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El fiscal fue víctima de una sociedad anómica, un sistema político disfuncional y un gobierno perverso, corrupto y desconectado de la realidad

Para escapar del Laberinto, donde habían sido encerrados por Minos, Dédalo fabrico alas para él y su hijo, Ícaro, y así volar hacia la libertad. Dédalo instruyó a Ícaro no volar cerca del sol, porque las alas estaban adheridas a su cuerpo con cera. Desoyendo a su padre, sin embargo, y ante la fascinación de ser capaz de volar, Ícaro voló tan alto y tan cerca del sol que el calor derritió la cera que sostenían sus alas. Las perdió y cayó al mar, donde murió.

La alegoría es por Alberto Nisman, quien voló demasiado alto para una sociedad resignada a que los poderosos queden siempre impunes y la verdad, oculta. Todos estos años siguiendo su investigación sobre el caso AMIA, cada vez más cerca del fuego, siempre pensé en la analogía de Ícaro. Nisman fue un Quijote dispuesto a llegar a la verdad hasta sus últimas consecuencias. Descubrió que el gobierno que le encomendó esa tarea, ahora, en la figura de la viuda y heredera política de quien lo nombró, era cómplice de los criminales que él mismo había identificado y acusado. Y eso por petróleo, así de insignificante.

Nisman se propuso exponer la simulación de un gobierno corrupto y ahora también criminal. Su fingida retórica de derechos humanos, de igualdad de género, tan progre y tan moderna, se desvanecería para siempre ese lunes en el Congreso Nacional, ese lunes al que Nisman nunca llegó. Ese lunes habría sido el momento más dramático de la historia política argentina desde 1983. Y, al final, el día más dramático fue el anterior, el domingo de su muerte, una muerte solitaria. Tan cerca del fuego, el calor derritió sus alas.

Ahora mártir de la democracia argentina, no puedo dejar de pensar en Nisman muriendo en un departamento de Puerto Madero, ese lugar horrible, barrio irreal sin historia, ni afecto, ni identidad, burda imitación de Miami Beach, pero más caro y sin sentido estético alguno. En ese lugar, arquetipo del exceso y la ostentación, bunker del kirchnerismo y aguantadero de sus más corruptos funcionarios, allí murió Nisman, en soledad.

Nunca sabremos la verdad. Tal vez se suicidó. No puedo evitar recordar a Favaloro, quien se mató porque Argentina era demasiado corrupta para alguien que solo aspiraba a curar. ¿Qué menos haría quien solo buscaba justicia al darse cuenta que el mismo gobierno que iba a la AMIA cada año a honrar a las víctimas del terrorismo, era cómplice de los terroristas? O tal vez lo asesinaron cualquiera de las mafias a las que desnudó, la de Irán y sus trasnochados socios locales, la de los servicios de inteligencia politizados, o la de un gobierno hundido en el barro de una corrupción de inimaginables proporciones. O las tres mafias juntas conspirando contra la verdad y la justicia prometida a los familiares de la AMIA.

Ahora Nisman es la víctima número 86 de aquel ataque, solo que a él no lo mataron los terroristas, a él lo matamos entre todos, de a poco. En realidad no importa demasiado quien apretó ese gatillo, porque Nisman es nuestra víctima, seamos sinceros, asesinado también por una sociedad anómica, un sistema político disfuncional y un gobierno perverso, corrupto y desconectado de la realidad al que votamos no una, no dos, sino tres veces. ¿Acaso no ha sido una verdadera crónica de una muerte anunciada?

Al mismo tiempo Nisman es un síntoma. Su muerte y el acoso sufrido en vida—siendo además fiscal federal—son el síntoma más feroz de toda esa patología colectiva. Tal vez empezamos a matarlo cuando asesinaron a José Luis Cabezas en 1997, un reportero gráfico que seguía pistas de corrupción entre contratistas del Estado, o cuando desapareció Jorge Julio López en 2006, querellante en un juicio por violación de derechos humanos por quien la justicia no hizo demasiado.

Tal vez lo matamos cuando gritamos “que se vayan todos”, acelerando la descomposición de un sistema político que jamás se recuperó de aquella crisis. Tal vez lo matamos con la fragmentación del peronismo, nunca más evidente que en 2003 cuando tres peronistas se disputaron la presidencia. Aquello transformó lo que había sido el partido político más importante de la Argentina en una mera confederación de jefes territoriales sin cohesión alguna, obligados entonces a negociar el control de sus distritos con toda forma de ilegalidad imaginable: el juego, el tráfico y las barras bravas del fútbol.

Esto importa porque de las ruinas de ese partido político nació el kirchnerismo, un proyecto que entendió la conveniencia de la fragmentación y se abocó a profundizarla, haciendo política siempre con la chequera en la mano, intimidando al crítico, centralizando todo el poder en el Ejecutivo y financiándolo con los precios internacionales más favorables que Argentina tuvo en al menos dos generaciones.

A ese tren se subió más tarde la actual Presidente, decidida a exacerbar ese modo de hacer política instalado por su pragmático esposo, pero ahora con un barniz pseudo ideológico presentado como moralmente superior, barniz tal vez extraído de pretender ser una intelectual de izquierda. Una Presidente que sonaba como Mafalda pero cuyos zapatos de Prada siempre le recordaron al país que en realidad es Susanita. Y digo sonaba porque parece haberse curado repentinamente de su crónica verborragia: ahora está muda.

Tal vez allí también comenzó a morir Nisman. Toda esa hipocresía ha sido el sello de una época que hoy concluye en una muerte trágica, y que transformó ese estilo de hacer política en algo aún más perverso y autoritario. La viudez le puso en bandeja la reelección, y usó la empatía popular para hacerse impune y, con un cierto fundamentalismo, justificar el acoso a la prensa crítica, la intimidación a los jueces y fiscales independientes, la politización de la inteligencia, las platas mal habidas y la pretensión (fracasada) de perpetuarse en el poder. En definitiva, ha sido un gobierno autoritario pero también psicópata, tan psicópata que ya ni sorprende que hayan dicho que el principal culpable de la muerte de Nisman ha sido el propio Nisman. Y cuando dejaron de hablar de suicidio para decir que fue asesinato, lo hicieron por las encuestas, preocupados por la imagen presidencial.

Esta tragedia nos marcará. Por ahora nos toca hacer introspección, hacer el duelo y hacer tripas corazón frente a la peor crisis de los últimos treinta años. Aunque tal vez haya algo más que podamos hacer: en el próximo octubre electoral no olvidemos nada de esto y votemos por quien haya estado más lejos de esta manera de hacer política, por aquel que se haya situado en las antípodas del fenómeno más perverso que la Argentina democrática haya conocido.

Ese será el candidato que tendrá mi voto. Ojalá que gane y haga sucumbir cualquier intento neo kirchnerista. Recién entonces esta pesadilla podrá quedar definitivamente atrás y seremos capaces de honrar a Alberto Nisman y las restantes ochenta y cinco víctimas.

Twitter @hectorschamis

 

http://internacional.elpais.com/internacional/2015/01/23/actualidad/1421972610_998872.html


Los asesinatos de los periodistas de Charlie Hebdo han impulsado globalmente el debate sobre la libertad de expresión y sus límites.

 ¿La blasfemia debe ser protegida por la libertad de conciencia y la de expresión? ¿Tiene que acotarse y hasta penalizarse cuando hay quienes se sienten ofendidos o degradados al ser caricaturizados por los blasfemos? El tópico se ha redimensionado en las últimas semanas y reflexionar sobre el mismo es tanto un deber intelectual como vital.

Los asesinatos de los periodistas de Charlie Hebdo han impulsado globalmente el debate sobre la libertad de expresión y sus límites. Para unos dicha libertad debe ser irrestricta, ya que es un logro histórico en la construcción de sociedades horizontales. Para otros la libertad de expresión debe refrenarse ante lo que para ciertas personas y colectivos es considerado como sagrado.

Blasfemar es lanzar una blasfemia contra alguien o algo. La primera acepción de blasfemia está definida, por la Real Academia Española, como “palabra injuriosa contra Dios, la Virgen o los santos”. La segunda acepción incluye proferir “palabra gravemente injuriosa contra alguien”. Injuria es un “agravio, ultraje de obra o de palabra, y en términos jurídicos se considera “un delito o falta consistente en la imputación a alguien de un hecho o cualidad en menoscabo de su fama o estimación”.

¿Los periodistas de Charlie Hebdo blasfemaron contra el profeta Mahoma, es decir lo ridiculizaron, ofendieron y menoscabaron su estima? Sin duda que lo hicieron. Estaban conscientes de que al caricaturizar a ése personaje millones de musulmanes se iban sentir ultrajados y burlados. Los dibujantes siempre reivindicaron su derecho al sarcasmo contra las representaciones y símbolos sagrados. Para ellos lo sagrado no se quedaba nada más en el terreno de lo religioso, sino que también abarcaba lo político, económico y sociocultural. En buena parte su labor periodística consistía en desacralizar todo tipo de tótems para bajarlos de sus pedestales. De ahí que sus punzantes caricaturas, cartones y tiras cómicas fuesen dirigidas contra encumbrados políticos, magnates empresariales, integrantes de las realezas europeas, dirigentes religiosos y reconocidos socialités.

El ácido humor del semanario Charlie Hebdo tiene sus semejantes en distintas partes del mundo, pero no, por supuesto, en lugares donde está prohibido legal o simbólicamente ridiculizar a los representantes de los poderes político, económico, religioso y patriarcal. El caso de la masacre en las oficinas de la publicación francesa ha llamado la atención mundial por la forma en que ocurrió el salvaje atentado y el número de víctimas. En estos aspectos el de Charlie Hebdo es un caso límite, un punto de quiebre que ha mostrado el alto precio que debieron pagar unos periodistas dispuestos a desnudar con su agudo humor los excesos de algunos fanáticos islamistas. Y escribo algunos, porque es un despropósito y deformación ofensiva estigmatizar al conjunto de los musulmanes por lo que unos integristas perpetraron el siete de enero en París. Valga como muestra de crítica y desacuerdo de feligreses musulmanes con la masacre de París las demostraciones en distintas ciudades de España, bajo el lema “Soy musulmán, no terrorista”.

No han faltado quienes prácticamente culpabilizan de su muerte a los periodistas de Charlie Hebdo, ya que los irreverentes sabían bien que podrían ser atacados por ofendidos musulmanes prestos a defender la honra de Alá y su profeta. ¿Para qué satirizar a un símbolo sagrado, si de hacerlo había elevada posibilidad de ser ajusticiado por iracundos vengadores del honor mancillado? Porque los de Charlie Hebdo reivindicaban plenamente la libertad de expresión, y de ella, en su vertiente humorística, hicieron una herramienta para desmitificar a ideas, prácticas y personajes sagrados. Para ellos no había intocables.

Quienes señalan la falta de respeto a la sacralidad por parte de los caricaturistas de Charlie Hebdo como resultado de su trágico fin, olvidan que no fue la mordacidad de los periodistas lo que les mató, sino la reacción fanática de los criminales. Lo evidente no ha sido bien comprendido por un buen sector que dice defender la libertad de expresión, pero al mismo tiempo pareciera conceder que los periodistas fueron víctimas de su irreverencia y no de sus fanáticos victimarios. El fanatismo no debe ser un atenuante a la hora de querer explicar sucesos como los de París, sino un agravante que llame la atención de quienes pensamos en la importancia de construir sociedades diversas y, por lo tanto, multiculturales.

Con buenas intenciones desde distintos lugares se llama a ser respetuosos con las creencias, sobre todo religiosas, de los otros y otras. Respetar significaría no burlarse, ni caricaturizar, como lo hicieron los de Charlie Hebdo, figuras sagradas para ciertas personas y grupos. La libertad de expresión, dicen, debe limitarse para no irrespetar a los demás. El problema es que históricamente el irrespeto ha sido un motor de transformaciones en sociedades cerradas en determinados ámbitos. El sentido del humor, muchas veces duramente ofensivo, ha sido fuente de desacralizaciones necesarias para que las sociedades se democraticen, sean más participativas y se amplíen las libertades y derechos ciudadanos.

Desde todo tipo de poderes se busca someter a los irreverentes cuando éstos no respetan la jerarquía o sentido del honor de aquéllos. Las armas de los irrespetuosos son la crítica, la desdivinización de quienes se pretenden infalibles y reclaman obediencia irrestricta. La historia universal abunda en casos de irrespetuosos que fueron precursores de cambios mentales y posteriormente culturales que sedimentaron reivindicaciones benéficas para muchos, incluso para los opositores de esos cambios. De semejante itinerario da cuenta, por ejemplo, Perez Zagorin, en How the Idea of Religious Toleration Came to the West, Princeton University Press, 2003.

Escribo este artículo para Protestante Digital el 21 de enero, en la misma fecha que hace 490 años un pequeño grupo retomó la enseñanza neotestamentaria sobre que la Iglesia cristiana se conforma de creyentes, quienes de forma voluntaria y formando parte de una comunidad de fe se comprometen a seguir a Cristo, dan testimonio público mediante bautismo de adquirir tal compromiso, propagan el mensaje, afirman la separación Estado-Iglesia(s), son constructores de paz y renuncian al uso de la violencia. Desde fuera del movimiento les dieron el mote de anabautistas y en el siglo XVI ningún otro grupo fue tan perseguido, y con tantos (hombres y mujeres) entre sus filas en ser martirizados y/o ejecutados en la horca, ahogados, decapitados o quemados en la hoguera. Entre las acusaciones que sus perseguidores les hicieron estuvo la de blasfemia, herejía, enemigos del Estado (por no estar dispuestos a empuñar la espada en defensa de un territorio y sus gobernantes).

Confieso que me identifico doctrinal y vitalmente con el anabautismo, y por lo mismo creo que la forma de convencer a otros debe ser la persuasión mediante argumentos, no la imposición y menos la violencia. Me pongo del lado de la libertad de expresión, incluso cuando no comparto ni estoy de acuerdo con quien incurre en excesos que son ofensivos. No me parece sensato hacer burla de la tragedia de otros y otras, ni hacer escarnio de sus debilidades o fracasos.

Antes del sangriento atentado Charlie Hebdo podría ser considerado un semanario casi marginal, circulaba sesenta mil ejemplares de cada número. La edición posterior al criminal ataque fue de tres millones de copias que se agotaron en pocas horas, y por las redes sociales se subastan a postores dispuestos a pagar tres mil dólares o más por tener un número de la edición. El mercado lo banaliza todo. El semanario, me parece, iba cuesta abajo y perdía lectores por lo grotescamente reiterativo de sus sátiras. Ya no era tanto la irreverencia lo que le alejaba potenciales adquirientes a la publicación, sino el tono francamente provocador, de buscapleitos y permanente sarcasmo (burla sangrienta, ironía mordaz y cruel) con el que exhibía temas y personas. Con todo, los periodistas de Charlie Hebdo tenían derecho a hacer lo que hacían, a blasfemar como ejercicio de su libertad de conciencia y expresión. A ese derecho unos fanáticos antepusieron el sentido del deber, consistente en aniquilar a los burlones, creyendo que al hacerlo cumplían con un mandato divino.

 

http://protestantedigital.com/magacin/35090/blasfemia_y_libertad_de_expresion

I Am Not Charlie Hebdo

Publicado: enero 10, 2015 en Iglesia, opinión, Sociedad

The journalists at Charlie Hebdo are now rightly being celebrated as martyrs on behalf of freedom of expression, but let’s face it: If they had tried to publish their satirical newspaper on any American university campus over the last two decades it wouldn’t have lasted 30 seconds. Student and faculty groups would have accused them of hate speech. The administration would have cut financing and shut them down.

Public reaction to the attack in Paris has revealed that there are a lot of people who are quick to lionize those who offend the views of Islamist terrorists in France but who are a lot less tolerant toward those who offend their own views at home.

Just look at all the people who have overreacted to campus micro-aggressions. The University of Illinois fired a professor who taught the Roman Catholic view on homosexuality. The University of Kansas suspended a professor for writing a harsh tweet against the N.R.A. Vanderbilt University derecognized a Christian group that insisted that it be led by Christians.

Americans may laud Charlie Hebdo for being brave enough to publish cartoons ridiculing the Prophet Muhammad, but, if Ayaan Hirsi Ali is invited to campus, there are often calls to deny her a podium.

So this might be a teachable moment. As we are mortified by the slaughter of those writers and editors in Paris, it’s a good time to come up with a less hypocritical approach to our own controversial figures, provocateurs and satirists.

The first thing to say, I suppose, is that whatever you might have put on your Facebook page yesterday, it is inaccurate for most of us to claim, Je Suis Charlie Hebdo, or I Am Charlie Hebdo. Most of us don’t actually engage in the sort of deliberately offensive humor that that newspaper specializes in.

We might have started out that way. When you are 13, it seems daring and provocative to “épater la bourgeoisie,” to stick a finger in the eye of authority, to ridicule other people’s religious beliefs.

But after a while that seems puerile. Most of us move toward more complicated views of reality and more forgiving views of others. (Ridicule becomes less fun as you become more aware of your own frequent ridiculousness.) Most of us do try to show a modicum of respect for people of different creeds and faiths. We do try to open conversations with listening rather than insult.

Yet, at the same time, most of us know that provocateurs and other outlandish figures serve useful public roles. Satirists and ridiculers expose our weakness and vanity when we are feeling proud. They puncture the self-puffery of the successful. They level social inequality by bringing the mighty low. When they are effective they help us address our foibles communally, since laughter is one of the ultimate bonding experiences.

Moreover, provocateurs and ridiculers expose the stupidity of the fundamentalists. Fundamentalists are people who take everything literally. They are incapable of multiple viewpoints. They are incapable of seeing that while their religion may be worthy of the deepest reverence, it is also true that most religions are kind of weird. Satirists expose those who are incapable of laughing at themselves and teach the rest of us that we probably should.

In short, in thinking about provocateurs and insulters, we want to maintain standards of civility and respect while at the same time allowing room for those creative and challenging folks who are uninhibited by good manners and taste.

If you try to pull off this delicate balance with law, speech codes and banned speakers, you’ll end up with crude censorship and a strangled conversation. It’s almost always wrong to try to suppress speech, erect speech codes and disinvite speakers.

Fortunately, social manners are more malleable and supple than laws and codes. Most societies have successfully maintained standards of civility and respect while keeping open avenues for those who are funny, uncivil and offensive.

In most societies, there’s the adults’ table and there’s the kids’ table. The people who read Le Monde or the establishment organs are at the adults’ table. The jesters, the holy fools and people like Ann Coulter and Bill Maher are at the kids’ table. They’re not granted complete respectability, but they are heard because in their unguided missile manner, they sometimes say necessary things that no one else is saying.

Healthy societies, in other words, don’t suppress speech, but they do grant different standing to different sorts of people. Wise and considerate scholars are heard with high respect. Satirists are heard with bemused semirespect. Racists and anti-Semites are heard through a filter of opprobrium and disrespect. People who want to be heard attentively have to earn it through their conduct.

The massacre at Charlie Hebdo should be an occasion to end speech codes. And it should remind us to be legally tolerant toward offensive voices, even as we are socially discriminating.

http://www.nytimes.com/2015/01/09/opinion/david-brooks-i-am-not-charlie-hebdo.html


El rápido paso del ‘Je suis Charlie’ al “yo no soy Charlie” promueve la autocensura y convierte a una sociedad en rehén del despotismo

 

Curiosamente, el miércoles del atentado en París sobraba indignación en el mundo en defensa del principio inalienable de la libertad de expresión. El jueves ya empezaron los peros, los sin embargos y los no obstantes, según muchas voces, justificados para no ofender la sensibilidad religiosa de los musulmanes. Algunos pasaron rápidamente del Je suis Charlie al “yo no soy Charlie”, expresando oposición a la sátira por irresponsable e innecesariamente provocativa. Fue como si de pronto surgieran los halcones y las palomas de la libertad de expresión.

Sea por temor o por ser políticamente correctas, surgió entre las palomas la desafortunada noción que la provocación en cuestión promovió el ataque. Es un argumento que revictimiza a la víctima, desafortunadamente. Uno piensa inmediatamente en la literatura feminista, por ejemplo, plagada de escenarios de esta naturaleza, desde el atuendo de la mujer en casos de agresión sexual hasta la inconveniencia de desafiar la autoridad del hombre en casos de abuso. Voluntariamente o no, es un razonamiento que casi siempre llega a una sutil justificación de la violencia en cuestión. Al final uno hasta puede olvidarse de la nada sutil diferencia que existe entre el grafito y el plomo.

Independientemente de ser un ultra de la libertad de expresión —como quien aquí escribe— no un moderado —como aquellos dispuestos a “partir la diferencia”— toca encontrarle sentido a tanto sinsentido, el ataque terrorista y el debate. Una primera reflexión es que las comunidades islámicas europeas tienen una tremenda disyuntiva frente a sí, un doble estándar de gigantescas proporciones que deben resolver. Gozan de los derechos y garantías que les otorga un Estado constitucional, mientras varios de sus miembros —que no son pocos, sean violentos o pacíficos— intentan restringir a otros el uso de esas mismas libertades. Como se dice en inglés: they can’t have it both ways.

Surgió entre las palomas la desafortunada noción que la provocación en cuestión promovió el ataque

Dicho de otro modo, en su amplia mayoría, las comunidades musulmanas son comunidades inmigratorias. En muchas de sus sociedades de origen —donde la vida colectiva está organizada bajo el paradigma del Islam— los individuos no gozan de los derechos que les garantiza la arquitectura del constitucionalismo liberal. No hay más que pensar en las personas que practican otra religión, en los homosexuales y en las mujeres que cometen adulterio. Si Charlie Hebdo invitó a la violencia con su sátira, pues la indefinición de los musulmanes sobre estos principios, y su persistente rechazo a la asimilación, contribuyen a su propia exclusión y, peor aún, alimentan a la derecha xenófoba y racista, igualmente antiliberal. El multiculturalismo es muy viable, es solo que la hipocresía no lo ayuda.

La segunda reflexión es que el derecho a la blasfemia, principio muy en juego en esta crisis, no existe por el deseo malévolo de ofender al creyente. Existe porque sin ese derecho no hay secularización, es decir, no es posible una real separación entre Iglesia y Estado, piedra basal del constitucionalismo y la democracia. Este principio es para la política lo que la separación entre el conocimiento derivado de la fe y los hechos objetivos comprobables son para la epistemología, un quiebre intelectual específico al racionalismo y el positivismo, ambos franceses en origen, justamente.

Dadas estas bifurcaciones políticas y cognitivas, el derecho a la blasfemia es el derecho a considerar al dogma religioso como una narrativa como cualquier otra, y por ende susceptible de la crítica a la que se somete a cualquier otra. La sátira de Charlie Hebdo, su sarcasmo, su burla —del Islam y de otras religiones por igual— es la misma burla que uno puede leer en la crítica de una película aburrida, de un libro mediocre o de una exposición de pintura poco estimulante. Simplemente se trata del derecho a rechazar verdades reveladas.

Las comunidades islámicas europeas tienen una tremenda disyuntiva frente a sí, un doble estándar de gigantescas proporciones que deben resolver

El problema de las palomas, aquellos dispuestos a renunciar a algunas libertades, es que pasan por alto que la libertad de expresión ya es un compromiso, un encuentro a mitad de camino y un acto de enorme moderación, la que deviene del hecho de darle a todos el mismo reconocimiento, la misma legitimidad. Desandar ese camino, y por ejemplo declinar o moderar ese derecho, primero, obliga a una sociedad a la autocensura y, en el largo plazo, la convierte en rehén de los déspotas.

La tercera reflexión es que aquí no hay conflicto religioso ni choque de civilizaciones, una lógica que, por otra parte, desconoce que las peores barbaries de la historia de la humanidad ocurrieron dentro de las civilizaciones, no entre ellas. El argumento que Occidente es el gran enemigo de la militancia radical islámica pierde fuerza explicativa cuando uno ve que el genocidio en Siria, el secuestro de niñas en Nigeria y la matanza de escolares en Pakistán han ocurrido en nombre de los mismos principios religiosos con los cuales se ejecutaron a los caricaturistas franceses.

El término que falta en esta ecuación es la política, la política en el mundo árabe y en el Islam. La religión actúa como excusa discursiva para actores a veces estatales, otras no estatales, y últimamente protoestatales que buscan consolidar regímenes despóticos. El terrorismo es cada vez menos la respuesta a las lejanas invasiones de Afganistán e Irak, y cada vez más la consecuencia del dramático fracaso de la primavera árabe, la cuarta ola democratizadora que llegaría al medio oriente. La ola llegó, chocó contra el paredón en la explanada del autoritarismo y se retiró mar adentro para no regresar por el futuro previsible.

No hay más que mirar a Egipto, de quien nadie habla con ocasión de esta tragedia, el país más poblado del medio oriente donde el despotismo religioso de la Hermandad Musulmana perdió el poder en manos del despotismo secular de Al Sisi. No sabemos cuánto de aquel proyecto religioso se vehiculiza hoy por medio del Califato de Mosul, lejos de Egipto. Una vez más, el conflicto más profundo no es entre civilizaciones.

Y, finalmente, si se trata del lápiz como símbolo de las libertades fundamentales, quienes vivimos en la orilla occidental del Atlántico no podemos dejar de recordar a Bonil, el caricaturista ecuatoriano, verdadero halcón de la libertad de prensa y pionero del uso del lápiz como método de defensa de sus derechos. En esta parte del mundo es el Estado, en lugar del terrorismo, el que ataca la libertad de prensa. Lo hace con un sistema judicial esclavo del poder político. Si bien menos brutal es igual de arbitrario y con efecto similar: la autocensura primero, y luego la sociedad como rehén del autoritarismo.

La moraleja es que nunca se puede ser demasiado extremo, demasiado halcón, cuando se trata de la libertad de expresión. Nous sommes tous Charlie.

Twitter @hectorschamis

http://internacional.elpais.com/internacional/2015/01/10/actualidad/1420857946_902803.html

Yo no soy Charlie Hebdo

Publicado: enero 9, 2015 en opinión, Sociedad

Es un buen momento para adoptar una postura menos hipócrita hacia nuestras propias figuras provocadoras

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A los periodistas de Charlie Hebdo se les aclama ahora justamente como mártires de la libertad de expresión, pero seamos francos: si hubiesen intentado publicar su periódico satírico en cualquier campus universitario estadounidense durante las dos últimas décadas, no habría durado ni treinta segundos. Los grupos de estudiantes y docentes los habrían acusado de incitación al odio. La Administración les habría retirado toda financiación y habría ordenado su cierre.

La reacción pública al atentado en París ha puesto de manifiesto que hay mucha gente que se apresura a idolatrar a quienes arremeten contra las opiniones de los terroristas islámicos en Francia, pero que es mucho menos tolerante con quienes arremeten contra sus propias opiniones en su país.

Fíjense si no en todas las personas que han reaccionado de manera exagerada a las microagresiones en los campus. La Universidad de Illinois despidió a un catedrático que explicaba la postura de la Iglesia católica respecto a la homosexualidad. La Universidad de Kansas expulsó a un catedrático por arremeter en Twitter contra la Asociación Nacional del Rifle. La Universidad de Vanderbilt retiró el reconocimiento a un grupo cristiano que insistía en que estuviese dirigida por cristianos.

Puede que los estadounidenses alaben a Charlie Hebdo por ser lo bastante valiente como para publicar viñetas que ridiculizaban al profeta Mahoma, pero cuando Ayaan Hirsi Ali es invitada al campus, suele haber peticiones de que se prohíban sus intervenciones.

Así que esta podría ser una ocasión para aprender algo. Ahora que nos sentimos tan apenados por la masacre de esos escritores y directores de periódico en París, es un buen momento para adoptar una postura menos hipócrita hacia nuestras propias figuras controvertidas, provocadoras y satíricas.

Supongo que lo primero que hay que decir es que, independientemente de lo que uno haya publicado en su página de Facebook este viernes, es inexacto que la mayoría de nosotros afirmemos “Je suis Charlie Hebdo” o “Yo soy Charlie Hebdo”. La mayoría de nosotros no practicamos de verdad esa clase de humor deliberadamente ofensivo en la que está especializada ese periódico.

Puede que hayamos empezado así. Cuando uno tiene 13 años, parece atrevido y provocador épater la bourgeoisie [escandalizar a la burguesía], meterle el dedo en el ojo a la autoridad, ridiculizar las creencias religiosas de otros. Pero, al cabo de un tiempo, nos parece pueril. La mayoría de nosotros pasamos a adoptar puntos de vista más complejos sobre la realidad y más comprensivos con los demás. (La ridiculización se vuelve menos divertida a medida que uno empieza a ser más consciente de su propia y frecuente ridiculez). La mayoría tratamos de mostrar un mínimo de respeto hacia las personas con credos y fes diferentes. Intentamos entablar conversaciones escuchando en vez de insultando. Pero, al mismo tiempo, la mayoría de nosotros sabemos que los provocadores y otras figuras estrafalarias cumplen una función pública útil. Los humoristas y los caricaturistas exponen nuestras debilidades y vanidad cuando nos sentimos orgullosos. Minan el autobombo de los triunfadores. Reducen la desigualdad social al bajar a los poderosos de su pedestal. Cuando son eficaces, nos ayudan a enfrentarnos a nuestras flaquezas en grupo, ya que la risa es una de las experiencias cohesivas por antonomasia.

Es más, los expertos en provocación y ridiculización ponen de relieve la estupidez de los fundamentalistas. Los fundamentalistas son gente que se lo toma todo al pie de la letra. Son incapaces de adoptar puntos de vista diversos. Son incapaces de ver que, aunque su religión pueda ser digna de la más profunda veneración, también es cierto que la mayoría de las religiones son un tanto extrañas. Los humoristas señalan a quienes son incapaces de reírse de sí mismos y nos enseñan a los demás que probablemente deberíamos hacerlo también. En resumen, al pensar en quienes provocan y ofenden, deseamos mantener unas normas de civismo y respeto y, al mismo tiempo, dejar espacio a esos tipos creativos y desafiantes que no tienen las inhibiciones de los buenos modales y el buen gusto.

Cuando se intenta combinar este delicado equilibrio con las leyes, las normas sobre el discurso y los ponentes vetados, se acaba teniendo una censura pura y dura y unas conversaciones acalladas. Casi siempre es un error tratar de silenciar el discurso, fijar normas sobre él y cancelar las invitaciones de los ponentes.

Por suerte, los modales sociales son más maleables y flexibles que las normas. La mayoría de las sociedades han logrado mantener ciertas reglas de civismo y respeto a la vez que han dejado la vía abierta a quienes son divertidos, descorteses y ofensivos.

En la mayoría de las sociedades, los adultos y los niños comen en mesas separadas. La gente que lee Le Monde o las publicaciones institucionales se sienta a la mesa de los adultos. Los bufones, los excéntricos y las personas como Ann Coulter y Bill Maher están en la mesa de los niños. No se los considera del todo respetables, pero se los escucha porque, con su estilo de misil descontrolado, a veces dicen cosas necesarias que nadie más dice.

Las sociedades sanas, en otras palabras, no silencian el discurso, pero conceden un estatus diferente a los distintos tipos de personas. A los eruditos sabios y considerados se los escucha con gran respeto. A los humoristas se los escucha con un semirrespeto desconcertado. A los racistas y a los antisemitas se los escucha a través de un filtro de oprobio y falta de respeto. La gente que desea ser escuchada con atención tiene que ganárselo mediante su conducta.

La masacre de Charlie Hebdo debería ser una oportunidad para poner fin a las normas sobre el discurso. Y debería recordarnos que, desde el punto de vista legal, tenemos que ser tolerantes con las voces ofensivas, aunque seamos selectivos desde el punto de vista social.

Traducción de News Clips.

© The New York Times.

http://internacional.elpais.com/internacional/2015/01/09/actualidad/1420843355_941930.html


Durante 40 años, Martine Rothblatt fue hombre. Hoy es la ejecutiva mejor pagada de Estados Unidos y aspira a a la vida eterna gracias a la Inteligencia Artificial.

Siempre que Martine Rothblatt atisba alguna posibilidad de perder, redobla sus apuestas. Porque, según ella, cuando uno se empeña en arriesgar, ganar es algo casi seguro. Está acostumbrada a vencer obstáculos sociales y económicos, sentimentales y biológicos y ahora, ya encarrilada en el triunfo, se ha propuesto superar a Dios. Esta mujer estadounidense de huesos y cabello largos es una exitosa empresaria farmacéutica, ex emprendedora de las telecomunicaciones, abogada especializada en legislación espacial, doctora en Ética de la Medicina, filósofa existencialista, escritora, jerarca de su propia religión, promotora de la Inteligencia Artificial y multimillonaria. Tiene casi 60 años, pero es mujer sólo desde hace 20.

Se llamaba Martin y fue un chico que creció en un barrio obrero de San Diego (California). Los miembros de su familia eran los únicos judíos en una zona donde la mayoría de los vecinos eran de origen hispano. Por algo como esto y haber sido un lector compulsivo de ciencia ficción y por haber abandonado la prestigiosa UCLA y por decidirse a ser un emprendedor aventurero, entre muchas otras cosas, en todo momento ha estado consciente de que es “un ser diferente”, una característica que representa “muchas ventajas.”

Una noche de 1979 conoció en una discoteca a una chica afroamericana, Bina Aspen, y no descansó hasta conquistarla. Martin y Bina se casaron (ella se convirtió al judaísmo) y, con el paso del tiempo, se convirtieron en unos padres orgullosos de cuatro hijos. Él trabajaba en un bufete de abogados, con gran reputación y muy buen sueldo y, sin embargo, no estaba dispuesto a pasar el resto de su vida entre su despacho y los juzgados. No es que tuviese claustrofobia, pero le apetecía más otro tipo de espacio. Pensó que si los mares y las tierras ya tenían reglas de explotación bien definidas, el espacio exterior, en cambio, tenía un potencial comercial que había que aprovechar. Eran los años ochenta del siglo pasado, Martin se esforzó por convertir la comunicación satelital en un gran negocio y llegó a encabezar importantes compañías del sector, GeoStar y PaAmSat, y a desarrollar la radio satelital con WorldSpace y Sirius. Pero su vida personal y profesional lo llevaría a otra órbita.

Bina y Martine durante una entrevista televisiva.

Cierto día, Bina le confesó a Martin que se había enamorado de una mujer. “No sé por qué no lo había asumido hasta ahora, pero soy lesbiana”, le dijo. Martin no podía creerlo y, sobre todo, no podía resignarse a perder al amor de su vida. Recordó entonces que, cuando era adolescente, había ocasiones en que deseaba con todas sus fuerzas ser una mujer. No le gustaban los hombres. Quería tener el cuerpo de una mujer y tener como pareja a una mujer. ¿Y si cambiaba de sexo? ¿Y si gracias a ello lograba reconquistar a Bina? Pero… ¿cómo se lo tomarían sus hijos? ¿Y el resto de su familia? ¿Y sus amigos y conocidos? Comenzó a hormonarse y a ir al psicoterapeuta y en 1994 se realizó la operación de cambio de sexo. Al comenzar a vestirse de mujer, varios de sus vecinos dejaron de hablarle y sus hijos eran objeto de burlas en el colegio. No obstante, Martin, que ya era Martine, se ganó una vez más el amor de Bina.

Pero el destino traería más inconvenientes y, al mismo tiempo, más oportunidades. Después de varias pruebas y análisis, los médicos les dijeron a Martin y a Bina que su pequeña hija Jenesis padecía Hipertensión Pulmonar y que, desde su punto de vista, a la niña le quedaban tan sólo unos meses de vida, pues se trababa de una enfermedad incurable. La impotencia que sentía la pareja se acrecentaba cuando a Jenesis le faltaba el aire, se le dificultaba caminar, los labios se le volvían azules y, en algunos momentos, no podía hablar. ¿De verdad no había cura para esta enfermedad? “Las farmacéuticas no invierten en ello porque se trata de una enfermedad rara y, como no afecta a muchas personas, no ven la posibilidad de hacer negocio”, les explicó un doctor.

Martine Rothblatt utilizó todos sus recursos económicos y contactos para encontrar una cura. Solicitó propuestas de investigación y ofreció becas. Fundó United Therapeutics, una empresa biotecnológica centrada en la investigación, desarrollo y venta de medicamentos para personas con enfermedades crónicas, cardiovasculares y cáncer y en donde, en estos días, afinan el modo de trasplantar órganos de cerdos a humanos. Al principio, un grupo de expertos logró controlar la enfermedad de Jenesis con un cóctel de siete pastillas, pero la pequeña sufría algunos desmayos. La estabilización llegó después, con una bombilla intravenosa que disminuye la presión arterial pulmonar y evita infecciones. Jenesis tiene ahora 30 años y trabaja en la empresa de su madre. Su enfermedad sigue siendo incurable, pero su esperanza de vida no deja de aumentar.

De forma paralela, esta “ejecutiva con senos de adolescente”, como ella misma se describe, no dejaba de reflexionar sobre su “proceso trans.” En 1995 publicó un manifiesto titulado El apartheid del sexo: “los genitales son tan irrelevantes para el papel de uno en la sociedad como el tono de piel. Por lo tanto, dividir a las personas en hombres y mujeres es tan equivocado como dividirlos en blancos y negros”, afirmaba. Y proponía utilizar Pn., como abreviatura de persona, en lugar de Mr. o Ms. (señor o señora). Y en lugar de catalogar como “transgénero” a alguien como ella, sugería utilizar el concepto “transhumanista.”

También comenzó a interesarse por la Inteligencia Artificial pues, desde su punto de vista, en ella reside la clave para que los seres humanos prolonguemos nuestra vida de manera indefinida. ¿Qué tal si cada uno tuviera un robot a su imagen y semejanza, física pero también espiritual? ¿Quién dijo que las máquinas no pueden tener conciencia? En su Terasem Movement Foundation han creado ya un robot “igual” a Bina. Se llama Bina48 y, después de muchas entrevistas a la Bina de carne y hueso, ha adquirido varias de las “características espirituales”, según Martine. Reconoce la voz de familiares y amigos y “tiene sentimientos hacia ellos.” Todavía le falta mucho para llegar a ser como su esposa, pero cuando lo logre, “Bina jamás morirá. Quizá enterremos a la de carne y hueso, pero jamás al robot”, dice con naturalidad cuando le piden explicar su proyecto.

Pero Terasem es, además, una religión “futurista” que promueve “el respeto a la diversidad, sin sacrificar la unidad.” Cree que el ser humano no es el límite, sino el punto de partida para ir a más. Dice su doctrina: “la vida tiene un propósito; la muerte es opcional; Dios es tecnológico; el amor es esencial.” Por lo pronto tiene 50 seguidores (empleados suyos) y cuatro “templos” (residencias para reunirse una vez al mes y meditar).

En 2013, las acciones de United Therapeutics subieron gracias a que recibió la autorización para comercializar un nuevo medicamento contra Hipertensión Pulmonar en el que llevaban trabajando más de una década. El sueldo anual de la señora a la que sus cuatro hijos siguen llamando papá y sus cuatro nietos le dicen GranMartine, pasó a ser de 38 millones de dólares y se convirtió en la mujer mejor pagada de Estados Unidos (por encima de Marissa Mayer, de Yahoo!, que en ese mismo año cobró 25 millones de dólares). “No puedo decir que lo que he conseguido es equivalente a lo que una mujer ha logrado, ya que en la primera mitad de mi vida yo era varón”, le dijo en un extenso reportaje de portada en septiembre pasado a New York Magazine. La multimillonaria, singular y exitosa Martine tiene casi 60 años y no piensa en su jubilación. Porque aspira a la vida eterna.

 

http://elpais.com/elpais/2014/12/26/icon/1419591490_744332.html


El mes “católico” del Papa

Después de meses de impulsar una agenda aparentemente progresista, el péndulo católico oscila en sentido contrario hasta el siguiente movimiento.

DESDE ROMA AUTOR Leonardo de Chirico TRADUCTOR Rosa Gubianas
Papa Francisco

“El matrimonio es entre un hombre y una mujer”. “La vida por nacer es tan preciosa y única como cualquier vida”. La eutanasia es un abuso injustificable de la libertad humana”. “Los niños adoptados tienen el derecho a tener un padre y una madre”. Estas son las posiciones estándar católico romanas declaradas en varios acalorados debates sobre temas morales de nuestra generación. Así, ¿por qué ahora este alboroto al respecto? El Papa Francisco habló y argumentó sobre los mismos en dos discursos diferentes durante las últimas semanas. [1]

Después de meses de enviar confusos mensajes sobre la homosexualidad (“¿Quién soy yo para juzgar?”), lo buenas que son todas las “relaciones amorosas” estén o no casados, la necesidad que tiene “la” Iglesia (ICAR) de mantenerse alejada del calor de los debates éticos actuales y su malestar por todo lo “no negociable”, el Papa Francisco ha dicho al fin algo “católico”.

Aunque ha estado siempre alineado con la teología moral católico romana tradicional (¡después de todo es el Papa!) nunca había hablado en público de estos asuntos de una forma tan definida y en tan corto período de tiempo.

 

LAS CONSECUENCIAS DEL SÍNODO

Este mes “católico” del Papa aparece después del Sínodo sobre la familia donde la Iglesia Católica experimentó unos días turbulentos de controversia entre cardenales de alto rango y obispos.

Algunas voces progresistas estaban a favor de impulsar una actualización de la actitud moral de la Iglesia sobre la sexualidad y las relaciones humanas. Apoyado enérgicamente por la opinión pública secular, todos aplaudiendo a este Papa “revolucionario”, algunos sectores de la Iglesia creyeron que la brecha entre la ICAR y las masas occidentales podría salvarse si la ICAR adoptaba una aproximación a estas cuestiones más relajada y menos confrontacional. El Sínodo 2014 presenció un conflicto entre estas voces y las más tradicionales, cuyo resultado fue el mantenimiento temporal del statu quo en espera del Sínodo del próximo año que será convocado de nuevo sobre el mismo tema.

¿Dónde se sitúa el Papa Francisco en todo esto? En los meses precedentes al Sínodo, a veces se decantaba por una Iglesia que “mira hacia el exterior”, o sea, una Iglesia menos preocupada por los dogmas y los principios morales y más interesada en estar cada vez más cerca de la gente, con independencia de sus elecciones individuales y absteniéndose deliberadamente de emitir juicios morales sobre la integridad de sus vidas. Este flujo constante de mensajes pareció crear una especie de impulso que podría servir de fondo para cambios significativos en la ICAR que el Sínodo estaba destinado a introducir.

No obstante, las cosas fueron de otra manera. Entretanto, las fuertes críticas de importantes círculos de la Iglesia Católica llegaron a ser francamente abiertas y alcanzaron al propio Papa por sus palabras vacilantes y confusas.

Tras este mes “católico” de Francisco se puede pensar que existe la seguridad de que  permanece fiel a la enseñanza moral tradicional de la ICAR y que de ninguna manera ha cambiado de opinión. Después de meses de impulsar una agenda aparentemente progresista, el péndulo católico oscila en sentido contrario con el fin de recuperar la estabilidad… hasta que llegue el siguiente movimiento.

 

¿DÓNDE ESTÁ EL PAPA?

Sin embargo, todavía quedan unas preguntas que se han convertido en permanentes. ¿Dónde se halla  realmente el Papa en lo referente a estas cuestiones? ¿Cómo podemos explicar este aparente cambio de sentido? ¿Quién es capaz de adivinar lo que le preocupa? Y, más generalmente, ¿sabemos dónde está en una serie de puntos clave doctrinales y pastorales?

Hasta ahora, ha tenido mucho interés en construir puentes con toda clase de gente, movimientos y redes. Un creciente número de personas en todo el mundo llaman al Papa “amigo”. Muchos líderes evangélicos están en su entorno. Tienen la impresión de que el Papa es una persona transparente y accesible, fácil de conocer y rápida para sintonizar. Parece que habla su lenguaje y que comprende sus corazones. Imaginan que está cerca de todos.

La evidencia, no obstante es más compleja.

Es ciertamente capaz de acercarse a todos, de llamar a cualquier persona “hermano” y “hermana”, pero, ¿cuánta gente sabe lo que hay en su corazón? Sin duda, puede combinar el lenguaje evangélico, las devociones marianas y las inquietudes “políticamente correctas”, al tiempo que conserva una perspectiva católico romana que lo abarca completamente todo. ¿Conocemos verdaderamente al Papa Francisco? ¿Cuánto de esta complejidad es el resultado de haber sido jesuita? ¿Qué sabemos de la profundidad de su teología y de la naturaleza global de su agenda?

La Biblia quiere que nuestra comunicación no quede atrapada en un tipo de lenguaje de “sí” y “no” al mismo tiempo (2 Corintios 1:18-20) sino que hablemos claramente de lo que tenemos en nuestros corazones. El lenguaje del Papa Francisco tiende a decir “Sí, sí” y “No, no” con el mismo aliento.

La Palabra de Dios también nos exhorta a “hablar la verdad” (Efesios 4:25) y evitar las “palabras torcidas” (Proverbios 4:24). Aquí nadie puede tirar una piedra porque en esta materia todos somos pecadores. Pero, lo que el Papa ha estado diciendo hasta ahora hizo que se enviaran mensajes contradictorios. Este mes “católico” ha mostrado un aspecto importante del Papa Francisco, pero el retrato completo es todavía un trabajo en proceso. La impresión es que hasta el momento únicamente hemos recogido esbozos del Papa y que la verdadera obra está aún por hacer.

 

 

[1]  A la Asociación de Médicos Católicos Italianos (15 Nov. 2014) y al Humanum Coloquio sobre la complementariedad del hombre y la mujer en el matrimonio (17 Nov. 2014).

 

http://protestantedigital.com/magacin/34671/Quien_es_realmente_el_Papa_Francisco

Sufrid, niñitos

Publicado: noviembre 23, 2014 en Inmigración, opinión, Sociedad

El Museo de los Apartamentos, en Lower East Side, es uno de los sitios que más me gustan de la ciudad de Nueva York. Se trata de un edificio antiguo de la época de la Guerra Civil que dio cobijo a varias oleadas consecutivas de inmigrantes, y en el que han restaurado algunos apartamentos para que tengan exactamente el mismo aspecto que tuvieron en distintas épocas, desde la década de 1860 hasta la de 1930 (cuando el edificio fue declarado inhabitable). Cuando uno recorre el museo, se queda con la fuerte sensación que produce la inmigración como experiencia humana, la cual —a pesar de los muchos malos momentos, a pesar de un entorno cultural en el que a los judíos, los italianos y otros se los consideraba a menudo una raza inferior— ha sido en su mayoría positiva.

El apartamento Baldizzi de 1934 me impresiona especialmente. Cuando les describí su distribución a mis padres, ambos afirmaron: “¡Yo crecí en ese apartamento!”. Y los inmigrantes actuales son iguales, en cuanto a sus aspiraciones y su comportamiento, que mis abuelos; gente que busca una vida mejor y que, en su mayoría, la encuentra.

Por eso es por lo que apoyo sin reservas la nueva iniciativa sobre inmigración del presidente Obama. No es más que una cuestión de decencia humana.

Eso no quiere decir que yo, ni la mayoría de los progresistas, estemos a favor de unas fronteras completamente abiertas. Se puede ver una razón importante ahí mismo, en el apartamento Baldizzi: la foto de F. D. Roosevelt en la pared. El New Deal convirtió Estados Unidos en un lugar inmensamente mejor, aunque probablemente no habría sido posible sin las restricciones inmigratorias que entraron en vigor tras la Primera Guerra Mundial. Por un lado, sin esas restricciones, se habría hablado mucho, con razón o sin ella, de toda la gente que llegaba en tropel a Estados Unidos para aprovecharse de las ayudas gubernamentales.

Además, la inmigración libre significaba que muchos de los trabajadores peor pagados de Estados Unidos no eran ciudadanos y no podían votar. Una vez que entraron en vigor las restricciones a la inmigración, y los inmigrantes que ya estaban en el país obtuvieron la ciudadanía, esa clase inferior privada del derecho al voto se redujo rápidamente, lo que contribuyó a crear las condiciones políticas necesarias para un colchón de seguridad social más fuerte. Y sí, los inmigrantes poco cualificados probablemente influyan un poco en la bajada de los salarios, aunque los datos que tenemos indican que esa influencia es bastante pequeña.

Mis padres tuvieron la vida que tuvieron porque EE UU estuvo dispuesto a tratarlos como personas

De modo que la política sobre inmigración se enfrenta a algunos problemas complejos. A mí me gusta decir que, si no nos sentimos en conflicto respecto a esos problemas, es que hay algo en nosotros que no va bien. Pero algo con lo que no debemos tener ningún conflicto es la propuesta de que deberíamos ofrecer un trato decente a los niños que ya están en nuestro país (y ya son estadounidenses en todos los aspectos importantes). Y de esto es de lo que trata la iniciativa de Obama.

¿De quiénes hablamos? En primer lugar, hay más de un millón de jóvenes en este país que llegaron —sí, ilegalmente— cuando eran pequeños y han vivido aquí desde entonces. En segundo lugar, hay un gran número de niños que han nacido aquí —lo que los convierte en ciudadanos estadounidenses, con los mismos derechos que tenemos ustedes y yo— pero cuyos padres llegaron ilegalmente y, según la ley, pueden ser deportados.

¿Qué debemos hacer con estas personas y sus familias? Hay ciertas fuerzas en nuestra escena política que quieren que los tratemos con mano de hierro; que busquemos y deportemos a jóvenes residentes en EE UU que no nacieron aquí pero que nunca han conocido otro hogar; que busquemos y deportemos a los padres indocumentados de niños que son estadounidenses, y obliguemos a estos niños a exiliarse, o bien a arreglárselas solos.

Pero eso no va a pasar; en parte porque, como nación, no somos en el fondo tan crueles; en parte porque esa clase de campaña exigiría unas medidas que se parecerían a las de un Estado policial; y en gran medida, siento decirlo, porque el Congreso no quiere gastar el dinero que se necesitaría para algo así. En la práctica, los niños indocumentados y los padres indocumentados de niños con papeles no se van a marchar.

La verdadera pregunta, por tanto, es cómo vamos a tratarlos. ¿Seguiremos adelante con nuestro actual sistema de abandono perverso, les negaremos derechos comunes y corrientes, y los someteremos a la amenaza constante de la deportación? ¿O los trataremos como a los conciudadanos nuestros que ya son?

La verdad es que el puro interés personal nos dice que actuemos con humanidad. Los niños inmigrantes de hoy son los trabajadores, contribuyentes y vecinos del mañana. Condenarlos a vivir en la sombra significa que tendrán una vida doméstica menos estable de lo que deberían, que se les negará la oportunidad de adquirir una educación y formarse, que contribuirán menos a la economía y desempeñarán una función menos positiva en la sociedad. El hecho de no actuar es autodestructivo sin más.

Por lo que a mí respecta, no me preocupa demasiado el dinero, ni siquiera los aspectos sociales. Lo que de verdad importa, o debería importar, es la humanidad. Mis padres pudieron tener la vida que tuvieron porque Estados Unidos, a pesar de todos los prejuicios de aquella época, estuvo dispuesto a tratarlos como a personas. Ofrecer esa misma clase de trato a los niños inmigrantes de hoy es la manera práctica de actuar, pero también, y esto es fundamental, es lo correcto. Así que aplaudamos al presidente por ello.

Paul Krugman es profesor de Economía de la Universidad de Princeton y premio Nobel de Economía de 2008.

© 2014, New York Times Service.

Traducción de News Clips.

 

http://economia.elpais.com/economia/2014/11/21/actualidad/1416579196_483680.html

Dios en el banquillo

Publicado: noviembre 22, 2014 en Conciencia, opinión, Teología

Lidia Martín

Cada vez que las cosas no nos van como querríamos, sometemos a Dios a juicio.

El saber estar es probablemente una de las bases de lo que llamamos “la buena educación”. Más allá de cuestiones de modales simplemente, saber estar tiene que ver con escoger bien las formas, las estrategias, la manera de comportarse, en definitiva, en función del lugar y personas con las que estemos en cada momento. Pero saber estar también implica, de una u otra forma, ser conscientes de quiénes somos nosotros frente a los demás y de cuál es el lugar que verdaderamente nos toca ocupar en cada situación.

Poner a Dios en el banquillo ha sido una de esas meteduras de pata que todas las personas de todos los tiempos y épocas hemos venido cometiendo sistemáticamente de una u otra manera, precisamente en una clara puesta en evidencia de hasta qué punto no sabemos estar por no tener demasiado claro, parece, qué papel jugamos cada uno en este escenario nuestro que es el Universo creado.

Cada vez que las cosas no nos van como querríamos sometemos a Dios a juicio, como si intentáramos hacerle comprender cuán injusto es al actuar hacia nosotros de una forma y no de otra. Le sentamos en el banquillo para hacerle culpable de nuestros errores, de nuestros pecados, incluso, tal como ya sucedió en el Edén. Le exigimos, más o menos abiertamente, un trato justo hacia nosotros, porque pensamos que no nos compensa adecuadamente al seguirle, y esperamos que nuestra “secuencia lógica” de acontecimientos coincida con la suya. Le sometemos a juicio al no aceptar que, desgraciadamente, a los malos a veces les va aparentemente bien y los justos sufren mientras tanto. Nos da miedo obedecerle porque, en el fondo de nuestro ser, aún le percibimos como a un Dios tirano que, en el fondo, no está tan interesado en beneficiarnos como en probarnos y dudados de Su buena voluntad para con nosotros. En nuestra desconfianza de Él le sometemos a juicio, dudando de Su palabra, de Sus promesas, de Su carácter en definitiva.

Pero se nos olvida que no podemos sentar en el banquillo al juez. Incluso aunque en nuestros sistemas políticos, democráticos o sociales eso pueda darse (aunque escasamente, desde luego), no es posible en el orden establecido en nuestro mundo, en el que nosotros somos las criaturas, seres diminutos y ridículos al lado del Dios Altísimo, que es el Creador y sustentador de todo lo que se mueve alrededor nuestro. Ese es nuestro verdadero papel, y ceñirnos a él sería una verdadera muestra de saber estar de nuestra parte. Pero seguimos tratando a Dios de tú a tú, no tanto como hijos que se acercan a su padre en términos de confianza, algo que Él mismo nos permite, sino como el que se toma la licencia inadecuada de pedirle cuentas a quien no tiene por qué dárselas a nadie.

Por mucho que hayamos sentado a Dios en el banquillo a lo largo de la historia, el juicio está ya sentenciado y Él no sólo es un juez justo, sino que es el absoluto vencedor en el proceso. Él pedirá cuentas a todas y cada una de sus criaturas. Nosotros seremos verdaderamente los que un día tendremos que vernos respondiendo ante Su tribunal y nadie podrá jugar con Él a replicarle o contrarreplicarle. Toda rodilla será doblada ante Su presencia, no existirá otra forma de poder enfrentarse a ese momento que el reconocimiento de nuestro verdadero lugar, amparados en la sangre de Cristo aquellos que así lo aceptamos, con temblor y crujir de dientes quienes decidieron no hacerlo, pero todos y cada uno asumiendo sin posibilidad de error que Aquel a quien tanto juzgamos, ignoramos, enfrentamos o retamos era, desde el mismo principio, el Dios justo y bueno que siempre dijo que fue, empeñado en hacernos bien, en cumplir Su voluntad y Sus planes de bien para nosotros, sustentador de todas las cosas, las que vemos y las que no vemos, y la fuente directa de todo bien del que hayamos podido disfrutar en el tiempo que se nos ha dado en esta tierra.

No perdamos fuerzas ni energías en lugares inadecuados. Sepamos estar, desde esta nuestra posición frágil, ante el Dios de todo, ante Su poder, Su Santidad y Sus pensamientos, que no son como los nuestros. Cuando en un enfrentamiento ya hay un ganador, hay también un perdedor, y el saber estar obliga a saber también retirarse a tiempo de una contienda inútil, por mucho que a nuestro orgullo, prepotencia y autosuficiencia humanos les cueste.

http://protestantedigital.com/magacin/34527/Dios_en_el_banquillo