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Exodus-Más reyes que Dios

Publicado: diciembre 15, 2014 en Cine, Historia, Teología

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Disfruto de películas de Ridley Scott. A menudo se produce reales “guy” películaspesado en la testosterona, el heroísmo, la esgrima, la valentía y grandes acabados que resuelven los conflictos clásicos entre el bien y el mal. Admiro sus ataques sutiles sobre la injusticia sistémica y su celebración de mujeres fuertes y heroicas. Aprecio su interpretación de héroes profundamente erróneas, que en última instancia tienen éxito no por sus habilidades de liderazgo, sino más bien su integridad, auto-sacrificio por el bien común y el compromiso con la verdad. Dioses y Reyes sigue en la misma vena.

En resumen, es una película muy buena. Es un bien filmado, regalo visual (la versión en 3D es la pena del gasto extra) con fuertes actuaciones de los actores. El tema debe ser una foto “épica” y da un valiente esfuerzo para estar.

Aquí está el chasco: ¿Cuándo un cineasta quiere demostrar la confianza o el coraje para contar las historias reales de estas películas bíblicas las  titulan después?

Soy favorable a los argumentos esgrimidos por algunos en relación con la película de Darren Aronofsky en Noé (que tenía mucho menos de una conexión con el relato bíblico de Éxodo de Scott.) Entiendo por qué y cómo ciertas historias o ideas juegan mejor sólo si ciertos dispositivos temáticos son añadidos o líneas argumentales adaptados. Sin embargo, lo que Scott y Aronofsky no parecen darse cuenta es que muchos de nosotros que crecieron con estas historias creen, y realizan pruebas en nuestras vidas del poder de transformación de estas que historias ejercen. No hay ningún problema, incluso aconsejable, para permitir que los eventos principales de estas historias hablan por sí mismos. A menudo, nuestro primer encuentro con estas historias vino de un sacerdote, pastor o rabino que, a pesar de muy poca formación dramática, estilo retórico, o el ingenio creativo, fuerón transportados el impacto de estas ideas con efecto mensurable.

La Toma del Moisés de Scott. Ha sido representado como un guerrero, de principio a fin. Sin embargo, la historia bíblica capta que Moisés al  lado de los más humildes (a menudo traducido como “mansos” o “humilde”) hombres (Números 12: 3). Para Scott, la humildad llega cuando se enfrenta el ejército de Faraón en la cúspide del Mar Rojo. El Moisés de Scott aparece humilde después de criticar la acción de Dios a través de las plagas y todos sus intentos fallidos de llevar a la gente. Sólo entonces él tira su espada del poder. La historia bíblica describe largas conversaciones íntimas de Moisés con Dios que lo forman en el tipo de líder que se requiere para su tarea. Creo que a Scott podría haber transmitido magistralmente esta en la película al igual que la preparación y el desarrollo del carácter de Scott retrata maravillosamente en algunas de sus otras películas.

Lo que Scott y las representaciones de Aronofsky se pierden, y lo que la gente como yo lamentamos, es que el personaje principal en estos relatos bíblicos es Dios.

Las historias ponen de relieve el carácter y la fidelidad de Dios. No son principalmente acerca de las luchas de poder, la violencia, la liberación socio-económica, fenómeno natural que ocurre frente a los milagros sobrenaturales, ni siquiera sobre la libertad de la esclavitud. El tapiz bíblico es más de un autorretrato de Dios reflejada en contra de la lona de toda actividad humana. Sin embargo, en estas adaptaciones, el Dios de obtener muy poco tiempo en pantalla, no la formación del mucho carácter, y rara vez se presenta como bueno, mucho menos heroica, todo lo cual está muy lejos de lo que representan las historias originales y por qué existen.

Humildemente sugiero a los directores y escritores que narran acontecimientos bíblicos para permitir que los convincentes del drama, tensión, los matices, la ironía, la tragedia, la humanidad, y las maravillas de la bíblica representa a permanecer primaria futuras. Estas historias se conectan. Ellos han demostrado ser una generación tras otra, incluso cuando se le dijo en el más rudimentario de maneras. No descuento, luego diseccionar, adaptar, y finalmente volver a infundir una historia o motivo diferente en estas historias. Confía en ellos. Son tan irreductible como son infinitamente capaces en su capacidad de agregar valor a la vida humana. Por edades, se han involucrado y ha revelado verdades esenciales sobre la existencia humana, la naturaleza de nuestro mundo, lo que es bueno y verdadero, lo que es malo y doloroso, y los fines para los que la vida puede y quizás debe ser vivida al máximo. Su longevidad solo exige un mayor nivel de respeto.

Os animo a ir a ver la película. Disfrútalo por lo que es, una película con momentos maravillosos, ideas e imágenes para inspirar y desafiar. Pero entonces va a leer la interpretación de la vida de Moisés de Eugene Peterson en el mensaje. Después de lo cual, os animo a pensar profundamente acerca de que la visión de Dios, y que la representación de estos eventos, habla más conmovedora de la condición humana y los problemas potenciales y las caras de la humanidad en nuestro contexto contemporáneo.

Ojalá a Scott haya compartido la confianza de los cristianos y los Judios en el poder transformador de la historia original de cambiar los corazones y las mentes. Como Hollywood continúa produciendo películas basadas en la Biblia, por mi parte, nos gustaría ver estas viejas historias inalteradas, primero contadas alrededor de fogatas y mesas familiares, cobran vida en la pantalla envalentonado con los talentos y habilidades milagrosas casi ilimitadas de artistas que manejan el mejor de la moderna la tecnología. Y tal vez, un día, Dios obtendrá un Oscar a largo retraso.

O por lo menos un rol de miradas.

Gary Black Jr. es profesor asistente de teología en la Universidad Azusa Pacific. Su último libro, fue coautor con el fallecido Dallas Willard, es la Divine Conspiracy Continúa: Cumplir el Reino de Dios en la Tierra.

 

http://www.christianpost.com/news/exodus-gods-and-kingsmore-kings-than-god-131134/

Cristianismo y consumismo

Publicado: diciembre 15, 2014 en Sociedad, Teología

Celebrar cristianamente la Navidad (1)

El materialismo consumista no afirma que sólo lo material es real sino que a fin de cuentas sólo lo material importa.

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El consumismo es un fenómeno muy particular, que no es exactamente idéntico con la avaricia o el egoísmo. Éstos son pecados individuales y personales, mientras el consumismo es colectivo, es una cultura en la cual todos vivimos y participamos de una u otra manera. Como cultura social, nos envuelve a todos, mayormente de forma inconsciente.

El consumo normal llega a ser consumismo cuando el comprar y el consumir llegan, inconscientemente, a ser compulsivos. Puede tomar la forma de “consumo conspicuo”, de comprar lujos para ostentarlos ante los demás, pero también puede tomar la forma opuesta, el impulso irresistible de comprar cosas solo porque están baratas (“consumismo de gangas”)

Consciente o inconscientemente, activa o pasivamente, de una u otra forma, todos somos parte de esta sociedad de consumo, como veremos si analizamos algunas de sus características:

 

SUPREMACÍA DE VALORES MATERIALISTAS

Es revelador la frecuente pregunta, “¿Cuánto vale fulano?”, para preguntar cuánta riqueza tiene. La misma palabra “riqueza” se suele entender en sentido económico, sin considerar valores morales, espirituales y sociales. En los mercados, “cuánto vale” se entiende como “cuánto cuesta”, que en realidad es algo muy distinto. Muchos dichos del pueblo reflejan estas mismas actitudes:

  • “Tanto tienes, tanto vales”
  • “Poderoso caballero es don dinero”
  • “Quién dijo penas mientras las alforjas están llenas”
  • “Cuando se trata de dinero todos somos de la misma religión”
  • “El dinero no produce la felicidad pero produce algo tan parecido que es asunto de especialistas”

Puede ser sorpresa darnos cuenta de que vivimos en una sociedad materialista, y que ese materialismo penetra mucho en la iglesia.

Es importante reconocer que hay diferentes tipos de materialismo. El materialismo metafísico afirma que sólo lo material es real. El materialismo histórico, en cambio, apela a lo económico como clave para entender el proceso histórico. Pero más sutil es el materialismo práctico de laactual sociedad capitalista. El materialismo consumista no afirma que sólo lo material es real sino que a fin de cuentas sólo lo material importa [2].

En varios pasajes de los evangelios Jesús advierte contra esta visión materialista-consumista de la vida: Lo repudia directamente en su palabra al rico insensato: “la vida de una persona no consiste en la abundancia de sus bienes” (Lc 12:15). Los tesoros de este mundo son frágiles; fácilmente se pierden, los ladrones las roban, se herrumbran y se quiebran (Mat 6:19). Los tesoros del reino venidero son imperecederos (6:20). En el pasaje paralelo en Lucas, Jesús aclara que es por compartir las riquezas que se convierten en tesoros eternos (Lc 12:32-34). Al  materialista Jesús le dice, “¡Necio!  Esta misma noche te van a reclamar la vida, ¿y quién se quedará con lo que has acumulado?” (Lc 12:20).

Nos toca a cada uno examinarnos y preguntarnos cuáles son las verdaderas prioridades de nuestra vida. En el transcurso de una semana, ¿qué es lo que más ocupa mis energías y mis esfuerzos? ¿Qué es lo que me da más satisfacción: ganar mil dólares, gastar mil dólares o regalar mil dólares?  Si son las dos primeras, la primacía de ganar y gastar, estoy atrapado en el consumismo, a lo mejor sin darme cuenta. Solo la prioridad de compartir — hacer de la vida un proyecto de servir a Dios y a los demás — da verdaderas riquezas que perduran.

En el consumismo el consumo se considera una finalidad en sí, un valor propio inherente. Entonces vivimos para consumir (lo máximo posible), en vez de consumir (un mínimo conveniente) para vivir (mucho más plenamente). Es una cultura del consumo por el consumo. En su extremo, para muchas personas, el consumo es la meta suprema de su existencia. Un eslogan popular, que aparece todavía en muchas camisetas en inglés, reza “I shop, therefore I am” (“Hago compras, luego existo”).

Es una relectura de la fórmula fundante del pensamiento del filósofo Descartes, “cogito, ergo sum” (“Pienso, luego soy”). Hay que dudar de todo, dijo Descartes, pero de una cosa no puedo dudar: si estoy aquí pensando, entonces existo o no estaría dudando. Hoy día, cuando algunos ni piensan, hay que reformular la consigna: “Hago compras, por eso (y para eso) existo”.

Un pionero en el análisis del consumismo fue Thorstein Veblen. En su clásico La teoría de la clase ociosa (1899) estudió los patrones de gastos de los “nuevos ricos” de la época con un alto componente de “consumo conspicuo” u “ostentoso”.[3] Ante la pregunta de por qué la gente compraba lujos que no necesitaban, descubrió que muchos de los muy ricos empleaban su fortuna para exhibir su estatus social y su superioridad económica en vez de la utilidad efectiva de lo comprado. Así la compra de joyas exorbitantes, ropa lujosa, mansiones y limosinas constituye consumo conspicuo  o aun “invidioso” (sic), una forma más específica, consumo con la intención de causar envidia en otros. En décadas recientes el lujo ostentoso de las diosas de Hollywood a menudo ha sido consumo conspicuo. En otro sentido, la tiranía de “la moda” hoy día presiona a muchas personas a gastar mucho dinero para demostrar que están al día y tienen buen gusto.

Un artículo de Roberto Torres Collazo analiza “La dictadura del consumismo”, precisamente en la época de Navidad. Los modernos medios de comunicación han perfeccionado los métodos de la mercadotecnia para hacernos desear cosas que sin ellos no hubiéramos deseado ni mucho menos necesitado. Su propaganda y sus “promociones” dictan muchas de nuestras decisiones. Nos manipulan para sacarnos el dinero, y en las temporadas electorales nos manipulan para creer toda la propaganda engañosa y votar por los y las candidatos que más les paguen a ellos. Los medios en gran medida nos han reducido a simples comparadores. Han convertido el “homo sapiens” en “homo emptor”, compradores por esencia.[4]

Junto con el consumismo va creciendo una pasión por acumular sin límites. Parece que el afán de acumular se apodera de la persona, impulsándole a querer siempre más y más, sin parar de acumular.

La misma palabra griega para “avaricia” es un compuesto de un verbo y un adverbio, “tener” y “más”. Llega a ser obsesiva; la persona no puede vivir sin estar ganando más. Sólo por un milagro de gracia divina un ser humano va a decir “ya tengo suficiente, no quiero tener más”. Pertenece al proceso adquisitivo ser infinito, en ese sentido; suele ser un cáncer que crece en el corazón y en la vida.

Las escrituras ven muy negativamente a esta mentalidad de acumular. Del rey de Tiro dice, “Has acumulado mucha riqueza… Con tus muchas riquezas te has vuelto arrogante” (Ez 28:4-5; cf. Hab 2:6). “Ay de los que juntan casa a casa”, denuncia Isaías, “y añaden heredad a heredad hasta ocuparlo todo” (Is 5:8). Según Eclesiastés 5:10, “El que ama el dinero, no se saciará de dinero; y el que ama el mucho tener, no sacará fruto. También esto es vanidad”. Santiago condena esa mentalidad en los ricos del primero siglo: “Han amontonado riquezas, ¡y eso que estamos en los últimos tiempos!” (Stg 5:3).

Un fenómeno relacionado con el consumismo es el culto al éxito que es una característica de la moderna sociedad capitalista. Una sociedad basada en la competencia va a acentuar la diferencia entre los exitosos y los no exitosos, generalmente medida por su fortuna pero también por su fama (que generalmente van de la mano). Produce una sociedad estratificada por los grados de éxito logrados por cada individuo. Una sociedad de muchas comparaciones odiosas es el resultado lógico de una economía basada en la competencia.

La peor expresión de este fenómeno es el desempleo, mucho peor porque es resultado del mismo sistema donde los trabajadores son esencialmente una mercancía en el “mercado laboral”, parte de la fórmula de ingredientes del éxito de otros.[5]

En 1973, en la Universidad de Tubinga, Hans Küng ofreció un brillante curso sobre “Teología de la gracia”. Como evangélico, escuché con sumo agrado las magistrales exposiciones de este renombrado pensador católico. Especialmente iluminador y conmovedor fue la actualización que hizo del tema. Hoy día, propuso, una de las formas de justificación por las obras es el éxito. Vivimos, afirmó Küng, en una “Leistungsgesellschaft”, una “sociedad de logros”, donde el valor de cada persona se mide por sus logros.

Como todo sistema de justificación por obras y méritos, esto polariza la comunidad en “fariseos” y “publicanos”. Ambos resultados son anti-humanos y destructivos. Los “fariseos”, están confiados de su valor y mérito, ante la sociedad y ante su Dios, porque han logrado el éxito. Los “publicanos”, en cambio, se sienten fracasados y desacreditados por su poco o nulo éxito y sus pocos logros. Hoy día el prototipo por excelencia del “publicano” es el desempleado, que tiende a sentirse inútil, un cero a la izquierda, excluido del sistema y alejado del amor de Dios. Todo este sistema elitista es una negación del Dios de la gracia y una gravísima contradicción de la justificación por la fe.

 

http://protestantedigital.com/magacin/34725/Cristianismo_y_consumismo

No oramos a María

Publicado: diciembre 12, 2014 en Teología

Mariología católica (3)

¿Qué hacemos con la oración mariana? La denunciamos como idolatría y la rechazamos en el nombre de la gloria de Dios.

María.
María, en la película ‘La Pasión’ de Mel Gibson.

¡Saludos, amigos y amigas!

Aquí estamos de nuevo con nuestro tercer (y penúltimo) estudio sobre la Mariología del Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica. En las últimas dos semanas, hemos criticado las preguntas 196 y 197 del Compendio y hoy nos toca la pregunta 198.

Como siempre, vamos a empezar citando el Catecismo para luego analizarlo a la luz de las Escrituras.

#198: ¿Qué tipo de culto se rinde a la Virgen María?

A la Virgen María se le rinde un culto singular que se diferencia especialmente del culto de adoración, que se rinde sólo a la Santísima Trinidad. Este culto de especial veneración encuentra su particular expresión en las fiestas litúrgicas dedicadas a la Madre de Dios y en la oración mariana, como el santo Rosario, compendio de todo el evangelio.

Dividiremos nuestra investigación en tres grandes preguntas: 1) ¿Hay que rendir un culto de veneración a María?; 2) ¿Es María la Madre de Dios?; y 3) ¿Qué hacemos con la oración mariana?

1.- ¿HAY QUE RENDIR UN CULTO DE VENERACIÓN A MARÍA?

La pregunta 198 del Catecismo diferencia lingüísticamente entre la adoración y la veneración. La distinción clave, según el Catolicismo, reside en que la adoración se dirige únicamente a Dios mientras que es posible honrar a los santos en general y venerar a María en particular. Tradicionalmente Roma ha empleado tres vocablos griegos para justificar su veneración a María, a saber, latría (adorar); dulía (honrar); e hiperdulía (venerar). Latría es para Dios; dulía es para los santos; e hiperdulía es para la Virgen.

El gigante protestante Juan Calvino ya condenó tal juego de palabras en el siglo XVI. Además de descartar la legitimidad teológica de los tres términos, en su Comentario a los Hechos preguntó a sus lectores, ¿cuántos católicos, a nivel práctico, realmente entienden la distinción entre latría, dulía, e hiperdulía?[1] Cinco siglos más tarde, me gustaría repetir la misma pregunta.

Y otra pregunta que me gustaría hacer es: ¿dónde encuentran nuestros amigos católicos dicho concepto de veneración a María en las Escrituras? Nadie pretendió venerar a la madre de Jesús en la Biblia. Sí, es una mujer bendita y favorecida por el Señor. ¡Amén! Pero también lo son todas las mujeres de Dios que han sido salvas por la gracia del Altísimo. ¿Te acuerdas de las palabras de Jesús en el Evangelio? Preguntó, “¿Quién es mi madre?” Y contestó, “Todo aquel que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos, ése es mi hermano, y hermana, y madre” (Mateo 12:46-50).

Pedro, Pablo, Bernabé y hasta los ángeles se negaron a ser adorados en el Nuevo Testamento. Pero en ningún momento dijeron, “¡No nos adoréis a nosotros! ¡Venerad a la bendita Virgen de Galilea!” Sabían que la veneración y la adoración pertenecían solamente al Señor Dios Todopoderoso.

Ahora bien, con esto no estamos diciendo que no sea correcto honrar a los siervos y siervas del Señor. Pablo escribió en Romanos 13:7, “Pagad a todos lo que debéis… al que honra, honra”. Un ejemplo muy real en mi vida reciente ha sido la despedida del hombre de Dios Francisco Jiménez. Después de 17 años de servicio al Señor en mi pueblo (La Carlota), Dios le ha llamado a los EEUU como misionero. Qué gozo nos dio en la Facultad de Teología de Córdoba poder honrarle públicamente esta semana pasada por la gran labor que ha realizado aquí a lo largo de las últimas dos décadas. Con razón le honramos y siempre nos acordaremos de él. No obstante, no vamos a empezar a rendirle culto ni invocar su nombre en oración.

Aplicamos la misma regla a María. No hay duda de que era una mujer muy usada por Dios. Era fiel al Señor y por lo tanto, como protestantes, aspiramos a seguir sus pisadas. La amamos porque, al fin y al cabo, es nuestra hermana mayor en la fe. Pero otra cosa bien opuesta es venerarla y darle un lugar en la Iglesia que, francamente, no le corresponde. María estaría más que horrorizada si supiera que tantos millones de católicos la veneran en el día de hoy. Es bueno acordarnos de su obediencia y fidelidad a Dios -¡desde luego que sí!- pero el Señor no nos permite que la veneremos.

De todas formas la distinción que traza el Catolicismo entre hiperdulía (venerar) y latría (adorar) no es convincente. De hecho, es bastante superficial. Por un lado dicen los católicos que no adoran a María. Pero por otro lado, le rinden culto y le oran a ella (como explica la pregunta 198).[2] ¿Acaso no se tratan de dos actos de adoración? Rendirle culto a alguien es adoración. Orarle a alguien es adoración. Cuando el Compendio pone que los católicos no adoran a María sino que simplemente le rinden culto y le oran a ella, es como decir: “No. No cometí adulterio. Simplemente me acosté con la mujer de mi mejor amigo” o “No. No robé nada. Simplemente cogí algo que no era mío”. Es un sinsentido lingüístico. Pueden llamar su ‘veneración’ a la Virgen por el nombre que quieran, sin embargo, sigue siendo adoración.

Así que, ¿hay que rendir un culto de veneración a María? ¡Para nada! ¡Ni en broma! ¡Ni veneración ni fiestas litúrgicas ni nada del estilo! El creyente es llamado a adorar a uno sólo, esto es, a Dios (Mateo 4:10). En palabras de nuestros antepasados reformadores: ¡Soli Deo gloria!

2.- ¿ES MARÍA LA MADRE DE DIOS?

El segundo punto de la pregunta 198 que nos interesa es el término ‘Madre de Dios’. Sé que es un término que muchos evangélicos critican en nuestros días. No obstante, he visto que muchos de mis hermanos y hermanas lo hacen en ignorancia sin entender el contexto histórico desde el cual la expresión surgió. Personalmente, no estoy en contra del concepto de ‘Madre de Dios’ (siempre y cuando entendamos claramente su contexto teológico). Déjame explicar el porqué.

‘Madre de Dios’ proviene del griego Theotokos. Se trata de un término que se empleó en el siglo V para combatir la influencia herética del nestorianismo. Los nestorianos, siguiendo la doctrina desviada de su líder Nestorio (386-451), enseñaban que había una separación tan radical entre la divinidad y la humanidad de Jesucristo de que en realidad era dos personas distintas. En términos sencillos, en Jesús había una persona divina y una persona humana. Para refutar esta idea falsa, el Concilio de Éfeso (431) utilizó el concepto de Theotokos para subrayar la unidad de las naturalezas divina y humana en Jesús (el término técnico sería unión hipostática). Con Theotokos la fe ortodoxa quiso dar a entender que María no solamente engendró a un hombre, sino al mismísimo Hijo de Dios. Gracias a la noción de Theotokos los nestorianos fueron vencidos.

Reconozco que el problema que tenemos con el concepto de Theotokos tiene que ver con lo que, a primera vista, parece implicar. Alguien oye que María es la Madre de Dios y enseguida piensa que se refiere a que la Virgen engendró a Dios en la eternidad. Pero esto no tiene nada que ver con lo que el término ‘Madre de Dios’ procuró enseñar. Sencillamente quiere transmitir la idea de que Jesús es una sola persona (no dos) con una doble naturaleza: divina y humana. Teológicamente hablando, el concepto ‘Madre de Dios’ no busca glorificar a María sino aclarar quién era Jesús de Nazaret. Es decir, es un término cristológico no mariano.

Por lo tanto, no hace falta preocuparnos por la inclusión de tal concepto en el Compendio o en la teología. Es perfectamente justificado con tal de que sepamos a lo que alude. Sólo tenemos un problema cuando alguien abusa del concepto Theotokos para glorificar a María.

3.- ¿QUÉ HACEMOS CON LA ORACIÓN MARIANA?

Nuestro tercer punto se refiere a la última frase de la pregunta 198 donde explica que una parte de la veneración a María es “la oración mariana, como el santo Rosario, compendio de todo el evangelio”.

Antes que nada, no sé de qué evangelio estarán hablando los redactores del Compendio. El evangelio apostólico no se centra en la intercesión de María sino en la obra del Señor Jesús. Pablo define las buenas noticias de la siguiente manera: “Que Cristo murió por nuestros pecados, conforme a las Escrituras; y que fue sepultado, y que resucitó al tercer día, conforme a las Escrituras” (1 Corintios 15:3-4). El verdadero evangelio es el evangelio de Jesucristo. Se trata de Él, no de su madre.

Otra cosa: ¿cómo es posible esperar que los discípulos de Jesús oren a alguien que no sea Dios? ¿Acaso es María todopoderosa? ¿Cuándo se convirtió María en Dios? En mis charlas personales con mariólogos, me han explicado que la razón por la cual oran a María es porque es una mujer. De alguna forma ella es más sensible, tierna y suave que Dios y por lo tanto, hace más caso a nuestras lágrimas y necesidades. Consiguientemente, hay que intercederle a ella para que ella luego presente nuestra petición delante de Dios. Honestamente, tal razonamiento me parece blasfemo y sumamente irreverente. ¿No es el Señor un Dios lleno de misericordia? ¿No fue su amor el que dio a luz al evangelio? ¿No vino Jesús al mundo para hablarnos acerca del Padre celestial que se preocupa por sus hijos y provee de sus necesidades? ¿No resaltan una y otra vez los escritores del Nuevo Testamento la asombrosa noticia de la libre gracia de Dios? Es este Dios el que nos da el gozo de acercarnos a Él –y sólo a Él- en oración. La oración es para Dios. Aquí María no pinta nada. Repito lo que escribí la semana pasada en nuestro segundo estudio: “Bajo ningún pretexto podemos dirigirnos a María en oración”.

Así que, ¿qué hacemos con la oración mariana? Pues, la denunciamos como idolatría y la rechazamos en el nombre de la gloria de Dios. Los protestantes podemos decir con una sola voz: ¡a María nunca hemos orado y a María nunca oraremos! ¡Nunca jamás!

CONCLUSIÓN

Terminaremos nuestro estudio de la Mariología católica con la pregunta 199 la semana que viene (Dios mediante). Pero antes de acabar nuestro artículo de hoy, recapitulemos lo que hemos aprendido:

1.- ¿Hay que rendir un culto de veneración a María? Respuesta: ¡No, no, no! Amamos a María, admiramos su fe y queremos ser como ella pero esto no quiere decir que vayamos a venerarla.

2.– ¿Es María la Madre de Dios? Respuesta: Bueno, depende. Si ‘Madre de Dios’ quiere resaltar la unidad de las dos naturalezas en Jesucristo, no hay ningún problema. Pero si ‘Madre de Dios’ se refiere a que María engendró a Dios en la eternidad, entonces, no aceptamos el término para nada.

3.– ¿Qué hacemos con la oración mariana? Respuesta: la condenamos en el todopoderoso nombre del Señor. No debemos de orar a nada ni a nadie que no sea el Omnipotente. Sólo Él es digno de nuestra oración.

¡Nos vemos en siete días, queridos! ¡Hasta luego!

 

[1] CALVINO, Juan, Comentario a los Hechos de los apóstoles, Capítulo 10:25-27. Calvino habló en contra de la distinción entre dulía y latría en sus Instituciones también  (Instituciones 1.11.11).

[2] En el Compendio, las preguntas 562-563 también habla sobre la importancia de la oración a María.

María no es mediadora con Dios

Publicado: diciembre 12, 2014 en Teología

Mariología católica (2)

Trataremos cuatro puntos: 1) la Asunción de María; 2) la intercesión de María; 3) el influjo salvífico de María; 4) invocando a María.

Virgen María

¡Saludos de nuevo, queridos!

Si no leísteis la primera parte de nuestro estudio sobre la Mariología de la Iglesia Católica Romana, podéis hacer clic en este enlace:

La semana pasada negamos la idea de que María es la Madre de la Iglesia (como enseña erróneamente la pregunta 196 de la última edición del Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica). Esta semana vamos a seguir estudiando la pregunta número 197.

Repetiremos el método de la semana pasada, empezando con la cita textual del Compendio oficial y luego presentando una crítica evangélica a dicha cita.

Arranquemos, pues con la 197.

#197: ¿Cómo ayuda la Virgen María a la Iglesia?

Después de la Ascensión de su Hijo, la Virgen María ayudó con su oración a los comienzos de la Iglesia. Incluso tras su Asunción al cielo, ella continúa intercediendo por sus hijos, siendo para todos un modelo de fe y de caridad y ejerciendo sobre ellos un influjo salvífico, que mana de la sobreabundancia de los méritos de Cristo. Los fieles ven en María una imagen y un anticipo de la resurrección que les espera, y la invocan como abogada, auxiliadora, socorro y mediadora.

Bueno, amigos, ¿qué puedo decir? ¿Por dónde comienzo? Por lo menos la pregunta 197 del Compendio empieza bien. ¡Menos mal! Es cierto que después de la Ascensión de Cristo que María, “ayudó con su oración a los comienzos de la Iglesia”. Hechos 1:14 relata claramente que, “Todos éstos perseveraban unánimes en oración y ruego, con las mujeres, y con María la madre de Jesús, y con sus hermanos”. Así es. María oró. Y fue llena con el Espíritu Santo en el Día de Pentecostés con otros 119 discípulos. Pero después de la primera frase de la pregunta 197, veréis que las cosas se deterioran bastante.

Hoy dividiremos la pregunta 197 en cuatro partes: 1) la Asunción de María (y María como una imagen y un anticipo de la resurrección); 2) la intercesión de María; 3) el influjo salvífico de María; 4) invocando a María.

1.- LA ASUNCIÓN DE MARÍA (y María como una imagen y anticipo de la resurrección)

La pregunta 197 une la Asunción de María con la noción de que es “una imagen y un anticipo de la resurrección”. La referencia aquí a la resurrección no tiene que ver con la resurrección de Cristo, sino con la resurrección general que ocurrirá cuando el Señor vuelva. María, entonces, es un prototipo de lo que pasará con los creyentes en el futuro. O eso dicen.

¿Qué es la Asunción? Es la doctrina de que María ascendió al cielo corporalmente de la misma forma que el Hijo de Dios. En el caso de Jesús, se llama Ascensión. Y en el caso de María, Asunción. ¿Y dónde se enseña semejante idea en el Nuevo Testamento? Por ningún lado desde luego. Se trata de un invento de la Iglesia Católica, establecido como dogma por Pío XII en su constitución apostólica Munificentissimus Deus en noviembre 1950.

Es verdad que María, en cierto sentido, es un modelo de lo que sucederá con los creyentes cuando mueran pero según la enseñanza apostólica, el auténtico prototipo de la resurrección general no es María, sino Jesús (1 Corintios 15:20-23). La razón es la siguiente: a María le pasó lo mismo que a todos los creyentes que se murieron después de la resurrección del Señor. Su alma pasó directamente a la presencia de Dios, esperando el Gran Día de la resurrección general cuando su alma será reunida con su cuerpo glorificado. Jesús, sin embargo, ya tiene su cuerpo glorificado. Por lo tanto, Cristo es el verdadero patrón de la resurrección corporal; no María.

2.- LA INTERCESIÓN DE MARÍA

Como ya vimos, la pregunta 197 empieza enseñando que María oró a los comienzos de la Iglesia, lo cual está muy bien y correcto. Sin embargo añade que “ella continúa intercediendo por sus hijos, siendo para todos un modelo de fe y de caridad”.

Indiscutiblemente María es una mujer digna de ser imitada por su fe  y caridad. De eso no hay duda. Pero ¿de dónde saca el Catecismo la idea de que María sigue intercediendo ahora? ¿Y qué pasaje bíblico implica que somos sus hijos? Respuesta: ninguno.

Por un lado, no sabemos si María sigue intercediendo ahora o no. Hay tres pasajes en el Nuevo Testamento que hacen mención de las palabras de los difuntos en la presencia de Dios, a saber, Lucas 16:25-31, Apocalipsis 6:9-11 y 7:9-10. El primero es el episodio del rico y Lázaro cuando Abraham rehúsa ayudar al rico condenado en el Hades. El segundo revela que los mártires claman por venganza: “¿Hasta cuándo, Señor, santo y verdadero, no juzgas y vengas nuestra sangre en los que moran en la tierra?” (Apocalipsis 6:10) y el tercero registra sus alabanzas, “La salvación pertenece a nuestro Dios que está sentado en el trono y al Cordero” (Apocalipsis 7:10). Pero no hay ningún pasaje que hable de la intercesión de María por nosotros. Según la Biblia el único que intercede por nosotros en el cielo es el Señor Jesucristo (Romanos 8:34). Y lo precioso es que sabemos que Dios siempre le oye (Juan 11:42). Nuestra fe, pues, está puesta en la intercesión de Cristo por nosotros; no en aquélla de María.

Por otro lado, la Biblia tampoco nos llama hijos de María. Somos hijos de Dios, hijos de Abraham, hijos de luz. Pero el concepto de hijos de María no existe en las Escrituras. Repetimos lo que aprendimos la semana pasada, “María es únicamente la madre de Jesús hombre, no de la Iglesia”. Podemos seguir su ejemplo de fe y de caridad de la misma manera que seguimos los ejemplos de Job o de Ester; pero esto no quiere decir que seamos sus hijos en ningún sentido salvífico.

3.- EL INFLUJO SALVÍFICO DE MARÍA

Además de interceder por nosotros, el Compendio apunta que María ejerce “un influjo salvífico” sobre nosotros, el cual “mana de la sobreabundancia de los méritos de Cristo”. ¿Qué quiere decir eso?

Francamente es difícil saber exactamente a qué se refiere el Catecismo con ese lenguaje tan ambiguo. De nuevo, no apela a ningún texto bíblico. Y da la impresión descaminada de que María sea el canal entre Cristo y los creyentes. Es como si María aplicase el mérito de Cristo a nosotros.[1] En tal caso, la madre del Señor llegaría a ser una especie de mediadora entre nosotros y el Mediador Jesús.

De acuerdo con la teología protestante, el que aplica la obra salvadora (o el mérito) del Señor a nuestro corazón no es María, sino el Espíritu Santo. Dios nos envía el Espíritu de su Hijo con el fin de salvarnos (Gálatas 4:6). Es por medio del Espíritu que clamamos, “Abba, Padre” no “María, Madre”. El Catecismo coloca a María en el lugar que corresponde al Espíritu de Dios. Es el Espíritu –no María- obrando a través de la Iglesia, que ejerce un influjo salvífico sobre nuestro mundo. Y es el Espíritu –no María- que nos sumerge en la bendita salvación de Cristo. La salvación, al fin y al cabo, está exclusivamente en las manos del Señor.

4.- INVOCANDO A MARÍA

A nivel teológico la última parte de la pregunta 197 es catastrófica, ¡pero catastrófica! Comete el error de conceder obras a María que corresponden únicamente a Dios. Pone que los creyentes, “la invocan como abogada, auxiliadora, socorro y mediadora”. Aquí no hay ambigüedad ninguna. Es imposible malinterpretar esta frase.

Está el gran problema de “invocar a María”. ¿Cómo es posible que un creyente ore a la Virgen? María es una simple criatura; no es Dios. Estaría ella horrorizada si supiera que tantos millones de creyentes usan su nombre para usurpar la sola potestad del Señor. María no constituye un puente entre Dios y nosotros. Era una mujer pecadora salva por la pura gracia de Dios. Si María estuviera con nosotros hoy, nos diría que oremos a Dios. Bajo ningún pretexto podemos orar a María.

Una vez más, es llamativa la ausencia de cualquier texto bíblico para invocar a la Virgen. El Compendio dice que María es nuestra “abogada” donde la Biblia dice que el Hijo es nuestro abogado ante Dios (1 Juan 2:1). El Compendio enseña que María es nuestra “auxiliadora” donde la Biblia enseña que Dios es nuestro auxilio (Salmo 46:1). El Compendio proclama que María es nuestro “socorro” cuando la Biblia proclama que el Señor es nuestro socorro (Salmo 63:7). El Compendio predica que María es nuestra “mediadora” cuando la Biblia predica que Jesús es el mediador (1 Timoteo 2:5).

¿Qué, pues, será? ¿El Catecismo o la Biblia? ¿A cuál haremos caso? ¿A cuál seguiremos?

CONCLUSIÓN

Continuaremos con la pregunta 198 la semana que viene. Pero antes de finalizar este artículo, recapitulemos lo que hemos aprendido hoy:

1.- La doctrina de la Asunción es un invento católico y el verdadero prototipo de la Resurrección general no es María sino Jesús.

2.- La Biblia no enseña que María intercede por nosotros y tampoco nos llama sus hijos.

3.- María no ejerce ningún influjo salvífico sobre nosotros puesto que el que aplica el mérito de Cristo a nuestro corazón es el Espíritu de Dios.

4.- Bajo ningún pretexto podemos dirigirnos a María en oración.

Así vemos que la pregunta 197 del Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica no disfruta del respaldo bíblico.

¡Nos vemos la semana que viene para la tercera parte de nuestro estudio!

 

[1] ¿Qué es el mérito? La pregunta 426 del Compendio contesta, “El mérito es lo que da derecho a la recompensa por una obra buena. Respecto a Dios, el hombre, de suyo, no puede merecer nada, habiendo recibido todo gratuitamente de Él. Sin embargo, Dios da al hombre la posibilidad de adquirir méritos mediante la unión a la caridad de Cristo, fuente de nuestros méritos ante Dios. Por eso, los méritos de las buenas obras deben ser atribuidos primero a la gracia de Dios y después a la libre voluntad del hombre”.

¿Es María la ‘madre de la Iglesia’?

Publicado: diciembre 12, 2014 en Teología

Mariología católica (1)

El Catecismo razona que María es Madre de la Iglesia por dos razones: 1) dio a luz a Cristo y 2) Juan 19:27.

Virgen María

Nueve eurillos. Bueno, 8,50€ para ser más exacto. Eso es lo que me costó la última edición del Catecismo de la Iglesia Católica. Bueno, el Compendio del Catecismo para ser más exacto.

Lo encontré en una visita reciente a la ciudad de Castellón, ubicado en la estantería más alta de la sección de Religión en Casa del Libro. Cuando vi el precio, ¿cómo resistirlo? ¿Cómo no comprarlo? Es como si el libro me hubiese mirado susurrando: “Te he estado esperando. Sé que tienes veinte pavos en tu bolsillo. No te detengas más. ¡Cómprame!” Como chico obediente que soy, hice caso a su mandato. Razono que hay respetar a todos. ¡Hasta a los libros hablantes!

No tardé mucho en llegar a la casa de mi cuñada aquella tarde con unas ganas impresionantes de devorar el contenido del libro. Siempre había tenido que consultar la versión digital del Catecismo cuando quería enseñar sobre el Catolicismo.

El problema es que el Catecismo online –es decir, la versión completa- está dividido en casi 3.000 secciones. Bueno, 2.865 para ser más exacto. Y como te puedes imaginar, es bastante difícil encontrar el tiempo libre como para leerlo todo cuidadosamente.

Así que cuando leí el prefacio del Compendio en el cual Benedicto XVI explicó que mi nuevo libro se trataba de “una síntesis fiel y segura del Catecismo”, me sentí más contento que un pato en el agua.

¿Por qué? Porque el Compendio sólo tiene 598 secciones. ¡Qué alivio! Y no te olvides: todo por menos de nueve euros. ¿Qué más podría pedir de un libro? Económico, interesante, teológico, conciso y parlante. Vamos, estuve más feliz que una perdiz con regaliz en su nariz.

Cogí un boli, respiré a fondo, abrí a ‘Cate’ (seguro que no soy el único que pone nombres a sus libros), y empecé a leer…

Y a leer…

Y a leer…

Y a comer un poco y a lavarme la cara…

Y a leer de nuevo…

¿Y el resultado? Bueno, justo como esperaba. Había cosas buenas, cosas no tan buenas y cosas francamente espantosas. Es precisamente sobre una de esas cosas horripilantes que quiero compartir en mi artículo de hoy, a saber, la Mariología (o en términos sencillos, la doctrina de María).

El Compendio dedica cuatro artículos a la Mariología (números 196-199). Lo que voy a hacer, pues, es simplemente citarlos y luego presentar un análisis crítico de cada uno de ellos desde una perspectiva evangélica. Citaré el primero esta semana (196) y los restantes tres (197-199) a lo largo de las siguientes semanas.

¿Listo? Aquí va.

#196: ¿En qué sentido la Bienaventurada Virgen María es Madre de la Iglesia?

La Bienaventurada Virgen María es Madre de la Iglesia en el orden de la gracia, porque ha dado a luz a Jesús, el Hijo de Dios, Cabeza del Cuerpo que es la Iglesia. Jesús, agonizante en la Cruz, la dio como madre al discípulo con estas palabras: “Ahí tienes a tu madre” (Juan 19:27).

Como puedes leer, el Catecismo razona que María es Madre de la Iglesia por dos razones: 1) dio a luz a Cristo y 2) Juan 19:27.

1.- Dio a luz a Cristo.

Evidentemente, dar a luz al Hijo de Dios no es poca cosa. Pero Jesús explicó en Marcos 3:35 que cualquiera que hiciera la voluntad de Dios, “éste es mi hermano, y mi hermana, y mi madre”. A nadie, pues, conocemos según la carne (2 Corintios 5:16). ¡A María tampoco! Los evangelios apenas mencionan a la madre de Jesús. Y las epístolas no dicen absolutamente nada acera de ella. En ningún lugar se habla de ella como Madre de la Iglesia.

Cristo corrigió a una mujer en Lucas 11:28 cuando ella dijo: “Bienaventurado el vientre que te trajo, y los senos que mamaste”. El Señor le respondió: “Antes bienaventurados los que oyen la Palabra de Dios y la guardan”. De hecho, en dos ocasiones cuando Jesús habló con su madre, vemos cómo la reprende a ella también (aunque suavemente). Como joven le preguntó, “¿No sabíais que yo debo estar en los negocios de mi Padre?” (Lucas 2:49). Y en las bodas de Galilea, le dice, “¿Qué tienes conmigo, mujer? Aún no ha venido mi hora” (Juan 2:4). María, claro está, no era ninguna figura infalible.

Siguiendo la lógica católica tocante al “orden de la gracia”, ¿por qué no podría ser Sara, mujer de Abraham, Madre de la Iglesia? La promesa de bendición universal (es decir, el orden de la gracia) inició con su vientre. ¿O por qué no la mujer de Noé? Incluso podríamos remontarnos a los días de Eva y preguntar, ¿por qué no podría ser Eva Madre de la Iglesia? ¿Acaso no recibió ella la profecía del Protoevangelio (Génesis 3:15)? María no era nada más que un eslabón en la larga cadena de la salvación. Sí, se trata de una mujer bienaventurada. Amén. Pero Débora también. Ana también. Elisabet también. Las mujeres de Dios del siglo XXI también. La palabra “favorecida” que se usa en Lucas 1:28 para referirse a María también se emplea para describir a todos los creyentes en Efesios 1:6 donde pone que Dios nos hizo “aceptos” –o favorecidos- en el Amado. María, pues, no es la única favorecida por el Señor.

El verdadero protagonista de la Encarnación no es María ni José, sino el Señor Dios Todopoderoso. Él es el Señor de la Iglesia. Y recuerda: el término ‘Madre de la Iglesia’ no se emplea en la Biblia. Se trata de un invento de la Iglesia Católica Romana. Si lees la versión completa del Catecismo digital verás que no cita ningún versículo bíblico correctamente a la hora de defender la maternidad de María tocante a la Iglesia. Menciona a Agustín, a Pablo VI, a Pío XII y Lumen Gentium (uno de los documentos principales del Segundo Concilio Vaticano). Pero no ofrece apoyo escritural. Es por eso que los creyentes evangélicos no podemos aceptar que María sea la Madre de la Iglesia. Tal título concede a la madre de Jesús demasiada importancia.

2.- Juan 19:27.

El único pasaje bíblico que el Catecismo intenta utilizar para justificar la Maternidad de María es Juan 19:27. El texto se lee, “Después Cristo dijo al discípulo (Juan): He ahí tu madre. Y desde aquella hora el discípulo la recibió en su casa”.

Allí está. Juan 19:27. ¿Pero qué es lo que Jesús quiso decir cuando se dirigió a Juan con esas palabras He ahí tu madre? La repuesta es fácil. El Señor quería que Juan cuidara a su madre, María. Estaba asegurándose de que Juan iba a hacerse responsable de ella. Es decir, mientras Cristo estaba colgado en la cruz sufriendo un dolor insoportablemente agonizante, pensaba en el bienestar de su madre. En términos nuestros, Jesús le decía, “Juan, ahora mi madre está en tus manos. Cuídamela bien”.

De ninguna manera Jesús quería decir, “Juan, vete a casa y escribe un Catecismo proclamándola Madre de la Iglesia en mi nombre”. ¡Para nada! El celo católico por María conduce a la distorsión de un texto bíblico tan sencillo. Los ojos romanos ven algo en el versículo que simplemente no está allí. Juan 19:27, por cierto, es el texto que utilizó el Papa Francisco en sus dos encíclicas más conocidas, a saber, Lumen Fidei [La luz de la fe] y Evangelii Gaudium [La alegría del Evangelio], para indicar que María es nuestra Madre también.

Así que una vez más, decimos que no. María no es la Madre de la Iglesia. El apóstol Juan estaría horrorizado si supiera cómo millones malinterpretan su evangelio. Si Jesús hubiera querido enseñar la doctrina de la Maternidad eclesial de María, la habría dejado muy claro en algún momento de su ministerio terrenal. Pero no lo hizo. ¿Por qué no? Porque María es únicamente la madre de Jesús hombre, no de la Iglesia (como enseña Hechos 1:14, texto que fue compuesto después de la ascensión de Cristo).

Seguiremos nuestro estudio la semana que viene, amigos.

¡Hasta luego! Cate os manda un besito…


Lars Dahle

Hay todo tipo de razones para instar a los líderes cristianos para que intencionalmente integren los medios de comunicación en su estrategia de misión para el s. XXI, dice Lars Dahle.

Tierra mundo

En cualquier lugar del mundo en el que vivimos, las tecnologías de la información y de la comunicación influyen e impactan cada vez más nuestras vidas, nuestro testimonio cristiano y nuestros ministerios. La variedad de mensajes globales, locales y globales de los medios de comunicación, proporcionan contextos complejos para la tarea de hacer valer la verdad de Cristo en el siglo XXI. Las cuestiones misionales relacionadas con la participación en los medios de comunicación, son por tanto de verdadera importancia para la iglesia global.

 

IMPLICACIÓN EN LOS MEDIOS DE COMUNICACIÓN GLOBAL

En medio de las tecnologías cambiantes y de las diferencias globales, es posible discernir cinco características centrales de los medios de comunicación contemporáneos:

Digitalización: Internet se está convirtiendo gradualmente en la plataforma más importante para la investigación, conexión y publicación, y como resultado se da la convergencia de los formatos y géneros antiguos con la creación de nuevos ámbitos de comunicación.

Democratización: El acceso creciente a nuevos canales de publicación digital y nuevos ámbitos de medios de comunicación social, crea numerosas posibilidades para una participación y conexión más amplia.

Fragmentación: El incremento dramático de los ámbitos de comunicación, participantes y voces, crean tanto un discurso público fragmentado como un consumo privado fragmentado.

Globalización: A través de la expansión global de la tecnología de la información, se están estableciendo nuevas plataformas para la distribución de medios de comunicación, como las tecnologías de banda ancha, satélites y móviles.

Pluralización: Donde vaya la tecnología, van los medios de comunicación, y con los medios vienen una pluralidad de valores, perspectivas y cosmovisiones.

Estas características clave ilustran la necesidad urgente de participar más intencionalmente en los medios en toda su diversidad. Los medios de comunicación son el cauce por el que se propagan las noticias, ideas e historias. Afectan a cada parte de la sociedad en cada lugar del mundo. Así pues, si vamos a “llevar el testimonio de Jesucristo y toda su enseñanza a cada nación, en cada esfera de la sociedad, y en el campo de las ideas” (El Compromiso de la Ciudad del Cabo), no podemos descuidar el fascinante y complejo mundo de los medios de comunicación.

 

IMPLICACIÓN EN LOS MEDIOS COMO TEMA DE LAUSANA

Es evidente, en los documentos fundacionales de los congresos y consultas globales, que la implicación en los medios de comunicación ha sido un tema de Lausana desde el principio. Como término, Medios de Comunicación, se ha usado históricamente para incluir medios electrónicos y de imprenta (pero normalmente no literatura), mientras que más recientemente incluye también, naturalmente, nuevos medios digitales.

Los contextos para la mención explícita de los medios así como su énfasis específico, han variado en los documentos de tres congresos fundacionales:

El Compromiso de Lausana incluyó los “medios de comunicación de masas” en el párrafo sobre colaboración evangelística, con énfasis en la legitimidad de ministerios especializados en los medios.

El Manifiesto de Manila mencionó a los “medios” en la sección sobre el mundo entero, con énfasis en la necesidad de una sensata implicación en los medios como parte de la modernidad.

El Compromiso de Ciudad del Cabo incluyó “la verdad y los medios de comunicación globales” en la sección “Llevar la verdad de Cristo en un mundo plural y globalizado”, con igual énfasis en tres principales áreas de preocupación: consciencia, presencia y ministerio de los medios de comunicación.

La concienciación respecto a los medios de comunicación puede verse como la necesidad de un discipulado más fiel (incluida la santidad personal y el hacer discípulos) al entrar en contacto con los mensajes de los medios. Esta preocupación estaba implícita en los primeros tiempos de Lausana, pero se fue haciendo más explícita como crítica cultural y ética. Recientemente se le ha dado un rol esencial como combinación de temas de educación, evangelismo y discipulado.

La presencia en medios puede verse como la necesidad de entrar en la corriente predominante de los medios con profesionalidad e integridad cristiana. Este objetivo estaba implícito en la primera fase de la historia de Lausana, pero ha ido adquiriendo más importancia. Parte de la razón se debe al creciente énfasis  puesto en el lugar de trabajo como ámbito para el ministerio y el testimonio. Sin embargo, también se debe a un creciente reconocimiento del influyente rol de los medios predominantes, tanto los que tratan con hechos como de ficción, a la hora de expresar y formar identidades e ideas.

El ministerio de los medios de comunicación puede verse desde la necesidad de usar todo tipo de tecnologías (ya sean antiguas o nuevas) para comunicar el Evangelio de Cristo en el contexto de una cosmovisión bíblica integral. Esta área ha jugado un papel central a lo largo de toda la historia de Lausana, con énfasis recurrente en los ministerios específicos, tanto en radio, televisión, prensa, internet o los nuevos medios de comunicación social.

 

BASE MISIONOLÓGICA PARA LA IMPLICACIÓN EN LOS MMMCC

Teológicamente, deberíamos ver las vocaciones profesionales a los medios de comunicación como parte del mandato cultural de Dios y de su misión a nuestro mundo. En palabras del Compromiso de Ciudad del Cabo: “Amamos el mundo de Dios, amamos la palabra de Dios, y amamos la misión de Dios”. Esto abre el espacio para ministrar en una amplia gama de contextos comunicativos y en diferentes roles  en los medios de comunicación.

Misionológicamente, deberíamos ver la implicación en los medios como una parte esencial de la llamada a toda la iglesia a llevar todo el Evangelio a todo el mundo:

Llevar todo el Evangelio al mundo de los medios supone llevar “el relato del Evangelio, la seguridad que ofrece el Evangelio, y la transformación que el Evangelio produce”. Este Evangelio bíblico, el evangelio de Jesucristo son “buenas noticias en un mundo de malas noticias”, ofreciendo tanto perdón como esperanza y una nueva perspectiva del mundo.

Involucrar a toda la iglesia en la participación en los medios, incluye el reconocimiento de los dones propios de cada creyente y del ministerio de todos de los creyentes. Esto está relacionado con los nuevos ámbitos y oportunidades representadas por la globalización y democratización de los medios.

Llegar a todo el mundo presupone la implicación en los medios, ya sea en relación a “toda nación”, “cada esfera de la sociedad” o “el campo de las ideas”. Los medios de comunicación contemporáneos -en toda su variedad- son ámbitos y vehículos de pluralismo, que incluyen las perspectivas seculares del mundo.

De un punto de vista apologético, deberíamos ver la implicación en los medios como una dimensión de nuestro testimonio de Jesucristo como “la verdad del universo”. Esto supone dar testimonio del hecho de que la “verdad en Cristo es (1) personal así como proposicional; (2) universal así como contextual; (3) última así como personal”. Así pues, debemos animar y equipar a los profesionales cristianos de los medios para que muestren el valor de estas verdades tan cruciales de forma tanto creíble como plausible.

 

TRES ÉNFASIS FUNDAMENTALES PARA LA IMPLICACIÓN EN LOS MEDIOS

Como mencionamos antes, el Compromiso de la Ciudad del Cabo identifica tres puntos de énfasis principales para nuestra implicación en los medios de comunicación: Concienciación de los medios, presencia de los medios y ministerios de los medios. Es apropiado resaltar cómo estas tres preocupaciones constituyen una aproximación estratégica para la implicación en los medios.

 

1. CONCIENCIACIÓN SOBRE LOS MEDIOS: UNA DIMENSIÓN OLVIDADA EN LA MISIÓN

Aquellos que vivimos en lugares con abundante tecnología, somos todos consumidores de medios de comunicación. Los que viven en otras partes del mundo, están siendo progresivamente expuestos a los mensajes mediáticos. Estos mensajes, reales o ficticios, están influidos por diferentes perspectivas y formas de ver el mundo, tanto seculares como religiosas, ya sea en términos de valores éticos, puntos de vista de la humanidad o de la realidad o compromisos de fe fundamentales.

Equipar a los individuos, familias, ministerios de jóvenes e iglesias para participar con mensajes mediáticos a unos niveles de cosmovisión más profundos es, en términos generales, una dimensión olvidada en la misión, tanto en el hemisferio norte como en el del sur del planeta.

Tenemos que cambiar este hecho juntos, y hacerlo rápido y de forma apropiada. Este equipamiento requiere investigación, recursos y formación práctica en análisis de la cosmovisión que presentan los mensajes mediáticos, así como mostrar la credibilidad y relevancia de una visión bíblica integral del mundo frente a perspectivas alternativas.

 

2. PRESENCIA EN LOS MEDIOS: LLAMADA AL TESTIMONIO PÚBLICO Y A LA INTEGRIDAD

Dentro del mundo de los medios de comunicación, hay una amplia variedad de roles legítimos y estratégicos pendientes de explorar por parte de cristianos con talento. El trabajo periodístico y documental revela el descuido de hechos, historias y ángulos que posibilitarían un debate público y privado más equilibrado. Los medios creativos y de entretenimiento pueden presentar  formas nuevas y frescas de mostrar las verdades cristianas que pueden generar interés genuino en cuestiones morales y espirituales. Mediante la presencia de hábiles comentaristas y apologistas cristianos en los principales medios, la credibilidad y plausibilidad del Evangelio y de una cosmovisión bíblica integral, pueden ser transmitidas a escépticos, buscadores y cristianos.

 

3. EL MINISTERIO EN LOS MEDIOS: UN MINISTERIO PARA TODOS LOS CREYENTES

El uso eficaz de todo tipo de tecnología, formato y género de comunicación es importante para el evangelismo mundial, el discipulado y la educación en la fe.

Ministerios especializados en medios de comunicación, tienen un rol legítimo y estratégico que desempeñar, pero la nueva tecnología de los medios transforma potencialmente cada organización ministerial, cada ministerio de jóvenes, y cada iglesia local en canal de comunicación.

Esto crea una necesidad creciente de colaboraciones evangelísticas en todo ámbito de la comunicación. Al mismo tiempo, tenemos que explorar las crecientes posibilidades que  los medios de comunicación social crean para un ministerio en este ámbito para cada creyente.

 

IMPLICACIÓN EN LOS MEDIOS EN LAS MISIONES ESTRATÉGICAS

Hay, por tanto, todo tipo de razones para instar a los líderes cristianos para que global e intencionalmente integren la implicación en los medios dentro sus estrategias de misión para el siglo XXI.

A la luz de esto, se insta a los líderes a reflexionar sobre y colaborar en:

Concienciación sobre los medios de comunicación: ¿Cómo puede la iglesia en tu país equipar y proporcionar recursos a los cristianos para que se impliquen críticamente y respondan constructivamente a todas las formas de comunicación?

Presencia en los medios: ¿Cómo puede la iglesia en tu país respaldar, equipar, apoyar y aprender de los cristianos que trabajan y participan en las principales noticias y medios de comunicación creativos?

Ministerios mediáticos: ¿Cómo puede la iglesia en tu país equipar a individuos, iglesias, organizaciones cristianas e instituciones para volverse eficaces a la hora de usar los medios, incluidos los medios de comunicación social, para comunicar la verdad?

 

Nota del editor: Lausanne Global Consultation sobre Medios de Comunicación y Evangelio, se reunió del 18 al 21 de noviembre en Brea, California, EEUU y publicó una Llamada a la Acción.

Lars Dahle es Vicerrector y Catedrático Asociado en Teología Sistemática y Apologética en Gimlekollen School de Periodismo y Comunicación en el NLA Universitary College, Noruega. Sirve como Asociado Senior de Lausana para la implicación en los medios de comunicación.

 

http://protestantedigital.com/blogs/34689/La_mision_global_pasa_por_los_medios_de_comunicacion


El estudio bíblico manuscrito (*)

A Paul (in memoriam), Marylin y Barbara Byer.

biblia

Es casi universal la suposición que la Biblia siempre ha tenido capítulos y versículos. Lo anterior es un error, porque a las Escrituras se le adicionaron las herramientas mencionadas muchos siglos después de haber sido cerrado el canon.

Porciones de la Palabra fueron fijadas primero en piedra, como en el caso de los Diez Mandamientos (Éxodo 31:18 y 32:15). Más tarde otras secciones quedaron escritas en rollos de papiro o pergamino (Jeremías 36:1-2). El manuscrito conocido más remoto que se conoce del Antiguo Testamento es de “la cautividad babilónica en el 586 a. C. Está escrito sobre piel y en forma de rollo.[1]

 

ELPAPIRO Y EL PERGAMINO

El papiro procedía de una planta del mismo nombre, que se producía en Egipto, particularmente en el valle del Nilo. El uso más importante del papiro en Egipto fue la de ser soporte de escritura. La fabricación de este soporte se realizaba cortando solamente el tallo, se introducía primero en agua, después se le quitaba la corteza verde y se cortaba en tiras de 25 mm de ancho. Las tiras obtenidas se extendían en una superficie plana y se mojaban con agua del Nilo, sobre esta capa se ponía otra en sentido transversal y uniéndolas mediante presión se dejaban secar al sol. Se obtenía así una hoja compacta que se aplanaba con un martillo, se pulía y alisaba con un instrumento de marfil, después se cortaba para obtener hojas de un mismo formato, entre 12 y 13 cm de largo y de 22 a 33 cm de alto, finalmente las hojas se envolvían con forma de rollo y algunos se comercializaban.[2]

Durante el tiempo que fueron escritas las distintas secciones del Nuevo Testamento continuaba en uso escribir sobre rollos de papiro o pergamino. Este material se obtenía tratando las pieles de animales como ovejas, cabras, terneras, corderos y otros.[3] El pergamino debe su nombre a Pérgamo, el lugar donde se producían pieles para usarse como materiales de escritura. El pergamino surgió como una alternativa al papiro porque según Plinio el Viejo, el rey Tolomeo de Egipto, queriendo mantener secreta la producción de papiros para favorecer a su propia biblioteca de Alejandría, prohibió su exportación, lo que obligó a su rival, Eumenes, soberano de Pérgamo, a encontrar un material nuevo para los libros de su biblioteca. Si Plinio estaba en lo cierto, el edicto de Tolomeo llevó a la invención del pergamino en Pérgamo en el siglo II a. C., aunque los primeros ejemplares de los que tenemos noticia datan de un siglo antes.[4]

Fue en el siglo III a. C. cuando el pergamino comenzó a ser preferido para fijar en él la escritura de libros y otros documentos. Entre los judíos se usaban pieles, aunque no necesariamente procedentes de Pérgamo, desde el siglo VI a. C. para fijar sus escritos. Mientras los griegos y romanos prefirieron el uso de papiros, los judíos optaron por los pergaminos, “los manuscritos hallados en las cuevas de Qumrán son aquí preciosos testigos, presentándose la gran mayoría de ellos en pergamino”.[5] Los “entre 850 y 900 manuscritos o fragmentos fueron encontrados [en 1947] cerca de un wadi (un vado de un río) llamado Qumrán, a unos 15 kilómetros al sur de Jericó […] diseminados en once cuevas. […] una cuarta parte está formada por textos bíblicos”.[6]

Uno de los rollos encontrados en Qumrán contenía el libro del profeta Isaías, ésta copia, consideraron los expertos fue hecha en el siglo 1 d. C., y midió 25.4 centímetros de alto por 7 metros y 30 centímetros de largo. Por esto quien realizó la copia debió usar un rollo casi del doble de largo de los usualmente vendidos por quienes trabajaban las pieles hasta dejarlas listas para escribir sobre ellas.[7]

Cuando Jesús leyó una porción del profeta Isaías en la sinagoga de Nazaret (Lucas 4:16-20), es altamente seguro que lo hizo en un rollo de pergamino. Las sinagogas tenían un funcionario que era el “responsable por el mantenimiento del edificio, los rollos, etc.”.[8] El custodio debía proteger los rollos de las Escrituras a él confiados, tanto por su valor religioso como por el económico, dado que era muy alto el precio a pagar para obtener una copia de algún libro de lo que llamamos Antiguo Testamento.

 

EL CÓDICE

Los rollos de pergamino fueron paulatinamente sustituidos por otro material, el cual resultó de mejores cualidades para escribir en él, manejarlo y transportarlo: el códice. Éste fue una innovación de origen romano: “Entre los latinos, la palabra designaba un conjunto de tablillas que un bramante unía entre sí”.[9]

El códice estaba compuesto por hojas de papiro o pergamino y de cubiertas, delantera y trasera, para proteger lo contenido entre ellas. Las cubiertas eran de un material más grueso que las hojas, por ejemplo de madera. No es posible fechar con certeza la elaboración de los primeros códices, sin embargo es factible hacerse una idea de sus comienzos por la referencia que hace “Séneca (muerto en el 65)” cuando menciona que “el nombre caudex se daba entre los antiguos a un ensamblaje de varias tablillas”.[10] Las tablillas unidas por cordeles, serían sustituidas por hojas dando origen al precursor de lo que conocemos como libro.

El uso del códice iba a extenderse a los dominios romanos. Cabe la probabilidad de que algunos escritos primitivos cristianos hayan sido fijados en formato códice, o en un antecedente del mismo. Si no fue así, sino que esos escritos circularon en rollos, de todas maneras es posible afirmar que Pablo, por ejemplo, conocía el nuevo soporte de escritura que comenzaba a sustituir los rollos de papiro o pergamino. A la libreta de pergamino se daba el nombre de “membranae en latín y después membranai en griego. Éste es precursor inmediato del verdadero códice. Sin duda desde Roma su uso se difundió muy rápidamente, en el siglo I, hasta el Próximo Oriente. Éstos son los ‘cuadernos de pergamino’, llamados precisamente membranai, que Pablo de Tarso pide a Timoteo que le lleve”.[11] La solicitud se localiza en 2 Timoteo 3:14.

En el segundo siglo los cristianos fueron los principales difusores del formato códice, lo usaron para dar a conocer tanto copias de secciones de lo que sería el Nuevo Testamento como cartas de los líderes de comunidades y/o discípulos de la primera y segunda generación cristiana. Los escritos cristianos más antiguos que se han descubierto por arqueólogos del siglo XX son ejemplares de códices de papiro.[12] La porción más antigua que se conserva del Nuevo Testamento es “el llamado papiro P52, data aproximadamente del año 125, y contiene unos pocos versículos del capítulo 18 del Evangelio de Juan”.[13]

Un dato es revelador de la preferencia cristiana por el códice en lugar del rollo: “De los restos de libros griegos que pueden ser fechados antes del tercer siglo [a. C.], más del 98 por ciento son rollos, mientras que de los libros cristianos sobrevivientes del mismo periodo casi todos son códices”.[14] Tal vez las abrumadoras evidencias arqueológicas del uso cristiano de los códices fue lo que ha llevado a que algunos concluyan, erróneamente, que el códice debe su invención a los cristianos. No ocurrió así, lo que los cristianos hicieron fue potenciar un formato ya existente y, por decirlo de alguna manera, lo hicieron universal.

 

LA IGLESIA PRIMITIVA

Las cartas de Pablo fueron escritas en papiro.[15] El costo de producir cada una de ellas incluía, además del papiro, la tinta y pago al secretario. Aunque es difícil hacer una estimación precisa del costo de cada escrito en precios actuales, si a cada componente necesario para producir una de las epístolas paulinas se le valora en el salario laboral diario de aquellos tiempos, y se hace la equivalencia con sus similar en nuestros días, el resultado es que, por ejemplo, el costo de la Carta a los Colosenses sería de 502 dólares (en moneda mexicana 6 mil 565 pesos).[16]

Entre los motivos para reunirse que tenían las comunidades cristianas, uno de ellos era escuchar la lectura que en voz alta hacía algún integrante de una sección de lo que vino a ser el Nuevo Testamento. El alto costo de los escritos hacía imposible que se poseyera individualmente una copia de los evangelios o epístolas neotestamentarias. Además, eran pocos quienes estaban capacitados para leer esos escritos. Al respecto un investigador estima que “no hay una respuesta definitiva acerca del nivel de alfabetización de los primeros cristianos, pero no debió ser muy diferente a la del resto de las sociedades en la Antigüedad: una minoría letrada, nunca superior a 10 por ciento”.[17]

El códice favorecido por los cristianos terminó por transformarse en el formato preferido por la sociedad en general, de tal manera que “para el año 400, el rollo clásico se había abandonado casi por completo y la mayoría de los libros se producían como hojas agrupadas en un formato rectangular”.[18] En cuanto a la materia prima usada en los códices, “a partir del siglo IV, y hasta la aparición del papel en Italia ocho siglos después, el pergamino fue el material preferido en toda Europa para fabricar libros”.[19] La elaboración del papel fue originaria de China. Se atribuye su confección “al director de los talleres imperiales, Ts’ ai Lun, [quien] al principio del siglo II d. de C. tuvo la idea de fabricar una especie de pasta  delgada sacada de la corteza de la morena, del cáñamo y de material de desecho de tela o seda”.[20] El uso del papel se generalizó en Europa durante el siglo XII.

 

INTRODUCCIÓN DE CAPÍTULOS Y VERSÍCULOS

En el siglo XIII los lectores y estudiosos de la Biblia tuvieron a su disposición una herramienta que facilitó la localización y cita de pasajes del volumen. Stephen Langton (1150/55-1228), arzobispo de Canterbury, introdujo los capítulos en las Escrituras, que, “con pequeñas modificaciones, se siguen usando [en la actualidad]”.[21]

Durante siglos la Biblia fue reproducida por copistas en largas jornadas de cuidadoso trabajo a mano. Fue así hasta la invención, o perfección como aducen algunos, de la imprenta de tipos móviles por Johannes Gutenberg “en algún momento de la década de 1440”.[22] A partir de entonces la producción de libros experimentó un cambio revolucionario.

El primer libro que salió de la imprenta de Gutenberg fue la Biblia, una edición de la Vulgata Latina traducida por San Jerónimo a fines del siglo IV d. C. Gutenberg inició el magno proyecto de imprimir las Escrituras en “1449 o 1450. La composición comenzó en 1552, y la impresión fue completada en 1456”.[23]

En 1516 es publicado por Erasmo de Rotterdam el Nuevo Testamento en griego. La lectura del mismo llevaría a Martín Lutero al descubrimiento de que “la justicia de Dios es un regalo para los pecadores”.[24] En el siglo XVI, con el movimiento iniciado por Lutero, la traducción de la Biblia a distintos idiomas tuvo un gran impulso por toda Europa.[25] El propio ex monje agustino se dio a la tarea de traducir el Nuevo Testamento al alemán, el que salió publicado en 1522, y toda la Biblia en 1534.

Desde el siglo XIII habían sido añadidos los capítulos a la Biblia, como quedó consignado antes. En 1551 el impresor Robert Estienne, conocido como Stephanus, publicó una nueva edición del Nuevo Testamento griego de Erasmo, e incorporó los versículos.[26] Dos años después salió de la imprenta de Stephanus la Biblia traducida al francés, “la primera en usar la división de capítulos y versículos”.[27]

Continuará

 

(*) Exposición presentada en el Centro de Estudios Anabautistas, en el programa Diplomado en Biblia y Ministerio Cristiano, 13 de septiembre de 2014.

[1] Donald L. Brake, A Visual History of the English Bible, Baker Books, Grand Rapids, 2008, p. 25.

[2] Del rollo al códice miniado, DGSCA-UNAM, 1997-1999, p. 5.

[3] Ibíd., p. 11.

[4] Alberto Manguel, Una historia de la lectura, Editorial Joaquín Mortiz, México, 2006, p. 141.

[5] André Paul, La Biblia y Occidente. De la biblioteca de Alejandría a la cultura europea, Editorial Verbo Divino, Navarra, España, 2008, p. 191.

[6] Edesio Sánchez Cetina, “Los rollos del Mar Muerto”, en Edesio Sánchez Cetina (editor), Descubre la Biblia II, Sociedades Bíblicas Unidas, Miami, 2006, p. 205.

[7] E. Randolph Richards, Paul and First-Century Letter Writting. Secretaries, Composition and Collection, InterVarsity Press, Downers Grove, Illinois, 2004, p. 51.

[8] Craig S. Keener, Comentario del contexto cultural de la Biblia: Nuevo Testamento, Editorial Mundo Hispano, El Paso, Texas, 2006, p. 195.

[9] André Paul, op. cit., p. 193.

[10] Ibíd.

[11] Ibíd., p. 194.

[12] Harry Y. Gamble, Books and Readers in the Early Church. A History of Early Christian Texts, Yale University Press, New Haven and London, 1995, p. 49.

[13] Néstor O. Míguez, “Arqueología del Nuevo Testamento”, en Edesio Sánchez Cetina (editor), op. cit., p. 194.

[14] Harry Y. Gamble, op. cit., p. 49.

[15] E. Randoph Richards, op. cit., p. 166.

[16] Ibíd., p. 169.

[17] Sergio Pérez Cortés, La travesía de la escritura. De la cultura oral a la cultura escrita, Taurus, México, 2006, p. 128.

[18] Alberto Manguel, op. cit., p. 141.

[19] Ibíd., p. 140.

[20] Del rollo al códice miniado, p. 12.

[21] F. L. Cross y E. A. Livingstone, The Oxford Dictionary of the Christian Church, Oxford University Press, New York, p.  950.

[22] Alberto Manguel, op. cit., p. 145.

[23] Alister McGrath, In the Beginning. The Story of the King James Bible and How It Changed a Nation, a Language and a Culture, Anchor Books, 2002, p. 15.

[24] Donald L. Brake, op. cit., p. 87.

[25] Carlos Martínez García, “La Biblia de Lutero”, La Jornada, 6/V/2009, disponible en:

[26] Donald L. Brake, op. cit., p. 33.

[27] Alister McGrath, op. cit., p. 118; F. L. Cross y E. A. Livingstone, op. cit., p. 1540.

 

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