Archivos de la categoría ‘Meditaciones’


Por Harold Segura

Resulta extraño, pero cierto es que ninguno de los discípulos de Jesús esperaba que él, después de su muerte vergonzosa en la cruz, resucitara. La muerte fue temida por ellos y la resurrección descartada. Ellos debían haberla esperado puesto que el Maestro les habló en muchas ocasiones acerca de ella. Oyeron, pero no comprendieron, parece ser lo que ocurrió.
La verdad es que después de su muerte todos sus seguidores más cercanos huyeron al perder toda ilusión. Los antiguos pescadores volvieron a la orilla del mar para reanudar sus antiguas labores; todo había sido una experiencia transitoria, llena de sueños, pero con un triste final.
Con este sabor a derrota fue que Jesús encontró a dos de los suyos, quienes caminaban rumbo a Emaús, una aldea situada a más de 11 kilómetros al noroeste de Jerusalén. El sentimiento de fracaso acompañaba las conversaciones de estos dos caminantes quienes, aún sabiendo que unas mujeres no habían encontrado el cuerpo de Jesús y que un ángel les había anunciado su resurrección, no creían.“Nosotros teníamos la esperanza de que él sería el que había de libertar a la nación de Israel. Pero ya hace tres días que pasó todo eso” (Lucas 24:21).

Ni siquiera la presencia física de Jesús fue suficiente para que de una vez por todas ellos creyeran: “Y cuando vieron a Jesús, lo adoraron, aunque algunos dudaban” (Mateo 28:17). ¿Y qué tal el caso de Tomás, mejor conocido como “el incrédulo”? Fue a él a quien Jesús le dijo: “Mete aquí tu dedo, y mira mis manos; y trae tu mano y métela en mi costado. No seas incrédulo; ¡cree!” (Juan 20:27).
Pero algo extraordinario sucedió a aquel grupo de débiles creyentes y es que Jesús, por medio de sus más de diez apariciones demostró haber vuelto a la vida. Fue esa experiencia de encuentro personal con el resucitado la razón de su cambio radical. La resurrección, entonces, pasó a ser la característica más sobresaliente de la predicación de esos primeros cristianos: anunciaron la victoria de la vida sobre la muerte; el triunfo de la esperanza; el comienzo de la vida nueva, y la certeza de nuestra resurrección.
Cristo resucitó. El efecto destructivo de la muerte ha sido vencido por el poder de la vida otorgada por Dios. El mal y la muerte no tienen, pues, la última palabra. El reino de Dios ha certificado ser la razón final de la Historia.
Jesús se levantó de los muertos. El mismo que murió en la cruz abandonó la tumba y está con nosotros. El amor de Dios y su justicia triunfaron sobre la muerte y la injusticia; también la verdad y la libertad triunfaron. Su reino se ha inaugurado. ¿Qué nos queda a nosotros sino optar por ese reino y comprometernos en favor de sus valores? La solidaridad, el amor y el servicio son los rasgos que identifican una vida resucitada. ¡Vivamos así! “Pues por el bautismo fuimos sepultados con Cristo, y morimos para ser resucitados y vivir una vida nueva, así como Cristo fue resucitado por el glorioso poder del Padre” (Romanos 6:4).

Sobre el autor:

El pastor y teólogo Harold Segura es colombiano, radicado en Costa Rica. Director de Relaciones Eclesiásticas de World Vision International y autor de varios libros.
Anteriormente fue Rector del Seminario Teológico Bautista Internacional de Colombia.
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La triple mirada de Adviento

Publicado: diciembre 10, 2011 en Iglesia, Meditaciones

Wenceslao Calvo

Adviento nos recuerda que los valles se alcen, que los montes se bajen, que lo torcido se enderece y que lo áspero se allane.
 Ya está aquí, ya ha llegado. Un año más, fiel a su cita como todos los años en esta época. Es el Adviento, con sus luces que nos recuerdan la inminente llegada de la Navidad.La palabra significa venida e inmediatamente nuestras mentes se dirigen hacia aquella primera venida, que tuvo lugar hace dos mil años. Pero más allá de todo lo que rodea a esta época del año, se trata de una gran ocasión para que realicemos  una triple mirada :1.  Una mirada al pasado (retrospectiva).
2.  Una mirada al futuro (prospectiva).
3.  Una mirada hacia dentro (introspectiva). 1. La mirada retrospectiva. El cristiano es alguien que mira hacia el pasado. No porque sea un nostálgico, ni porque piense que cualquier tiempo pasado fue mejor, sino que mira hacia el pasado porque sabe que allí está el fundamento de lo que ahora es y de lo que se le ha prometido que será .

El pueblo de Dios a lo largo de las generaciones ha mirado hacia el pasado, porque Dios mismo, una y otra vez, ha establecido ciertos puntos de referencia históricos, a los cuales hay que remitirse una y otra vez para saber de qué hemos sido rescatados, la manera en la que tal rescate se ha efectuado y el artífice que lo ha hecho posible. El mismo calendario de fiestas de Israel tenía como propósito dirigir su atención hacia los grandes acontecimientos del pasado, porque dicho pasado histórico explicaba las claves de su identidad como nación. Y para saber quiénes somos es imprescindible conocer nuestro origen.

Pues bien,  Adviento nos remite a aquella primera Navidad  que marcó el comienzo de lo que hasta entonces solo había sido un anuncio, o como mucho una sombra de lo que a partir de entonces sería la realidad. ¿Cómo pasar por alto algo tan magnífico? Si así lo hiciéramos, estaríamos negando nuestra propia identidad. Pero la mirada retrospectiva de Adviento nos proporciona seguridad.

 2. La mirada prospectiva.

 Pero si el cristiano mira hacia el pasado, igualmente también mira hacia el futuro . Si solamente tuviera la primera mirada, sería un retrógrado anclado en el tiempo; si solamente tuviera la segunda, fácilmente podría caer en el delirio o el ensueño. Pero vive en un equilibrio, en una sana tensión entre lo que pasó y lo que ha de suceder, constituyendo lo primero la garantía y certeza de que lo segundo se cumplirá también.

Así pues,  si hay alguien que mira con esperanza hacia el futuro ése es el cristiano, porque ese futuro está delineado de acuerdo a un plan que no va a fallar . Un plan maestro en el que habrá un punto de desenlace y otro de inauguración. Este mundo que tiene fecha de caducidad se disolverá para siempre y un mundo nuevo, nutrido con la cualidad indestructible de la justicia, será creado. Por tanto, lo que espera el cristiano no es un parche más, ni otro remiendo para ir tirando, sino un cielo nuevo y una tierra nueva. Nada más y nada menos.

Adviento es portador de ese mensaje, porque  el segundo advenimiento de Jesús a esta tierra será el preludio que dé comienzo a esa nueva era , que no será sustituida por ninguna. Un advenimiento estremecedor, en el que las mismas partículas elementales constituyentes de esta creación serán destruidas; cuánto más todas las obras que los seres humanos hemos fabricado. Frente a la incertidumbre que se cierne sobre Europa y el mundo, Adviento nos trae un mensaje de esperanza, pero de una esperanza basada en algo mejor que los débiles planes humanos.

 3. La mirada introspectiva.

Mientras que las dos anteriores miradas tienen que ver con el ayer y el mañana,  esta tercera mirada tiene que ver con el ahora. Y si las otras dos van dirigidas hacia afuera, ésta va dirigida hacia dentro . Es decir, que estamos ante una mirada que es actual y personal. Juan el Bautista confrontó a su generación con esta mirada, en vista de lo que era inminente. De ahí que les exhortó a no poner su confianza en engañosos fundamentos, sino en el único que tiene verdadero valor ante Dios:  un arrepentimiento genuino, una vuelta de corazón a sus caminos y una puesta en práctica concreta de la voluntad de Dios, de acuerdo al estado y ocupación de cada uno .

Podemos mirar hacia atrás y hacia adelante, pero no podemos olvidar que el pasado y el futuro demandan de nosotros en el presente una determinada manera de vivir. Es por ello que el examen escrutador, que la investigación de la conciencia hace falta para ponernos en sintonía con lo que Dios manda.

 Adviento nos recuerda eso. Que los valles se alcen, que los montes se bajen, que lo torcido se enderece y que lo áspero se allane.

Autores: Wenceslao Calvo

©Protestante Digital 2011


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El sufrimiento muchas veces tiene argumentos incontestables, es decir, preguntas sin respuestas. Un prestigioso psiquiatra dice que hay dos tipos de sufrimiento difícil (¿quizás imposible?) de comprender: el sufrimiento de los animales y el sufrimiento de los niños (o personas indefensas en general). El de los animales porque al moverse por instintos no tienen conciencia de la muerte y ¿qué sentido tiene para ellos sufrir? Y el de los niños, porque un argumento a favor del sufrimiento es su valor terapéutico, y la muerte por enfermedad nos hace preguntarnos con impotencia y dolor, ¿para qué le sirvió ese dolor?

Generalmente, nuestro acercamiento y debate sobre Dios y a la Biblia lo hacemos mediante planteamiento conceptuales aunque muchas veces se da una verdadera vocación. El tema del sufrimiento nos toca de lleno el corazón, el dolor que sentimos y la pena que nos abruma.

¿Por qué Dios permite el sufrimiento, las catástrofes naturales, las guerras y la

pobreza?

¿Es Dios un Dios masoquista? Pensar que Dios actúa deliberada y caprichosamente contra el ser humano nos expone a cualquier desgracia sin tener siquiera el consuelo de que Dios nos puede ayudar. Entonces, la indignación y rebeldía surge de nosotros contra Dios.

Ahora bien, ¿es Dios el último responsable de todo cuanto acontece?

Pensemos en las guerras y en la pobreza de este planeta. Una de las figuras utilizadas en la Biblia para explicar la relación de Dios con la gente es la figura de un Padre y un hijo. ¿Tú eres hijo, verdad? Con sentido común y en parámetros de normalidad, ¿un padre puede dejar de amar a un hijo? El padre ampara al hijo porque le ama, sólo por este motivo. Sin referirnos a Dios,

¿Podemos explicar las guerras y el hambre? Quizás estemos atribuyendo a Dios consecuencias sin ser él responsable. Sobre las catástrofes humanas es difícil pronunciarse. Sobre el Tsunami del pasado diciembre (2004), un líder musulmán lo atribuyó a un castigo divino a causa de la inmoralidad que se manifestaba. ¿Hay algo de verdad en todo esto? ¿Es una manipulación en nombre de Dios? ¿…?

Sobre le sufrimiento sigue habiendo argumentos incontestables. Por este motivo, no hemos pretendido una argumentación prepotente para dar explicación a muchas cosas que simplemente se nos escapan. Con todo, dos cosas importantes que es necesario destacar:

La primera tiene que ver con la condición de cada uno de nosotros. Huimos del sufrimiento en busca continua del placer. Pero sin querer contar con Dios, no entenderemos nunca el por qué. Lo admirable en situaciones que nos desbordan es saber que Dios conoce (aunque yo no comprenda) y sobretodo que hay consuelo.

En segundo lugar, el mejor argumento que ha dado Dios para experimentar el sufrimiento es Jesucristo.

http://gbuconecta.org

Historia de un asesino

Publicado: octubre 24, 2011 en Meditaciones


By Scotty Smith

” In the same way, the Spirit helps us in our weakness. We do not know what we ought to pray for, but the Spirit himself intercedes for us through wordless groans. And he who searches our hearts knows the mind of the Spirit, because the Spirit intercedes for God’s people in accordance with the will of God. And we know that in all things God works for the good of those who love him, who have been called according to his purpose.Romans 8:26-28
Dear Father, this is one of those days when I could create a long prayer list and methodically go through it, but I’m not sure I would really be praying. I could go through the motions, but to be quite honest, it would be more ritual than reality—more about me, than the people and situations I’d bring before you. I’m feeling distracted this morning, scattered and not very focused at all.

It’s one of those days I’m glad the gospel is much more about your grasp of me than mygrip on you. It’s one of those days I’m grateful your delight in me is not contingent upon my delight in you.  It’s one of those days I’m very thankful for the prayer ministry of the Holy Spirit.

Gracious Father, I have no problem or reluctance in acknowledging my weakness this morning. In fact it’s freeing to know your Spirit doesn’t abandon us when we’re weak, but helps us in our weakness. Just as Jesus constantly prays for us, the Holy Spirit faithfully prays in us through “wordless groans.” Though I don’t understand everything that means, I do get the part about you searching our hearts and knowing the mind of the Spirit, and that brings me incredible comfort today.

No one knows our hearts better than you, Father. And you search our hearts to save us, not shame us; to deliver us, not demean us; to free us, not frown upon us; to change us, not chide us. You know my past and future, my fears and my longings, my struggles with sin and my standing in grace. What a glorious and gracious God you are!

And at this very moment your Spirit is praying inside of me—perfectly tuned into my needs and in total harmony with your will. I cannot measure the peace that brings. I surrender right now, Father. I gladly groan to your glory. I collapse on Jesus in this very moment. I will not waste any energy today in the paralysis of analysis, vain regrets, pretending or posing. I know you are at work for my good in all things, including in my unrest and uncertainty.

Father, all I have to do is look at Jesus and know these things are true, for he is the author and perfecter of my faith. It’s because of what Jesus has done, not what I do, that you love me. You have called me to life in him and you will complete your purpose in me. I do love you, I would love you so much more. So very Amen I pray, in Jesus’ merciful and mighty name.

http://thegospelcoalition.org

Una tarea inacabada

Publicado: junio 27, 2011 en Meditaciones

Por Enric Capó

La tarea inacabada es la de nuestra vida. Eso no es una novedad. Todos los sabemos. Llegará el día en el que nuestros ojos se cierren para siempre y nuestro cuerpo vuelva al polvo del que fue tomado. Entonces, todo se habrá acabado. Nuestra vida aquí en la tierra habrá quedado fijada para siempre, un recuerdo a olvidar. Antes de que pase una generación sólo seremos un nombre en un registro que nadie lee. Pero –y esta es nuestra esperanza- estaremos en la memoria y en la realidad de Dios.

Ahora bien, este momento final de la vida todavía no ha llegado y no tenemos ninguna prisa en que llegue. Estamos aquí y la tarea inacabada no es esperar el fin de la vida, sin perfeccionarla, sacarle todo el jugo posible, gozarla, hacerla plena y gozosa. Es vida de Dios y mientras El nos la dé, hemos de vivirla en el gozo y la libertad de los hijos de Dios.Esto no es siempre posible. La vida, la gozamos y la padecemos al mismo tiempo. Tiene luces y sombras, sonrisas y lágrimas. Cada uno de nosotros sube al tren de la vida en lugares diferentes y la vivimos de manera diferente. Unos tienen todas las comodidades de los pasajeros de primera y otros viajan agarrados a los estribos, a punto de caer. Aquí no valen leyes ni derechos. Las cosas con como son y no encontramos ninguna explicación a todo ello.

Pero, lo que Pablo nos dice en su carta a los Romanos capítulo5 es que, para el creyente, hay un ahora que está marcado por el amor de Cristo. Es un ahora en la debilidad y en el dolor, pero que está lleno de oportunidades. La vida es una tarea que nunca se acaba, un esfuerzo que nunca se ha de dar por inútil. Es la tarea de dar contenido y sentido a la vida. Pablo
empieza con su realidad: la aflicción y la tribulación. Pero no las ve como cosas negativas, sino como oportunidades de crecimiento. E, incluso, puede
encontrar en ello motivos de gloria. La tribulación lo fortalece en la paciencia, sabiendo que, pase lo que pase, la victoria final será suya. Y esta seguridad le da fuerzas, calidad de vida, para vivir la esperanza en plenitud.
Es toda una tarea de formación de una persona en la que todo es aprovechable. Una tarea que incluye tratar de ayudar a los que comparten su vida a su alrededor. Todo un programa de acción.

La tarea inacabada es la de mi vida. Mientras estoy aquí, tanto si las cosas son fáciles como si son difíciles, tanto si mi esperanza de vida es corta o larga, he de continuar la tarea, he de perfeccionar la vida, he de luchar para hacerla llena y que sirva de ayuda y de bendición a los que viven junto a mi, aprovechando todos sus recursos. Y estoy seguro que, en el momento en que El me la pida y la tenga inacabada, El mismo la perfeccionará y le dará un final en plenitud.

Enric Capó

http://www.iee-es.org/


Elsa Tamez

14 Porque él es nuestra paz, que de ambos pueblos hizo uno, derribando la pared intermedia de separación, 15 aboliendo en su carne las enemistades, la ley de los mandamientos expresados en ordenanzas, para crear en sí mismo de los dos un solo y nuevo hombre, haciendo la paz, 16 y mediante la cruz reconciliar con Dios a ambos en un solo cuerpo, matando en ella las enemistades.17 Y vino y anunció las buenas nuevas de paz a vosotros que estabais lejos, y a los que estaban cerca; 18 porque por medio de él los unos y los otros tenemos entrada por un mismo Espíritu al Padre. 19 Así que ya no sois extranjeros ni advenedizos, sino conciudadanos de los santos, y miembros de la familia de Dios, 20edificados sobre el fundamento de los apóstoles y profetas, siendo la principal piedra del ángulo Jesucristo mismo, 21 en quien todo el edificio, bien coordinado, va creciendo para ser un templo santo en el Señor; 22 en quien vosotros también sois juntamente edificados para morada de Dios en el Espíritu.

(Efesios 2:14-22)

Oler es uno de los cinco sentidos de los humanos que, como los demás, hace participar la mente, el cuerpo y el sentimiento. Cuando hueles algo, conoces y al mismo tiempo sientes. Por un lado se discierne con la mente lo que uno huele y por otro, al entrar el olor en el cuerpo por medio de la nariz, brotan sentimientos de placer, serenidad, o de asco y rechazo. Oler te puede llevar a una acción, de huida o de búsqueda; o simplemente de gratitud a la vida. Si olfateas algo que apesta huyes o tratas de quitar lo que hiede y si es tu hermana quien hiede te mueve a llorar y abrazar, te aguantas el mal olor. Ahora, si hueles algo que te agrada hasta el alma, caminas hacia ese olor y todos tus sentidos se despiertan: quieres ver lo que hueles, saborearlo, te guías por ruidos hacia el olor y ansías tocarlo. En otras palabras sentimos que vivimos y damos gracias a Dios por ello.

Esto ocurre con las cosas cotidianas, como con un pan sabroso o un perfume. Pero cuando sentimos que olemos a Dios en todas partes, es algo mucho más profundo y misterioso: es experimentar la trascendencia en todo el cosmos desde lo más minúsculo hasta lo más imponente. En todos los cuerpos terrenales y también en los cuerpos celestes, como las estrellas; y hasta en la Iglesia de Cristo que es su cuerpo terrenal y celestial.

Experimentar la trascendencia en nuestro mundo es como sentir a Dios en todas partes despidiendo un olor muy particular. Es verdad que Dios puede oler feo, de hecho nuestro mundo actual despide este olor feo de Dios a menudo: en las guerras, las torturas, las violaciones de mujeres, el abuso a las niñas y los niños, en el desempleo y en los ríos contaminados. Porque, sabemos, allí habita el Dios crucificado solidario. Este olor despreciable advierte que no se respetó la trascendencia, o la gloria divina reflejada en las criaturas de Dios. Pero ese no es el olor que queremos.

Quiero imaginar la paz en nuestro mundo y nuestra casa como la corola de una flor que despide un olor a Dios. Olor que lleva a discernir su presencia en cada cosa creada, ya sea por Dios o por los humanos. Esto sería como el fin de toda violencia de humanos contra humanos y de humanos contra la naturaleza. Porque así como no puedo asir, agarrar con mis manos el olor para apoderarme de él, así tampoco puedo dominar a las personas y los pueblos: su olor a Dios me detiene. Es un olor de paz, de reconciliación, porque se respeta el olor de Dios en el otro.

La carta a los Efesios sugiere que todo el cosmos es morada de Dios, como un templo santo, como una construcción bien hecha, con excelentes fundamentos. La llama Iglesia, pero como hoy día este término e ha vuelto estrecho, yo la llamaría comunidad cósmica, donde cabe la diversidad de espiritualidades. n esta comunidad todo se vive “en Cristo”, imagen profunda y constante en Efesios. Fórmula que expresa que todo respira a Dios y huele a Dios porque vivimos ligados a esa atmósfera divina. Jesucristo es para los cristianos el “Dios con nosotros”, el “rostro humano de la trascendencia”. Según Ef 2:20 el rostro humano de Dios es el pilar de esa morada habitada por Dios. Esta piedra angular n la construcción de la comunidad cósmica, recuerda perennemente que él mismo es paz, la hace  la anuncia como buena noticia (2:14, 15, 17). Tiene autoridad para hacerlo. Sabe en carne propia qué es la violencia, la tortura y la traición porque padeció la crucifixión causada por la pax romana; otra clase de paz militar que cree que matando a los malos se alcanzará la paz. Paz militar, paz sin justicia ni abrazos. Pero “Dios con nosotros”, que encarna la paz, despide un olor a paz sin muertos, ni violaciones, ni dominaciones, ni exclusiones. Una paz que se edifica derribando no a las personas que trepan a los muros, sino a los muros de la enemistad. Es una paz que no se construye edificando muros e autoprotección contra migrantes o para repeler las guerras. Los muros no llevan más que al odio, la exclusión, el miedo, el asesinato, la avaricia.

Efesios 2:20 dice también que los ancestros de esta comunidad cósmica, es decir los apóstoles y profetas que siguieron ese olor de Dios, también forman parte de los cimientos de esa comunidad universal. Estos pioneros de la comunidad nos recuerdan la vocación a la cual hemos sido creados: vivir simplemente como humanos, interrelacionándonos como hermanos y hermanas, como familia de Dios, incluyendo a la hermana luna y al hermano sol. Las huellas de los ancestros, forjadores de la comunidad, iluminan nuestro caminar.

Imagino la paz vivida en una comunidad cósmica, donde todos tienen cabida, desde los niños llenos de mocos hasta los ancianos que usan pañales. Y todo se respeta porque todo huele a Dios.

En esta comunidad cósmica, templo santo y morada de Dios, no hay armas, ni siquiera de juguete; la pesadilla de la guerra y los atracos queda atrás, enterrada entre los escombros de los muros de separación. No hay violencia porque la paz verdadera trae comida y trabajo y dignidad. Tampoco hay discriminaciones, porque no hay pueblos que viven lejos ni pueblos que viven cerca (2:13). No hay elegidos, ni atrasados. Todos los pueblos viven en el regazo de Dios, cuyo corazón palpita la paz y la reconciliación. Los que estaban lejos no se asimilaron a los que estaban cerca, y los que estaban cerca no preservaron sus privilegios sobre los demás, porque se hizo de todos una comunidad cósmica nueva, bendecida en su diversidad de lenguas, culturas y modos de dar gloria al Dios creador.

Por eso imagino la paz sin asimilaciones ni exclusiones, sin dominios de unos sobre otros. Y es que el olor a Dios del otro frena los impulsos del sometimiento y de la puñalada. En esta nueva comunidad humana se vive la diversidad en paz, atrás quedan las mañas de acumular dinero a costa de los pobres y de preferir el color blanco y rubio al café y negro. Ah, y no hay a quien se le ocurra alimentar las máquinas en lugar de a los seres vivos porque esta comunidad nueva pluricultural es sensata, vive la sabiduría de Dios.

Así es la paz que imagino y la veo en la Carta a los Efesios como una promesa que quiero creer es posible. Me da fuerza para no temer a las fuerzas ocultas de poderes y potestades (6:12), fuerzas que no vemos pero cuyos golpes sentimos. A esa mano invisible que hace que las monedas de los países suban y bajen o que el petróleo suba sin parar y que de pronto los alimentos básicos se vuelvan inalcanzables. Porque Dios, dice la epístola, recapituló todos los acontecimientos y las cosas en la tierra y en los cielos para que confluyeran en la divinidad crucificada (1:10) y resucitada por amor a la humanidad. Me mueve la esperanza de que así como el crucificado fue resucitado y llevado a una posición más allá de los poderes ocultos (1:20), así también nosotros, hemos sido resucitados y colocados en esa misma posición (2:10). Por eso creo que todos somos de alguna manera “Dios con nosotros” porque olemos a Dios en todas partes y despedimos olor de Dios.

Pero, claro, cuando abro los ojos y veo al mundo que nos rodea, pienso que esto que he dicho no es más que una plegaria, un clamor a Dios desde el Espíritu de Dios en mí, igual que el de la tierra que gime como una mujer parturienta (Ro 8:22).

Elsa Tamez, de nacionalidad mexicana; especialista en Estudios Bíblicos y asesora de traducción de las Sociedades Bíblicas Unidas; profesora emérita de la Universidad Bíblica Latinoamericana de Costa Rica.

Esta meditación bíblica ha sido publicada en el libro “La paz: imagínala“, una colección de recursos litúrgicos preparados en el marco de la Convocatoria Ecuménica Internacional por la Paz 2011.