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Juan Simarro Fernández

Derechos Humanos, los cristianos y los pobres (2)

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¡Cuántos pobres hay condicionados de origen por su entorno de nacimiento, por haber nacido en un foco de pobreza que le condiciona de por vida!

Dice el artículo 1 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos que  “todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos”. Tremenda expresión. Todos los hombres libres e iguales. La igualdad y la liberación nos son dadas por Dios. Dios nos ha creado a imagen y semejanza suya. De ahí nace nuestra dignidad y nadie se la debe arrebatar a nadie… aunque, desgraciadamente, haya en el mundo ladrones de dignidad. Sólo este concepto de dignidad debería crear en el mundo unas dinámicas generadoras de libertad e igualdad, de solidaridad y de justicia.
Yo, que conozco bastante el ámbito de la pobreza urbana de las grandes ciudades del mundo rico, el llamado Cuarto Mundo Urbano, tratado por mí mucho más que otras pobrezas severas que se dan otros lugares del mundo pobre, no sé si me atrevería a gritar ante un excluido de los bienes materiales, sociales y culturales,  que “todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos” .
¡Cuántos pobres hay condicionados de origen por su entorno de nacimiento, por haber nacido en un foco de pobreza que le condiciona de por vida!Adquieren una mentalidad de  fatum  o destino de la que no les es fácil desprenderse. Muchos nacen ya sin libertad, sin igualdad… nacen presa del fatum o destino de los pobres que se desarrollan en los terribles focos infectos de pobreza. Teóricamente, formalmente, nacen libres e iguales. Pero sólo teóricamente o desde el punto de vista formal. Su triste realidad les rompe toda posibilidad de igualdad o de libertad. Nacen ya condicionados, determinados.
Así, los que trabajan por el cumplimiento de los Derechos Humanos, deberían comenzar por crear las condiciones sociales para erradicar de la tierra todo foco de pobreza y de exclusión social. Esto se transforma en una llamada de responsabilidad práctica y solidaria a los cristianos. Para que esto se cumpliera habría que trabajar para que todos los niños abrieran sus ojos a la luz en situaciones socioeconómicas de cierta dignidad, que nadie esté condicionado en su libertad, dignidad y derechos por nacer ya en focos de pobreza, focos que van a moldear tanto la desigualdad, como la dignidad, como los derechos. Mucho trabajo por hacer para que los Derechos Humanos sean una realidad para todos.
Muchas imágenes hay en mi mente de pobres urbanos, de personas en medio del mundo rico, hundidos tanto psicológica como físicamente por haber nacido en un foco de pobreza y haber deambulado por el mundo con ese estigma de ser pobre… desde siempre.  “Yo soy pobre” , dirán. Como si esa fuera su condición ontológica. Como si se pudiera nacer ya pobre, sin dignidad y sin derechos. Personas indudablemente impregnadas de la dignidad que le da el ser criaturas de Dios, por tanto  “libres e iguales”  a todos los demás, pero deambulan como muñecos rotos, impregnados, quizás, del alcohol, como marionetas manejadas por el destino. Su desigualdad y robo de dignidad ha comenzado en el momento de nacer. ¡Tristezas amargas de la vida, o de la antivida, del no-ser de la marginación!
Si nos fijamos en el concepto de projimidad de Jesús, en su mandamiento de amor al prójimo, no podemos dar la espalda a estas realidades. Si lo hacemos estamos traicionando a nuestro hermano, al prójimo sufriente y, por tanto, a Dios mismoque compara el amor a Él y al prójimo en relación de semejanza. La Búsqueda de la justicia y el trabajar por el cumplimiento de los Derechos Humanos se puede convertir en una práctica de projimidad, de ayuda y de amor al prójimo.
Recuerdo: Un pobre urbano, nacido en un foco de pobreza, moldeado desde su nacimiento por ese fatum o destino del que se creen presa muchos de los pobres desde el momento de nacer. Gastado, con el cuerpo inclinado y encorvado como si no se atreviera a mirar hacia adelante… la soledad le pesaba como una grande losa de mármol. Pasaba por la Misión en busca de alimentos y de ropa sin gran interés por otros temas de información o de seguimiento tendente a su posible rehabilitación. No era fácil trabajar con él en el aumento de su autoestima, en su liberación y en su integración en la sociedad. Había nacido en un foco de pobreza. No había tenido posibilidad de elección.
No había nacido ni libre, ni igual en dignidad y en derechos… Teóricamente sí. Desde un punto de vista estrictamente formal, había nacido libre e igual en libertad y en derechos, pero en realidad había nacido ya presa de la injusticia, del desigual reparto, de los desequilibrios sociales y económicos. De un tajo se le robó su dignidad desde el momento de nacer. Se había ido abandonando. Olía mal. No tenía interés por el aseo personal. No se curaba sus enfermedades. Tenía las piernas hinchadas y dependía del alcohol… un día entró en la sala de la Misión Urbana de Madrid y dijo que tenía bichos en las heridas de los pies. Recuerdo que se llamó a una ambulancia y lo llevaron al hospital …  Triste recuerdo. Una persona que había nacido y no había podido salir de su foco de pobreza, de su mentalidad de fatum adquirida, determinado física y psicológicamente… ¿hasta qué punto? ¿Podemos los cristianos cambiar estas vidas? Hay que ser utópicos. Siempre hay un halo de esperanza.
Desde estas líneas animamos a los creyentes a convertirse en las manos y los pies del Señor en medio de un mundo injusto, de derechos formales, pero que no tienen reflejo en la realidad de muchas vidas. Trabajemos por eliminar focos de pobreza, estructuras de poder y económicas injustas, por llevar justicia a los injustamente tratados, por conseguir una mejor redistribución de los bienes del planeta tierra, por acercar los valores del Reino a los pobres que en el mundo son legión. Un escándalo humano y una mancha que nos afecta a todos.
Trabajemos por crear las condiciones necesarias en el mundo en el mundo para que, realmente, los hombres puedan nacer iguales en dignidad, libertad y derechos. Trabajemos y luchemos por una conjunción de los valores del Reino con toda la vertiente práctica del trabajo por hacer que los Derechos Humanos se cumplan y sean una realidad.

Autores:  Juan Simarro Fernández

©Protestante Digital 2013


Juan Simarro Fernández

Derechos humanos, los cristianos y los pobres (1)

 Introducción

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Comenzamos una nueva serie con el tema:  “Los Derechos Humanos, los cristianos y los pobres” . Así, pues, nos introducimos por un largo camino en el tratamiento de estas temáticas tan comprometidas. Pedimos la ayuda de Dios para que todo llegue a buen término, a conseguir la meta que deseamos de concienciación de los cristianos sobre el tema de los Derechos Humanos, derechos tan cercanos a los valores bíblicos, a los valores del Reino.Venimos del tratamiento de los temas de dos series basadas en los Evangelios. Dos años trabajando y comentando los Evangelios. Una grata experiencia para mí. Espero que lo haya sido también para vosotros.

Ha sido toda una aventura extraordinaria la de ir analizando la fuerza, la belleza, la espiritualidad y la humanidad de estos temas que se dan en torno a las enseñanzas de Jesús, en torno a sus doctrinas, mandamientos, principios, prioridades y estilos de vida. Creemos que es muy difícil superar estas dos series sobre los Evangelios con el tema de los Derechos Humanos pero, por otra parte, es también una forma de reflexionar un poco más sobre las problemáticas humanas actuales. Nada humano le es ajeno a Dios.

Estamos acostumbrados a oír decir que los Estados tienen el deber de intervenir, de manera solidaria, para defender los Derechos Humanos. Muchas veces pensamos que deben ser los Estados quienes, de manera subsidiaria y solidaria, intervengan para defender los derechos del hombre y los derechos ecológicos que afectan tanto a la vida del hombre, como de los animales, como de los ecosistemas… Pero ¿y la iglesia?

Debemos olvidarnos del hecho de que la iglesia es solamente un lugar de reunión y de que su función termina con el culto, porque si no hay solidaridad con el hombre y búsqueda de justicia, el culto no es posible. Dios cierra sus oídos y no escucha. Leamos los textos proféticos. La insolidaridad con el hombre que sufre y que es despojado de sus derechos humanos, en el más amplio sentido de este término, cierra las compuertas del cielo. Así, ni nuestras oraciones ni el olor o el perfume de nuestro incienso cúltico, superará la altura del techo de nuestro templos. Nuestro ritual será vano.

Los cristianos tenemos unos valores que, lógicamente, engloban toda la Declaración Universal de los Derechos Humanos y los supera. Tenemos los valores del Reino defensores del hombre, comenzando desde los más débiles a los que Jesús quiere encumbrar, trastocando valores de manera que los encumbrados pueden llegar a sumergirse en los últimos lugares. Así,  “muchos primeros serán postreros y muchos postreros primeros” .

Jesús nos deja con una ética humana excelsa y nada de lo humano le es ajeno. Sin embargo, no siempre los cristianos intervenimos hoy en la defensa de los derechos de los hombres, comenzando por los más pobres, oprimidos, despojados y lanzados a los ámbitos de la infravida. Vivimos, a veces, un cristianismo despojado del compromiso con el hombre. Un cristianismo no sólo light, sino falso.

Otras veces, usamos los temas bíblicos de solidaridad con el hombre desde la vivencia de una espiritualidad desencarnada e insolidaria con el hombre al que se le han robado su dignidad y sus derechos. Espiritualizamos los términos, usamos un lenguaje eclesial que muchos hombres en el mundo rechazan… muchas veces, prefieren los lenguajes seculares por la incoherencia de lo que dicen los cristianos en relación con sus hechos.

No sé hasta qué punto ha cuajado en el mundo la ciudad secular de la que hablaba Harvey Kox, pero sabemos que, en muchos ambientes, el lenguaje de los religiosos, del clero, de los hombres de iglesia, es rechazado. ¿Deberíamos los cristianos salir por el mundo con el texto de las parábolas del Reino con sus valores defensores de los débiles en una mano y con el texto de la Declaración Universal de los Derechos Humanos en la otra? ¿Nos entendería mejor el mundo, el mundo secular, desde tantos ambientes secularizados en medio de los cuales se ven crecer las injusticias, el robo de dignidad y de los derechos de los pobres y despreciados del mundo, si los cristianos no dejásemos solos a los Estados en su intervención en la defensa de los Derechos Humanos?

¿Son los Derechos Humanos unos mínimos morales de justicia que pueden ser una herramienta válida para defender el concepto de projimidad, aunque éste desde los valores bíblicos se vea como algo mucho más excelso? ¿Nos sirve la Declaración Universal de los Derechos Humanos como materia, aunque sea segunda, para ponerla junto a los valores bíblicos para que esto nos ayude a enraizar más nuestra fe en la historia, en la situación en la que vive nuestro prójimo en nuestro aquí y nuestro ahora? ¿Nos puede servir la defensa de los Derechos Humanos para romper un poco las paredes de nuestros templos y hacerlos más permeables al exterior, más cercanos a la gente que sufre?

Si el cristianismo se viviera desde el compromiso tan radical con el hombre que tuvo Jesús, desde la defensa de una ética que abarca los ámbitos socioeconómicos, desde una ética liberadora de los pobres y débiles del mundo, desde una ética restauradora de todos aquellos que han sido humillados, ofendidos y lanzados a los márgenes de los caminos, apaleados y robados, el texto bíblico es más que suficiente.

Sin embargo, hemos de reconocer que nuestro compromiso con el hombre, vivido desde el ámbito eclesial, falla muchísimas veces, se espiritualiza de manera insolidaria y pierde las raíces que nos deben unir a la defensa de los derechos y la dignidad de nuestro prójimo en un mundo hoy en el que se vive un escándalo humano con más de media humanidad en pobreza, que afecta a la pérdida de derechos humanos tanto de los niños, como de las mujeres, como de los hombres, así como a los deberes del hombre con el ambiente ecológico, perjudicando todo el ambiente humano, el ambiente de la tierra y de los animales.

Desde ciertas perspectivas espiritualistas y faltas de compromiso radical con el hombre que sufre, el hecho de que los cristianos se decanten por una intervención solidaria en defensa de los Derechos Humanos tal y como los muestra la Declaración Universal, puede ser una herramienta que nos ayude al cumplimiento de nuestros deberes de projimidad.

Personalmente, desde esta revista Protestante Digital, quiero dedicar al menos un año a hablar de los Derechos Humanos, los cristianos y los pobres de la tierra. Vamos a hacer un recorrido en el que intentaremos estar lo más acertados posible, con la ayuda de Dios, manteniéndonos siempre con el texto bíblico en una mano y con la Declaración Universal de los Derechos Humanos en la otra.

Si queréis, con los Derechos Humanos como materia segunda con respecto a la propia Biblia, pero materia segunda totalmente válida y digna de defenderse como camino hacia una ética de dignificación del prójimo al que debemos amar con un amor semejante al amor que debemos tener a Dios.

Autores: Juan Simarro Fernández

©Protestante Digital 2013

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Juan Simarro Fernández

Y se escandalizaban de Él (XVI)

El último, el esclavo, el que sirve
Hoy más que nunca se valora la riqueza como prestigio y se sigue poniendo a los ricos en los primeros lugares… incluso en las iglesias cristianas.

 

Es impactante y un tanto escandaloso el fijarse en la inversión de valores que hace Jesús tanto en las parábolas del Reino como en otros mensajes suyos dirigidos tanto a las multitudes como a los discípulos.  “…Sea el mayor entre vosotros como el más joven, y el que dirige como el que sirve”.  Lucas 27:26. ¿Escandaliza hoy esta frase a los creyentes?

En estas líneas sobre el servicio basadas en el pasaje de Lucas en el que los discípulos iban discutiendo cuál de ellos sería el mayor, vendría muy bien la frase de Jesús que estructura todo su pensamiento en estas áreas:  “Los últimos serán los primeros” .

En el pasaje de Mateo 20, sobre la madre de los hijos de Zebedeo, pidiéndole a Jesús que ordenara que en su reino sus hijos se sentaran uno a la derecha y el otro a la izquierda, se perfila también este concepto. Allí el mensaje se da de esta manera:  “El que quiera ser el primero entre vosotros, será vuestro siervo” . Así, los últimos serán los primeros y los primeros serán los siervos. No es nada fácil entender el Evangelio desde los parámetros del mundo. Les escandaliza. Causa rechazo si no se mira con los ojos de la fe.

No era fácil para los discípulos entender al Maestro. ¿Acaso lo es hoy? Hoy la tendencia normal sigue siendo el querernos encumbrar, el ser los mayores, el estar más cerca de los ángeles que de los hombres, especialmente de los hombres empobrecidos y maltratados. El pensamiento de Jesús dice que el servicio es el que nos pone en nuestro lugar. Los textos hablan de la grandeza del servicio… el grande es el que sirve, el que se humilla… no es el que se sienta a la mesa, sino el que se pone al servicio de los que se han de sentar.

Jesús lo fundamenta con su ejemplo:  “Yo estoy entre vosotros como el que sirve” . Ese, diría Jesús, es el mayor ejemplo de grandeza. Hay toda una revolución de valores, aplicados aquí al servicio y a todo el pensamiento de Jesús en general. Con respecto a la lógica del mundo hay una revolución de valores, todo un trastoque de los conceptos que nosotros tenemos como buenos. Todo esto dejaba atónitos y escandalizados a los que escuchaban desde la lógica de los poderosos.

Hoy no ha cambiado mucho. En alguna ocasión, hablando de estos temas, lo que a grupos de creyentes les parece injusto es que en la parábola de los obreros de la viña se les pague igual a los obreros que han trabajado desde el principio del día que a los que han entrado al final de la jornada y que, además, se les pague los primeros. No entienden el trastoque de los valores de Jesús, su justicia que no es como la de este mundo, sino una justicia impregnada de misericordia a favor de los más débiles que, en este caso, sería aquellos a los que nadie quería contratar por ser precisamente los menos competitivos por su situación de debilidad.

Hay una inversión de valores que también se debe dar en la valoración de las personas, religiosas o no. La grandeza está en el servicio, no en el ser servido. La grandeza está en saber humillarse en el servicio al otro, no en el hecho de que otros te sirvan porque te consideran importante. Así estos párrafos de Jesús:  “Los reyes de las naciones se enseñorean sobre ellas, y los que sobre ellas tienen autoridad son llamados bienhechores” . Esos no son los grandes, no son los importantes a los ojos de Dios. Se consideran los mayores a los que hay que servir y se autoengrandecen. Nunca serán los primeros, los que tengan la dignidad o el privilegio de sentarse al lado de Jesús.

Por eso Jesús dice a sus discípulos : “Entre vosotros no será así, sino que el mayor será entre vosotros como el más joven, y el que dirige, como el que sirve” . Así, pues, los importantes no van a ser aquellos que se encumbran en la escalada social y económica, siendo admirados por todos los que están dispuestos a servirles por ser los ganadores, los que han llegado a las cumbres humanas. Los importantes serán los que se humillan hasta el servicio a los más débiles. De ahí la grandeza del servicio aunque algunos se escandalicen ante ello.

Jesús invierte los valores y deja la preeminencia a los que sirven. Las otras formas de pensar de los que quieren ser servidos, se dan entre los enaltecidos por el poder o el dinero…  “más no así entre vosotros” , nos dice Jesús. Por tanto, entre nosotros, los cristianos, no debe ser así, a no ser que seamos cristianos nominales que están a años luz del auténtico seguimiento de Jesús:  “Yo estoy entre vosotros como el que sirve” , nos dijo el Señor durante su estancia entre nosotros en la tierra. Fue su ejemplo humano para los que quieren seguirle.

Debéis imitarme, diría Jesús…  “porque ejemplo os he dado” , les dijo después de haber lavado los pies a sus discípulos.

Tenemos que decir que, desgraciadamente hoy, la inversión de valores que hace Jesús no ha calado suficiente en el mundo. Hoy más que nunca se valora la riqueza como prestigio y se sigue poniendo a los ricos en los primeros lugares… incluso en las iglesias cristianas. Hoy las mayorías piensan que para ser importante, hay que triunfar en el mundo del dinero o del poder, ocupar lugares de privilegio bien remunerados, ya sea en el mundo de los negocios, del arte, de los deportes…

Pocas veces se considera como importante y se califica de triunfador al que comparte, al que se acerca a los humildes, a los que consuelan, a los que buscan la paz y están de espaldas al lujo y al boato de los altos cargos y triunfadores según el mundo.

¿Predicamos desde nuestros púlpitos, desde nuestras iglesias, con nuestros ejemplos y estilos de vida esta inversión de valores que hace Jesús? ¿Queremos ser de los importantes desde los parámetros de vida que nos presenta el Maestro? ¿Seguimos la lógica de Jesús o de los poderosos del mundo acostumbrados a que les sirvan? ¿Podemos consideran a los últimos según el mundo como los primeros? ¿Aceptamos que el que quiera ser el primero ha de ser el siervo de los otros? ¿Hemos asimilados la inversión de valores que hace Jesús? ¿Podemos hoy trastornar al mundo con estos valores o se nos han colado por la puerta de atrás de las iglesias los valores mundanos, contravalores en relación con los valores del Reino, y vivimos como los que no tienen esperanza?

Os animo a aceptar el reto de los valores de Jesús, de la inversión y revolución de valores que Él hace sin escandalizaros. Quizás entonces será muy fácil entrar por los caminos del servicio. El servicio a los más necesitados, a los pobres y proscritos del mundo, a los sufrientes de esta tierra. Es la forma de entrar en la categoría del ser los primeros… y los más felices, de los hombres libres.

Autores: Juan Simarro Fernández

©Protestante Digital 2013

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