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Cautivos del mal con William Golding

Publicado: noviembre 22, 2011 en Arte, Cine, Literatura

José de Segovia Barrón

Cautivos del mal con William Golding

El señor de las moscas es Beelzebú, un nombre del diablo en la Biblia.

22 DE NOVIEMBRE DE 2011

 Cien años después del nacimiento del autor de  El señor de las moscas,  William Golding (1911-1993), sus obras todavía nos enfrentan a la oscuridad del corazón humano. Al Premio Nobel de Literatura de 1983, le rechazaron su libro veintiún editoriales, hasta que un valiente editor publicó su novela en 1954, que arremete contra el mito contemporáneo de la bondad innata del hombre. El escritor de Cornualles escribe esta historia al volver de la segunda guerra mundial, donde participó en el desembarco de Normandía y la persecución, que llevó a la destrucción del acorazado Bismarck. Regresó entonces a su trabajo como maestro de escuela, cuando comenzó a escribir las notas del libro que llamó  E x traños desde el interior.  En él refleja sus experiencias en la guerra, pero también en el patio del colegio, por las que descubre que “el hombre produce mal, como la abeja miel”. La historia nos coloca ante la famosa pregunta de qué haríamos si estuviéramos perdidos en una isla . Piensa para ello en un lugar idílico como las islas de coral, y unos personajes tan inocentes como un grupo de niños. El resultado no puede ser más devastador. Si nuestro mundo confía con el ilustrado Rousseau que el hombre nace naturalmente bueno, pero es la sociedad quien lo corrompe, la alegoría de Golding nos demuestra lo contrario. Es por eso que  nadie quiso publicar su libro al principio. Les pareció terrible, aunque es tan real como la vida misma.

 PEQUEÑOS SALVAJES
 Cuando leí  El señor de las moscas  en el colegio, me pareció que estaba contando mi vida entonces . Recuerdo la escuela como un lugar de enfrentamiento brutal entre chicos. Unos pugnan por dirigir la pandilla –Ralph y Jack en la novela–, pero la mayor parte hace cualquier cosa para ser aceptado por los demás. Como el personaje de Golding, Piggy (Cerdito), yo me sentía más inclinado a la actividad intelectual que al ejercicio físico, y aunque no tenía problema de sobrepeso, a los doce años también llevaba gafas. Como él, me debatía entre la protección del líder y el camino solitario de Simon –una figura casi crística–.

 Si alguien piensa que el niño es puro e inocente, es que se ha olvidado de sus días de escuela . ¡Quién no se acuerda de la brutalidad de los chicos en un patio de colegio!, ¡o la presión por conformarse al grupo! Mi padre solía decir que las peores cosas las había aprendido en un centro religioso. ¿Está el problema, entonces, en la educación?, ¿o es el sistema el que corrompe al individuo?

Golding escoge por eso un entorno paradisiaco –como es la isla del Pacifico, donde se estrella el avión de los niños–, para mostrar nuestra relación con el mal. Si en el clásico de Ballantyne – La isla de coral  (1857) –, tres jóvenes marineros salvan a una mujer de la barbarie de un nativo que estrella a su bebé, para ayudar luego a unos misioneros a que se conviertan los indígenas, Golding imagina a los chicos convertidos en salvajes, parodiando la novela colonial hasta en los nombres deJack y Ralph.

 EL SEÑOR DE LAS MOSCAS EN EL CINE
 Peter Brook lleva  El señor de las moscas  al cine –en una versión que ha publicado ahora la Fnac de 1963– como un documental . La evidencia se la proporcionan en este caso un grupo de niños sin formación dramática, a los que pide que actúen sin inhibición alguna, soltándolos en una isla, al lado de Puerto Rico. Brook creía que no tardarían un fin de semana en comportarse como los niños del colegio de Salisbury, donde enseñaba Golding cuando escribió la obra: o sea, como auténticos salvajes.

La película que más fácilmente se puede encontrar en DVD, y se ha visto con frecuencia en televisión, es de 1990 –la dirigió Harry Hook–. Al ser en color, es mucho más atractiva. Su problema es que nunca creemos que los niños hayan sido inocentes. Como es norteamericana, los niños pasan de ser escolares británicos a convertirse en cadetes de una academia militar estadounidense. Se sugiere incluso un pasado criminal en algunos de ellos, como cuando se dice que Jack ha robado un coche, siendo detenido por exceso de velocidad. Los niños piensan en los programas de televisión que se están perdiendo. Cambian así el apodo de Piggy por el nombre de la cerdita de los  Teleñecos,  y convierten a Ralph en Rambo.

La violencia en la novela nace de las profundidades del hombre. Por eso cuando son encontrados por un barco, pintados como salvajes, los adultos piensan que los niños han estado jugando, pero “Ralph llora por las tinieblas de su corazón”. El paraíso de Golding no es de naturaleza darwiniana, sino teológica. Nos lleva a Milton y su trasfondo cristiano. El señor de las moscas es Beelzebú, un nombre del diablo en la Biblia. ¿Se nos está planteando aquí la Caída del hombre, como el relato bíblico de la expulsión del Edén? ¿En qué creía Golding?

 MÁS ALLÁ DEL PESIMISMO
Hijo de un maestro socialista de extraordinaria fe en la ciencia, Golding estudió ciencias naturales en Oxford, para complacer a su padre –que era profesor de ciencias–, hasta que decidió hacer literatura inglesa. De hecho,  su siguiente novela,  Los herederos,  nos muestra la maldad de la naturaleza humana en una familia de neandertales , que se enfrenta al homo sapiens para ganar la carrera de la evolución. La historia está narrada por la voz prehistórica de Lok, que cuenta la desaparición de los neandertales ante los sofisticados cromañones. El altruismo de los primeros es aplastado por la violencia destructiva de los vencedores, desde cuya perspectiva se concluye el relato.

Estaba estudiando en el extranjero, cuando leí su tercera novela,  Martín el naúfrago (1959). Basada en los acontecimientos reales ocurridos a un oficial de Marina, cuando su barco es torpedeado, el libro es una auténtica parábola de la necesidad de limpieza del hombre . Su lectura inspiró al cantante Bono de U2, la canción  White As Snow  ( Blanco como la nieve )  – en su disco del año 2009,  No Line on the Horizon–. 

Conocí  Caída libre  en la edición argentina de Losada. Su lectura provoca tal perplejidad en la crítica española de 1968, que Domingo Pérez Minik escribe: Cuando terminamos la obra ignoramos si William Golding es un católico, como muchas veces se ha escrito. Su catolicismo no tiene nada que ver con el de Newman, Chesterton o Graham Greene. Habrá que meterlo en el Purgatorio para que nos diga la verdad, si es capaz de resistirlo. Sería muy discutible aplicar el nombre de literatura negra a esta obra. Hay un viento de esperanza que lo inunda. O se trata de un cristiano o de un marxista renegado.”

 IRRECONOCIBLES
 A pesar de su reputación de pesimista, Golding cree que “el bien vencerá finalmente al mal” –como dice en un libro de entrevistas de 1962–. La cuestión es: ¿cómo será esto posible? Uno de los primeros libros que leí de él también es  Ritos de paso.  Lo compré cuando Alianza lo publicó –como  El señor de las moscas – en 1980. Es una novela de mar, que inicia una trilogía –que ahora ha llevado a la televisión la BBC–, que muestra la vida en una nave al final de las guerras napoleónicas.

Aunque yo no sé nadar y me mareo en los barcos, siempre me han atraído estas historias de personajes en un espacio cerrado en medio del océano. Porque muestran un universo moral, como las obras de Melville ( Moby Dick,   Benito Cereno ) o Conrad ( El corazón de las tinieblas, La línea de sombra, Lord Jim ), que revela la complejidad del corazón del hombre. Una secuencia de acontecimientos, aparentemente irrelevantes, nos llevan al momento crítico en que nos vemos obligados a repasar nuestra vida, para intentar entender cómo hemos llegado hasta aquí.

Como en  Caída libre o La pirámide  (1967), es como si nos deslizáramos por una pendiente imperceptible, que nos convierte en seres irreconocibles para nosotros mismos. Al final de la primera obra que publicó tras el Premio Nobel –  Los hombres de papel  (1984) –, Golding observa que “no comprendemos muchas de las cosas que hacemos, ¿verdad?”. En  La oscuridad visible  (1979) dice: “No somos inocentes. Somos algo peor que culpables. Somos ridículos.”

 CULPABLES, ¿DE QUÉ?
 Cuando uno ve el proceso doloroso de auto-comprensión que siguen los personajes de Golding, al contemplar como en un espejo su deformidad moral, uno no puede menos que pensar en las palabras del apóstol Pablo en  Romanos  7, cuando dice: “no entiendo lo que me pasa, pues no hago lo que quiero sino lo que aborrezco” ( v. 15 ). Descubre así el religioso judío que en él “nada bueno habita”. Ya que “aunque deseo hacer lo bueno, no soy capaz de hacerlo” ( v. 18 ).

Es más “de hecho, no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero” ( Ro. 7:19 ). Puesto que “el pecado habita en mí” ( v. 20 ). El diagnóstico bíblico no es fácil de aceptar, ya que nadie quiere asumir su culpa. Para escapar de ello, se busca como en las novelas de Golding, un chivo expiatorio para nuestra maldad. Nos consolamos con la idea de que “todo el mundo es bueno, excepto tal vez Hitler, Stalin o Gengis Kan”.

 En  El señor de las moscas,  el mal viene de ese monstruo –que se denomina con uno de los nombres bíblicos del diablo–, pero el enigmático personaje de Simon carga el peso de la culpa, como el pastor que muere de vergüenza en  Ritos de paso. En esas figuras crísticas encontramos ecos del Evangelio que nos anuncia que por la muerte de Otro, podemos reconocer nuestra miseria y dar “gracias a Dios por Jesucristo nuestro Señor” ( Ro. 7:24 ), que ha llevado nuestra culpa. Por lo que “no hay condenación para los que están unidos a Cristo Jesús” ( 8:1 ).

Autores: José de Segovia Barrón

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George Harrison y el mundo material

Publicado: noviembre 13, 2011 en Cine, Literatura, Música

José de Segovia Barrón

George Harrison y el mundo materialHay otro camino que lleva a una relación con el Dios personal y trascendente. Esa meditación se basa en las Escrituras

 

 La última película de Scorsese es un documental sobre  el  Beatle silencioso  George Harrison, diez años después de su muerte. Se llama  Viviendo en el mundo material.  El más discreto y místico de los cuatro chicos de Liverpool que conmovieron el mundo, murió de cáncer a finales del año 2001 en Los Ángeles. Su figura no es tan popular como la de Lennon, pero se empieza ya a reconstruir poco a poco una enigmática personalidad, que permaneció a la sombra del grupo que ha marcado no sólo la música popular de nuestro tiempo, sino la identidad de varias generaciones de jóvenes que buscaron la luz en Oriente.

El nombre de la película,  Living in the Material World,  viene del disco que Harrison hizo en 1973. Lo hizo después de organizar una serie de conciertos para Bangladesh, que fueron el germen de todos los festivales benéficos que se han hecho a partir de entonces. El álbum nace de una espiritualidad que hunde sus raíces en el libro, cuyas ilustraciones aparecen al desplegar la carátula de este disco: El  Bhagavad Gita.

 El disco es en cierta manera una versión ampliada de su canción en forma de oración,  My Sweet Lord  ( Mi Dulce Señor ) ,  que en 1971 mezclaba los mantras a Krishna  con los  aleluyas  cristianos , llevando a Harrison al primer puesto de las listas de ventas, tras la disolución de los  Beatles.  En las notas que acompañan la actual reedición del álbum, un  iluminado  George reconoce la influencia de Bhaktivedanta Swami. Una música a la que solo le falta sándalo para transmitir su esencia religiosa con una asombrosa candidez acústica.

 REVOLUCIÓN ESPIRITUAL
 Los años sesenta trajeron una revolución espiritual de la que todavía vivimos hoy. El racionalismo y la religión tradicional son cuestionados, porque el progreso había dejado de lado lo inexplicable . La teología había acabado con el alma y el misterio de la fe. La Iglesia había aceptado la alianza industrial-político-militar, buscando sólo el poder para imponer su moralidad. Las religiones orientales, sin embargo, parecían mostrar más respeto por la naturaleza y estar menos interesadas en la guerra y la búsqueda de las riquezas.

 “Yo creo más en las religiones de la India” –dice George Harrison, al volver de Bombay en 1966–, “que en todo lo que he aprendido del cristianismo”.  Para él, “su religión no es como lo que parece ser el cristianismo, ir a la iglesia el domingo por la mañana, porque se supone que tienes que ir, en vez de por qué quieres ir”. En Oriente encuentra algo que “es cada segundo y minuto de tu vida, cómo actúas, cómo te comportas y cómo piensas”…

George dice que la única cosa que merece la pena buscar en la vida es la respuesta a las últimas preguntas: ¿quién soy?, ¿por qué estoy aquí?, ¿a dónde voy? “Hemos conseguido dinero y fama” –observa el antiguo Beatle–, “fue divertido un tiempo, pero desde luego no es la respuesta a lo que es la vida”.

 “LA TRAMPA CATÓLICA”
 El  Within You Without You  de Harrison nos desafía a no ignorar las realidades espirituales, frente a la realidad material, citando incluso las palabras de Jesús . Paul y George eran hijos de católicos casados con agnósticos de origen protestante. Se criaron en casas donde la religión no tenía ninguna importancia. Sus padres eran trabajadores del norte de Inglaterra, que veían la Iglesia como un instrumento de poder de los ricos.

 La crítica de George, sin embargo, de la Iglesia católica, no se basa en su vacuidad, sino en su manipulación . El creía que la gente iba a misa por miedo a la condenación, más que por amor a Dios. Pensaba que ese temor, una vez implantado en un niño, es difícil librarse de él. “Esa es la trampa católica”, dice Harrison –pensando en la máxima jesuita, por la que si la Iglesia tiene un niño hasta los siete años, será suyo para siempre–. “Te agarran cuando eres joven y te lavan el cerebro, para tenerte el resto de tu vida”.

La hermana de George, Louise, se fue a América en 1965, para ser educada en un convento, pero reaccionó contra su iglesia de un modo similar. “Es cuestión de miedo”, afirma. “Cuando éramos lo suficientemente pequeños para ser gobernados por el temor, hicimos lo que pensamos que sería mejor hacer, si no queríamos freírnos en algún sitio; pero cuando nos hicimos lo suficiente mayores para pensar por nosotros mismos, decidimos que ese no era nuestro dios”. Por eso cuenta que “los dos se alejaron de ello”.

 EX ORIENTE LUX
George era tan anticatólico, que veía su conversión a la religión oriental como una completa ruptura con el cristianismo. Aunque es curioso que repita continuamente las debilidades del catolicismo para resaltar lo atractivo del hinduismo. Sin embargo,  su principal problema con la iglesia donde había sido bautizado es que no era suficientemente espiritual. Una vez tomado el sacramento, vivían como si aquello no fuera verdad…

“Lo que pasa con la religión, es que es algo que te obligan a hacer el domingo por la mañana” – reflexiona Harrison a los 22 años–. “Significa muy poco para la gente, incluso si van a la iglesia, no sienten gran cosa por ello”. Ve la diferencia entre lo que dicen y lo que hacen. “Piensan que después del domingo pueden seguir haciendo lo que hacían, ¡no cambia la manera en que actúan!”.

 En contraste –en su primera visita a la India en 1966–, le impresionó cómo los devotos hindúes incorporaban sus creencias a cada aspecto de su vida . También le llamó la atención la ausencia de culpa por un sentido de pecado. Hay dos cosas sin embargo en el hinduismo, que no pueden sorprender a ningún católico: el poder de las imágenes y la letanía de los rezos. ¿Qué te ayuda a concentrarte en Dios?, le preguntan en 1982. Contesta: “Tener tantas cosas alrededor mío que me recuerden a él, como incienso e imágenes”.

 DEL LSD AL MAHARISHI
 George conoce al  guru  Maharishi en 1967 , dos meses después de que los Beatles  hicieran su disco  Sergeant Pepper´s Lonely Hearts Club Band.  En su canción  Dentro de Ti, Fuera de Ti, Harrisonanunciaba que habían descubierto un amor, con el que “podríamos salvar el mundo”. Entonces cantaba: “Todos somos uno y la vida fluye dentro de ti y fuera de ti”. Aunque lo que había descubierto desde hacía dos años era el LSD. Un amigo dentista le había dado una dosis con el café después de cenar. George dice que “no había probado nada parecido antes”. Cree que “abrió algo dentro” de él y “se dio cuenta de muchas cosas”.

El verano de 1967 lo pasa Harrison en el centro mismo de la cultura psicodélica, en el barrio de Haight-Ashbury en San Francisco, pero al no encontrar allí el amor que buscaba, abandonó el mundo de la droga. “El LSD no es verdaderamente la respuesta”, dice: “No te da nada” . Aunque “te permite ver muchas posibilidades, que quizás no habías visto nunca antes, no es la respuesta”, dice a la prensa musical. “Hay maneras especiales de elevarse sin drogas, como el yoga, la meditación y todas esas cosas”.

Los  Beatles  conocieron a Maharishi Mahesh Yogi cuando tenía 55 años. Había fundado un Movimiento de Regeneración Espiritual. Con su larga melena, una barba gris, túnicas blancas y una sonrisa beatifica, hablaba siempre de amor, en un discurso lleno de acertijos. Las historias que se contaban entonces de estos maestros orientales eran increíbles. Se decía que andaban sobre el agua y vivían cientos de años, con cuerpos que no eran más que materializaciones. Todo aquello fascinó al grupo, pero se desilusionaron después de una temporada en su  ashram.  Lennon, de hecho, le dedica una canción, llamándole  Sádico sexual . Sin embargo, el interés que Harrison sentía por las religiones orientales no era algo pasajero, pero  será Swami Prabhupada quien ocupe su lugar .

 ENTRE  HARE KRISHNAS  Y  ALELUYAS 
 El fundador de Hare Krishna se había mudado a San Francisco en los años sesenta. Harrison le regalaría luego una mansión en Inglaterra y les apoya económicamente. En 1969 graba el Mantra Hare Krishna  con Ravi Shankar, que llegó a ser un éxito popular, antes de  Mi dulce Señor . Cuando los Beatles hacen  Sergeant Pepper,  Georgehabía pasado ya seis semanas en Bombay con este músico indio, aprendiendo a tocar el  sitar. “Habiendo tenido éxito y conocido a toda la gente que merece la pena conocer”,  Harrison concluye que en Occidente “todos vibran en un ámbito material, que no te lleva a ningún sitio”, pero en la India siente que hay “algo que es sólo espiritual”.

“Espero salir de este lugar”, canta en  Living in the Material World,  “por la Gracia del Señor Sri Krishna, mi salvación del mundo material”. En su gira americana de 1973, George hace que el público cante el  Mantra Hare Krishna,  prometiendo que “si lo hacemos todos, volaremos el techo por los aires”. No ocurrió así, pero el cantante mantuvo su fe hasta el final. Tanto fue así, que cuando fue asaltado en su casa, algo antes de morir, con un arma blanca, dijo  Hare Krishna , según declaró su atacante en el juicio.  En los años noventa todavía canta para promover la meditación trascendental, y financia el  Partido de la Ley Natural,  la rama política de los seguidores de Maharishi. ¿Qué es lo que encontró Harrison en este misticismo oriental?

 ¿VER PARA CREER?
 “Si hay un Dios, quieres verle”, dice George en una de sus entrevistas. “No tiene sentido creer en algo sin pruebas”. Por eso practicaba la meditación oriental . El creía que “puedes realmente ver a Dios, oírle, tocarle”. Pero “toda la actitud cristiana consiste en que creas lo que ellos creen”, pensaba George. Mientras que “en la India aprendí que no puedes creer en nada hasta que no hayas tenido una experiencia directa de ello”. La meta de Harrison era por eso descubrirlo perdiendo su individualidad en el puro ser, llegando al estado de pura conciencia por el camino de la meditación trascendental.

 Pero hay otro camino que lleva a una relación con el Dios personal y trascendente, que se ha revelado en la Biblia. Esa meditación se basa en las Escrituras . Por ellas el Espíritu se manifiesta, pudiendo experimentar a Dios por medio de Jesucristo, que es el camino, la verdad y la vida. Para eso no hay que divinizar, ni despreciar el yo.

Porque el mundo no es la realidad última, pero tampoco un mero espejismo. No hay que evadirse, sino enfrentarnos a quiénes somos por medio de esa cruz, que rompe la barrera que nos separa del Dios vivo, por el camino del perdón. Es así como encontramos el dulce Señor, en el que la paz y la justicia se besan.

Autores: José de Segovia Barrón

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José de Segovia Barrón
F. Umbral: lamento por la muerte de un hijo
En este estremecedor recuerdo, Umbral se libera de todo artificio, en un relato desnudo que nos enfrenta a su verdadera persona.

25 DE OCTUBRE DE 2011

 Elegía por el dolor de un niño  es el subtitulo que han puesto al espectáculo basado en el libro de Francisco Umbral,  Mortal y rosa,  que ha abierto el primer congreso internacional sobre el escritor, que se celebra en la Universidad Complutense de Madrid. Los textos seleccionados por el poeta y crítico Javier Villán –que dirigió el programa público de  Radio Cultura  en el que empecé a trabajar como periodista en los años ochenta–, son interpretados por los actores Juan Echanove y Juan Diego, en un escenario lleno de juguetes y la tradicional mesa camilla, donde escribía Umbral. Se ha puesto además música a algunos de sus poemas, que acompaña al piano la cantante María Toledo.Francisco Umbral (1935-2007) era uno de los más conocidos columnistas de la prensa española. En su obra se une el periodismo y la literatura, ya que sus novelas son prácticamente libros de memorias, que abarcan desde la guerra civil hasta la Transición, formando una completa crónica de la vida en nuestro país el pasado siglo. Cínico y provocador, su carácter se fue haciendo cada vez más amargo, pero no todo en él era pose.

 Uno de sus libros más honestos es Mortal y rosa.  En él encontramos un relato escalofriante y conmovedor, que nos desvela la muerte de su único hijo.  Esta tragedia marcó toda su vida. Ahora sus cenizas están junto a los restos de su hijo en el Cementerio Civil de Madrid.

Bajo el titulo de estos versos de Salinas, en  Mortal y rosa,  Umbral hace una obra íntima y extraña, que es quizás la más sorprendente de su larga y prolífica carrera. Se trata de una novela lírica, casi un poema en prosa, que forma un diario atípico, incluso un ensayo filosófico, que narra su desgarrador viaje introspectivo hacia el sentido de la existencia, tras enterrar a su hijo.

 En este estremecedor recuerdo, Umbral se libera de todo artificio, en un relato desnudo que nos enfrenta a su verdadera persona.

 VIVIR EN EL VACÍO
 “¿De qué he posado yo en la vida? De quinqui, de dandy , de golfo, de revolucionario, de todo”, confiesa. “Y eso es lo que quieren que uno haga su papel”. Porque “estamos todos aquí tan perdidos, tan sin destino”, que “la humanidad necesita el ejemplo de los grandes, de los decididos, de los triunfadores, de los gloriosos, de los que parece que tienen destino, aunque tampoco lo tengan”. Es “por eso”, que “cuando vienen a verme o me llevan a que me vean, procuro dar sensación de seguridad”. Ya que “lo que más fascina a esa humanidad indecisa es la decisión, aunque sea fingida”. Porque “mueve más una mentira firme que una verdad pensativa”.

Ante la muerte, el escritor cree que “lo que nos aterra de la calavera es descubrir que es también una máscara, la máscara que se pone la nada”. Así que si la vida “no cuesta nada” es “porque no sirve para nada”. Para él, “la única verdad posible” ha sido la vida y la muerte de su hijo. Y ante ella ha optado “por el autoengaño” de ser “inauténtico para siempre”. Por eso nos dice: “No creáis nada de lo que diga, nada de lo que escriba: soy un farsante”. Para Umbral, “la vida es mala porque está hecha sobre una farsa fundamental, que es el presupuesto para seguir viviendo”. ¿Significa eso que hay un vacío en su vida? No, porque “vivimos en el vacío”.

 LA SOLEDAD DE LA MUERTE
 ¿Y Dios? Bueno, “a veces necesitaría a Dios”, dice Umbral, “para culparle de lo que me pasa, del dolor de mi hijo”. Pero eso sería “otra forma de fe”.  Ya que para él, “los dioses viven en gran medida de la indignación de los hombres”.

El autor cree que “el dolor humano parece una negación de Dios, pero en realidad es su más firme sustento”. Puesto que “sin el dolor, Dios no sería tan necesario como consuelo, y sobre todo como indignación”. Así que “la indignación superada, asumida, sublimada, es ya la fe”. Pero Umbral dice: “Yo, de momento, no he necesitado a Dios para desesperarme”. Ya que “he llegado a esa edad”, escribe, “en que todo está tan claro que ya no cabe seguir engañándose”. Puesto que “todos sabemos dónde esta el bien y cómo tendría que ser el mundo para resultar menos indigno y menos injusto”. No tenemos excusa, “ya no hay de por medio ideologías confusas ni teologías complicantes, como en el pasado”. Así que “si esto no se arregla es porque al hombre no le da la gana”.

 Su sinceridad te lleva a las lágrimas al leer las últimas páginas, que dirige a su hijo: “Eras, eres, la única verdad que encuentro en mí, sólo me queda tu recuerdo, para no serme totalmente despreciable a mí mismo”. Ahora, “el universo no tiene otro argumento que la crueldad, ni otra lógica que la estupidez”. Pero “lo más desolador es que ni en la muerte nos encontraremos”, porque “cada cual se queda en su muerte para siempre”.

Ya que  sólo hay un reencuentro posible. Es cuando salimos de nosotros mismos para encontrar nuestra vida en Cristo . Entonces el morir es ganancia ( Filipenses  1:21). Libres de toda máscara, estaremos ante Aquel que ya no nos ve tal y como somos, sino en el amor del Padre por su único Hijo, que se entregó una vez por nosotros, sufriendo el abandono de una muerte terrible, en la que clamó: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado? ( Mateo  27:46). Lejos del amor del Padre, padeció su ausencia, para que aquellos que vivimos por Él, nunca volvamos a estar solos.

Autores: José de Segovia Barrón

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El misterio de `El río de la vida´

Publicado: octubre 14, 2011 en Literatura

José de Segovia Barrón
El misterio de `El río de la vida´¿Por qué dos hijos, criados en la iglesia, tienen una existencia tan diferente?

11 DE OCTUBRE DE 2011

 Una pequeña editorial de Barcelona, Libros del Asteroide, ha publicado ahora la historia autobiográfica del hijo del pastor presbiteriano Norman Maclean (1902-1990), que llevó al cine Robert Redford con Brad Pitt. Este fascinante relato nos cuenta la vida de dos hermanos, que fluye como un río, sin que podamos resolver muchos de los interrogantes que plantea el misterio de la condición humana. ¿Por qué dos hijos, criados en la iglesia, tienen una existencia tan diferente? El escritor –que llegó a ser profesor de literatura inglesa– se plantea al final de su vida por qué su hermano no quiso recibir ayuda, para descubrir que podemos amar, aunque no entendamos. 

Este clásico contemporáneo fue publicado por la Universidad de Chicago  – donde enseñaba Maclean –  en 1976. Es curiosamente la primera obra de ficción que editó este centro académico. Tuvo excelentes críticas, y se ha reeditado constantemente. El autor rechazó dos ofertas de llevarlo al cine. Una tan avanzada, que alguien de la productora se presentó en su cabaña de Montana con un contrato listo para firmar, que despidió diciendo que “en el Oeste, lo despacharía a tiros, dejándolo de cebo para los coyotes”. La siguiente vino del actor William Hurt.

Para ganarse al escritor, Hurt le invitó a pescar, que era su gran afición. Maclean le exigió, antes de salir, que le enseñara su licencia. Cuando el actor le  dijo que no la necesitaba, el autor le dijo: “entonces, yo no pesco”. Al volver unos días después con la licencia, pescaron finalmente juntos. El actor estaba tan convencido de su arte para la pesca con mosca que pensaba que el papel del hermano de Mclean (Paul) era suyo. Para su sorpresa el profesor le dijo: “Eres bueno, pero no tan bueno como Paul”. Cuando el actor le propuso entonces hacer de él en la película, su respuesta no pudo ser más devastadora: “Claro, pero no tenía ochenta cuando ocurrieron los sucesos que cuento en la novela”.

El siguiente en intentarlo fue Robert Redford. Estaba tan obsesionado con esta historia que le invitó al festival de Sundance. Le gustó, pero le dijo: “verá, me ha llevado cuarenta años escribir esto, y ahora no voy a dejar que Hollywood lo convierta en pornografía”. Llegaron a un acuerdo en 1988, por el que el escritor revisaría el guión con derecho a veto. Murió en 1990, a los 87 años, pero Redford llevó a la pantalla en 1992 su libro, con extraordinaria fidelidad, como se puede comprobar al leer la novela.

 EL PASTOR PESCADOR
 El río de la vida  es la primera de tres historias que contiene esta obra , que publicó el autor a los 73 años como su primera obra de ficción en su larga carrera académica. Es un relato autobiográfico de su vida en los años treinta, como hijo de un pastor protestante de origen escocés.  Habla sobre todo de  la relación con su hermano, y su afición a la pesca. Sus primeras palabras comienzan también la película que dirigió Robert Redford:

“En nuestra familia no había una frontera clara entre la religión y la pesca con mosca. Vivíamos en una zona de grandes ríos de truchas en Montana occidental, y nuestro padre era un ministro presbiteriano y pescador con mosca. Nos contaba que los discípulos de Cristo eran pescadores, y eso nos hizo pensar, a mi hermano y a mí, que todos los pescadores de primera del Mar de Galilea eran pescadores con mosca.”

 Es evidente que la pesca se usa aquí como una metáfora de la vida misma . Los que no sabemos nada de pesca –yo intenté aprender un verano en Londres, cuando era adolescente, pero fácilmente me desanimé, por mi habitual torpeza–, podemos pensar que este es un libro para iniciados, pero no es así. De hecho, es un libro que habla tanto de la fe y la familia como de la pesca. Lo expresa así ya en la primera página:

“Es verdad que un día a la semana se entregaba por completo a la religión. Los domingos por la mañana mi hermano Paul y yo íbamos a la escuela dominical y después a los  servicios matinales  para oír los sermones de nuestro padre. En el intervalo de las tardes de domingo, debíamos estudiar el catecismo menor de Westminster durante una hora y a continuación recitarlo antes de salir a caminar por la montaña con él, en el tiempo que le dejaban libre los servicios.”

 LA GRACIA DE LA VIDA
Aunque Maclean cree que nunca formulaba más que la primera pregunta del catecismo:  ¿Cuál es el fin primordial del hombre?  Respondían los dos juntos, para que pudiese continuar uno, si el otro se olvidaba:  El fin primordial del hombre es glorificar a Dios y gozar de Él por toda la eternidad.  La conocida respuesta de este documento reformado –que ha inspirado la obra de autores como Packer o Piper–, expresa la fe de su padre.  Maclean aprendió que el hombre es un desastre por naturaleza–como dice al principio de la película–, pero que por gracia puede volver a estar en armonía con Dios, recuperando el poder y la belleza.

En una semana normal de su infancia, el autor recibió tantas horas de instrucción de pesca, como de temas espirituales. Porque “hasta que el hombre sea redimido, siempre echará la caña demasiado atrás y demasiado adelante”. Ya que “es natural que el hombre procure alcanzar la fuerza sin la gracia”. El recuerda que, para su padre, “todas las cosas buenas –tanto la trucha como la salvación eterna– se adquieren por gracia”. El escritor intentó por eso conciliar su vida de periodista con “los objetivos de la vida que responden a la primera pregunta del  catecismo de Westminster ”.

 Su hermano Paul trabaja de guarda forestal, pero enseguida se aficiona a las chicas y las apuestas, olvidando las palabras “pintadas en una pared lateral de nuestra escuela dominical:  Dios es Amor ”. La dureza del hijo pequeño del pastor se muestra desde su resistencia a las gachas de avena, como su inclinación a las peleas. La descripción de su ropa coincide exactamente con la que Brad Pitt lleva en la película.

 ¿CÓMO AYUDAR A QUIEN NO QUIERE AYUDA?
 Maclean recuerda que su hermano rechazaba siempre cualquier ofrecimiento de ayuda. El escritor lucha con la frustración de “cómo ayudar a alguien cercano, de quien piensa que necesita ayuda, aunque el otro no piense así”. No comprende a su hermano, pero quiere ayudarle, ser “salvador de su hermano”, en lenguaje bíblico.

Desde el principio de la Escritura, con la historia de Caín y Abel, entendemos que uno es “guardián de su hermano” ( Génesis 4:9 ). El problema es que, como el hijo mayor de la parábola de Jesús, cuando hablamos al Padre, consideramos a nuestro hermano perdido como si no fuera siquiera nuestro hermano –“ese hijo tuyo que ha despilfarrado tu fortuna con prostitutas” ( Lucas 15:30 ) –. El hijo pródigo tiene un fariseo como hermano. Tristemente, la Iglesia está llena también de hermanos mayores.

“La ayuda implica dar parte de ti mismo a alguien”, dice su padre, el pastor. Lo que pasa es que “pocas veces podemos ayudar a alguien, bien porque no sabemos qué parte dar o bien porque no nos gusta dar ninguna parte de nosotros mismos”. Además, “más veces de las que pensamos, la parte que se necesita no es la que se quiere”. Y lo que es peor, “más a menudo todavía, no tenemos esa parte que se necesita”.

 EL HERMANO QUE NECESITAMOS
 Gracias a Dios, tenemos un Hermano mejor. Alguien que no sólo va a una provincia lejana a buscarnos, sino que ha venido del cielo a la tierra. El no nos ofrece dinero, sino el coste infinito de su propia vida, para llevarnos a la familia de Dios.

 Todos nos hemos rebelado contra el Padre. Maclean recuerda que “tiempo atrás había aprendido, para mi pesar a veces, que la piedad está acompañada por un conocimiento previo y completo del pecado”. Merecemos la alienación, el aislamiento, y el rechazo. El perdón tiene un precio, pero nuestro Hermano mayor ha pagado la deuda, en la cruz, por nosotros. Su amor sacrificado cambia las cosas.

Despojado de su dignidad, es exhibido desnudo en la cruz, para que nosotros podamos disfrutar de su dignidad hoy. Si Él fue despreciado, es para que nosotros podamos entrar en su familia, por la gracia de Dios. Bebió la copa de la justicia eterna, para que podamos levantar la copa de alegría, por el gozo del Padre. Si el Señor del Universo nos ama tanto, ¿de qué podemos tener miedo? “Podemos amar completamente, sin entender completamente”.

Autores: José de Segovia Barrón

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Camino de Emaús con Baricco

Publicado: septiembre 19, 2011 en Cultura, Literatura

José de Segovia Barrón
Camino de Emaús con BariccoEl libro es una mirada a la educación sentimental católica, un ambiente opresor y espiritual al mismo tiempo, muy habitual en una época que ahora nos parece lejana.
 Mientras hablo estos días con los monseñores del Vaticano sobre la autoridad de la interpretación de las Escrituras  – en una consulta teológica de la Alianza Evangélica – , leo en la habitación de este palacio romano la novela del escritor italiano Alessandro Baricco, que ha publicado Anagrama este año en Barcelona.  Emaús  es la historia de cuatro adolescentes católicos de clase media, que viven en el norte de Italia durante los años setenta. La aparición de una chica de clase alta y costumbres liberales trae una crisis moral y espiritual a estos jóvenes, que supondrá el derrumbe de todas sus certezas.Este libro es –como dice Paolo Di Paolo– sobre “la pérdida, el sentimiento de pecado, la irracionalidad del dolor, la familia, el desengaño de la felicidad, el esfuerzo de crecer, o tal vez de comprender, la piedad”. Temas como el catolicismo, la fe, el Calvario y la resurrección, pueden descolocar a los lectores habituales del autor de novelas como  Seda  o  Novecento  –que algunos conocerán por el cine– .  Como dice Di Paolo, Baricco ha hecho probablemente aquí su novela más valiente y hermosa.

 El escritor de Turín cuenta así una historia de aprendizaje, basada sin duda en su propia experiencia –nació en 1958– de superviviente de un grupo de amigos, cuya vida queda fatalmente truncada por el suicidio, la droga y el crimen. Este relato de decadencia y caída está marcado por la “obstinada resistencia” a una educación católica, que conoce muy bien el lector latino, que creció en una época en que todavía la religión ocupaba un lugar importante en la vida social.

 EDUCACIÓN SENTIMENTAL CATÓLICA
A algunos les resultará algo extraño “el heroísmo” –como a Baricco le gusta llamarlo– de una juventud que se dedica a cantar en la iglesia y asistir ancianos olvidados en la sección de urología de un hospital. El tema de la sexualidad reprimida marca la educación sentimental de una generación que ha descubierto la vida como una “asignatura pendiente”. En este caso, la desinhibida Andre hace irrumpir con su libertad de costumbres, la despreocupada vitalidad pagana, en el asfixiante moralismo de una realidad familiar, donde “no se acepta la realidad del mal” (pág. 35).

Los setenta no sólo fueron  años de plomo  para Italia. Muchos jóvenes no se sintieron atraídos por la lucha revolucionaria, que relacionamos con el terrorismo de aquella época.  En los años posteriores al Concilio, hay una religiosidad atractiva que busca un mundo diferente por la honestidad y la solidaridad. La derrota de ese idealismo hizo que esa generación perdiera la capacidad de soñar. Lo que muchos relacionan con el fracaso de la izquierda en Italia y la aparición del  berlusconismo .

El libro es una mirada a la educación sentimental católica, un ambiente opresor y espiritual al mismo tiempo, muy habitual en una época que ahora nos parece lejana. Es una obra también sobre la adolescencia, un tiempo de pasión, energía, hambre de emociones y búsqueda del sentido de la vida. El narrador la recuerda con la voz de la desilusión, más lúcida y crítica, cuando todo ha terminado y vuelve la rutina. Se cierra así en falso una crisis, que marca toda la vida.

 ¿LA SEDUCCIÓN DE LA CARNE?
 El autor dejó ese mundo para siempre, pero observa que se ha llevado algunas cosas que le acompañan toda su vida. Por un lado, un complejo de culpa permanente, pero también la solidaridad, compasión y atención a los demás, que no te hacen perder la inclinación a lo espiritual. Eso, para él, es una herencia positiva, pero dolorosa. 

 ¿Es la seducción femenina de Andre símbolo del pecado, o de la libertad? “Es la espiral de un mundo distinto” –dice Baricco en una entrevista con el diario El País –, donde “el cuerpo no es sólo demonizado, sino usado, utilizado como fuente de placer”. Ella abre así “otro camino posible para dotar de un sentido a la vida”.

Baricco se atreve incluso a plantear en clave teológica la contradicción constante en el pensamiento cristiano entre alma y cuerpo. Utiliza para ello el relato evangélico, tanto de la resurrección de Lázaro como del encuentro de los discípulos con el Cristo resucitado, camino de Emaús. El desconocimiento de la identidad de Jesús en esta historia –“el Mesías estaba con nosotros, y nosotros no nos hemos dado cuenta” –, se ve como una analogía de la vida como un camino en el que intentamos descubrir quiénes somos, y al final uno se pregunta: “¿Cómo hemos podido no saber, durante tanto tiempo, nada?” (pág. 65).

 LA RELIGIÓN Y EL EVANGELIO
 Hay dos formas en las que podemos querer ser nuestro propio señor y salvador. Podemos decir: “voy a vivir mi vida como quiera”. O como el protagonista de la novela de Flannery O´Connor, Hazel Motes en  Sangre sabia,  descubrir que “la mejor forma de evitar a Jesús es evitar el pecado”.  Porque si uno intenta vivir moralmente, para que Dios te haga bien y te salve, Jesús puede ser tu modelo o tu maestro, pero no tu Salvador. Estás confiando en tu propia bondad, más que en Cristo Jesús. Intentas salvarte a ti mismo, siguiendo a Jesús.

 Esto es, irónicamente, un rechazo del evangelio de Jesús, una forma cristianizada de religión, intentando mantener la moralidad, pero evitando a Jesús como nuestro Salvador. Los personajes de  Emaús  descubren que “mucho antes que en Dios, creemos en el hombre –y tan sólo esto, al principio, es la fe” (pág. 89). Hasta que un día descubren quecaminan “ciegos, al lado de amigos y amores que no reconocemos, fiándonos de un Dios que ya no sabe nada sobre sí mismo” (pág. 66).

 Hay un abismo de diferencia entre un Dios que nos acepta por nuestro esfuerzo moral y espiritual, y el Dios que nos recibe por medio de lo que Jesús ha hecho. La religión opera sobre el principio: “Yo obedezco –por lo tanto soy aceptado por Dios–”. El principio central del Evangelio es que “soy aceptado por Dios a través de lo que Cristo ha hecho –por lo tanto obedezco–“.

En la religión, creemos que si no obedecemos, perdemos el favor de Dios, en este mundo y en el venidero. Mientras que en el Evangelio, la motivación es la gratitud por el bien que ya hemos recibido por medio de Cristo. En la religión de  Emaús,  un día descubriremos que nos hemos perdido por el camino, mientras que por el Evangelio de Jesús somos salvos no por lo que nosotros hacemos, sino por lo que Cristo ha hecho por nosotros. La diferencia está en si nuestro camino, es Aquel que nos dice: ·Yo soy el Camino” ( Juan 14:6 ).

Autores: José de Segovia Barrón

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No existió un Voltaire ateo

Publicado: septiembre 1, 2011 en Literatura

Juan Antonio Monroy

No existió un Voltaire ateoTratado sobre la tolerancia, por François-Marie Arout, más conocido como Voltaire. Ciro Ediciones, Madrid 2011, 168 páginas.

Tenía yo 24 años cuando entré en contacto con la literatura de Voltaire. Por entonces ejercía como pastor en la Iglesia Bíblica de Tánger. Algunos domingos veía sentado, casi siempre en bancos de última fila, a un hombre vestido descuidadamente, pelo largo, gafas de aumento, pantalones oscuros, camisa a cuadros. En los años sesenta lo habrían confundido con uno de los hippies seguidores de Herbert Marcuse o Timoteo Leary, los dos hombres que más contribuyeron a que jóvenes norteamericanos recorrieran caminos de la tierra con collares de flores adornando las gargantas y el pelo, creyendo en la utópica idea de cambiar el mundo.

Me hice amigo de aquél hombre. Resultó llamarse Paul-Ives Río. Periodista francés miembro de la Academia Musulmana Internacional y de la Academia del Mediterráneo de Roma. Muy inteligente. De ideas comunistas. En ocasiones paseábamos o nos sentábamos en un cafetín moruno para tomar té y hablar, hablar siempre, hablar mucho. Una de esas tardes me trajo el libro EDIPO, la primera tragedia que escribió Voltaire en 1718. Devoré el libro. Desde entonces he regalado a mi espíritu todo lo que he hallado escrito por Voltaire. Los tres tomos de su DICCIONARIO FILOSÓFICO, publicados por Ediciones Daimón, de Barcelona, en 1976, están cubiertos de subrayados y anotaciones mías en casi todas sus páginas.

Fue la Iglesia católica de su época la que adjudicó a Voltaire el calificativo de ateo. Y por ateo se le tiene hasta hoy. ¡Mentira! Voltaire fue anticlerical, pero no ateo. Escritores españoles como Juan Ramón Jiménez, Pío Baroja, Antonio Machado, Miguel de Unamuno y tantos otros que no comulgaban con las doctrinas del Vaticano, también fueron incluidos en el ateísmo, cuando en realidad eran creyentes anticlericales.

Cuantas veces he escrito sobre Voltaire, he expresado lo que creo: No fue un pensador ateo; fue un anticlerical militante y valiente. Nacido en París en noviembre de 1694, durante seis años, entre 1704 y 1710 fue alumno en el colegio jesuita “Louis le Grand”. Tras publicar un número considerable de libros, Voltaire colaboró con Diderot y D´Alembert en la por tantos conceptos famosa Enciclopedia francesa, cuyo primer volumen se publicó en julio de 1951. Me considero muy afortunado al tener en un lugar especial de mi Biblioteca los seis tomos de texto y 12 tomos de grabados, edición facsímil del original francés de la Enciclopedia.

En TRATADO SOBRE LA INTOLERANCIA Voltaire se pronuncia contra todas las formas de intolerancia. Es duro con la ejercida desde las alturas por la Iglesia católica. Crítico con palabras razonadas por la intolerancia de los jesuitas en Japón, que dio origen a una guerra civil. Para Voltaire, “es una impiedad quitar, en materia de religión, la libertad a los hombres, impedir que elijan una divinidad”.

Para fundamentar sus opiniones recurre a algunos de los llamados padres de la Iglesia, prominentes figuras cristianas de los primeros cinco siglos: “La religión forzada no es ya religión: hay que persuadir, no coaccionar” (Luctancio). “Es una herejía execrable querer ganarse por la fuerza, por los golpes, por los encarcelamientos, a quienes no se ha podido convencer mediante la razón”. (Atanasio).

Sigue Voltaire afirmando que no se necesita un gran arte, ni una elocuencia rebuscada, para demostrar que los cristianos deben tolerarse los unos a los otros. Argumenta: “¿No somos todos hijos del mismo Padre y criaturas del mismo Dios?”.

Metido en el Nuevo Testamento, el filósofo ve “muy pocos pasajes en los Evangelios de los que el espíritu de persecución haya podido inferir que son legítimas la intolerancia y la coacción”. Jesucristo –dice- predica la dulzura, la paciencia, la indulgencia”. Las diferencias de criterios entre Pedro y Pablo Voltaire las interpreta como un ejemplo de tolerancia. Hubo entre ellos un tema de disputa violenta, porque se trataba de saber si los nuevos cristianos procedentes del mundo gentil debían someterse a la circuncisión o no. En otros casos tales diferencias habrían provocado un cisma. Pero –razona Voltaire- “la caridad no resultó herida, la paz se mantuvo. ¡Qué mayor lección para que nos toleremos en nuestras disputas y nos humillemos en todo aquello que no entendemos!”.

Llegado a este punto dejo a un lado todas las notas que preparé de antemano para la redacción de este artículo. El espacio que resta en esta escritura quiero que lo ocupe la plegaria que Voltaire eleva a Dios en uno de los capítulos finales del libro. Jamás he leído nada parecido de un autor católico o protestante. Así se expresa el tan denostado filósofo francés:
“Ya no es, pues, a los hombres a los que me dirijo; es a ti, Dios de todos los seres, de todos los mundos y de todos los tiempos: si está permitido a débiles criaturas perdidas en la inmensidad, imperceptibles para el resto del universo, osar pedirte algo, a ti que has dado todo, a ti cuyos decretos son tan inmutables como eternos, dígnate mirar en tu piedad los errores unidos a nuestra naturaleza; que esos errores no provoquen nuestras calamidades.
Tú no nos has dado un corazón para odiarnos, ni unas manos para degollarnos; haz que nos ayudemos mutuamente a soportar el fardo de una vida penosa y pasajera; que las pequeñas diferencias entre las ropas que cubren nuestros débiles cuerpos, entre todos nuestros insuficientes lenguajes, entre todas nuestras ridículas costumbres, entre todas nuestras imperfectas leyes, entre todas nuestras insensatas opiniones, entre todas nuestras situaciones tan desproporcionadas a nuestros ojos, y tan iguales ante ti; que todos estos pequeños matices que distinguen los átomos llamados hombres no sean signos de odio y de persecución; que los que encienden cirios en pleno mediodía para celebrarte soporten a los que se contentan con la luz de tu sol; que los que cubren su ropa con una tela blanca para decir que hay que amarte no detesten a los que dicen lo mismo bajo una capa de lana negra; que sea lo mismo adorarte en una jerga formada por una antigua lengua, o en una jerga más nueva; que aquellos cuya vestidura está teñida de rojo o de violeta, que dominan sobre una pequeña parcela de un montoncito de barro de este mundo, y que poseen algunos fragmentos redondeados de cierto metal, gocen sin orgullo de lo que ellos llaman grandeza y riqueza , y que los otros los miren sin envidia: porque tú sabes que en esas vanidades no hay nada que envidiar ni de que enorgullecerse.
¡Ojalá todos los hombres recuerden que son hermanos! ¡Que sientan horror por la tiranía ejercida sobre las almas, como detestan el bandolerismo que roba por la fuerza el fruto del trabajo y de la industria pacífica! Si los azotes de la guerra son inevitables, no nos odiemos, no nos desgarremos los unos a los otros en el seno de la paz, y empleemos el instante de nuestra existencia en bendecir por igual, en mil lenguas diversas, desde Siam hasta California, tu bondad que nos has dado este instante”.

Si después de leer ese texto alguien sigue pensando que Voltaire fue filósofo ateo, mal anda la salud de su alma.

Autores:Juan Antonio Monroy

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José de Segovia  Barrón
Fernández Santos, en brazos de la Vieja Dama
La obra de este escritor español es un hondo testimonio humano de desesperanza. Sin embargo, conoció bien el cristianismo evangélico, sin saber si esto le puso en contacto con el mensaje bíblico, o todo lo contrario (*).

 

La madrugada del día 2 de junio de 1988 leía en mi cama el último libro de un escritor especialmente querido para mí: la Balada de amor y soledad  de Jesús Fernández Santos. Aquella misma noche la Vieja Dama de la que tanto escribió, “la que no tiene nombre”, se le llevó para siempre. Por lo que no pude evitar recordar aquel día que le conocí: una fría mañana de invierno, en su casa, al lado del madrileño paseo de la Castellana… Era entonces casi un crío, y hacía una revista literaria llamada Aura , con estudiantes de bachillerato de diferentes institutos de Madrid, que vendíamos al lado de la tradicional Cuesta de Moyano. Allí publiqué mi primer artículo, nada menos que sobre la Praga del 68 y la llamada Carta 77  de los intelectuales checos disidentes, a la vez que un breve comentario sobre mi héroe de adolescencia: Hemingway. Y fue en el último número de aquella revista donde apareció una entrevista que le hice a Fernández Santos en el salón de su piso, compitiendo su voz con el ruido de la máquina de escribir eléctrica, que aquella mañana arreglaba un técnico en su casa.

Jesús Fernández Santos había nacido en Madrid en 1926. Su madre murió cuando tenía apenas año y medio.  Fue al mismo colegio de mi padre, la famosa escuela de los Maristas de la calle Fuencarral, y, como él, vivió toda su infancia en el barrio de Chamberí, entre la soledad de su casa e interminables sesiones de cine. Con la guerra civil, sería evacuado Fernández Santos a Segovia, escenario que luego recreará en muchas de sus novelas. Curiosamente la guerra también le sorprende en la conocida colonia de verano de San Rafael, en el Guadarrama, donde yo mismo pasé de niño muchas de las tradicionales vacaciones estivales.

Al volver a Madrid, su padre morirá de repente. El mundo infantil se desvanece entonces bruscamente, para comenzar una nueva etapa que culminará con su paso por la Universidad durante los años cuarenta. Allí conocerá a Ignacio Aldecoa, que venía de Salamanca, Sánchez Ferlosio, Medardo Fraile y Carmen Martín Gaite, estudiando Filosofía y Letras en la Universidad de Madrid. En aquella época empieza a dirigir también teatro universitario, representando obras de Tennessee Williams y de uno de sus autores favoritos, Eugene O’Neil.

Pero será el cine el que atraiga de modo especial a Fernández Santos . En la Escuela conocerá a directores como Carlos Saura, y hará sus primeros cortos. La mayor parte de su obra cinematográfica es de carácter exclusivamente documental, rodada mucha de ella para TVE. De hecho sólo hizo un largometraje, Llegar a Más , basado en uno de sus cuentos, que le costó cuatro años (1960-1964) y que fue un absoluto desastre comercial.

NI REALISTA, NI SOCIAL
Al dejar la Universidad, Ferlosio, Sastre y Aldecoa fundan Revista Española  (1953-1955), una publicación para autores jóvenes, financiada por un curioso mecenas llamado Rodríguez Moñino. Aunque no editó más de seis números, sirvió para dar a conocer los primeros cuentos de esta nueva generación de los años cincuenta, que se ha dado en llamar del “realismo social”. Aunque la mayor parte de esos narradores siempre consideraron que su literatura no era ni realista ni social.

Era la época del Café Gijón y las interminables tertulias, a las que, por otra parte, Fernández Santos no dejó de asistir a la hora de la sobremesa, toda su vida. El año 1954 publicará la editorial Castalia su primera novela, Los Bravos , que ya había aparecido como folletón en la revista Ateneo . En aquel tiempo, editar en España, “para un escritor joven y desconocido era prácticamente imposible. Vivían aún Azorín y Baroja y los editores se hallaban acostumbrados a sus nombres.”

Los Bravos es la historia de las grandezas y miserias de un pequeño pueblo de León, en las montañas lindantes con Asturias. La novela carece de protagonista principal, y utiliza una técnica de construcción de acciones paralelas y simultáneas. La obra fue particularmente bien acogida por la crítica literaria. También de ambiente rural, en este caso en la provincia de Segovia, es su segundo libro En la hoguera  (1957), que tendrá el primero de una larga serie de premios que acompañarán toda su carrera literaria.

Tras el estreno de su famoso documental sobre Goya ( España 1800 ), se publica su primera colección de cuentos: Cabeza rapada . Una descripción dantesca de la España de posguerra, en la que el hambre lleva a la muerte al niño protagonista de la narración que da título al libro.

SOBRE EL TIEMPO Y LA FUTILIDAD
La década de los sesenta va a suponer, para Fernández Santos, el nacimiento de una literatura fuertemente intimista. Laberintos  (1964) muestra el absurdo existencial de un grupo de artistas jóvenes que pasan unos días de vacaciones en un capital de provincias, en medio de un profundo tedio, que lleva al protagonista a buscar refugio en el abismo de su memoria.

“El hombre de los santos” recibirá el prestigioso Premio de la Crítica en 1969. Se trata de una singular novela basada en el análisis psicológico de un restaurador de arte que recorre los mismos caminos que Fernández Santos al hacer su serie de documentales sobre arte. La obra marca una clara línea divisoria que introduce un estilo mucho más renovador y personal, que va a caracterizar toda su prosa. En ese sentido hace Las catedrales  (1970), una novela en cuatro partes, sin otra relación que el escenario común de la monumental iglesia.

Ese mismo estilo fragmentado presentan las narraciones en torno al parque madrileño de El Retiro, Paraíso encerrado  (1973) , que ahonda más en los contrastes del tiempo y la Historia. Cuatro años después publicará el libro que ha sido considerado por muchos críticos como su obra maestra: La que no tiene nombre  (1977); otra serie de historias con el escenario común de la montaña de León, en sus límites con Asturias, donde ya desarrolló Los Bravos . El episodio histórico se sitúa en un tiempo todavía más lejano, la Edad Media, recreando la tragedia de una mujer que realmente combatió con los Reyes Católicos, siendo asesinada por otros caballeros que envidiaban su posición. La narración más actual se refiere a un pueblo en el que no quedan más que dos habitantes, que se resisten a abandonarlo, esperando la muerte y recordando la guerra. Todo ello en medio de un lirismo, una tensión contenida y una riqueza de lenguaje difícilmente comparable, en que la muerte es el principal protagonista.

MEMORIAS PROTESTANTES
Poco se podían imaginar aquellos evangélicos españoles que aquel hombre alto con gafas que asistía a sus iglesias, iba a describirlos de la forma cómo lo hace en el Libro de la memoria de las cosas , Premio Nadal 1971. En uno de sus viajes, Fernández Santos descubre unas tumbas en medio del campo de protestantes españoles, lo que le lleva a investigar la fe y la situación de discriminación de una minoría religiosa como es la evangélica en nuestro país. Visitará sus cultos, entierros y actos públicos, especialmente de las llamadas Asambleas de Hermanos. Misioneros, ancianos y conocidos predicadores aparecen en sus páginas con los nombres ligeramente transformados.

Los personajes fundamentales del libro son dos hermanas solteras, hijas de un “anciano” de una iglesia rural. Se trata de un retrato intimista bastante oscuro, en que la soledad y la frustración sexual se mezclan con las grandezas y miserias de esta pequeña comunidad. Fernández Santos resalta la grandeza del poder de la fe en una Iglesia perseguida, tanto como las miserias del legalismo religioso, hipocresía y excesos de la disciplina eclesiástica.  Acontecimientos reales, como el Congreso Evangélico de Barcelona, son narrados en la novela con todo detalle.

La intención del autor no podía ser mejor: “A mí personalmente no me gustan las vallas ni los muros, nada, en resumen, que separe a unos hombres de los otros, y me preguntaba cuánto tardaría aún esa tapia en caer” –en referencia al muro que separaba al cementerio civil del llamado “campo santo”, símbolo que utiliza en una de las escenas más poderosas del libro, que incluye la predicación en un entierro evangélico–. “Como yo soy narrador, quise hacer, y acabé haciendo, una novela, contada desde el lugar justo de esa misma valla, ni más allá ni más acá, desde la huella que dejará en la tierra un día, ese día que como tantos otros muros en España quede borrada y demolida y, lo que es más importante, definitivamente olvidada” ( Jesús Fernández Santos , Jorge Rodríguez Padrón. Ministerio de Cultura, 1982, pág. 28).

La reacción de los evangélicos, sin embargo, no pudo ser peor. Recuerdo cómo el autor me enseñó una de las muchas cartas que recibió, como protesta, de un conocido dirigente evangélico español. También me enseñó en aquella entrevista el libro de actas del consejo de aquella Asamblea de Hermanos, del que había transcrito literalmente los procesos y actas de excomunión narrados en la novela. Nada había, por lo tanto, de exageración, como pude comprobar personalmente en aquella ocasión. El lenguaje refleja muy bien el argot propio de este tipo de comunidades, y el drama de la chica protagonista se sigue repitiendo, desgraciadamente, todavía hoy.

LOS EXTRAMUROS DE LA INTRAHISTORIA
Pero no será hasta el año 1978 que Fernández Santos tiene verdadero éxito comercial. Extramuros  representa además el inicio de una nueva etapa en la obra literaria del autor, marcada por lo que se ha dado en llamar “intrahistoria”  –la reflexión histórica centrada en la vida psicológica cotidiana de aquellos que rara vez son protagonistas de la Historia, en mayúsculas–.

Extramuros , y la posterior película, tenían todos los ingredientes necesarios para ser un escándalo que atrajera la atención del gran público: una historia de amor lesbiano entre monjas heterodoxas, que inventan un falso milagro para salvar su convento de la ruina, en la España de los Austrias.

Al año siguiente publica una nueva colección de cuentos, A orillas de una Vieja Dama . Una serie de historias del Madrid de hoy, que incluyen las mañanas del Rastro, el mundo de los pubs , las primeras huelgas y elecciones, y una narración sobre la infancia de Picasso ( Pablo en el umbral ). En aquella época es también asiduo colaborador de opinión del diario El País , con artículos de viajes en la línea de Europa y algo más  (1977).

Continúa haciendo novela de la “intrahistoria” con Cabrera (1981), en el personaje de un niño en el campo de concentración napoleónico que fue esta isla. Luego recreará la vida de El Greco en El Griego  (1985), publicará una obra menor como Jaque a la Dama  (1982), un cuento de niños y una excelente novela de extraordinario lirismo: Los jinetes del alba  (1984).

PROTESTANTES Y ANARQUISTAS EN LA ESPAÑA DE PREGUERRA
Con Los jinetes del alba , Fernández Santos obtendría tal vez su último éxito crítico importante. Se trata de un singular retrato de preguerra en su paisaje favorito: las montañas del Cierzo en las fronteras de León lindantes con Asturias, que aparecen en Los Bravos . Esta vez, el protagonista ya no es todo un pueblo, sino algunos de los habitantes de la localidad que el autor denomina como Las Caldas. Entre ellos una familia protestante  que vive en un molino la época de la Revolución de Octubre y los albores de la guerra civil.

Encabeza el libro la famosa cita de Rilke a Rodin: “Se diría que un heroísmo sin objeto y sin empleo ha formado España: se levanta, se yergue, se exagera, provoca al cielo, y éste, a veces, para darle gusto, se encoleriza y contesta con grandes gestos de nubes, pero todo queda en un espectáculo generoso e inútil” (1912). Ese sentido de futilidad y absurdo marca la vida de la pareja protagonista, Marian y Martín.El molinero evangélico conoce al revolucionario Martín a causa de un dolor de espalda:

“– El Señor conoce bien el camino de las cosas. Si no es por tu enfermedad no hubiéramos llegado a conocernos.
Martín, herido en su espinazo, se decía que aquel Señor de quien tanto hablaba el nuevo amigo debía tener a su disposición otros remedios menos dolorosos” (pág. 52).

El padre del molinero trabajaba en el ferrocarril cuando conoció a un ingeniero inglés, con el que inició la primera capilla protestante en aquel valle leonés. “Primero tuvieron las reuniones en su piso pero, según crecía el número de los que asistían, fue preciso alquilar una sala de baile” (pág. 53). La amenaza de excomunión del cura del lugar provocó aún mayor interés, por lo que “buscaron gente para tirar piedras contra la fachada […] Hasta que llegaron a rociar gatos vivos con petróleo, prenderlos y buscar modo de lanzarlos dentro […] Martín se preguntaba cómo viviendo en la misma villa nunca supo de las aventuras que contaba el amigo protestante” (p. 53).

El aislamiento y la influencia foránea serían tal vez las dos características que más resalta Fernández Santos en este nuevo retrato de los protestantes españoles, tras el Libro de la memoria de las cosas . Hay momentos también de admiración ferviente, como cuando cuenta cómo “muchos hicieron profesión de fe viendo aquel hombre y a su mujer perdonar en el juicio a sus agresores, después de haber sufrido sus piedras y sus palos y hasta tronchos de coles” (p. 54).

Abundan también los errores de apreciación, tópicos y malentendidos. Así, la hija del molinero. Raquel, va a Madrid a la vez que Marian, la protagonista. Pero mientras que ésta tiene que servir en una casa de la capital, la chica evangélica consigue trabajo en un hospital por medio de su “obispo” (?), y “la Comunidad corre con sus gastos”. Sin llegar a ser el famoso bocadillo de Menéndez Pelayo (por el cual, según nuestro venerado pensador afirmaba en su Historia de los heterodoxos españoles , se asistía a los cultos protestantes), a ese tipo de argumentos recuerda la reacción de Marian: “Tan sólo por ser protestante se le brindaba una oportunidad que ella, en cambio, perseguía en vano” (p. 163).

Sin embargo, la documentación de la historia de la comunidad evangélica que recoge en las páginas 261 y 262, que incluye la conversión de algunas monjas por la introducción de una “biblia protestante” (el tópico de la diferencia de traducciones), es perfectamente creíble. Y más aún la reacción del anarquista Martín de habitual escepticismo.

Particularmente interesante es también la posición protestante frente a la situación política española : “Todo el mundo revuelto y ellos (los evangélicos) sin hablar con nadie […] O se está con unos o con otros. Aquí hay que dar la cara. Es muy bonito estarse ahí metido en tu molino esperando a que los demás te saquen las castañas del fuego […] Si en vez de andar como escondidos se pasaran por aquí como todos, sabrían que ese Señor que nunca se les cae de la boca no les va a salvar si se les tuercen las cosas” (p. 257).

Es el tradicional apartamiento protestante de la vida social y política de nuestro país: “Nosotros nunca nos metemos en nada. Nosotros trabajamos sólo para nuestro Señor […] Esta guerra es cosa de católicos” (p. 276). El resultado es un trágico desenlace. El molinero será fusilado por el ejército fascista, ya que para ellos “protestante es lo mismo que masón”. Pues “mientras aquí se pasa hambre, vosotros engordáis con esas ayudas que os mandan de fuera” (p. 282). Y como corresponde a la “gente de orden”, enterraron al protestante fuera de “campo santo”.

Ya gravemente enfermo, Fernández Santos escribe la triste Balada de amor y soledad  (1987), que nos muestra un mundo absurdo y sin sentido, en el que el tedio y el aburrimiento llenan la soledad del desamor.

La obra de Fernández Santos es un hondo testimonio humano de desesperanza. Sin embargo, no hay duda de que el escritor conoció bien el cristianismo evangélico, y queda la pregunta de si aquella experiencia le puso en contacto con el mensaje bíblico, o más bien, todo lo contrario… De cualquier forma, una vez llevado en los brazos de la Vieja Dama, responde ante su Juez y Creador…

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(*) Este artículo fue publicado originalmente en el nº 2 de la revista Kalos en 1988. Ha sido transcrito por Anna de Kraker y revisado por el autor.

Autores:José de Segovia Barrón

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