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Los asesinatos de los periodistas de Charlie Hebdo han impulsado globalmente el debate sobre la libertad de expresión y sus límites.

 ¿La blasfemia debe ser protegida por la libertad de conciencia y la de expresión? ¿Tiene que acotarse y hasta penalizarse cuando hay quienes se sienten ofendidos o degradados al ser caricaturizados por los blasfemos? El tópico se ha redimensionado en las últimas semanas y reflexionar sobre el mismo es tanto un deber intelectual como vital.

Los asesinatos de los periodistas de Charlie Hebdo han impulsado globalmente el debate sobre la libertad de expresión y sus límites. Para unos dicha libertad debe ser irrestricta, ya que es un logro histórico en la construcción de sociedades horizontales. Para otros la libertad de expresión debe refrenarse ante lo que para ciertas personas y colectivos es considerado como sagrado.

Blasfemar es lanzar una blasfemia contra alguien o algo. La primera acepción de blasfemia está definida, por la Real Academia Española, como “palabra injuriosa contra Dios, la Virgen o los santos”. La segunda acepción incluye proferir “palabra gravemente injuriosa contra alguien”. Injuria es un “agravio, ultraje de obra o de palabra, y en términos jurídicos se considera “un delito o falta consistente en la imputación a alguien de un hecho o cualidad en menoscabo de su fama o estimación”.

¿Los periodistas de Charlie Hebdo blasfemaron contra el profeta Mahoma, es decir lo ridiculizaron, ofendieron y menoscabaron su estima? Sin duda que lo hicieron. Estaban conscientes de que al caricaturizar a ése personaje millones de musulmanes se iban sentir ultrajados y burlados. Los dibujantes siempre reivindicaron su derecho al sarcasmo contra las representaciones y símbolos sagrados. Para ellos lo sagrado no se quedaba nada más en el terreno de lo religioso, sino que también abarcaba lo político, económico y sociocultural. En buena parte su labor periodística consistía en desacralizar todo tipo de tótems para bajarlos de sus pedestales. De ahí que sus punzantes caricaturas, cartones y tiras cómicas fuesen dirigidas contra encumbrados políticos, magnates empresariales, integrantes de las realezas europeas, dirigentes religiosos y reconocidos socialités.

El ácido humor del semanario Charlie Hebdo tiene sus semejantes en distintas partes del mundo, pero no, por supuesto, en lugares donde está prohibido legal o simbólicamente ridiculizar a los representantes de los poderes político, económico, religioso y patriarcal. El caso de la masacre en las oficinas de la publicación francesa ha llamado la atención mundial por la forma en que ocurrió el salvaje atentado y el número de víctimas. En estos aspectos el de Charlie Hebdo es un caso límite, un punto de quiebre que ha mostrado el alto precio que debieron pagar unos periodistas dispuestos a desnudar con su agudo humor los excesos de algunos fanáticos islamistas. Y escribo algunos, porque es un despropósito y deformación ofensiva estigmatizar al conjunto de los musulmanes por lo que unos integristas perpetraron el siete de enero en París. Valga como muestra de crítica y desacuerdo de feligreses musulmanes con la masacre de París las demostraciones en distintas ciudades de España, bajo el lema “Soy musulmán, no terrorista”.

No han faltado quienes prácticamente culpabilizan de su muerte a los periodistas de Charlie Hebdo, ya que los irreverentes sabían bien que podrían ser atacados por ofendidos musulmanes prestos a defender la honra de Alá y su profeta. ¿Para qué satirizar a un símbolo sagrado, si de hacerlo había elevada posibilidad de ser ajusticiado por iracundos vengadores del honor mancillado? Porque los de Charlie Hebdo reivindicaban plenamente la libertad de expresión, y de ella, en su vertiente humorística, hicieron una herramienta para desmitificar a ideas, prácticas y personajes sagrados. Para ellos no había intocables.

Quienes señalan la falta de respeto a la sacralidad por parte de los caricaturistas de Charlie Hebdo como resultado de su trágico fin, olvidan que no fue la mordacidad de los periodistas lo que les mató, sino la reacción fanática de los criminales. Lo evidente no ha sido bien comprendido por un buen sector que dice defender la libertad de expresión, pero al mismo tiempo pareciera conceder que los periodistas fueron víctimas de su irreverencia y no de sus fanáticos victimarios. El fanatismo no debe ser un atenuante a la hora de querer explicar sucesos como los de París, sino un agravante que llame la atención de quienes pensamos en la importancia de construir sociedades diversas y, por lo tanto, multiculturales.

Con buenas intenciones desde distintos lugares se llama a ser respetuosos con las creencias, sobre todo religiosas, de los otros y otras. Respetar significaría no burlarse, ni caricaturizar, como lo hicieron los de Charlie Hebdo, figuras sagradas para ciertas personas y grupos. La libertad de expresión, dicen, debe limitarse para no irrespetar a los demás. El problema es que históricamente el irrespeto ha sido un motor de transformaciones en sociedades cerradas en determinados ámbitos. El sentido del humor, muchas veces duramente ofensivo, ha sido fuente de desacralizaciones necesarias para que las sociedades se democraticen, sean más participativas y se amplíen las libertades y derechos ciudadanos.

Desde todo tipo de poderes se busca someter a los irreverentes cuando éstos no respetan la jerarquía o sentido del honor de aquéllos. Las armas de los irrespetuosos son la crítica, la desdivinización de quienes se pretenden infalibles y reclaman obediencia irrestricta. La historia universal abunda en casos de irrespetuosos que fueron precursores de cambios mentales y posteriormente culturales que sedimentaron reivindicaciones benéficas para muchos, incluso para los opositores de esos cambios. De semejante itinerario da cuenta, por ejemplo, Perez Zagorin, en How the Idea of Religious Toleration Came to the West, Princeton University Press, 2003.

Escribo este artículo para Protestante Digital el 21 de enero, en la misma fecha que hace 490 años un pequeño grupo retomó la enseñanza neotestamentaria sobre que la Iglesia cristiana se conforma de creyentes, quienes de forma voluntaria y formando parte de una comunidad de fe se comprometen a seguir a Cristo, dan testimonio público mediante bautismo de adquirir tal compromiso, propagan el mensaje, afirman la separación Estado-Iglesia(s), son constructores de paz y renuncian al uso de la violencia. Desde fuera del movimiento les dieron el mote de anabautistas y en el siglo XVI ningún otro grupo fue tan perseguido, y con tantos (hombres y mujeres) entre sus filas en ser martirizados y/o ejecutados en la horca, ahogados, decapitados o quemados en la hoguera. Entre las acusaciones que sus perseguidores les hicieron estuvo la de blasfemia, herejía, enemigos del Estado (por no estar dispuestos a empuñar la espada en defensa de un territorio y sus gobernantes).

Confieso que me identifico doctrinal y vitalmente con el anabautismo, y por lo mismo creo que la forma de convencer a otros debe ser la persuasión mediante argumentos, no la imposición y menos la violencia. Me pongo del lado de la libertad de expresión, incluso cuando no comparto ni estoy de acuerdo con quien incurre en excesos que son ofensivos. No me parece sensato hacer burla de la tragedia de otros y otras, ni hacer escarnio de sus debilidades o fracasos.

Antes del sangriento atentado Charlie Hebdo podría ser considerado un semanario casi marginal, circulaba sesenta mil ejemplares de cada número. La edición posterior al criminal ataque fue de tres millones de copias que se agotaron en pocas horas, y por las redes sociales se subastan a postores dispuestos a pagar tres mil dólares o más por tener un número de la edición. El mercado lo banaliza todo. El semanario, me parece, iba cuesta abajo y perdía lectores por lo grotescamente reiterativo de sus sátiras. Ya no era tanto la irreverencia lo que le alejaba potenciales adquirientes a la publicación, sino el tono francamente provocador, de buscapleitos y permanente sarcasmo (burla sangrienta, ironía mordaz y cruel) con el que exhibía temas y personas. Con todo, los periodistas de Charlie Hebdo tenían derecho a hacer lo que hacían, a blasfemar como ejercicio de su libertad de conciencia y expresión. A ese derecho unos fanáticos antepusieron el sentido del deber, consistente en aniquilar a los burlones, creyendo que al hacerlo cumplían con un mandato divino.

 

http://protestantedigital.com/magacin/35090/blasfemia_y_libertad_de_expresion

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“Se trata más bien de todo un sistema”, dice el experto Federico Bertuzzi, cuyas implicaciones van “más allá” de la expresión de una fe privada.
AUTOR Daniel Hofkamp ESPAÑA
Momento de oración en una mezquita. / Hurriyet Daily News

La Unión Europea está debatiendo estos días una toma de postura común en seguridad hacia el terrorismo yihadista, una amenaza no sólo externa, sino que también echa raíces entre europeos.

Ante la vigencia del tema, seguimos sumando voces al debate sobre multiculturalismo, la presencia del Islam en Europa, si es posible una convivencia y cuál debe ser el papel de la iglesia ante este desafío.

En esta ocasión hablamos con Federico Bertuzzi, involucrado en el ministerio de misiones PM Internacional y con un acercamiento teórico y práctico al pueblo árabe, algo que ha plasmado editando trabajos de investigación como los libros “Ríos en la soledad” y “Ríos en tierra seca” – del que se puede leer una parte aquí (PDF) -.

 

Pregunta.- ¿Es posible la convivencia con comunidades musulmanas?

Respuesta.- Por supuesto que es posible —y deseable—, como se ha dado a lo largo de la historia, aunque debemos admitir, no siempre exenta de conflictos de diversa magnitud.

P.- En tu opinión, ¿qué medidas sociales y políticas pueden tomarse ante situaciones como las ocurridas recientemente en Francia?

 

Federico Bertuzzi.

R.- Los crímenes cometidos fueron espantosos y dignos de la más severa repulsa y condena. La actuación de las fuerzas del orden, así como las impresionantes manifestaciones contra el terrorismo, pusieron en evidencia un generalizado rechazo al fanatismo religioso. Nadie en el mundo civilizado quiere dejarse intimidar por él. Pero a lo acaecido en Francia días atrás —lamentable como fue— debería agregarse que barbaries no menores ocurren a diario y sin tantas repercusiones también en Nigeria, Irak, Siria o Afganistán, por mencionar sólo algunas de las naciones más castigadas con este flagelo.

Por regla general, los gobiernos europeos han dado muestras de apertura y respeto para con las minorías extracomunitarias, musulmanes incluidos. Pero lo que no han hecho es bregar por los derechos y las libertades de las minorías religiosas en los países de procedencia de esos inmigrantes, cristianos incluidos, que son de los que más sufren. Es bien sabido que los cristianos allí son hostigados, encarcelados, martirizados, pero Occidente no ha presionado ni sancionado a esos regímenes tiránicos, y si acaso alguno osó hacerlo, fue muy tímidamente y a destiempo.

Los políticos, sea porque se manejen con los criterios de lo que hoy se entiende como “políticamente correcto”, o porque soportan el peso de la culpa por un pasado colonialista deshonroso, o porque no quieren malograr algún sustancioso negocio (léase petróleo, tren ave, etcétera), lo cierto es que han traicionado sus proclamas de libertad, igualdad y derechos humanos. Han dejado la cuerda demasiado floja y no han sabido ni querido tensarla como hubiera sido de esperar.

Permiten que cuantiosísimos fondos de países musulmanes se inviertan en Europa. Con plena libertad levantan mezquitas, publicitan sus líneas aéreas, adquieren clubes de fútbol y bancos o propagan por televisión su religión. ¿Y a cambio de qué? De nada. Arabia Saudí no permite que en su península se erija templo cristiano alguno, ni católico, ortodoxo o protestante, ¡ni siquiera una modesta capillita de barrio! Si entre las partes se acostumbra aplicar medidas de reciprocidad en cuanto a materia comercial o diplomática se refiere, ¿no sería lógico suponer que se lo haga también en cuanto a lo religioso? ¿Conque no nos queréis dar permiso para hacerlo en vuestras tierras? Pues bien, entonces tampoco tendréis vosotros el permiso para hacerlo en la nuestra. Eso sería equidad y justicia.

P.- Comenzamos a escuchar voces de políticos y estadistas que hablan del “fin del multiculturalismo”. ¿Es posible construir una Europa que respete la identidad musulmana, o se debe poner límites a su establecimiento en nuestro continente (limitación de construcción de mezquitas, mayor control migratorio…)?

R.- Los musulmanes, como cualquier otra minoría, deben tener su legítimo espacio en la Europa del siglo XXI. No son árabes solamente, sino también centenares de otras agrupaciones etnolingüísticas y sociales, todo lo cual representa un enorme caudal de riqueza antropológica que pone de manifiesto la inconmensurable grandeza del Creador. ¿Cómo podríamos privarnos de contar con semejante multiculturalismo polifacético?

Pero lo dicho no niega el hecho de que Dios “ha prefijado el orden de los tiempos y los límites de su habitación” (Hechos 17.26) a todo el linaje humano. Así, pues, el espacio temporal y el espacio territorial, ambos están en manos de Aquel que “quita reyes y pone reyes” (Daniel 2.21; 4.26), el mismo que mora en los cielos y se ríe y “burlará de ellos” (Salmo 2.4). Por tanto, es menester que como cristianos acomodemos nuestra percepción transcendente a estas realidades últimas que nos revela la Biblia y que gobiernan la faz de la tierra. Con nuestra doble ciudadanía —celestial y terrenal— habremos de alzar nuestra voz y ser agentes de cambio, participando cívicamente con los valores del Reino de Dios.

P.- Como cristianos somos llamados a amar al enemigo, al que ahora muchos identifican como “los musulmanes” en general. ¿Cómo podemos ser sal y luz en un entorno en el que crecen la crispación y el odio?

R.- Efectivamente, nuestro Señor Jesucristo nos mandó amar a nuestros enemigos (Mateo 5.44). Por eso, aún en el supuesto de que alguien pudiera considerar a los musulmanes como “enemigos de la cruz de Cristo” (Filipenses 3.18) no debemos dejar de amarlos, entendiendo que el amor, más que un sentimiento, entraña una actitud que brota de una resolución del corazón.

Permítaseme pecar de “políticamente incorrecto”. Cristianismo e islam se diferencian —como el día de la noche— si comparamos el origen y la naturaleza de cada uno. El cristianismo se fundamenta en la Biblia y en Jesucristo; el islam, en el Corán y en Mahoma. Jesús jamás le alzó la mano a nadie; Mahoma blandió su cimitarra ensangrentada más de una vez. Uno, enseñó a ofrecer la mejilla al agresor; el otro, a atacar y castigar a los infieles (Corán 4.89, 91; 5.33; 8.12; 9.5; 47.4). Uno, negó que su reino fuera de este mundo; el otro, dijo que había que luchar hasta dominarlo.

El islam es mucho más que una religión: se trata de todo un sistema que incluye aspectos políticos, jurídicos, económicos, militares, estratégicos, laborales, familiares, etcétera. Es cierto que la inmensa mayoría de musulmanes que residen en Europa son pacíficos y probablemente no tengan conciencia ni abriguen aspiraciones hegemónicas, pero el germen de su cosmovisión está contenido en su libro sagrado, el Corán. Se lo podrá interpretar de maneras diversas, pero no se lo podrá negar. Forma parte de la dawa, su misionología, y según discurre el tiempo, daría la impresión de que van ganando cada vez mayor espacio.

Fue un español, Pablo Orosio (385-420 d.C.), discípulo de San Agustín, quien escribió acerca del avance de los bárbaros sobre la Europa cristiana: “Si sólo por esto los bárbaros fueron enviados dentro de las fronteras romanas, para que por todo el Oriente y el Occidente la iglesia de Cristo se llenase de hunos y suevos, de vándalos y borgoñones, de diversos e innumerables pueblos de creyentes, loada y exaltada ha de ser la misericordia de Dios porque han llegado al conocimiento de la verdad tantas naciones que no hubieran podido hacerlo sin esta ocasión, aunque esto sea mediante nuestra propia destrucción”.[1]

Paradójicamente, si cambiamos “bárbaros” por “musulmanes”, las palabras de Orosio podrían aplicarse —¡dieciséis siglos después!— a lo que acontece en la Europa de nuestros días. Al margen de que si su presencia y crecimiento podrá frenarse o no, como hijos de un Padre misericordioso, no debemos caer presa del temor, los prejuicios o el fatalismo.

Por el contrario, debemos amarlos y batallar espiritualmente para que conozcan al Príncipe de paz, y obtengan la salvación eterna en virtud de la sangre que un día se derramó en el Calvario. El anciano apóstol Juan nos señaló que “en el amor no hay temor, sino que el perfecto amor echa fuera el temor” (1 Juan 4.18). Él “quiere que todos los hombres sean salvos y vengan al conocimiento de la verdad” (1 Timoteo 2.1-6).

 

[1] Historia de las misiones, Justo González, La Aurora, Buenos Aires, 1970, p. 87.

 

http://protestantedigital.com/internacional/35035/el_islam_es_mucho_mas_que_una_religion


Durante 40 años, Martine Rothblatt fue hombre. Hoy es la ejecutiva mejor pagada de Estados Unidos y aspira a a la vida eterna gracias a la Inteligencia Artificial.

Siempre que Martine Rothblatt atisba alguna posibilidad de perder, redobla sus apuestas. Porque, según ella, cuando uno se empeña en arriesgar, ganar es algo casi seguro. Está acostumbrada a vencer obstáculos sociales y económicos, sentimentales y biológicos y ahora, ya encarrilada en el triunfo, se ha propuesto superar a Dios. Esta mujer estadounidense de huesos y cabello largos es una exitosa empresaria farmacéutica, ex emprendedora de las telecomunicaciones, abogada especializada en legislación espacial, doctora en Ética de la Medicina, filósofa existencialista, escritora, jerarca de su propia religión, promotora de la Inteligencia Artificial y multimillonaria. Tiene casi 60 años, pero es mujer sólo desde hace 20.

Se llamaba Martin y fue un chico que creció en un barrio obrero de San Diego (California). Los miembros de su familia eran los únicos judíos en una zona donde la mayoría de los vecinos eran de origen hispano. Por algo como esto y haber sido un lector compulsivo de ciencia ficción y por haber abandonado la prestigiosa UCLA y por decidirse a ser un emprendedor aventurero, entre muchas otras cosas, en todo momento ha estado consciente de que es “un ser diferente”, una característica que representa “muchas ventajas.”

Una noche de 1979 conoció en una discoteca a una chica afroamericana, Bina Aspen, y no descansó hasta conquistarla. Martin y Bina se casaron (ella se convirtió al judaísmo) y, con el paso del tiempo, se convirtieron en unos padres orgullosos de cuatro hijos. Él trabajaba en un bufete de abogados, con gran reputación y muy buen sueldo y, sin embargo, no estaba dispuesto a pasar el resto de su vida entre su despacho y los juzgados. No es que tuviese claustrofobia, pero le apetecía más otro tipo de espacio. Pensó que si los mares y las tierras ya tenían reglas de explotación bien definidas, el espacio exterior, en cambio, tenía un potencial comercial que había que aprovechar. Eran los años ochenta del siglo pasado, Martin se esforzó por convertir la comunicación satelital en un gran negocio y llegó a encabezar importantes compañías del sector, GeoStar y PaAmSat, y a desarrollar la radio satelital con WorldSpace y Sirius. Pero su vida personal y profesional lo llevaría a otra órbita.

Bina y Martine durante una entrevista televisiva.

Cierto día, Bina le confesó a Martin que se había enamorado de una mujer. “No sé por qué no lo había asumido hasta ahora, pero soy lesbiana”, le dijo. Martin no podía creerlo y, sobre todo, no podía resignarse a perder al amor de su vida. Recordó entonces que, cuando era adolescente, había ocasiones en que deseaba con todas sus fuerzas ser una mujer. No le gustaban los hombres. Quería tener el cuerpo de una mujer y tener como pareja a una mujer. ¿Y si cambiaba de sexo? ¿Y si gracias a ello lograba reconquistar a Bina? Pero… ¿cómo se lo tomarían sus hijos? ¿Y el resto de su familia? ¿Y sus amigos y conocidos? Comenzó a hormonarse y a ir al psicoterapeuta y en 1994 se realizó la operación de cambio de sexo. Al comenzar a vestirse de mujer, varios de sus vecinos dejaron de hablarle y sus hijos eran objeto de burlas en el colegio. No obstante, Martin, que ya era Martine, se ganó una vez más el amor de Bina.

Pero el destino traería más inconvenientes y, al mismo tiempo, más oportunidades. Después de varias pruebas y análisis, los médicos les dijeron a Martin y a Bina que su pequeña hija Jenesis padecía Hipertensión Pulmonar y que, desde su punto de vista, a la niña le quedaban tan sólo unos meses de vida, pues se trababa de una enfermedad incurable. La impotencia que sentía la pareja se acrecentaba cuando a Jenesis le faltaba el aire, se le dificultaba caminar, los labios se le volvían azules y, en algunos momentos, no podía hablar. ¿De verdad no había cura para esta enfermedad? “Las farmacéuticas no invierten en ello porque se trata de una enfermedad rara y, como no afecta a muchas personas, no ven la posibilidad de hacer negocio”, les explicó un doctor.

Martine Rothblatt utilizó todos sus recursos económicos y contactos para encontrar una cura. Solicitó propuestas de investigación y ofreció becas. Fundó United Therapeutics, una empresa biotecnológica centrada en la investigación, desarrollo y venta de medicamentos para personas con enfermedades crónicas, cardiovasculares y cáncer y en donde, en estos días, afinan el modo de trasplantar órganos de cerdos a humanos. Al principio, un grupo de expertos logró controlar la enfermedad de Jenesis con un cóctel de siete pastillas, pero la pequeña sufría algunos desmayos. La estabilización llegó después, con una bombilla intravenosa que disminuye la presión arterial pulmonar y evita infecciones. Jenesis tiene ahora 30 años y trabaja en la empresa de su madre. Su enfermedad sigue siendo incurable, pero su esperanza de vida no deja de aumentar.

De forma paralela, esta “ejecutiva con senos de adolescente”, como ella misma se describe, no dejaba de reflexionar sobre su “proceso trans.” En 1995 publicó un manifiesto titulado El apartheid del sexo: “los genitales son tan irrelevantes para el papel de uno en la sociedad como el tono de piel. Por lo tanto, dividir a las personas en hombres y mujeres es tan equivocado como dividirlos en blancos y negros”, afirmaba. Y proponía utilizar Pn., como abreviatura de persona, en lugar de Mr. o Ms. (señor o señora). Y en lugar de catalogar como “transgénero” a alguien como ella, sugería utilizar el concepto “transhumanista.”

También comenzó a interesarse por la Inteligencia Artificial pues, desde su punto de vista, en ella reside la clave para que los seres humanos prolonguemos nuestra vida de manera indefinida. ¿Qué tal si cada uno tuviera un robot a su imagen y semejanza, física pero también espiritual? ¿Quién dijo que las máquinas no pueden tener conciencia? En su Terasem Movement Foundation han creado ya un robot “igual” a Bina. Se llama Bina48 y, después de muchas entrevistas a la Bina de carne y hueso, ha adquirido varias de las “características espirituales”, según Martine. Reconoce la voz de familiares y amigos y “tiene sentimientos hacia ellos.” Todavía le falta mucho para llegar a ser como su esposa, pero cuando lo logre, “Bina jamás morirá. Quizá enterremos a la de carne y hueso, pero jamás al robot”, dice con naturalidad cuando le piden explicar su proyecto.

Pero Terasem es, además, una religión “futurista” que promueve “el respeto a la diversidad, sin sacrificar la unidad.” Cree que el ser humano no es el límite, sino el punto de partida para ir a más. Dice su doctrina: “la vida tiene un propósito; la muerte es opcional; Dios es tecnológico; el amor es esencial.” Por lo pronto tiene 50 seguidores (empleados suyos) y cuatro “templos” (residencias para reunirse una vez al mes y meditar).

En 2013, las acciones de United Therapeutics subieron gracias a que recibió la autorización para comercializar un nuevo medicamento contra Hipertensión Pulmonar en el que llevaban trabajando más de una década. El sueldo anual de la señora a la que sus cuatro hijos siguen llamando papá y sus cuatro nietos le dicen GranMartine, pasó a ser de 38 millones de dólares y se convirtió en la mujer mejor pagada de Estados Unidos (por encima de Marissa Mayer, de Yahoo!, que en ese mismo año cobró 25 millones de dólares). “No puedo decir que lo que he conseguido es equivalente a lo que una mujer ha logrado, ya que en la primera mitad de mi vida yo era varón”, le dijo en un extenso reportaje de portada en septiembre pasado a New York Magazine. La multimillonaria, singular y exitosa Martine tiene casi 60 años y no piensa en su jubilación. Porque aspira a la vida eterna.

 

http://elpais.com/elpais/2014/12/26/icon/1419591490_744332.html



EE.UU.

El hijo de Billy Graham se reafirma en sus declaraciones tras el 11S y añade que “Alá no es el Dios judeo-cristiano”.

FUENTES Entrecristianos, Christianity Today NUEVA YORK
Franklin Graham

Franklin Graham es el presidente de la Asociación Evangelística Billy Graham y preside también la Bolsa del Samaritano, una ONG internacional que patrocina Operación Niño de Navidad.

Esta reciente declaración en una reciente entrevista de la revista Christianity Today no difiere de la que hizo en 2001 tras el ataque del 11S a las Torres Gemelas del Wordl Trade Center de Nueva York. Ya entonces sostuvo que el Islam es una “religión muy retorcida y mala”.

“En absoluto he cambiado de opinión” se reafirma el hijo de Billy Graham. “El Islam no ha sido secuestrado por los radicales. Esa es su fe, esa es su religión. Es lo que es. Habla por sí mismo”.

Hijo del conocido evangelista norteamericano Billy Graham, en esta reciente entrevista afirmó que “El Dios del Islam no es el mismo Dios de la fe judeo-cristiana. El Dios que adoramos en el cristianismo es un Dios que tiene un Hijo. Para el Islam es una blasfemia decir que Dios tiene un hijo. Por lo tanto no adoran al mismo Dios que adoramos”, puntualizó.

 

“UN ECUMENISMO TRISTE”

Recientemente Franklin Graham mostró su desacuerdo al conocer que la Catedral Nacional de Washington (perteneciente a la Iglesia Episcopal) permitiese que se celebrase en su templo un servicio religioso musulmán para rezar un viernes.

“Es triste ver a una iglesia cristiana que abre sus puertas para dar culto a un ser que no es el Único y Verdadero Dios de la Biblia, el que envió a su Hijo, el Señor Jesucristo a la tierra para salvarnos de nuestros pecados”.

 

http://protestantedigital.com/internacional/34690/Para_Franklin_Graham_el_islam_es_una_religion_de_guerra


Política protestante (5)

Franco no fue el líder de un partido, sino el jefe de un Estado al servicio de la tradición católica

Francisco Franco
Francisco Franco bajo palio

Al presentar la política protestaste, tenemos un modelo muy útil en su antítesis: el franquismo.

Me voy a centrar en su primera etapa, y voy a usar los conceptos informados que aparecen en el libro ya recomendado de José Luis Villacañas (Historia del poder político en España, RBA, 2014). Por el espacio, solo una porción de la sección que le dedica, pero creo que será de provecho para todos. De eso se trata, de conocer lo mejor posible para actuar con responsabilidad. (También nos sirve para conocer mejor al papismo.)

Dejando atrás la propia guerra civil, con su imposible acercamiento contextual en nuestro presente, como el propio autor escribe, “es más sano mantener el sentimiento de piedad por todos aquellos ciudadanos“ que la sufrieron, y ponernos en la perspectiva política de la primera etapa de la victoria después de la guerra, la “negra posguerra” (hasta finales de la década de los 50). [Se distinguen tres épocas, con sus diferencias, pero con una “continuidad” que debe asumirse.]

Cito en extenso al profesor José Luis Villacañas. “Las fuerzas que llevaron al general Francisco Franco al poder desde el inicio tenían como aspiración la constitución de la nación católica existencial que se había movilizado en la guerra, de tal manera que hiciera imposible en el futuro una base popular para las dinámicas de la República… Las élites dirigentes del franquismo podían comprobar alborozadas hacia 1960 que sus expectativas constituyentes iban camino de realizarse. Por fin Franco, que desde la aparición en 1942 de la Doctrina del caudillaje de Francisco Javier Conde se había legitimado a través de la victoria militar, veinticinco años después podía legitimarse por el cuarto siglo de paz”.

“El proyecto de una dictadura soberana y constituyente de la sociedad era más antiguo que el régimen de Franco. Había sido elaborado, utilizando conceptos de Carl Schmitt, por el lúcido y apasionado Ramiro de Maeztu, y esto a partir de una pregunta: ¿qué había fallado en la dictadura de Primo de Rivera?…” En su opinión, “Primo de Rivera había disuelto la cohesión de las derechas y se había mostrado incapaz de fortalecer los dos principios de la nación española: el catolicismo y el sentido de la hispanidad. Sin ellos los intentos de José Calvo Sotelo de generar un capitalismo español eran inviables… Se hacía precisa una dictadura de largo plazo, sin cortapisas de otras instancias soberanas, y capaz de formar un capitalismo moderno que generara un pueblo de clases medias despolitizadas. Todo eso debía producirse antes de reconocer los derechos políticos e instituciones liberales”.

Lo que hacía intolerable el régimen republicano a los ojos… de los intelectuales organizados en torno al grupo fundador de la revista Acción Española era la convicción de que con él sería imposible construir un capitalismo español capaz de mantener una sociedad católica… La tragedia que percibieron los creadores de este proyecto fue descubrir que tampoco podían contar con los fervientes católicos vascos y catalanes, en la medida que antepusieron sus exigencias de autogobierno nacional a cualquier otra consideración objetiva…”

Estas “élites conservadoras de los primeros días de la República no habían decidido quién dirigiría esa dictadura soberana constituyente. Sus dos ideólogos fundamentales, José Calvo Sotelo y Ramiro de Maeztu, establecían únicamente sus dos bases ideales: la forma concreta de capitalismo de Estado y la forma cultural y católica de la hispanidad protegida por una monarquía tradicional… era casi seguro que este proyecto hiciera necesaria una guerra civil, cuya preparación asumió José María Gil Robles…” Lo que estaba sin definir, “quién iba a ser el portador de la soberanía… Tras una penosa guerra, ese portador sería el general victorioso.”

“Sin embargo, la causa misma por la que había luchado y vencido imponía los fines de su dictadura. Como dijeron al final de la guerra sus defensores, Franco tuvo que encarnar dos aspectos contradictorios del dictador constituyente. Por una parte, en tanto que soberano, no podía ver limitado su poder más que por su propia voluntad. Esto fue lo que dijo Dionisio Ridruejo. Pero, por otra parte, en tanto que caudillo, luchó por una causa tradicional que él no podía definir de su arbitrio, sino garantizar su continuidad. Esto es lo que dijo Francisco Javier Conde al definir a Franco como un caudillo carismático al servicio de la tradición, sin capacidad de innovación… La voluntad soberana del Caudillo no tenía límites para constituir el pueblo español, que era el de la tradición y ya estaba constituido. De ahí que su principal actividad fuera represora de todo aquello que no coincidiera con ese pueblo ya existente. Estas premisa permite describir toda su actuación como desconstrucción de lo que en la historia española era evolución y novedad, y que él consideraba como una mera superficie frente a lo esencial y eterno [Estado totalitario de los Reyes Católicos y su configuración imperial bajo Carlos V y Felipe II]…”

“Lo que permite identificar la aspiración del régimen en su primera época: crear algo parecido a lo que había sido el dispositivo inquisitorial. Ese dispositivo permitirá que el pueblo ya existente y constituido se defendiera de la impureza histórica acumulada. La aplicación pormenorizada de la delación, la desproporción entre indicios y penas, la extensión de la criminalización a familias y linajes enteros, la concentración de la persecución en campesinos y obreros, la exigencia de retractaciones humillantes, la invocación de sucesos antiguos para justificar el crimen, todo esto constituyó un dispositivo cercano al inquisitorial. Eso hace de esos largos años de posguerra del régimen de Franco algo tan odioso. Pero la imitación verdadera del dispositivo inquisitorial residió en que se quería conseguir un pueblo puro. Por eso fue lógico que, al igual que la Inquisición no permitiera huella superviviente alguna de los ajusticiados, el régimen franquista quisiera sepultar en el anonimato más radical a sus víctimas, perdidas en las cunetas. Y de la misma forma que, tras las miles de ejecuciones de judíos, España amaneció pobre pero dominada por el poder de los Reyes Católicos, así, tras la aplicación del nuevo dispositivo inquisitorial, España conoció décadas de pobreza y miedo, pero el régimen era sólido…” [La empobrecedora autarquía de esta primera época no casaba con “el proyecto originario de Calvo Sotelo y de Maeztu de crear un capitalismo católico hispánico”]

¿Quiénes son los beneficiados del retraso social por esta pobreza y miedo? “En primer lugar… los terratenientes, muy vinculados con la nobleza y con los militares de alta graduación, que veían sus tierras atendidas por unos jornaleros sumisos, no menos atemorizados que los obreros de la industria nacional y de las minas… en segundo lugar, las órdenes religiosas, las viejas capas auxiliares del dispositivo inquisitorial, a las que se les devolvió el monopolio de la educación… en tercer lugar, se benefició a las élites católicas que, como la Asociación Católica Nacional de Propagandistas (ACNP), canalizaron las exigencias de la jerarquía episcopal que se instalaron en las estructuras de visibilidad cualitativa del régimen (prensa, como el periódico Ya; la agencia Logos; la Editorial Católica, etc.) y en la dirección de las instituciones universitarias privadas (el CEU, Comillas, de los jesuitas). Estas élites operaron en el aparato estatal y gubernamental, generaron el sistema educativo…”

“Gracias a ellos, la guerra civil fue elevada a `cruzada’, con lo que se garantizó la aspiración de lograr un pueblo tradicional. Las élites de la ACNP lograron el pleno funcionamiento de los poderes indirectos eclesiásticos sobre el franquismo, aquellos que para Maeztu eran garantía de todo gobierno `templado’. Un grupo de apenas seiscientos laicos procedentes de la burguesía, la mayoría juristas y letrados, garantizaban a la vez perfecta obediencia a la jerarquía eclesiástica y a Franco. Por ellos el Caudillo se mantuvo fiel al paradigma de gobernante católico y `la Iglesia fue servida como quería ser servida´; esto es, sin una implicación directa en el poder… El papel coactivo del Estado servía a la idea católica normativa. La doble sociedad perfecta, con esa garantía de cooperación recíproca de Estado e Iglesia, volvió a concentrarse en la España franquista. Así, el gobierno podía ser totalitario y al mismo tiempo respetuoso con `su origen (divino) y la doctrina de los fines con arreglo a la Iglesia’. En suma, la tradición verdadera era que de nuevo España `estaba al servicio de la Iglesia católica’… El Estado franquista era un medio instrumental para alcanzar los fines propios de una sociedad católica… Ese fin implicaba la `paz y la concordia de sus miembros’ y que `el Estado se ha de colocar al servicio de la sociedad, esta al del hombre, y este al de Dios’. Pero, como en el dispositivo inquisitorial tradicional, esto se refería únicamente al pueblo purificado… Como recordó Ibáñez Martín en 1944, no había diferencia en el servicio de Dios, de la Iglesia y de Franco…”

“…Pero todavía hay algo que formó parte del dispositivo inquisitorial… los familiares… Esta función fue la que cumplió la Falange con su estructura capilar a través de todo el territorio, su ideología totalitaria propia.”

“Ni Franco ni sus apoyos iniciales eran modernos. No quería crear ni un hombre nuevo ni una sociedad futurista. Él solo reclamó el carisma de ser un hombre tradicional y, por tanto, legitimado por quien concede el carisma: la Iglesia católica. Si aceptó el nombre de `caudillo’ fue porque recordaba los líderes castellanos previos al Estado, sostenidos por sus armas. No podía fundar un régimen totalitario con estas premisas y debía subordinar la construcción del nuevo pueblo y del nuevo Estado a los fines de la Iglesia. No fue el líder de un partido, sino el jefe de un Estado al servicio de la tradición católica…”

Seguimos, d. v., la semana próxima.

 

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La ciudad de Kobane, en el norte de Siria, protagoniza una resistencia agónica frente al Estado Islámico. Los kurdos son la única esperanza de Occidente para detener el avance del radicalismo en la región.

EDUARDO ESTRADA

Estos días en que Kobane está de actualidad, sencillamente porque la están destruyendo, he recordado cómo en una ocasión, hace algunos años, la ciudad de Kobane entró en cierto modo en mi vida. Fue durante un viaje a las ruinas bizantinas abandonadas del norte de Siria. Fuimos acompañados por un taxista de Alepo. Él nos guió entre los restos de aquellas urbes, cuyo abandono, por parte de sus habitantes, sigue siendo un misterio. El momento culminante de la visita nos condujo a las espléndidas piedras blancas que contemplaron, siglos atrás, la ascética terquedad de Simón el Estilita. No era difícil imaginarse al viejo Simón encaramado a su columna despreciando los bienes mundanos bajo el cielo azul turquesa del atardecer.

Como el territorio recorrido era amplio y el viaje duraba varias horas hubo ocasión de escuchar las explicaciones del taxista. Trabajaba en Alepo pero era de Kobane, una pequeña ciudad perteneciente al propio distrito de Alepo. Así se incorporó, por así decirlo, Kobane a mi vida. El taxista amaba su ciudad natal y siempre que podía viajaba hasta ella para permanecer unos días con su familia. Nos explicó que en un inicio era sólo un poblado y que debía su nombre a la compañía alemana que construía la línea de ferrocarril que tenía que llegar a Bagdad. Pese a ese inicio modesto Kobane tenía un próspero bazar, una docena de mezquitas y tres iglesias armenias. Por lo que contó, los armenios se habían instalado allí escapando del genocidio causado por los turcos. Sin embargo, el taxista era kurdo, como la inmensa mayoría de la población de Kobane.

Esto, naturalmente, acentuó mi interés por aquel personaje de poblado mostacho y maneras delicadas. En alguna que otra ocasión he relatado mi simpatía por los kurdos, pese a haber conocido a pocos de ellos y no haber estado nunca en el Kurdistán propiamente dicho. De hecho, como acostumbra a ocurrir con este tipo de simpatías, su neblinoso origen está anclado en impresiones ocurridas en la infancia o en la adolescencia, a menudo vinculadas a libros o películas. En mi caso esta impresión se desencadenó al asociar un titular de periódico con la secuencia de una película. En ambos casos se trataba del desigual enfrentamiento entre Ejércitos. El titular se refería a una carga de la caballería dirigida por Mustafá Barzani, legendario líder kurdo, contra los tanques turcos, y la secuencia de la película Lawrence de Arabia mostraba al rey Faisal —el actor Alec Guinness— encabezando a un grupo de jinetes a caballo que trataban de combatir desesperadamente contra los aviones enviados por el Imperio Otomano. En mi memoria ambas acciones quedaron asociadas. Con posterioridad, de modo casual, leí la necrológica de Barzani en un diario de Estados Unidos, país en el que acababa de morir, y se incrementó mi curiosidad por el personaje. El fiero caudillo, que en una fotografía aparecía armado hasta los dientes, se había confesado amante de los poetas románticos ingleses, a los que había estudiado en la Universidad de Moscú, en su época de estudiante exiliado, con una preferencia especial por John Keats, de quien, a juzgar por lo que refería la necrológica, recitaba de memoria varios poemas, singularmente Oda a un ruiseñor.

El taxista de Kobane conocía a la perfección los prodigios militares de Mustafá Barzani, al que equiparaba con el gran Saladino, también kurdo al parecer. Sin embargo, reservaba su mayor admiración para los combatientes guerrilleros y por él supe el significado de la expresión peshmerga con la que se los denominaba en la prensa: los que miran a la muerte de cara. Aquella tarde, entre las ruinas de las ciudades bizantinas y bajo la advocación de Simón el Estilita, recibí un curso acelerado de historia kurda.

Los ‘peshmergas’ se enfrentan con armas anticuadas a los modernos arsenales yihadistas

Cuando uno se adentra en ese escenario, al fondo siempre reaparece el arbitrario trazado de fronteras establecido en la Primera Guerra Mundial tras el desmoronamiento del Imperio Otomano. Este estigma de nacimiento, impuesto por las potencias coloniales, ha marcado el destino de Irak, Siria, Jordania, Líbano o Palestina. También, naturalmente, el de los kurdos, la principal etnia sin Estado propio de la zona, con alrededor de 40 millones de personas. Los acuerdos más o menos secretos de 1916 entre los diplomáticos Mark Sykes y François Georges-Picot, en representación de Gran Bretaña y Francia respectivamente, ilustran ahora a la perfección, casi cien años después, la magnitud del desastre que se avecinaba. Algo de esto quizá pudo intuir el coronel Lawrence cuando se opuso a esos tratados por creerlos perjudiciales para la causa árabe. Lo cierto es que después del acuerdo Sykes-Picot Lawrence de Arabia abandonó Oriente Próximo para sumirse en su ostracismo final.

Como ha venido sucediendo desde hace décadas cíclicamente los kurdos han vuelto a asomarse en las páginas de los periódicos y en las pantallas de los informativos. La razón es que los peshmerga son los encargados de detener a las fanáticas milicias del Estado Islámico. Las noticias que nos llegan al respecto, alrededor de la batalla de Kobane, son descorazonadoras aunque, al mismo tiempo, sugieren una repetición del dramático hado que rodea la historia kurda. Los peshmerga, con su valor habitual, se enfrentan con armas anticuadas a los arsenales de los milicianos yihadistas, saturados de armamento moderno, como si se volviera a los tiempos de Mustafá Barzani y sus heroicas cargas de caballería. La composición de lugar es tragicómica: los norteamericanos, escarmentados de sus guerras en tierra, lanzan armas y provisiones desde el aire con el propósito de abastecer a los kurdos aunque abasteciendo, en realidad, al bando contrario; mientras tanto, los dirigentes europeos hacen grandes declaraciones de intenciones que caen en el vacío; de otro lado Turquía, miembro de la OTAN, que simpatiza mucho más con la causa yihadista que con la kurda, procura acorralar a los peshmerga para que éstos queden encajonados entre el acoso de las milicias yihadistas y los tanques que ha alineado a lo largo de la frontera propia. En medio del cerco es improbable que Kobane resista. Su exterminio está casi asegurado.

Combaten en una lucha en la que, tal vez, esté comprometido nuestro entero futuro

La pregunta, una vez más, es: ¿cómo ha podido producirse este decorado? Europeos y norteamericanos, por lo general amnésicos con respecto a los kurdos, ahora parecen fiarlo todo a la valentía de los peshmerga frente a un enemigo abruptamente surgido de la tiniebla como el Estado Islámico. Pero es esa irrupción espectral la que es sospechosa, además de sorprendente. ¿Cómo puede aceptarse que en la época de la información total, cuando nuestras tecnologías nos abruman con datos a cada instante, pudiese pasar inadvertida la rápida maduración del huevo de la serpiente?

He seguido con mucha atención a lo largo de estos últimos tres años las noticias acerca de la contienda de Siria, país que siempre despertó mi fascinación y al que he viajado varias veces. Pese a ese detenimiento no tuve conocimiento del profundo enraizamiento yihadista hasta las fechas recientes en que el califato se ha dado a conocer sangrientamente en aquel país y en Irak. Durante mucho tiempo nuestros medios de comunicación únicamente informaban, de forma genérica, de los “rebeldes sirios”. De pronto, una buena parte de estos “rebeldes”, no sólo en Siria sino también en Irak, resultaron crueles yihadistas que decapitaban a los ciudadanos de los países que habían contribuido a armarlos. La ceremonia de la confusión aumenta cuando Occidente anuncia una cruzada contra el califato terrorista con una movilización fantasmal de fuerzas. Entre tanto error y tanto simulacro lo único que parece real, al seguir las noticias del conflicto, es la determinación de los peshmerga, realzados una vez más para ser relegados, probablemente, con posterioridad.

Al contemplar estos días las imágenes de la devastación de Kobane me he acordado con frecuencia del taxista sirio. Si vive debe hacer mucho tiempo que no puede acompañar a forasteros hasta las hermosas ciudades bizantinas abandonadas. Dada la situación en Alepo es posible que no haya visitado desde hace tiempo su ciudad natal. O quizá esté en ella, combatiendo como tantos voluntarios. En cualquier caso, si vive, puede estar orgulloso del comportamiento de sus hermanos. Ellos combaten en una lucha en la que, tal vez, esté comprometido nuestro entero futuro. Si la modesta Kobane cae, y es devuelta al anonimato de los espacios aniquilado, se confirmará el triunfo de la hipocresía y tendremos un nuevo motivo para la vergüenza.

Rafael Argullol es escritor.

http://elpais.com/elpais/2014/10/31/opinion/1414751165_052045.html