Archivos de la categoría ‘Misión Integral’


Juan Simarro Fernández

Derechos humanos, los cristianos y los pobres (4)

 
A los que viven sin conciencia y en la sinrazón
Cuando nos miramos en los rostros de hombres acumuladores y despojadores, parece que hay muchos hombres que deberían ser ayudados devolviéndoles la razón y la conciencia.

 

Los pueblos sufren precisamente porque tienen razón y conciencia, porque pueden razonar sobre la realidad adversa que les envuelve, pueden tener conciencia de su dolor y de su sufrimiento. Incluso pueden llegar a saber el porqué de su marginación, de su exclusión. Muchos seres humanos en el mundo, son tratados como si no tuvieran ni razón ni conciencia. Como si fueran fardos de paja… peor que los animales. No sólo que pueden ser explotados y abusados, sino que son totalmente excluidos. Como he dicho en otras ocasiones, sobrante humano… pero tienen razón, tienen conciencia. Son nuestros prójimos.

Una mujer inmigrante en mi iglesia, en un culto libre en el que los miembros pueden salir a dar su testimonio, nos contaba como la trataba la española a la cual servía en el trabajo doméstico: Después de decir varios detalles, concluía:  “me trata peor que a un perro. Mucho peor, porque yo tengo un perrito y lo cuido… no lo maltrato. Ella me grita, me insulta, me hace todo tipo de vejaciones… pero no puedo hacer nada, sólo aguantar… tengo que pagar una hipoteca…”. 

Esto ocurre dentro de lo que llamamos el primer mundo, el mundo rico. En el seno de una ciudad moderna como Madrid. Pero hemos de tener en cuenta que los pobres, los inmigrantes, los sufrientes del mundo, tienen razón y conciencia… y sufren por ello. Su sufrimiento es un grito por la ayuda que no les llega, un SOS a la conciencia del mundo y, por ende, a la conciencia de los cristianos.

Sin embargo, la Declaración Universal de los Derechos Humanos, en su artículo 1 establece que todos los seres humanos,  “dotados como están de razón y conciencia, deben comportarse fraternalmente los unos con los otros”. 

No están los Derechos Humanos muy lejos de la Biblia, con los mandamientos de amor al prójimo como a nosotros mismos, amor en semejanza con el amor a Dios mismo.  “Os doy un mandamiento nuevo: que os améis los unos a los otros como yo os he amado” . Comportarse fraternalmente es amar, es hacer projimidad, es seguir las líneas marcadas por Jesús. Es por eso que los cristianos deben apoyar los Derechos Humanos porque éstos no están muy lejos de los mandamientos bíblicos.

Hablamos de los Derechos Humanos en medio de un escándalo humano, el escándalo de un mundo totalmente desigual, en un mundo en donde el 80% de la humanidad está en pobreza. El primer derecho humano sería el poder comer, beber aguas mínimamente limpias para que los niños no mueran por enfermedades que se pueden prevenir o vencer. Esos niños desnutridos, esos hombres que envejecen antes de tiempo y se debilitan, tienen razón y conciencia. Más aún, están creados a imagen y semejanza del mismo Dios, de ese Dios del que nosotros decimos que le conocemos y amamos.

En un mundo en donde no se cumplen los Derechos Humanos, en donde hay torturas, muertes por hambre, en un mundo donde están los “sin techo”, las infraviviendas, la miseria, mundo de dignidad robada… pareciera que pudiera haber hombres, mujeres y niños que no están dotados ni de razón ni de conciencia, pero la tienen. Eso hace que experimente el sufrimiento y la angustia a flor de piel.

Eso redunda en eso que hemos llamado un escándalo al que, a veces, desde el mundo rico queremos justificar o, simplemente, darle la espalda… pero seguimos diciendo en nuestros entornos consumistas que respetamos los Derechos Humanos… mientras tiramos comida a la basura o hacemos gastos innecesarios en cantidades sin límite. Los Derechos Humanos siguen diciéndonos que  “dotados como están de razón y conciencia, deben comportarse fraternalmente los unos con los otros”. La llamada es a un comportamiento fraternal. Lo podemos poner en línea, si queréis salvando las distancias, con el concepto bíblico de projimidad.

Pareciera que los Derechos Humanos se equivocan. ¿Por qué? Porque en otro sentido, desde el punto de vista humanitario, sí se puede decir que parece que hay hombres sin conciencia y sin razón, que hay hombres que no responden en nada a la imagen de Dios en sus vidas… pero no son precisamente los débiles y sufrientes del mundo los no dotados de conciencia y razón, sino sus amos, los que ponen sus escaseces en sus mesas y comen y consumen hasta quedar ahítos de espaldas al hambre de tantos coetáneos suyos. Se comen no sólo lo propio, sino lo ajeno, se alimentan del hambre de los empobrecidos de la tierra.

Cuando nos miramos en los rostros de muchos hombres insolidarios, acumuladores y despojadores, parece que hay muchos hombres que deberían ser ayudados devolviéndoles la razón y la conciencia. Son hombres que, más que conciencia, parece que ésta ha sido exterminada por un corazón duro, un corazón de piedra, un corazón con una potencialidad de cometer los mayores males que uno pueda imaginar. Devolved la conciencia a los malvados, devolved la razón a los despojadores.

Pareciera, si miramos los desequilibrios, abusos, injusticias y opresión a los que muchos son sometidos, que esta parte del primer artículo de la Declaración de los Derechos Humanos es falsa. Que sí hay hombres sin conciencia y sin razón. Que hay seres humanos que parece no estar dotados de esos dones que nos hacen ser semejantes al Creador. Muchos tratan a sus congéneres como si fuesen objetos o máquinas de las que se pueden servir sin ningún tipo de miramientos… o dejarlas tiradas en la basura, al margen del camino, en el olvido.

El amor al dinero y al poder embotan esas dos cualidades. Se mantienen adormiladas por el amor al dinero y al poder, son incapaces de comportarse tal y como piden los Derechos Humanos:  “fraternalmente los unos con los otros” … porque tenemos conciencia y razón. Porque todos somos hijos de un mismo Padre, hechos a imagen y semejanza de Él. Señor, mantennos con una conciencia alerta, limpia y solidaria, apoyada en la razón que tiene que estar en contra de la sinrazón del escándalo de la pobreza en el mundo.

 

Autores: Juan Simarro Fernández

©Protestante Digital 2013

 

Juan Simarro Fernández

Derechos Humanos, los cristianos y los pobres (3)

¿Quiénes son los culpables? ¿también la iglesia?
Muchas veces la iglesia y los cristianos han hecho teología sin raigambre con los problemas existenciales del hombre

 

Cuando nos enfrentamos con un texto como el del artículo 1 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, texto que ya hemos comentado también en el artículo anterior:  “Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y en derechos”,  y vemos en el mundo personas robadas de su dignidad y con sus derechos pisoteados desde su nacimiento, nos podemos preguntar: ¿Quién tiene la culpa de que no haya ni libertad ni igualdad para estas personas, que nacen como caídas en rincones privados de esos derechos, que para ellos son estrictamente teóricos y formales, presas de un destino adverso, de un  fatum  casi inevitable, de un destino arrasador, nacidos en un foco de pobreza alejados de toda posibilidad de igualdad o libertad? ¿Hay culpables también en la iglesia?

Los cristianos, y todos los humanos en general, tendríamos que pararnos y buscar las causas de estos incumplimientos de los Derechos Humanos… y actuar, trabajar para crear nuevas condiciones en el mundo para que no se den esas posibilidades de nacer ya despojados de todo derecho y bien. Igualmente, junto a las causas, también vamos a encontrar culpables, tanto en el ámbito individual, como en el estructural. ¿También tú o yo?

Los cristianos debemos saber que la Biblia no camina a la zaga de la defensa de los Derechos Humanos. Los supera y se pone en un estadio superior, pero, a su vez, baja a la arena de la realidad y se pone en línea con la defensa de los humillados y ofendidos, de los privados de sus derechos como personas. También habla de libertad y refuerza la dignidad de las personas… imagen y semejanza de Dios. Pues a todos los nacidos les dice la Biblia:  “Porque no recibisteis un espíritu de esclavos para recaer en el temor” .

Si los hombres, como dice el artículo 1 de los Derechos Humanos,  “nacen libres e iguales en dignidad y en derechos” , ¿qué es lo que está fallando en la sociedad y en la iglesia para que no se oiga un grito de denuncia y de reclamo del reconocimiento de la dignidad y libertad inherente a toda persona por el hecho simple de haber nacido? Pregunta ante la que nos deberíamos parar y detenernos a reflexionar… para pasar luego a la acción, a la lucha por la liberación de las personas apoyados en los valores del Reino que nos dejó Jesús. O somos liberadores, o somos culpables. También la iglesia: o es liberadora o es culpable… aunque sólo sea por omisión de la ayuda.

Los cristianos puede ser liberadores y eliminadores de las causas que esclavizan y determinan a muchas personas para que no puedan vivir su libertad “Conoceréis la verdad y la verdad os hará libres” , nos dice Jesús. Los cristianos, los que conocemos la verdad que libera y que nos convierte en agentes de liberación, debemos trabajar todas estas áreas y gritar: ¡Hay esperanza! La suerte no está echada.

Tenemos que gritar a voz en cuello, como dice la Biblia, diciendo que hay una luz de esperanza en el fondo del túnel. Cuando la iglesia calla, es culpable. Las sociedades y las personas pueden cambiar. La iglesia también. La voz profética de los creyentes puede ser como una deflagración que cambie corazones y vidas, valores y prioridades en el mundo. Hay que luchar enarbolando los valores del Reino, valores liberadores, restauradores de la dignidad robada, de la libertad, de la igualdad. Es parte de la misión de la iglesia. Luchar hasta la extenuación… contra toda desesperanza. ¿Estamos los cristianos dispuestos a esta lucha, a una vida de servicio como agentes de liberación del Reino?

Ante la dureza del corazón del hombre y la fortaleza de las estructuras sociales injustas que impiden la vivencia y el cumplimiento de este primer artículo de los Derechos Humanos, quedando éstos como algo estrictamente formal en tantos casos, cuando parece que no es posible y que nuestras fuerzas nos abandonan, nos queda por delante la utopía, la utopía del Reino, una utopía movida por la esperanza y por unos valores que son contracultura en medio de nuestras sociedades desiguales, injustas y no libres. La Iglesia, en su lucha a favor del hombre, de los valores del Reino y de los Derechos Humanos, también debe ser utópica tendiendo a la implantación del Reino de Dios y sus valores en la tierra.

Debemos ser todos un poco utópicos. La fuerza de la utopía, la utopía por la implantación de la justicia y bondad en el mundo, debe mover nuestra lucha, nuestro trabajo, nuestros desvelos… la lucha y el quehacer de la Iglesia. Pensar que, quizás, con el esfuerzo de muchos y la confianza en el Altísimo, estemos caminando hacia un mundo mejor para todos, para mí, para ti y para los tuyos… y para toda la creación.

Por eso, una llamada a la iglesia: mientras que Jesús anunció la salvación para la eternidad y, en una relación de semejanza, se fundió en el destino de la historia, en el aquí y el ahora de cada hombre, en su lucha existencial y en su liberación, muchas veces la iglesia y los cristianos han hecho teología sin raigambre con los problemas existenciales del hombre, sin lucha por la liberación de los que están siendo explotados y oprimidos, de los que están siendo robados en su dignidad, en desigualdad y esclavitud… Muchas veces se predica una salvación desencarnada. ¿Está la iglesia de espaldas al dolor de los hombres?

Pareciera, a veces, que los Derechos Humanos son ajenos a nuestra teología y a nuestra vivencia de la espiritualidad cristiana. Los Derechos Humanos, si realmente son humanos, no pueden ser ajenos a la Biblia. Nada humano es ajeno a Dios. Lo que le es ajeno es lo inhumano, el robo de dignidad de las personas, el mantenerlas en la infravida, en el sufriente no-ser de la marginación, la pobreza y el sufrimiento.

A veces, los cristianos nos olvidamos del hombre, del auténtico lugar sagrado para Dios. Sin embargo, la Biblia habla a favor de la dignidad del hombre, de su libertad e igualdad, de su dignidad intrínseca por el hecho de ser imagen de Dios… Habla en paralelo a todos y cada uno de los Derechos Humanos… como en un torbellino lleno de autoridad y de fuerza que quiere lanzarnos, para lanzar a su Iglesia, también a la defensa de este primer artículo en el que se enfatiza que  “Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos” .

La Biblia es aún más clara y más dura, más excelsa y superadora. Así, pues, si eres o te consideras cristiano, lánzate a la denuncia y a la acción consecuente con tu fe. Conviértete en agente de liberación. Libera, busca dignidad, justicia, libertad y derechos, porque hay muchos que no los tienen. Trabaja para que la iglesia sea también iglesia del Reino que asume todos y cada uno de sus valores éticos, solidarios, compasivos, de servicio, de liberación y redención de los últimos, los desclasados, los proscritos.

Nosotros tampoco nos podremos sentir libres en medio de un escándalo humano de tamañas dimensiones. Tampoco se podrá sentir libre la Iglesia. Tenemos que optar entre ser culpables, aunque sólo se sea culpables por el pecado de omisión de la ayuda, o liberadores. ¡Señor, conviértenos en liberadores! Que entre las opciones de ser culpables o liberadores, escojamos la mejor, la de ser liberadores siguiendo tus pisadas y tu ejemplo. Así debe ser la Iglesia que queremos.

Autores: Juan Simarro Fernández

©Protestante Digital 2013

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Juan Simarro Fernández

Derechos Humanos, los cristianos y los pobres (2)

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¡Cuántos pobres hay condicionados de origen por su entorno de nacimiento, por haber nacido en un foco de pobreza que le condiciona de por vida!

Dice el artículo 1 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos que  “todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos”. Tremenda expresión. Todos los hombres libres e iguales. La igualdad y la liberación nos son dadas por Dios. Dios nos ha creado a imagen y semejanza suya. De ahí nace nuestra dignidad y nadie se la debe arrebatar a nadie… aunque, desgraciadamente, haya en el mundo ladrones de dignidad. Sólo este concepto de dignidad debería crear en el mundo unas dinámicas generadoras de libertad e igualdad, de solidaridad y de justicia.
Yo, que conozco bastante el ámbito de la pobreza urbana de las grandes ciudades del mundo rico, el llamado Cuarto Mundo Urbano, tratado por mí mucho más que otras pobrezas severas que se dan otros lugares del mundo pobre, no sé si me atrevería a gritar ante un excluido de los bienes materiales, sociales y culturales,  que “todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos” .
¡Cuántos pobres hay condicionados de origen por su entorno de nacimiento, por haber nacido en un foco de pobreza que le condiciona de por vida!Adquieren una mentalidad de  fatum  o destino de la que no les es fácil desprenderse. Muchos nacen ya sin libertad, sin igualdad… nacen presa del fatum o destino de los pobres que se desarrollan en los terribles focos infectos de pobreza. Teóricamente, formalmente, nacen libres e iguales. Pero sólo teóricamente o desde el punto de vista formal. Su triste realidad les rompe toda posibilidad de igualdad o de libertad. Nacen ya condicionados, determinados.
Así, los que trabajan por el cumplimiento de los Derechos Humanos, deberían comenzar por crear las condiciones sociales para erradicar de la tierra todo foco de pobreza y de exclusión social. Esto se transforma en una llamada de responsabilidad práctica y solidaria a los cristianos. Para que esto se cumpliera habría que trabajar para que todos los niños abrieran sus ojos a la luz en situaciones socioeconómicas de cierta dignidad, que nadie esté condicionado en su libertad, dignidad y derechos por nacer ya en focos de pobreza, focos que van a moldear tanto la desigualdad, como la dignidad, como los derechos. Mucho trabajo por hacer para que los Derechos Humanos sean una realidad para todos.
Muchas imágenes hay en mi mente de pobres urbanos, de personas en medio del mundo rico, hundidos tanto psicológica como físicamente por haber nacido en un foco de pobreza y haber deambulado por el mundo con ese estigma de ser pobre… desde siempre.  “Yo soy pobre” , dirán. Como si esa fuera su condición ontológica. Como si se pudiera nacer ya pobre, sin dignidad y sin derechos. Personas indudablemente impregnadas de la dignidad que le da el ser criaturas de Dios, por tanto  “libres e iguales”  a todos los demás, pero deambulan como muñecos rotos, impregnados, quizás, del alcohol, como marionetas manejadas por el destino. Su desigualdad y robo de dignidad ha comenzado en el momento de nacer. ¡Tristezas amargas de la vida, o de la antivida, del no-ser de la marginación!
Si nos fijamos en el concepto de projimidad de Jesús, en su mandamiento de amor al prójimo, no podemos dar la espalda a estas realidades. Si lo hacemos estamos traicionando a nuestro hermano, al prójimo sufriente y, por tanto, a Dios mismoque compara el amor a Él y al prójimo en relación de semejanza. La Búsqueda de la justicia y el trabajar por el cumplimiento de los Derechos Humanos se puede convertir en una práctica de projimidad, de ayuda y de amor al prójimo.
Recuerdo: Un pobre urbano, nacido en un foco de pobreza, moldeado desde su nacimiento por ese fatum o destino del que se creen presa muchos de los pobres desde el momento de nacer. Gastado, con el cuerpo inclinado y encorvado como si no se atreviera a mirar hacia adelante… la soledad le pesaba como una grande losa de mármol. Pasaba por la Misión en busca de alimentos y de ropa sin gran interés por otros temas de información o de seguimiento tendente a su posible rehabilitación. No era fácil trabajar con él en el aumento de su autoestima, en su liberación y en su integración en la sociedad. Había nacido en un foco de pobreza. No había tenido posibilidad de elección.
No había nacido ni libre, ni igual en dignidad y en derechos… Teóricamente sí. Desde un punto de vista estrictamente formal, había nacido libre e igual en libertad y en derechos, pero en realidad había nacido ya presa de la injusticia, del desigual reparto, de los desequilibrios sociales y económicos. De un tajo se le robó su dignidad desde el momento de nacer. Se había ido abandonando. Olía mal. No tenía interés por el aseo personal. No se curaba sus enfermedades. Tenía las piernas hinchadas y dependía del alcohol… un día entró en la sala de la Misión Urbana de Madrid y dijo que tenía bichos en las heridas de los pies. Recuerdo que se llamó a una ambulancia y lo llevaron al hospital …  Triste recuerdo. Una persona que había nacido y no había podido salir de su foco de pobreza, de su mentalidad de fatum adquirida, determinado física y psicológicamente… ¿hasta qué punto? ¿Podemos los cristianos cambiar estas vidas? Hay que ser utópicos. Siempre hay un halo de esperanza.
Desde estas líneas animamos a los creyentes a convertirse en las manos y los pies del Señor en medio de un mundo injusto, de derechos formales, pero que no tienen reflejo en la realidad de muchas vidas. Trabajemos por eliminar focos de pobreza, estructuras de poder y económicas injustas, por llevar justicia a los injustamente tratados, por conseguir una mejor redistribución de los bienes del planeta tierra, por acercar los valores del Reino a los pobres que en el mundo son legión. Un escándalo humano y una mancha que nos afecta a todos.
Trabajemos por crear las condiciones necesarias en el mundo en el mundo para que, realmente, los hombres puedan nacer iguales en dignidad, libertad y derechos. Trabajemos y luchemos por una conjunción de los valores del Reino con toda la vertiente práctica del trabajo por hacer que los Derechos Humanos se cumplan y sean una realidad.

Autores:  Juan Simarro Fernández

©Protestante Digital 2013


Juan Simarro Fernández

Derechos humanos, los cristianos y los pobres (1)

 Introducción

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Comenzamos una nueva serie con el tema:  “Los Derechos Humanos, los cristianos y los pobres” . Así, pues, nos introducimos por un largo camino en el tratamiento de estas temáticas tan comprometidas. Pedimos la ayuda de Dios para que todo llegue a buen término, a conseguir la meta que deseamos de concienciación de los cristianos sobre el tema de los Derechos Humanos, derechos tan cercanos a los valores bíblicos, a los valores del Reino.Venimos del tratamiento de los temas de dos series basadas en los Evangelios. Dos años trabajando y comentando los Evangelios. Una grata experiencia para mí. Espero que lo haya sido también para vosotros.

Ha sido toda una aventura extraordinaria la de ir analizando la fuerza, la belleza, la espiritualidad y la humanidad de estos temas que se dan en torno a las enseñanzas de Jesús, en torno a sus doctrinas, mandamientos, principios, prioridades y estilos de vida. Creemos que es muy difícil superar estas dos series sobre los Evangelios con el tema de los Derechos Humanos pero, por otra parte, es también una forma de reflexionar un poco más sobre las problemáticas humanas actuales. Nada humano le es ajeno a Dios.

Estamos acostumbrados a oír decir que los Estados tienen el deber de intervenir, de manera solidaria, para defender los Derechos Humanos. Muchas veces pensamos que deben ser los Estados quienes, de manera subsidiaria y solidaria, intervengan para defender los derechos del hombre y los derechos ecológicos que afectan tanto a la vida del hombre, como de los animales, como de los ecosistemas… Pero ¿y la iglesia?

Debemos olvidarnos del hecho de que la iglesia es solamente un lugar de reunión y de que su función termina con el culto, porque si no hay solidaridad con el hombre y búsqueda de justicia, el culto no es posible. Dios cierra sus oídos y no escucha. Leamos los textos proféticos. La insolidaridad con el hombre que sufre y que es despojado de sus derechos humanos, en el más amplio sentido de este término, cierra las compuertas del cielo. Así, ni nuestras oraciones ni el olor o el perfume de nuestro incienso cúltico, superará la altura del techo de nuestro templos. Nuestro ritual será vano.

Los cristianos tenemos unos valores que, lógicamente, engloban toda la Declaración Universal de los Derechos Humanos y los supera. Tenemos los valores del Reino defensores del hombre, comenzando desde los más débiles a los que Jesús quiere encumbrar, trastocando valores de manera que los encumbrados pueden llegar a sumergirse en los últimos lugares. Así,  “muchos primeros serán postreros y muchos postreros primeros” .

Jesús nos deja con una ética humana excelsa y nada de lo humano le es ajeno. Sin embargo, no siempre los cristianos intervenimos hoy en la defensa de los derechos de los hombres, comenzando por los más pobres, oprimidos, despojados y lanzados a los ámbitos de la infravida. Vivimos, a veces, un cristianismo despojado del compromiso con el hombre. Un cristianismo no sólo light, sino falso.

Otras veces, usamos los temas bíblicos de solidaridad con el hombre desde la vivencia de una espiritualidad desencarnada e insolidaria con el hombre al que se le han robado su dignidad y sus derechos. Espiritualizamos los términos, usamos un lenguaje eclesial que muchos hombres en el mundo rechazan… muchas veces, prefieren los lenguajes seculares por la incoherencia de lo que dicen los cristianos en relación con sus hechos.

No sé hasta qué punto ha cuajado en el mundo la ciudad secular de la que hablaba Harvey Kox, pero sabemos que, en muchos ambientes, el lenguaje de los religiosos, del clero, de los hombres de iglesia, es rechazado. ¿Deberíamos los cristianos salir por el mundo con el texto de las parábolas del Reino con sus valores defensores de los débiles en una mano y con el texto de la Declaración Universal de los Derechos Humanos en la otra? ¿Nos entendería mejor el mundo, el mundo secular, desde tantos ambientes secularizados en medio de los cuales se ven crecer las injusticias, el robo de dignidad y de los derechos de los pobres y despreciados del mundo, si los cristianos no dejásemos solos a los Estados en su intervención en la defensa de los Derechos Humanos?

¿Son los Derechos Humanos unos mínimos morales de justicia que pueden ser una herramienta válida para defender el concepto de projimidad, aunque éste desde los valores bíblicos se vea como algo mucho más excelso? ¿Nos sirve la Declaración Universal de los Derechos Humanos como materia, aunque sea segunda, para ponerla junto a los valores bíblicos para que esto nos ayude a enraizar más nuestra fe en la historia, en la situación en la que vive nuestro prójimo en nuestro aquí y nuestro ahora? ¿Nos puede servir la defensa de los Derechos Humanos para romper un poco las paredes de nuestros templos y hacerlos más permeables al exterior, más cercanos a la gente que sufre?

Si el cristianismo se viviera desde el compromiso tan radical con el hombre que tuvo Jesús, desde la defensa de una ética que abarca los ámbitos socioeconómicos, desde una ética liberadora de los pobres y débiles del mundo, desde una ética restauradora de todos aquellos que han sido humillados, ofendidos y lanzados a los márgenes de los caminos, apaleados y robados, el texto bíblico es más que suficiente.

Sin embargo, hemos de reconocer que nuestro compromiso con el hombre, vivido desde el ámbito eclesial, falla muchísimas veces, se espiritualiza de manera insolidaria y pierde las raíces que nos deben unir a la defensa de los derechos y la dignidad de nuestro prójimo en un mundo hoy en el que se vive un escándalo humano con más de media humanidad en pobreza, que afecta a la pérdida de derechos humanos tanto de los niños, como de las mujeres, como de los hombres, así como a los deberes del hombre con el ambiente ecológico, perjudicando todo el ambiente humano, el ambiente de la tierra y de los animales.

Desde ciertas perspectivas espiritualistas y faltas de compromiso radical con el hombre que sufre, el hecho de que los cristianos se decanten por una intervención solidaria en defensa de los Derechos Humanos tal y como los muestra la Declaración Universal, puede ser una herramienta que nos ayude al cumplimiento de nuestros deberes de projimidad.

Personalmente, desde esta revista Protestante Digital, quiero dedicar al menos un año a hablar de los Derechos Humanos, los cristianos y los pobres de la tierra. Vamos a hacer un recorrido en el que intentaremos estar lo más acertados posible, con la ayuda de Dios, manteniéndonos siempre con el texto bíblico en una mano y con la Declaración Universal de los Derechos Humanos en la otra.

Si queréis, con los Derechos Humanos como materia segunda con respecto a la propia Biblia, pero materia segunda totalmente válida y digna de defenderse como camino hacia una ética de dignificación del prójimo al que debemos amar con un amor semejante al amor que debemos tener a Dios.

Autores: Juan Simarro Fernández

©Protestante Digital 2013

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Juan Simarro Fernández

Y se escandalizaban de Él (XVI)

El último, el esclavo, el que sirve
Hoy más que nunca se valora la riqueza como prestigio y se sigue poniendo a los ricos en los primeros lugares… incluso en las iglesias cristianas.

 

Es impactante y un tanto escandaloso el fijarse en la inversión de valores que hace Jesús tanto en las parábolas del Reino como en otros mensajes suyos dirigidos tanto a las multitudes como a los discípulos.  “…Sea el mayor entre vosotros como el más joven, y el que dirige como el que sirve”.  Lucas 27:26. ¿Escandaliza hoy esta frase a los creyentes?

En estas líneas sobre el servicio basadas en el pasaje de Lucas en el que los discípulos iban discutiendo cuál de ellos sería el mayor, vendría muy bien la frase de Jesús que estructura todo su pensamiento en estas áreas:  “Los últimos serán los primeros” .

En el pasaje de Mateo 20, sobre la madre de los hijos de Zebedeo, pidiéndole a Jesús que ordenara que en su reino sus hijos se sentaran uno a la derecha y el otro a la izquierda, se perfila también este concepto. Allí el mensaje se da de esta manera:  “El que quiera ser el primero entre vosotros, será vuestro siervo” . Así, los últimos serán los primeros y los primeros serán los siervos. No es nada fácil entender el Evangelio desde los parámetros del mundo. Les escandaliza. Causa rechazo si no se mira con los ojos de la fe.

No era fácil para los discípulos entender al Maestro. ¿Acaso lo es hoy? Hoy la tendencia normal sigue siendo el querernos encumbrar, el ser los mayores, el estar más cerca de los ángeles que de los hombres, especialmente de los hombres empobrecidos y maltratados. El pensamiento de Jesús dice que el servicio es el que nos pone en nuestro lugar. Los textos hablan de la grandeza del servicio… el grande es el que sirve, el que se humilla… no es el que se sienta a la mesa, sino el que se pone al servicio de los que se han de sentar.

Jesús lo fundamenta con su ejemplo:  “Yo estoy entre vosotros como el que sirve” . Ese, diría Jesús, es el mayor ejemplo de grandeza. Hay toda una revolución de valores, aplicados aquí al servicio y a todo el pensamiento de Jesús en general. Con respecto a la lógica del mundo hay una revolución de valores, todo un trastoque de los conceptos que nosotros tenemos como buenos. Todo esto dejaba atónitos y escandalizados a los que escuchaban desde la lógica de los poderosos.

Hoy no ha cambiado mucho. En alguna ocasión, hablando de estos temas, lo que a grupos de creyentes les parece injusto es que en la parábola de los obreros de la viña se les pague igual a los obreros que han trabajado desde el principio del día que a los que han entrado al final de la jornada y que, además, se les pague los primeros. No entienden el trastoque de los valores de Jesús, su justicia que no es como la de este mundo, sino una justicia impregnada de misericordia a favor de los más débiles que, en este caso, sería aquellos a los que nadie quería contratar por ser precisamente los menos competitivos por su situación de debilidad.

Hay una inversión de valores que también se debe dar en la valoración de las personas, religiosas o no. La grandeza está en el servicio, no en el ser servido. La grandeza está en saber humillarse en el servicio al otro, no en el hecho de que otros te sirvan porque te consideran importante. Así estos párrafos de Jesús:  “Los reyes de las naciones se enseñorean sobre ellas, y los que sobre ellas tienen autoridad son llamados bienhechores” . Esos no son los grandes, no son los importantes a los ojos de Dios. Se consideran los mayores a los que hay que servir y se autoengrandecen. Nunca serán los primeros, los que tengan la dignidad o el privilegio de sentarse al lado de Jesús.

Por eso Jesús dice a sus discípulos : “Entre vosotros no será así, sino que el mayor será entre vosotros como el más joven, y el que dirige, como el que sirve” . Así, pues, los importantes no van a ser aquellos que se encumbran en la escalada social y económica, siendo admirados por todos los que están dispuestos a servirles por ser los ganadores, los que han llegado a las cumbres humanas. Los importantes serán los que se humillan hasta el servicio a los más débiles. De ahí la grandeza del servicio aunque algunos se escandalicen ante ello.

Jesús invierte los valores y deja la preeminencia a los que sirven. Las otras formas de pensar de los que quieren ser servidos, se dan entre los enaltecidos por el poder o el dinero…  “más no así entre vosotros” , nos dice Jesús. Por tanto, entre nosotros, los cristianos, no debe ser así, a no ser que seamos cristianos nominales que están a años luz del auténtico seguimiento de Jesús:  “Yo estoy entre vosotros como el que sirve” , nos dijo el Señor durante su estancia entre nosotros en la tierra. Fue su ejemplo humano para los que quieren seguirle.

Debéis imitarme, diría Jesús…  “porque ejemplo os he dado” , les dijo después de haber lavado los pies a sus discípulos.

Tenemos que decir que, desgraciadamente hoy, la inversión de valores que hace Jesús no ha calado suficiente en el mundo. Hoy más que nunca se valora la riqueza como prestigio y se sigue poniendo a los ricos en los primeros lugares… incluso en las iglesias cristianas. Hoy las mayorías piensan que para ser importante, hay que triunfar en el mundo del dinero o del poder, ocupar lugares de privilegio bien remunerados, ya sea en el mundo de los negocios, del arte, de los deportes…

Pocas veces se considera como importante y se califica de triunfador al que comparte, al que se acerca a los humildes, a los que consuelan, a los que buscan la paz y están de espaldas al lujo y al boato de los altos cargos y triunfadores según el mundo.

¿Predicamos desde nuestros púlpitos, desde nuestras iglesias, con nuestros ejemplos y estilos de vida esta inversión de valores que hace Jesús? ¿Queremos ser de los importantes desde los parámetros de vida que nos presenta el Maestro? ¿Seguimos la lógica de Jesús o de los poderosos del mundo acostumbrados a que les sirvan? ¿Podemos consideran a los últimos según el mundo como los primeros? ¿Aceptamos que el que quiera ser el primero ha de ser el siervo de los otros? ¿Hemos asimilados la inversión de valores que hace Jesús? ¿Podemos hoy trastornar al mundo con estos valores o se nos han colado por la puerta de atrás de las iglesias los valores mundanos, contravalores en relación con los valores del Reino, y vivimos como los que no tienen esperanza?

Os animo a aceptar el reto de los valores de Jesús, de la inversión y revolución de valores que Él hace sin escandalizaros. Quizás entonces será muy fácil entrar por los caminos del servicio. El servicio a los más necesitados, a los pobres y proscritos del mundo, a los sufrientes de esta tierra. Es la forma de entrar en la categoría del ser los primeros… y los más felices, de los hombres libres.

Autores: Juan Simarro Fernández

©Protestante Digital 2013

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Pablo Martínez Vila

El compromiso de Ciudad del Cabo 2010 (1)

La verdad ha muerto, ¡viva mi verdad!
Para muchos creyentes la Biblia ha dejado de ser normativa para ser sólo orientativa.

 

I SER TESTIGO DE LA VERDAD DE CRISTO EN UN MUNDO PLURAL Y GLOBALIZADO
Comentario introductorio de Pablo Martínez Vila (*)

“La verdad ha muerto, ¡viva mi verdad!”: El subjetivismo y la bancarrota de la Verdad.

Nuestro concepto de la verdad va a determinar gran parte de nuestra vida. Casi podríamos parafrasear el refrán español y decir: “dime cuál es tu verdad y te diré quién eres”. Nos guste o no, la vida que vivimos es en gran parte consecuencia de la verdad que creemos. La respuesta a la célebre pregunta de Pilatos a Jesús “¿ qué es la verdad?”  encierra las claves de la vida e incluso de la muerte. No es extraño, entonces, que la gran batalla de las ideas que se libra hoy en el mundo tenga como telón de fondo lo que podemos llamar “la guerra de la verdad”. La raíz del conflicto no es cultural ni siquiera ideológica, es moral. Lo que se está dilucidando en el fondo no es una nueva filosofía, sino quién tiene la autoridad en mi vida y en el mundo, “¿ manda alguien ahí arriba o puedo mandar yo?’ ”. En este sentido, un auténtico seísmo ha sacudido los cimientos de la civilización occidental porque en los últimos 30 años el fundamento y la naturaleza de la verdad han cambiado de forma extraordinaria. El cambio se resume en una frase: la verdad ha muerto, viva mi verdad. El auge del subjetivismo y la bancarrota de la verdad como un valor absolutoconstituyen el rasgo más descollante de la sociedad del siglo XXI desde el punto de vista ético.

¿Qué ha ocurrido en realidad? Después de más de dos siglos de racionalismo (la glorificación de la razón predicada desde la Ilustración), el golpe de péndulo del post modernismo ha llevado a una sobrevaloración de lo subjetivo que ha pasado a ser la norma suprema de vida y de conducta. Lo que yo pienso y siento, mi opinión, es lo que vale. Antes, la verdad estaba fuera de mí, era un ello; hoy la verdad está dentro de mí, es una extensión de mi “yo”. El subjetivismo es un ídolo intocable para muchas personas hoy porque permite entronizar al yo y desbancar a Dios. Mis sentimientos, en especial mi felicidad, tienen primacía sobre la razón. Lo objetivo, lo que se puede medir, tocar y demostrar, ha quedado relegado al campo de la investigación y de las ciencias, pero no importa demasiado en la vida cotidiana.

La verdad ha muerto ¡viva mi verdad!
Pablo Martínez Vila: Nuestro concepto de la verdad va a determinar gran parte de nuestra vida. Nos guste o no, la vida que vivimos es en gran parte consecuencia de la verdad que creemos. No es extraño, entonces, que la gran batalla de las ideas que se libra hoy en el mundo tenga como telón de fondo lo que podemos llamar “la guerra de la verdad”. Una entrevista de Esperanza Suárez.

Esta forma de pensar tiene una consecuencia inevitable: si no hay una sola verdad, sino muchas verdades, entonces mi verdad es tan válida y correcta como la tuya. De esta manera, el concepto de verdad queda reducido a una opinión personal y, por tanto, discutible. La conclusión es clara: no hay una verdad absoluta -la Verdad-, sino muchas verdades relativas. Este fenómeno se puede comprobar hoy perfectamente en las tertulias de radio o televisión donde todos hablan a la vez y nadie escucha a nadie. Es un desorden calculado, deliberado; el galimatías de voces no ocurre por incompetencia del presentador, sino por la filosofía de fondo que predomina en todos los debates, sean públicos o privados: no importa  la verdad  del tema en cuestión, lo importante son las  opiniones  personales que son elevadas de forma automática a la categoría de verdad, mi verdad.

Éste, sin embargo, no es el final del camino porque no estamos ante un asunto sólo de ideas, sino de conductas. Como decíamos al principio, el qué creo influye en el cómo vivo. La verdad tiene unas consecuencias éticas: es la guía para discernir entre lo recto y lo incorrecto, lo bueno y lo malo, lo justo y lo injusto. Si la verdad está dentro de mí, entonces no hay una moral objetiva, sino que cada uno se construye su propia guía de conducta. Esta “ética a la carta”, a gusto del consumidor, es la consecuencia más dramática de la bancarrota de la verdad. Nadie tiene que enseñarme lo que está bien y lo que está mal porque esto lo sé sólo yo. Además, lo que es bueno para ti puede ser malo para mí o viceversa. Y así vivimos en una época en la que se repite como un calco la descripción del tiempo de los jueces cuando  cada uno hacía lo que bien le parecía”.La confusión ética y una crisis de valores sin precedentes son la consecuencia natural de eliminar el valor absoluto de la verdad.

Esta corriente de subjetivismo y crisis de la verdad está afectando a la Iglesia de forma perceptible. La erosión de la autoridad de la Palabra de Dios como norma suprema de vida y de conducta es una de sus consecuencias más preocupantes. Para muchos creyentes la Biblia ha dejado de ser  normativa  para ser sólo  orientativa . Según Charles Colson, conocido evangelista y pensador americano, en los años 1960 el 65 por cien de los norteamericanos creía que la Biblia era la verdad. Hoy esta cifra ha bajado al 32 por cien. Y lo que es más significativo, el 70 por cien afirma que no existe tal cosa como la verdad ni los valores morales absolutos.

 Posiblementeahí está la raíz de la crisis de secularismo y superficialidad que predomina en muchas iglesias en Occidente, incluida España. Cuando la Verdad se convierte en algo relativo y no absoluto, la Iglesia acaba siendo mundana, es transformada por el mundo en vez de ser ella agente de transformación; la Biblia pasa a ser un libro orientativo, pero no normativo y la gracia de Cristo se convierte en una gracia barata que lo acepta todo y mira hacia otro lado ante aquellas conductas que antes se llamaban  pecado  y que ahora quedan excusadas por este manto de subjetivismo que lo envuelve todo.

Por esta razón los cristianos debemos recuperar y proclamar con vigor la Verdad de Dios revelada en la Biblia y encarnada en Cristo. Necesitamos coraje para ser heraldos de esta Verdad y coherencia para encarnarla en nuestra propia vida. Sólo así lograremos ser “sal y luz” en un mundo de corrupción y oscuridad. Aquel que dijo “Yo soy la luz del mundo” también afirmó de sí mismo: “Conoceréis la verdad y la verdad os hará libres” (Jn. 8:32).

La Verdad sigue viva en Cristo: “Yo soy el camino, la verdad y la vida….”

Al mostrar la Verdad de Dios al mundo podemos compararla a un diamante que tiene varias caras, cada una de las cuales refleja aspectos preciosos, aunque parciales, del todo:

1-LA VERDAD ES INSEPARABLE DE LA PALABRA
Dios ha hablado a lo largo de la Historia  “muchas veces y de muchas maneras ” (Heb. 1:1) y nos ha revelado la Verdad en las Escrituras. Esta cara del diamante es la que podemos llamar la verdad revelada. Constituye el conjunto de proposiciones que somos llamados a creer. El apóstol Pablo la llama “ el buen depósito ” (1 Tim. 1:14”) o la “ sana doctrina ” (2 Tim 4:3; Tito 1:9). Este cuerpo de doctrinas –creencias- se inicia con la revelación de Dios a los patriarcas, sigue con los profetas y culmina en el NT con la enseñanza de Jesús y los apóstoles. Si bien está expresada de manera perfectamente comprensible –hay un elemento lógico racional incontestable en la verdad revelada- , en último término sólo se puede acceder a ella desde la fe. Son los ojos de la fe los que alumbran nuestro entendimiento (Efes.1:18) y nos permiten aprehender toda la riqueza de la Verdad de Dios.

2-LA VERDAD ES INSEPARABLE DE LA VIDA
La verdad de Dios es inseparable de la vida, tiene unas implicaciones morales inevitables para nuestra conducta. La verdad no es sólo algo a creer, sino a practicar. Implica demandas éticas, cambios, un estilo de vida. La segunda cara del diamante es la verdad obedecida. Somos llamados también a vivir la verdad, no sólo a creerla. De hecho, vivir la verdad es la mejor demostración de que la hemos creído. Hemos de creer lo correcto – la sana doctrina-,  pero también hemos de vivir rectamente (Heb 12:14; 1 Ped. 1:14-16). Creer la verdad de Dios nos da paz y seguridad para el futuro – “Señor, ¿a quién iremos? Tú, tienes palabras de vida eterna ” (Jn. 6:68)- pero también debe transformar las vidas aquí y ahora (2 Cor 3:18; Filip. 1:6)).  La obediencia a la verdad  no sólo  purifica nuestras almas , sino que nos dispone para el amor fraternal no  fingido y  para amarnos unos a otros entrañablemente  (1 Pedro 1:22).

3-LA VERDAD ES INSEPARABLE DE LA GUÍA DEL ESPÍRITU SANTO
Hasta aquí hemos considerado los aspectos más directamente relacionados con nuestra responsabilidad, lo que nosotros ponemos de nuestra parte: buscamos entender y aprehender la verdad revelada de Dios y anhelamos vivirla, obedecerla. Conseguir esto por nosotros mismos no sólo es difícil, es imposible porque entender y vivir la Verdad de Dios requiere la capacitación divina. La verdad es también algo a discernir y, en este sentido, nos referimos a la tercera faceta del diamante comola verdad iluminada. Por esta razón, Dios nos ha provisto de un recurso sobrenatural: la ayuda del Espíritu Santo quien es el que desde el principio “ nos convence de pecado de justicia y de juicio ” (Jn. 16:8) y nos sigue “ guiando a toda la verdad ” (Jn. 16:13) en nuestro caminar diario. Dependemos del Espíritu para que nuestras creencias –la verdad revelada- no se queden en algo frío u oxidado por el tiempo, sino que sean regadas con la unción del Espíritu que nos renueva cada día.

4-LA VERDAD ES INSEPARABLE DE LA PERSONA DE JESUCRISTO
La Verdad es más que una doctrina o una vivencia espiritual-religiosa; es, ante todo, una persona: Cristo. Dios, después de darnos la verdad revelada, “ … en estos postreros días, nos ha hablado por el Hijo ” (Heb 1:1). En Cristo culmina la revelación de la verdad hasta el punto que él pronunció las palabras más osadas que nadie haya dicho jamás: “ Yo soy el camino, la verdad y la vida ” (Jn 14:6). Cristo viene a ser la verdad encarnada “Aquel Verbo fue hecho carne y habitó entre nosotros….lleno de gracia y de verdad…Pues la ley por medio de Moisés fue dada, pero la gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo ” (Jn. 1: 14,17). Siguiendo con el símil del diamante, Cristo es la parte más preciosa de la verdad divina porque él “ es la imagen del Dios invisible ” (Col. 1:15) y en él “ habita corporalmente toda la plenitud de la Deidad ” (Col. 2:9). Como alguien ha dicho, “un cristiano es una persona que ha quedado prendada y prendida de Jesucristo”. La luz que irradia la Verdad no sólo alumbra nuestras tinieblas, sino que nos seduce y nos atrae para compartir toda nuestra vida con Él (Apoc. 3:20). Ahí radica el rasgo más distintivo del cristianismo: no es tanto una religión, sino una relación. Por ello, en último término,la verdad no es sólo algo a creer, algo a vivir y algo a discernir, sino sobre todo alguien a quien amarel Cristo vivo, la Verdad encarnada.

 Este artículo se corresponde a la serie que en unblog bajo el nombre de “Lausana” analiza y aplica el documento“Para el mundo al que servimos: La llamada a la acción de Ciudad del Cabo” , elaborado en el encuentro del Movimiento Lausana realizado en 2010 en África del Sur, al que acudieron cuatro mil líderes evangélicos de todo el mundo.

(*)  Ex Presidente de la Alianza Evangélica Española (1999-2009) y miembro actual de la Comisión Sociopolítica de la Alianza Evangélica Europea. Director del European Christian Counselors Network (Red Europea de Consejeros Cristianos). Psiquiatra, escritor y conferenciante internacional.

Autores: Pablo Martínez Vila

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Juan Simarro Fernández

Y se escandalizaban de Él (XIV)

48276_N_19-12-11-23-25-47No debemos convertir el cristianismo en una religión cómoda que a nadie interpela en forma de reto y de servicio, que a nadie ofende ni cuestiona.

 

Cuando titulo esta reflexión como “Cristianos sosos, iglesias son luz”, tampoco es mi propósito hacer una crítica a la iglesia y al pueblo cristiano en general, sino hacer una reflexión sobre la vida desalada que, a veces, podemos llevar los creyentes dejando al mundo sin sabor, sin luz.
Creo que la reflexión merece la pena. Espero que no os escandalicéis ni de las palabras de Jesús ni de esta reflexión. Jesús nos tuvo que decir: “Vosotros sois la sal de la tierra; pero si la sal se desvaneciere, ¿con qué será salada”… Vosotros sois la luz del mundo… No se enciende una luz y se pone debajo de un celemín… para que vean vuestras buenas obras…”.  Mateo 5:13-16 .
En todo caso, sin pretender ninguna crítica que escandalice, sería una crítica a la vivencia del cristianismo de forma no comprometida, light, sosa, cómoda… irresponsable, para llevar a una reflexión en búsqueda de un compromiso lleno de sabor, de luz, de fuerza… de gracia . No debemos convertir el cristianismo en una religión cómoda que a nadie interpela en forma de reto y de servicio, que a nadie ofende ni cuestiona.
Cuando no vivimos en profundidad y con coherencia la projimidad, el servicio, el compromiso con el mundo, con los valores del reino y con la radicalidad de las enseñanzas de Jesús, convertimos nuestra vivencia de la espiritualidad cristiana en algo insaboro, inodoro, lleno de indiferencia, irresponsablemente cómodo y falto de compromiso… no hay sal, no hay luz. Nos convertimos en un grupo que intenta mirar al cielo o que nos miramos a nosotros mismos, pero un grupo al que le falta sal, especies, picante… vida.
Cuando esto es así, nuestra presencia cristiana en el mundo, sólo sirve para que nos pisoteen como algo vano y sin valor, que nos echen a los contenedores de la basura porque hemos perdido todo principio que nos motiva a la vivencia de una vida cristiana que da sal y luz al mundo.
Así, cuando somos cristianos sosos o iglesias sin luz, podemos hablar desde el pesebre hasta la cruz, haciéndonos cómodos rincones para adormilarnos al olor de los animales o de las imágenes de lo que llamamos un belén, o para recostarnos buscando goces insolidarios en los brazos de la cruz. Todo nos sirve para sestear e intentar vivir goces insolidarios que son vanos y que no sirven para nada. Vapores adormideros de conciencias.  Búsquedas de seguridades que huelen a insolidaridad y egoísmo pernicioso. Vapores religiosos que no nos comprometen, como nos pide la definición bíblica de religión, ni con los huérfanos, ni con las viudas, ni con ningún otro colectivo sufriente del mundo.
Es entonces cuando hemos caído en la sosería, en lo insípido, en lo no motivante ni liberador para el mundo. Estamos metidos debajo del almud, del celemín, de las cuatro paredes de la iglesia sin que la luz y la sal lleguen al mundo que nos necesita.
Cuando perdemos el contacto con el mundo y nuestra vivencia del cristianismo transmite vaciedad y oscuridad, hemos perdido el contacto con el Dios de la vida , con el Dios que es luz y sal para el mundo. Hemos perdido el reflejo que de lo divino debe haber en los seguidores de Jesús.
Cuando no somos sal y luz, cuando hemos dejado de hacer del cristianismo vida que esparce sal y luz por el mundo, es cuando convertimos la vivencia de lo espiritual en ritual, en doctrinas y tradiciones que no nos hacen caminar por el mundo como “vivos entre los muertos”, no andamos como vivos que van salando el mundo, vivos que son una ráfaga permanente de luz. Caminamos como cadáveres que han perdido la esencia de la vida cristiana, el sabor y la luminosidad. Somos cuerpos opacos que caminamos por el mundo ante la indiferencia de todos.
Cuando no vamos esparciendo sal y luz, ya no somos testigos del Evangelio . Hacemos para nosotros mismos un evangelio de autoconsumo que no nos reta ni nos convierte en las manos y los pies del Señor que se mueven en medio de un mundo de dolor esparciendo la sal y la luz que debe convertirse en el consuelo, la práctica de la misericordia, la acción social cristiana comprometida con los débiles del mundo, los estilos de vida y las prioridades en la línea de los ejemplos que nos dejó Jesús.
Cuando vivimos un cristianismo inoperante que no esparce ni la sal ni la luz que el mundo necesita, estamos convirtiendo nuestra fe en algo mortecino, que no actúa, que no tiene obras… las obras de la fe, las obras del amor. Es por eso que el texto concluye que debemos ser sal y luz para que se puedan ver nuestras buenas obras, nuestros hechos, nuestros compromisos prácticos de ayuda solidaria a los sufrientes del mundo: “Así alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras, y glorifiquen a vuestro padre que está en los cielos”.
Los cristianos que huyen de lo insípido, de lo soso, de lo inoperante, no tienen más remedio que vivir su fe de forma que ésta actúe a través del amor . El Apóstol Pablo, que lo vemos como el defensor de la salvación por fe, y es cierto, tiene que darnos esta frase que convierte la fe en algo activo, operativo, con obras, actuando a través del amor… las obras de la fe: Lo importante es “la fe que actúa por el amor”. Las obras que hacen que los cristianos puedan ser sal y luz, un fermento de compromiso que puede liberar al mundo, que lo puede cambiar, que puede acercar a todos sus rincones los valores del reino que son valores solidarios, restauradores de los sufrientes del mundo y que trae a la luz a aquellos que han sido relegados a los últimos lugares de forma inmisericorde.
Es entonces cuando ya no vamos a buscar el rincón cómodo o romántico del pesebre, ni vamos a sestear más acurrucados en los brazos de la cruz. Tanto el pesebre como la cruz van a ser nuestra fuerza, lo que nos impulsa a salir al mundo para sazonarlo con el sabor de la sal e iluminarlo con la lumbre de la vida . Cuando miramos con compromiso hacia el pesebre o hacia la cruz, es cuando nos damos cuenta que nos queda un camino estrecho que recorrer siguiendo al maestro. Es cuando nos haremos testigos vivientes y visibles de Cristo, fuerza divina humanizadora, liberadora, solidaria… Se necesita más sal, sal de la tierra y luz del mundo, para dejar de sestear y que mundo pueda ver nuestras buenas obras… Si no, ¿cómo van a glorificar a Dios?

Autores:Juan Simarro Fernández

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