacer gubernativo fue profundamente inmoral.

Si durante la Edad Media los príncipes “cristianos” no consideraban generalmente a sus súbditos como un medio para alcanzar gloria personal, sino como una sociedad a la que había que servir y proteger, ya que el día del juicio final Dios les pediría cuentas de sus acciones, el príncipe nuevo que propone Maquiavelo sólo parece preocuparse de su propia fortuna, de su poder, de su gloria y destino personales. Los ciudadanos sobre los que gobierna se conciben sólo como posesiones o instrumentos para aumentar su influencia.

Es el choque entre dos visiones opuestas del mundo. De una parte la medieval que, a pesar de sus imperfecciones, seguía basándose en la idea de un Dios creador que dirigía la historia y de otra, la concepción humanista de Maquiavelo que contemplaba al gobernante como alguien que había dejado de ser responsable delante del Creador y que ya no tenía la obligación moral de rendirle cuenta de su comportamiento. La sociedad se convertía así en algo ajeno al príncipe que podía ser utilizado para demostrar su ingenio político o afirmar su propio orgullo personal.

El príncipe maquiaveliano, convencido de que la política debe basarse en la maldad y que es menester pecar para conservar la dignidad y el Estado, resulta impensable en cualquier otro lugar que no fuera la Italia de los  condottieri  (aquellos belicosos jefes de tropas mercenarias). La propuesta de combatir el mal con el mal, la violencia con la violencia, el fraude con el fraude o la traición con la traición para gobernar bien, sólo pudo gestarse en un pequeño Estado donde la intriga y las maquinaciones eran el plato de cada día.

En un ambiente así había que confiar en el destino pero también en las maniobras personales. En este sentido, Maquiavelo afirmaba que “vale más ser impetuoso que precavido porque la fortuna es mujer y es necesario, si se quiere tenerla sumisa, castigarla y golpearla” (Maquiavelo,  El Príncipe,  1996: 120). Hoy tal cinismo escandaliza pero, sin embargo, aquel mito arraigó poco a poco en la sociedad moderna, hundiendo sus raíces en la Europa renacentista y haciendo germinar en demasiados ambientes la equivocada idea de que es legítimo servirse del pueblo para conseguir determinados objetivos políticos.

A pesar de que Maquiavelo fue un gran admirador de Moisés y de que creía en Dios, su obra rompió con las antiguas concepciones teocráticas de la vida política.

La tradición cristiana que entendía el poder como una institución divina no encontró apoyo en el pensamiento del primer teórico de la política moderna. En  El Príncipe  escribe: “Y aunque sobre Moisés no sea lícito razonar por haber sido mero ejecutor de las órdenes de Dios, sin embargo, debe ser admirado aunque sólo sea por aquella gracia que lo hacía digno de hablar con Dios.” (Maquiavelo, 1996: 48).

En este texto parece recalcar su respeto por el gran líder hebreo y por el Dios de la Biblia, sin embargo su concepción de la naturaleza humana como sede constante de envidias, ambiciones, impaciencia y deseos de venganza, le llevaron a entender la historia al modo helénico.

La teoría oriental de los ciclos universales, o del eterno retorno, que habían compartido griegos y romanos era aceptada también por Maquiavelo. Entendía la historia de la humanidad como una permanente manifestación de lo mismo. Todo resultaba coincidente. Todo se repetía. Los ciclos vitales de las sociedades eran siempre iguales: un ascenso hacia las cimas de la virtud y perfección para descender después en picado hasta el máximo grado de corrupción, desorden y degeneración.

Lo paradójico de esta creencia es que descartaba a la divinidad. El Dios Creador no intervenía en el mundo de lo social. No existía ningún ser trascendente detrás de los ciclos vitales de la historia. El pensador de Florencia creyó que Dios no se ocupaba en poner o quitar soberanos. Esto sólo lo hacía el hombre con su radical ambivalencia, con su grandeza pero también con su profunda miseria.

Autores: Antonio Cruz Suárez

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Antonio Cruz Suárez

Sociología y cristianismo

Grandes mitos sociales del mundo moderno

 La popularidad y prestigio de pensadores como Hegel, Marx, Darwin o Freud se debe más al vigor de sus ideologías y al momento histórico en que las propusieron que a sus aportaciones científicas.

El término “mito” es de origen griego y significa literalmente: “palabra explicada, discurso o narración”.

Según esta definición el mito puede entenderse como la explicación de las relaciones sociales. Aquello que hace posible al hombre encontrar su lugar en el mundo, fortalecer sus lazos con los demás seres humanos y sustentar un determinado sistema de valores, aunque éstos se apoyen sobre algo que nadie ha visto ni comprobado jamás.

Si en los mitos primitivos intervenían actores imaginarios, héroes, semidioses o personajes fantásticos que realizaban proezas asombrosas con el fin de, por ejemplo, traer el fuego a los hombres como en el caso de Prometeo, en los mitos modernos interesa más la hipotética causa social que habría provocado tal o cual aspecto de la vida en comunidad.

Pero en ambas tradiciones se trata siempre de lo mismo, buscar una explicación que procure aclarar el misterio. El problema principal que plantean todos los mitos es precisamente el de su verificación. Los ritos que ciertas civilizaciones repiten periódicamente pueden servir para actualizar el mito, pero nunca para demostrarlo. El acto de fe resulta siempre imprescindible en la fundamentación mítica.

Las ciencias sociales se han elaborado también a partir de unas hipótesis de base que, en determinados casos, constituyen auténticos mitos fundadores.

A lo largo de la historia de la sociología se han aceptado principios indemostrables como si se trataran de verdades fundamentales sobre las que construir el edificio del estudio social.

En este sentido, se dio por descontado que las ideas de Hobbes acerca del contrato social o las de Locke sobre la propiedad privada eran verdaderas y debían ser admitidas sin discusiónLo mismo ocurrió con el mito rousseauniano que afirmaba la responsabilidad de la sociedad sobre la conducta delictiva de los individuos o con el de los tres estadios por los que, según Comte, habría pasado la humanidad en su desarrollo evolutivo.

No obstante, lo cierto es que la popularidad y el prestigio alcanzado por pensadores como Hegel, Marx, Darwin o Freud se debe más al vigor que supieron darle a sus ideologías y al momento histórico en que las propusieron que a sus verdaderas aportaciones científicas (Claval, 1991: 266).

Veremos a lo largo de esta serie algunos de tales mitos sociales propios de la época moderna y las repercusiones que han tenido después en el comportamiento de la humanidad.

Comenzaremos esta serie de diez grandes personajes con Maquiavelo, la semana que viene.

Autores: Antonio Cruz Suárez
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