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ALICIA EN EL PAÍS DE LAS MARAVILLAS

Publicado: noviembre 9, 2015 en Literatura

El mundo de Alicia tiene una fuerza hipnotizante porque acude a resortes secretos del lector

Alicia en el país de las maravillas

ALICIA EN EL PAÍS DE LAS MARAVILLAS

A través del espejo

Madrid.

 No hay libro que merezca la pena leer a los diez años -dice C. S. Lewis-, que no sea digno de leer a los cincuenta y te resulta incluso mejor que entonces, como ocurre a menudo. Al cumplir medio siglo, me he propuesto volver a las lecturas que realmente han marcado mi vida. Y una de ellas, es sin lugar a dudas, Alicia, que ahora cumple 150 años.


Gil de Biedma aseguraba que a partir de los doce años, no nos sucede nada importante, o por lo menos nada tan importante como nos ha ocurrido hasta entonces. Es como si los cuentos infantiles nos enfrentaran a las cuestiones últimas de nuestra existencia. Hay libros que nos guían, nos iluminan, nos hacen más fuertes, aunque no sepamos siquiera cómo, ni por qué…

Las historias que siempre me han cautivado en la literatura o en el cine, tienen siempre un elemento onírico, que hace que uno no pueda distinguir fácilmente entre el sueño y la realidad. El mundo de Alicia tiene una fuerza hipnotizante, porque acude a resortes secretos del lector, que reconoce inmediatamente una situación, más por su instinto que por su inteligencia. Sus escenarios, más que lugares, son situaciones emotivas, que provocan el extraño sentimiento de reencontrar algo que uno ha vivido.

LA HISTORIA DE UN PASTOR

El pastor y profesor de matemáticas del Trinity College de Oxford, Charles Lutwidge Dogdson, acompañó una tarde de verano de 1862, a su colega, el reverendo Duckworth, w una excursión en barca por el Támesis. Llevaban a las tres hijas del deán de la iglesia de Christ Church, Lorina, Alicia y Edith Liddell. Las niñas aburridas, quisieron oír uno de los estrafalarios cuentos que solía narrar el reverendo Dogdson. Ese día decidió que lo protagonizara Alicia, que acababa de cumplir diez años.

Ante su asombroso argumento, el pastor Duckworth le preguntó si estaba improvisando. Dogdson le dijo que sí, pero que lo estaba ′inventando paso a paso, más por tener que decir algo, que por tener algo que contar′. La historia original se llamaba ′Las aventuras de Alicia bajo tierra′. La niña le pidió al pastor que lo pusiera por escrito y las navidades siguientes, se lo regaló copiado de su puño y letra, acompañado de unos encantadores dibujos. Tres años más tarde lo publicó, bajo el nombre de Lewis Carroll.

Hace 150 años nadie podía imaginar que este cuento infantil iba a tener tanto éxito. En cierta forma el libro abandona a su autor y se hace independiente de sus motivaciones. Poco importa en ese sentido, los sentimientos que tuviera por aquella niña. La obra ha seguido su propio curso. El texto revisado que publico MacMillan en 1865 -omitiendo algunas referencias personales y añadiendo otras narraciones adicionales-, junto a las ilustraciones de John Tenniel, se tituló ′Alicia en el País de las Maravillas′. Le sucedió otro, editado en 1871, ′Alicia a través del espejo′…

UNA MERIENDA DE LOCOS

Decía Cabrera Infante que ′ese modesto clergyman inventó casi él solo toda la literatura de nuestro siglo′. Antes de que Franz Kafkaescribiera una sola línea, ya había gritado la reina de Alicia: ′¡No, no! ¡Primero la sentencia… el veredicto después!′. Se ha señalado repetidas veces el parecido entre la obra de Carroll y la de ′El Castillo′, o ′El Proceso′, pero mientras que el mundo del escritor judío de Praga resulta opresivo y deprimente, el de Alicia es tremendamente revolucionario.

En el mundo de Carroll, lo absurdo se une a lo trágico, como en la vida misma, pero los libros de Alicia, más que enseñar, se burlan de los rituales mismos de la enseñanza -como observa Alberto Manguel-. Cuando es examinada por las Reinas Blanca y Roja (′¿cómo se dice turulululú en francés?′), ella contesta con su ′nosense′ (′Turulululú no es una palabra española′), para exasperación de la Reina Roja (′¿Quién dijo que lo era?′). Denuncia así, la injusticia de la condena del Mensajero del Rey, como la codicia y el despotismo de la Reina (′habrá mermelada ayer y mermelada mañana, pero nunca mermelada hoy′).

Alicia se enfrenta a la aparente insensatez de este mundo (′′no puedes evitar andar entre locos′, le dice el Gato de Cheshire, ya que ′todos estamos locos aquí′). Como dice su traductor, Jaime de Ojeda, ′el mundo del alma es complejo e imprevisible, y la vida nos obliga a atravesar circunstancias no menos complejas e ingobernables′. Es así como ′cada uno procura encontrar su propio camino en esa dicotomía laberíntica del propio ser y de la vida′. Pasamos así, del asombro y el miedo de la infancia, a la indignación ante la idiotez y la hipocresía de la adolescencia, que pone luego en evidencia, como adultos, nuestras infamias y fracasos.

ALGO EN QUÉ CREER

– Empecemos por considerar tu edad… ¿cuántos años tienes?

– Tengo siete años y medio, exactamente.

– No es necesario que digas ′ex-actamente′ -observó la Reina: te creo sin que conste en acta. Y ahora te diré a ti algo en qué creer: acabo de cumplir ciento un año, cinco meses y un día.

– ¡Eso sí que no lo puedo creer! -exclamó Alicia.

– ¿Qué no lo puedes creer? -repitió la Reina con mucha pena; -prueba otra vez: respira hondo y cierra los ojos.

Alicia rió de buena gana: – No vale la pena intentarlo -dijo. Nadie puede creer cosas que son imposibles.

– Me parece evidente que no tienes mucha práctica -replicó la Reina. – Cuando yo tenía tu edad, siempre solía hacerlo durante media hora cada día. ¡Cómo que a veces llegué hasta creer en seis cosas imposibles antes del desayuno!

¿Por qué algunas personas pueden creer cosas que a otros les parecen increíbles? En el mundo al revés de la Reina Blanca, la fe es sólo cuestión de esfuerzo. Pero al otro lado del espejo, nosotros, como Alicia, no lo vemos tan sencillo. No es lo mismo, la fe que lo que nos gustaría creer. No ver la diferencia es confundir la realidad con la fantasía.

Podemos mantener la respiración y cerrar los ojos, pero eso no es fe. Es hacernos creer algo. Y por definición, algo que tienes que esforzarte en creer, no puede ser verdad, porque la realidad se impone a sí misma. Los cristianos creen cosas extraordinarias: ¡Dios hecho hombre, andando sobre la tierra! Sin embargo, no parece que se tengan que esforzar en creer lo imposible. ¿Son más ingenuos que otros? No hay duda que algunos lo son, pero la credulidad no es lo mismo que la fe.

EL ENIGMA DE LA FE

¿En qué consiste el enigma de la fe?, ¿por qué algunos la tienen y otros no? ¿Qué no pueden creer, los no creyentes?, ¿por qué nosotros, sí? La fe se basa en la revelación de una verdad en la que podemos confiar. La cuestión como solía decir José Grau, no es si creemos en Dios, o no, sino en qué Dios creemos…

– Cuando yo uso una palabra -insistió Tentetieso (Zanco Panco en algunas versiones) con un tono de voz más bien desdeñoso- quiere decir lo que yo quiero que diga…, ni más ni menos.

– La cuestión -insistió Alicia- es si se puede hacer que las palabras signifiquen tantas cosas diferentes.

– La cuestión -zanjó Tentetieso- es saber quién es el que manda…, eso es todo.

Si la salvación dependiera de nuestra capacidad para creer, los que tienen más imaginación, tendrían ventaja. Es Dios quien nos da seguridad. No es cuestión de esforzarse. Si no, alguno seguiríamos pensando como Alicia: ′simplemente, no puedo creer cosas imposibles′.

La fe no es cuestión de superación, sino de gracia divina: ′Ninguno puede venir al Padre, si el Padre que me envió no le trajere′ (Juan 6:44). Es su Voz, la que nos llama. Y esa viene con la autoridad de Él mismo.

Ese llamamiento eficaz del que habla la teología, es por el que Dios concede la fe a hombre y mujeres, no con la crueldad del violador, sino con la atracción del amante. Lo hace iluminando su Palabra, al abrir nuestro entendimiento y tocar nuestro corazón, liberando nuestra voluntad. Abrazamos así, por la fe, Aquel cuya Palabra es Verdad. Aunque parezca demasiado buena, para ser cierta…

http://www.entrelineas.org/leer.asp?a=alicia-en-el-pais-de-las-maravillas


José de Segovia Barrón

<em> Las memorias de las cosas</em>  evangélicas llenan un libro
Libro de las memorias de las cosas, obra de Jesús Fernández Santos, Premio Nadal 1970.
 Se ha vuelto a publicar la magnífica novela del escritor madrileño Jesús Fernández Santos (1926-1988) sobre los protestantes españoles, el  Libro de las memorias de las cosas  –que le valió el  Premio Nadal  en 1970–. Aparece esta vez en una excelente edición de estudio de la prestigiosa editorial Cátedra, introducida, anotada e ilustrada por Patrocinio Ríos Sánchez.

 Su trabajo es excepcional, bien documentado, brillantemente escrito y realmente apasionante. Como su nuevo libro sobre la literatura, dentro de la serie Huellas del cristianismo en el arte,  sea igual de bueno, va a ser una auténtica delicia.

Reconozco que en el tema de Fernández Santos, no soy nada objetivo. Como deja constancia la bibliografía de esta obra, ya escribí sobre este autor en 1988, la madrugada en que la Vieja Dama de la que tanto hablaba  –  “la que no tiene nombre” – , se lo llevó para siempre. No pude evitar recordar aquel día el momento en que le conocí: una fría mañana de invierno, en su casa, al lado del Paseo de la Castellana. Era entonces un crío, pero hacía una revista literaria llamada  Aura , con estudiantes de bachillerato de diferentes institutos de Madrid, que vendíamos al lado de la Cuesta de Moyano.

Allí publiqué mi primer artículo, nada menos que sobre la Praga del 68 y la  Carta 77  de los intelectuales checos disidentes, a la vez que un breve comentario sobre mi héroe de adolescencia: Hemingway. En el último número de aquella revista, apareció una larga entrevista que hice a Fernández Santos en el salón de su piso, compitiendo su voz con el ruido de la máquina de escribir eléctrica, que estaba arreglando un técnico en su casa.

 JESÚS FERNÁNDEZ SANTOS
El escritor nació en Madrid en 1926, pero su padre venía del pueblo donde murió, Cerulleda, en las montañas de León que dan con Asturias. Quedó huérfano de madre cuando tenía apenas año y medio. Había ido al mismo colegio que mi padre, la escuela de los Maristas de la calle Fuencarral.  Vivió toda su infancia en el barrio de Chamberí, entre la soledad de su casa e interminables sesiones de cine. Es allí donde tiene su primer contacto con los protestantes españoles . Ya que estaba cerca de la capilla de los Hermanos en la calle Trafalgar, que luego visitaría durante varios años, para preparar la novela.

De hecho,  aunque el libro comienza con la descripción del edificio de la Asamblea de Jiménez de Jamuz en León, los letreros que imagina al frente son los de la calle Trafalgar   – así como la placa dedicada a los fundadores ingleses –.  Con la guerra civil, sería evacuado a Segovia, que luego recreará en muchas de sus novelas. Curiosamente, la guerra le sorprende en San Rafael, donde yo pasé de niño algunas vacaciones de verano. Al volver a Madrid, su padre muere de repente. El mundo infantil se desvanece entonces bruscamente, para comenzar una nueva etapa que culminará con su paso por la Universidad durante los años cuarenta.

En la Complutense conocerá a Ignacio Aldecoa y Carmen Martín Gaite –que vienen de Salamanca, así como su futuro esposo, Sánchez Ferlosio – , donde vivía también mi familia. En aquella época empieza a hacer teatro universitario  – representando obras de Tennessee Williams y uno de sus autores favoritos, Eugene O’Neill – , pero se dedicará al cine. En la Escuela conocerá a Carlos Saura y hará sus primeros cortos. La mayor parte de su obra cinematográfica es documental  – rodada mucha de ella para TVE – . De hecho sólo hizo un largometraje en los años sesenta,  Llegar a Más   – basado en uno de sus cuentos – , pero fue un desastre comercial. Era el crítico de cine en  El País  durante los años setenta –su sucesor, Ángel Fernández Santos, no es familia suya, a pesar del apellido – .

 NI REALISTA, NI SOCIAL
 Fernández Santos pertenece, con Ferlosio y Aldecoa, a la generación que se dio en llamar realista en los años cincuenta . Se dieron a conocer por los cuentos que publicaban en la Revista Española  (1953-1955) de los años cincuenta, que hacía Rodríguez Moñino. Aunque han llevado siempre la etiqueta del “realistas sociales”, aquellos narradores creían que no eran ni realistas, ni sociales.

A pesar de ser un habitual de la tertulia del Café Gijón, el escritor era alguien más bien introvertido. Su primera novela, del año 54,  Los Bravos , trata la misma soledad y aislamiento que vemos en el  Libro de las memorias de las cosas . Se desarrolla además en el mismo escenario, el pueblo de Cerulleda, que hay en León en las montañas lindantes con Asturias. Todavía recuerdo la madrugada en que lo acabé de leer, en la cantina de la estación de tren donde se cambiaba de vía para ir a Francia.

Como en su quinta novela  – sobre los protestantes españoles que vivían dispersos por esa zona–,  Los Bravos tiene un protagonista colectivo y utiliza una técnica de construcción de acciones paralelas y simultáneas. La obra, que está ahora también publicada en una edición de estudio de Cátedra, fue especialmente bien acogida por la crítica. En los años sesenta, su literatura se hace cada vez más intimista con  Laberintos  y  El hombre de los santos,  que recibirá el prestigioso Premio de la Crítica.

 LOS PROTESTANTES EN LA GUERRA CIVIL
 Como muy bien explica Fernández Santosen un artículo publicado en  El País,  la novela nace de tres encuentros con  Lutero en el reino de León.  El primero, el hallazgo de unas lápidas en un prado , donde estaba enterrada una familia convertida a la fe evangélica en Argentina. Me contaba en aquella entrevista que venía de hacer un documental sobre románico en la aldea leonesa de Peñalba de Santiago, cuando encontró aquellas tumbas, que supuso que eran de  maquis  –guerrilleros antifascistas de la postguerra – . No salió de su asombro cuando le dijeron que eran protestantes.

Al allí enterrado, Martin de la Cal, se le acusa en 1938 de ser comunista, aunque el verdadero motivo de su encarcelamiento era la enemistad del cura por ser evangélico. Tras cuatro semanas de cárcel fue puesto en libertad, para ser víctima de los  maquis,  que le golpearon brutalmente, falleciendo poco después en 1946. Este fue el personaje en que se inspira el molinero protestante de  Los jinetes del alba  (1984) –llevada a la pantalla por Vicente Aranda, para TVE–, fusilado por el ejército de Franco, después de ser rechazado por los repúblicanos. Movido por la curiosidad, empieza a visitar la capilla de Trafalgar.

Poco se podían imaginar los evangélicos que aquel hombre alto con gafas, que asistía a los cultos, iba a describirlos de la forma en que lo hace en el  Libro de la memoria de las cosas . Aunque era agnóstico, Fernández Santos quiere entender su fe, lo que le lleva a investigar sus creencías y la situación de discriminación que viven en nuestro país . Particular impresión le hace un entierro en el cementerio civil de Madrid, cuyo muro pretende derribar con la novela –me dijo en aquella entrevista–.

 SOLEDAD Y AISLAMIENTO
 El libro hace referencia a tres momentos distintos de la Historia evangélica en España. En primer lugar, la obra de los fundadores –Cecil y Sedano en la novela – , que son una combinación del matrimonio de Luis de Wirtz  – constructor de la capilla en Marín, que tiene una entrevista con el Primer Ministro para obtener el permiso que le niegan las autoridades locales y provinciales –  y la familia de Eduardo Turrall –cuyas hijas son la inspiración de las dos hermanas solteras que protagonizan la historia, Margarita y Virginia – .

Es un retrato intimista, bastante oscuro, en que la soledad y la frustración sexual se mezclan con las grandezas y miserias de esta pequeña comunidad. Esto es lo que no entendieron sus críticos evangélicos, que se fijaron sobre todo en sus errores y el legalismo de las normas, con las que comienza la novela. A muchos les parecerá exagerada la hipocresía y los excesos de la disciplina de esta comunidad, pero recuerdo que el autor me enseñó en aquella entrevista el libro de actas del consejo de una Asamblea –algo inusual en la actualidad–, que él había conseguido y transcrito literalmente, en el relato del proceso de excomunión de Molina.

 El cuadro que encontramos aquí es la situación después de 1968 –tras la aprobación de la ley de libertad religiosa del año anterior y el debate en torno al Registro, que provoca una división entre los protestantes –. Encontramos acontecimientos reales, como el Congreso Evangélico de Barcelona del año 69 –al que yo mismo asistí con mis padres de niño– narrados en la novela con todo detalle.  Lo que más dolió al lector evangélico, es sin embargo la crisis en la que se encuentran ya estas comunidades en los años setenta . La segunda (Molina y Margarita) y tercera generación (Adela y Alfredo), están ya a punto de abandonar la iglesia.

 LECTURA IMPRESCINDIBLE
 Es por esto que considero esta novela imprescindible para entender la situación evangélica en España, tras la ley de libertad religiosa de 1967 y el comienzo de la secularización que viene con la Transición . Como me recuerda mi hija –que está leyendo estos días la novela, que lr regalé por su cumpleaños, este curso que ha acabado la carrera de Filología en Edimburgo–, es particularmente expresiva la conversación sobre la fe entre Muñoz y sus hijos –que encontramos en la pág. 300 de la anterior edición–.Después de que él predique sobre el pecado y el infierno, el hijo le dice que ya no puede creer en “la fe absoluta, cerrar los ojos y no pensar ya más”.

Le explica el joven a su padre que “no existe esa fe de la que se hablaba en tiempos antiguos, sino la otra, que llega y vive y se mantiene, llena de dudas, que son las que, a fin de cuentas, te sostienen y ayudan.” Dice: “Yo creo que ya pasaron los tiempos de decir, de afirmar:  Esto es así, esto no, esto es verdad, esto es pecado . Yo te aseguro –Arturo se ha puesto la mano un poco dramáticamente sobre el pecho– que antes de condenar a nadie, tanto de entre nosotros, como de los que no lo son, de esos que llamamos  del mundo , lo pensaría mucho, me andaría con tiento”. El conflicto de estos jóvenes no puede ser más actual.

 Como creyente, te sorprende especialmente cómo domina nuestro lenguaje el escritor, después de tres años frecuentando nuestros círculos. La jerga evangélica, lejos de disminuir, no ha hecho más que aumentar. Seguimos hablando en clave . Y nuestras expresiones piadosas dicen tan poco entonces como hoy. Las dos características que más resalta Fernández Santos, en su retrato de los protestantes españoles –el aislamiento y la influencia foránea–, siguen siendo rasgos distintivos de nuestro ámbito.

 La intención del autor no podía ser mejor: “A mí personalmente no me gustan las vallas ni los muros, nada, en resumen, que separe a unos hombres de los otros, y me preguntaba cuánto tardaría aún esa tapia en caer” –en referencia al muro que separaba al cementerio civil del llamado “campo santo”, símbolo que utiliza en una de las escenas más poderosas del libro, que incluye la predicación en un entierro evangélico– . “Como yo soy narrador, quise hacer, y acabé haciendo, una novela, contada desde el lugar justo de esa misma valla, ni más allá ni más acá, desde la huella que dejará en la tierra un día, ese día que como tantos otros muros en España quede borrada y demolida y, lo que es más importante, definitivamente olvidada”.

No sabemos si ha llegado ya ese día, pero sin duda la novela de Fernández Santos ayuda a crear esa sociedad sin barreras.  Su lectura será enormemente sugerente para todo el que se pregunta por qué se marchan los hijos de los creyentes de la iglesia. Nos habla con la honestidad del que ha intentado entendernos , más allá de nuestra jerga. Y como dice el profesor Sobejano, debe ser leída tanto por el hombre laico como por el preocupado por la religión.

Otra cosa es el Evangelio, eso parece que no lo entendió Fernández Santos. Aunque, por lo menos, se asomó por encima de la valla.

Autores: José de Segovia Barrón

©Protestante Digital 2012

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José de Segovia Barrón

Un nuevo libro de Steve Turner, poeta y periodista evangélico, especializado en temas musicales: The Band That Played On.
 Cien años después del hundimiento, es curiosa la fascinación que sigue produciendo el  Titanic . La reposición de la película de Cameron –premiada con once Oscar hace quince años– coincide con la exposición itinerante, que llega ahora al Museo Marítimo de Barcelona –con doscientos objetos originales y fieles recreaciones de las estancias interiores del trasatlántico–. Todo un lujo para los fanáticos de un barco, que no se ha hundido en el olvido. ¿Por qué nos atrae tanto la historia el Titanic ? 

La pasión que despierta el  Titanic  parece universal. Para los historiadores sociales es como un microcosmos de la sociedad de principios del siglo pasado. Para los amantes del mar, es el naufragio definitivo. Para los enfermos de nostalgia, evoca tiempos pasados. Y para los que sueñan despiertos, significa el misterio de tantas cosas que pudieran haber ocurrido, tan sólo si…

No sé por qué me han interesado tanto siempre las historias de barcos – ya que no sé nadar y me mareo cuando voy en ellos, o precisamente por eso, ¡vete a saber! –, no tanto los cruceros –aunque todavía veo episodios de  Vacaciones en el mar,  la serie preferida de Andy Warhol–. Es, más bien, la idea del lugar cerrado en que tenían que pasar todos aquellos días, los viajeros trasatlánticos.

Los barcos son el escenario de algunas de mis novelas preferidas –la maravillosa  Nave de los locos  de Katherine Anne Porter–, una obra de teatro –que todavía recuerdo haber escuchado en Radio Nacional de España, cuando era adolescente– y películas como la de James Cameron –sin lugar a dudas, su obra maestra–, que toma la historia de amor del film de Negulesco –  El hundimiento del Titanic  (1953) y las secuencias del naufragio de Roy Ward Baker – La última noche del Titanic  (1958) –, para crear la ilusión de que el barco es como un ser vivo, en un relato ensoñador, casi fantástico.

 ¿UNA PROFECÍA ANUNCIADA?
 Era todavía un niño, cuando compré en los años setenta, en Londres, la obra clásica que escribió Walter Lord en 1956 – A Night To Remember –, en una magnífica edición ilustrada de  Penguin  –ahora publicada en  Debolsillo  como La última noche del Titanic –. Es él quien habla primero del libro de Robertson, que acaba de editar  Nórdica en castellano …

 En 1898 un autor desconocido llamado Morgan Robertson publicó una novela sobre un fabuloso trasatlántico, más grande que ningún otro que se hubiera construido. El escritor lo llenó de personas ricas y complacientes, hasta que una fría noche de abril chocó contra un iceberg. La historia mostraba así la futilidad de todo. Por eso llamó el libro Futility , cuando apareció editado en 1898 por  Mansfield , años antes de que el  Titanic  se hundiera otra noche de abril en 1912.

La nave construida por la  Línea Estrella Blanca  recuerda hasta en sus dimensiones el barco de la novela de Robertson (sesenta y seis mil toneladas en la realidad, setenta mil en la ficción, con apenas ochenta y dos pies y medio de diferencia en la extensión). Ambos tenían una estructura similar y alcanzaban una velocidad parecida. Los dos podían llevar tres mil personas, pero no tenían barcos salvavidas suficientes. Ya que se pensaba que no podían hundirse. Por si todo esto fuera poco, Robertson llamó a su barco  Titán,  ¡titulando su libro  El hundimiento del Titan !

 EL BARCO QUE NO SE PODÍA HUNDIR
 No es éste por supuesto el primer caso de lo que parece una profecía anunciada. Las novelas de Julio Verne, o hasta los  comic  de  Tintín,  muestran artefactos que luego se harían realidad , pero existían mucho tiempo antes en proyecto. La novela de Robertson no sólo demuestra que estaba muy bien informado sobre temas navales, sino que saca unas conclusiones sobre la vida que muchos de los contemporáneos del  Titanic entendieron claramente, después de pensar que “Dios no podía hundir este barco”.

 Cuando la esposa de Albert Caldwell contemplaba cómo el personal de cubierta cargaba con el equipaje el 10 de abril de 1912 en Southampton, preguntó a uno de los mozos: “¿Es verdad que este barco no se puede hundir?”. El chico le contestó: “Así es, señora, ¡ni Dios mismo podría hundir este barco!” . Los pasajeros de este trasatlántico que iniciaba así su primer viaje a Nueva York, no podían ni imaginar lo que ocurriría cuatro días después, veinte minutos antes de la madrugada…

Uno de los seis vigías que contemplaba la tranquila noche, Frederick Fleet, dice que no recuerda un mar tan calmado y un cielo tan despejado como el de ese domingo. Hacía mucho frío, pero no se veía luna, ni había nubes que ocultaran el cielo estrellado. El Atlántico parecía un mar de cristal, cuando Fleet vio de repente algo oscuro enfrente suyo, más negro que la propia noche. Al principio era pequeño, pero cada segundo crecía más y más. Rápidamente el vigía hizo sonar una campana tres veces, advirtiendo del peligro, mientras levantaba el teléfono para llamar al puesto de mando.

 LOS QUE SE SALVARON
 Cuando empezaron a sacar a los pasajeros de los camarotes, cada uno se llevaba lo que le parecía más importante salvar del naufragio . La mujer de Adolf Dyker llevaba por ejemplo una caja con dos relojes de oro, dos anillos de diamantes, un collar de zafiros y doscientas coronas danesas. Otros como la señorita Edith Russell, preferían llevar una especie de mascota como un cerdo de juguete con música, al que tendría especial cariño. Hay quien llevaba los libros que tenía en la mesilla, como Lawrence Beesley, o un revolver y un compás, como Norman Campbell Chambers. Hubo hasta quien guardó cuatro naranjas bajo su blusa, como el camarero James Johnson.

 En segunda clase viajaba un joven estudiante de teología llamado Stewart Collett. El se llevó la Biblia, que prometió a su hermano que llevaría siempre consigo, hasta que se volvieran a ver. El pastor Robert Bateman se quedó de pie en la cubierta mirando como su cuñada, la señora Ada Balls, subía al bote . “Si no nos volvemos a ver de nuevo en este mundo –le dijo– nos veremos en el otro”. Mientras bajaba la barca, se quitó su alzacuello y se lo dio a ella como recuerdo, mientras la orquestina tocaba hasta el final en la cubierta.

Hay muchas leyendas en torno al  Titanic.  Todos están de acuerdo en que el barco chocó a las doce menos veinte, y se hundió a las dos y veinte, pero sobre todo lo demás hay muchas versiones… Muchos supervivientes insisten en que el barco que los recogió –el  Carpathia –era la mitad de grande que el  Titanic,  cuando los dos eran muy parecidos (aunque el  Titanic  tenía mil cuatro toneladas más). Otros imaginan campos de golf, pistas de tenis y vacas lecheras, que nunca existieron. Casi cada una de las mujeres que sobrevivieron, dice haber salido en el último bote. Obviamente, esto no era posible, pero ¡quién se lo iba a discutir!

 LA BANDA SIGUIÓ TOCANDO
 Uno de los temas más curiosos de discusión sobre el hundimiento del Titanic  es cuál era la música que tocaba la orquestina hasta el último momento. Muchos supervivientes recuerdan el himno ¡Más cerca, oh Dios, de Ti!;  otros, uno de origen episcopal llamado Otoño;  aunque a algunos les sonaba a algo más alegre, como jazz. Lo que hoy nadie duda, es que tocaron hasta el final . Aunque en cierto momento pararon, ¡claro!

 Cien años después, cruzaba la noche del hundimiento el Canal de la Mancha, leyendo un nuevo libro que se ha publicado sobre el tema. Lo ha escrito mi amigo Steve Turner, un poeta y periodista evangélico, especializado en temas musicales. Se llama  The Band That Played On  – La banda que siguió tocando– . Y lo ha publicado en Estados Unidos, la editorial  Nelson .

Habla de cada uno de los ocho músicos que formaban la orquesta. Cuenta cómo se reunieron en el barco sin haberse conocido antes, unidos por una agencia formada por dos hermanos, que no eran de la compañía naviera. Así que no tenían obligación de seguir tocando. Venían de diferentes países y se habían criado en distintas iglesias, pero conocían bien los himnos que los supervivientes recuerdan que tocaban al final –aunque al principio tocaran músicas populares–.

 La figura clave es sin duda su director, Wallace Hartley. Venía de una pequeña capilla metodista independiente en Colne (Lancashire) –resultado del Avivamiento evangélico, producido por la predicación de Wesley en el siglo XVIII, pero entonces divididos en cuatro ramas: libres, primitivos, independientes y wesleyanos–. Su padre era el fundador de la iglesia en ese pueblo, donde supervisaba la escuela dominical. Allí Wallace aprendió a tocar el violín, al unirse al coro. Su himno favorito era  ¡Mas cerca, oh Dios, de Ti!


 “¡MÁS CERCA, OH DIOS, DE TI!”
 Basado en la historia bíblica del sueño de Jacob ( Génesis  28:10-22), llegó a ser especialmente popular en las iglesias protestantes , aunque fue escrito por una unitaria en un periodo de crisis. Sarah Flower Adams había tenido una educación ortodoxa, pero luchaba con dudas de fe, cuando escribió este himno en 1841, con música de su hermana Ella. Debido a ese trasfondo no trinitario, no fue incluido en el himnario bautista y metodista, pero sí que estaba en el metodista independiente de Hartley –de donde viene el error de Lord, que se inclina, según el testimonio de algunos supervivientes, por el episcopal  Otoño, conocido también por su primera línea, Dios de misericordia y compasión –.

Lo cierto es que el hecho de que sonara un himno, mientras se hundía el Titanic,  se ha convertido en una expresión de futilidad en lengua inglesa. Es la imagen del extraño espectáculo de músicos cayendo e instrumentos volando por el aire, mientras las luces parpadean, hasta apagarse definitivamente. Sólo una lámpara de keroseno destellaba en el mástil más alto, mientras el barco se hundía…

 Este cuadro, lejos de hablarnos de la ausencia de Dios, nos muestra la realidad de Aquel que está al control de todas las cosas. Es cierto que estamos en un barco, que muchos piensan que ni Dios mismo podría hundir. La vida nos enseña todo lo contrario. No tenemos en este mundo otra seguridad que la que Dios nos da. Él tiene la última palabra, y el control sobre nuestras vidas. Por eso podemos cantar:

 ¡Más cerca, oh Dios de Ti, más cerca, sí!
 Aunque una dura cruz me oprima a mí.
 Será mi canto aquí: ¡Más cerca, oh Dios, de Ti, 
 más cerca, sí!

Autores: José de Segovia Barrón

©Protestante Digital 2012

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La torturada belleza de Marilyn

Publicado: marzo 27, 2012 en Literatura

José de Segovia Barrón

Marilyn buscaba el amor en el lugar equivocado. Sin él, la vida no tiene sentido.

 

 Cuarenta años después de su muerte, Marilyn Monroe sigue siendo un icono de la cultura popular. Una nueva película descubre la vulnerabilidad y tristeza que vemos en sus Fragmentos  de poemas, notas personales y cartas –que ha publicado Seix-Barral en Barcelona–. Su timidez e incertidumbre nos presenta alguien lejos de “la ambición rubia”, que la ha convertido en una estrella frívola, alegre y radiante. ¿Cómo es posible si no, que una chica que tenía éxito, fama, dinero y belleza, hubiera podido suicidarse?“Sabéis a dónde voy y sabéis el camino” –leyó el pastor A. J. Soldan con un hilo de voz temblorosa–. En sus manos no sólo tenía la biblia, sino la pregunta inevitable de todos los que estaban de pie frente a él: ¿por qué? Los que se congregaron ese mediodía de agosto en la capilla mortuoria del Westwood Village en 1962, para despedir a Norman Jean, miraban de reojo la figura corpulenta de su ex-marido, el campeón de beisbol Joe Di Maggio y su maestro de actuación, Lee Strasberg. Mientras por unos altavoces dorados sonaba la sexta sinfonía de Tchaikovsky…

Cuando el Reverendo Soldan acabó la lectura, DiMaggio se acercó al féretro de bronce satinado y cerró la tapa. Dentro ya no estaba Marilyn. Lo que había era un cuerpo que recordaba vagamente a ella. Le habían colocado una peluca y mucho maquillaje, para ocultar el rostro que conocemos por la foto de la policía, que fue luego destrozado por la autopsia. Con un ruido seco, casi hermético, se cubre a la rubia yacente con un pequeño ramo de rosas de té y su pañuelo de gasa verde preferido.

 EN BUSCA DEL PADRE
 Sobre Marilyn se ha escrito de todo. Es conocida su adicción a los tranquilizantes, su relación con los Kennedy, su matrimonio con el jugador de beisbol DiMaggio y el escritor Arthur Miller, su falta de puntualidad, desgraciada infancia e inseguridad ante las cámaras. Todo ello se ve –o se adivina– en  Mi semana con Marilyn, pero se muestra también el otro rostro de Norma Jean –su verdadero nombre–, asustadiza y neurótica, amante de la lectura y de Miller –que le recomienda leer la biografía en seis tomos de Lincoln, devorados con tal pasión, que en la película vemos su retrato en la mesilla, como si fuera su padre–.

 Marilyn se había casado a los dieciséis años –la edad a que se podía contraer matrimonio según la legislación de California–, con un marino mayor que ella, para escapar de la tutela del Estado, tras haber sido acogida en distintas familias –puesto que era de padre desconocido y su madre mentalmente inestable–. Mucho mayor era el deportista DiMaggio, con quien estuvo casada sólo unos meses. Así como Arthur Miller. Poco después de su boda, llega a Londres en 1956, para rodar a las órdenes del célebre Laurence Olivier, la película  El príncipe y la corista.

El vendaval desatado a su alrededor fue descrito en dos libros autobiográficos por Colin Clark, un joven que trabajó como tercer ayudante de dirección del prestigioso actor británico, que se siente atraído por la actriz, a la que sirve de confidente. Tal y como se ve en la película, ella está con Miller en una casa de Inglaterra, cuando descubre por su diario que está decepcionado con ella, se avergüenza de su comportamiento y duda si está realmente enamorado de Marilyn. Lo que produce una verdadera conmoción en la actriz, que sufre un aborto ese verano.

 MELANCÓLICA MIRADA 
 El largometraje de Simon Curtis captura, en un digno ejercicio de puesta en escena, aquellos días con una mirada nostálgica.  Su película está lejos del glamour  habitual con que se suele presentar a Marilyn como una rubia tonta . Este retrato amable podría haber sido una más entre las innumerables películas destinadas a contar los entresijos de un rodaje, que Michelle Williams convierte en otra cosa. El extraordinario trabajo de la actriz no se sustenta tanto en el parecido físico con su personaje –sobre todo en planos medios y generales, cuando no se centra completamente en su rostro–, sino en una interpretación repleta de matices –apoyada en una estupenda labor de maquillaje y vestuario–, que trasciende la pantalla.

 Sus gestos, su voz y su mirada contienen un elemento desmitificador, que junto a la hilarante autoparodia de Kenneth Branagh y solvente presencia de Judi Dench, otorga a la película una consistencia a una materia que ilumina las zonas oscuras de una industria que tiende a convertir sus protagonistas en juguetes rotos. La tragedia de Marilyn tiene, sin embargo, un carácter claramente existencial . En los Fragmentos  que han publicado ahora –escritos con el membrete de la casa de Parkside House–, vemos ese tono melancólico de pesimismo sobre las posibilidades del amor y el inevitable envejecimiento, pero ¿en qué creía Marilyn?

 LA RELIGIÓN DE MARILYN
 La abuela de Marilyn había sido bautizada por Aimee Semple McPherson, la fundadora del la iglesia pentecostal del Evangelio Cuadrangular. Ella se cría siete años en Hawthorne, al lado de Los Ángeles, con los Bolender, vecinos de su abuela. “Allí casi todo el mundo que conocía me hablaba de Dios”, recuerda . “Siempre me advertían que no le ofendiera”. Esta familia bautista iba entonces a la Iglesia Pentecostal Unida. Marilyn iba con ellos a la escuela dominical  los domingos por la mañana y los miércoles por la noche a otra reunión de la iglesia.

 Su madre era de ciencia cristiana –la religión fundada por Mary Baker Eddy en el siglo XIX, que muchos confunden con cienciología–, así como su tía, con la que vive en su adolescencia. Marilyn, sin embargo, se convierte al judaísmo, antes de casarse con Miller .  En 1953 tiene una conversación sobre religión con la actriz Jane Russell, mientras ruedan con Howard Hawks  Los caballeros las prefieren rubias . ”Jane intentaba convertirme y yo intentaba introducirle a Freud”, dice Marilyn. La sex symbol  presentada por Howard Hughes en los años cuarenta con  El forajido,  había fundado el  Grupo Cristiano de Hollywood,  un estudio bíblico semanal que tenía en su casa, al que asistían muchos creyentes que trabajaban en el cine. Marilyn, sin embargo, tenía como religión el psicoanálisis.

 MIEDO Y PSICOÁNALISIS
Para entrar en el Actors Studio de Nueva York y conocer el peculiar “método” de interpretación que seguían, Strasberg le dijo que debía hacer psicoanálisis. A partir de la primavera de 1955, la actriz acude de tres a cinco veces por semana a la consulta de la doctora Margaret Hohenberg, una analista judía de origen eslovaco, que había venido de Viena. Es a ella a quien llama, cuando entra en crisis su matrimonio, al descubrir las dudas de Miller, poco después de casarse.

 Al divorciarse de Miller en 1961, la actriz entra voluntariamente en una clínica psiquiátrica llamada Payne Whitney, por su creciente dependencia del alcohol y las pastillas. Una serie de malentendidos hace que la llevan a una celda de aislamiento. Desde allí llama a Joe DiMaggio, que la traslada al Centro Médico Presbiteriano de la Universidad de Columbia. Su “pesadilla” entonces es terminar en un hospital psiquiátrico como su abuela y su madre, por una locura familiar hereditaria –como le cuenta a su analista, el Dr. Greenson, que descubrió su cuerpo muerto poco después–. El psicoanálisis no pudo salvarla…

 BUSCANDO EN EL LUGAR EQUIVOCADO
 Marilyn buscaba el amor en el lugar equivocado. Sin él, la vida no tiene sentido. Dice C. S. Lewis en  Mero cristianismo  que “la mayor parte de nosotros, si realmente llegamos a mirar en nuestro corazón, descubriremos que lo que queremos y deseamos tan fuertemente, no lo podemos encontrar en este mundo”. Ya que “hay todo tipo de cosas en este mundo que te ofrecen dártelo, pero no pueden cumplir su promesa”. 

Podemos entonces culparnos a nosotros mismos, y pensar que somos un fracaso –como Marilyn–. O, como otros hacen, pensar que el mundo es responsable de todas nuestras frustraciones. Nos podemos endurecer, volvernos cínicos y vacíos, o buscar como Lewis nuestra vida en Dios. “Si encuentro en mi mismo un deseo que ninguna experiencia en este mundo puede satisfacer” –dice Lewis–, “la explicación más probable es que estoy hecho para otro mundo”, sobrenatural y eterno.

 Si buscamos en la vida –como Marilyn–, nuestra identidad y realización en el trabajo o una relación amorosa, para conseguir autoestima, seguiremos siempre frustrados . El cristiano no consigue todo lo que busca en esta vida, pero la espera “cuando Cristo se manifieste”. Porque “entonces nosotros seremos también con él manifestados en gloria”.

Sólo hay un par de brazos que te pueden dar todo lo que tu corazón desea. Los de Cristo crucificado, cuya entrega nos muestra un amor que nunca nos decepciona. Esa es la esperanza que necesitaba Marilyn y nosotros todavía esperamos, el amor que satisface para siempre, cuando “Cristo está en nosotros, la esperanza de gloria” (1:27).

Autores: José de Segovia Barrón

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José de Segovia Barrón

El misterio de la Providencia en Dickens
Sus últimas creaciones muestran la ambigüedad del ser humano, donde la miseria y la grandeza conviven de forma paradójica.

 

 Se cumplen ahora doscientos años del nacimiento de Charles Dickens. Mientras se continúan reeditando sus libros, aparece en castellano la más completa y rigurosa biografía del escritor, hecha por Peter Ackroyd hace ya veinte años. Estamos, según ella, ante “el novelista inglés más extraordinario y ambicioso que haya existido jamás”. Nadie narró como él las miserias de la revolución industrial. Su obra está llena de compasión por la pobreza de una infancia oprimida. Aunque como “hombre del siglo XIX, fue un victoriano atormentado por sus contradicciones”, dice Ackroyd.

Dickens se crió en una familia nominalmente anglicana. Fue bautizado en la iglesia de St. Mary de Kingston, pero cuando era pequeño, su familia conoció al pastor de la capilla bautista Sión de Chatham.  Desde niño, escuchaba los sermones del pastor bautista William Giles, que tenía un hijo de 23 años que estudió en Oxford y llevaba una escuela bautista, a la que asistió Dickens . El y un grupo de chicos del colegio se identificaban como los Gatos de Giles, llevando un sombrero hecho de piel de castor.

 No es sorprendente, por lo tanto, las referencias bíblicas que aparecen en muchas de sus novelas : la imagen de Cristo “escribiendo con su dedo en el polvo, mientras le traían una mujer pecadora” ( Casa desolada ); “las torres que compiten con Babel” ( Tiempos difíciles ); “el camello por el ojo de la aguja” ( La pequeña Dorrit ); “Yo soy la resurrección y la vida” ( Historia de dos ciudades ); o la oración silenciosa de Pip por el convicto “Oh, Señor, ten misericordia de él, pecador” ( Grandes esperanzas ).

 INFANCIA ¿DESGRACIADA?
 La tragedia se cierne sobre Dickens, cuando tiene que abandonar la escuela bautista de Giles, a causa de tener que ir su padre a la prisión por deudas, cuando el escritor tenía sólo 12 años . Escribe entonces a su amigo y primer biógrafo, John Forster: “Yo sé que si no fuera por la misericordia de Dios, podría haber sido fácilmente un ladronzuelo o pequeño vagabundo, por la falta de cuidado que recibí”.

El escritor de niño tiene que trabajar en una fábrica de betún en una zona industrial de Londres, insalubre e infestada de ratas. Son jornadas de diez horas, con una pequeña pausa para comer. “Fue el acontecimiento más importante de la vida de Charles Dickens –dice Ackroyd–, algo que siempre tuvo presente”.  Descubrió así prematuramente la aspereza de un mundo poco compasivo con la debilidad y la pobreza.

“Todo mi ser se sintió tan imbuido de pesar y humillación al pensar en lo que había perdido que incluso ahora, famoso –escribe a su amigo Forster–, cuando rememoro aquella época de mi vida, muchas veces me olvido de que tengo una mujer y unos hijos, incluso de que soy un hombre”. La indefensión que experimentó el escritor en su tierna infancia es fundamental para entender su dificultad para creer en un Dios, cuya gracia providente se muestra en un cuidado real de sus criaturas.

 DESILUSIONADO CON LA RELIGIÓN
 La actitud de Dickens de aversión a la Iglesia no es casual. Su desprecio de la religión formal, con todos sus dogmas y ceremonias, no viene de una hostilidad intelectual contra Dios o Jesucristo, sino de su desengaño con un cristianismo hipócrita , que ignoraba la compasión de Cristo por el pobre. Dickens se acerca al unitarismo de Edward Target, por su orientación a la práctica en vez de a la doctrina. Puesto que era anticlerical, poco dogmático y nada sectario. “Las formas humanas de religión tienden a ser lo que diabólicamente es la irreligión”, dice.

 Al escritor le molestaba tanto el movimiento evangélico como el catolicismo-romano. No soporta el sabatarianismo –escribió un panfleto anónimo en 1836,  Domingo bajo tres cabezas,  en contra del intento de Sir Andrew Agnew de aprobar una ley en contra del ocio y el trabajo en domingo– y ridiculiza la hipocresía de los predicadores disidentes, o sea de las iglesias libres –en el personaje de Mr. Stiggins en  Los papeles del Club Pickwick –. Aunque también dice que “detestaba el catolicismo, esa abominable vieja institución sacerdotal”. Llama a la iglesia de Roma “ese tambaleante monstruo”. En 1853 dice: “Roma y yo, estamos ampliamente separados, moralmente”.


 Según la biografía de Fred Kaplan, Dickens se hace miembro de la iglesia unitaria en el invierno de 1842-43 . Nacida de la Reforma radical, aparece en Inglaterra doscientos años antes del nacimiento del escritor.  Aunque cree todavía en la Biblia –Dickens pidió que se leyera la Escritura todos los días en el hogar que abrió para mujeres de la calle, para que fueran así “tentadas a la virtud” –, enfatiza la humanidad de Cristo –aunque todavía describe sus milagros en  La vida de nuestro Señor,  que escribió para niños en 1849–, afirmando “la supremacía de Dios y la divinidad de la misión de Jesús de Nazaret”.

 DICKENS PREDICA A LA IGLESIA
El escritor predica a la Iglesia en  Oliver Twist , cuando Mr. Bumble da gracias a Dios en oración por las gachas, pero defiende el abuso que hace de Oliver, diciendo: “¡Le hemos dado el Evangelio!”. Habla a los cristianos en  Casa desolada,  cuando presenta la falsa piedad de la Sra. Jelby, que sueña con esfuerzos misioneros en África, mientras ignora los barrios bajos de Inglaterra. O cuando la Sra. Pardiggle avasalla a los niños en este libro, degradando a los pobres. Los sermones de Chaband en esta obra no son más que excusas para no mostrar la compasión de Cristo.

 A pesar de eso, Dickens sigue yendo a la iglesia anglicana que había cerca de su casa, hasta el final de su vida. Ora por la mañana y por la noche. Tenía una sensibilidad por los principios sociales del cristianismo, como muestra en  Canción de Navidad  (1843) . Escrita cuando tenía 31 años, esta historia de fantasmas es una fábula contra la codicia. Scrooge es un avaro frío e insensible, que oprime a los pobres sin compasión alguna. Para él, la felicidad es la riqueza, aunque es el personaje más miserable que uno pueda imaginar. El problema es que su salvación no viene por un encuentro con Cristo, sino consigo mismo.

 Para Dickens, el cristianismo consiste en amar al prójimo. Lo que en el Nuevo Testamento es el resultado, no el medio de la conversión . Como observa Ackroyd, en sus primeras novelas Dickens distribuye el bien y el mal entre sus personajes sin contemplar la posibilidad de su coexistencia en un mismo carácter.  Sus últimas creaciones rompen, sin embargo, esa división, mostrando la ambigüedad del ser humano, donde la miseria y la grandeza conviven de forma paradójica.

 EL NIÑO QUE NUNCA DEJÓ DE SER
 Es por eso que yo también prefiero el último Dickens al moralizante patetismo de sus primeras obras . Como tantos otros, recuerdo haber leído de niño  Oliver Twist  (1837-38) en una antigua edición de Calleja con unas llamativas ilustraciones de principios del siglo pasado que tenía mi padre, cuando aún se llamaba  Oliverio.  Las versiones al cine que hizo David Lean en 1948, Carol Reed en 1968 y Polanski en 2005, todavía me emocionan. Aunque ¡reconozcámoslo, es bastante antisemita!

 Lo más cercano que hizo Dickens a una autobiografía es  David Copperfield .  La leí en una adaptación infantil. En realidad –como dice Ackroyd–, “es la que refleja con mayor severidad, sinceridad y tristeza sus peores experiencias infantiles, aunque es más contenida y recatada respecto a sus sentimientos que libros anteriores”. En lugar de representar a sus padres como los de Copperfield, los convierte en los Micawber. Harold Bloom la considera “la primera novela terapéutica, escrita en parte para la curación del propio autor o para consolar la permanente angustia adquirida en su infancia y en su juventud”.

Cuando su cuñada Mary Hogarth muere a los 17 años, Dickens está destrozado. “Charles responde a la muerte con una histeria controlada –dice su biógrafo Fred Kaplan–, un inmenso dolor destruye su normal equilibrio”. Su muerte produce “una deserción tan devastadora, que mantiene su memoria viva con recuerdos conscientes y sueños recurrentes”. Durante años Mary le visita en pesadillas, que “se repiten perpetuamente de forma extraordinaria”. Es en ese mundo donde lo real se mezcla con lo irreal, lo material y lo espiritual, lo concreto y lo fantástico, lo mundano y trascendente, que encuentra Ackroyd la magia de Dickens.

 LA MANO INVISIBLE DE DIOS
 Veinte años estuvo Dickens casado con Catherine. Tuvo con ella diez hijos, pero su relación fue difícil . Mantuvo con ella constantes conflictos, tensiones y sospechas. No se sabe si viene de eso su costumbre de andar durante horas por las calles, todas las noches. Tras su separación, tuvo una relación no muy clara con una actriz llamada Nelly Ternan –según Ackroyd, no consumada sexualmente, aunque otros biógrafos creen que convivían secretamente–. Ahora se han publicado en castellano las cartas de su amor secreto por Maria Badnell –que estaban en Estados Unidos–.

Una de ellas me ha emocionado especialmente. La escribe cuando ella ya está casada, veintidós años después de que su relación se frustrara –es ahora la señora Winter–. Compara nuestra vida con un río, que va rumbo al mar. Intenta, como todos, entender el curso que le ha llevado por tantos vericuetos a su situación actual. ¿Dónde está Dios en medio de ello? El creyente entiende que Dios se interesa por nosotros, pero también nos dirige.  El problema por el que Dickens se aleja de la fe ortodoxa, para abrazar el deísmo unitario, es su incapacidad para ver la Providencia de Dios en la vida . Si el Creador tiene control de todas las cosas, ¿por qué permite que haya tantas tragedias en la vida? Suceden muchas cosas que parecen no tener sentido, ni propósito.

 Cristo enseña que los cabellos de la cabeza están todos contados y ni el más mínimo movimiento de un gorrión le pasa desapercibido. El creyente puede estar por eso seguro que su vida está dirigida por Dios ( Mateo 10:29-31 ). Lo que pasa es que hay una cara oscura de la Providencia, por la que el Señor entreteje el dolor, la pérdida y la angustia con los momentos de placer y felicidad, para cumplir su propósito en nuestra vida. Cuando Pablo dice que “todas las cosas ayudan para nuestro bien” ( Romanos 8:28 ), quiere decir que las usa para nuestro bien, no que sean buenas en sí mismas.

 SU BONDAD EN LA TRAGEDIA
 Un contemporáneo de Dickens, George Muller, tuvo la misma compasión del escritor por los niños abandonados de la calle, construyendo orfanatos, inspirado por su fe cristiana .  En 1853, su única hija, Lydia, está a punto de morir de fiebre tifoidea.  “Mientras pasaba por esa aflicción tan grande –escribe Muller–, consciente como era de mis múltiples debilidades, fracasos y defectos, estaba preparado para decir como el apóstol Pablo: “Miserable de mí”; no obstante, estaba seguro de que esta desgracia no era la vara del Padre sobre mí, sino la prueba de mi fe.”

Su conclusión sin embargo es que estará “satisfecho con la voluntad de Dios”. Creía que “si el Señor decidía llevarse a mi amada hija, sería lo mejor para sus padres, lo mejor para ella y sobre todo contribuiría más para la gloria de Dios que si ella viviera”.  La niña es librada de la muerte, pero unos años después fallece su esposa a causa de una fiebre reumática. Estuvieron casados 39 años. A pesar de su tristeza, el fundador de la Asamblea de Hermanos de Bristol predica en el funeral sobre el  Salmo 119:68 : “Tú eres bueno y haces bien”.

 Este sermón, que hace a los 64 años, tenía tres puntos: 1. El Señor fue bueno e hizo bien en dármela; 2. El Señor fue bueno e hizo bien en permitirme estar con ella tanto tiempo; y 3. El Señor fue bueno e hizo bien en quitármela. En este último punto cuenta cómo oró por ella como hizo por su hija enferma , “pero sea como fuera que trates conmigo, sólo ayúdame a estar completamente satisfecho con tu santa voluntad”.

Dios no nos da todo lo queremos en esta vida, pero si lo que necesitamos. La fe es estar satisfecho con ello. Y eso son “grandes esperanzas”, como nos recuerda Dickens.

Autores: José de Segovia Barrón

©Protestante Digital 2012


Libro de una enfermera australiana

Las 5 cosas de las que más nos arrepentimos antes de morir
B. Ware reunió en su libro “Los cinco arrepentimientos de los moribundos” confesiones honestas en el lecho de muerte.

AUSTRALIA

 Edith Piaf decía en su famosa canción que ella no se arrepentía de nada, pero mucha gente parece terminar su vida con un gran arrepentimiento.Eso es lo que afirma Bonnie Ware, experta en cuidados paliativos y enfermos terminales, quien acaba de compilar en un libro la lista de las cinco principales cosas de las que las personas se arrepiente antes de morir.La enfermera australiana reunió en su libro “Los cinco arrepentimientos de los moribundos” las “confesiones honestas y francas de personas en sus lechos de muerte”, en cuanto a lo que hubieran querido o debido hacer o no haber hecho.

 Fueron confesiones, dice, que le ayudaron a transformar su propia vida. Porque según Bronnie Ware, es realmente triste llegar a la tumba pensando “ojalá lo hubiera hecho…”.

La idea del libro surgió después de que un artículo publicado en su blog, titulado “Arrepentimientos de los moribundos”, se volvió viral en internet. Ware decidió escribir algo más completo en profundidad y amplitud acerca de esas confesiones y la forma como “transformaron su vida”.

“La gente madura muchísimo cuando debe enfrentar su propia mortalidad. Cada persona experimenta una variedad de emociones, que incluyen negación, miedo, enojo, arrepentimiento, más negación y eventualmente aceptación”, explica la autora. Asimismo, afirma: “Sin embargo, cada uno de los pacientes siempre encontró su propia paz antes de partir”.

 LOS MÁS COMUNES
El libro es un recuento de memorias sobre la vida de la autora y sus experiencias durante años como profesional sanitario en su trabajo en cuidados paliativos.

 “Encontré una lista grande de arrepentimientos, pero en el libro traté de centrarme en los cinco más comunes” explica la autora. “Y el principal arrepentimiento de mucha gente es ‘ojalá hubiera tenido el coraje de hacer lo que realmente quería hacer y no lo que los otros esperaban que hiciera'”, agrega.

La enfermera apunta que “ otro arrepentimiento común es ‘ojalá no hubiera trabajado tanto’, porque eso, decían, los había hecho perder el equilibrio y como resultado habían perdido muchas cosas en su vida”.

Bronnie Ware dice que  “otro arrepentimiento común entre los moribundos era que hubieran deseado tener el coraje de expresar sus sentimientos. Y eso se aplicaba tanto en los sentimientos positivos como negativos”.

“Muchos decían: ‘ojalá hubiera tenido el coraje de hablar y decir que no me gustaban esas cosas’, o que hubieran tenido el coraje de hablar con personas y decirles lo que realmente sentían por ellas”.

“También era muy común arrepentirse de no haber vuelto a tener contacto con viejos amigos. Mucha gente decía que le hubiera gustado volver a ver a alguien para recordar momentos de su vida, pero no habían hecho el esfuerzo de encontrarlo”.

Según Ware, al final de la vida los amigos son muy importantes porque a menudo los familiares que rodean a un enfermo terminal están pasando por su propio duelo. Una persona en su lecho de muerte a menudo extraña a esos amigos, dice, pero muchas veces, cuando se les pierde el rastro, ya es demasiado tarde para encontrarlos.

 TIEMPO DE ARREPENTIMIENTO
 En resumen, los cinco grandes arrepentimientos compilados en el libro son: 1 . Ojalá hubiera tenido el coraje de hacer lo que realmente quería hacer y no lo que los otros esperaban que hiciera;  2.  Ojalá no hubiera trabajado tanto;  3.  Hubiera deseado tener el coraje de expresar lo que realmente sentía;  4.  Habría querido volver a tener contacto con mis amigos;  5.  Me hubiera gustado ser más feliz.

 Algo que llama la atención es que todos estos lamentos de los moribundos se trata de cosas que no hicieron.  Según la autora, la gente no parece arrepentirse al mismo nivel de errores o actos que sí realizaron. “Todo lo que hacemos en nuestra vida, bueno o malo, nos ayuda a aprender algo” explica Ware.

“Por eso es más común arrepentirnos de algo que no hicimos”, dice. “Pero pienso que como seres humanos debemos aprender a perdonarnos más a nosotros mismos y no ser tan duros por no haber hecho algo en el pasado. Y esto se aplica principalmente cuando una persona está enferma y no tiene ya libertad de hacer cosas porque no tiene salud”.

 Lo que la autora espera, dice, es que su libro “ayude a la gente a actuar hoy y no dejar las cosas para mañana, para después arrepentirse”, y afirma que estas confesiones le ayudaron a implementar grandes cambios en su vida . “Espero que la gente que lea el libro también pueda entender que la vida está pasando hoy y que ahora es el momento de vivirla”, agrega.

“Mi principal mensaje es que todos vamos a morir, y que si en este momento nos arrepentimos de algo tratemos de solucionarlo ahora”, concluye Ware. Y, en realidad, tiene razón, al menos según una antigua carta lleno de sabiduría de un hombre sabio, que escribe: “Mirad, pues, con diligencia cómo andéis (…) aprovechando bien el tiempo (…) no seáis insensatos, sino entendidos de cuál sea la voluntad del Señor” (carta a los Efesios 5:16-17).

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José de Segovia Barrón
 
El divorcio es siempre un fracaso. Uno puede ser más responsable que otro, pero el matrimonio es cosa de dos.

10 DE ENERO DE 2012

 El desamor ha inspirado siempre muchas canciones. De ahí el fenómeno de los álbumes de divorcio, un subgénero de la música popular que ha dado obras tan importantes como  Blonde On The Tracks  de Dylan o  Tunnel Of Love  de Springsteen. Uno de los discos más vendidos de todos los tiempos,  Rumours  de Fleetwood Mac, se hizo durante la ruptura de las dos parejas que formaban el grupo. El cantautor tejano Josh T. Pearson ha hecho un álbum de divorcio  – elegido como uno de los mejores del año por muchos críticos – que supone el reencuentro con la fe de su padre, un predicador pentecostal que estaba separado de su familia, mientras fundaba iglesias en el sur de Estados Unidos. El sufrimiento por el amor perdido lleva a una amargura y desengaño, que hace que algunos pierdan la fe. Otros sin embargo la encuentran, como es el caso de Pearson. “Sin Dios, me sentía como si me muriera”, dice el músico que llevó hace una década el grupo Lift To Experience. Ahora, con 36 años, ha hecho uno de los discos más elogiados por la prensa especializada,  Last Of The Country Gentlemen .  Su delgada figura barbuda aparece en la foto sepia de la portada como si hubiera salido de la guerra civil americana. Alguien de “otro tiempo y otro lugar”, como diría Jerry Lee Lewis –que estuvo también en una escuela bíblica por cierto, y venía como su primo Jimmy Swaggart de una iglesia pentecostal de las Asambleas de Dios–.Conocido por su sensibilidad, intensidad y consideración, Pearson muestra una tristeza que va acompañada sorprendentemente de un irónico humor auto-flagelante.  Sus primeros recuerdos musicales le llevan a la iglesia donde creció . Allí tocaba la guitarra y cantaba, desde que tenía doce años, en las reuniones a las que iba dos o tres veces por semana. Se proponía seguir la vocación de su padre al ministerio cristiano –“no como una carrera, era como una inspiración, algo que tenía que hacer”–, pero se entretenía tocando los famosos primeros acordes de  Sunday Bloody Sunday  de U2.

 VISIONES APOCALÍPTICAS 
“Cristo iba a venir en cualquier momento” –recuerda el músico tejano–. “Me acuerdo cómo yo y mi hermana fuimos un día al colegio, y no había nadie, porque habían suspendido las clases. No lo sabíamos, y pensamos que había ocurrido el arrebatamiento –la creencia escatológica de que Cristo se llevará en secreto a los creyentes–, y habíamos sido dejados atrás. Fue terrorífico.” El clima en el que Pearson se crió era más bien de “juicio, fuego y azufre, la antigua religión”.

Las letras de su grupo anterior –Lift To Experience– reflejan a un “Cristo realmente airado”, con toda la imaginería sureña de visiones apocalípticas, unida al discurso patriótico de Dios, las pistolas y Texas como la nueva Sión. El año 2002, el trío formado en Denton en 1997 se disuelve por los problemas con la cocaína del batería, y la muerte por sobredosis de la esposa del bajista, que conoció Pearson en la iglesia. Su álbum doble – The Texas-Jerusalem Cross Roads,  publicado antes del 11-S del 2001– es considerado uno de los mejores de la década por revistas especializadas como  Uncut .

 PERDIDO Y ENCONTRADO 
 Retirado a una pequeña localidad del condado de Limestones, llamada Tehuacana, Pearson se da cuenta de que había perdido su fe en Dios . Lleno de “sentimientos suicidas”, era “como si se estuviera muriendo”. Dice que se había convertido en “un impío cerdo pagano”. Intenta entender qué ha ocurrido, pasando un tiempo en París y Berlín, donde grabó este disco dos fríos días de febrero del año pasado.

“Era como que creía, y de repente dejé de creer, de la noche a la mañana”. Sentía como si Dios “se hubiera marchado sin explicación”, y “esa presencia, ese sentimiento que tenía dentro, abandonara mi cuerpo un día”. La pérdida de la fe le produjo una gran desolación.  Es “como si hubiera muerto un amigo, y la vida pareciera inmediatamente vacía y sin sentido”. 

Pearson cree que “cuando Dios te deja, te quedas sin nada”. Intenta encontrar la razón, pero “las iglesias pentecostales y carismáticas no se ocupan mucho de la enseñanza”, piensa. Para ellos, la fe “no tiene que ver con la mente”, cree. “Tienes fe, simplemente porque lo sientes”. Es así como acaba en un lugar de retiros, un pequeño centro de estudios, donde tras un tiempo, recupera la fe.

 MATRIMONIO ROTO 
 Su nuevo disco no sólo refleja su vuelta a la fe, sino también el dolor de su divorcio de una alemana llamada Claudia . Algo que le está costando bastante superar.  Last Of The Country Gentleman  es por eso un disco sombrío, que demuestra –como su apreciada canción de Hank Williams– que está “tan triste que pudiera llorar”. La historia de su “matrimonio y su final, son una fuente de confusión, tristeza y perplejidad”. Dice: “Yo siempre pensé que cuando la gente se divorciaba, era porque habían dejado de amarse; pero he descubierto que (el matrimonio) se puede romper, incluso cuando se ama”.

El piensa que una pareja “se puede querer más que nunca, y no funcionar”. ¿Cómo puede ser eso? “Se derriba el uno al otro, sabiendo que quieres a la otra persona, lo que lo hace mucho más doloroso”. Pearson dice: “no tengo de verdad mucho odio en el corazón, excepto a mí mismo, ¡eso sí!”. Tiene una triste sonrisa en el rostro, mientras observa: “los seres humanos son criaturas complicadas”. Por eso dice: “no quisiera juzgar a nadie duramente”. De hecho, asegura riéndose: “si tuviera que matar a alguien, me mataría a mí mismo”.

Las siete canciones que forman este álbum son profundamente autobiográficas. Su voz está acompañada de una guitarra acústica, ocasionalmente con un piano y un violín. Su tono confesional describe una relación turbulenta, que emocionalmente oscila entre la ira y el dolor de corazón. Es honesto, aunque incluso decirlo le parece una presunción. Su sufrimiento despierta tal empatía, que uno realmente entiende de lo que está hablando.

 FE EN MEDIO DE LA CRISIS 
 El divorcio es siempre un fracaso. Uno puede ser más responsable que otro, pero el matrimonio es cosa de dos. Es por eso que es tan difícil juzgar lo que ha pasado . El terapeuta puede analizar los elementos que fallan en una relación, pero hay algo que finalmente se nos escapa. En la vida no hay nada tan difícil como la convivencia. En un sentido es más fácil romper, que mantener una relación. Es por eso que el divorcio produce tal frustración e impotencia.

 El énfasis de la religión y la moralidad en el valor del matrimonio parece que no logra impedir la realidad del divorcio, incluso en confesiones como la católico-romana, para la que ni siquiera existe . Ya en los días de Jesús, el Maestro constató esta contradicción en el legalismo farisaico. Es “por la dureza del corazón” ( Mateo  19:8), que el divorcio existe, nos guste o no. Aunque no era ese el propósito del Creador (vv. 4-5). Lo que Dios ha unido, no lo debiera separar el hombre (v. 6).

 Dios aborrece el repudio ( Malaquías  2:16), porque demuestra la maldad de nuestro corazón. “Mas cuando el pecado abundó, sobreabundó la gracia” ( Romanos  5:20). Por eso es que algunos, como Pearson, encuentran a Dios en medio del fracaso de su divorcio .

Mientras que otros se endurecen en una amargura, que siembra la semilla de la desconfianza en sus corazones. Pero es cuando confesamos nuestra culpa, que descubrimos el asombro de la gracia, con el gozo de la salvación.

 No necesitas un amante o un amigo. 
 Necesitas a Dios, y no a un ser mortal. 
 Mujer, necesitas nacer de nuevo, otra vez. 
 Necesitas un Salvador, y yo no soy ese. 
Josh T. Pearson
 (Sweetheart, I Ain´t Your Christ )

 

Autores: José de Segovia Barrón

©Protestante Digital 2011